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sábado, 17 de abril de 2021

Inmarcesible Gloria

Habían pasado ya más de dos horas desde el final del partido pero las camisetas amarillas todavía salpicaban las calles del barrio. Caminaba hacia casa cuando me dije que la cerveza que iba a refrescar aquel atardecer de finales de junio era mejor tomarla rodeada de gente feliz por una victoria que en la soledad de mi cocina mientras empezaba a preparar la cena; así que cambié los últimos metros de mi itinerario y entré en un bar latino cercano a mi hogar. Pasaba casi a diario por allí, llevaba abierto ya unos cuantos años, desde que el barrio había acogido a miles de los inmigrantes llegados a España en las dos últimas décadas, sabía que estaba especializado en cocina colombiana por un cartel en la cristalera y la pizarra colocada junto a la puerta, pero nunca había entrado.

Alguna de las mesas de la terraza estaba ocupada, al pasar al interior también vi algún grupo de gente al fondo. En la barra dos camareros ataviados con el uniforme de la selección nacional terminaban de secar los vasos. El fragor había pasado, pero todavía se notaba que la tarde había sido un hervidero. Pedí la ansiada cerveza y el primer trago helado descendiendo por mi garganta terminó de relajarme después del día de trabajo. El ambiente ya no era festivo, pero donde había habido fuego quedaban las brasas expresadas en forma de risas, cánticos, música; escuchándolos uno no podía imaginar otra cosa que una victoria contundente y no la pírrica que anunciaban al día siguiente los titulares. Al cabo de unos minutos, siguiendo la mirada de uno de los camareros reparé que en que la televisión emitía el segundo de los duelos de la jornada, aquel en el que se iba a dilucidar el rival de Colombia en la siguiente ronda.

- Uy, disque ¿usted tan blanquito no será inglés, no? Porque nos los vamos a comer en octavos-. La cerveza había conseguido abstraerme tanto que no había reparado en la mujer que se había colocado a mi lado.

- No, soy español, pero si hace falta dejarse comer, yo me dejo comer- contesté terminando de girarme para volver a mirar las botellas que tenía frente a mí al otro lado de la barra. Ella rió la broma estruendosamente y añadió: ni que fuera un sancocho- Mi falta de respuesta debía dejarle claro que no conocía demasiado de la gastronomía colombiana. - ¿No viene mucho por acá, verdad? Me llamo Gloria, encantada- dijo.

- ¿Cómo Sofía Vergara en “Modern Family”?- respondí a la gallega.

- ¡Pero yo estoy mucho mejor!-dijo riendo a carcajadas. Entonces la observé más detenidamente. Obviamente ella no podía aguantar la comparación con una miss universo, si es que alguien puede. Ya nadie la definiría como joven, metro sesenta escaso, pelo abundante y de un moreno azabache, la tez cobriza, un pecho más que generoso, una cintura a la que tal vez le sobrase algún kilo, y en la cara una sonrisa luminosa y contagiosa. Vestida con alguna versión más antigua del traje de la selección Colombia bien podía ser una buena compañía para lo que surgiese.

Las manecillas de mi reloj parecían haberse adaptado al pausado transcurrir de la vida en otras latitudes. Había entrado buscando algo de ambiente y me había terminado uniendo a Gloria y sus amistades, otras tres mujeres y un hombre de edades cercanas a la suya y mismo origen. A la primera cerveza siguieron otras, el fútbol continuaba en los televisores, pero a nadie parecía importarle ya el futuro rival. Cuando más interesante parecía ponerse la noche, cual Cenicienta, me di cuenta que el tiempo había pasado rápido embriagado por la cautivante personalidad de Gloria.

- ¡No!,¿cómo así?- protestó cuando desde detrás de la barra anunciaron que era hora de cerrar. – Qué pena con usted- me miró y dirigiéndose a todo el bar dijo: ahora que iba a enseñarle al españolico este cómo se baila en mi tierra…-.

La persiana del bar cayó, las pocas gentes que quedaban se fueron disgregando en la tibia noche de verano, pero yo no quería separarme de Gloria. Podría achacarlo al estío, al alcohol que había ingerido, al encantamiento de su risa, al aroma dulce que intuí en su pelo cuando me agaché a besarla, pero era otra cosa, un calor primario, instintivo, físico. Un mínimo roce, algo parecido a una descarga eléctrica, una primera chispa, la que hizo que después de las mejillas, no nos diésemos tiempo para pensar en qué vendría después y nos lanzásemos a devorarnos la boca, con mis manos abrazando su trasero y sus pies en puntillas.

Fue la distancia la que impuso el lugar, su habitación en un piso compartido. Por el camino, en el ascensor, fuimos apaciguando con besos y magreos la tempestad desatada. Cuando el pestillo en la puerta nos dejó solos ya no hubo remedio. Sus manos me instaron a sentarme sobre la cama, de inmediato Gloria me acompañó. La débil luz de una lámpara de mesilla dejaba su rostro en un claroscuro que se iluminó de pronto por su sonrisa cuando, en su abrazo, advirtió lo que yo experimentaba bajo mis ropas: el pene crecía sin disimulos. Mis besos bajaban por su cuello, mis manos rodeaban su cintura; cuando ambas se unieron en sus pechos Gloria soltó el cierre de su sostén. Como una bandera su camiseta amarilla ondeó en lo alto antes de seguir un tranquilo vuelo hasta el piso. Voluminosos, caídos, imperfectos, maravillosos. Sus senos acogían mi cara, mi saliva, mis besos. Trataba de excitar entre mis dedos sus pezones, anchos y chatos, al tiempo que ella pugnaba por colar su mano bajo mis ropas. Le ayudé reclinándome. Sus uñas rasgaron la piel de mi vientre cuando sus manos empezaron a desvestirme, enseguida sus labios calmaron la superficie incendiando el deseo. La mirada de Gloria me buscaba en cada tirón que daba a mis pantalones, y en esos ojos negros se intuía lo que estaba por llegar.

- Aaaah…- un gemido salió de mi boca cuando golpeó mi polla contra sus labios. Después el roce de sus dientes, la húmeda esponjosidad de la boca, los aleteos de su lengua y su mano tirando débilmente de la piel de mi rabo. Comenzó a torturarme, a recorrer con su lengua mi pene, desde la base hasta sacarle brillo al capullo. Cabeceaba unos instantes, llevándome al máximo y acto seguido hacía una pausa, en la que hasta el cálido aliento que escapaba de su boca era una tortura para mi enrojecida polla. Si continuaba así iba a terminar conmigo demasiado pronto. Me levanté de golpe, provocando su risa, la tomé en mis brazos y la giré. Ahora era ella la que estaba presa entre mi cuerpo y la cama. Sus pechos morenos, generosos, me condujeron por el resto de su anatomía. Recorrí la curva de su tripa, los pliegues que formaba ésta a medida que bajaba. Sus jeans demasiado ceñidos sublimaban su culo, pero se volvían incómodos con las prisas por desvestirla. Apenas los bajé hasta las rodillas y me centré en las bragas amplias, blancas, clásicas, que aparecieron ante mis ojos. Cuando, después de trepar por su muslo, uno de mis dedos las recorrió, la forma de sus labios y la humedad que mojaba su coñito se anunciaron bajo la tela. Las deslicé hasta el tope que suponían sus pantalones a medio bajar, Gloria se acomodó recostándose en la cama y yo adiviné lo que ella esperaba. Mis hombros se hicieron hueco entre sus rodillas flexionadas. En la penumbra de aquella habitación poco iluminada su sexo apenas se intuía bajo una mata de cabellos negros. Cuando mis dedos lo abrieron, un resplandor rosáceo maravilló mi vista. Como una ofrenda entregué a él mis remilgos, mis filias y mis fobias y buena parte de la saliva que lubricaba mi garganta. Gloria se deshacía con mis lametazos, y el brillo que al principio se limitaba a sus labios, replegados y carnosos, se iba tornando más espeso y extendiéndose por todo su sexo. Igual que con la cerveza que horas antes había entrado buscando en el bar donde la encontré, ahora mi boca trataba de saciar otra sed; mi lengua se detenía en la parte inferior de su raja unos instantes y subía de golpe golpeando su clítoris.

Gloria se debatía bajo mi boca, el martilleo de la lengua en su pipa la tenía más que alterada. Su cuerpo rechoncho pedía más. La ayudé a incorporarse. El calor que desprendía su coño bañó mi polla antes incluso de que se sentara sobre mí.

- Ay sí, mijo, qué rico…- su mano agarró mi polla y la guió hasta insertársela. Empecé a moverme, pero Gloria me pidió que la dejara hacer. De inmediato comenzó un suave movimiento de caderas, un baile sobre mi polla en el que cambiaba de paso, de ritmo y en el que yo no era sino un inexperto bailarín en sus manos. Su pelo aleteaba mientras mis manos retenían el viaje de sus pechos gordos. Su sexo era pequeño pero tremendamente acogedor con mi rabo, lo cubría de caricias y lo bañaba con sus flujos. A los pocos minutos el calor, la escasa ventilación y los continuos traqueteos de Gloria sobre mí me tenían cubierto de sudor; en cambio ella lucía fresca como una flor, su rostro maduro incluso parecía rejuvenecer en cada minuto que continuaba con su danza. Mis dedos se hundían en la piel de sus costados, mareados siguiendo el ritmo de sus vaivenes, mi polla, que apenas si podía seguir el paso de sus caderas, se volvió un juguete en sus manos cuando Gloria inició un rápido movimiento hacia adelante y hacia atrás. Preso entre las paredes convulsionadas de su coño asistí a su corrida.

El orgasmo que se reflejaba en su rostro colorado le había dejado una risa nerviosa que fue a más cuando comprobamos que sus piernas cortas no alcanzaban para reposar en mis hombros. Gloria estaba tumbada boca arriba, yo arrodillado, mi polla dispuesta a volver a su cuerpo. El primer empujón provocó una sacudida que, cual onda expansiva, se fue repartiendo por su cuerpo. Luego llegó el ritmo, tal vez no tan cadencioso ni tan armónico como el suyo, pero igual de efectivo. Mi polla se clavaba, salía hasta que el glande topaba con sus labios, y volvía a entrar, una y mil veces. Mis dedos viajan por su cuerpo, tratan de reunir sus pechos desparramados, siguen subiendo por su cuello hasta llegar a su boca; se los ofrezco y Gloria los hunde en su boca lamiendo con gula. Su coño me aprisiona. Se va a correr otra vez, lo anuncia, lo grita, una serie de jadeos apresurados acompañan la última tanda de movimientos de mi rabo. Resisto apenas los embates de su cuerpo, cuando salgo de él sé que no aguantaré el roce de sus uñas, la carnosidad de sus labios. Su mano agarra mi tronco, las mías la acompañan en la masturbación. Unos pocos gestos impetuosos bastan para que explote. Segundos después mi corrida no es más que una lluvia cálida que la mano de Gloria extiende por su propio vientre. Cuando terminó de secar una última gota de sudor que caía por mi frente la miro, y en su cara la misma sonrisa de felicidad que brillaba cuando la conocí horas antes.

domingo, 15 de noviembre de 2020

El merecido castigo

Soy un tipo normal, no me gustan los juegos de rol, los disfraces; ni siquiera me excitan los uniformes, sé de sobra que debajo te puedes encontrar personas encantadoras o auténticos gilipollas. Cuando me acuesto con una persona es porque me gusta cómo es, no le pido que cambie, y tampoco me gusta que me pidan que cambie yo. Por eso me extrañó cuando Maribel, una mujer con la que comenzaba a mantener una relación que podía ir más allá de lo sexual, me llamó diciendo que tenía una sorpresa para mí. Estábamos conociéndonos, todavía podía ignorar mi poca afición a las sorpresas, así que le di el beneficio de la duda y acudí a su casa, dónde me había citado. Al llegar la encontré como siempre, un tanto nerviosa quizás. Enseguida se excusó, marchó a su cuarto con el pretexto de terminar de prepararse “para la sorpresa” y yo me quedé solo en el salón. Supuse una cena, quizás una salida a bailar, tal vez algo que nos hiciera pasar la noche fuera. Si hubiéramos tenido una familiaridad que todavía no existía entre nosotros, tal vez hubiese encendido el televisor y me hubiera sentado a esperarla zapeando con los pies encima de la mesa baja, pero me limité a dar una vuelta por el salón y aguardarla de pie. Sobre la mesa, una bolsa de golosinas que me hizo pensar que esa era la sorpresa, que había descubierto mi único vicio en esta vida al margen del sexo. Pero no. 

Unos minutos después Maribel irrumpía en el salón vestida de colegiala. Negando con la cabeza sonreí, y ella malinterpretó mi gesto. Seguramente a otros hombres, quizás cuando yo tuve la edad de gustarme las colegialas, pero no entonces, no Maribel. Rondaría los cuarenta y cinco, un cuerpo al que le sobraban algunos kilos y un rostro al que, cuando más acostumbraba a mirarlo, esto es, después de la jornada de trabajo o después de follar, se le apreciaba el cansancio. Con una camisa blanca, el cuello levantado, los primeros botones desabrochados luciendo escote y los bajos atados con un nudo a la altura de un ombligo que distaba bastante de ser plano y perfecto, y una faldita roja con cuadros blancos que apenas si tapaba su incipiente piel de naranja, parecía sacada de un videoclip, un cómic o una película de terror de serie B. Cuando, caminando hacia mí, dio un giro demasiado teatral, el vuelo de su falda me permitió ver que sus bragas eran blancas y de algodón, detalle que no puedo asegurar si pertenecía al uniforme escogido. 

- ¿Colegiala?- pregunté retóricamente. 

- Colegiala traviesa- precisó ella. Con una palabra habíamos pasado de la categoría de disfraces, a la de juego, porque aquello era un juego; cuando rozando mi hombro con su dedo pasó junto a mí diciendo yo soy una niña mala y tu eres mi profesor, ¿me vas a castigar?, no quedaban dudas. Claro que Maribel no sabía que yo no sé jugar… 

Agarrando la bolsa de golosinas se colocó frente a mí, al otro lado de la mesa, separados por poco más de un metro. Sacó una gominola, nube, siempre la he llamado yo, un cilindro blanco y rosa de azúcar y vaya usted a saber qué, y se lo llevó a la boca. Lo apresó entre sus dientes por uno de los extremos, mientras por el otro lo sujetaba en la mano. Con el movimiento de su cabeza buscaba alargarlo, darle una impresión de algo más contundente que llevarse a la boca, hasta que, irremediablemente, la chuchería no resistía más la tensión y una porción moría entre sus fauces. Repitió la operación varias veces bajo mi atenta mirada, hasta que se terminó el dulce. 

- Me he portado mal- dijo. Quizás su juego no me terminase de gustar, su cuerpo no me congeniaba con el atuendo, con esa falda tan corta que ni enseñaba ni dejaba imaginar, sin embargo era innegable que me gustaba Maribel, su mirada capaz de deshacerme, su pecho generoso rebosante en aquel escote. Hasta que el movimiento de su mano delató la presencia, no había reparado en una piruleta con forma de corazón que sacó del borde de su falda. Asistí a la lentitud de sus gestos al desenvolverla, vi como se la llevaba a la boca, sacaba la lengua y lamía. Había captado mi atención, se entretenía chupando la piruleta, disfrutaba de su propio juego. En un momento dado dejó caer un hilillo de saliva que, mezclado con el colorante del caramelo, adquiría un tono rojizo. Esa mezcla se deslizó por su pecho, cayó por su canalillo. Retuvo el dulce en la boca y con el palo asomando por sus labios, Maribel liberó sus manos y comenzó a amasarse los pechos. Yo continuaba mirándola, atento a sus gestos destinados a excitarme, a su manera de llevarse las chucherías a la boca y morderlas o lamerlas, a sus manos soltando pausadamente los botones de su blusa. Me acerqué, la rodeé, ahora era ella la que tenía que girar la cabeza para no perderse mis movimientos. 

- Así que yo soy el profesor, ¿no?- 

- Aja- susurró ella. Mi presencia a su espalda la hacía querer mirarme. 

- Mire al frente, señorita- ordené y Maribel obedeció. - ¿Sabe usted que soy un profesor muy estricto?- pregunté sin esperar respuesta. Con un dedo levanté su falda, al bajar la vista observé que el uniforme incluía también calcetines y zapatos acharolados. Me situé delante, mis manos comenzaron a sacar su blusa, ella se ilusionaba, yo permanecía totalmente serio. – Dice que merece un castigo, muy bien, camine hasta allí-. Maribel emitió una especie de maullido y comenzó a andar hasta donde le había indicado. Me senté en una silla, ella ansiosa, permanecía de pie a mi lado. Comencé a moverla, a tocar su cuerpo sin buscar estímulos sexuales, hasta girarla completamente. Decidido le bajé las bragas. 

- Venga aquí, me parece que se merece usted unos azotes-. Coloqué su vientre sobre mis rodillas, levanté su faldita y abofeteé sus nalgas. Su cuerpo tembló pero de su boca sólo salían gemidos. La piruleta se le escapó de la boca rompiéndose en mil pedazos al contacto con el suelo. Repetí la operación varias veces. Golpeaba su trasero, aguardaba unos segundos y volvía a darle una cachetada. Su piel se coloreaba, al principio tan sólo por unos instantes, pero después el color rojizo permanecía perenne en sus nalgas entre azote y azote. - ¿Va a portarse bien o necesito sacarme el cinto?- pregunté. Su voz tímida no se escuchó bajo el sonido de un nuevo bofetón. –No la escucho, ¿va a ser una buena chica?- repetí acompañando un nuevo azote. 

- Sí- respondió ella. 

- Sí, ¿qué?- 

- Sí, señor profesor- dijo por fin. 

- Esperemos que así sea- concluí, y tras el último cachete mi mano no se levantó y comenzó a amasar su culo, con dedos que caían hacia su raja y otros que buscaban el ano. Su cuerpo no tenía la firmeza que debía acompañar al uniforme que había elegido y su trasero con principio de celulitis se plegaba a la voluntad de mis manos. Era precisamente eso lo que no me gustaba del juego, esa contradicción entre la realidad y el disfraz elegido, era por eso por lo que realmente se merecía el castigo. Ataqué primero su ano. Mojé en saliva mi dedo anular y hurgué en su trasero. Hubiera continuado hundiendo el dedo ajeno a sus quejas, pero realmente Maribel no oponía ningún reparo, como si el castigo realmente fuera merecido. Después pasé a su sexo, al principio con unas palmadas suaves sobre la vulva, luego pasando la mano marcando los labios, finalmente colando también allí mis dedos. 

Al cabo de unos minutos la incorporé; ella permanecía de pie, con solo la corta falda y el calzado como vestimenta, atenta a mi ir y venir por el salón. Agarré la bolsa de chuches, y sacando una me acerqué hasta ella. Maribel abrió la boca, pero en el último momento cambié el viaje de mi mano y fui yo el que masticó la golosina. 

- Para usted tengo otra cosa- le dije, y ofreciéndole mi mano diestra, la que acababa de hundir en su coño y en su ano, se la di para que lamiera los dedos. Así lo hizo, con suma destreza, hasta dar el brillo de la saliva a mis dedos. Una buena señorita no debería saber hacer estas cosas, muéstreme que más malas cosas ha aprendido. De rodillas- le ordené. Metida en su papel, obedeció. A esas alturas la excitación me había regalado una importante erección. De pie a su lado agarré su cabeza y la restregué contra mi cuerpo; el roce con la entrepierna nos impulsaba a los dos. Rápidamente Maribel trató de encontrar la manera de liberar mi pene, yo me resistía repasando su cara entre mis muslos, mi paquete. Finalmente dejé que soltará mi cremallera y un par de dedos hurgaran en mi calzoncillo para sacar a la luz una polla endurecida que tenía problemas para doblarse por la bragueta. Quería comenzar a mamar, pero retuve sus ansias y su cabeza por los cabellos. 

- Abra la boca- le dije. Ella cumplió mis órdenes y escupí en su garganta. Mi polla apuntaba a sus mandíbulas abiertas, pero extrañamente no tenía prisas. Esperé unos segundos y cuando menos se lo esperaba moví su cabeza bruscamente hasta que la punta tocó su campanilla. Maribel sufrió una arcada y yo volví a portarme como el profesor estricto que ella había pedido. – Así no, pórtese bien o tendré que volver a azotarla- dije mientras le propinaba un cachete. Volvió a abrir la boca, apunté y de nuevo empujé hasta que su cara se topó con mi vientre. Mantuve la polla hundida en su garganta hasta que la acumulación de babas amenazó con reventar sus mejillas. –Buena chica, ahora usted solita- le indiqué relajando la presión de mis manos en su cabeza. Maribel comenzó a tragarse mi polla. Cabeceaba frenéticamente, sin pausa. 

–Así, así…- me había metido tanto en el papel que sobreactuaba. –No utilice las manos- le pedía; ella obedecía por unos instantes pero luego la necesidad de agarrar la base del tronco le podía y volvía a rodearla con su mano. Solté el cinturón y comencé a retirarlo mientras ella no dejaba de comerme la polla. Agarré sus manos, las llevé a la espalda y traté de anudárselas con la correa. La postura era complicada pero Maribel no dejaba de mamar. – Realmente tiene usted los peores vicios, señorita, voy a tener que emplearme a fondo para corregirla-. 

La puse nuevamente en pie. A su espalda me cercioré de atar bien sus manos. El cinturón estaba dispuesto de tal manera que uno de los extremos, el que no tenía hebilla, quedaba colgando. Con él le azoté en la parte superior de su culo. Luego la hice caminar hasta topar con la mesa. Doblé su cuerpo y así quedó esperando, con la falda levantada, a que yo me terminara de desvestir. La piel de su trasero estaba erizada y enrojecida cuando acerqué la cara. Cuando me sintió ella revolvió su cuerpo, como si de verdad tuviera que comportarse como una joven obediente con su “profesor”. Decidí darle una pausa y ser yo el que hiciera el trabajo. Mi lengua surcaba su coño mientras mi nariz se hundía entre sus nalgas. Me ayudaba de las manos para separar sus cachetes y tener acceso a su sexo. Mi lengua se deleitaba adentrándose por la vagina, jugando en sus labios, tratando de acceder al clítoris escondido, subiendo hasta sorprenderla en su ano. Comí su culo y su coño hasta saciar mi hambre, hasta provocarle una catarata de gemidos y un encharcamiento de flujos en su sexo. 

Incorporándome me acerqué a su cara, se la levanté. 

- ¿Le ha gustado?- Maribel respondió con un movimiento de cabeza afirmativo. Ahora tendrá que demostrarme que de verdad quiere ser una buena chica- le dije después de besarla. Volvió a apoyar la cara en la mesa, ladeando el cuello siguió mi movimiento nuevamente hasta colocarme a su espalda. Agité mi polla unas cuantas veces hasta que recobró la dureza necesaria. Un hilo de saliva cayendo en su ano la hizo ver el siguiente paso de aquel castigo tan especial. 

- Con cuidado- pidió. 

- Silencio- le dije- si no tendré que aumentar el castigo-. Coloqué el pene en posición y comencé a empujar. Maribel retenía entre dientes un quejido y yo trataba de no excederme. Cuando el glande se coló dentro hice una pausa que ella agradeció. Después de acostumbrarnos, empecé a moverme, incrementando poco a poco el ritmo, con mis dedos fundiéndose en sus caderas. Maribel aguantaba mis embestidas, cuando la incorporé agarrándome a sus pechos protestó, un cachete en su culo la hizo callar. Volviendo a doblar su cuerpo contra la mesa se la saqué del ano y la enterré en su coño. La follé rápido, buscando proporcionarle un alivio inmediato. Ella se revolvía, trataba de liberar sus manos, de corregir la postura. El constante martilleo de mi polla la llevó pronto al orgasmo. Maribel resoplaba cuando solté el nudo de sus manos. Se incorporó levemente, me ofreció de nuevo su grupa, y yo comencé a follarla alternativamente, del ano a la vagina y vuelta a su culo. La falda de su uniforme colgaba de su cintura, sin nada que tapar, solamente era un estorbo a la hora de agarrarme a su cuerpo; sin embargo no se la quitaba, la dejaba allí como un testigo del juego y los roles que ella había elegido. Maribel aguantaba los ratos en que ocupaba su culo y el placer se le licuaba cuando la hundía en su coño. 

Tenía la polla a reventar cuando se la saqué. Giré el cuerpo de Maribel y la hice arrodillarse. Sin pedírselo colocó las manos a la espalda y abrió la boca. Manipulé su cara haciéndola chupar unos segundos, luego pasé a masturbarme con todas mis fuerzas. Obediente, ella aguardó hasta que el semen empezó a caer sobre su frente, sus mejillas, su lengua a medio sacar… 

- ¿Ha aprendido la lección señorita?-. 

- …-. 

- ¿Va a volver a ser una chica mala?-. Maribel hizo un gesto con la cabeza que todavía no he conseguido interpretar, no sé si el castigo corrigió su comportamiento o seguirá con sus travesuras.

viernes, 16 de octubre de 2020

Alivio de luto

Isabel rompe la distancia y la rutina diaria de sus despedidas y se acerca para besarlo en un gesto que a él le coge por sorpresa. No son sino dos castos besos en la mejilla, tan solo dos besos cordiales entre compañeros de trabajo, dos besos que a Isabel le sirven para comprobar que eso que llevaba un tiempo sintiendo, no sabe cuánto, es verdad. Dos besos para saberse de nuevo lista, todavía ignora si para el amor, al menos para el sexo. Dos besos que, aquella noche, cuando aburrida de pasar canales y canales en el televisor sin encontrar nada de su agrado, se acueste resignada en su cama, demasiado grande, demasiado fría, guiarán sus manos. Dos besos y diez dedos que se aliarán con su mente para recomponer el recuerdo de Pedro, para recuperar el calor que le nace en el vientre en su presencia, para ponerle cuerpo y cara y ojos color avellana y unos hombros fuertes a ese sentimiento extraño que no sabe interpretar. 

Porque cariño a Pedro le ha tenido desde hace tiempo, incluso antes de faltar Santi. Lo conoce desde hace años, desde que empezó a trabajar en la empresa. Pedro era entonces casi un chiquillo y ella una mujer con una vida estable y unos sentimientos muy firmes por su marido Santiago. Quizás por eso ahora le cuesta más interpretar lo que siente, porque el afecto y el aprecio han estado siempre presentes, pero no son lo que guía hoy su mano por debajo del pijama y la hace posarse, dubitativa, sobre su propio sexo. Isabel corre la manta y la sábana, porque con este calor no puede pensar y necesita tener la mente fría para recordar cuando nace esa atracción. No antes, ni durante la enfermedad de Santi, tampoco cuando él ya no estuvo pero sí Pedro, como todos los demás, apoyándola, diciéndole que tenía que ser fuerte y seguir adelante porque todavía era joven y la vida larga. Tampoco lo ubica al volver al trabajo y reencontrarlo tras unos meses de baja. Quizás sea una cosa momentánea, tal vez ni siquiera Pedro tenga que ver con ello y sea todo cosa suya… 

Incluso por un instante se avergüenza de haber mezclado a Santi y a Pedro en su mente, pero es tan sólo eso, unas milésimas de ¿quién sabe? lucidez. Luego vuelve a instalarse el calor, que nada tiene que ver con el ambiente, un calor que nace de ella misma y que le hace apretar los muslos y encerrar su mano sobre su coño. Hace tanto que esta clase de juegos no pueblan su vida que no sabe cómo tiene que hacerlo. Intuye que tiene que ser algo rápido, movido por la excitación del momento, pero no quiere que sea así. Quiere sentirse, sentir esa mezcla del calor que sube y la humedad que baja por su cuerpo, quiere sentir la incomodidad de la braguita pegándosele a la piel. Quiere tomarse el tiempo necesario para que los gemidos se formen en su garganta y mezclado con ellos escape el susurro de un nombre, qué importa si es el de Pedro. Quiere cerrar los ojos e imaginar que es la mano de su compañero de trabajo la que acaricia sus senos, baja por su vientre hasta dibujar la forma de sus caderas; quiere abrirlos y sorprenderse viendo que es su propia mano la que se cuela bajo la tela de su ropa interior. Quiere sentir la tormenta en su mente, mezcla de recuerdos, necesidades y sentimientos. Quiere ser fuerte o dejarse llevar únicamente por lo que siente en aquel momento. 

Entonces un dedo, quizás el más decidido, se asomará tímidamente en su sexo, deteniéndose el reloj del tiempo perdido, e Isabel dará un respingo. Lo sacará, e inmediatamente lo regresará a su vagina porque era eso lo que necesitaba sentir. Empujará débilmente y al poco al primer dedo le acompañará un segundo de su mano diestra, mientras la otra mano agarrará su muñeca no sabiendo si detener la invasión o empujar con más ganas. Pero ya no habrá marcha atrás, porque lo que siente en ese momento en su cama se parece bastante a lo que experimenta cuando tiene delante a Pedro y lo mira como nunca antes lo había mirado. Es similar pero es mucho más intenso, porque esa noche no es confusión mental, también sensaciones en su cuerpo. Y tal vez cuando el calor que la abrasa termine y el sueño la pueda, se permita pensar en la cara de Pedro sobrevolando la suya, y en sus manos agarradas a unos hombros o unas caderas fuertes y masculinas, pero ahora no. 

Ahora sabe que no es otro el cuerpo que se aloja en el suyo. Sabe que son sus dedos, que se mueven decididos, impetuosos. Que sus pensamientos no son coherentes, que ya nos los controla, que manda su instinto y abandonada a él, Isabel se mueve como una autómata. Se agita torpemente, tirando de la parte inferior de su pijama, también de la braga, porque todo le estorba y le dificulta los movimientos. Sólo su mano sabe cómo moverse, provocándole caídas de párpados y gritos en la noche. Por momentos siente que lo hace mal, porque no experimenta lo mismo que cuando Santi la penetraba, pero en otras ocasiones sus dedos alcanzan alguna terminación nerviosa en particular que la hace retorcerse sobre el colchón y eso no lo puede expresar con palabras, sólo con gemidos. 

Quizás más adelante, tal vez otras noches se anime a más, pero ahora le basta con un par de dedos. Entrando, saliendo, girando, moviéndose a su antojo, guiados únicamente por la naturaleza, porque de joven Isabel no… porque eran otros tiempos y lo que hace esta noche en la soledad de su habitación era pecado mortal y enseguida conoció a Santiago, con el que hacían otras cosas... En fin, que nadie le enseñó, ni le aconsejó, ni necesitó leerlo en ningún libro, pero cree que lo hace bien. O al menos de manera efectiva. Porque el entrar y salir de sus dedos, y el continuo frotar de su otra mano, hace ya tiempo que ha convertido su coño en un manantial, y a estas alturas ya no se acuerda de Santi, ni fantasea con Pedro, aunque los dos estén presentes en algún rincón de su mente. Sus piernas se estiran o se repliegan como movidas por un resorte que sus dedos activaran allá adentro, y puede que a Isabel en otro momento eso le pareciera gracioso, pero esa noche sólo siente calor subiendo por su cuerpo, hasta sofocarle la cara. Por un instante lleva una de sus manos hasta aplastar su pecho, a apretarlo, a pellizcar el pezón entre sus dedos cuando la retira. Pero es tan solo un instante, porque enseguida la devuelve a su sexo y la empuja con más ganas. Ya se siente cerca. 

Al terminar se siente extraña, también un poquito culpable. El calor va poco a poco desapareciendo, su cuerpo recuperando su estado normal, su mente repoblándose de miles de pensamientos, muchos contradictorios. Isabel recompone sus ropas, está demasiado fatigada como para saber qué siente. Sólo sabe dos cosas: que en el charquito que moja su sábana y sobre el que dormirá esa noche hay miles de matices y está recargado de sabores, y que la próxima vez, porque habrá próxima vez, eso lo tiene claro, necesitará una toalla o una lengua que recoja lo que emane de su coño.

domingo, 16 de agosto de 2020

Tienda de campaña

 La idea era follar todo lo posible, pero pasaban los días y seguíamos a dos velas. En el grupo de amigos habíamos decidido pasar parte de las vacaciones de verano en la costa. Un camping, nuestro presupuesto ni siquiera nos daba para uno de esos hoteles cutres atestados de turistas. Álvaro, Sergio, David y yo. A principios de Agosto cargamos el destartalado coche de segunda mano de Sergio con un par de tiendas de campaña, poco equipaje, muchas ganas de fiesta y, bien provistos de condones, para allá nos fuimos, a un pueblecito entre Barcelona y la Costa Brava. 

Las mañanas eran de sol, playa y resaca, las tardes de siesta y expectativas y las noches una frustrante sucesión de intentos de ligar en las discotecas de una localidad vecina. Mira que lo intentábamos, pero parecía que, como el viejo coche, nosotros también lucíamos la “L” de novatos y todo acababa siempre en un no, un non, un niet, un nay. Tan desesperados estábamos por la ebullición de nuestras hormonas bajo el sol, que hasta una mañana cogimos las colchonetas y fuimos remando hasta una cala nudista próxima a la playa. Ver dos alemanas sesentonas y gordas en pelotas no sé yo si nos compensó la insolación y el esfuerzo para regresar a nado contracorriente. Especialmente cuando en nuestra playa estaba ELLA. Hasta bien entradas las vacaciones no supimos que se llamaba Elke, entonces nos referíamos a ella por La Sirenita, apodo que le puso David al verla salir del agua. Y es que aquella imagen, verla caminar desde la orilla hasta tenderse en la toalla, era algo que se nos grabó en la memoria desde el primer día; y eso que cada vez que emergía de las aguas aportaba un nuevo detalle, sus manos apretando la trenza para exprimir el agua, un ligero movimiento de sus dedos para, como quien no quiere la cosa, separar la tela del bikini de su piel, una gota que resbalaba por su vientre plano con la misma velocidad que caía la baba de nuestras bocas mientras la mirábamos… Había otras cosas que no cambiaban en ninguno de sus baños: su sana costumbre de hacer topless, el tono anaranjado que le iba dejando el sol o la dureza que el agua de mar daba a sus pezones. 

El caso es que, a pesar de su marido, de los tres niños que correteaban alrededor de su toalla y de que no teníamos absolutamente ninguna posibilidad con ella, la sirenita nos tenía locos y con quemaduras de segundo grado en la espalda de tomar el sol boca abajo para disimular las erecciones cuando se bronceaba a nuestro lado. 

- Joder qué tetazas…- dejaba caer alguno- tiene que hacer unas cubanas maravillosas-. 

- Cuando vayas al chiringuito haces como que te tropiezas y te caes encima- le respondíamos cualquiera. O bien, - ¿por qué no le preguntas si quiere que le des cremita?- 

- ¿Será sueca?- preguntó Álvaro. 

- U holandesa, qué sé yo, el caso es que está buenísima- respondió Sergio. 

- Na… no tenéis ni idea. Es teutona- zanjé yo y empezamos a reír, que era lo poco que podíamos hacer. Reír, vacilar aprovechando que ni ella ni ninguno de los turistas del camping parecía saber ni papa de español y seguir con la mirada oculta tras las gafas de sol el hipnótico botar de sus tetas mientras caminaba. 


Ni la Sirenita ni ninguna otra parecía que iba a sucumbir a nuestros encantos, y ya empezábamos a estar desmoralizados. Tanto que aquella noche preferí quedarme en la tienda de campaña y no salir de marcha con mis colegas. Me entretuve jugueteando con el móvil hasta que la batería dijo basta, y entonces, aburrido como una ostra, empecé a deambular por las instalaciones del camping. Resultó que esa noche, en la terraza del bar había una especie de fiesta. Poco más que un baile infantil o para guiris, jubilados y/o borrachos. Mientras unos bailaban al son de las canciones del verano, otros miraban tomándose una sangría fría apoyados en la barra. Como no tenía nada mejor que hacer, les imité, y pedí una cerveza. Hete aquí que al girar la cabeza y mirar a mi derecha me encontré con un cabrón con suerte: el marido de la Sirenita. Bastó seguir su mirada para encontrarme con ella; reía mientras bailaba con sus hijos. Iba vestida todo lo púdicamente que se puede ir vestido una calurosa noche de Agosto: llevaba una camiseta de tirantes que los focos de la discoteca móvil hacían parecer aún más blanca, unos shorts y, al final de unas piernas eternas, bronceadas y torneadas, pero sobre todo eternas, unas sandalias plateadas; sin embargo mi imaginación la veía como todas las mañanas en la playa, medio desnuda, sudorosa y una forma de contonearse completamente hipnótica. No sabría decir cuántos hits veraniegos la vi bailar, sólo sé que al cabo de unos minutos bajo el bañador, perfecta indumentaria veraniega tanto de día como de noche, ya se empezaban a notar los efectos de observarla. Si seguía haciéndolo iba a tener plantada allí otra tienda de campaña, ¡y con su marido a mi vera!, así que me di media vuelta y pedí, casi exigí, que la nueva lata de cerveza saliese directamente del congelador, a ver si se me pasaban los calores. 

Parecía surtir afecto el truco de la cerveza hasta que sentí hablar a mi lado. No sé porqué diablos miré, pero lo hice, y además de encontrarme un sol tatuado en el hombro desnudo de la Sirenita a quince centímetros de mi cara, vi como trataba de arrastrar a su marido a la pista de baile mientras éste se resistía ante las risas de sus tres pequeños. Al verme, él pareció encontrar una escapatoria y me señaló; no sé lo que dijo, pero le hizo volverse a ella, y en un rápido movimiento, me agarró del antebrazo y tiró de mí. Cuando quise darme cuenta estaba de pie, camino del baile, y tratando de hacerle ver que yo no sabía bailar, por más que las canciones se empeñasen en decirme cuando tenía que ir suavecito para abajo, hacer un movimiento sexy o poner una mano en la cintura y deja que mueva, mueva, mueva… Sí, ya sé, vais a decirme que verte bailar con una tía buena no es la peor de las situaciones, pero en aquel momento me vi perdido. La única escapatoria se me cerró cuando se acercó su marido con el más pequeño de sus hijos dormido en brazos y dijo algo que la música a todo volumen me impidió comprender. Acompañó la frase con un guiño y una palmada en mi hombro, y por más que lo he pensado nunca he podido entender ese gesto; no sé si quería decir, te la dejo toda para ti, disfrútala, o cuídamela, o como intentes algo te corto la picha en brunoise… 

El caso es que pasaron unos minutos en los que yo me mostraba ausente, moviéndome como un autómata y evitando mirar sus ojos verdes, su sonrisa de anuncio, el contoneo de su cuerpo… Bailamos hasta que mi poca iniciativa invitó a hacer una pausa acodados en el bar. Pedimos dos cervezas bien frías; mientras yo tomaba un primer trago, Elke, se me había presentado con ese nombre y yo no me atreví a confesar que ya lo conocía de haber oído llamarla en la playa, tomó su lata en la mano, y lento, muy lento, fue refrescando su cuello, sus brazos. Al ver aquello, yo tuve que forzar la garganta; creo que además de líquido en aquel gesto descendió por mi cuerpo, desde el cerebro y hasta instalarse definitivamente en mi polla en forma de incipiente erección, todo el deseo acumulado durante las vacaciones. 

- It’s hot here- dijo. 

- Sí, sí, hot, very hot, ni que lo digas- le contesté. 


No volvimos a bailar, pero aquello no me libró de tener su imagen contoneándose frente a mí clavada en el cerebro. Cuando terminamos la bebida comenzamos a andar por el camping. Si no me trajese tan loco, sería una delicia pasear entre las caravanas y tiendas junto a ella, y además me servía para practicar el inglés. Aunque al llegar a nuestra parcela, con las dos tiendas de campaña plantadas, me serví de un gesto para decirle que yo me quedaba allí. No sé porqué, pero se autoinvitó. 

- Where are your friends?- preguntó al ver las mochilas apiladas en la entrada de la tienda. 

- Con un poco de suerte estarán tirándose a alguna guiri- fue lo primero que salió por mi boca. 

- Sorry- dijo con cara de no entender nada. 

- Esto… they went to the disco- le aclaré. 

- Ah, ok-. 

Confundido, con las piernas fuera y el tronco dentro de la tienda, me senté con la mirada perdida en la noche, y ella me imitó. La conversación fluyó con tranquilidad, entre el rumor del tráfico constante al otro lado de la valla y la música de fondo que seguía sonando en el bar del camping, aunque lo único que yo conseguía escuchar era la melodía de su voz y su risa cuando era incapaz de encontrar la palabra en inglés para lo que fuera que quisiera decir. Me estiré para alcanzar la nevera y apurar la noche con una cerveza más. Y entonces, al incorporarme de nuevo, vi que mi entrepierna lucía una erección que incluso en aquella media luz, fue visible también para ella. Darle conversación, traducir mentalmente, intentar sacar una sonrisa de sus labios carnosos y controlar las reacciones físicas de mi cuerpo, era demasiado trabajo para una noche de Agosto, no obstante, me excusé: 

- I’m sorry…-. 

- Don’t worry about it- dijo ella. 

Se lo agradecí con una sonrisa y puesto que ella me invitaba a “don’t worry” ya ponía yo el “be happy” y me dejé caer lentamente hacia atrás, esperando que el bañador contuviera la polla, aunque fuera en vertical. Elke, con su manía de imitarme, se dejó caer también, el brazo derecho pasando por detrás de la cabeza a modo de almohada, una sonrisa iluminada por la perfección de su dentadura, y su ombligo tostado amaneciendo al recogérsele ligeramente la camiseta. 

- Could you…- comencé a decir, y antes de que mi cerebro fuese capaz de saber qué pedirle a cada parte de su cuerpo, ella musitó un Yes con una ese que se alargó en el tiempo.

miércoles, 29 de julio de 2020

Declaración de intenciones

- Uy, hola- dirás. Y añadirás: siempre coincidimos en el mismo sitio.

 Y yo sonreiré, porque no creo en las coincidencias. Y entonces te lo diré: no es ninguna casualidad, hace tiempo que me había fijado en ti, siempre he provocado estos encuentros. Y me gustaría pensar que tú también te habías dado cuenta, que cuando nos encontramos en la cola del súper y me dejas pasar, no es por educación, o no sólo. Sé que lo haces para poder mirarme el culo sin tener que disimular. Y entonces tú bajarás la mirada, y yo tendré que tranquilizarte. No pasa nada, me gusta sentir las miradas ahí, miradas llenas de deseo, miradas que esculpen mi figura, que la escanean… Otras miradas también, pero sobre todo la tuya. Porque sí, porque me reconforta sentir que aun soy capaz de atraer el deseo de un chico más joven. Y entonces, cuando estés totalmente cautivo y desarmado te lo soltaré de sopetón. Te diré quiero tener sexo contigo, ahora. No te diré quiero acostarme contigo ahora, no. Te diré, quiero que me folles, ahora, porque tiene que ser de pie, rápido, furtivo. Y mi dedo se posará en tu pecho y tú seguirás su recorrido como un tonto. Y entonces serás ya todo mío, y te daré las instrucciones que tienes que seguir. Quiero que me pongas de cara a la pared, que tus manos retengan las mías levantadas. Que me levantes el vestido y tires con ansía de las bragas te diré. Quiero que enloquezcas aspirando el aroma de mis cabellos, que tu saliva deje un surco en mi nuca. Quiero que me sueltes las manos tan sólo un instante, el tiempo justo de bajarte el pantalón, y que luego vuelvas a retenerme, quiero ser tu víctima. Quiero sentir el roce de tu polla trepando por mi muslo, y el tacto de tus dedos en mi vello púbico. Quiero que entres en mí sin avisar, necesito dar un respingo. Quiero sentirme rellena y llena. Descuida, ya te he dicho que había reparado en ti, he recapacitado y sé que eres capaz de eso y de mucho más. Quiero que me la metas entera y hagas una pausa. No estaría de más un mordisco en el hombro, para saber que es real. Y entonces-no hace falta que te lo diga- tienes que empezar a moverte. Delicado pero duro, suave pero insistente, hasta que el instinto se te descontrole y quieras poseerme salvajemente. Hazlo. Cerraré los ojos, pues me tendrás tan pegada a la pared que no podré ver nada, y entonces mi cerebro será capaz de transformar en placer tus ímpetus. Quiero que con tus meneos hagas que se me caiga un zapato- no, no es un mero detalle.  Quiero cojear sobre mis tacones, y quiero que me levantes la pierna con uno de tus brazos para equilibrarme, quiero sentir la acción combinada de tu polla entrando y saliendo de mi coño y de tus dedos en el clítoris. Quiero que cueles tu otra mano entre los botones de mi blusa- no importa si algún botón fallece en la batalla. Aprieta, exprímeme. Quiero sentir mis pezones duros siendo frotados entre tu pulgar y tu índice. Y entonces- tienes permiso- querrás entrar en mi culo. Y me sacarás la polla bañada en mis flujos, y la acercarás a mi ano. Y parecerá que entra, hasta que mis gritos de dolor te hagan desistir- he dicho que me he fijado, recuérdalo. Y entonces la devolverás al coño, y me correré en el acto. De alivio. De gusto. Y resistirás los embates de mi cuerpo, e iniciarás una última tanda. Duro, fuerte, salvaje, mucho más. Como si quisieras arrancarme las entrañas, como si quisieras matarme a pollazos. Yo gemiré, y gritaré, y luego abriré la boca y de mi garganta seca no brotará ni el más débil de los sonidos. Porque me tienes sin palabras, porque la descarga de un nuevo orgasmo me está recorriendo de punta a punta. Y entonces te tienes que correr. Puedes gruñir, nunca gritar, y debes echarme el último aliento del polvo detrás de la oreja, la derecha. Y cuando te retires suavemente, muérdeme el lóbulo de la misma oreja, es fundamental que lo hagas, que lo estires suavemente con tus dientes. Y mientras tú te alejas, sentiré el pesado deslizar de tu leche por mis muslos, y dejaré que caiga y siga cayendo, y en el último momento, justo cuando vaya a manchar mis medias, lo recogeré con la mano y probaré tu sabor. Entonces tú te irás, y no me darás las gracias, aunque sientas que debas hacerlo; yo tampoco lo haré, porque las palabras estarán de más, y todo agradecimiento no vale lo mismo que mi mirada buscándote mientras se cierra la puerta.

¿Has comprendido? No es difícil, verdad. Sólo son unos pocos pasos, y tú eres un chico listo - ¿debo decir una vez más que ya me había fijado en ti?, diré riendo. Ah, se me olvidaba, una última cosa, y préstame atención porque esto si es de verdad importante, te diré: nunca- repito- nunca, por ningún motivo, dejes de follarme. Aunque yo te lo pida, aunque aparezca mi marido, nunca jamás dejes de follarme.


domingo, 12 de julio de 2020

Sex City Tour

Dos minutos después de la hora convenida los vi aparecer por el vestíbulo del hotel. Habían contratado la visita por Internet; buscando información para un veraneo que las circunstancias obligaban a ser atípico, habían llegado a mi blog, ese espacio virtual en el que difundo los atractivos de la ciudad y a través del cual ofrezco mis servicios como guía turístico profesional. Tras una solicitud de información, en un rápido intercambio de correos electrónicos reservaron una cita para llevar a cabo una visita completa de la ciudad. Pepe, quien había llevado todos los trámites y el único miembro de la pareja al que conocía, me presentó a Natasha, su esposa. Les di la bienvenida y finalizamos el encuentro con el ridículo choque de codos que exige la nueva normalidad. 

Mientras nos acercábamos caminando desde su hotel al primer punto de la visita, les pregunté por su viaje, por el hotel, quise saber si nos habían visitado con anterioridad, les expliqué cuál iba a ser el recorrido y los tiempos de la jornada, y antes de que nos diéramos cuenta habíamos llegado al Palacio de Miramar. Entramos por la pequeña puerta de servicio que se abre al barrio de El Antiguo, nombre que delata que allí se encontraba uno de los asentamientos primigenios que dieron origen a la actual San Sebastián, y enseguida ambos visitantes se maravillaron con los cuidados y floridos jardines que se anunciaban. Las sandalias de alta cuña que calzaba Natasha comenzaron a hacer crujir la grava a medida que ascendíamos a la explanada principal del recinto. Completaba su ropaje con un ceñido vestido de color crema que resaltaba las sinuosas curvas de su figura y un sombrero de un rosa pastel que la protegía del sol; Pepe, por su parte, lucía un polo color azul cielo, un pantalón beis y unos náuticos azul marino. 

Tras situarnos en lo alto del promontorio que divide la bahía en dos, comencé con las explicaciones pertinentes sobre cómo este había sido el lugar escogido por la reina regente María Cristina, viuda de Alfonso XII y madre del futuro Alfonso XIII, para edificar un palacio en el que la familia real pasara las vacaciones estivales, y que para ello se tuvo que trasladar más abajo la ermita que existía en el lugar y que estaba dedicada a la virgen de Loreto, y cómo la derivación del nombre vasco que tenía, acabó dando como resultado el nombre por el que los donostiarras conocemos hoy en día al lugar: el pico del loro. Mientras hablaba, Natasha no perdía detalle de mis explicaciones y manejaba con soltura unas gafas de sol que se ponía o quitaba según quisiese observar un detalle de los que yo mencionaba; cuando mordía la patilla de la gafa, sus labios, pintados de un tono que hacía juego con sombrero y montura de las gafas, parecían todavía más sugerentes. Caminando por los senderos que bordean el cuidado césped, y mientras ellos se detenían a tomarse algunas fotos, les fui contando detalles sobre el edificio de aspecto inglés, no en vano fue diseñado por Selden Wornum, o cómo sus estancias que vieron pasar a reyes y presidentes de la república son hoy aulas de la universidad de verano; a Pepe le sorprendió que no fuera la primera vez que se utilizaba como espacio de aprendizaje, pues el Rey Emérito estuvo interno estudiando en un colegio habilitado ex profeso cuando don Juan y Franco acordaron que la educación del futuro monarca se realizara en España. 

- San Sebastián, Donostia, me oiréis nombrarlo indistintamente, en castellano o en euskera, pero ¿sabéis algún otro nombre por el que se conozca a la ciudad?- les pregunté haciendo una pausa al llegar al comienzo de las escaleras que nos llevarían al pie de la playa de Ondarreta. 

- ¿La bella Easo, ¿no?- dijo Pepe con cierto conocimiento. 

- Efectivamente, la bella Easo, o Easo a secas, no vamos a hacer publicidad gratuita…- en ese momento ambos se sonrieron- Además, estando ella presente, hablar de belleza… -. Natasha se sonrojó ligeramente, como si el rosa palo de sus complementos se le extendiera por la cara. 

Caminando junto a ellos fuimos paseando por la playa de Ondarreta buscando el nuevo punto de la visita. Comentábamos los otros nombres por los que se puede hablar de la ciudad, sus orígenes, sus usos, ganándonos más y más una confianza recíproca entre lo que apenas media hora antes éramos completos desconocidos. Donde el paseo se hace llano y discurre entre los jardines que quedan a nuestra izquierda y la playa que se abre al mar a la derecha, y donde generalmente la vista se pierde buscando figuras, rostros y curvas entre las bañistas, esta vez toda mi atención la centraba Natasha. Quizás las elevadas cuñas de sus sandalias la hicieran parecer más alta, pero era una mujer de rompe y rasga. Sus curvas, generosas es una palabra que se queda corta, y su actitud segura de sí misma, eran un foco de atención para todos los hombres que nos cruzábamos; Pepe, no podía por menos, se sentía orgulloso de tenerla a su lado. A mí me ocurría algo parecido, al menos hasta que completamos la curva de la bahía y llegamos al siguiente punto de nuestra visita: el peine del viento. 

- Cuidado- le dije mientras mi mano cogía la suya y le ayudaba a caminar por el irregular piso de adoquines imperfectos que Peña Ganchegi diseñó como escenario complementario a las esculturas de Chillida; no sabría explicar si era pura profesionalidad para evitar que la clienta se produjera una torcedura de tobillo que arruinase la visita o simplemente quería sentir su piel en contacto con la mía. Seguramente habría una parte de ambas, como seguramente Natasha no sabría si agradecer al calendario que les hubiera tocado un día soleado y de mar tranquila cuando se colocó, con las piernas ligeramente separadas abarcando uno de los agujeros excavados en el suelo y por dónde, les había contado, los días de mala mar las olas y el viento se cuelan mojando y haciendo volar faldas más vaporosas que la suya. 

Mientras nos dirigíamos hacia el vetusto funicular que debía subirnos al monte Igueldo, ella pidió a su esposo que comprara una botellita de agua. 

- Parece mentira, viniendo de dónde venimos, con la calor y humedad que hace por allí, si aquí no hará ni 27º, ¿no?- dijo Pepe dirigiendo la última parte de la frase hacia mí. 

- Sí, algo así hará…- había comenzado a responder cuando Natasha cortó la discusión con un pues yo estoy ardiendo que subió de golpe también mi sensación térmica. 

Llegamos a la taquilla poco antes de que el funicular iniciara un nuevo ascenso, con el tiempo justo para que nos ubicaran solos en el último de los compartimentos, el más bajo de todos. Ellos se colocaron juntos en un banco y yo frente a ellos en el opuesto. No me quedaba más remedio que observarlos, algo que se convirtió casi en una tortura cuando Natasha, abriendo la botella de agua, comenzó a beber y un hilillo de agua escapó de la comisura de sus labios y se deslizó por su barbilla, su cuello. Aquello no debió parecerle suficientemente refrescante, pues ayudándose de los dedos, separó la tela de su vestido y vertió una mínima cantidad de agua por su pecho, marcando de inmediato los pezones y obligándome a tragar saliva. Cuando miré al marido, éste se encontraba girado, de rodillas sobre el banco, y apuntando con su cámara al paisaje que dejábamos atrás. 

Se lo había anunciado, el funicular y el parque de atracciones al que nos dirigíamos eran vestigios de edad de oro de la ciudad, sin embargo, llegar hasta allí a través de ese método, vale la pena. 

- ¡Wow, qué vistas, son espectaculares!- exclamaron casi al unísono. 

Apoyándonos en la barandilla contemplamos la ciudad que se extendía a nuestros pies; ellos identificaban los pocos lugares que ya habíamos visitado y yo les anunciaba en la distancia los que nos quedaban por visitar. 

- Tenéis una ciudad preciosa- dijo Natasha girándose y mirándome detrás de sus gafas de sol. 

- Sí, es verdad. El marco incomparable lo llaman- le respondí, aunque en mi mente la frase era más extensa: ahora el marco incomparable tiene un sentido, resaltar la maravilla de culo que gastas. 

Sin prisas, como si no hubiese unos horarios y un plan que seguir, nos quedamos mirando las vistas, la ciudad y las colinas que enseguida se elevan. 

- Es una ciudad pequeña, práctica, con unos espacios fenomenales para pasear, pero en cuanto te alejas del centro, de la ribera del río, se empina enseguida. Aunque tampoco nos vamos a quejar de las cosas que se empinan enseguida, ¿no?- comenté guiñándoles el ojo. Una sonrisa pícara emergió súbitamente en el rostro de Natasha. -Mira cómo ha pillado la broma- dije a Pepe riendo. Caminamos por las instalaciones de ese parque de atracciones en miniatura en el que la montaña rusa no pasa de Suiza y aguardamos nuestro turno para sacarnos la foto más emblemática, esa que no puede faltar a cada turista, con la bahía, la isla de Santa Clara en medio y el resto de la ciudad vistos desde esa atalaya sin igual. 

Me dejaron su móvil, se colocaron abrazados junto a la barandilla, y les tomé la foto de rigor, primero mirando a cámara, y luego girados, de espaldas al objetivo, mirando la ciudad. 

- Os pediría por favor que, si subís esa imagen a redes sociales, etiquetarais la empresa, o me la podéis mandar, con vuestro permiso la podría utilizar para promocionarme. Algo me dice que, si pongo esta imagen vuestra de espaldas, el número de visitas en mi blog aumentaría súbitamente- les dije. 

- Ya, ya, ya me puedo imaginar por qué lo dices- rio Pepe, el primero esta vez en entender la frase. 

Cuando iniciamos el descenso de nuevo en funicular, y no llevábamos ni siquiera una cuarta parte del servicio que habían contratado, lo hacíamos más como amigos, que como guía y clientes. Cuando Natasha sacó su celular en pleno viaje de vuelta y sugirió que nos hiciéramos un selfi, yo me separé para no salir en la foto. 

- No, ven… los tres juntos. Así, acercaros. Besadme cada uno en un lado- dijo ella, y no nos quedó más remedio que obedecer. Al poco nos enseñaba en la pantalla su sonrisa luminosa mientras Pepe y yo posábamos nuestros labios en un gesto sobreactuado en cada una de sus mejillas. 

El trayecto de vuelta hacia el centro fue más distendido, la historia oficial de la ciudad se mezclaba con anécdotas y ellos también contaban sucedidos de sus viajes o de su localidad. Hicimos alguna parada, para ver el homenaje de Chillida al doctor Fleming, o al llegar a la Perla y la Caseta Real de Baños, recuerdo regio de aquellas primitivas casetas tiradas por bueyes en las que los primeros veraneantes llegaban a este punto de la costa siguiendo la costumbre de tomar baños de mar. Era aquella la época de Isabel II, monarca en la que el adjetivo liberal cuadraba más con su vida libertina que con su faceta política, distracción de los placeres carnales que le importaba más bien poco, aunque a San Sebastián el hecho de defender su derecho al trono le valió un sitio en la Primera Guerra Carlista. Al menos la Reina fue leal y recompensó la fidelidad con sus visitas continuas hasta su mismo derrocamiento allá por 1868. 

Después de alguna foto junto a la icónica barandilla de la Concha que no puede faltar en cada visita a la ciudad, como hicieron los Reyes actuales en la primera parte de su luna de miel, les reté a encontrar el único tramo de barandilla diferente al resto, a la altura de los relojes. Mientras Natasha se quejaba de la humedad que hacía transpirar a su piel y que a mí me parecía que servía para darle un brillo aún más seductor, las farolas del paseo nos dieron pie a hablar del famoso festival de cine y de sus anécdotas más elegidas, como el día que Elizabeth Taylor se lo tomó con calma llegando varias horas tarde o el estreno internacional de Star Wars cuando todavía era La Guerra de las Galaxias. 

- Debía haberme traído el bikini, ¡tengo unas ganas de refrescarme!- dijo Natasha, y yo, obviando la imagen de aquel pedazo de mujer, enseñando más carne, ligera de ropa, que se comenzaba a dibujar en mi imaginación, opté por la profesionalidad y les comenté que enseguida nos detendríamos. Volando, casi como aquel líder fascista belga que sin apenas combustible le pareció que el arenal de la Concha era la mejor pista de aterrizaje posible para huir del triunfo aliado, llegamos a los jardines de Alderdi Eder, tapiz floral a los pies del antiguo casino hoy convertido en Ayuntamiento. Caminando junto al club náutico, joya del racionalismo, barco varado en tierra, giramos para encarar el Boulevard e introducirnos en la Parte Vieja. 

Las calles estrechas del casco antiguo nos protegían del sol, que a esa hora del mediodía calentaba con inusitada fuerza. Pepe y Natasha se iban a introducir en una costumbre que de los donostiarras saltó a los turistas: ir de pintxos. Hasta que no entramos en el primer bar no se quedaron muy convencidos que tomar un par de bocados en cada sitio fuese comparable a una comida completa, pero entre zuritos y txikitos, fueron haciéndose a la idea. Además, de un local a otro podíamos movernos, ver la recargada fachada churrigueresca de la Basílica de Santa María, comentar lo que han evolucionado los pintxos desde la clásica Gilda a la alta cocina en miniatura de la actualidad, o pasear por 31 de Agosto, calle que en su nombre lleva el recuerdo del incendio que destruyó la ciudad tras el asalto anglo-portugués para desalojar al ocupante napoleónico. 

Fue en el último de los bares, cuando tras cinco o seis pintxos y la mitad de bebidas, Natasha, con la mano apoyada en mi hombro y total naturalidad, dijo: 

- Estoy completamente sudada, tengo los muslos empapados. Me voy al baño a refrescarme-. Yo, con este carácter tan donostiarra que depara personajes como Amaia Montero o Álex Ubago, no había terminado de salir de mi asombro cuando ella ya volvía. Traía algo arrugado en la mano. – Son mis bragas, espero que les des buen uso- dijo a mi oído mientras su mano hurgaba en el bolsillo de mi pantalón introduciéndolas. Me quedé estupefacto, casi rígido, alguna parte de mi cuerpo más que otra al parecer: vaya, por lo que he notado, te gusta el regalito…- dijo Natasha riendo mientras se abrazaba a su pareja. 

Era poco más que un altoparlante, prácticamente un autómata, cuando nos pusimos de nuevo en marcha y hablaba sobre los balcones numerados de la plaza de la Constitución. Al salir por Portaletas al muelle, una brisa fresca, con aromas marineros, me hacía pensar en el tesoro escondido en el bolsillo. Pasamos por delante del Museo Naval, llegamos al Aquarium, donde Pepe y Natasha se asomaron a las terrazas; mi vista buscaba en la parte baja a alguien que adivinara el secreto que no escondía la falda de la turista. Al adentrarnos en Urgull por el desierto paseo de los curas, no pude resistirlo más. Tenía su complicidad, seguramente algo más a lo que aún hoy me cuesta ponerle nombre; saqué su ropa interior del bolsillo delantero derecho de mi pantalón y la olí. Inspiré profundamente, hasta que los aromas se clavaron en mi mente. Iniciamos la subida al Castillo, testigo innegable del pasado militar de la plaza. Atacantes o defensores, muchos miles de soldados habían pisado esos mismos caminos por los que nosotros ascendíamos. Después de dejar atrás la primera de las baterías, mi mano en el brazo de Pepe detuvo su marcha. Antes de que pudiera preguntar qué sucedía, un dedo sobre mis labios le pedía silencio. Al ver alejarse a Natasha monte arriba comprendió. Después de darle unos metros de distancia impuestos, no por las medidas sanitarias sino por su ausencia de ropa interior bajo el vestido, continuamos la marcha. A cada paso, en cada escalón que nos llevaba hasta la cima, los muslos de la mujer se rozaban, la falda se movía, recogiéndose mínimamente, lo justo para que nuestro deseo viese más parte de su anatomía de la que realmente se veía. Pepe me dejó pasar delante. Fui recortando la distancia con Natasha, hasta acompasar sus pasos con los míos, hasta dejar que en cada escalón el movimiento de su culo recio hipnotizara mi mente; hasta el punto de parecerme bien cualquier rincón para arrebatarla del camino y follar con vistas a una bahía tamizada por la frondosidad de los árboles. 

El no hacerlo fue compensado por el gesto de Natasha al llegar al pie de la escultura del Sagrado Corazón. Abanicándose con el sombrero, su rostro colorado denotaba el esfuerzo de llegar hasta allí. 

- Menuda subida, es dura, ¿eh?- dijo resoplando. Un ligero vistazo a mí figura le sirvió de respuesta. La cuesta no era lo único que encontró duro y empinado. A mi lado, Pepe sonreía orgulloso. 

Tras pasear unos minutos por lo alto del monte, nos llegamos al mirador que ofrece sobre la isla y la bahía. Ahí, en un pequeño saliente protegido por una barandilla metálica, Natasha se asomó a admirar la panorámica. Pepe sacó su cámara y tomó varias fotos de su mujer de espaldas frente a la ciudad. Al sentir el clic del disparador, Natasha tuvo un reflejo: con una de sus manos elevó el bajo de su vestido y nos premió con una visión aún más bella. Su culo grande, redondo, de una perfección casi matemática apareció durante escasos segundos, los justos para hacerme desearlo más y más. 

- Venid por aquí, os voy a llevar a un lugar que pocos turistas conocen- les dije, y nos encaminamos al bar donde de niño no pocos mostos con aceituna me tomé. Pedimos tres cervezas esta vez y nos colocamos en una de las mesas allí plantadas. Otra vez con total naturalidad, Natasha extendió sus piernas hasta apoyar los pies en el reposabrazos de mi silla. Rozar, tocar sin miedo, asomarme a su ausencia de tela… la tentación era múltiple. 

- Tranquilo, puedes mirar- dijo Pepe. Yo no tardé en bajar la cabeza e intentar contemplar su coñito al final de una piernas que sostuve entre mis manos. Nunca había tenido unos clientes así. 

Ya de descenso hacia el Paseo Nuevo, antes de llegar al Cementerio de los Ingleses, fue Natasha la que detuvo la marcha. Al verla quieta, la imitamos. 

-Venid aquí- dijo, y como corderitos nosotros desandamos los metros que nos separaban de ella. – Sacárosla- ordenó. Nuestras dudas la hicieron insistir: va, sacaros la polla, no viene nadie, quiero comprobar cómo os la he puesto. Apresurados, nerviosos por la petición y por que alguien pudiera vernos, Pepe y yo accedimos. – Cariño, la tiene más grande que tú- dijo Natasha con una espontaneidad que yo ya no dudaba era natural y mientras agarraba con suavidad ambos penes con sus manos. 

- Es verdad. Tienes un buen pepino- terció Pepe. 

- Vaya, gracias, no sé qué decir- respondí con timidez. Esta era una de esas cosas que nunca hubiera jurado que me podían suceder a mí. 

Más que nervioso les guie por los caminos hasta llegar a la puerta que da al Paseo Nuevo. Ahí, sin prisas ni miedo a que una ola insospechada nos mojara, tomamos dirección al Paseo de Salamanca. Con la panorámica de los cubos del Kursaal, giramos al llegar a la sociedad fotográfica y desembocamos en la plaza Zuloaga y el Museo de San Telmo. 

- ¿A que ahora ya no soy la única que tiene calor?- nos retó Natasha. Aquello me hizo desviarme un tanto de la ruta y acompañarlos a mi heladería favorita. 

- ¿Seguro que no quieres un helado? Venga, que te invitamos- insistía Pepe. 

- No, no, muchas gracias. Además, no creo que tengan el sabor que me apetece probar ahora- me excusé. Ante su incomprensión se lo tuve que aclarar: el sabor a su coño. Pepe rio a carcajadas mientras Natasha, ajena, pedía un helado de dos bolas: mascarpone con dulce de leche. 

Salir a la Bretxa, contarles que por allí penetraron los soldados ingleses bajo el mando del duque de Wellington que pretendían liberar la ciudad de la presencia francesa y que terminaron provocando muerte, violencia y destrucción bajo el fuego una noche de finales de agosto, llegar al boulevard de nuevo, pasar después entre el teatro y el hotel con nombre de reinas que se llevaban como suegra y nuera, detenernos en los jardines de Oquendo… todo era una tortura. Mis ojos hacía tiempo que no prestaban más atención a nada que no fuera Natasha y su manera de lamer el helado. Cuando el calor comenzó a derretirlo, casi fue peor: su lengua se empeñaba en demostrarme sus habilidades limpiando los riachuelos de leche y azúcar que caían por sus dedos, el canto de la mano… Dejamos atrás la escultura del almirante, decirles que estaba realizada a partir de cañones fundidos me hizo mirar una vez más el cuerpo de Natasha (aquello sí que era un cañón de mujer) y llegar a la Plaza Gipuzkoa. Allí, frente al palacio de la Diputación y sus bustos ilustres, jugando a encontrar San Sebastián en el mundo, terminaba la visita. Habían sido seis intensas horas y algunos minutos; me había retrasado algo, puede que hubiera cometido algún olvido, pero no importaba. Ellos habían hecho que acompañarlos a descubrir la ciudad fuera un placer. Uno de esos que se desean continuar compartiendo: 

- ¿Tenéis algún plan para la noche? Me gustaría invitaros a tomar algo, la verdad es que habéis sido encantadores- les dije. 

Ellos se miraron, Natasha afirmó con la cabeza y Pepe confirmó de viva voz: genial. Has sido un tipo de puta madre, a parte de un buen guía, nos encantará pasar la noche contigo. Yo no caería en la profundidad de la frase hasta más tarde, entonces sólo pensaba en cómo indicarles el camino para llegar a su hotel. 

- Si estáis por el centro tenéis que coger el 28. No hagáis caso a la canción, nunca llega tarde. Si preferís venir directamente desde el hotel, el 24 os vendría bien- indiqué. Habíamos quedado a las diez de la noche. Quizás otro año los hubiera llevado a los locales atestados de lo viejo, a la discoteca en pleno paseo de la Concha, pero este año de pandemia, mi barrio otorgaba más tranquilidad y distanciamiento social. 

- Nati está escogiendo modelito, esperemos no llegar tarde- leí en la pantalla de mi móvil cuando ya casi era la hora. Habíamos intercambiado teléfonos, era el método más rápido y práctico para indicarles donde apearse del autobús. Yo les estaría esperando en la parada. 

- ¡Qué bonita sonrisa! Si hasta dan ganas de comerte la boca-. A tenor de sus palabras, mi rostro sin la mascarilla de protección debió iluminarse al verlos descender del autobús. El look de Pepe era similar al de la mañana, aunque se había cambiado de ropa; en cambio Natasha había optado por un aspecto completamente diferente, con una especie de mono sin mangas, que se le ceñía mucho a las piernas, pero con un escote plisado y generoso que subrayaba sus pechos. Lucía además unos zapatos negros, de un tacón ancho y de una altura de unos doce centímetros, un brazalete en su antebrazo diestro y el pelo suelto y ondulado. Era Natasha la clase de mujer que no se deja acomplejar por sus curvas, por sus caderas anchas, sus nalgas rotundas. Al contrario, sabía sacarse partido. Si mi mirada, que ya estaba más que ganada para la causa después de toda una jornada junto a ellos, perdiéndose en su figura cuando le abrí la puerta del bar al que los llevé no fuera suficiente prueba de ello, estaban las otras miradas, las del resto de clientes, del camarero incluso, que nada más verla ya la deseaban. 

- Mira Pepe, tienen mesa de billar- exclamó, para añadir a continuación: ¿tú sabes jugar? Nunca me había apasionado, pero tanto como acertar con un palo a una bola, supuse saber hacerlo. Cuando nos sacaron la botella de cava que habíamos pedido con sus respectivas copas y comenzó la partida, ya no estaba tan seguro. Cuando Natasha se agachaba para calibrar la jugada, mover el palo, golpear la bola era una tortura estar de frente y observar sus pechos curvos juntándose, moviéndose; si optaba por situarme a su espalda, entonces era su culo ceñido por el ropaje el que me provocaba sudores fríos y calores internos. Decir que perdí la primera partida es tan lógico como decir que perdí todas las demás. Observar sus poses, sus movimientos lentos, estudiados… ni el mejor de los profesionales hubiera podido concentrarse ante semejante derroche de sensualidad y mareantes curvas. 

No había estado muy despierto en cuanto a las partidas, pero hubo un detalle que no había pasado por alto: no llevaba bragas. Cuando el local se quedó lo suficientemente vacío se lo pregunté para que confirmase mi hipótesis. -No, nunca llevo tanga con esta ropa, se me marca demasiado- dijo, y apoyando el trasero en la mesa, con las piernas ligeramente separadas, sus dedos me dejaron bien claro que aquella ropa se ceñía a su piel como un guante. Agarró el palo de billar que sostenía yo entre mis manos y acercándolo a su entrepierna comenzó a restregarlo lento, maliciosamente lento, haciendo que yo viera la forma de su vulva dibujada en las mallas. 

- Ven, tócamelo tú- dijo tomando mi mano y posándola sobre su muslo. Mi mirada buscó la conformidad de su esposo, quien con un leve gesto afirmativo me dio permiso. Nervioso, fui trepando con mi mano por su pierna. Natasha se acomodó, separando más las piernas, asentándose mejor sobre el borde de la mesa. Cuando mis dedos llegaron a su sexo y notaron el calor que desprendía, ya no quisieron alejarse. Movía la mano, subía por su concha, sentía sus labios moviéndose ante el pasar de mi mano. Cuando mis movimientos se hicieron más repetitivos, Natasha inclinó hacia atrás la cabeza y un sonido gutural salió de su garganta en forma de gemido. 

- ¿Está mojada?- quiso saber Pepe, y acercando su mano encontró la respuesta de su cuerpo: empapada. Si no estuviéramos en un local público, si la mesa de billar fuera nuestra, sería el escenario ideal para tumbarla y seguir explorando su cuerpo, pero había más gente en el bar, rostros que nos miraban y nos obligaban a disimular los gestos, a hablar en cuchicheos. Sin alejarse de su esposo, Natasha se incorporó; sus tacones la elevaban, pero todavía su boca quedaba lejos del alcance de la mía. Aproximó su muslo hasta colarlo entre mis piernas, apretándonos, sintiendo el contacto creciente de mi paquete. La polla se había despertado y su crecimiento comenzaba a resultar complicado de disimular bajo el pantalón. Más aún cuando ella agarró mi cinturón y me pegó todavía más a su curvada anatomía. 

- Está empalmado, y la tiene durísima- dijo dirigiéndose a su esposo, el único que en ese momento necesitaba explicaciones, pues tanto Natasha como yo lo sentíamos en nuestras propias carnes. 

- Te la vas a follar, chaval. Está cachonda, y a estas alturas ya no tiene marcha atrás- me dijo Pepe golpeando con su mano mi hombro. Mi mirada buscó a Natasha, y encontró la suya pícara y su boca entreabierta esperando a la mía. Mientras nuestras lenguas chocaban, su mano se posaba sobre mi abultada entrepierna al tiempo que Pepe seguía comprobando la humedad que ganaba el chocho de su mujer. 

Me hubiera conformado con algo rápido en los aseos del bar, pero ya puestos, buscamos otros lugares donde seguir dando rienda suelta al calentón que llevábamos. Pepe introdujo con la mano las bolas sueltas que habían quedado abandonadas sobre la mesa de billar, mientras yo me acercaba a la barra a pagar con Natasha pegándose a mi espalda. 

Las calles del barrio, alejadas del centro y su bullicio, servían de eco a las risas de Natasha cada vez que nos deteníamos y nuestras manos la recorrían entera. 

- Ven- dijo de pronto Pepe arrastrándonos entre dos coches aparcados. Antes de que pudiera darme cuenta Natasha estaba en cuclillas, pugnando por soltar el cierre del pantalón de su esposo. Con un gesto me instó a acercarme; al verme Natasha sonrió y yo intuí su gesto como una invitación a liberar mi polla, algo más relajada que anteriormente en el bar. – Si llevara vestido nos la tirábamos aquí mismo, contra el capó de ese coche, ¿que no?- volvió a decir Pepe. Yo sonreí, y en aquel mismo instante, casi al momento en que mi mano la sacó al exterior, mi verga era acogida por la boca de Natasha. -Así, así, chúpasela, cariño, chúpasela que se lo ha ganado-. Pepe marcaba los pasos a dar, su mujer accedía y yo me dejaba hacer, cerrando los párpados y dejando caer mi espalda contra la carrocería de una furgoneta. 

Cuando dejé de sentir los cabeceos de Natasha sobre mi polla abrí los ojos para comprobar que estaba repitiendo la operación con su marido. Sujetaba el falo por la base con su mano diestra, movía su cabeza rápido, succionando constantemente, mientras que con su mano izquierda mantenía sujeta mi polla no dejando que bajara la erección. Alternó la mamada a uno y otro durante unos segundos. El calentón había sido rápido, más que incendiario, y aunque medianamente ocultos, no dejábamos de estar en una calle amplia y bien iluminada. Un automóvil que pasó más lento de lo habitual nos sorprendió en plena faena, invitándonos a continuar en otro lugar. 

- Allí, venid- mi labor de guía volvía a servir para llevarnos a una plaza interior, apenas algo más que un patio de manzana urbanizado. Allí, si no estaban los chavales de botellón, no habría más mirones que los que nos pudieran localizar desde las ventanas. Buscamos un banco en un rincón menos iluminado. Me senté y Natasha se colocó frente a mí sobre mis muslos. A ella le agradó comprobar que la erección no había cesado con el cambio de escenario, y pegándose a mi cuerpo comenzó a restregarse. Ya no necesitaba el permiso de Pepe, y enseguida mis manos comenzaron a tratar de mover su escote para liberar sus generosos senos. Natasha apoyaba su frente en la mía, nuestras caras nos cegaban y de vez en cuando el deseo nos concedía una tregua y acertábamos a comernos la boca. Cuando saqué a la tenue luz que ofrecía el lugar los grandes pechos de la mujer, mis manos buscaron otro objetivo; moviéndose por su cuerpo llegaron a sus nalgas. En aquella postura, con su cuerpo contra el mío y mis manos empujando, aquellas nalgas duras y recias se volvían aún más irrechazables. Las abracé, y después mi mano derecha dio un cachete que resonó en la noche. 

- Así, dale caña, joder- animó Pepe. Continuaba de pie, junto a nosotros. Aunque no por mucho tiempo: estoy seco, necesito beber algo, ¿hay algún bar por aquí?-. Cuando Natasha soltó mi cara hice una pausa en los magreos para decirle que en la calle paralela había algunos, y que si no tenía máquinas de bebidas a la vuelta de la esquina. Cuando Pepe nos dejó solos volvimos a lo nuestro, a chocar nuestros cuerpos, a sentir el calor de su vientre, a restregar sus mallas contra el bulto de mi pantalón, a aplastar sus curvas con mis manos, a regalarme cachetes en su culo, a comernos los labios, a mirarnos a la cara y prometernos el paraíso sin palabras… 

El regreso de Pepe de vacío coincidió con mi constatación de que el ropaje que había elegido Natasha era tan sugerente y elegante como poco práctico para algaradas callejeras como la que nosotros protagonizábamos. Ni siquiera sus pechos podían mantenerse fuera del escote, y a fuerza de rozarnos íbamos a desgastar la tela de nuestras respectivas entrepiernas. Tal vez desnudos, tal vez en una esquina, tal vez el morbo de que alguien al pasar o desde una de las cada vez menos ventanas que permanecían iluminadas nos pudiera observar. Demasiados tal vez ante la certeza de que, en mi casa, cercana y con un par de camas, estaríamos mejor instalados. Esta vez ni siquiera tuve que guardar a regañadientes la polla, que, cumpliendo su deber, se mantuvo relativamente tiesa mientras caminábamos los dos o tres minutos hasta el portal. 

Ver el contoneo del ceñido culo de Natasha al subir los siete escalones que nos conducían al ascensor fue una tentación demasiado grande como para aguantarla. Llegué a su altura y le sorprendió un cachete en sus nalgas. Se quejó entre risas, provocando también la reacción de Pepe. Ya dentro del elevador ella quedó presa entre nuestros cuerpos. El avance de su marido empujó su retaguardia contra mí, hasta sentir la dureza de su culo contra mi cuerpo. Cuando mis manos intentaron abrazar su pecho se encontraron con las de Pepe, y a cuatro manos le prodigamos un masaje de tetas nada relajante. Hacía ya unos momentos que el ascensor se había detenido en la planta correspondiente, pero nosotros seguíamos jugando, acelerando poco a poco. 

Nada más entrar, sin tiempo de hacerse con el lugar, apenas franqueado el breve pasillo, Natasha apoyó sus manos en la encimera de la cocina, separó las piernas, elevó el culo y bajando el tronco se ofreció irrechazable. – Toda tuya, disfrútala- dijo Pepe y mis dudas desaparecieron. Me agaché y metí la cara entre sus nalgas. Empujé, me restregué, mi lengua salía para intuir el calor y la humedad que la ganaban del otro lado de la tela. 

- Tienes cerveza fría en la nevera, y el abre-chapas está en ese cajón. Yo, con tu permiso, voy a seguir por aquí abajo- dije a Pepe cuando hice una pausa para tratar de averiguar cómo diablos podía quitarle la ropa a Natasha sin necesidad de rasgar sus mallas. Al final descubrimos que sacando las mangas el mono que vestía podía ir recogiéndose, y, a medida que lo hacía y me iba descubriendo parcelas de su piel, yo me iba apoderando de ellas: primero sus hombros, donde clavé mis manos para empujarla contra mí y hacerle sentir en su trasero la dureza que me había vuelto a transmitir. Después fue toda su espalda la que mi boca recorrió en una mezcla extraña de besos y lametones. Y siempre sus pechos, grandes, enormes, casi inabarcables hasta para mis manos grandes. Hasta que la tela venció la curva de sus caderas y fueron apareciendo poco a poco, como cuando se descorre el telón, el mejor escenario posible. Su coño, afeitado en los laterales y con una franja de pelo que después de tanto frote se encontraba tan alterado como nosotros, y su ano, contraído y oscuro. 

- Joder- exclamé mientras contemplaba a Natasha en aquella postura. Sumisa, desnuda salvo por la especie de mono que permanecía caído a la altura de sus tobillos, poco más arriba que el final de unos tacones que resaltaban su culazo. Cuando mis dedos quisieron sentirla, Natasha, apenas al sentirse rozada, empezó a gemir de manera exagerada. Mi mirada sorprendida buscó a Pepe; quería preguntarle si era siempre así, decirle que menuda joya tenía escondida, que gracias por hacerme partícipe, pero lo encontré ya desnudo de cintura para abajo, con un botellín de cerveza en la mano, tratándose de hacer hueco entre los brazos de Natasha y sentándose en la encimera. Palmeé dos o tres veces sin demasiada dureza sobre su sexo, y volvieron a resonar sus alocados gemidos. No por mucho tiempo, lo que tardó Pepe en hundirle la polla en la boca, o acaso lo que permanecí atento antes de sumergirme entre sus muslos. 

Mi lengua movía sus labios, se adentraba ligeramente en la vagina, se aventuraba buscando su pipa, se enredaba en su vello, y siempre, siempre, bebía de la constante fuente en que se había convertido el coño de Natasha. Hasta que sentí otro líquido cayendo: cerveza que Pepe había volcado en un pequeño chorro sobre la espalda de su esposa y que caía desparramándose hasta que mi boca la degustó en la piel de su trasero, moviendo la cara con impostada actuación hasta casi morder su nalga; después volví a su chocho, a degustar esa curiosa mezcla de amargores. Cegado por su cuerpo seguía aleteando con mi lengua, hurgando en su coño, reteniendo los pliegues de sus labios con los de mi boca, sumando dedos para frotar su clítoris y que Natasha se licuara en mí prácticamente en el acto. 

- Déjame, que no aguanto sus mamadas tanto tiempo-. La voz de Pepe instó a un cambio. Me incorporé y le cedí el lugar. -Ostia puta, cómo se lo has dejado, si está chorreando- volvía a decir el marido. Soltando por fin el cierre de mi pantalón ocupé su lugar, y mi verga lo agradeció mirando al techo antes de encontrarse con la cara de Natasha. Me miró antes de agarrarme el sexo con la mano; lo masturbó lento primero y luego más rápido unas cuantas veces, para después llevárselo a la boca. Corregí la postura para no chocar con su paladar mientras Pepe ya había dejado su cerveza sobre la mesa y, agarrándose a las caderas de su esposa, trataba de colarle la polla. Cuando lo consiguió y comenzó a follársela, ella no tenía que hacer ningún gesto, pues los empujones que Pepe prodigaba en su grupa se transformaban en el impulso necesario para cabecear sobre mi polla. 

Su marido era un altavoz de constantes onomatopeyas que delataban el placer que estaba sintiendo mientras los gemidos de Natasha se acallaban por la presencia de mi rabo en su garganta. Yo, por mi parte, resoplaba, apretaba los dientes y trataba de controlar mis ansias para hacer que aquello durara lo máximo posible. Mis manos recogieron sus cabellos, los apartaron de la cara. Tirando débilmente de ello le hice incorporara la cara; me miró antes de dirigir la vista a la punta de mi polla, cubierta de saliva y brillando, como implorando que la dejara continuar mamando. La devolví a su boca, acompasamos el chup chup de mi polla entrando y saliendo con el constante y cada vez más descontrolado chocar de Pepe con las nalgas de Natasha. 

Colgaban restos de babas de mi polla cuando caminé, moviendo el rabo de lado a lado, hasta la habitación en busca de preservativos. Allí tuve una ocurrencia. Deshice la cama, tirando las sábanas al suelo en un montón y saqué el colchón. Lo arrastraba hasta la cocina cuando al llegar vi a Pepe que se masturbaba con ganas de terminar contra la piel de la nalga derecha de su esposa. Asistí en silencio y desde cuatro o cinco metros de distancia al momento en el que Pepe, gruñendo y sudando aceleraba el ir y venir de su mano para expulsar tres chorros de semen que reventaron contra el próximo culo de su esposa. 

- Gracias- musitó Natasha cuando le cedí el rollo de papel higiénico para que se limpiara el rastro de la corrida. Después encontró la cerveza que Pepe había dejado sobre la mesa y terminó de un trago los restos ya calientes. Su fatiga contrastaba con el vigor de mi polla, ya protegida y todavía resplandeciente, que esperaba una acción inmediata. – Ponte a cuatro- le pedí tras acercarla al colchón desnudo que tirado en el piso de baldosas parecía desubicado. Lentamente Natasha accedió y yo me arrodillé a su espalda. Al calibrar la dureza de mi rabo contra sus labios pude notar una vez más su humedad y los efectos inmediatos que tenía el choque de una superficie dura contra su clítoris. 

- Aaaahhh- un prolongado gemido salió de su boca a medida que yo entraba, lento pero decidido, en su cuerpo. Se la saqué, igual de despacio, sintiendo y haciéndole sentir. Reposar el glande en sus labios y volver a empujar para instantes después retirarme e ir entrando en materia. El ritmo coincidió con el momento en que su esposo, completamente desnudo y con otro trago en la mano vino a sentarse en una silla junto a nosotros. Animaba, comentaba, intuía las reacciones del cuerpo de su esposa cuando yo aceleraba la intensidad de la follada y los orgasmos a Natasha se le venían en cascada. Mis manos se movían nerviosas por su cuerpo, sin decidirse si eran mejor asidero sus pechos colgantes y bailarines o sus caderas rotundas. Daba igual en realidad, cualquier lugar era bueno para sujetar su cuerpo y aumentar el ritmo del polvo. Entraba lento, dejando que sintiera toda mi verga, acoplando sus paredes a mi dureza, y cuando no lo esperaba empezaba un movimiento frenético que duraba veinte, treinta segundos en los que Pepe se aproximaba diciendo dale, dale duro, o fóllatela, elevando su voz por encima de los gritos de Natasha. Luego la fatiga imponía un movimiento más sosegado, hasta la siguiente tanda descontrolada, en la que eran su pelo o sus hombros el lugar en el que se agarraban mis manos para tirar de ella y provocar un impacto más intenso. 

La piel de su cuerpo brillaba y Natasha tenía el regusto salado del sudor cuando adoptando otra postura la besé. Tumbada de lado, conmigo a su espalda, el desacompasado botar de sus tetas en cuanto volví a follarla enseguida hipnotizó la mirada de Pepe, quien había cambiado el botellín por una paja mientras nos miraba de frente. Volví a la carga, a empujar mis caderas a un ritmo más cadencioso, a colar mis brazos sobre su costado para detener por un instante el ir y venir de sus pechos. A duras penas podía mantener Natasha su pierna elevada para facilitarme el acceso, pero yo no dejaba de moverme, de sacudir mis riñones consiguiendo recorrerla entera. En un momento dado Pepe se incorporó y vino a nosotros: 

- Vaya aguante que tienes, cabrón- dijo riendo. Acto seguido acercó sus dedos al lugar donde nuestros sexos se encontraban sin cesar, comenzando a estimular la pipa de su esposa. Ella reaccionó agitándose, aproximándose a un nuevo orgasmo, el enésimo de la noche. A medida que sentía llegar su final, Pepe abandonaba el sexo de su mujer y se centraba en el suyo. Mientras, yo no dejaba de follarla, de acomodar la postura para aguantar mi espalda sobrecargada, Pepe, masturbándose cada vez más fuerte, se colocó junto a la cara de Natasha. Ella ladeo el rostro, anticipando la continuación. Cerró los ojos y apretó la boca esperando el momento en que su marido se corriera sobre ella. Mis impulsos seguían haciendo moverse sus grandes pechos en el momento que Pepe se elevó un poco sobre las rodillas para dejar caer una ligera lluvia blanca sobre la mejilla acalorada de Natasha. 

Después de que Pepe exprimiera hasta la última gota, ella se dejó caer exhausta boca arriba sobre el colchón. Aguardé unos segundos antes de seguir. Igualé sus caderas, manejé sus piernas, las elevé hasta hacer reposar sus pies en mi pecho y volví a la carga. Mi polla seguía dura; Natasha dio testimonio cuando golpeé con ella su pipa y una descarga eléctrica la recorrió de punta a punta. 

- Ah, sí, joder, qué bueno…- murmuró antes de que volviera a hundirme en su coño. Luego, cuando comencé a moverme, a doblarme sobre ella y la acción de mi rabo entrando y saliendo constantemente volvió a provocar sus efectos, se instalaron de nuevo los gemidos, los suspiros, los gritos. También las palabras de Pepe dándonos ánimos, festejando lo bien que lo hacíamos a su juicio. Poco a poco la fuerza de mis brazos se acababa, haciéndome bajar hasta fundirme con su piel, hasta mecerme con sus pechos. En su rostro el semen que acababa de soltar Pepe se iba deslizando lentamente, como a dos velocidades, dependiendo de la espesura. No iba a aguantar mucho tiempo más, y verme entre semejantes tetazas me dio una idea. Salí de su coño, me quité el condón y fui moviéndome hasta arrodillarme, las piernas separadas abarcando su cuerpo, sobre su pecho. Guie la polla con la mano hasta rozar su piel; Natasha comprendió y con sus manos juntó los pechos enterrándome en ellos. Utilicé mis últimas fuerzas para follarle las tetas. Desde que nos habíamos encontrado casi quince horas antes, sus curvas me habían resultado mareantes y adictivas. Las había intuido bajo el vestido por la mañana, las había imaginado cuando vertió agua bajo la tela, me había seducido la visión del escote cuando nos habíamos vuelto a reencontrar por la noche, y entonces, que movía las caderas en impulsos aislados y mi polla apenas si se veía entre sus carnes, no podía creer mi suerte. 

Cuando sustituí sus mamas por mi mano, Natasha imaginó que había llegado a mi tope. Necesitaba incrementar el ritmo, llevar mi polla hasta sus límites. Mi mano se movía rápido ante la expectación del matrimonio. – Córrete, dáselo todo- decía Pepe, mientras Natasha aguardaba el momento mirándome, tratando de adivinar el momento preciso a través de las pistas que ofrecía mi cuerpo, el sudor que caía por mi cuello, la vena hinchada surcando la frente y el mover de mi mano. La respiración se acelera, la dureza de los cojones se vuelve casi dolorosa, mi cuerpo, casi de manera espontánea, se eleva y cae hasta casi aplastar su pecho. No dejo de masturbarme hasta que ya no hay vuelta atrás. Entonces, apunto a sus tetas, acelero aún más el ritmo, hasta sacarle brillo a la punta de mi cipote. Y ahí, en ese marco excepcional que forman sus pechos grandes, expulso varios chorros de semen espeso y caliente que parecen dejar escrito sobre su piel “Recuerdo de San Sebastián”.