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martes, 24 de febrero de 2026

Bizarro (Capítulo 2)

Antes de que volvieran -porque volvieron y la cosa se puso interesante- hubo otras con las que trabé confianza. Habían reservado un apartamento, uno bueno, grande, céntrico; en Airbnb sólo había una foto con baja resolución y un nombre que lo mismo podía ser senadora por Tuluá, profesora de SENA que cariñosa. Esta vez el truco del teléfono no me llevaba a ningún lado, pero me daba una pista: +57. Sin caer en estereotipos, pero gente de Colombia que alquile ese apartamento sólo pueden ser unos gomelos o fulanas. Y cuando una tras otra con esos maletones transoceánicos las vi llegar, los siete vicios del garrote, me quedó muy claro a qué venían. A decir verdad las intenciones se les veían casi tanto como lo que dejaba ver la micro falda que llevaba una de ellas cuando desde el rellano de la escalera nos daba indicaciones a los que abajo hacíamos un tetris para cargar las maletas en el ascensor. 

No sé si ellas sabían que yo sabía, pero sabía. Por si acaso miré los archivos policiales de esas páginas de internet que no hacen publicidad de prostitutas -guiño, guiño- y reconocí a dos de las sospechosas sin lugar a equivocación. El caso es que con este grupo también trabé cierta relación sin querer queriendo: en mitad de su estancia había pactada una revisión de caldera, así que tuve que ir y pese a estar requeteavisadas, todas dormían; después tuve quejas por la música alta de madrugada, así que tuve que volver a llamarles la atención, varias veces. Y cuando quisieron renovar la estancia hice lo único que podía hacer, ofrecerles un mejor precio que las plataformas y fraccionar los pagos. Eso me hizo volver un par de veces más y tratar con Danny (en todos los grupos hay una líder). Para el último pago me pidió que fuera al apartamento, que me quería preguntar alguna cosa. Para entonces, en una conversación previa al respecto de las molestias que provocaba la música, ya le había dejado claro que sabía lo que hacían, así que cuando me citó la víspera de partir no sabía muy bien qué esperarme. Y lo que me encontré fue a ella con un tipo al que me presentó como su primo, Andrés. El caso es que en el otro grupo también había un Andrés, llegué a pensar que era una denominación para los chulos en Colombia, qué sé yo. 

Daniela (no será la única Daniela de la historia, advierto para que no se pierdan) y Andrés el primo me hicieron alguna consulta sobre Airbnb que no recuerdo exactamente pero que tenía que ver con la imposibilidad de reservar en otro lado porque les habían catalogado como no muy buenos clientes (cosa que no hice yo que no tengo otra cosa que hacer que poner valoraciones y estrellitas a todos los clientes de Airbnb) y me dijeron que esa noche la vecina no se iba a quejar de ruido porque se iban de fiesta y llegarían justas para recoger las maletas y marcharse al tren. Como se marcharon un día antes de lo previsto la limpieza no se iba a realizar al día siguiente, así que antes de la limpieza oficial pasé a revisar y a eliminar restos delatores. La verdad es que estaba sucio (muchos días y pocas ganas de limpiar) pero lo que me sorprendió fue encontrar una importante cantidad de ropa, incluso sin estrenar: camisetas, sudaderas, chaquetas... También un aparatito para la tele, un adaptador para qué sé yo qué plataforma. Les grabé un vídeo y les pedí que me dieran una dirección donde enviarlo; al cabo de varios días se pusieron de acuerdo en que lo mejor era mandarlo a la oficina de correos más cercana a la casa de la mamá de Andrés. Quién soy yo para dudar. Eso hice y sólo al recibirlo me dicen que faltaba el remoto/mando del adaptador de la tele, así que vuelve al apartamento y vuelve a mandarlo, ésta vez a otra dirección. 

Ésta y algún mensaje de whatsapp esporádico mientras se preparaba el envío de la mercancía olvidada era toda la relación con Daniela (Dannyshay para los amigos) y Andrés el primo hasta que unas cuantas semanas después encuentro una notificación de correos diciendo que tengo un paquete que recoger y el remitente es... Andrés. ¿Qué será será? ¿Un perrito piloto, una muñeca chochona? No, era el control remoto que me vino devuelto porque nadie había ido a recogerlo en todo ese tiempo. Así que ahora, además del recuerdo en la memoria tengo un mando que no me sirve para nada y que ni siquiera sé cómo anunciar en el wallapop. 


Continuará

viernes, 20 de febrero de 2026

Bizarro (Capítulo 1)

Bizarro, del inglés bizarre y éste a su vez del francés bizarre: raro, extravagante o fuera de lo común. 


Y ahora que lo pienso, quizás bizarro no es la palabra adecuada, aunque en aquel momento es la que me vino a mente para definir la situación; porque nada tiene de extravagante o raro y probablemente lo único fuera de lugar fuese estar allí, contemplando la escena con ojos de extraterrestre futurista caído en medio de la estepa manchega mientras todo a mi alrededor se desarrolla con la cotidianeidad de quien está acostumbrado a su vida. 

Como todo se comprende mejor si se explica desde el principio, comenzaré diciendo para quien no me conoce que hace algunos años ya que trabajo en una empresa de gestión de alquileres turísticos. No es el trabajo de mis sueños, pero me pagan por ello y últimamente hasta medianamente bien. Reservas, facturas, marrones y gente que va y viene y se queda unos días entre nosotros. 

Esta historia también comenzó así, con una ojeada al teléfono recién levantado para descubrir que se había producido una reserva para ese mismo día. Que hoy, y probablemente hasta que la senictud se instale en mí definitivamente, recuerde el nombre compuesto y dos apellidos de esa persona tiene bastante que ver con el desarrollo de la historia, así que un poco de paciencia, que ya estamos empezando.

Un teléfono que se anota, un mensaje que se envía y una cita que se concerta para la entrega de las llaves; podía haberse quedado ahí, en realidad debía haberse quedado ahí, pero las más de las veces uno no elige cómo se desarrollan los acontecimientos. Dos parejas que llegan, latinos, pestañas postizas ellas, tatuajes ellos. Algunas palabras que se intercambian, lo justo para ser cortés, darles alguna información sobre el apartamento y la ciudad y las llaves que quedan en sus manos. Hasta ahí todo normal.

Y al cabo de los días un mensaje a ver si pueden prolongar la estancia, que están muy a gusto y que tienen familia que visitar por acá; y otro mensaje para ver si pueden pagar por bizum y una nueva renovación y más pagos por bizum hasta que llegamos al punto álgido del primer acto. Aquel fin de semana era raro, al menos para mí, ya que para variar no estaba de guardia con el teléfono; un chico que había trabajado con nosotros el verano anterior había comenzado a hacer un fin de semana de cada dos y aquel domingo le tocaba a él. Y he aquí ese pequeño dato anecdótico, que parece carente de valor, pero que tiene un papel trascendental en la historia: desde que este chico había trabajado con nosotros el verano anterior hasta ese día de primavera temprana, la empresa había cambiado el programa de gestión. No me preguntes por qué, porque alterarás mi sosiego y además poco aporta a la historia, pero el software había cambiado y el chico, en lugar de preguntarme cómo demonios prolongar una reserva, optó por bloquear las fechas y ya si eso, avisarme después. 

Cosa que no hizo, claro. Y llegó el lunes y yo mirando el calendario distribuí la tarea al equipo de limpieza: reserva que termina, apartamento que hay que limpiar. Poco antes del mediodía la chica de limpieza me llama alterada: 

- Alex, que los huéspedes no se fueron-

- ¿Cómo que no se han ido, si tenían que estar fuera a las once? Dame un minuto que les llamo- yo en plan profesional.

- No, que dicen que avisaron para quedarse hasta el viernes-. 

- ¿Sí? No... a ver, que miro y te digo-. Y zás, en toda la boca; sirva la expresión, pero más que boca era otra cosa. Un trasero, unas nalgas, posaderas, un derriere, una cola. Un señor culo, con toda la rotundidad de la palabra, era la nueva imagen de perfil de la persona en cuestión. Y ustedes corroborarán que no es la imagen que uno espera encontrarse en el whatsapp como foto de presentación. 

Entonces yo hice dos cosas. O tres, callarme el exabrupto lo primero, comprobar que efectivamente habían solicitado quedarse una semana más y buscar aquel número de teléfono en Google, de primero de gestor de viviendas por si no lo sabías. Búsqueda que me llevó al anuncio de una tal "Isa, perrita tragona", No me jodas, Rafa. Pero no te lo pierdas, ainda mais, la renovación la querían pagar en efectivo: de puta madre, no sí, quizás no es la expresión correcta. Todo ok, Jose Luis. 

Llegados a este punto diré que nada tengo en contra de la prostitución si se practica de manera libre; y me dirás, libre, tus cojones. Y claro, antes deberíamos hablar de desigualdades, de pobreza, de emigración, de necesidad, de desestructuración... Pero si no hay debates en la 2 sobre ello, tampoco vamos a perdernos aquí en solucionar el mundo ni el mundillo. Pero una cosa es que no tenga nada contra las prestiputas ni contra quienes buscan domicilios donde ejercer la presbitación y otra admitir de buen grado que se me hubieran colado donde no deberían haberse colado. 

Y diré que no era la primera vez que me tenía que ver en el trabajo con alguna de estas chicas; además de manera literal, porque antes hubo una que en su WhatsApp se identificaba como A Gata y en las páginas de contactos lo hacía como Ágata y anduvo maullando por Pamplona y que llegado el día de su entrada me hizo una videollamada porque era incapaz de encontrar la cajita de las llaves que tenía a medio metro. Y después de la gata hubo otra, sin apodo y cuyo nombre no recuerdo, a la que tuve que ir a abrir de urgencia porque el simpático de mi jefe no había dejado las llaves donde perjuraba que las había dejado para que la clienta las recogiera a las 06:40 de la mañana. Comprenderéis que a esas horas ni ella ni yo estábamos de humor en ese momento para ponernos a charlar. 

Pero estas otras fueron circunstanciales, porque la gata andaba con un gabacho y se quedó únicamente un par de días y porque la otra, basta como una sopa de mondongo, utilizaba a un supuesto marido para comentarme cualquier cosa. En cambio, entonces, además de descubrir el pastel tenía que ir a cobrarles. Llegados a ese punto tenía al diablo y al angelito listos para el combate ocupando sus respectivas esquinas. ¿Qué qué hice? Hacerme acompañar de la chica de limpieza que me había avisado del embrollo -por algo los guardia civiles van en pareja, porque sobornar a dos es moralmente más complicado y económicamente más caro- e ir a por el pago. Me abrió una cara, el culo seguía en el whatsapp y el resto del cuerpo escondido detrás de la puerta. 

-Sólo te voy a pedir una cosa, discrección absoluta-. Ella no sabía que yo sabía, pero una palabra mía bastó para sanarla de ese desconocimiento. Por si acaso le enseñé su propia imagen de perfil. Me entregó el dinero, pidió una sábana nueva a la chica de la limpieza y desaparecimos.

¿Qué otra cosa podía hacer? A esas alturas de la película llevaban practicamente dos semanas en el apartamento, todo lo que fueran a hacer ya lo habían hecho, nadie se había quejado por nada en concreto y quien no se hubiera quedado con el titular de "Isa, perrita tragona" habría podido identificar el apartamento en las fotografías que acompañaban el reportaje. ¿Que está prohibido hacer estas cosas en los apartamentos turísticos?, ¿que los propietarios lo considerarían incompatible con el contrato y bla bla bla?, ¿que a mi jefe -de haberlo sabido en algún momento- no le parece la mejor forma de conseguir reservas? Pues seguramente, pero es lo que tiene la moral, que usted tiene la suya y yo tengo la mía y personalmente me parece bastante más indecente cobrar 750 euros por una noche de apartamento a que estas chicas hicieran lo que quisieran con sus vidas. Y si hablamos de mi jefe, peor que lo inmoral me parece la doble moral, y hasta ahí puedo leer.

Total, si quedaban cuatro días escasos y la imagen del whatsapp había sido elegantemente censurada. Cuatro días en los que dieron los mismos cero coma cinco problemas que habían dado antes; una vez sabido, los ruidos nocturnos sobre los que un vecino había comentado algo ahora encajaban mejor, igual que las renovaciones de reserva o los pagos en efectivo o bizum. Si habéis leído hasta aquí y hecho un poco de scroll suavecito para abajo habréis comprobado que esto sigue, que no se limita a una única anécdota.

Porque el día que debían marcharse, otra vez recién levantado, agarro el teléfono y zás, una nueva reserva al mismo nombre en otro apartamento de los que gestionamos. Mecagüentó. Porque ahora ya no podía hacerme el loco, ahora sabía lo que había detrás de ese nombre y sabía además que la dueña del nuevo apartamento que acababan de reservar vive al lado y tiene tics de la vieja del visillo. ¿Qué hice? Avisar, pero no a la dueña, a las ocupantes -esta vez me pasaron un contacto distinto a la persona que hacía las reservas-. Total, sólo iban a ser dos días más...

Si esta segunda reserva era un viernes, al terminar el fin de semana recibo, en este orden, dos llamadas: la inquilina preguntando si habían encontrado unos auriculares, uno de estos lo suficientemente caros como para tenerlos localizados por gps y otra de la dueña del apartamento diciendo que no, que los auriculares no los había encontrado pero que igual los había tirado a la basura junto a los montones de basura que había encontrado en el apartamento, que estaba todo hecho una mierda (sic) y con muchos condones. Agarra de nuevo el teléfono y explica y pide explicaciones: los auriculares están allí, los marca el gps y los condones... ella había estado allí sólo con su marido, no lo habían utilizado para trabajar. Por muy crédulo que sea uno...

No sé qué grado de vinculación se había podido crear para entonces, yo no lo definiría como complicidad, pero agradecieron mi lealtad y mis esfuerzos por encontrar los auriculares perdidos; la noche del martes recibo otro mensaje diciendo que estaba muy agradecida, que los auriculares finalmente habían aparecido en otra maleta y que cuando regresasen me harían un regalito para que probase. Literal, bro. 

Ni dar ni traer, hacer. La elección del verbo determinaba el sentido de la frase, eso lo recordaba bien pese a haber eliminado todas las conversaciones mantenidas del whatsapp. Ni vu ni connu. Una anécdota de esas que se reserva para cuando hay confianza. Además, para cuando volvieran yo ya no debería estar trabajando allí. 


Continuará...

miércoles, 7 de julio de 2021

Lunares

Dudo un instante. Está ya a mi merced, lo veo rendido, entregado, siguiendo con la mirada el balanceo de mis pechos al moverme; pero no, lo necesito aún más sumiso. Se deja hacer cuando agarro su brazo y lo levanto. Un fular espera ya atado al cabecero de la cama, luego basta rodear su muñeca y ceñir el lazo. Ríe y trata de besarme estirando el cuello. Insolente. No necesito de espejos para saberme con el rictus serio cuando repito la operación con la mano izquierda. Puede que no sea una experta, pero soy una mujer de recursos; a falta de material específico para la dominación, una larga bufanda de invierno hará las veces de muñequera. Rodeo con un par de vueltas los hierros de la vieja cama, vestigio de tiempos en los que los muebles se diseñaban para varias vidas, y que, de mudanza en mudanza, había llegado hasta mí; nunca me terminó de gustar, hasta que aprendí a sacarle valor.

Desciendo de la cama y como un artista haría con su obra, lo observo desde la distancia. No se debate, pero sus manos se mueven ligeramente tratando de aflojar los nudos; quizás he apretado demasiado, pero no tengo intención de liberarlo. Apago la lámpara y la estancia queda iluminada solamente por una luz tenue, anaranjada, que se filtra a través de los postigos a medio cerrar. Dejo que siga con la vista mis movimientos, hasta que, deteniéndome, comienzo a quitarme las braguitas. Una sonrisa resplandece en su cara. Más aún cuando alargando el brazo le muestro la ropa interior; cuando la dejo caer a mis pies, su mueca de decepción es inversamente proporcional a mi excitación. Camino, compruebo que sus movimientos no han aflojado demasiado los nudos. Ahora que me tiene desnuda y a su lado es cuando verdaderamente lamenta no poder usar las manos. Vuelvo a subirme al colchón. Mi cuerpo busca acomodo y al final lo encuentra. Arrodillada, enmarcando entre mis piernas flexionadas las suyas, lo miro; me pregunto qué será capaz de advertir en mis ojos.

Cuando he captado toda su atención mi cara desciende hasta posar los labios en su vientre, ligeramente por encima del ombligo. Suave, como en un vuelo de mariposa, beso cada uno de sus lunares, moviéndome de izquierda a derecha, saltando por su piel. Cuando llego a la altura del pecho saco la lengua y sigo recorriendo su anatomía, lamiendo sus pecas como si fueran de chocolate; al llegar a su cuello un lametazo largo trepa por él. Apenas tres centímetros me separan de su boca; dejo que sienta el aliento cálido que escapa de la mía. Un movimiento rápido e imprevisto le permite arrancarme un beso. Me separo, vuelvo a bajar. Mi boca se apodera de sus tetillas; las pellizco entre mis dientes, tiro débilmente de sus pezones, los hago endurecerse jugando en ellos con la lengua. Me divierte torturarlo, mirarlo desde esa perspectiva, sentir el deseo en sus ojos y los espasmos de su pene, crecido y abandonado, contra mi piel.

Vuelvo a posicionar mi cara frente a la suya. Tomo precauciones y esta vez dejo más espacio entre nuestras bocas. Aún así lo intenta, dos veces. Trata de volver a besarme, pero estoy rápida y lo evito. Río y él me imita. Suplica sin palabras, yo chisto y muevo el dedo de lado a lado en señal de negación. Cuando lo intenta de nuevo mi respuesta es más contundente, mi mano derecha empuja con fuerza su cabeza hasta que el choque de su nuca con los barrotes de la cama provoca un sonido metálico y mi susto. Al comprobar que no se queja demasiado soy yo la que lo beso, con fuerza, casi con rabia, estirando entre mis dientes su labio inferior al separarnos. Debe entenderlo: mi cama, mis reglas, mis besos.

Vuelvo a su piel; la yema de mi dedo índice dibuja todas las constelaciones posibles uniendo sus lunares: me pasaría la vida recorriéndolos. Caricias y besos, no necesito más para llevarlo a la máxima excitación. Cuando mis labios ascienden por su cuello y se pierden en juegos en el lóbulo de su oreja, se deja hacer, ha comprendido que soy yo quien manda.

- Ahora tú- susurro a su oído. Mi cuerpo se yergue ligeramente, me acerco a él. Le toma por sorpresa al principio, luego poco a poco va mostrando más iniciativa. Le ofrezco mi vientre, mi dedo señala cada punto donde deseo recibir sus besos, e inmediatamente él posa sus labios. Sin prisas, aunque su cara intente dirigirse a mi pubis, aunque a mí también me gustaría recibirlo en mis senos, sigo marcando cada rincón de mi piel donde se dibuja un lunar para que él corresponda a mi juego.

Me incorporo. Sin poder valerse de sus manos para manejar mi cuerpo, debo ser yo la que administre los tiempos, las distancias, y he creído llegado el momento de ofrecerle un poco más de mí. Lo miro y permanezco inmóvil hasta que hago que me corresponda; observo su cara, el deseo propagándose por cada rincón de su cuerpo. Luego comienzo a moverme, a caminar torpemente sobre un colchón demasiado blando, hasta que me aproximo tanto a él que mi bajo vientre va empujando su cabeza, hasta que ésta vuelve a topar con los hierros de la cama, inmovilizándolo. Ahora que lo sé sin escapatoria restriego mi pubis contra su cara y tras aumentar el deseo, elijo el momento de invitarlo a descubrir mi sexo. Mi cuerpo adopta la mejor postura; siento el roce de su nariz en mis labios, el calor y humedad de su boca que tan bien combinan con mi propio calor y mi propia humedad. Siento su lengua tímida asomar buscando los labios, el clítoris. Quizás en otra postura, quizás usando sus manos; no está cómodo pero trata de disimularlo y eso me gusta casi tanto con los aleteos de su lengua en mi sexo. Soy yo la que me muevo, centímetros apenas, un ligero ondular casi imperceptible para cualquiera, pero no para mí, que padezco la carnosa suavidad de su lengua moviéndose por cada rincón de mi coñito. Mis dedos le facilitan la tarea; separo los labios y le ofrezco toda la profundidad de la vagina. Él fuerza la garganta y de inmediato un baño de saliva es proyectado por su lengua, mezclando sus fluidos con los míos, sumándole grados a mi estado de ebullición. Cada viaje de su boca, el roce de mi clítoris con sus labios, me calienta más y más. Mi mano diestra inicia un recorrido por mi cuerpo, vagabundea en mi vientre, sintiendo ese calor que me consume, asciende a mis pechos, acariciándolos, estrujándolos. Como tantas otras veces en el silencio y oscuridad de mi cuarto, quisiera sumar mis dedos al hacer de su boca, pero en el camino encuentro su cabeza y tan sólo los deslizo hasta su coronilla para empujar su cara contra mi piel.

Apenas si respira; yo soy su oxígeno, yo soy su alimento. Sin pausa, sólo su lengua en un ir y venir sin descanso se dedica a no dejar de avivar el fuego. Siento próximo el orgasmo pero no lo prevengo, dejo que siga entregado a su tarea. Así es como lo quiero, entregado y dócil, mezclando pasión y dulzura. No puedo contener mucho más las ganas y empujando su cara contra mi piel me dejo ir entre las convulsiones de mi cuerpo.

Al apartarme me mira. Yo todavía respiro pesadamente, sintiendo los últimos estertores del orgasmo que ha recorrido de punta a punta mi cuerpo. Leo en sus ojos una súplica, desátame, pero resisto su mirada lastimera y mis ganas. La próxima vez quizás; me muero por sentir sus manos agarrándome con fuerza, guiando mis movimientos, el juego de sus dedos en las partes más sensibles de mi cuerpo. Pero no ahora, no esta vez. Muevo la cabeza de lado a lado, haciéndole ver que no, no voy a atender su petición, todavía no terminó el castigo. A cambio lo recompenso con un beso en el que me impregno de mi propio sabor. Me sorprendo lamiendo la comisura de sus labios, queriendo degustar en su cara hasta el último rastro de mi corrida. A medida que mi cuerpo se va encogiendo vuelvo a besar los lunares que, cual frutos, cuelgan en su cuello, sus hombros, su pecho. Lo quiero montar. Estiro la mano para tentar su sexo; duro y crecido. Lo guio sin dejar de mirarlo a la cara, quiero captar todas sus reacciones. Cuando siente el roce de mis dedos una sonrisa asoma en sus labios; cuando restriego su pene para dejarle sentir el calor de mi concha, una mueca se le dibuja en el rostro, y cuando por fin hago desaparecer su polla en mi interior, su expresión es de profunda satisfacción. Yo sonrío. Adapto mi cuerpo y sonrío antes de empezar un ligero balanceo con el que mecer su miembro.

Trato de contenerme, el cuerpo y la situación me piden sus manos acompañando los subibajas. Él tampoco está cómodo; cansado y en una postura forzada, con los brazos en cruz atados a ambos lados de la cama, a la altura de sus hombros. Para evitar mostrar síntomas de debilidad, acelero un poco el traqueteo y mi sexo de inmediato se alivia en un baño de flujos. Trato de elevarme, de ofrecerle mis pechos, pero si para acercarlos a su boca tengo que dejar escapar su polla de mis entrañas, no merece la pena. Así que vuelvo a dejarme caer, a botar rítmicamente, a clavarme su dureza todo lo que nuestros cuerpos dan de sí. Mi sexo es ya un manantial en el que la humedad constante se precipita como en una cascada. Doblo el cuerpo, bien hacia delante, bien hacia atrás, estirándome hasta que su polla dura amenaza con quebrarse como una rama incapaz de soportar el peso de mi florida primavera.

Apoyo las manos en su pecho. La luz de la noche ha ido cambiando, ahora apenas si en su piel se distinguen unas cuantas pecas que, por el movimiento de mi cuerpo, parecen titilar en el firmamento. Contraigo los músculos, mi vagina se aprieta buscando que el placer vuelva a licuarse. Ya no cuento los orgasmos, prefiero sentirlos extendiéndose por toda mi piel, desde los dedos de los pies agarrotados hasta los pezones erizados. Cabalgo con más ganas, paso del trote al galope tendido; los párpados van cayendo, ciego la vista buscando que el resto de sentidos se agudicen. Parece que funciona, escucho el salpicar de fluidos en el chocar de nuestros cuerpos al tiempo que un aroma dulzón compuesto de múltiples matices penetra por mis fosas nasales. Las uñas se me tornan en garras para dejar mi rastro en su costado. Aprieto el paso, llevo mi cuerpo a la extenuación, me muevo sobre su rabo con todas mis ganas. Sé que una nueva descarga es inminente, adivino mi rostro, los ojos caídos y mordisqueándome el labio. Gimo sin demasiada estridencia, llevo la mano rápidamente a acelerar el efecto frotando el clítoris. Me voy, una vez más me voy. Todo se acelera hasta explotar y dejarme ir lento; mi cabeza ha ido venciéndose hasta terminar con la frente apoyada en la suya. Poco a poco vuelvo en mí. Escucho su respirar pesado, casi jadeante; ese es el primer signo. Luego, cuando abro los ojos y encuentro esa expresión extraña, entre satisfacción y petición de disculpa en su mirada, voy comprendiendo. Se ha corrido; incapaz de soportar las contracciones de mi orgasmo, su sexo ha reventado. Ahora lo siento, noto su semen espeso resbalando en mi interior. No sé cómo sentirme, si orgullosa de haberlo llevado al orgasmo o contrariada por tener que contentarme de momento con lo vivido. Reprimo las ganas de agradecerle el rato con un beso y a cambio me esfuerzo por que la mezcla de nuestras respectivas corridas no manche demasiado las sábanas.

- Por favor, princesa- escucho mientras salgo de la habitación para lavarme. No lo he desatado, ya veré si lo hago o continúo castigándolo. Haber terminado sin que yo le diera permiso es un buen motivo como otro cualquiera. Aunque quizás le dé una oportunidad, quizás me premie a mí misma con el hacer de sus manos si es capaz de decirme cuántos lunares adornan mi torso.

sábado, 31 de octubre de 2020

Eva siempre gana

-La hubiera seguido de vuelta al infierno, pero sólo me pidió que nos coláramos en aquel cementerio-. El paciente había comenzado a hablar de forma espontánea, ya cuando el equipo médico abandonaba la habitación. El doctor Martín se detiene, sus residentes le imitan, y con un gesto de la mano les pide que se queden ahí, en silencio, evitando cualquier movimiento que pudiese distraer al enfermo ahora que ha conseguido hilvanar una frase tras días soltando palabras inconexas.

-Era un demonio, era mi demonio, - continúa diciendo el joven tendido en la cama con una media sonrisa asomando a su boca -aunque cuando la conocí pareciera un ángel. Bastó que girara la cabeza y me mirara de aquella forma para comprender que era la encarnación del mal. Sus ojos eran puro fuego, su cuerpo era pecado, y su mente…- la frase queda suspendida durante varios segundos en las que el psiquiatra y sus tres jóvenes aprendices no saben si ese es el final del inesperado monólogo o van a tener derecho a conocer toda la historia. Al equipo médico, tan acostumbrado a desentrañar los misterios de la mente humana, quizás le hubiera gustado conocer como veía aquella mente enferma al resto de las mentes, pero cuando el interno retomó la palabra sus frases tomaron otros derroteros: Eva, Eva, Eva…, yo ya he cumplido mi parte, ¿cuándo vas a venir a buscarme? -. El joven se mira el brazo, lleva unos números tatuados en un color encarnado, podría ser la combinación de un número telefónico, desde la posición de los doctores apenas se pueden distinguir, pero han aprovechado las horas de sedación para apuntarlo: 666 792 … .Marta ha hecho un mínimo movimiento, apenas si se ha recolocado un mechón de pelo por detrás de la oreja, pero ha sido suficiente para captar la atención del paciente que, girando la cabeza, la única parte del cuerpo que puede mover pues sus muñecas y tobillos permanecen atados, interrumpe su discurso y la mira de una forma que asusta; asustan sus ojos negros, su manera de abrirlos, de subir las cejas hasta hacerlos parecer enormes. Marta siente como si esos ojos tan oscuros pudieran traspasarla, como si con una sola mirada pudiera conocer todos sus secretos, sus miedos más profundos. Ella retrocede un paso, hasta situarse tras el hombro de su compañero Alberto, mientras el paciente esboza una sonrisa en la que resalta el brillo de un colmillo partido: tienes un aire a Eva- dice antes de volver a mirar al techo. 

Cuando vuelve a tomar la palabra a los doctores les cuesta unos instantes ubicar la acción. - El muro era alto, más de dos metros, aunque lo hubiéramos podido saltar con ayuda, no hizo falta, las cadenas que cerraban la puerta no estaban lo suficientemente apretadas y bastaron un par de golpes con el hombro para que cedieran, el espacio justo para colarnos dentro. Esta noche será especial, verás, me dijo Eva, como si todas las noches con ella no fueran ya especiales. Me tomó de la mano y yo la seguí, echó a correr y yo corrí, rio y yo reí. De pronto se paró en seco, haciendo volar la gravilla con sus pies, me acerqué y me besó. Me inoculó el veneno de su saliva, me envenenó con su saliva, me envenenó con su saliva… - repite varias veces bajando en cada una el tono de su voz. -La luna también quería marcharse, pero la noche tenía la luz justa para poder ver todo el mal que escondía Eva. Cuando mi lengua recorría su cuello ella levantaba la cabeza y parecía aullar al cielo. Me empujó, yo trastabillé hasta ir a caer contra una losa, Eva vino a mí y se sentó en mi regazo. Sus manos guiaban las mías por su cuerpo, hacían que me quemase en su piel, que abrazase sus pechos. Decía que las sombras también la abrazaban y que mis manos tenían que esforzarse más si quería ser el elegido. Era el mal, era el mal…- repite como una letanía de vez en cuando antes de continuar con su inesperado discurso: levantó mi camiseta y me mordió- su mirada busca su pecho, tratando de ubicar el recuerdo bajo la bata de hospital- yo grité y la maldije, pero ella repitió la operación riendo cada vez más fuerte. Reptó hasta colarse entre mis piernas, desabrochó mi pantalón y tiró de él. Mi sexo fue siempre un juguete entre sus manos, lamió, mamó, hasta conseguirlo todo de mí. Cuando le dio todo su esplendor, lo hundió en sus fauces. Yo me incorporé, ella se arrodilló, mis manos en su nuca retenían con fuerza su cara contra mi vientre, por unos instantes me creí más poderoso que el mal. Pero Eva siempre gana- dice bajando el tono de voz hasta resultar casi pesaroso- Eva siempre gana, y revolviéndose me mordió el pene, tres, cuatro veces, hasta arrancármelo a trozos. El dolor era insoportable, pero yo reía como un loco, sangraba y reía porque Eva me hacía suyo, me incorporaba a su ser. Ahora te toca a ti, me dijo. Obedecí, pues ya mi cuerpo y mi mente eran suyos. Comencé lamiendo los restos de mi sangre que caían por la comisura de sus labios. Descendí por su cuerpo, Eva me iba marcando el camino desvistiéndose al ritmo que yo debía seguir. Quise entretenerme en sus pechos, pero una fuerza extraña me obligó a seguir bajando. Al llegar a su sexo, tenía un olor intenso, especial, estaba menstruando. Levanté la cabeza buscando la mirada de Eva, me estaba sonriendo. Mi boca comenzó a saciar su sed, era mi alimento. Cuanto más jugaba mi lengua en su coño más se retorcía Eva. Gemía, gritaba y sus gritos provocaban el aullido de todos los perros del pueblo. Yo seguía arrodillado a sus pies, deslizando mi lengua por su sexo, dibujando sus formas con los dedos, Eva orinaba sangre, se corría sangre… Yo continué, bebiendo de ella, jugando con mi boca en su sexo, hasta llevarla al orgasmo, hasta que sus párpados cayeron y en el blanco de sus ojos sólo se veían llamas. Eva siempre gana, el mal siempre gana…-. Sus palabras no están dirigidas a nadie, como si la presencia inmóvil del doctor y los tres estudiantes fuesen igual de fantasmagóricas que las sombras del cementerio. 

- Quise asir mi polla, pero sólo encontré una masa sanguinolenta e informe. Miré a Eva desesperado, y ella rio como un demonio, estruendosamente, antes de comenzar a vomitar los trozos de mi pene. Los recogía del suelo, la sangre y su saliva venenosa mojaban mis dedos y rápidamente los metía en el sexo de Eva. Pero ella necesitaba más, toda mi carne vomitada no le provocaba ningún efecto, pese a que yo hundía mis dedos en su vagina para enterrarlos más adentro, para procurarle placer. Era inútil, Eva exigía más y yo no sabía cómo hacerlo. Prueba con eso, dijo señalando con la cabeza algún punto detrás de mí en la noche. Me volví presuroso, buscando la manera de satisfacer sus necesidades. Encontré un hueso largo y amarillento, lo agarré y deprisa volví la cabeza, pero Eva ya no estaba, me pareció que un murciélago surcaba el cielo…-. No puede resistirlo más, con una mano protegiendo su boca de la arcada, Marta corre hacia la puerta. 

- ¿Estás bien? - le pregunta su compañera. Marta asiente con la cabeza; sabe que no es más que un delirio más de un enfermo cualquiera, pero en la carpeta que sujeta bajo su brazo está detallado el informe, conoce los datos, las heridas que presenta el cuerpo… Y ahora, ha bastado escuchar el relato para que su mente cruzase datos y le ganase la náusea. Mientras, a su lado, su compañero Alberto pregunta al doctor: ¿Se sabe algo de la chica? El doctor tarda unos instantes en contestar, su mirada sigue vuelta hacia la habitación, tratando de comprobar a través del pequeño óculo la reacción del paciente ante los últimos acontecimientos. Luego se vuelve y dice: seguramente nunca haya existido la tal Eva, el atestado policial sólo habla de él, y la vecina que denunció haberlo encontrado desnudo y rodeado de huesos exhumados de la fosa común en el cementerio cuando fue a adecentar las tumbas en las vísperas de Todos los Santos, tampoco hacía mención a ninguna mujer. Han comprobado los números por si fuera un número de teléfono y no corresponde con ningún usuario actual… Siguen investigándolo.

domingo, 9 de agosto de 2020

Hazme tu puta

 Nunca debió pronunciar aquellas tres palabras. Lo sabe ella y lo sé yo. El resto de la gente la puede ver cansada, demacrada incluso, pero feliz, y nunca adivinarían que le estoy dando la mala vida que una noche de placentero sexo ella me pidió al susurrar entre gemidos a mi oído “hazme tu puta”. 

- ¿Lo pasamos bien anoche, eh?- le pregunté a la mañana siguiente. Su respuesta fue un ronroneo. Sonreí, tenía la actitud. – Me pediste una cosa… ¿estás segura de que es lo que quieres?- volví a preguntarle. Ella se puso seria y me miró: - Si, es lo que deseo- dijo, y allí mismo, tirados en el suelo de la cocina volvimos a follar.

Por aquel entonces ella ya estaba totalmente enamorada, redundantemente entregada a mí, y aunque creía conocerme, no podía imaginar la perversidad que se escondía en los recovecos más recónditos de mi mente. Los juegos, los retos, las fronteras físicas nunca antes traspasadas en su cuerpo, el exhibicionismo, el cuero, las pinzas y las fustas, el intercambio y hasta cederla a cambio de dinero haciendo literal su petición… Habíamos seguidos todos y cada uno de los pasos de un camino sin retorno posible y en el que el final no se acertaba a divisar.

Hasta aquella fría noche de invierno. Subió al coche y dócilmente se dejó vendar los ojos. Bajo su largo abrigo de piel, su cuerpo desnudo, unas medias negras y sus botas altas. Sabía lo que le aguardaba aunque la velada fuera improvisada hasta para mí. Otras veces sus amantes la esperaban impacientes, los reservados estaban alquilados y las otras mujeres, previamente pagadas. Esta vez no. Esta vez circulamos a baja velocidad por las carreteras de la ciudad. Sólo tenía que encontrar el lugar, el resto lo conseguiría el cuerpo de Julia. Giramos sin prisa por unas calles desiertas en las que el agua que brotaba de los camiones de la limpieza se convertía, por lugares, en finas capas de hielo. Por fin lo encontré. Después de vueltas y más vueltas di con el lugar que mi imaginación había soñado. Solté su cinturón de seguridad, comprobé que sus ojos seguían convenientemente tapados y entonces le pregunté:

- Cariño, ¿confías en mí?-.

- Si, ya sabes que siempre lo he hecho- respondió tranquila, plena de seguridad. Bien, entonces puedo proceder. Deslicé su abrigo y descubrí sus hombros desnudos. Bajé la guantera, agarré sus manos, las llevé a la espalda y las até con unas bridas que llevaban mucho tiempo esperando en el coche y volví a cubrir su desnudez con el abrigo. Acto seguido apagué el motor. Frente a nosotros un puente bajo la autovía, una pared llena de grafitis, una pequeña hoguera y dos bultos tendidos en el suelo. La intensidad de los faros hizo incorporarse a una de esas sombras. El brazo cruzado sobre los ojos, protegiéndose de la luz que lo acababa de despertar, miraba el coche. Cuando me vio salir, poco más que una silueta en la oscuridad, corrió a zarandear al otro cuerpo que dormía a su lado buscando auxilio. Rodeé el coche por su parte delantera, mi sombra se proyectó en la pared. Llegué al puesto de copiloto y abrí la puerta. Julia movió sus piernas y yo le ayudé a salir. Mi brazo la sujetó en los dos pasos que dio sobre el piso irregular. Luego yo me detuve y ella me imitó. Los dos bultos se habían puesto en pie, y ante mis ojos era reconocible la silueta de dos hombres. Cansados, envejecidos, sucios, dos hombres de edad indeterminada y cuerpos vulgares. Dos hombres derrotados por la vida que pasaban sus días entre cartones, ropa ajada y mal olor. Eso era exactamente lo que quería para Julia.

Retiré el abrigo y el cuerpo de mi mujer se les ofreció desnudo. Atónitos miraban su piel blanca, su cuerpo escultural, sus facciones suaves, su pubis imberbe, sus medias de primera marca… Yo miraba su reacción mientras me alejaba con el abrigo de Julia hacia el coche. Con un gesto de la mano les indiqué que era toda suya. Durante unos segundos la noche pareció transformarse en una partida de ajedrez en la que hasta el movimiento más sencillo hay que estudiarlo con detenimiento. Yo les miraba, y ellos me devolvían una mirada llena de sorpresa. Mientras, Julia aguardaba erguida y tranquila a medio camino como la pieza que era en aquella partida. Como dos ratones escarmentados por las descargas de la vida, dudaban si debían acercarse a degustar el trozo de queso que se les ofrecía. Un pausado gesto afirmativo por mi parte les terminó de convencer de que la vida por fin les recompensaba.

Se acercaron todavía temerosos, quizás de las manos ocultas de Julia. Por eso antes de tocarla la rodearon y no vieron más que su espalda desnuda y pecosa, su trasero perfecto y unas manos atadas e indefensas. Sólo entonces se decidieron a clavar sus garras en el cuerpo de mi esposa. Ella gimió y una sensación de satisfacción acudió a mi mente. Ellos, una vez convencidos, no se andaban con rodeos: sus cuatro manos apretaban ya su pecho, su vientre. Uno, más diligente, llevó directamente la mano a la entrepierna de Julia; ella se quejó, y él apretó con más fuerza. Su boca, su cuello, todo su torso y hasta sus muslos, no hubo centímetro cuadrado de la blanca piel de mi puta que ellos no recorrieran. Sin embargo, ni descubrieron sus ojos ni desataron sus manos; la querían frágil y sumisa, como yo por otra parte. 

Sus manos atrayendo el cuerpo de Julia provocaron un traspié y que ella cayera al suelo. Ellos se abalanzaron  como dos fieras sobre su presa. Uno, el más joven, seguía tocando, el otro trataba de liberarse de su pantalón. Yo, lejos de auxiliarla, me senté sobre el capó todavía caliente de nuestro vehículo de alta gama. Mientras el segundo de los hombres trataba cómicamente de sacarse los pantalones que se le habían enganchado en los zapatos, el más diligente ya rozaba con su sexo la piel de mi esposa. Giró su cuello, y una masa informe se restregó sobre el cuidado cutis de Julia. Yo me acomodé y con dos dedos bajé lento la cremallera de mi pantalón. El otro hombre, cuando por fin se liberó de sus ropas, y viendo que se le habían adelantado, se contentó con pasear sus manos por la carnosa realidad en la que se habían transformado aquella madrugada sus mejores sueños. Contemplando la escena, viendo cumplido una vez más el deseo de Julia, la excitación me iba ganando. Aunque uno acertara rara vez en sus embestidas con la boca de mi esposa, aunque el otro no concentrara sus esfuerzos en alguno de los múltiples puntos sensibles de su anatomía… No importaban los medios para cumplir el fin último.

Tal vez se quería vengar de la sociedad sobre el inocente cuerpo de Julia, tal vez sólo quería provocarle dolor, pero el más decidido de los dos, cuando se cansó de atacar su boca, fue directo a su ano. Tendido de costado a su espalda, sus piernas patearon las de mi esposa hasta que ella adoptó la posición que él buscaba. Entonces presionó. Sus ojos casi saliéndosele de las órbitas y su risa escandalosa me indicaron que ya estaba dentro. Julia no gritó. Para ella hace mucho que el dolor físico es una barrera superada y aceptada, aunque tampoco hubiera podido hacerlo, y es que el segundo hombre, arrodillado junto a su cara le ofrecía su muslo como almohada mientras guiando su cabeza la obligaba a mamar. Una de sus manos sobre el rostro de Julia terminó por hacer caer la satinada banda negra que velaba la mirada de mi puta. Sé perfectamente lo que sintió al ver en primer plano ese vientre flácido, ese cuerpo sucio y cansado, esa mirada aviesa y esa sonrisa incompleta. Me miró y sus ojos adquirieron un brillo especial al comprobar que me masturbaba deliciosamente lento contemplándola entregada a aquellos dos mendigos. 

La delicadeza no era el fuerte de aquellos dos hombres. Sus manos agarraban el cuerpo de Julia como quien agarra un palo. Quizás debía ser así. Un pequeño reguero de sangre nacía del codo de mi esposa, sus medias estaban rotas y sus botas manchadas de barro, mientras ellos, cada uno en su parcela, se movían ávidamente, tratando de aprovechar el tiempo antes de que la vida se les volviera calabaza. Julia, paciente, les dejaba hacer y ellos, envalentonados, seguían penetrándola. Su boca, su trasero, todo su cuerpo era presa de la codicia de aquellos dos sin techo. El que, por su barba cana aparentaba más edad, el que más decidido parecía, se montó sobre las caderas de mi esposa, obligándola a rodar sobre el suelo hasta quedar boca abajo. Hizo una breve pausa, como si quisiera comprobar que seguía hundido en el culo de Julia, y volvió a moverse. Sus gestos impulsivos, la tensión de sus músculos, sus gruñidos casi animales… todo hacía indicar que le era imposible contener el final. Segundos después el cuerpo de Julia se agitaba bajo su peso, y la sonora carcajada de aquel hombre me hizo entender que su semen manchaba ya el ano de mi esposa. 

Detuve mi paja y me acerqué. Pasé a su lado cuando la respiración del primero era todavía fatigada y el otro buscaba de nuevo la boca de Julia. Llegué hasta el rincón junto a la pared donde dormitaban ellos cuando llegamos. La suciedad y el olor a orín eran insoportables. Entre cartones gastados, briks de vino peleón y trastos viejos, vi un colchón. Húmedo y raído, lo arrastré hasta ponerlo frente a los faros, siempre encendidos, de nuestro coche. Lo que siguiera lo quería ver mejor iluminado. De vuelta en mi improvisada butaca, les hice ver que continuaran allí. Ellos arrastraron a Julia con los mismos pocos miramientos que yo había tenido con su cama. Cayó boca arriba, aunque sus brazos siempre atados le impedían apoyar la espalda con comodidad. De inmediato los dos hombres se dispusieron a continuar con su inesperado banquete. Sus manos forzaban a abrirse unas piernas que ella no pensaba cerrar. En ese momento empezaron a discutir: ninguno quería ceder el turno. Se gritaron algo en un idioma extranjero, Julia los miraba entre temerosa e impaciente, y yo permanecía alerta por si su pelea anulaba nuestros planes. Al final se impuso el más mayor, aunque acababa de correrse en el culo de mi esposa, quería follársela de nuevo. Se colocó entre sus piernas y empujó. Una, dos, varias veces, hasta que comprobó que le era imposible una nueva erección. Entonces el otro aprovechó su momento. Con un empujón lo quitó de en medio, haciéndole caer sobre la pierna de Julia primero, y después sobre la tierra. Julia se quejó, él, volvió a reír a carcajadas. Después se alejó hacia sus cartones, donde se tumbó con un envase de vino en la mano dispuesto a contemplar la escena.

Quien sabe, quizás fuese más joven, pero su cuerpo castigado aparentaba algo más de cuarenta. Miró a Julia y se agachó sobre ella. Las sombras se proyectaban sobre el gris cemento de la pared. Palpó sus pechos, su mano recorrió el vientre de mi esposa, luego levantó sus caderas y se tumbó sobre Julia. Cuando él comenzó a moverse, yo volví a masturbarme. Suave, sin prisas, con apenas un par de dedos, mis manos protegidas del frío con un par de guantes negros, se movían arriba y abajo contemplando como a apenas un par de metros Julia se entregaba al segundo de sus machos de ocasión. Trajeado, sentado sobre el capó de un deportivo oscuro, con únicamente los cojones y la polla erecta asomando por la apertura de la cremallera, lucía como el perfecto sádico que pretendía. Al otro lado de las pequeñas llamas de la hoguera que les calentaba la noche, el mayor de los mendigos, me miraba, y moviendo la cabeza en gesto de negación, quizás incapaz de comprenderme, volvía a beber de su vino. Entre nosotros, sobre ese colchón viejo y sucio Julia yacía bajo los impulsos del segundo de los hombres. En la oscuridad de la noche el detalle podía haberme pasado desapercibido, y observándolos, me preguntaba si aquel que se movía sobre el cuerpo de mi esposa, tenía un buen pene o  sabía hacer bien el amor, pues hacía un rato ya que Julia rodeaba con sus piernas el cuerpo del hombre. Apostaría que si no tuviera las manos atadas lo abrazaría acariciando su pelo, jugando en sus orejas y clavándole las uñas en la espalda como hace conmigo cuando follando le arranco un orgasmo. Se movía pues lento, buscando sus pechos, abrazando su cuerpo, ahora que mis manos adquirían velocidad. Se erguía y volvía a caer, incansable, sobre el vientre de Julia, provocando un eco hueco que sólo de vez en cuando un coche despistado rompía circulando por la autovía ajeno a la cruda realidad del túnel. Viendo cómo mi puta se dejaba follar, mi mente se recreaba, y la sangre se concentraba en las cavidades de mi polla provocándome una erección total. Cuando los gemidos de Julia se agudizaron, yo aceleré también los movimientos de mi mano. Él subía y bajaba, hundiendo su pene en el coño de Julia, y mi mano bajaba y subía, acercándome más y más al fin. Sentí la dureza en mis testículos, y el semen dispuesto a salir, detuve mi paja y dejé que mi verga explotara en cuatro tiempos, dejando que el blanco de mi leche se convirtiera en un pastoso charco a mis pies. Mientras me corría contemplaba lo feliz que era Julia bajo su hombre.

No había reparado que, mientras recomponía mi figura tras la eyaculación, el hombre más mayor se había incorporado y caminaba desnudo con su envase de vino en la mano hacia Julia y el otro hombre, que seguían follando. Se detuvo frente a ellos, y mirándolos, comenzó a orinar. Julia gritó sobresaltada alejándose, el otro le gritó algo en su idioma, y el viejo reía mostrando su sonrisa sin dientes. Les habían interrumpido y eso lo iba a pagar Julia. Como si fuese otro hombre el que segundos atrás se la follaba tierna y pausadamente, el más joven agarró a mi esposa de los pelos, la arrodilló sobre las piedras, y situándose frente a ella la obligó a abrir la boca. Tan pronto como los labios de mi esposa se separaron, él coló su pene. Empujó la nuca de Julia hasta que ella tuvo una arcada, y repitió la acción tres o cuatro veces. Luego, colocó su polla junto a los labios de mi puta, y masturbándose como yo había hecho, se corrió abundantemente sobre el rostro, el pelo y el pecho de Julia. El otro tiró su vino, y con la polla flácida también busco la boca de Julia. La expresión de su cara cuando fui a dar por finalizada la noche, todavía tenía reflejada el amargor de la orina.

Abrí la puerta trasera. Julia se había tenido que apoyar en mí para caminar los pocos metros que nos separaban del coche. Rompí las ligaduras de sus muñecas y ella se tendió extenuada sobre la tapicería. Sus medias estaban rotas, su pelo sucio y despeinado, sangre reseca manchaba sus codos y rodillas, el semen todavía fresco estaba repartido un poco por todas partes de su cuerpo, y aún así la sabía feliz por haber cumplido mi fantasía y su fantasía.

- Señores, por las molestias, muchas gracias- dije volviendo a ellos y mientras arrojaba un billete mediano al colchón sucio y maloliente sobre el que se habían follado a Julia.- Pasen ustedes buena noche-. Cuando me di media vuelta, se peleaban por el dinero como antes se habían peleado por tirarse a mi puta.