martes, 24 de febrero de 2026

Bizarro (Capítulo 2)

Antes de que volvieran -porque volvieron y la cosa se puso interesante- hubo otras con las que trabé confianza. Habían reservado un apartamento, uno bueno, grande, céntrico; en Airbnb sólo había una foto con baja resolución y un nombre que lo mismo podía ser senadora por Tuluá, profesora de SENA que cariñosa. Esta vez el truco del teléfono no me llevaba a ningún lado, pero me daba una pista: +57. Sin caer en estereotipos, pero gente de Colombia que alquile ese apartamento sólo pueden ser unos gomelos o fulanas. Y cuando una tras otra con esos maletones transoceánicos las vi llegar, los siete vicios del garrote, me quedó muy claro a qué venían. A decir verdad las intenciones se les veían casi tanto como lo que dejaba ver la micro falda que llevaba una de ellas cuando desde el rellano de la escalera nos daba indicaciones a los que abajo hacíamos un tetris para cargar las maletas en el ascensor. 

No sé si ellas sabían que yo sabía, pero sabía. Por si acaso miré los archivos policiales de esas páginas de internet que no hacen publicidad de prostitutas -guiño, guiño- y reconocí a dos de las sospechosas sin lugar a equivocación. El caso es que con este grupo también trabé cierta relación sin querer queriendo: en mitad de su estancia había pactada una revisión de caldera, así que tuve que ir y pese a estar requeteavisadas, todas dormían; después tuve quejas por la música alta de madrugada, así que tuve que volver a llamarles la atención, varias veces. Y cuando quisieron renovar la estancia hice lo único que podía hacer, ofrecerles un mejor precio que las plataformas y fraccionar los pagos. Eso me hizo volver un par de veces más y tratar con Danny (en todos los grupos hay una líder). Para el último pago me pidió que fuera al apartamento, que me quería preguntar alguna cosa. Para entonces, en una conversación previa al respecto de las molestias que provocaba la música, ya le había dejado claro que sabía lo que hacían, así que cuando me citó la víspera de partir no sabía muy bien qué esperarme. Y lo que me encontré fue a ella con un tipo al que me presentó como su primo, Andrés. El caso es que en el otro grupo también había un Andrés, llegué a pensar que era una denominación para los chulos en Colombia, qué sé yo. 

Daniela (no será la única Daniela de la historia, advierto para que no se pierdan) y Andrés el primo me hicieron alguna consulta sobre Airbnb que no recuerdo exactamente pero que tenía que ver con la imposibilidad de reservar en otro lado porque les habían catalogado como no muy buenos clientes (cosa que no hice yo que no tengo otra cosa que hacer que poner valoraciones y estrellitas a todos los clientes de Airbnb) y me dijeron que esa noche la vecina no se iba a quejar de ruido porque se iban de fiesta y llegarían justas para recoger las maletas y marcharse al tren. Como se marcharon un día antes de lo previsto la limpieza no se iba a realizar al día siguiente, así que antes de la limpieza oficial pasé a revisar y a eliminar restos delatores. La verdad es que estaba sucio (muchos días y pocas ganas de limpiar) pero lo que me sorprendió fue encontrar una importante cantidad de ropa, incluso sin estrenar: camisetas, sudaderas, chaquetas... También un aparatito para la tele, un adaptador para qué sé yo qué plataforma. Les grabé un vídeo y les pedí que me dieran una dirección donde enviarlo; al cabo de varios días se pusieron de acuerdo en que lo mejor era mandarlo a la oficina de correos más cercana a la casa de la mamá de Andrés. Quién soy yo para dudar. Eso hice y sólo al recibirlo me dicen que faltaba el remoto/mando del adaptador de la tele, así que vuelve al apartamento y vuelve a mandarlo, ésta vez a otra dirección. 

Ésta y algún mensaje de whatsapp esporádico mientras se preparaba el envío de la mercancía olvidada era toda la relación con Daniela (Dannyshay para los amigos) y Andrés el primo hasta que unas cuantas semanas después encuentro una notificación de correos diciendo que tengo un paquete que recoger y el remitente es... Andrés. ¿Qué será será? ¿Un perrito piloto, una muñeca chochona? No, era el control remoto que me vino devuelto porque nadie había ido a recogerlo en todo ese tiempo. Así que ahora, además del recuerdo en la memoria tengo un mando que no me sirve para nada y que ni siquiera sé cómo anunciar en el wallapop. 


Continuará

viernes, 20 de febrero de 2026

Bizarro (Capítulo 1)

Bizarro, del inglés bizarre y éste a su vez del francés bizarre: raro, extravagante o fuera de lo común. 


Y ahora que lo pienso, quizás bizarro no es la palabra adecuada, aunque en aquel momento es la que me vino a mente para definir la situación; porque nada tiene de extravagante o raro y probablemente lo único fuera de lugar fuese estar allí, contemplando la escena con ojos de extraterrestre futurista caído en medio de la estepa manchega mientras todo a mi alrededor se desarrolla con la cotidianeidad de quien está acostumbrado a su vida. 

Como todo se comprende mejor si se explica desde el principio, comenzaré diciendo para quien no me conoce que hace algunos años ya que trabajo en una empresa de gestión de alquileres turísticos. No es el trabajo de mis sueños, pero me pagan por ello y últimamente hasta medianamente bien. Reservas, facturas, marrones y gente que va y viene y se queda unos días entre nosotros. 

Esta historia también comenzó así, con una ojeada al teléfono recién levantado para descubrir que se había producido una reserva para ese mismo día. Que hoy, y probablemente hasta que la senictud se instale en mí definitivamente, recuerde el nombre compuesto y dos apellidos de esa persona tiene bastante que ver con el desarrollo de la historia, así que un poco de paciencia, que ya estamos empezando.

Un teléfono que se anota, un mensaje que se envía y una cita que se concerta para la entrega de las llaves; podía haberse quedado ahí, en realidad debía haberse quedado ahí, pero las más de las veces uno no elige cómo se desarrollan los acontecimientos. Dos parejas que llegan, latinos, pestañas postizas ellas, tatuajes ellos. Algunas palabras que se intercambian, lo justo para ser cortés, darles alguna información sobre el apartamento y la ciudad y las llaves que quedan en sus manos. Hasta ahí todo normal.

Y al cabo de los días un mensaje a ver si pueden prolongar la estancia, que están muy a gusto y que tienen familia que visitar por acá; y otro mensaje para ver si pueden pagar por bizum y una nueva renovación y más pagos por bizum hasta que llegamos al punto álgido del primer acto. Aquel fin de semana era raro, al menos para mí, ya que para variar no estaba de guardia con el teléfono; un chico que había trabajado con nosotros el verano anterior había comenzado a hacer un fin de semana de cada dos y aquel domingo le tocaba a él. Y he aquí ese pequeño dato anecdótico, que parece carente de valor, pero que tiene un papel trascendental en la historia: desde que este chico había trabajado con nosotros el verano anterior hasta ese día de primavera temprana, la empresa había cambiado el programa de gestión. No me preguntes por qué, porque alterarás mi sosiego y además poco aporta a la historia, pero el software había cambiado y el chico, en lugar de preguntarme cómo demonios prolongar una reserva, optó por bloquear las fechas y ya si eso, avisarme después. 

Cosa que no hizo, claro. Y llegó el lunes y yo mirando el calendario distribuí la tarea al equipo de limpieza: reserva que termina, apartamento que hay que limpiar. Poco antes del mediodía la chica de limpieza me llama alterada: 

- Alex, que los huéspedes no se fueron-

- ¿Cómo que no se han ido, si tenían que estar fuera a las once? Dame un minuto que les llamo- yo en plan profesional.

- No, que dicen que avisaron para quedarse hasta el viernes-. 

- ¿Sí? No... a ver, que miro y te digo-. Y zás, en toda la boca; sirva la expresión, pero más que boca era otra cosa. Un trasero, unas nalgas, posaderas, un derriere, una cola. Un señor culo, con toda la rotundidad de la palabra, era la nueva imagen de perfil de la persona en cuestión. Y ustedes corroborarán que no es la imagen que uno espera encontrarse en el whatsapp como foto de presentación. 

Entonces yo hice dos cosas. O tres, callarme el exabrupto lo primero, comprobar que efectivamente habían solicitado quedarse una semana más y buscar aquel número de teléfono en Google, de primero de gestor de viviendas por si no lo sabías. Búsqueda que me llevó al anuncio de una tal "Isa, perrita tragona", No me jodas, Rafa. Pero no te lo pierdas, ainda mais, la renovación la querían pagar en efectivo: de puta madre, no sí, quizás no es la expresión correcta. Todo ok, Jose Luis. 

Llegados a este punto diré que nada tengo en contra de la prostitución si se practica de manera libre; y me dirás, libre, tus cojones. Y claro, antes deberíamos hablar de desigualdades, de pobreza, de emigración, de necesidad, de desestructuración... Pero si no hay debates en la 2 sobre ello, tampoco vamos a perdernos aquí en solucionar el mundo ni el mundillo. Pero una cosa es que no tenga nada contra las prestiputas ni contra quienes buscan domicilios donde ejercer la presbitación y otra admitir de buen grado que se me hubieran colado donde no deberían haberse colado. 

Y diré que no era la primera vez que me tenía que ver en el trabajo con alguna de estas chicas; además de manera literal, porque antes hubo una que en su WhatsApp se identificaba como A Gata y en las páginas de contactos lo hacía como Ágata y anduvo maullando por Pamplona y que llegado el día de su entrada me hizo una videollamada porque era incapaz de encontrar la cajita de las llaves que tenía a medio metro. Y después de la gata hubo otra, sin apodo y cuyo nombre no recuerdo, a la que tuve que ir a abrir de urgencia porque el simpático de mi jefe no había dejado las llaves donde perjuraba que las había dejado para que la clienta las recogiera a las 06:40 de la mañana. Comprenderéis que a esas horas ni ella ni yo estábamos de humor en ese momento para ponernos a charlar. 

Pero estas otras fueron circunstanciales, porque la gata andaba con un gabacho y se quedó únicamente un par de días y porque la otra, basta como una sopa de mondongo, utilizaba a un supuesto marido para comentarme cualquier cosa. En cambio, entonces, además de descubrir el pastel tenía que ir a cobrarles. Llegados a ese punto tenía al diablo y al angelito listos para el combate ocupando sus respectivas esquinas. ¿Qué qué hice? Hacerme acompañar de la chica de limpieza que me había avisado del embrollo -por algo los guardia civiles van en pareja, porque sobornar a dos es moralmente más complicado y económicamente más caro- e ir a por el pago. Me abrió una cara, el culo seguía en el whatsapp y el resto del cuerpo escondido detrás de la puerta. 

-Sólo te voy a pedir una cosa, discrección absoluta-. Ella no sabía que yo sabía, pero una palabra mía bastó para sanarla de ese desconocimiento. Por si acaso le enseñé su propia imagen de perfil. Me entregó el dinero, pidió una sábana nueva a la chica de la limpieza y desaparecimos.

¿Qué otra cosa podía hacer? A esas alturas de la película llevaban practicamente dos semanas en el apartamento, todo lo que fueran a hacer ya lo habían hecho, nadie se había quejado por nada en concreto y quien no se hubiera quedado con el titular de "Isa, perrita tragona" habría podido identificar el apartamento en las fotografías que acompañaban el reportaje. ¿Que está prohibido hacer estas cosas en los apartamentos turísticos?, ¿que los propietarios lo considerarían incompatible con el contrato y bla bla bla?, ¿que a mi jefe -de haberlo sabido en algún momento- no le parece la mejor forma de conseguir reservas? Pues seguramente, pero es lo que tiene la moral, que usted tiene la suya y yo tengo la mía y personalmente me parece bastante más indecente cobrar 750 euros por una noche de apartamento a que estas chicas hicieran lo que quisieran con sus vidas. Y si hablamos de mi jefe, peor que lo inmoral me parece la doble moral, y hasta ahí puedo leer.

Total, si quedaban cuatro días escasos y la imagen del whatsapp había sido elegantemente censurada. Cuatro días en los que dieron los mismos cero coma cinco problemas que habían dado antes; una vez sabido, los ruidos nocturnos sobre los que un vecino había comentado algo ahora encajaban mejor, igual que las renovaciones de reserva o los pagos en efectivo o bizum. Si habéis leído hasta aquí y hecho un poco de scroll suavecito para abajo habréis comprobado que esto sigue, que no se limita a una única anécdota.

Porque el día que debían marcharse, otra vez recién levantado, agarro el teléfono y zás, una nueva reserva al mismo nombre en otro apartamento de los que gestionamos. Mecagüentó. Porque ahora ya no podía hacerme el loco, ahora sabía lo que había detrás de ese nombre y sabía además que la dueña del nuevo apartamento que acababan de reservar vive al lado y tiene tics de la vieja del visillo. ¿Qué hice? Avisar, pero no a la dueña, a las ocupantes -esta vez me pasaron un contacto distinto a la persona que hacía las reservas-. Total, sólo iban a ser dos días más...

Si esta segunda reserva era un viernes, al terminar el fin de semana recibo, en este orden, dos llamadas: la inquilina preguntando si habían encontrado unos auriculares, uno de estos lo suficientemente caros como para tenerlos localizados por gps y otra de la dueña del apartamento diciendo que no, que los auriculares no los había encontrado pero que igual los había tirado a la basura junto a los montones de basura que había encontrado en el apartamento, que estaba todo hecho una mierda (sic) y con muchos condones. Agarra de nuevo el teléfono y explica y pide explicaciones: los auriculares están allí, los marca el gps y los condones... ella había estado allí sólo con su marido, no lo habían utilizado para trabajar. Por muy crédulo que sea uno...

No sé qué grado de vinculación se había podido crear para entonces, yo no lo definiría como complicidad, pero agradecieron mi lealtad y mis esfuerzos por encontrar los auriculares perdidos; la noche del martes recibo otro mensaje diciendo que estaba muy agradecida, que los auriculares finalmente habían aparecido en otra maleta y que cuando regresasen me harían un regalito para que probase. Literal, bro. 

Ni dar ni traer, hacer. La elección del verbo determinaba el sentido de la frase, eso lo recordaba bien pese a haber eliminado todas las conversaciones mantenidas del whatsapp. Ni vu ni connu. Una anécdota de esas que se reserva para cuando hay confianza. Además, para cuando volvieran yo ya no debería estar trabajando allí. 


Continuará...

miércoles, 1 de octubre de 2025

La plus belle avenue du monde

Como un chiquillo fascinado por la magia de los fuegos artificiales, nada más entrar en la habitación se dirige a la ventana a descorrer la basta tela plastificada que sirve de cortina y contemplar el resplandor lejano de la torre Eiffel. Apenas franqueada la puerta, la observo durante unos instantes, luego dejo sobre el escritorio la mochila y el par de paquetes que la jornada de turismo ha deparado y me acerco en silencio. Permanece ausente pero intuye mi llegada y balancea ligeramente su cuerpo para hacerme un hueco; la abrazo, mi mirada se une a la suya en el horizonte, allá donde un haz de luz surca el cielo cárdeno del anochecer y un centelleo de perseidas ilumina periódicamente la estructura metálica mientras nuestros cerebros graban recuerdos en la memoria.

- Nunca nadie me había traído a París- dice al cabo de unos instantes.

Ciño con más ganas su cuerpo, trato de entender todo lo que quiere decir su anodina frase pero seguro que hay detalles que se me escapan. Me limito a besar paternalmente la parte más alta de su cabeza, posando suavemente mis labios en un marasmo de cabellos rizados. Ella apoya su nuca en el hueco entre mi hombro y mi pecho, yo bajo la cara y la poso sobre el costado de la suya; sumidos en el abrazo pasan los minutos, los cuerpos en un hotel barato del extrarradio, las mentes vaya usted a saber dónde y la mirada en el infinito.

- Me gusta sentirte así- dice y no consigo entender si seguimos sobrevolando el parnaso o nos adentramos en terrenos más carnales. Por si acaso aprieto su cuerpo entre mis brazos, hago que sus pies escalen a los míos elevándola, provocando que su irresistible cuello quede más cerca de mi boca, que su cintura compruebe el despertar de mis instintos.

Unir los labios es cuestión de segundos; los cuerpos paralelos, los cuellos en torsión, no es un beso de película, es algo mucho mejor. Me aparto, dejo que su menudo cuerpo descanse en el borde interior de la ventana, apoyo mi frente sobre la suya eclipsándole la ciudad. Me gusta. Me gusta como pocas mujeres me han gustado antes, ella, capaz de envolver mi vacío y darle aspecto del mejor de los productos, capaz de sanarse sola las heridas más profundas y cicatrizarlas a base de carcajadas, ella, la que consigue con sólo la presencia cercana de su cuerpo que en el mío se instale el deseo.

-¿Qué?- pregunta y mi ausencia de respuesta provoca que el signo de interrogación se transforme en risa. Podría confesárselo, pero prefiero demostrárselo. Mis manos agarran su cara, la aproximo a mí y entonces sí el beso parece el de los finales felices, aunque apenas sea el comienzo. Tristes momentos aquellos en los que los besos se cuentan en unidades, así que después del primero viene un segundo, después un tercero y más adelante perdemos la cuenta.

Tal vez allá a lo lejos la torre Eiffel siga brillando, quizás en el cielo la tarde se haga más noche, tal vez bajo esta ventana el tráfico se vuelva más fluido; en nuestro mundo, después de agostarle los labios, mi boca trepa por su mejilla buscando la oreja. Para qué camelarla con melosas palabras al oído si puedo mordisquear su lóbulo, jugar a ser su pendiente, exhalar bruscamente todo lo que me hace sentir. Cuando ladea la cara, sé que tengo que deslizarme por su cuello, alterar sus venas, embriagarme en su aroma.

Podría excusarme, decir que ella fue quien la primera en subir la apuesta, quien invitó a las manos a la fiesta, pero me confieso culpable. Su torso sinuoso pronto se quedó pequeño a mis largas manos y busqué a tientas el cierre de sus jeans. Ceñidos, apenas solté el botón, la cremallera fue cediendo voluntariamente al paso de mis dedos. En la penumbra de la habitación su braguita se intuía lila, pero acaso fuera una ilusión provocada por la humedad que ya bañaba su sexo.

La rudeza de la tela vaquera, la suavidad de la ropa interior, la tibieza de la piel fueron avisando a mis dedos antes de sentir el cosquilleante roce de su vello púbico. Miré su rostro, una divertida mueca arrugaba su nariz al tiempo que el deseo mordisqueaba el labio inferior y su mano izquierda acariciaba el más lejano de sus pechos. Bastaron un par de pasos de mis dedos para que su sexo me invitase a entrar. Las yemas de mis dedos centrales sentían ya la carnosidad de su vagina mientras el pulgar buscaba el contacto con su clítoris. Al primer gesto gimió, al segundo sus brazos cayeron derrotados a lo largo del tronco, cuando comencé a frotarlo rítmicamente, su rostro ardía.

Forzosa y necesariamente curvados, mis dedos ascendían lento por su interior mientras el pulgar seguía avivando el fuego en el clítoris. En el quicio de la ventana, expuestos a la noche y a los voyeurs, permanecía pegado a ella, haciendo que los movimientos de mis dedos en su sexo fueran cortos –apenas una falange era suficiente para que algo más que humedad brotara en sus entrañas-, los rostros pegados, besándonos o mordiéndonos los labios según marcara su voluntad. Un contoneo de sus caderas, una mano que intenta tirar de la ropa para darme espacio. La ayudo, el pantalón baja hasta la mitad del muslo y la braguita se enrolla sobre sí misma.

Tira de mí, devuelve mi mano a su sexo y mi rostro junto al suyo. La ausencia de obstáculos me invita a incrementar el ritmo de mis gestos. Su respiración también se acelera, se vuelve más corta, se intercala con gemidos hasta volverse frenética. Mi frente apoyada en su cabeza, las miradas tan juntas que los pensamientos parecen saltar de una mente a otra y su boca buscando dejar el rastro de sus pequeños dientes en cualquier rincón de mi cuello. Continúo masturbándola. Apenas un tercio de la longitud de mis dedos es suficiente para colmar su pequeña vagina.

Si hago una pausa, si pretendo dar un descanso a mi mano, ella me insta a seguir. –No pares ahora…un poco más… sigue-. Ella ordena y yo obedezco. Penetro su sexo con dos dedos al tiempo que me esfuerzo por estimular cada terminación nerviosa de sus labios y de su pipa. El cuerpo se le comienza a tensar, incremento el ritmo de mis movimientos, la respiración se le vuelve jadeante, plagada de agudos sonidos rítmicos similares al hipo, cuando aprieta mi mano entre sus muslos sé que tengo que acompañar su orgasmo; con los dedos quietos dentro de su coño -sólo el pulgar continúa pinzado el clítoris- y dándole toda la tensión que mi sobrecargado antebrazo es capaz, la barreno mientras su cuerpo convulsiona y en el rostro, párpados y ojos se le declaran en rebeldía. En apenas un segundo, cuando la tensión de su cuerpo comienza a desaparecer y retiro mi mano, un pequeño geiser brota de su entrepierna. Veo en su rostro la incomprensión, que mezclada con la mía desembocan en una risa nerviosa que nos acompaña mientras mi mano ciñe su trasero mojándolo también con el fruto de su corrida y nos besamos por enésima vez.

- Cinco minutos para ducharte, que todavía no he terminado contigo- le aviso. Ella agarra la ropa recogida a la altura de sus rodillas, duda un instante y finalmente convencida por los arroyos que corren por sus muslos de que aquello no tiene remedio, camina cómicamente hasta desaparecer tras la puerta del cuarto de baño.


Seguramente fueran algunos minutos más, los suficientes para que el agua eliminara algo que siempre se le quedaría grabado y para que yo dejara caer mi cuerpo vencido sobre la cama, agarrara el mando de la tele, cambiara de canal hasta aburrirme, cogiera la guía turística y planeara rutas y caminos para el día siguiente sin demasiadas ganas, pues mi único destino asomaba su menudo cuerpo envuelto en una toalla por la puerta del aseo.

-Gracias-, musitó mientras se dejaba caer junto a mí. Mi única respuesta fue soltar el libro que tenía entre manos y estrechar una vez más sus hombros mientras ella acomodaba su cabeza en mi pecho. Sentir sus cabellos mojados sobre mi ropa a ciencia cierta que es algo que no recomiende ningún neumólogo, pero su respirar acompasándose al mío me transmitía sosiego, no necesitaba más que cerrar los ojos y estirar mi mano para rodear su cuerpo sobre la toalla que la envolvía.

- ¿Dónde vamos mañana?- preguntó al fin.

- No sé, ¿dónde quieres ir?- le devolví la pregunta.

- Eres tú el que conoce la ciudad- zanjó con una de sus pequeñas sonrisas dibujándosele en la cara. Touché. No me verás repetir escapada a Londres o a Amsterdam, pero a París volvería una y otra vez, me encanta, y descubrir la ciudad a quien viaja por primera vez es una labor fascinante:

- Podríamos bajarnos más adelante –según comencé a hablar separó la cara de mi pecho y me escuchaba como un alumno disciplinado-, en Châtelet, por ejemplo, y caminar hasta los Vosgos-. Intercambiamos postura, ella quedó boca arriba sobre la cama, la toalla que le ceñía bajo los hombros ligerísimamente abierta y yo mirándola embobado. –De ahí a Bastilla y luego subir por los bulevares-. Su hombro desnudo se transformó de golpe en un plano sobre el que mi dedo índice trazaba un recorrido a escala. –Llegar a Pigalle y Montmartre,- necesariamente esos barrios implicaban soltar el cierre de su toalla y permitir el avance de mi dedo- subir al Sacre Coeur –mi mano trepaba por su pecho derecho dibujando círculos cada vez más cerrados hasta encaramarse a lo alto de un pezón que enseguida se endureció- y después bajar –antes de hacerlo tomé su basílica entre mis labios y después proseguí el discurrir de mi índice guiado por la inercia-, visitar la Ópera –beso en su cadera izquierda- y la Madelaine –labios que saltan a su cadera derecha-, pasar por la plaza de la Concordia y desembocar en los Campos Elíseos.

Así a lo tonto, el destino me había llevado a tener la cabeza entre sus muslos, así como quien no quiere la cosa ella había maniobrado para elevar sus rodillas y que todas las miradas posibles desembocaran en aquel maravilloso arco del triunfo. Desparramé besos en la cara interna de sus piernas, pequeñas succiones que alertaban la carne más cercana a su sexo; de una acera a otra, saltando sin seguir una secuencia lógica. Su mano en mi nuca, enredándose en la ropa, me invitó a desprenderme del jersey y la camisa; después de recomponer la postura, como el más eficaz de los sistemas GPS, me dirigí raudo a mi destino.

- La…plus…belle…avenue…du…monde…la llaman los franceses- dije convirtiendo los puntos suspensivos en suaves lametazos a su clítoris. Con la cara entre sus piernas mi mirada sobrevoló al ras su cuerpo para buscarla: no sé si suscribía la afirmación, pero al menos no la protestaba. –Y ahí pasamos el rato, Campos Elíseos arriba, Campos Elíseos abajo- mi lengua paseante ascendía y descendía con parsimonia sobre su sexo, sintiendo el pliegue de sus labios al paso de mi boca, la hinchazón creciente del clítoris bajo mi nariz.

Con sus manos posadas tímidamente en mi cabeza, las uñas rasgando casi sin querer hacerlo, simplemente recordándome que estaban allí dispuestas a animarme o castigarme, la cabeza ladeada, los ojos cerrados y gimiendo largamente, ella se sorprendía con cada movimiento de mi lengua; nunca sabía si atacaría su clítoris, sus labios, si succionaría, lamería, agarraría débilmente entre mis dientes. Variar sin parar y sin parar, variar. Introducía la lengua, frotaba mi cara, pasaba de los tonos oscuros de sus labios al rosáceo de la vagina y cuando menos lo esperaba pulsaba esa tecla que aceleraba sus mecanismos.

- Ummm, qué rico me lo haces siempre- dijo saliendo del sueño que la mecía. Sin estridencias y sin el aparato visual de minutos atrás, pero se había corrido de nuevo. Mi respuesta fue erguirme –orgulloso seguramente-, fijar mi mirada en la suya y asir entre mis manos las suyas. - ¿Y a la torre Eiffel no vamos mañana?- preguntó inesperadamente.

- ¿Quieres ir otra vez?-.

- Quiero ir todos los días-. El movimiento de sus dedos entrelazando los míos me hizo sentir lo ridículo de mi réplica.

- Habrá que ver si está preparada-.

- Yo creo que sí-, sus manos buscando el bulto bajo mi cintura me animaron a comprobarlo por mí mismo. Solté el pantalón, bajé el calzoncillo y arrodillado entre sus piernas no había muchos más sitios en los que comprobarlo.

- Aaaah- gimió al calibrar la dureza de mi pene en su pipa. Cuando lo deslicé sobre sus labios la respuesta de su boca fue morderse la comisura izquierda. Torturarla de esta forma era sólo la recompensa a mi preparación: golpe seco en su clítoris, paso lento de mi falo por el exterior de su sexo. Una, dos, diez veces.

- Si me la metes ahora, me corro otra vez-. No dudaba de su palabra, pero quise comprobarlo por mí mismo. Al enésimo deslizar de mi pene, acepté la invitación de sus labios pegajosos y me colé dentro. Un bailoteo de sus párpados y sus piernas trabándose tras las mías fue esta vez la manifestación del orgasmo. – Despacio- pidió, bajé la cara junto a la suya y besándola le quise hacer sentir que ella mandaría siempre. Así pues, lento, comencé a moverme. Encorvado, controlando siempre los impulsos a mi cadera, empujando apenas una porción de mi sexo por el suyo, la follaba como ella pedía. Mis brazos se colaban bajo sus hombros, atrayéndola, sus pechos aplastados contra el mío, piel con piel, sin dejar apenas espacio entre nuestros cuerpos, más que martillear su sexo, su vagina me abrazaba complacida.

Mis manos apartaban los cabellos de su frente, cuando los párpados caídos lo permitían, nos mirábamos a los ojos mientras no dejábamos de comernos la boca. El cansancio de un largo día se apreciaba en su rostro y aunque el resto del cuerpo se veía resplandeciente, cuando le pedí un cambio de postura, la pesadez de sus movimientos se hizo evidente. De costado, yo a su espalda, mi mano sobre su teta y siempre midiendo la intensidad de mis viajes, cuando levanté su pierna para facilitar el gesto, fue incapaz de mantenerla elevada por más de tres segundos-

- Lo siento, estoy agotada, has acabado conmigo- dijo.

- No pasa nada-, acomodé la cara en su nuca, besé su cuello y abrazado a su pecho y todavía con el pene hundido en su sexo, di por finalizada la excursión nocturna por París.


Me despertaron las caricias de sus manos en mi pene. No sabría decir si había sido ella o el amanecer, pero la erección era innegable.

- Es tan bonita- creí oírla decir y pese a que el cortinón de la ventana había permanecido descorrido toda la noche, creo que esta vez no se refería a la famosa torre. Desnuda, sentada sobre sus piernas, el pelo recogido en una cola que caía sobre el hombro, se volvía a ver resplandeciente; probablemente el hecho de que su mano diestra no dejara de masturbar mi polla influía seriamente en mi valoración de la escena.

- No- dije cuando observé su cara acercarse a mi sexo.

- Sí- dijo ella con los labios detenidos a tres centímetros de mi glande.

- No- insistí.

- ¿Quién manda aquí?- replicó y yo dejé caer pesadamente mi cabeza sobre la almohada al tiempo que ella introducía en su boca mi polla enhiesta. El calor de su garganta, la saliva reavivando el escozor de la víspera y el rasgar de sus dientes me hacían delirar. Al compás de sus cabeceos lentos no sabía si despertarme del todo o dejarme arrastrar de nuevo al mundo de los sueños. Al cabo de unos minutos –su mano subiendo y bajando rítmicamente, su lengua rematando los gestos relamiendo el capullo- el resto de mi cuerpo terminó por despertarse, una de mis manos rodeó su hombro, la otra se aferró a ese pecho que, al ritmo de los gestos de su cuello oscilaba libre como en el cuadro de Delacroix.

Ella es la jefa, pero París es un buen escenario para las revoluciones, así que cuando menos lo esperaba agarré su muñeca, detuve sus gestos y levantándome impetuosamente la llevé al minúsculo cuarto de baño de este hotel bon marché, hice apoyar sus manos en el lavabo, separé sus piernas con un gesto de mis pies y colocándome a su espalda la penetré tal y como ella me había dejado.

- Ay, ay, cuidado, sabes que la tienes demasiado grande para mí- dijo interponiendo su mano derecha entre mi cintura y sus caderas. Retiré la polla, mojé un par de veces mis dedos con saliva y los llevé a su coño; en el tercer gesto humedecí la punta de mi rabo y lo devolví a su sexo. Agarrándolo por la base con la mano, controlando lo incontrolable, antes de impulsar quise preguntar:

- ¿Sí?-. Un gesto afirmativo de su cabeza me invitó a anclarme a sus caderas, balanceaba mi cuerpo adelante y atrás, la piel de su trasero se enrojecía por la fricción, en su interior todo volvía a acelerarse y su boca alternaba jadeos con gemidos.

Ni ella podía aguantar mucho más ni yo quería dilatar el momento. Colé mi mano entre su cuerpo y el mueble y la dirigí a ciegas a su entrepierna. Con el pene alojado en su vagina comencé a estimular su clítoris, aumentando la velocidad, frotándolo todo lo rápido que la postura me permitía. Cuando su cuerpo comenzó a agitarse volví a moverme también yo. Me gustaría afirmar que cuadramos los finales, pero ella terminó antes y yo, mientras trataba de prolongar su orgasmo hasta los últimos estertores, con la otra mano me masturbé hasta reventar contra la entrada de su coño.

Con la voz entrecortada todavía por la respiración agitada, me acerqué a su espalda, esperé la llegada de su cara y tras besarla en el hombro le dije: nos debíamos un buen viaje.

domingo, 18 de agosto de 2024

Veo veo

Trato de ser objetivo, 

de no mirarte con ojos

de enamorado, 

de idiota perdido, 

de poner las cosas 

en su balanza, de juzgar

tus enfados excesivos

de creer que los dos

no apostamos lo mismo

pero también de ver

que nunca me vi mejor

que cuando me vi

queriendo estar contigo. 

lunes, 13 de mayo de 2024

La lluvia sin ti

Debe ser una mera cuestión de física

de bases por altura, 

de volumen, superficie

o algo por el estilo.

En fin -ya saben- ese tipo de cosas

tan ajenas a los poetas. 

Sólo sé que al girar el cuello

bajo este paraguas tan grande, 

tan amplio, tan protector

-el mejor que quedaba en el chino-

y no encontrarte a mi lado,

el repiqueteo de las gotas

sobre la tela se antoja más fuerte, 

más intenso, se diría

un llanto de lamento. 

lunes, 15 de enero de 2024

Ángeles, demonios y viceversa

En una de esas sucursales

que el infierno tiene en la tierra

un par de ángeles

disfrazados de demonios

como en los cuentos

copaban mis hombros.

Cuando ya los tenía

prácticamente convencidos

para abandonar el lado oscuro

apareció Satanás en persona. 


Aunque -tal vez-

todo fuera al revés, 

era de noche y yo

había bebido más de la cuenta. 

jueves, 4 de enero de 2024

Cuento de Navidad

Con los años Fernanda ha aprendido a interpretar el sonido de los neumáticos sobre el asfalto mojado. Sabe, por ejemplo, el tamaño de un vehículo, la velocidad que lleva o si un camión que pasa sube o baja, porque aquí todo el mundo, salvo ella, está de paso. Y lo más importante, sabe si se están deteniendo en alguna de esas cuatro líneas mal pintadas sobre el viejo cemento descarnado que hace las veces de parking. Cuando siente la última tos del motor antes de girar la llave, sabe que tiene que empezar su rutina: carraspeo, atusarse algo la negra melena rizada, sacar del bolsito que alguna vez fue de lentejuelas el espejo, comprobar la raya de sus ojos y darse un poco de carmín que economiza apretando y moviendo los labios para repartirlo y darle un aspecto apetecible a su boca.

Por eso esta vez le sorprende la puerta al abrirse sin que ningún ruido adelantara la primicia. Hay en su sorpresa algo más que la extrañeza momentánea; como si ya no esperara nada ni a nadie, a esas horas y en estas fechas, en ese páramo olvidado entre la vieja nacional y la autovía, bajo esas cuatro letras que ya no parpadean al compás y cuya luz no puede competir con los leds que adornan los fachadas de los chalets allá a lo lejos, en la entrada del pueblo. Por eso esta vez, al abandonar ese penúltimo café de madrugada, aquel cuyos posos nunca le cambian el destino, el carraspeo se le atasca en la garganta y se prolonga como vida que no arranca gripada en el arcén.

- Ya estaba por cerrar- es lo único que acierta a decir.

- Si quieres puedo…- y las manos del hombre señalando la puerta rematan la frase.

- No, cariño- dice Fernanda alargando ligerísimamente las vocales. Añade un qué vas a tomar, un qué te pongo o algo por el estilo, una de esas frases que salen automáticas sin que el cerebro sepa muy bien cómo. El hombre mira al frente, al otro lado de la barra, donde un espejo de botellas le devuelve un reflejo granate de alcoholes ajados. “Ponme un güisqui” dice al fin, sin convicción, por romper un silencio que se le empezaba a antojar incómodo.

Fernanda prepara dos, en vaso largo, con un par de hielos. Se detiene un segundo al girarse, como si ya no recordase el pedido o dónde estaba la etiqueta correcta. Resalta que es del bueno, irlandés, con una adolescencia en barrica, que un día es un día y hay que celebrar las fiestas; ninguno de los dos va más allá del amago de una sonrisa.

- ¿Cómo te llamas, bebé? Yo soy Bruna- anuncia al salir por el otro extremo del mostrador con ambas manos ocupadas. Siempre le pareció que su primer nombre resulta más exótico, más adecuado a estos menesteres y al pronunciarlo –también siempre- su cerebro emprende un fugaz viaje a miles de kilómetros, a latitudes donde la lluvia golpea tan fuerte que no deja adivinar ningún eco en los charcos.

- Puedes llamarme como quieras, pero por favor, nada de bebé, ¿vale?- dice extendiendo mínimamente los brazos con las palmas de las manos vueltas hacia arriba. A decir verdad, costaba adaptar el apodo: en una edad indeterminada más allá de los cincuenta, unos cuantos kilos de más, bastantes, el pelo gris peinado con desgana hacía ya unas cuantas horas, el gesto más caído que el rostro y en la voz el recuerdo de un cenicero de escritorio lleno de colillas.

- Un bebé grandote- responde Bruna Fernanda iniciando un recorrido con el filo del vaso de tubo por el perfil abultado del vientre del hombre. Viendo que su broma no hacía gracia detiene el juego y coloca la bebida sobre la barra al alcance de una mano que enseguida la rodea. -¿Y esto? Si son mis regalos te voy a tener que llamar Santa- dice riendo sinceramente.

El hombre se mira la muñeca con fastidio, como si de verdad no hubiera sido consciente hasta ese instante de que llevaba una bolsa de plástico colgando del brazo. –Encargos de última hora, no me entraban en el maletero- se excusa sin siquiera explicarse a sí mismo el salto desde el asiento de copiloto a su muñeca.

- ¿Para la cena de Navidad o son regalos para tus hijos?-.

El hombre tiene que echar un vistazo para recordar, frunce un poco el ceño y después de rebajar un dedo de bebida explica: “un poco de todo. Y no, aquí no tengo hijos”. Está tentado de devolver la pregunta, pero prefiere fijar su mano y la mirada allá donde la oscuridad parece tornarse pantalón.

- Aún está duro, ¿verdad?-dice Fernanda tratando de auto convencerse. Es consciente de sus fortalezas, por eso las potencia con ese ceñido pantalón negro que se prolonga en unos botines de tacón afilado que parecen hacerle levitar sobre el suelo; pero es consciente también de sus debilidades, aquellas que hacen que ninguna historia se le prolongue lo deseado, por eso acomoda la mano del caballero, porque si de verdad estuviera tan duro como ella dice, no sentiría los dedos clavarse como garras en la carne.

Por un instante el hombre deja de rodearla, se desprende de la bolsa que colgaba en su muñeca y comienza a palparse los bolsillos hasta sacar un paquete de cigarrillos en fase terminal.

- Aquí no se puede- detiene ella sus gestos al tiempo que señala con la mirada un cartel pegado con cello por las cuatro esquinas y que sorprendentemente soporta el paso de los años junto a la cafetera. El hombre mira a su alrededor. A no ser que la vista le engañe –todo puede ser en esa penumbra de neones tuertos- no hay nadie más en el local. –¿En serio que no puedo?- insiste.

- Aquí no, arriba- responde Fernanda. Aquel caballero hace una mueca, a medio camino entre la sorpresa y la incomprensión, devuelve la cajetilla al bolsillo interior de su cazadora algo más arrugada de lo que había salido y en una prolongación del movimiento apura la bebida hasta que se desmorona la torre de hielos, se acomoda en el taburete adelantándose ligeramente, vuelve a posar sus manos en las caderas de Fernanda y colando su rodilla entre las piernas de la mujer, la atrae hacia sí con decisión, asegurando un roce que ella encaja con una forzada sonrisa.

- Entonces habrá que ir arriba-.

Fernanda puede, con más facilidad, enumerar los matices encontrados en la saliva que recordar el número de veces que chocaron sus bocas. Cuando el arriba empieza a resultar una necesidad palpable, pide medio minuto. Camina hasta la puerta, gira las llaves colgadas y vuelve sobre sus pasos, toma el vaso y bebe un largo trago. Después lo deja en la fregadera, apaga todas las luces salvo las de un pequeño arbolito de Navidad –demasiado plástico para pasar siquiera por un bonsái- y sale de la barra.

- Ven, cariño- dice alargando su mano hacia atrás como guía. En el primer tramo de escaleras su gesto es similar al de todos los días, después del recodo, como si de pronto recordara que esta vez sube acompañada, teatraliza sus movimientos.


La noche duró lo que duran los sueños. Al despertar, el güisqui seguía allí, de quien no había rastro era del hombre. Fernanda repasa mentalmente los acontecimientos, trata de encontrar un motivo para una salida precipitada hasta que decide no darle más vueltas. Al incorporarse se le viene encima ese frío del norte al que los años no le acostumbran, se echa sobre la espalda la manta y envuelta de esa guisa baja las escaleras de puntillas. Todo sigue a oscuras salvo el arbolito. Enciende la luz de la barra y en un rápido vistazo comprueba que no falta nada. Duda si ha desaparecido uno de los décimos del Niño que colgaban junto a la caja, ya no recuerda. La tranquiliza que la registradora esté cerrada. Se acerca a la puerta. Actúa maquinalmente y cuando se quiere dar cuenta ya no sabe si al girar la llave estaba echada. Abre las ventanas, afuera reina la niebla y una luz blanca inunda de golpe la estancia. Al volverse observa la bolsa que portaba aquel hombre, sobre la barra.

- Mis regalos- vocaliza vagamente emocionada. Luego, cuando revuelve la bolsa y los objetos van formando una hilera sobre el mostrador, la desilusión de unas zapatillas de andar por casa que ni siquiera son de su talla se le refleja en la cara. Hay algún objeto más, para el Wallapop –se dice esta vez sí, callada-. Vuelve a introducir las compras en la bolsa y regresa apresurada escaleras arriba. Vuelca el contenido sobre la cama. Allí, en el mismo montón, los ordena mentalmente por el valor que les imagina. Separa únicamente una pulsera de bisutería. El resto no le sirven más allá de lo que pueda sacar por ellos. Rápido, nerviosa, como si aquel hombre fuera a regresar a recoger lo olvidado, salta de la cama y abre el armario. En un cajón su bolso, y en el bolso el móvil. Abre el navegador ajena a cualquier notificación: no conoce la marca de los auriculares inalámbricos que encontró en la bolsa, quizás pudiera sacar por ellos un buen pellizco. Envueltos y sin estrenar, cincuenta.

- Hijo de puta-. Maldice su suerte a través del hombre. Desnuda camina al baño. Al menos arriba el piso es de moqueta –se consuela. Abre el grifo de agua caliente y la deja correr, se mira un segundo en el espejo, necesita que el vapor lo empañe todo. Vuelve a la habitación y toma de nuevo el teléfono en sus manos. La mensajería acumula novedades de vidas a seis horas de distancia. El dedo subiendo y bajando ejerce de caprichoso juez. Elige finalmente el chat con su hermana pequeña. –A ver qué se cuenta- piensa.

Es un vídeo. Se ve a Lady, su sobrina. Es una galería o un centro comercial, un lugar que no conoce, cuando ella marchó todavía la ciudad no se había tragado su barrio. Reconoce sin embargo la luz, los sonidos, el hablar de la gente al fondo, como un murmullo. También se reconoce en la niña, en los ojos oscuros, en la sonrisa traviesa; su hermana le manda siempre fotos, montajes en los que la pantalla se parte con treinta y tantos años de diferencia y ellas son supuestamente dos gotas de agua. Su mente vuelve al presente, al vídeo que continúa reproduciéndose: la niña de pronto corre, la cámara la sigue y se eleva cuando unos brazos rojos recogen a Lady y la sientan en las rodillas de un Papa Noel de tez cobriza y brillante barba blanca.

Bruna Fernanda cierra el WhatsApp, en la ducha el eco de la lluvia la reclama.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

A mitad de camino

A estas alturas de la vida

y con lo poco que he vivido

debería tener cuatro veces

más dinero en el banco

o una hipoteca en fase terminal

una vida más o menos feliz

una ex mujer, dos perros, 

una niña miope con gafas rosas

un periquito llamado Lardín

un libro de poemas autoeditado

gracias a un cobro en bé

un camino cuesta abajo

en fin, esas cosas.


Y en cambio, aquí estoy

más cerca de esa vejez

que siempre me ha acompañado

que del joven que nunca 

he aparentado, con los mismos 

miedos, las mismas ausencias 

de siempre, los sueños 

que se esfuman, pocas ganas 

de mirar atrás y menos de mirarme 

                                                      dentro. 


Así que aquí estoy, frente al viento

buscando el sol en las cuatro sombras

que me acompañan -ellas sí, fieles-

caminando a paso más que ligero, 

se diría incluso que determinado, 

acercándome, como si quisiera llegar

como si supiera dónde voy. 





sábado, 12 de agosto de 2023

Poema mañanero

Volverme y encontrar

En la cama el rastro

De tu pelo fresco

El roce tibio de la noche

Todavía en tu piel

Besar tu espalda desnuda

Hundir mis sueños en tu cuello.

Sentir tus dedos tentando

Mi cuerpo, las caricias

Que ciñen carne y alma

La tierna dureza del alba

El tacto que hace rocío

La escarcha y en el vibrar

De la alarma detener

El tiempo otra mañana. 


jueves, 13 de julio de 2023

Las caras de Bélmez

Un hombre con barba. 

Un ojo que llora. 

Una molécula de agua con cloro. 

Cuatro labios contrapuestos. 

Un esquimal tiritando de frío. 

Un cráter menguante de la luna. 

Trescientas maneras de llamar a la soledad. 

La colección completa de las caras de Bélmez


Quien no cree en el misterio 

sólo verá en la tibia viejas señales 

de un golpe contra un mueble. 




domingo, 25 de junio de 2023

EBAU (Estaba Buscando Alguien Único)

Como le diría Montes a Daimiel hablando de baloncesto, llega a su fin el curso veintidós veintitrés. Es hora de repartir notas y anillos, de echar la vista atrás y hacer balance, de decir chau a los compañeritos del alma y a la puta bohemia, de brindar por los hermanos escolapios que de tan buenos que son, nos llevan de excursión, de saltar hogueras, de sacar para fuera lo malo, en mi vida no quiero nada malo no, no, no...


Septiembre llegó como llegan todos los septiembres, con esos nervios mezcla de ilusión y temor por no haber trabajado lo suficiente en agosto cuando quizás se podía. Precisamente fue un mes de salidas y entradas en el trabajo, de asumir más responsabilidad no siempre bien valorada. Se empezaba a vislumbrar un cambio.


Octubre fue un mes de salir de la zona de confort. Hice algo que nunca había hecho y también salí a navegar; el mismo día, con la cabeza y el estómago dando vueltas por un cambio de viento, dije algo que no debía y se desató la tormenta. Mi cabeza estuvo bajo los efectos del oleaje un par de días, a mi corazón le llevó algo más de tiempo salir del aturdimiento.


Pero salió. Noviembre con sus fríos, sus llovizna, mi cumpleaños más sólo que nunca, fue un mes bonito. Cambié de trabajo y recuperé algo que me gustaba mucho: acompañarla, escucharla, hacerla reír. A quien no sabía querer y a quien más quería, eran la misma persona.


Diciembre tuvo uno de esos días que siempre recordaré, aunque ya no sé si fue el seis, el siete, el ocho. Volver a vernos en persona, volver a abrazarla, volver a compartir lugares que ya no eran el mismo. Recibirla en mi ciudad, contarle historias, confesarnos, llorar hasta el moco y hacerlo de su mano, sintiendo en mis dedos el roce de ese anillo que tanto me gustaba. Era casi igual pero era completamente distinto. Como diría Malú, me habías enseñado tú. Moriría por vos, que cantan los otros, pero tanto me lo habías dicho, que me lo creí, debía hacer mi vida, pensar en mí, priorizarme. Orientar mi vida, tal vez hacia ese nuevo trabajo con todos los marrones que tú intuías y esos que ni siquiera yo imaginaba. 


La tentación de buscar y de caer en ese pasado tan bonito me duró lo que tardé en comprobar que todos mis intentos caían en un desvío de llamada. Quizás el destino, quizás la inteligencia artificial, quizás la incomprensión de un sistema operativo.


Enero fue terriblemente complicado, su cuesta fue un tappone dolomitico: fue la longitud del Stelvio, la dureza del Mortirolo y el frío del Gavia todo junto. Y encadenado con un descenso a tumba abierta y sin un simple periódico que abrigara mi corazón partido. Me vi repitiendo errores y curso, todo lo que no quería.


En febrero te eché de menos más que nunca. Con mi vida tambaleándose en un mes de locos, de carreras, de ojeras, de tensiones. Fue también la última vez oí tu voz, escucharla la sigo escuchando siempre.


Marzo, abril y mayo pasaron en un visto y no visto. Trabajo, trabajo más trabajo y hospital. Como la primavera, hubo días más soleados y tranquilos y otros de fina lluvia de esa que cala sin darte cuenta. Bajando una tarde del hospital, desde la carpa del circo instalado junto a la plaza de toros se escapaba el soniquete "del más difícil todavía", comenzaba a llover y yo sin paraguas. Me pareció una imagen tan literaria que en mitad de mis fracasos empecé a sonreír como un bobo. 


Encontrar imágenes y darles forma de poema breve es todo lo relacionado con la escritura que hago últimamente. Por eso al hacer ahora balance me pregunto si merece la pena tener abierto este Blog, llamarlo erótico cuando de eso queda poco. Seguramente haré una limpia, mudaré los textos más personales a otro espacio más íntimo, depuraré este espacio y todo lo que suba serán textos viejos, excitantes pero que no me llenan.


Pero eso cuando tenga tiempo. Trabajando en el turismo el  verano es prohibitivo. Mis vacaciones fueron seis días en mayo para preparar un examen para el que no había estudiado en todo el curso y serán cinco días en octubre para asentarme en Chamartín y escaparme un día a esas ciudades cercanas que sacrifiqué bien sacrificadas por estar contigo unas horas más.


Y así, como siempre sin darnos cuenta, llegó junio. Pasaron aniversarios, esa memoria virtual de las redes me recordó lugares, atardeceres, canciones... Olvidarte no te olvidaré nunca, superarlo creo que lo he superado; o lo había. Oír tu nombre, decirlo incluso mentalmente no me provocaba ninguna tristeza, ninguna nostalgia. Al contrario, me esfuerzo por recordarte con la misma sonrisa que se me dibujaba cuando tú me mirabas. Si no te escribía era porque los últimos mensajes no habían tenido respuesta, y porque tampoco sé qué efectos produce en ti saber de mí. Pero esta semana, llamó una clienta, al decirme su nombre y ver que coincidía con el tuyo, sonreí. Hasta ahí nada raro. Pero es que al enviar un correo, los campos automáticos de la plantilla me depararon el saludo que siempre te dedicaba, con el que comenzaba mis mensajes, el que encabezaba las alegrías y las penas que compartía contigo. Y como diría Karol G, yo también me dije que hace mucho que no sé ná de ti. Romper la distancia que has impuesto, no quiero, pero sé que de vez en cuando me lees y en verdad me nace decírtelo: sin ilusiones, sin ganas de volver, sin esperanzas, pero te echo mucho de menos. 


Ah, por cierto, el examen bien pero mal, siempre queda algo pendiente. Menos mal que en nuestro restaurante en el puerto hay un camarero con ganas de practicar. Y del shock de ver mi saludo encabezando una plantilla de correo, nacerá un poema; no sé si será el último de este espacio o el primero del nuevo. Pero ya ves, todavía hago rimas con tu nombre para ser feliz. 

miércoles, 14 de junio de 2023

Distancia

Es miércoles todavía, 

amenaza lluvia

y tú estás lejos,

demasiado lejos, 

a esa distancia que no se mide

en kilómetros u horas de viaje, 

a esa distancia que no se salva

vadeando ríos, corriendo en un aeropuerto,

a esa distancia a la que gritos, llanto o

                                                              mensajes de audio

no llegan siquiera como un lejano eco. 


domingo, 11 de junio de 2023

Domingo, 18:30

Esta pereza 

lindante a la tristeza 

poco tiene que ver 

con que mañana sea lunes,

más bien con que hoy 

sea domingo tarde

y esté solo

con tuppers y llamadas

que anticipan la rutina

cuando quisiera estar contigo, 

mirándote leer por ejemplo

un cuento cualquiera o

sentados en el sofá, 

tu cabeza en mi hombro, 

besándonos o haciendo el amor

en fin, ya sabes, esas cosas

que hacen veloces los minutos

y acaso más entretenidos. 

sábado, 15 de abril de 2023

Entre palabras

Hacernos el amor 

entre palabras

acariciar con frases 

que consuelan o que inflaman. 


Asir mis manos a tu talle

juntar los labios como versos

besarte con el alma suave 

de un suspiro que escapa 

hasta el infinito por el aire.


Deslizarnos en el abrazo, 

ser los adjetivos que reclama el texto

provocarnos un adverbio en la mente

amarnos describiendo letras 

con la yema de los dedos. 


Ser - al fin- dos personajes 

que reviven al final del cuento

y al quedarse en silencio hablen

las ganas de tu cuerpo sobre mi cuerpo. 



domingo, 19 de marzo de 2023

Pandémica y boreal

Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos de mujer a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los macarrones fríos,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón al bies,
torpe de cintura para abajo,
insólita lectora -ma semblable-, ma soeur!


Porque no es la impericia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia tu cuerpo:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir en cucharita
y que alegre mi cama al despertarse,

volando como un pájaro
desde tu ventana hasta el piso
para remontar el vuelo de nuevo
piando, implorando volver al nido.

¡Si yo no he podido nunca, 
no he sabido desnudarme nunca,
como entonces
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin buscar -aunque sea nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años !


Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,

como dijo el poeta, son del alma, 
pero un cuerpo es el libro en que se leen.

(continuará)

jueves, 23 de febrero de 2023

Destinos

Como quienes cruzan la mirada

por el andén exterior parte

el tren con destino Durango

al tiempo que mansamente

entra en la estación 

el que se dirige a Oiartzun. 

Irremediables destinos

que sin traerte me llevan

de nuevo a ti, mientras

me quedo allí, solo, 

plantado en la nada. 

lunes, 13 de febrero de 2023

Amura

El viento que soplaba del sur

rizaba las olas y mi pelo

se arbolaba con cada uno

de los embates de tu boca.

Eran besos soñados, dulces

como tal, rociados de salitre

eran besos que eran mar.



Las manos como guimbardas

que en cada caricia afinaban

la piel, desvistiendo complejos

y mis dedos se perdían

incansables en tu amura

allí donde la vida se da

la vuelta hacia el infinito.



La gubia cincelaba lascas

imperfectas, a imagen y semejanza

de un amor que sin ser

es y tiene alma de fado

triste amor marinero que perdió

el rumbo de las estrellas

y deriva a merced de las mareas.



Agachado y muy cerquita

miraba con el ojo guiñado

como un pintor –o un ebanista-

repasaba tu silueta sin descanso,

sin advertir que entre mis dedos

fue a clavarse la astilla

de la nada cotidiana.



Penetró la carne indefensa

llegó a la sangre y por ella avanza

arrastrada por la corriente

la punzante amenaza.

Quizás alcance el corazón

quizás se quede encallada

entre mis venas laceradas.



¿Será un doliente recuerdo

o hallaré quién la extraiga?

¿Seré quien más te quiso

o en tu recuerdo seré nada?

En mitad de este naufragio

te digo que para ti

siempre habrá hueco en mi tabla.

viernes, 20 de enero de 2023

Día de San Sebastián

Mi cabeza y el cielo se debaten.

Dudan, bajo el peso de las nubes

negras de redundancia, si soltarlo

todo o contenerse. Seguramente, 

tan propio en estos lares, caigan 

algunas gotas sueltas como lágrimas

mientras el clima -caprichoso

como la vida- somete las luces

y las sombras al azote de los vientos.


Quizás fuera más fácil dejar

que la lluvia estalle, y que con ella

arrastre todo, que te limpie 

o que te ahogue definitivamente. 

Pero luego piensas un poco en todo, 

en la ilusión, en los desfiles, en los

niños tamborreros, incluso en ti, 

y te dices que sería una pena 

arruinar una oportunidad única en la vida. 


jueves, 5 de enero de 2023

Las Reinas Magas

Siguiendo -tal vez- una estrella

llegaron de tierras lejanas

buscando -como tantas- al rey de reyes, 

mas encontraron vacío su pesebre. 

Cuando la noche difuminó la estela

hallaron refugio en tan extraña posada. 


Son tres, también, estas otras reinas magas.

De ellas, la primera, viste sedas y oros

y de rubios sus cabellos parecen de pura plata.

Dice quien la conoce que responde por Svetlana. 

Morena cabellera rizada

luce quien la sigue en la particular cabalgata.

No tiene nombre, para todos es la rumana. 

Cierra el desfile de sombras

una monarca venida de África, 

permitan que esta noche, la bautice Baltasara.


Perdida la estela del cometa

es el rojo neón quien las ampara. 

Bajo los sueños y la luna, 

en esta noche de Reyes,

de regreso a sus hogares

muchos cruzarán su camino; 

habrá quien mire de soslayo, 

habrá quien dedique hirientes comentarios, 

la mayoría sin embargo, mirará para otro lado.


Ajenas, ellas se recogen

en esta noche tan mágica

esperando a quien acuda

a sus manos encantadas.

Y tal vez llegue José

tras discutir con María, 

tal vez un anciano

busque en ellas las ilusiones perdidas

y habrá quien pregunte a su magia

el sentido de la vida. 


En estas horas calladas

en la que se reparten regalos y anhelos

desde mi ventana al otro lado de la plaza

imploro a la madrugada se cumplan todos los deseos

de estas tres reinas magas. 



lunes, 19 de diciembre de 2022

Amanecer

Observo por la ventana

las primeras luces del alba;

el cielo abandona el rosa pastel

recorre el espectro naranja

y se instala  en tonos violetas. 

Parece sonrojado, 

como si de pronto

fuera consciente de mi amanecer.