Ahora que la piel tira
y el cloro escuece,
como un masoca
desnudo de cuero
y ornamentos,
busco en la memoria
el instante de placer
asociado a la herida.
Ese momento
pasajero
la tarde –quizás-
de un miércoles
cualquiera,
el gesto
mal calculado
que conduce
a la carne lacerada,
viene a mi mente
con fulgor
de relámpago.
Y como entonces
cierro los ojos
y vuelve a ser tu vientre
el que me ciega,
y tus sonrisas,
aquella callada
y esta otra tan abierta,
las que me impulsan
más allá de la cama
sin percatarme del mueble.
Pobres y dolidas mis piernas.
Sin embargo
las heridas
no duelen en caliente
y el escozor
de piel rasgada
no pudo detener
nuestro presente.
Mi lengua
completó su trabajo,
lo que empezó
como caricias
para salvarnos del llanto,
terminó con un masaje
facial, de labios
a labios.
Palabras, palabras que nacen de lo más profundo y que quieren instalarse en tu cerebro... La mayoría serán historias al uso, algunas aspiran a parecer poemas y otras cuesta clasificarlas. Bienvenidxs a mis relatos eróticos, pasen y lean.
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jueves, 28 de julio de 2022
miércoles, 29 de junio de 2022
Por turnos
- ¿De qué estás mañana?- pregunto.
- De tardes, ¿tú?-.
Resoplo antes de responder: de noches. Mi mente empieza a calcular horarios, itinerarios, posibles coincidencias. –Si quieres te paso a buscar, tengo muchas ganas de estar un rato contigo-.
- No te va dar tiempo- dice con un gesto a medio camino entre la lástima y la compasión.
Tiene razón, ella sale del hospital a la hora que yo debo entrar al hotel. Quizás escapándose antes, tal vez llegando un poco más tarde y aguantando la bronca… Nos despedimos aguardando la hora de volver a vernos, aunque fuera por sólo unos minutos.
Al final nos pudieron las ganas. La espero fuera, apoyado en el coche, junto a la puerta del conductor. Cuando me ve se despide de su compañera y echa una ligera carrera. Sin maquillar, el pelo recogido en un moño no demasiado firme, el rostro cansado después de horas de trabajo, sin embargo se ve preciosa, siempre la veo preciosa. Cuando está lo suficientemente cerca, me atrapa una de sus sonrisas:
- ¿Qué tal el día?- le digo, y en su respuesta espero encontrar un motivo por el que mejorarlo. No le ha debido ir tan mal cuando me besa en los labios. Yo acepto el reto y retengo su cuerpo contra el mío. Las manos también se animan y poco a poco bajan hasta abrazar los respectivos traseros. Estaríamos toda la noche comiéndonos la boca despacio bajo la luz anaranjada de las farolas del parking del hospital, pero los dos sabemos que los segundos mandan. Se sienta en el asiento del copiloto, deja el bolso a los pies, nos ponemos el cinturón y arranco. Desoigo todas las recomendaciones de tráfico y aparto constantemente la vista de la carretera para mirar a mi derecha, ella es mi camino. No apuro los semáforos en ámbar, prefiero que se ponga en rojo y poder intercambiar con mi chica algunas palabras y unos cuantos besos. Cuando se pone en verde mi mano se entretiene en su cuerpo antes de volver al volante. A estas horas no hay tráfico y llegamos enseguida a las inmediaciones de mi trabajo. El reloj en el salpicadero marca dos minutos más allá de mi hora de entrada; me digo que eso no es retraso, así que remoloneo un poco más. Hablamos de todo y de nada hasta que mi mano se posa, deliberadamente, en la parte más alta de su muslo. Ella la mira y comprende, yo la subo todavía un poco más, hasta dejarle bien claro qué tipo de ganas de estar con ella tengo. Separa ligeramente las piernas, deja que pase unas cuantas veces mi mano, aunque sea por encima del pantalón. Le pido que se siente sobre mí, nos mentimos, decimos que es para cambiar de posición y que se vaya a casa conduciendo. Los dos sabemos que no es verdad, que sólo queremos estar en contacto un poco más. El volante golpea su cuerpo, estamos incómodos, pero con su frente apoyada en la mía, ella se da cuenta de que cierta parte de mi cuerpo la desea especialmente. Finalmente la dejo sentada a los mandos, ajustando el asiento a su tamaño, y yo me bajo del coche maldiciendo el trabajo por turnos y recolocándome con disimulo el paquete.
Salí a la hora, afortunadamente el grueso de los check-out no había empezado todavía. En el transporte público las caras somnolientas ayudaban a distinguir a quienes volvíamos de quienes iban a trabajar. Yo estaba completamente activo después de una noche no demasiado ajetreada, sin embargo al llegar a casa me pongo automáticamente en modo silencio, no quiero despertarla. Pico algo en la cocina, ya no sé si desayuno o almuerzo, me entretengo un rato con el móvil antes de ir a la habitación. No me queda más remedio que encender la luz y eso la despierta:
- Mmmm, ¿qué hora es?- pregunta cubriéndose los ojos con el antebrazo.
- Es temprano, todavía puedes dormir un rato más- le digo. Ha descorrido un tanto la sábana, lo justo para ver su hombro, la camiseta blanca de tirantes con la que duerme y un trozo de su pecho sin sujetador. Cuando me siento en la cama ella hace amago de levantarse. Le digo que se quede un rato a mi lado, quiero dormir un rato abrazado a mi chica como cualquier pareja, se excusa, dice que tiene muchas cosas que hacer… Debo encontrar un argumento más convincente. Aprovecho que ha terminado de levantar la sábana para regresar mi mano donde la había dejado la noche anterior; lleva unas braguitas negras, sencillas, nada sexys, pero que en su cuerpo me encantan. La toco con esa mezcla de suavidad y firmeza que llevo años aprendiendo y ella se relaja. Su cuerpo se deja caer de nuevo sobre la cama y mi boca busca sus labios. Cuando sus brazos rodean mi espalda sé que le he quitado las prisas.
Nos hemos quedado sin saliva que intercambiar cuando mis labios abandonan los suyos. Busco su nariz, sus ojos, toda su cara, prodigo besos de colibrí, apenas la rozo. Después tomo camino de su cuello, ella ladea la cara para facilitarme la tarea. Me entretengo un poco antes de seguir bajando. Los pezones se le comienzan a marcar en la camiseta y así los beso, por encima de la ropa. Me asomo a sus pechos a través de las aberturas laterales, podría sacarle la camiseta entera, pero quiero algo más definitivo. Dejo sus senos a la invasión de sus manos y prosigo el viaje por su cuerpo. Cuando levanto la tela y beso su ombligo la posee una risa nerviosa, de un sin querer queriendo. Le gusta pero estamos de acuerdo en que ese no es el destino; su mano empuja mi cabeza y yo obedezco al instinto. Tiro de sus bragas, se atascan con el roce de la cama, ella levanta las caderas y yo vuelvo a tirar. Cuando por fin escapan de su pie, mi chica flexiona las piernas ligeramente abiertas. Mi mirada se centra en su sexo imberbe, en sus labios cerrados, en el capuchón que protege la joya de la corona. Cierro los ojos y me dejo llevar por el tacto, el olor de su piel, por el sabor ligeramente ácido que me recibe, también por el sonido de sus gemidos que comienza cuando yo doy rienda suelta a mi lengua. Cambio de zona, de ángulo, de contundencia, pero no abandono el placer de degustarla. Ella quiere sumar su mano, pero se la retiro, quiero que sea así: su coño y mi boca. El clítoris ha crecido y yo lo refuerzo con un par de lengüetazos. Ella suspira, apenas gime, pero sé que es su manera de disfrutar, sin estridencias. Cuando sus manos aprietan los pechos o agarran con fuerza la bajera hasta retorcerla, sé que le gusta especialmente. Sus labios se han entreabierto, el calor y la humedad de mi boca les han dotado de un brillo especial. Seguramente con algo más contundente conseguiríamos un resultado más eficaz, pero quiero que sea únicamente mi lengua la que se asome al pozo de los deseos. Cegado en su pubis, con la nariz posada en su piel hasta aprenderse todos los matices de su aroma, dejo que sea mi lengua la que, una y otra vez, abra su sexo.
Concilié el sueño acurrucado entre sus piernas después del orgasmo. Ahora despierto sin saber muy bien porqué antes de la hora habitual. Sé que han pasado algunas horas pero no sabría decir cuántas. Mi mirada recorre la habitación iluminada hasta que me doy cuenta de la razón de mi repentino despertar: el edredón caído, mi torso desnudo y al final de mi mirada desenfocada, mi chica aleteando con su lengua en mi glande. Sé que no es algo que le guste hacer, que lo reserva para momentos especiales, así que no pregunto cuando hace desaparecer mi polla en su garganta. Cruzo los brazos por detrás de la cabeza a modo de almohada suplementaria, exijo a mi cerebro que termine de espabilarse y asisto a su manera de compensarme. Mi chica no se ha vestido, vuelve a trabajar de tardes, y mi mirada busca entonces el despertador en la mesilla. Marca las doce y media del mediodía, apenas he dormido tres horas. Sé que todavía falta un rato hasta que tenga que marcharse, intuyo que es demasiado tiempo para aguantar los juegos de su lengua, el roce de sus dientes, la determinación de su mano cuando recorre mi verga.
- ¿Te has duchado?- le pregunto.
- No, ¿por qué?... ah- ella misma se responde. Ríe, le gusta la idea. Trato de incorporarme, el viejo pantalón elástico de pijama está recogido a la altura de los tobillos, y la polla está totalmente crecida y terriblemente dura.
- ¿Cuánto tiempo llevas…?- le pregunto, y nuevamente sus risas son la respuesta. Mis manos la ayudan a desvestirse, cuando nos vemos desnudos una palmada en su trasero es la señal para ponernos en marcha. Pasamos al baño, la mampara de la ducha está abierta y nos colamos hasta sentir el frío de la baldosa en nuestro abrazo.
Su mano me masturba, hace resaltar los cojones y emerger el glande. Me gustaría que siguiera regalándome la falsa candidez de su boca, pero tampoco me quejo. Abro el grifo y el primer chorro frío contra su espalda le provoca un grito estridente. La giro, ahora son mis hombros los que reciben una lluvia cada vez más templada. Mi mano dibuja la forma de su espalda, el abultamiento de su trasero, comienza a bajar por su muslo hasta que lo eleva. Me acerco hasta que mi pene se dobla entre nuestros cuerpos, ella lo guía. Espero a que sus dientes terminen de mordisquear mi labio y entonces empujo; su cuerpo contra el cristal y mi polla por su coño. Gime, el pelo húmedo se le pega a la cara y sus brazos rodean mi cuerpo. Vuelvo a empujar, hasta adentrarme entero en su cuerpo. Cuando comienzo a penetrarla rítmicamente ella abandona su postura de grulla sobre una pierna y se enrosca a mis caderas. Arrinconados contra la pared, el agua sigue cayendo hasta que decido acabar con el derroche; después será necesaria para llevarse los restos, pero por ahora ya ha cumplido su tarea de empañar con vaho nuestro reflejo en el espejo. Nosotros estamos en ebullición. Mi chica resiste sin inmutarse mis embestidas aplastándose la espalda contra la pared. La follo sin descanso, el abrazo se hace más intenso, sus tetas se deforman contra mi pecho, sus gemidos se aceleran, mi respiración se hace más densa. Sé que se corre, es inminente, conozco las reacciones de su cuerpo aunque cada vez nuestros encuentros sean menos frecuentes, más programados. Siento las contracciones de su cuerpo, las venzo y sigo empujando. Mi piel agradece que las uñas que me clava no sean demasiado largas. Cuando deshago el abrazo y la poso en el suelo sus piernas tienen un divertido temblequeo.
Mi espalda se apoya ahora en la pared, ella dobla su cuerpo hasta acercarlo a mí. Estoy ya dentro de su coño pero su trasero es una tentación demasiado grande. Sé que no me deja, pero no me resisto a apoyar el pulgar y empujar, sin ni siquiera hacer desaparecer la primera falange, para que se haga una idea si alguna vez se lo piensa. Mi chica busca dónde apoyar las manos, está incómoda, nuestra pequeña ducha no da para más, así que abandono mis fantasías y agarro con fuerza sus caderas. No quiero forzar sus músculos mucho más con posturas imposibles, además el tiempo pasa deprisa cuando se disfruta y ella deberá marcharse enseguida. Sus pies se apoyan en los míos, sus piernas estiradas, mi polla siempre empujando en su coño, el tronco ligeramente inclinado y mis manos sujetando sus brazos. A ella la respiración se le vuelve a descompensar y yo inicio la que quiero que sea la última tanda. Eleva la cabeza, la ducha de nuevo cae sobre su cara, de la boca abierta escapan al tiempo agua y gemidos, yo la atraigo con más fuerza y la follo con todas mis ganas. Al poco su vagina convulsiona de nuevo y yo me dejo ir en varias sacudidas que agitan mi cuerpo.
La mezcla de semen y flujos que ella ha dejado caer se empieza a perder pesadamente por el sumidero cuando, a regañadientes, me hace salir de la ducha. Cierro la mampara y la miro del otro lado del cristal moteado de gotas. Ella se ducha, ahora sí, de verdad. Le tiendo una toalla, se seca a medio metro de mí, pero sé que no debo estirar la mano, rozar su piel, tiene prisa, ya va tarde. Desde el cuarto de baño miro a través de la puerta entreabierta cómo se viste. Luego vuelve a mi lado, el espejo todavía no se ha desempañado y soy yo quien le dice si se ha pintado los labios correctamente. Me premia con el sobrevuelo de un beso sobre mi boca.
- ¡Qué desastre, mira cómo hemos dejado esto!- dice señalando el agua, las ropas caídas, las toallas abandonadas. - No te preocupes, yo lo recojo. Tengo toda la tarde- le digo, y mientras ella termina de prepararse y la puerta anuncia su ausencia, yo me quedo allí plantado, lamentando no coincidir más a menudo y echándola ya de menos.
- De tardes, ¿tú?-.
Resoplo antes de responder: de noches. Mi mente empieza a calcular horarios, itinerarios, posibles coincidencias. –Si quieres te paso a buscar, tengo muchas ganas de estar un rato contigo-.
- No te va dar tiempo- dice con un gesto a medio camino entre la lástima y la compasión.
Tiene razón, ella sale del hospital a la hora que yo debo entrar al hotel. Quizás escapándose antes, tal vez llegando un poco más tarde y aguantando la bronca… Nos despedimos aguardando la hora de volver a vernos, aunque fuera por sólo unos minutos.
Al final nos pudieron las ganas. La espero fuera, apoyado en el coche, junto a la puerta del conductor. Cuando me ve se despide de su compañera y echa una ligera carrera. Sin maquillar, el pelo recogido en un moño no demasiado firme, el rostro cansado después de horas de trabajo, sin embargo se ve preciosa, siempre la veo preciosa. Cuando está lo suficientemente cerca, me atrapa una de sus sonrisas:
- ¿Qué tal el día?- le digo, y en su respuesta espero encontrar un motivo por el que mejorarlo. No le ha debido ir tan mal cuando me besa en los labios. Yo acepto el reto y retengo su cuerpo contra el mío. Las manos también se animan y poco a poco bajan hasta abrazar los respectivos traseros. Estaríamos toda la noche comiéndonos la boca despacio bajo la luz anaranjada de las farolas del parking del hospital, pero los dos sabemos que los segundos mandan. Se sienta en el asiento del copiloto, deja el bolso a los pies, nos ponemos el cinturón y arranco. Desoigo todas las recomendaciones de tráfico y aparto constantemente la vista de la carretera para mirar a mi derecha, ella es mi camino. No apuro los semáforos en ámbar, prefiero que se ponga en rojo y poder intercambiar con mi chica algunas palabras y unos cuantos besos. Cuando se pone en verde mi mano se entretiene en su cuerpo antes de volver al volante. A estas horas no hay tráfico y llegamos enseguida a las inmediaciones de mi trabajo. El reloj en el salpicadero marca dos minutos más allá de mi hora de entrada; me digo que eso no es retraso, así que remoloneo un poco más. Hablamos de todo y de nada hasta que mi mano se posa, deliberadamente, en la parte más alta de su muslo. Ella la mira y comprende, yo la subo todavía un poco más, hasta dejarle bien claro qué tipo de ganas de estar con ella tengo. Separa ligeramente las piernas, deja que pase unas cuantas veces mi mano, aunque sea por encima del pantalón. Le pido que se siente sobre mí, nos mentimos, decimos que es para cambiar de posición y que se vaya a casa conduciendo. Los dos sabemos que no es verdad, que sólo queremos estar en contacto un poco más. El volante golpea su cuerpo, estamos incómodos, pero con su frente apoyada en la mía, ella se da cuenta de que cierta parte de mi cuerpo la desea especialmente. Finalmente la dejo sentada a los mandos, ajustando el asiento a su tamaño, y yo me bajo del coche maldiciendo el trabajo por turnos y recolocándome con disimulo el paquete.
Salí a la hora, afortunadamente el grueso de los check-out no había empezado todavía. En el transporte público las caras somnolientas ayudaban a distinguir a quienes volvíamos de quienes iban a trabajar. Yo estaba completamente activo después de una noche no demasiado ajetreada, sin embargo al llegar a casa me pongo automáticamente en modo silencio, no quiero despertarla. Pico algo en la cocina, ya no sé si desayuno o almuerzo, me entretengo un rato con el móvil antes de ir a la habitación. No me queda más remedio que encender la luz y eso la despierta:
- Mmmm, ¿qué hora es?- pregunta cubriéndose los ojos con el antebrazo.
- Es temprano, todavía puedes dormir un rato más- le digo. Ha descorrido un tanto la sábana, lo justo para ver su hombro, la camiseta blanca de tirantes con la que duerme y un trozo de su pecho sin sujetador. Cuando me siento en la cama ella hace amago de levantarse. Le digo que se quede un rato a mi lado, quiero dormir un rato abrazado a mi chica como cualquier pareja, se excusa, dice que tiene muchas cosas que hacer… Debo encontrar un argumento más convincente. Aprovecho que ha terminado de levantar la sábana para regresar mi mano donde la había dejado la noche anterior; lleva unas braguitas negras, sencillas, nada sexys, pero que en su cuerpo me encantan. La toco con esa mezcla de suavidad y firmeza que llevo años aprendiendo y ella se relaja. Su cuerpo se deja caer de nuevo sobre la cama y mi boca busca sus labios. Cuando sus brazos rodean mi espalda sé que le he quitado las prisas.
Nos hemos quedado sin saliva que intercambiar cuando mis labios abandonan los suyos. Busco su nariz, sus ojos, toda su cara, prodigo besos de colibrí, apenas la rozo. Después tomo camino de su cuello, ella ladea la cara para facilitarme la tarea. Me entretengo un poco antes de seguir bajando. Los pezones se le comienzan a marcar en la camiseta y así los beso, por encima de la ropa. Me asomo a sus pechos a través de las aberturas laterales, podría sacarle la camiseta entera, pero quiero algo más definitivo. Dejo sus senos a la invasión de sus manos y prosigo el viaje por su cuerpo. Cuando levanto la tela y beso su ombligo la posee una risa nerviosa, de un sin querer queriendo. Le gusta pero estamos de acuerdo en que ese no es el destino; su mano empuja mi cabeza y yo obedezco al instinto. Tiro de sus bragas, se atascan con el roce de la cama, ella levanta las caderas y yo vuelvo a tirar. Cuando por fin escapan de su pie, mi chica flexiona las piernas ligeramente abiertas. Mi mirada se centra en su sexo imberbe, en sus labios cerrados, en el capuchón que protege la joya de la corona. Cierro los ojos y me dejo llevar por el tacto, el olor de su piel, por el sabor ligeramente ácido que me recibe, también por el sonido de sus gemidos que comienza cuando yo doy rienda suelta a mi lengua. Cambio de zona, de ángulo, de contundencia, pero no abandono el placer de degustarla. Ella quiere sumar su mano, pero se la retiro, quiero que sea así: su coño y mi boca. El clítoris ha crecido y yo lo refuerzo con un par de lengüetazos. Ella suspira, apenas gime, pero sé que es su manera de disfrutar, sin estridencias. Cuando sus manos aprietan los pechos o agarran con fuerza la bajera hasta retorcerla, sé que le gusta especialmente. Sus labios se han entreabierto, el calor y la humedad de mi boca les han dotado de un brillo especial. Seguramente con algo más contundente conseguiríamos un resultado más eficaz, pero quiero que sea únicamente mi lengua la que se asome al pozo de los deseos. Cegado en su pubis, con la nariz posada en su piel hasta aprenderse todos los matices de su aroma, dejo que sea mi lengua la que, una y otra vez, abra su sexo.
Concilié el sueño acurrucado entre sus piernas después del orgasmo. Ahora despierto sin saber muy bien porqué antes de la hora habitual. Sé que han pasado algunas horas pero no sabría decir cuántas. Mi mirada recorre la habitación iluminada hasta que me doy cuenta de la razón de mi repentino despertar: el edredón caído, mi torso desnudo y al final de mi mirada desenfocada, mi chica aleteando con su lengua en mi glande. Sé que no es algo que le guste hacer, que lo reserva para momentos especiales, así que no pregunto cuando hace desaparecer mi polla en su garganta. Cruzo los brazos por detrás de la cabeza a modo de almohada suplementaria, exijo a mi cerebro que termine de espabilarse y asisto a su manera de compensarme. Mi chica no se ha vestido, vuelve a trabajar de tardes, y mi mirada busca entonces el despertador en la mesilla. Marca las doce y media del mediodía, apenas he dormido tres horas. Sé que todavía falta un rato hasta que tenga que marcharse, intuyo que es demasiado tiempo para aguantar los juegos de su lengua, el roce de sus dientes, la determinación de su mano cuando recorre mi verga.
- ¿Te has duchado?- le pregunto.
- No, ¿por qué?... ah- ella misma se responde. Ríe, le gusta la idea. Trato de incorporarme, el viejo pantalón elástico de pijama está recogido a la altura de los tobillos, y la polla está totalmente crecida y terriblemente dura.
- ¿Cuánto tiempo llevas…?- le pregunto, y nuevamente sus risas son la respuesta. Mis manos la ayudan a desvestirse, cuando nos vemos desnudos una palmada en su trasero es la señal para ponernos en marcha. Pasamos al baño, la mampara de la ducha está abierta y nos colamos hasta sentir el frío de la baldosa en nuestro abrazo.
Su mano me masturba, hace resaltar los cojones y emerger el glande. Me gustaría que siguiera regalándome la falsa candidez de su boca, pero tampoco me quejo. Abro el grifo y el primer chorro frío contra su espalda le provoca un grito estridente. La giro, ahora son mis hombros los que reciben una lluvia cada vez más templada. Mi mano dibuja la forma de su espalda, el abultamiento de su trasero, comienza a bajar por su muslo hasta que lo eleva. Me acerco hasta que mi pene se dobla entre nuestros cuerpos, ella lo guía. Espero a que sus dientes terminen de mordisquear mi labio y entonces empujo; su cuerpo contra el cristal y mi polla por su coño. Gime, el pelo húmedo se le pega a la cara y sus brazos rodean mi cuerpo. Vuelvo a empujar, hasta adentrarme entero en su cuerpo. Cuando comienzo a penetrarla rítmicamente ella abandona su postura de grulla sobre una pierna y se enrosca a mis caderas. Arrinconados contra la pared, el agua sigue cayendo hasta que decido acabar con el derroche; después será necesaria para llevarse los restos, pero por ahora ya ha cumplido su tarea de empañar con vaho nuestro reflejo en el espejo. Nosotros estamos en ebullición. Mi chica resiste sin inmutarse mis embestidas aplastándose la espalda contra la pared. La follo sin descanso, el abrazo se hace más intenso, sus tetas se deforman contra mi pecho, sus gemidos se aceleran, mi respiración se hace más densa. Sé que se corre, es inminente, conozco las reacciones de su cuerpo aunque cada vez nuestros encuentros sean menos frecuentes, más programados. Siento las contracciones de su cuerpo, las venzo y sigo empujando. Mi piel agradece que las uñas que me clava no sean demasiado largas. Cuando deshago el abrazo y la poso en el suelo sus piernas tienen un divertido temblequeo.
Mi espalda se apoya ahora en la pared, ella dobla su cuerpo hasta acercarlo a mí. Estoy ya dentro de su coño pero su trasero es una tentación demasiado grande. Sé que no me deja, pero no me resisto a apoyar el pulgar y empujar, sin ni siquiera hacer desaparecer la primera falange, para que se haga una idea si alguna vez se lo piensa. Mi chica busca dónde apoyar las manos, está incómoda, nuestra pequeña ducha no da para más, así que abandono mis fantasías y agarro con fuerza sus caderas. No quiero forzar sus músculos mucho más con posturas imposibles, además el tiempo pasa deprisa cuando se disfruta y ella deberá marcharse enseguida. Sus pies se apoyan en los míos, sus piernas estiradas, mi polla siempre empujando en su coño, el tronco ligeramente inclinado y mis manos sujetando sus brazos. A ella la respiración se le vuelve a descompensar y yo inicio la que quiero que sea la última tanda. Eleva la cabeza, la ducha de nuevo cae sobre su cara, de la boca abierta escapan al tiempo agua y gemidos, yo la atraigo con más fuerza y la follo con todas mis ganas. Al poco su vagina convulsiona de nuevo y yo me dejo ir en varias sacudidas que agitan mi cuerpo.
La mezcla de semen y flujos que ella ha dejado caer se empieza a perder pesadamente por el sumidero cuando, a regañadientes, me hace salir de la ducha. Cierro la mampara y la miro del otro lado del cristal moteado de gotas. Ella se ducha, ahora sí, de verdad. Le tiendo una toalla, se seca a medio metro de mí, pero sé que no debo estirar la mano, rozar su piel, tiene prisa, ya va tarde. Desde el cuarto de baño miro a través de la puerta entreabierta cómo se viste. Luego vuelve a mi lado, el espejo todavía no se ha desempañado y soy yo quien le dice si se ha pintado los labios correctamente. Me premia con el sobrevuelo de un beso sobre mi boca.
- ¡Qué desastre, mira cómo hemos dejado esto!- dice señalando el agua, las ropas caídas, las toallas abandonadas. - No te preocupes, yo lo recojo. Tengo toda la tarde- le digo, y mientras ella termina de prepararse y la puerta anuncia su ausencia, yo me quedo allí plantado, lamentando no coincidir más a menudo y echándola ya de menos.
miércoles, 7 de julio de 2021
Lunares
Dudo un instante. Está ya a mi merced, lo veo rendido, entregado, siguiendo con la mirada el balanceo de mis pechos al moverme; pero no, lo necesito aún más sumiso. Se deja hacer cuando agarro su brazo y lo levanto. Un fular espera ya atado al cabecero de la cama, luego basta rodear su muñeca y ceñir el lazo. Ríe y trata de besarme estirando el cuello. Insolente. No necesito de espejos para saberme con el rictus serio cuando repito la operación con la mano izquierda. Puede que no sea una experta, pero soy una mujer de recursos; a falta de material específico para la dominación, una larga bufanda de invierno hará las veces de muñequera. Rodeo con un par de vueltas los hierros de la vieja cama, vestigio de tiempos en los que los muebles se diseñaban para varias vidas, y que, de mudanza en mudanza, había llegado hasta mí; nunca me terminó de gustar, hasta que aprendí a sacarle valor.
Desciendo de la cama y como un artista haría con su obra, lo observo desde la distancia. No se debate, pero sus manos se mueven ligeramente tratando de aflojar los nudos; quizás he apretado demasiado, pero no tengo intención de liberarlo. Apago la lámpara y la estancia queda iluminada solamente por una luz tenue, anaranjada, que se filtra a través de los postigos a medio cerrar. Dejo que siga con la vista mis movimientos, hasta que, deteniéndome, comienzo a quitarme las braguitas. Una sonrisa resplandece en su cara. Más aún cuando alargando el brazo le muestro la ropa interior; cuando la dejo caer a mis pies, su mueca de decepción es inversamente proporcional a mi excitación. Camino, compruebo que sus movimientos no han aflojado demasiado los nudos. Ahora que me tiene desnuda y a su lado es cuando verdaderamente lamenta no poder usar las manos. Vuelvo a subirme al colchón. Mi cuerpo busca acomodo y al final lo encuentra. Arrodillada, enmarcando entre mis piernas flexionadas las suyas, lo miro; me pregunto qué será capaz de advertir en mis ojos.
Cuando he captado toda su atención mi cara desciende hasta posar los labios en su vientre, ligeramente por encima del ombligo. Suave, como en un vuelo de mariposa, beso cada uno de sus lunares, moviéndome de izquierda a derecha, saltando por su piel. Cuando llego a la altura del pecho saco la lengua y sigo recorriendo su anatomía, lamiendo sus pecas como si fueran de chocolate; al llegar a su cuello un lametazo largo trepa por él. Apenas tres centímetros me separan de su boca; dejo que sienta el aliento cálido que escapa de la mía. Un movimiento rápido e imprevisto le permite arrancarme un beso. Me separo, vuelvo a bajar. Mi boca se apodera de sus tetillas; las pellizco entre mis dientes, tiro débilmente de sus pezones, los hago endurecerse jugando en ellos con la lengua. Me divierte torturarlo, mirarlo desde esa perspectiva, sentir el deseo en sus ojos y los espasmos de su pene, crecido y abandonado, contra mi piel.
Vuelvo a posicionar mi cara frente a la suya. Tomo precauciones y esta vez dejo más espacio entre nuestras bocas. Aún así lo intenta, dos veces. Trata de volver a besarme, pero estoy rápida y lo evito. Río y él me imita. Suplica sin palabras, yo chisto y muevo el dedo de lado a lado en señal de negación. Cuando lo intenta de nuevo mi respuesta es más contundente, mi mano derecha empuja con fuerza su cabeza hasta que el choque de su nuca con los barrotes de la cama provoca un sonido metálico y mi susto. Al comprobar que no se queja demasiado soy yo la que lo beso, con fuerza, casi con rabia, estirando entre mis dientes su labio inferior al separarnos. Debe entenderlo: mi cama, mis reglas, mis besos.
Vuelvo a su piel; la yema de mi dedo índice dibuja todas las constelaciones posibles uniendo sus lunares: me pasaría la vida recorriéndolos. Caricias y besos, no necesito más para llevarlo a la máxima excitación. Cuando mis labios ascienden por su cuello y se pierden en juegos en el lóbulo de su oreja, se deja hacer, ha comprendido que soy yo quien manda.
- Ahora tú- susurro a su oído. Mi cuerpo se yergue ligeramente, me acerco a él. Le toma por sorpresa al principio, luego poco a poco va mostrando más iniciativa. Le ofrezco mi vientre, mi dedo señala cada punto donde deseo recibir sus besos, e inmediatamente él posa sus labios. Sin prisas, aunque su cara intente dirigirse a mi pubis, aunque a mí también me gustaría recibirlo en mis senos, sigo marcando cada rincón de mi piel donde se dibuja un lunar para que él corresponda a mi juego.
Me incorporo. Sin poder valerse de sus manos para manejar mi cuerpo, debo ser yo la que administre los tiempos, las distancias, y he creído llegado el momento de ofrecerle un poco más de mí. Lo miro y permanezco inmóvil hasta que hago que me corresponda; observo su cara, el deseo propagándose por cada rincón de su cuerpo. Luego comienzo a moverme, a caminar torpemente sobre un colchón demasiado blando, hasta que me aproximo tanto a él que mi bajo vientre va empujando su cabeza, hasta que ésta vuelve a topar con los hierros de la cama, inmovilizándolo. Ahora que lo sé sin escapatoria restriego mi pubis contra su cara y tras aumentar el deseo, elijo el momento de invitarlo a descubrir mi sexo. Mi cuerpo adopta la mejor postura; siento el roce de su nariz en mis labios, el calor y humedad de su boca que tan bien combinan con mi propio calor y mi propia humedad. Siento su lengua tímida asomar buscando los labios, el clítoris. Quizás en otra postura, quizás usando sus manos; no está cómodo pero trata de disimularlo y eso me gusta casi tanto con los aleteos de su lengua en mi sexo. Soy yo la que me muevo, centímetros apenas, un ligero ondular casi imperceptible para cualquiera, pero no para mí, que padezco la carnosa suavidad de su lengua moviéndose por cada rincón de mi coñito. Mis dedos le facilitan la tarea; separo los labios y le ofrezco toda la profundidad de la vagina. Él fuerza la garganta y de inmediato un baño de saliva es proyectado por su lengua, mezclando sus fluidos con los míos, sumándole grados a mi estado de ebullición. Cada viaje de su boca, el roce de mi clítoris con sus labios, me calienta más y más. Mi mano diestra inicia un recorrido por mi cuerpo, vagabundea en mi vientre, sintiendo ese calor que me consume, asciende a mis pechos, acariciándolos, estrujándolos. Como tantas otras veces en el silencio y oscuridad de mi cuarto, quisiera sumar mis dedos al hacer de su boca, pero en el camino encuentro su cabeza y tan sólo los deslizo hasta su coronilla para empujar su cara contra mi piel.
Apenas si respira; yo soy su oxígeno, yo soy su alimento. Sin pausa, sólo su lengua en un ir y venir sin descanso se dedica a no dejar de avivar el fuego. Siento próximo el orgasmo pero no lo prevengo, dejo que siga entregado a su tarea. Así es como lo quiero, entregado y dócil, mezclando pasión y dulzura. No puedo contener mucho más las ganas y empujando su cara contra mi piel me dejo ir entre las convulsiones de mi cuerpo.
Al apartarme me mira. Yo todavía respiro pesadamente, sintiendo los últimos estertores del orgasmo que ha recorrido de punta a punta mi cuerpo. Leo en sus ojos una súplica, desátame, pero resisto su mirada lastimera y mis ganas. La próxima vez quizás; me muero por sentir sus manos agarrándome con fuerza, guiando mis movimientos, el juego de sus dedos en las partes más sensibles de mi cuerpo. Pero no ahora, no esta vez. Muevo la cabeza de lado a lado, haciéndole ver que no, no voy a atender su petición, todavía no terminó el castigo. A cambio lo recompenso con un beso en el que me impregno de mi propio sabor. Me sorprendo lamiendo la comisura de sus labios, queriendo degustar en su cara hasta el último rastro de mi corrida. A medida que mi cuerpo se va encogiendo vuelvo a besar los lunares que, cual frutos, cuelgan en su cuello, sus hombros, su pecho. Lo quiero montar. Estiro la mano para tentar su sexo; duro y crecido. Lo guio sin dejar de mirarlo a la cara, quiero captar todas sus reacciones. Cuando siente el roce de mis dedos una sonrisa asoma en sus labios; cuando restriego su pene para dejarle sentir el calor de mi concha, una mueca se le dibuja en el rostro, y cuando por fin hago desaparecer su polla en mi interior, su expresión es de profunda satisfacción. Yo sonrío. Adapto mi cuerpo y sonrío antes de empezar un ligero balanceo con el que mecer su miembro.
Trato de contenerme, el cuerpo y la situación me piden sus manos acompañando los subibajas. Él tampoco está cómodo; cansado y en una postura forzada, con los brazos en cruz atados a ambos lados de la cama, a la altura de sus hombros. Para evitar mostrar síntomas de debilidad, acelero un poco el traqueteo y mi sexo de inmediato se alivia en un baño de flujos. Trato de elevarme, de ofrecerle mis pechos, pero si para acercarlos a su boca tengo que dejar escapar su polla de mis entrañas, no merece la pena. Así que vuelvo a dejarme caer, a botar rítmicamente, a clavarme su dureza todo lo que nuestros cuerpos dan de sí. Mi sexo es ya un manantial en el que la humedad constante se precipita como en una cascada. Doblo el cuerpo, bien hacia delante, bien hacia atrás, estirándome hasta que su polla dura amenaza con quebrarse como una rama incapaz de soportar el peso de mi florida primavera.
Apoyo las manos en su pecho. La luz de la noche ha ido cambiando, ahora apenas si en su piel se distinguen unas cuantas pecas que, por el movimiento de mi cuerpo, parecen titilar en el firmamento. Contraigo los músculos, mi vagina se aprieta buscando que el placer vuelva a licuarse. Ya no cuento los orgasmos, prefiero sentirlos extendiéndose por toda mi piel, desde los dedos de los pies agarrotados hasta los pezones erizados. Cabalgo con más ganas, paso del trote al galope tendido; los párpados van cayendo, ciego la vista buscando que el resto de sentidos se agudicen. Parece que funciona, escucho el salpicar de fluidos en el chocar de nuestros cuerpos al tiempo que un aroma dulzón compuesto de múltiples matices penetra por mis fosas nasales. Las uñas se me tornan en garras para dejar mi rastro en su costado. Aprieto el paso, llevo mi cuerpo a la extenuación, me muevo sobre su rabo con todas mis ganas. Sé que una nueva descarga es inminente, adivino mi rostro, los ojos caídos y mordisqueándome el labio. Gimo sin demasiada estridencia, llevo la mano rápidamente a acelerar el efecto frotando el clítoris. Me voy, una vez más me voy. Todo se acelera hasta explotar y dejarme ir lento; mi cabeza ha ido venciéndose hasta terminar con la frente apoyada en la suya. Poco a poco vuelvo en mí. Escucho su respirar pesado, casi jadeante; ese es el primer signo. Luego, cuando abro los ojos y encuentro esa expresión extraña, entre satisfacción y petición de disculpa en su mirada, voy comprendiendo. Se ha corrido; incapaz de soportar las contracciones de mi orgasmo, su sexo ha reventado. Ahora lo siento, noto su semen espeso resbalando en mi interior. No sé cómo sentirme, si orgullosa de haberlo llevado al orgasmo o contrariada por tener que contentarme de momento con lo vivido. Reprimo las ganas de agradecerle el rato con un beso y a cambio me esfuerzo por que la mezcla de nuestras respectivas corridas no manche demasiado las sábanas.
- Por favor, princesa- escucho mientras salgo de la habitación para lavarme. No lo he desatado, ya veré si lo hago o continúo castigándolo. Haber terminado sin que yo le diera permiso es un buen motivo como otro cualquiera. Aunque quizás le dé una oportunidad, quizás me premie a mí misma con el hacer de sus manos si es capaz de decirme cuántos lunares adornan mi torso.
sábado, 17 de abril de 2021
Inmarcesible Gloria
Habían pasado ya más de dos horas desde el final del partido pero las camisetas amarillas todavía salpicaban las calles del barrio. Caminaba hacia casa cuando me dije que la cerveza que iba a refrescar aquel atardecer de finales de junio era mejor tomarla rodeada de gente feliz por una victoria que en la soledad de mi cocina mientras empezaba a preparar la cena; así que cambié los últimos metros de mi itinerario y entré en un bar latino cercano a mi hogar. Pasaba casi a diario por allí, llevaba abierto ya unos cuantos años, desde que el barrio había acogido a miles de los inmigrantes llegados a España en las dos últimas décadas, sabía que estaba especializado en cocina colombiana por un cartel en la cristalera y la pizarra colocada junto a la puerta, pero nunca había entrado.
Alguna de las mesas de la terraza estaba ocupada, al pasar al interior también vi algún grupo de gente al fondo. En la barra dos camareros ataviados con el uniforme de la selección nacional terminaban de secar los vasos. El fragor había pasado, pero todavía se notaba que la tarde había sido un hervidero. Pedí la ansiada cerveza y el primer trago helado descendiendo por mi garganta terminó de relajarme después del día de trabajo. El ambiente ya no era festivo, pero donde había habido fuego quedaban las brasas expresadas en forma de risas, cánticos, música; escuchándolos uno no podía imaginar otra cosa que una victoria contundente y no la pírrica que anunciaban al día siguiente los titulares. Al cabo de unos minutos, siguiendo la mirada de uno de los camareros reparé que en que la televisión emitía el segundo de los duelos de la jornada, aquel en el que se iba a dilucidar el rival de Colombia en la siguiente ronda.
- Uy, disque ¿usted tan blanquito no será inglés, no? Porque nos los vamos a comer en octavos-. La cerveza había conseguido abstraerme tanto que no había reparado en la mujer que se había colocado a mi lado.
- No, soy español, pero si hace falta dejarse comer, yo me dejo comer- contesté terminando de girarme para volver a mirar las botellas que tenía frente a mí al otro lado de la barra. Ella rió la broma estruendosamente y añadió: ni que fuera un sancocho- Mi falta de respuesta debía dejarle claro que no conocía demasiado de la gastronomía colombiana. - ¿No viene mucho por acá, verdad? Me llamo Gloria, encantada- dijo.
- ¿Cómo Sofía Vergara en “Modern Family”?- respondí a la gallega.
- ¡Pero yo estoy mucho mejor!-dijo riendo a carcajadas. Entonces la observé más detenidamente. Obviamente ella no podía aguantar la comparación con una miss universo, si es que alguien puede. Ya nadie la definiría como joven, metro sesenta escaso, pelo abundante y de un moreno azabache, la tez cobriza, un pecho más que generoso, una cintura a la que tal vez le sobrase algún kilo, y en la cara una sonrisa luminosa y contagiosa. Vestida con alguna versión más antigua del traje de la selección Colombia bien podía ser una buena compañía para lo que surgiese.
Las manecillas de mi reloj parecían haberse adaptado al pausado transcurrir de la vida en otras latitudes. Había entrado buscando algo de ambiente y me había terminado uniendo a Gloria y sus amistades, otras tres mujeres y un hombre de edades cercanas a la suya y mismo origen. A la primera cerveza siguieron otras, el fútbol continuaba en los televisores, pero a nadie parecía importarle ya el futuro rival. Cuando más interesante parecía ponerse la noche, cual Cenicienta, me di cuenta que el tiempo había pasado rápido embriagado por la cautivante personalidad de Gloria.
- ¡No!,¿cómo así?- protestó cuando desde detrás de la barra anunciaron que era hora de cerrar. – Qué pena con usted- me miró y dirigiéndose a todo el bar dijo: ahora que iba a enseñarle al españolico este cómo se baila en mi tierra…-.
La persiana del bar cayó, las pocas gentes que quedaban se fueron disgregando en la tibia noche de verano, pero yo no quería separarme de Gloria. Podría achacarlo al estío, al alcohol que había ingerido, al encantamiento de su risa, al aroma dulce que intuí en su pelo cuando me agaché a besarla, pero era otra cosa, un calor primario, instintivo, físico. Un mínimo roce, algo parecido a una descarga eléctrica, una primera chispa, la que hizo que después de las mejillas, no nos diésemos tiempo para pensar en qué vendría después y nos lanzásemos a devorarnos la boca, con mis manos abrazando su trasero y sus pies en puntillas.
Fue la distancia la que impuso el lugar, su habitación en un piso compartido. Por el camino, en el ascensor, fuimos apaciguando con besos y magreos la tempestad desatada. Cuando el pestillo en la puerta nos dejó solos ya no hubo remedio. Sus manos me instaron a sentarme sobre la cama, de inmediato Gloria me acompañó. La débil luz de una lámpara de mesilla dejaba su rostro en un claroscuro que se iluminó de pronto por su sonrisa cuando, en su abrazo, advirtió lo que yo experimentaba bajo mis ropas: el pene crecía sin disimulos. Mis besos bajaban por su cuello, mis manos rodeaban su cintura; cuando ambas se unieron en sus pechos Gloria soltó el cierre de su sostén. Como una bandera su camiseta amarilla ondeó en lo alto antes de seguir un tranquilo vuelo hasta el piso. Voluminosos, caídos, imperfectos, maravillosos. Sus senos acogían mi cara, mi saliva, mis besos. Trataba de excitar entre mis dedos sus pezones, anchos y chatos, al tiempo que ella pugnaba por colar su mano bajo mis ropas. Le ayudé reclinándome. Sus uñas rasgaron la piel de mi vientre cuando sus manos empezaron a desvestirme, enseguida sus labios calmaron la superficie incendiando el deseo. La mirada de Gloria me buscaba en cada tirón que daba a mis pantalones, y en esos ojos negros se intuía lo que estaba por llegar.
- Aaaah…- un gemido salió de mi boca cuando golpeó mi polla contra sus labios. Después el roce de sus dientes, la húmeda esponjosidad de la boca, los aleteos de su lengua y su mano tirando débilmente de la piel de mi rabo. Comenzó a torturarme, a recorrer con su lengua mi pene, desde la base hasta sacarle brillo al capullo. Cabeceaba unos instantes, llevándome al máximo y acto seguido hacía una pausa, en la que hasta el cálido aliento que escapaba de su boca era una tortura para mi enrojecida polla. Si continuaba así iba a terminar conmigo demasiado pronto. Me levanté de golpe, provocando su risa, la tomé en mis brazos y la giré. Ahora era ella la que estaba presa entre mi cuerpo y la cama. Sus pechos morenos, generosos, me condujeron por el resto de su anatomía. Recorrí la curva de su tripa, los pliegues que formaba ésta a medida que bajaba. Sus jeans demasiado ceñidos sublimaban su culo, pero se volvían incómodos con las prisas por desvestirla. Apenas los bajé hasta las rodillas y me centré en las bragas amplias, blancas, clásicas, que aparecieron ante mis ojos. Cuando, después de trepar por su muslo, uno de mis dedos las recorrió, la forma de sus labios y la humedad que mojaba su coñito se anunciaron bajo la tela. Las deslicé hasta el tope que suponían sus pantalones a medio bajar, Gloria se acomodó recostándose en la cama y yo adiviné lo que ella esperaba. Mis hombros se hicieron hueco entre sus rodillas flexionadas. En la penumbra de aquella habitación poco iluminada su sexo apenas se intuía bajo una mata de cabellos negros. Cuando mis dedos lo abrieron, un resplandor rosáceo maravilló mi vista. Como una ofrenda entregué a él mis remilgos, mis filias y mis fobias y buena parte de la saliva que lubricaba mi garganta. Gloria se deshacía con mis lametazos, y el brillo que al principio se limitaba a sus labios, replegados y carnosos, se iba tornando más espeso y extendiéndose por todo su sexo. Igual que con la cerveza que horas antes había entrado buscando en el bar donde la encontré, ahora mi boca trataba de saciar otra sed; mi lengua se detenía en la parte inferior de su raja unos instantes y subía de golpe golpeando su clítoris.
Gloria se debatía bajo mi boca, el martilleo de la lengua en su pipa la tenía más que alterada. Su cuerpo rechoncho pedía más. La ayudé a incorporarse. El calor que desprendía su coño bañó mi polla antes incluso de que se sentara sobre mí.
- Ay sí, mijo, qué rico…- su mano agarró mi polla y la guió hasta insertársela. Empecé a moverme, pero Gloria me pidió que la dejara hacer. De inmediato comenzó un suave movimiento de caderas, un baile sobre mi polla en el que cambiaba de paso, de ritmo y en el que yo no era sino un inexperto bailarín en sus manos. Su pelo aleteaba mientras mis manos retenían el viaje de sus pechos gordos. Su sexo era pequeño pero tremendamente acogedor con mi rabo, lo cubría de caricias y lo bañaba con sus flujos. A los pocos minutos el calor, la escasa ventilación y los continuos traqueteos de Gloria sobre mí me tenían cubierto de sudor; en cambio ella lucía fresca como una flor, su rostro maduro incluso parecía rejuvenecer en cada minuto que continuaba con su danza. Mis dedos se hundían en la piel de sus costados, mareados siguiendo el ritmo de sus vaivenes, mi polla, que apenas si podía seguir el paso de sus caderas, se volvió un juguete en sus manos cuando Gloria inició un rápido movimiento hacia adelante y hacia atrás. Preso entre las paredes convulsionadas de su coño asistí a su corrida.
El orgasmo que se reflejaba en su rostro colorado le había dejado una risa nerviosa que fue a más cuando comprobamos que sus piernas cortas no alcanzaban para reposar en mis hombros. Gloria estaba tumbada boca arriba, yo arrodillado, mi polla dispuesta a volver a su cuerpo. El primer empujón provocó una sacudida que, cual onda expansiva, se fue repartiendo por su cuerpo. Luego llegó el ritmo, tal vez no tan cadencioso ni tan armónico como el suyo, pero igual de efectivo. Mi polla se clavaba, salía hasta que el glande topaba con sus labios, y volvía a entrar, una y mil veces. Mis dedos viajan por su cuerpo, tratan de reunir sus pechos desparramados, siguen subiendo por su cuello hasta llegar a su boca; se los ofrezco y Gloria los hunde en su boca lamiendo con gula. Su coño me aprisiona. Se va a correr otra vez, lo anuncia, lo grita, una serie de jadeos apresurados acompañan la última tanda de movimientos de mi rabo. Resisto apenas los embates de su cuerpo, cuando salgo de él sé que no aguantaré el roce de sus uñas, la carnosidad de sus labios. Su mano agarra mi tronco, las mías la acompañan en la masturbación. Unos pocos gestos impetuosos bastan para que explote. Segundos después mi corrida no es más que una lluvia cálida que la mano de Gloria extiende por su propio vientre. Cuando terminó de secar una última gota de sudor que caía por mi frente la miro, y en su cara la misma sonrisa de felicidad que brillaba cuando la conocí horas antes.
martes, 5 de enero de 2021
La espuela
Un regusto amargo, similar pero distinto del de la cerveza que posa sobre la barra tras beber un trago, es el que encuentro en sus labios cuando termino de contestar los mensajes y regresando a él, lo beso.
- ¿Y si nos vamos?- sugiero. Apura la bebida y agarrándose a mi cintura, como para no perderse, me sigue mientras nos escabullimos del trasiego del bar. Al llegar a casa los relojes marcan esa hora difusa entre la noche y la madrugada. Ya no somos dos jovencitos para pasar la noche fuera de casa, pero, al menos yo, todavía tengo ganas de planear, de hacer una vida distinta. Lo ha intuido al pedirle esta salida inesperada, y se lo confirman mis manos cuando se quita la cazadora y queda con esa camiseta oscura, ceñida, que oculta un torso que me sé de memoria. No puedo evitarme morderme el labio cuando mis dedos comienzan a recorrerlo. Sonríe, acaba de comprender mis prisas por volver a casa. Yo sonrío también, lo quiero rutinario pero especial.
Por eso lo sorprendo cuando sus manos tratan de sujetar mi rostro y me escabullo de sus caricias. Mis labios besan la tela, dibujando el perfil de sus pectorales primero, de sus abdominales después y prosiguen el viaje hasta toparse con la hebilla del cinturón. Siento su mirada baja clavada en mi cabeza, pero evito corresponderle; así no me entretengo y rápidamente suelto el cierre de sus vaqueros y tiro de ellos. Siento su vida palpitando contra mis mejillas; mi cara al frotarse termina de comprobar cómo la excitación se le transforma progresivamente en dureza. Tiembla como la primera vez cuando mis manos, de un tirón decidido, bajan su calzoncillo y siente el aire cálido de mi risa acariciando su pene. Lo acojo en el calor de mi mano y comienzo a mimarlo. La experiencia le ha enseñado que esta clase de juegos los reservo para ocasiones muy especiales; tiene que sentir que ésta no es una vez más, que no es un sábado cualquiera, aunque no celebremos nada. Sé que lo siente. La delicadeza con la que mis manos agarran su polla, la estimulan, la hacen crecer y endurecerse, los viajes de mis dedos hasta golpear con la uña en la base del tronco hacen que dé un paso hacia atrás, hasta casi trastabillar y tener que apoyar la espalda en la pared más cercana. Tiro de la piel de su rabo, hago emerger el glande. Lo observo en primer plano, cubierto de una finísima capa de húmeda lubricación cubriendo todas sus terminaciones nerviosas. Lo acerco a mis labios y lo torturo con la frialdad de mi aliento. Entonces sí, entonces espero que me mire, y cuando lo hace abro los labios, apoyo su polla en mi lengua y trago hasta que mis dientes superiores rasgando su piel le hacen gemir de placer.
Meneo la cabeza cuando quiere posar sus manos en ella. Debo hacerlo yo, no quiero su ayuda, no necesito que me marque el ritmo, sé muy bien lo que hago. Me agarro a sus muslos y vuelvo a cabecear con decisión, ocho, diez veces, hasta que suelto su polla de pronto y ésta da un respingo al liberarse de mi boca. Sigue gimiendo cuando recorro toda su longitud extendiendo saliva y deseo con la lengua y los labios. Luego vuelvo a agarrar su cipote, golpeo con él mi rostro, sé que aquello le excita como pocas cosas, y al poco lo hundo de nuevo en mi garganta y vuelvo a los mecánicos golpes de cuello. Él gime, aprieta los dientes para aguantar un poco más y me deja hacer. Para entonces ya sabe que esto es especial, aunque no termine de entender la razón. Mamadas así no son mi tónica habitual, pero la ocasión lo merece. Así que cojo aire de nuevo y me sumerjo una vez más hasta que mi boca topa contra la parte más baja de su vientre.
El primer signo es el agarrotamiento de sus piernas, después de tantos años conozco sus reacciones. Mis dedos, siempre sujetos a sus muslos, sienten la tensión de sus músculos. Luego se acelera la frecuencia de los gemidos, y quizás también su pene adquiere una dureza mayor, aunque yo no ceso mis cabeceos para comprobarlo. Es él quien me tiene que apartar, el que con la palma de su mano en mi frente me echa hacia atrás, hasta que de mis labios crece una tela de babas que se extiende hasta la punta de su polla. Entonces es él el que coge el relevo. Yo, con la boca abierta, la lengua sacada y el cerebro incendiado, asisto a su masturbación, a su cuerpo contrayéndose, a su respingo final hasta que una lluvia de lefa sin dirección me riega la cara.
Después de limpiarme, lo encuentro sudoroso y medio desnudo en el sofá. Esta vez me ahorraré la bronca. Mi vista se pierde por un instante en el ventanal del salón cuando acudo a correr las cortinas. Fuera el viento sopla, sacude la alfombra de hojas amarillas que peor han resistido la llegada del otoño, mientras que las ramas de los árboles todavía frondosos se mueven alteradas en una marejada de sombras. Enciendo una pequeña lámpara de pie que dota a la estancia de una luz tenue, que dobla mi sombra mientras camino hasta él. Cuando me ve desnuda se medio incorpora. La ceremonia no ha terminado, aunque su pene haya vuelto a la flacidez. Empujo su hombro hasta que él se deja caer en el respaldo; luego me monto sobre sus muslos. Pretende besarme, pero yo me elevo y le ofrezco mis pequeños senos. Se conforma con ellos. Dejo caer los párpados y me dedico a sentir el juego de su lengua en mis pezones, la firmeza de sus dedos agarrando mis pechos. Mordisquea, lame, besa, pellizca. Sus manos se agarran a mi cintura, me elevan, me hunden, me llevan a frotarme con él, aunque su entrepierna apenas ha recuperado algo de su gloria. Sus labios se atreven a descender por mi vientre, cubriéndolo de besos para luego regresar a mis senos.
- Cómemelo-. Me duele tener que ser yo quien se lo pida. Él obedece y trata de deslizarse bajo mi cuerpo, hasta que se convence de que para aquellos menesteres es mucho más apropiada la cama. Cuando se incorpora y de un impulso decidido me eleva entre sus brazos, siento un vértigo repentino que casi altera mis planes. Luego, mientras caminamos al dormitorio en el que tanto hemos compartido, me enrosco con las piernas a su cintura. Al llegar al borde de la cama se deja caer de espaldas, conmigo encima. Eso no es lo previsto y ruedo hasta que soy yo la que está boca arriba sobre el colchón. Su boca se posa de nuevo en mi torso, y yo doblo el cuerpo, invitándolo a seguir la ley de la gravedad. Cuando siento sus manos grandes, sus dedos poderosos instalándose en mis muslos, me abandono por un instante. Sé que enseguida será su lengua, sus labios, los que jueguen en mi sexo. Sentiré su calor, la saliva confundiéndose con la humedad que ya, sólo de recordar, comienza a mojarme. Me retorceré bajo sus manos, lucharé contra las cosquillas de su barba de cuatro días en mis ingles. Me abstraeré de todo y cerraré los ojos, tratando de retener para siempre en mi memoria las sensaciones de esta noche, el juego de su lengua en mi clítoris, las sacudidas de sus labios en los míos, ese cosquilleo especial que me recorre entera cuando él acierta en uno de sus lametazos.
Cierro los ojos, mis manos en ocasiones confunden dónde enroscarse y es su pelo el que sufre los tirones; eso le anima y surca con la lengua toda mi raja. Me deshago en su boca con pastosa literalidad. Cuando cesa el juego entre mis muslos y lo intuyo moverse, lo miro. Aunque no lo diga busca mi aprobación. Su polla ha recuperado grosor y tamaño, me lo demuestra restregándola contra mi piel. Mi silencio es el permiso. Dos décadas casi desde que entró por primera vez en mí; mi cuerpo se ha adaptado a él, a sus dimensiones modestas, a su vigor ausente de química. También mi mente tuvo que acostumbrarse. Hoy ambos, cuerpo y pensamiento, tratan de esforzarse en captar el momento, ese impulso decidido, su cuerpo levantándose sobre los brazos, sus rodillas abriéndose hueco entre mis piernas, el gesto de riñón que empuja completamente su verga en mis entrañas. Recojo las piernas, adapto la postura a sus embestidas. Veo sobrevolar su cara, doblo la cabeza y su boca deja un vampírico rastro en mi cuello.
Me folla. Me folla con todas sus ganas, con su cuerpo adulto, con los trucos aprendidos a lo largo de todos los años compartidos. Sólo él sabe cuándo acelerar el ritmo y conseguir que me vaya nada más empezar, sólo él consigue aguantar mis sacudidas mirándose en mis ojos; me pregunto si será captar todos los matices que quiero expresar hoy. Los empujones se hacen constantes, repetitivos. Yo rodeo con mis piernas las suyas y lo aprisiono contra mí. Lo quiero completamente dentro, como antes, como siempre. Él baja su cuerpo, hasta aplastar mis senos contra su pecho. Cuela los brazos bajo mis axilas, me rodea, me atrae, hasta hacernos una única masa de piel y huesos, hasta que nuestros gemidos se acompasan, hasta que él se empeña en volver a sentir el baño de mis flujos en un nuevo orgasmo.
Lo consigue y yo caigo rendida, deshaciendo el abrazo, pataleando y dando manotazos al aire. Me he corrido como hacía tiempo, me he corrido como necesitaba correrme esta noche. Él me mira; su sonrisa luce entre sorprendida y orgullosa.
- Túmbate- le digo. Él, masturbándose ligeramente para mantener su polla erguida, obedece y se deja caer. Inmediatamente yo busco la manera de encaramarme a su cuerpo. Quiero mantener el control, que la noche no vaya por derroteros inesperados. Él no se da cuenta, cree que, montándolo, le permito aguantar más. En cierta forma es así, yo misma deseo que la noche no acabe. Hundo bien su verga en mi coño y comienzo a moverme suavemente, describiendo círculos insertada en él. Cierro los ojos, quizás así sea capaz de retener más tiempo en la memoria estas sensaciones. Sus manos entre la cintura y las caderas quieren acompañar mis movimientos, hacerlos acaso más intensos. Le pido que no lo haga, que me deje a mí y él, relajado, cruza sus brazos por detrás de la nuca a modo de almohada. De vez en cuando un gemido, una risita triunfante cuando yo me agito más de la cuenta salen de su boca y acompañan los quejidos del somier para romper el silencio. Me sigo moviendo despacio, subiendo mínimamente y dejándome caer, orbitando alrededor de su eje, sintiendo el roce duro y constante en todas las paredes, hasta que siento la necesidad de incrementar el ritmo. Entonces me suelto el pelo, sacudo la cabeza hasta que forma un velo negro y sedoso delante de mis ojos, apoyo las palmas de las manos entre sus hombros y el pecho y, poco a poco, irremediablemente, voy incrementando el ritmo.
Me quiero correr una última vez y necesito que él lo haga conmigo. Paso del trote al galope, él comprende y sus manos se mueven hasta abrazar mis nalgas. Allí se clavan, sus uñas en mi piel, sus huellas en mi memoria. Me empuja, me atrae, acompaña mis idas, refuerza mis venidas, hasta que mi cuerpo decide rendirse y apretando su polla en mis entrañas alcanzo un nuevo orgasmo que nubla mi mente. Preso en mis paredes, ahogándose en mis flujos, él no puede resistir mucho más. Cuatro o cinco impulsos violentos cuando mi cuerpo comenzaba a relajar la tensión del orgasmo me anuncian su final. Entre la maraña de pelo que difumina mi vista percibo su gesto crispado, sus dientes apretados, después la mandíbula distendida y el gemido final. Lo desmonto antes de que él advierta mi rostro. Caigo a su lado, siento su respirar pesado más que mi propio cuerpo, aparto en un mismo gesto de mi mano el pelo y dos lagrimones que recorrían mi cara. Miro al techo y no veo más estrellas fugaces, se han marchado, como temía, cuando ha terminado el sexo. Entonces, sin voltear la cara, siguiendo el guion planeado, lo suelto:
-Cariño, tenemos que hablar, creo que ya no te quiero.
viernes, 18 de septiembre de 2020
No puedes evitar mirarme
No puedes evitar mirarme cuando nos cruzamos por la calle, aunque vayas cogida de su mano. Y es precisamente ese detalle, sus dedos entrelazados con los tuyos, el que aporta interés a esta historia, el que da un sentido especial a tus ojos desviándose del horizonte, el que me impide saber qué piensas cuando me ves.
Si obvio tu mirada que me busca, diría que estás orgullosa de ir de su mano. Pareces una mujer segura de sí misma, altiva incluso, la cabeza erguida y ese caminar convencido; y es por eso que no sé cómo interpretar tu mirada, esa mirada subrayada por una sombra de ojos oscura, esa mirada que pierde el frente y se desvía hacia la izquierda, hacia mi posición. Quizás quieres decirme, mírame, fui tuya una noche, lo pasamos bien, pero pertenezco a otro, ahora soy suya. O quizás no, quizás me retes, quizás tu mirada es una súplica. Si me fijo en él, no lo juzgo a tu altura, a nadie lo encontraría digno de ti, tal vez ni siquiera a mí, pero desde luego no a él. Por eso quizás tu mirada buscándome es una petición de rescate, un ven, un déjame que entrelace mis dedos con los tuyos, un la próxima vez retenme, un contigo sí.
O quizás simplemente al verme, al cruzarnos casualmente, el recuerdo de aquellas horas, de aquella noche, venga a tu mente como afluye a la mía: fresco y nítido, aunque hayan pasado los meses. Yo tampoco puedo evitar mirarte, aunque vayas cogida de su mano. Lo reconozco, me he fijado en ti ya desde muchos metros antes de esas décimas de segundo en que nuestros hombros pasan casi rozándose. Aunque los ojos se nos desvíen sólo al final, cuando estamos seguros que al otro los recuerdos le inundan la memoria. Me gustaría pensar que es así, que recuerdas las conversaciones, las risas, los brindis de champán, los arrumacos, el nombre de mi colonia por la que preguntaste tan interesada, mis ganas de comerte la boca y tus manos atreviéndose más arriba de las rodillas.
Y todo lo demás, claro. Ojalá tu mirada sea un agradecimiento por ese orgasmo que te pilló por sorpresa, cuando rechacé los quehaceres de tus manos y me centré en ti y en tu coño imberbe. No lo esperabas, pero quería hacerlo, necesitaba hacerlo, casi desde la primera mirada. Entonces, pese a la noche, la oscuridad y el alcohol, interpretaba mejor tus miradas. Por eso me atreví enseguida a abrazarte por debajo de la cintura; tus ojos sin hablar me habían dado permiso. Y seguramente te lo dije entonces, pero por si acaso mi cabeza volviéndose ahora que nos cruzamos te lo repite: que duro y bien puesto tienes el culo. Si no fueras acompañada, te detendría y te lo diría de viva voz, buscando la sonrisa cómplice de aquella noche. Pero ahora que vas de su mano, sólo nos podemos hablar en estas miradas cruzadas que duran milisegundos.
Quizás esa mirada furtiva tuya ahora sea la devolución de aquella mía que cegaron tus muslos. Quizás ahora se te siga erizando la piel como al pasar de mis labios entonces. Después, cuando te abandonaste estirando el cuello y con el brazo buscando el cabecero de la cama, tan centrado en tu sexo estaba, que cesaron las miradas y era tu voz la que me guiaba. Tus sigue y mi lengua concentrada en aletear sobre los pliegues de tus labios, tus qué rico y mis dedos despertando tu clítoris, tu aroma impregnando poco a poco mis sentidos y mi saliva haciendo brillar tu sexo. Quizás en este cruce de miradas de ahora viajen mi empeño y tu orgasmo modesto, sin estridencias forzadas, tan sólo mi lengua y tus dedos tomando el relevo a los míos sobre tu pipa, hasta arrancar bien la noche.
Después, si tu mirada va cargada de recuerdos no podrás negarlo, quisiste corresponderme y te volví a sorprender; en aquella penumbra también tus ojos buscaron los míos. No me imaginabas así, ni tanto ni tan duro, pero saborearte me había llevado a mi tope. Pusiste empeño y un preservativo, pero ni el profiláctico ni tu boca pudieron llegar al final, a pesar de los ánimos y de mis manos empujando tu cabeza. Si te fijas, en mis ojos ahora que nos cruzamos no hallarás reproches, aunque me hubiera gustado conocer más y mejor las profundidades de tu garganta. Probamos posiciones y números, sentí el aroma de tu reciente orgasmo y vi en primer plano tu ano, contraído y tan irrechazable, que quizás en mi mirada hoy encuentres el lamento de no habértelo pedido. Da igual; las ganas nos pudieron y enseguida pasamos a mayores.
Quizás en tus ojos viaja la comprensión por la impericia del desentrenado. Y aquella cama tan pequeña para mí, nos costó encontrar postura, ¿recuerdas? Cuando optaste por montarme fue todo mejor. Esa dureza lítica que te volvió a sorprender, mis manos fundiéndose en el calor de tu cintura y tus pechos redondos tan apetecibles que terminé inclinándote para poder morderlos. Y ahí, teniéndote sobre mí, abrazado a tu espalda, con tus manos tratando de levantar la camiseta que me había dejado puesta, con las caras tan cerca que no podíamos evitar el juego de nuestras lenguas, volvieron las miradas. Aunque inmediatas, eran huecas, muy diferentes de las actuales, furtivas, pero tan cargadas de matices que no consigo descomponer. Entonces el esfuerzo era otro, prolongar lo inevitable un minuto más. Te pregunté dónde, y quizás la altivez de tu mirada presente es el reproche de la decepción de la mía ante tu elección aquella noche. Además, la pregunta había llegado precipitada, antes de tiempo. El condón había volado y ya no había vuelta atrás. Tu mano se esforzó por acercar el clímax, la mía, más acostumbrada, cogió el testigo con nuevos ímpetus. Y ahí, cuando terminé de deshacerme entre tu ombligo y la cresta de tu cadera, tu mirada volvió a adquirir matices reconocibles. Esa sonrisa orgullosa y mi gesto cansado duraron bastante más de lo que tardaron las toallitas en eliminar el rastro de semen sobre tu vientre. Después la noche se sucedió en un largo descender, y las miradas fueron tornándose distantes, sin traumas, pero apagándose, como las cosas que están bien que ocurran pero tal vez nunca debieron suceder.
Ya ves, me cuesta interpretar la tuya, pero mi mirada cuando se yergue del pavimento y busca tus ojos oscuros va cargada de bonitos recuerdos, recuerdos que perduran, que se extienden en el tiempo aún más de lo que duró el sabor de tu sexo en mi boca.
domingo, 5 de julio de 2020
sábado, 13 de junio de 2020
Puesta en escena... para un marido cornudo
Pedro no pierde detalle. Se acomoda en la silla de playa en la que está sentado frente a nosotros; más que nervioso se diría que está excitado. Cuando me he unido a ellos charlaba con Teresa y mi llegada pareciera haberles interrumpido en el peor momento. Para aligerar la tensión he comentado algo sobre lo buena que estaba el agua y les he preguntado si de verdad no querían darse un baño. Antes de incorporarme definitivamente a la conversación me he secado con una toalla. Después me he sentado con Teresa en el banco del porche. Ante nuestros ojos Pedro y más allá el jardín y la piscina.
- Ay, me vas a mojar toda- ríe Teresa cuando después de levantarla hago que se siente en mi regazo. El calor es intenso, pero mi bañador todavía está mojado después del chapuzón y moja la parte trasera de sus muslos. La rodeo con mis brazos y ella enrosca el suyo a mi cuello. Me gusta abrazarla, que se recueste sobre mi pecho desnudo, que sus cabellos rubios dosifiquen en cada movimiento la dosis de fragancia con la que embriagarme. La conversación fluye, va de lo abstracto a lo concreto, tratamos de diseñar planes para lo que queda de tarde de verano. Siempre con Teresa sentada sobre mis piernas, con las flores amarillas estampadas en su vestido corto absorviendo la humedad de mi traje de baño, siento un calor para el que poco sirve la jarra de agua con hielos que tenemos a nuestra izquierda. Se lo hago saber hasta provocar de nuevo sus risas.
- ¿Qué pasa, de qué os reís?- pregunta Pedro. Teresa vuelve la cabeza, me mira, luce una sonrisa pícara.
- ¿Se lo digo?- me pregunta. Yo me encojo de hombros, dejo el devenir de los acontecimientos en la espontaneidad de Teresa. Me besa, apenas un roce de nuestros labios, luego vuelve a mirar a Pedro y lo suelta: dice que le estoy poniendo la polla dura. Busco su mirada, hace una mueca, quizás la réplica lo ha dejado confuso, pero no soy capaz de traducir la expresión de su rostro, aunque supongo que no le debe extrañar. El trasero de Teresa lleva apenas cinco minutos sentado en la parte más alta de mis muslos, traspasándome su calor, sintiendo su roce, y mi cuerpo reacciona de la manera más natural posible.
Sabedora de los efectos que su presencia en mi regazo me provoca, Teresa se carga de malicia. Se incorpora ligerísimamente, hasta hacer que entre nuestros cuerpos haya únicamente un leve roce, mucho más sutil, mucho más excitante. Se mueve, dibuja círculos, me tortura con el roce de sus nalgas duras y cuando quiere acierta a sentarse justo en mi polla que no deja de crecer. En uno de sus movimientos la agarro y la levanto, quiero comprobar algo que llevo sospechando desde que la senté sobre mí. Teresa ríe cuando yo levanto el bajo de su vestido para comprobar que no lleva ropa interior. Cuando la siento de nuevo sobre mis piernas me ocupo de que lo haga con el vestido recogido, para que el bulto indisimulado que el rabo comienza a dibujarme bajo el bañador reconozca la forma de su vulva. Pedro ha seguido mis gestos con la mirada; desde su perspectiva ha tenido una visión nítida del pubis desnudo de Teresa, pero no se ha sorprendido, sigue llevando las riendas de la conversación como si tal cosa. A mí me cuesta más seguir hablando, Teresa ha conseguido que la sangre prefiera concentrarse en otra parte en lugar de irrigar mi cerebro. Estoy muy cachondo y Teresa no deja de restregárseme. Mis manos enseguida buscan sus pechos. Ella las guía y comienzo a sobarlos por encima del vestido. Quiero follarla y la presencia de Pedro a apenas un par de metros no me detiene, al contrario, me estimula aún más. Busco la manera de soltar su vestido playero y al final son las ansias de calibrar la dureza de sus pezones las que me llevan a colar los dedos entre los botones que lo cierran por su parte delantera.
No puedo más. Hasta Pedro se ha dado cuenta y se ha hecho un silencio sólo roto por mi respiración pesada y el rumor de la tarde al otro lado de la vaya del jardín. Pido a Teresa que se levante, y mientras ella se desnuda, yo también a tirones consigo bajar mi bañador. Antes de dejarla caer de nuevo sobre mi regazo agarro su trasero, y ayudándome de las manos separo sus nalgas todo lo que puedo, entierro la cara y mi lengua comienza a deleitarse en su coño.
- Joder, qué bueno- escucho. Ha debido ser Pedro, porque Teresa sólo es capaz de expresarse mediante gemidos. Sin embargo no levanto la cara para comprobarlo. El coño de Teresa está a punto de caramelo y sólo quiero lamerlo. Mi lengua se hunde en su vagina, siento los labios replegarse, abrirme paso cuando empujo. Mantengo la cara enterrada en su raja y sacudo su cuerpo. La risa a Teresa se le mezcla con gemidos imposibles de controlar. La saliva tiene un regusto a sus flujos cuando fuerzo la garganta para tragar un pelo de su coño. Sigo sentado en el banco, pegado a la espalda de Teresa, que, con las piernas ligeramente flexionadas, es incapaz de emitir más que prolongados gemidos de placer. Hace ya un buen tiempo que la humedad se ha adueñado de su cuerpo, Teresa se sacude sin saber muy bien qué hacer con sus manos pero yo no me detengo. Quiero que se corra en mi boca y muy pronto lo consigo. Prolongo el orgasmo todo lo que puedo, y al retirarme tiro debilmente de la carnosidad de su labio con mis dientes y mi lengua extiende un hilillo de flujo hasta su ojete.
Teresa está rendida, se ha dejado caer de nuevo sobre mí. Muevo su cuerpo de manera que mi polla quede presa entre sus nalgas. Todavía no quiero penetrarla, quiero prolongar la excitación todo lo posible. Ella me da la espalda, sobre el hombro de Teresa observo la figura de Pedro. Permanece sentado frente a nosotros, serio, atento, distingo también en él un bulto bajo sus bermudas. Tengo la polla dura y crecida, pongo a prueba su aguante moviendo el cuerpo de Teresa sobre ella. Agarro sus nalgas, la atraigo hacia mí y luego la empujo hasta casi las rodillas; el roce con su cuerpo provoca que la piel de mi rabo se repliegue, hasta que emerge el capullo enrojecido. Sigo moviendo su trasero sobre mi polla hasta que a ella la respiración se le calma y a mí el pulso se me acelera.
- Cómemela- le pido. Teresa se baja de su trono y pesadamente se pone en cuclillas entre mis piernas. Se le ve fatigada pero en cuanto su mano eleva mi polla, una de esas sonrisas suyas rebosantes de picardía le ilumina el rostro. Quiere devolverme el placer y pone todo su empeño. La mama rápido, hundiendo buena parte de mi polla en su garganta y moviendo la mano al unísono. Le pido que baje el ritmo si quiere que resista sus ansias y así lo hace. Antes de cerrar los ojos y dejar caer mi espalda contra el respaldo veo a Pedro que no pierde detalle, aunque el cuerpo de Teresa se lo eclipsa tiene que imaginar mi polla desapareciendo una y otra vez en la boca de Teresa. Siento la lengua subir por el tronco de mi verga, rematar con un lengüetazo en el glande, volver a los huevos y jugar con ellos en su boca. Luego mama despacio, de puta madre. Mis manos buscan su cabeza, recogen sus cabellos para que no le caigan sobre la cara y Teresa lo agradece tragándose toda mi polla. Retiene mi verga al calor de su garganta y cuando la deja escapar algo parecido a una telaraña de babas se extiende entre mi pene y su cara. Me mira a los ojos, escupe sobre mi glande y vuelve a comérsela entera.
-Ven- digo simplemente, y ella comprende. Se monta de nuevo sobre mis piernas. Vuelve a darme la espalda, a mirar desnuda y de frente a Pedro. Yo mantengo mi polla levantada con una mano mientras con la otra ayudo a Teresa a guiar su cuerpo. Cuando mi glande roza ya la entrada a su vagina se detiene, levanta la cabeza, mira a Pedro que nos observa y finalmente se deja caer. Mientras se clava en mí deja escapar un gemido exagerado. Al principio Teresa no se movía, se limitaba a estar ahí, sentada sobre mis piernas como antes, aunque ahora toda mi polla estuviera alojada en su coño. Miraba a Pedro, que ya no era capaz de seguir con la conversación y se limitaba a esperar acontecimientos. Mis manos trataban de elevar el cuerpo de Teresa, de hacerlo subir y bajar, hasta que finalmente encontré la complicidad de mi compañera de juegos y empezamos a follar despacio. Subía lento, sin dejar escapar mi rabo, y se dejaba caer pesadamente, torturándome, provocando un eco hueco al chocar de nuestros cuerpos y el crujir del banco donde estábamos sentados. Mis besos se perdían en su espalda, mis manos solo abandonaban sus caderas para, abrazándola, alcanzar sus pechos redondeados. El sol empezaba a hacer brillar el sudor que caía por su piel bronceada cuando le pedí que cambiara de postura, ya estaba bien de follar para Pedro, ahora quería mirarla a la cara. Teresa se mueve lento, me desmonta por un instante y rápidamente busco ofrecerle de nuevo mi polla como guía para su cuerpo. Se vuelve a insertar en mí, cuando estoy completamente dentro busco sus labios y nos besamos hasta casi mordernos. Rápidamente empieza un traqueteo, sus brazos me rodean, sus pechos golpean el mío en cada movimiento, en cada impulso que mis manos acompañan a sus caderas.
Teresa permanece enroscada a mí cuando la levanto como un trofeo. Deja de botar por unos instantes, no quiere dejar escapar mi polla. Busco un trozo de suelo que no arda por el sol y me dejo caer con Teresa de espaldas. Su cuerpo se arquea, sus piernas se recogen, yo me levanto sobre mis brazos y empiezo a caer sobre ella de nuevo. Rítmicamente, tratando de prolongar lo inevitable, follamos sobre las baldosas del patio bajo una mirada de Pedro que intuyo puesta sobre nosotros pero que ya no me preocupa. Teresa requiere toda mi atención, vuelve a gemir como antes, casi de manera estridente, ya empiezo a conocer las reacciones de su cuerpo. Cuando cierra los ojos y se muerde el labio sé que se va a correr. Aguanto las sacudidas de su coño, las contracciones de sus paredes, la beso en el cuello mientras hago una pausa en mis idas y venidas. Después mi polla la martillea con fuerza, tratando de alargar el orgasmo y la descarga que la recorre de punta a punta. Teresa me rodea con sus piernas, haciendo casi un nudo sobre la parte trasera de mis muslos, como si no quisiera dejarme escapar. Sé que no voy a ser capaz de resistir su furia mucho más.
-¿Dónde quieres que me corra?- pregunto sin tener muy claro quien espero que responda.
- Córrete dentro- la voz de Pedro vuelve a sonar después de un rato. Miro a Teresa buscando su conformidad, pero el placer le ha vuelto sus ojos blancos. Hago caso. Inicio una nueva tanda. Siento mis músculos tensos, los cojones duros y la polla a punto de reventar. Trato de dar todo el impulso que puedo a mis acometidas, quiero surcarla entera. De repente el coño de Teresa se aprieta, quiere exprimirme, intento volver a empujar y me corro. Me detengo, me dejo caer sobre su cuerpo y permanezco abrazado a ella hasta que mi polla no expulsa la última gota de semen.
- Tu mujer es una maravilla, folla de puta madre- digo volviendo la cabeza hacia Pedro y todavía resoplando. Él sonríe orgulloso, Teresa transporta un beso en el dedo desde sus labios hasta mi boca y cuando retiro la polla, una espesa mezcla de fluidos comienza a escapar pesadamente del coño sudoroso de Teresa.
viernes, 17 de abril de 2020
Palabras entre las piernas (Pornesía)
En silencio, sin decir una palabra, su cuerpo me grita, su piel me llama, reclama mis atenciones. Y entonces, cautivo, preso de mil encantamientos, mi cuerpo se pone en marcha. Sus manos reciben a las mías, mi nariz trepa por su cuello, reconociendo restos de un perfume perdido en la mañana. Su piel se eriza y con los ojos cerrados mis dedos leen entre sus líneas. Interpretan un beso y luego mil más, en los morros y en la comisura de los sueños. Una pausa, frente contra frente, intercambiando miradas enciclopédicas. Y siempre las señales, las alarmas, sirenas que habitan en su cuerpo. Caemos, no importa si en el sofá en la cama o en el suelo. Insultos, promesas, camelos y algún te quiero, siempre los gritos en silencio y el sonido de más besos.
Las manos que se entrelazan, nuestros cuerpos que se reconocen. Leo cien poemas en su piel, algún chiste, un drama griego; una declaración de guerra, un incendio, cuando mis labios descienden por su vientre son más intensos los ecos. Oigo los murmullos, escucho los cuchicheos, nacen en su sexo y enloquecen mi cerebro. Los acallo, mi dedo en sus labios, chisto, reclamo silencio. Apenas audibles, risas entre juegos. Boca contra labios, un diálogo sincero. Insolente, se rebela, sus gritos en silencio, palabras, gemidos, jadeos. Piel con piel en un diálogo de ciegos. Su cuerpo declama, cuartetas, algún soneto, a mi manera yo los interpreto. Nuestros sexos chocando en alegre tartamudeo. El tono se eleva, suenan más alto los versos. Comentarios inconexos, aullidos, alaridos de cuerdos. Un grito, y después ya nada, el silencio.
Palabras entre las piernas
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