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domingo, 7 de febrero de 2021

Un sandwich y un vaso de leche

Fui un niño bueno… hasta que me dí cuenta que uno se lo pasa mucho mejor no siéndolo. A los primeros cigarros, litronas o escarceos con las chicas siguieron los porros, las borracheras semanales y las pagas gastadas en putas. Y en esas correrías era parte indispensable mi amigo Kike. Mis padres saldrían con aquello de las malas compañías, pero yo sé que no, que Dios nos crió y nosotros solitos nos juntamos. Además Kike no podría ser nunca una mala compañía. Todo lo contrario. El amigo más leal y cercano que tuve y tendré. De todas formas no creo que a mis padres les preocupase demasiado Kike; mientras en casa me comportase, mi padre pagaba mis caprichos y mis locuras de fin de semana; mi madre por su parte pensaba más en los zapatos que se compraría para tal o cual vestido que en mí. Así que yo andaba libre, a mi aire.

Con este panorama es más que comprensible que los estudios no fueran una de nuestras prioridades. Con dieciocho años repetíamos segundo de BUP por segunda vez rodeados de niños pánfilos y niñas rebotadas de un colegio de monjas. Kike y yo, figúrate. Juntos éramos el terror de las adolescentes: desvirgábamos un par cada semana, solo por joder, nunca mejor dicho. A las que de verdad queríamos follarnos les salíamos con el rollo de respetar su virginidad, su elección, tal y cual, sólo para poder destrozarles el culo o llenarles la garganta de lefa. Y funcionaba. Follábamos todo lo que podíamos, pero siempre menos de lo que nos hubiese gustado.

Un día, mis padres estaban de viaje. Una boda de algún familiar, o un entierro, qué sé yo. El caso es que entre estar dando el coñazo al profesor de turno o aprovechar que estábamos menos vigilados que nunca, elegimos lo segundo. Nos saltamos las clases de la tarde y nos fuimos a mi casa.

- Hola Daisy- dije al entrar y cruzarnos con la chica que atendía la casa. Comenzábamos a subir las escaleras del chalé camino de la habitación cuando se me ocurrió algo. – Un sándwich y un vaso de leche, ¿puede ser?- le pregunté desde lo alto. Ella afirmó.

- ¿Qué dices, no nos íbamos a beber el whiskey de tu viejo?- Kike no entendía nada.

- Después- le tranquilicé. Ese era el plan, fumar canutos y beber, hasta ponernos pedo o estar colocados, lo que llegara antes. Y tocarnos los cojones, muy posiblemente de manera literal. Cada uno los suyos, eso si.

Daisy era dominicana. Lo suficientemente joven para que mi padre la contratase y lo suficientemente fea para que mi madre no sintiese celos. Así era Daisy, joven, fea, y terriblemente vaga. Trabajaba porque no le quedaba más remedio, sino su madre la echaba del piso, y trabajaba en nuestra casa porque había poco que hacer; mi padre nunca paraba en casa, mi madre apenas comía, y ella no tenía ni que limpiar ni cocinar, podía pasarse la tarde viendo culebrones en el salón. Conmigo la relación era distinta. Tiempo atrás quería tirarme una negra, nunca me había follado una y tenía ese capricho, así que le ofrecí pasta. Aceptó, sin más. Y debió gustarle porque las siguientes veces lo hacía a cambio de un porrito o una raya de coca. Si le conseguía una joyita se volvía de complaciente…

Tan pronto entramos en mi cuarto tiramos las mochilas al suelo y nosotros nos tiramos también. Yo sobre la cama, Kike sobre la silla giratoria del escritorio. Y empezamos a liarnos unos petarditos. En esas estábamos cuando entró Daisy. Una bandeja en las manos y en la bandeja dos vasos de leche y un par de bocadillos. Avanzó hasta dejarla junto a la ventana. Kike le sonrió, yo le ofrecí una calada. Ya no salió de la habitación. Se tumbó junto a mí, justo al borde de la cama. Su culazo gordo me empujó hacia la pared. Sería por aparentar, pero mi madre se había empeñado siempre en que las chachas fueran vestidas de tal, con su cofia y todo. Y la verdad es que a Daisy el traje le sentaba como el culo. Precisamente por eso, porque tenía un culo y unas tetas espectacularmente grandes y el traje apenas le abrochaba. Aunque esto también tuviera su parte buena. Como en ese momento, que al echarse de lado en la cama, la falda se le había recogido hasta medio muslo. Así que cuando ella me arrebataba el porro de la mano para darle unas cuantas caladas, yo me tomaba la revancha posando mis manazas en su pierna. No voy a hacer apología de la drogadicción, pero la verdad es que la hierba ayudaba a relajar el ambiente. Kike apuraba el primero y nosotros encendíamos ya el segundo. Entre uno y otro yo me había sacado la camiseta y me había aproximado tanto a la espalda de Daisy que rozándose con sus nalgas mi polla comenzaba a despertar. Mi brazo colgaba sobre su cintura y ella se derretía cuando la besaba entre la nuca y el cuello. Cuando metí una mano en su traje y forzando el, sin duda cansado, sujetador dejé al descubierto una de las tetazas de Daisy, Kike debió darse cuenta que la nuestra era la clásica relación chacha-señorito salido. ¿O quería decir lo contrario? En fin, que con su teta fuera y mi muslo tratando de hacerse hueco entre sus nalgas, seguimos a lo nuestro, hablando poco y fumando mucho.

Susurré algo al oído de Daisy. Ella rió, y cuando se incorporó palmeé con ganas su culazo. A esas alturas de la película, a Kike no le sorprendió mucho verla avanzar decidida a por él. Lo habíamos hecho antes con otras, solo que a ésta no le habíamos tenido que mentir ni emborrachar primero. Ésta era de las nuestras. Kike, pues, se desparramó en su silla, abriendo al máximo las piernas para dejarle hueco, y echando hacia atrás el respaldo hasta que éste crujió. Daisy posó su mano en el paquete de mi amigo y él rió como sólo los fumaos que están a punto de recibir una mamada saben reír. Los negros y regordetes dedos de ella bajaron la cremallera y se perdieron bajo el calzoncillo. No le costó demasiado encontrar su premio. La tiene jodidamente grande el cabrón, como se la envidio. Eso y la hermana que tiene. Si yo tuviera ambas cosas sería un incestuoso convencido y practicante. Pero volviendo a aquella tarde, Daisy ya había liberado la polla de Kike, y la asía entre sus manos. Lo miraba a los ojos mientras comenzaba a tirar de la piel de su rabo. Él le echó a la cara el humo de la última calada y luego bajó su mirada. Aunque no es muy lista, Daisy lo entendió. Escupió sobre el capullo de mi amigo, meneó con fuerza el cipote, y acto seguido comenzó a tragárselo.

- ¡Ese culo arriba!- es tan vaga que tuve que gritárselo. Me daban la espalda y no veía nada. Yo, que había escrito el guión de aquella tarde. ¡Qué poco me lo agradecen! Subió el culo, sí, pero durante poco tiempo. Dos minutos después ya estaba en cuclillas cuando no arrodillada mamando sin descanso del rico palo de Kike. Me incorporé, la separé mínimamente de mi colega, le incliné el tronco hacia delante, y ya puestos le levanté la falda. Antes de irme empujé su nuca contra el vientre del placiente. Volví a mi sitio, y… eso era otra cosa. Las bragas blancas e inmensas de Daisy eran como una pantalla donde se proyectaban mis sueños. Un lienzo en blanco dispuesto a recibir chorretones. El profesor de arte hubiese estado contento si a mi mente hubiera arribado en ese momento la técnica del dripping, pero eso no lo aprendería hasta años después. En ese momento, lo único que me divertía era ver nacer diminutos puntos oscuros por la humedad que brotaba de su coño. Al cabo de un rato los diminutos puntos se habían convertido en algo así como el mapa del Caribe: una serie de islas transparentes en la blancura de aquellas bragas de algodón. Me coloqué detrás de ese culazo, me bajé el pantalón, escupí en mi mano y empecé a pajearme mientras ella seguía mamando. Al rato comencé a aburrirme de ver la pantalla en blanco.

- Bájale las bragas- pedí a Kike, y él lo hizo. Daisy estaba demasiado ocupada comiendo polla como para ayudar, así que a tientas y a tirones mi amigo fue descorriendo el telón. Su chocho hinchado y apretado fue lo primero que llamó mi atención. Luego me fijé en sus labios, grandes y surcados por pliegues, y en el hilillo de flujo que escapaba entre ellos; después en cómo se le erizaba la piel cuando mi amigo hacía chasquear sus dedos en la negrura de sus nalgas. Obediente, ella no dejaba de mamar. Sujetaba por la base, aplastándole los cojones, mientras sus labios carnosos subían y bajaban sin descanso por el duro rabo de Kike.

Me aproximé polla en ristre. El roce con sus nalgas me sirvió para comprobar que ya estaba todo lo dura que debía. Mi mano guiaba la polla a frotarse con su crecido clítoris, a abrir ligeramente unos labios que parecían ansiosos por acoger un buen rabo.

- Ay, perdón, que desconsiderado, los invitados primero- dije. Incorporé a Daisy, la llevé de la mano hasta la ventana. Aparté la bandeja con la merienda que nos había servido, y me senté de espaldas a la calle. Guié su cabeza hasta mi vientre, y dejé expuesta su retaguardia ante el más que previsible ataque de Kike. No se hizo esperar. Ahogamos el primer gemido hundiendo bien su cara contra mi rabo. Él se agarraba con fuerza a sus poderosas caderas, y después de unas cuantas idas y venidas suaves, como para calibrar el terreno, comenzaba a darle ritmo a la follada. El cuerpo doblado de Daisy se sacudía bajo sus embestidas hasta hacer chocar sus tetas colgantes con mis rodillas. Por mi parte, yo bastante tenía con retener su cara enterrada en mi entrepierna. Sólo hacía que me la dejase de chupar de vez en cuando, para que me la lamiera entera, de arriba abajo, hasta que su lengua terminara jugando en mis cojones. El roce de sus dientes en el capullo me hacía delirar. Creía que me iba a correr cada vez que su boca tragaba mi polla. Necesitaba una pausa y algo más. Me levanté, hice que Daisy se apoyara en el escritorio, y mientras salía de la habitación guiñé un ojo a Kike animándole a seguir con la faena. Me consta que así fue. El ruido de sus cuerpos al chocar se oía mientras buscaba en el mueble-bar una botella de viejo escocés. Cogí la que aparentaba ser más cara. Entré riendo con el whiskey en la mano y pedí a mi amigo que hiciera una pausa.

¿Alguna vez habéis bebido a morro directamente del cuerpo de una negra sudorosa? Sólo se me ocurre una expresión para definirlo: asquerosamente embriagador. Nos repartimos su culo: Kike el cachete izquierdo, yo el derecho. Echábamos un chorro de licor justo en ese hueco que se forma entre la cintura y el nacimiento de las nalgas, y tratábamos de atraparlo con la lengua cuando caía como una catarata por su piel. Mira que nos esforzábamos en recorrer con la lengua su trasero, pero casi todo el whiskey acababa formando un charco en el suelo. Cuando me di cuenta que el cuello de la botella era lo suficientemente largo, el siguiente paso llegó de forma natural. Abrí su coño, y le fui metiendo, con cuidado de no romperla, la botella. Medio colocados como estábamos, sólo nos dimos cuenta que habíamos olvidado cerrarla cuando el whiskey comenzó a desbordarse en el chocho de Daisy. Cambié la botella por mi boca, y tragué la bebida con los restos de flujos desglasados de su coñazo. El mejor reconstituyente posible. Vio Kike que aquello estaba rico, y también quiso probar. Así que otra vez empinamos la botella en su interior, y cuando comenzaba a rebosar, mi amigo hundió la nariz en el ojete de la chacha para que la lava del volcán de su chocho inundara su garganta.

Ella también parecía tener sed. Girada estiraba su brazo pidiéndonos la botella. Antes de darle de beber a morro, hice que chupara bien chupado el cuello recién salido de su coño. Luego hicimos un cambio; le di a Kike la botella, y yo cogí de la mano a Daisy. Me tumbé en la cama, y ella se sentó a horcajadas. Su propia mano guió mi polla. Meterla en un coño recién follado es como sentarse donde alguien acaba de levantarse: te lo encuentras caliente, con la forma de otro molde, y lleva un tiempo sentirse cómodo. Con lo acogedor que me había resultado siempre el coño de Daisy. Rosa, como la bachata que le gusta bailar, a mí me gusta tornarlo rojizo por el roce y finalmente blanco lleno de nuestras corridas. Por fin comenzaba a moverse. Sus tetas orbitaban libremente sobre mi cara. Mis manos se posaban en sus caderas, y ella se impulsaba queriéndose clavárseme más y más. Kike nos miraba desde su silla. La botella, en cada viaje más vacía, de la mano a la boca. Nosotros follábamos. Me incorporaba a morder sus pezones gruesos, su sudor llovía en mi piel; yo, ceñido entre sus piernas, ella, cabalgando sobre mí. Mis impulsos se encontraban con los suyos, para llegarnos más adentro, para clavarnos más profundo, para transmitir a todo nuestro cuerpo el placer que nacía allí adentro.

Sentí que la cama crujía bajo un nuevo peso. Kike se sumaba a la fiesta y ya había elegido dónde instalarse. Empujó la espalda de Daisy hasta que su pecho se aplastó con el mío. Yo la abracé y cesé la follada. Mi amigo aproximó el pollón que gasta al agujero trasero de la chica, y voilà, sándwich de negra. Ella apretaba los dientes mientras Kike avanzaba poco a poco. Cuando se dio por satisfecho, empezamos a movernos, por turnos. Cuando yo salía, él empujaba, cuando él retrocedía, yo tenía permiso para adentrarme en su coño. Siempre resulta extraño sentir una presencia ahí, al otro lado de una débil pared. Presa entre nuestros cuerpos Daisy sudaba como la cerda que era. La doble penetración no le dolía; únicamente se quejaba si a Kike se le iba la mano al tirar de su pelo. El resto le gustaba, tanto como para correrse un par de veces y dejarme a mí al borde por las convulsiones de su vagina.

Habíamos follado tantas veces juntos, que conocemos el aguante de cada uno. Cuando Kike me vio con los ojos en blanco, entendió que no iba a aguantar mucho más. Desmontó a Daisy, y manejando su cuerpo, la hizo sentarse sobre sus piernas en el suelo. Me incorporé, posé mi rabo sobre la boca de ella, y simplemente dejé que el mínimo roce de sus labios en mi prepucio hiciera estallar mi polla. Sin tocármela, sólo plantada sobre su carita de mirada suplicante, bañada en la blancura de su néctar, con el hálito de su boca entreabierta meciéndome el rabo y dejé que reventase, que la leche saliese disparada hacia sus ojos, su frente, su pelo… Kike por su parte se la pelaba con fuerza, como queriendo sacar fuego. Cuando me retiré, se acercó. Agarró con una mano la cabeza de Daisy mientras con la otra se pajeaba con todas sus ganas. Incontrolable, sobre su cara, sus tetazas jadeantes, el suelo, las cortinas… Kike estalló en mil chorros incoloros, mientras ella volvía a abrir los ojos muy despacio con los restos de nuestras corridas pegando sus pestañas.

domingo, 15 de noviembre de 2020

El merecido castigo

Soy un tipo normal, no me gustan los juegos de rol, los disfraces; ni siquiera me excitan los uniformes, sé de sobra que debajo te puedes encontrar personas encantadoras o auténticos gilipollas. Cuando me acuesto con una persona es porque me gusta cómo es, no le pido que cambie, y tampoco me gusta que me pidan que cambie yo. Por eso me extrañó cuando Maribel, una mujer con la que comenzaba a mantener una relación que podía ir más allá de lo sexual, me llamó diciendo que tenía una sorpresa para mí. Estábamos conociéndonos, todavía podía ignorar mi poca afición a las sorpresas, así que le di el beneficio de la duda y acudí a su casa, dónde me había citado. Al llegar la encontré como siempre, un tanto nerviosa quizás. Enseguida se excusó, marchó a su cuarto con el pretexto de terminar de prepararse “para la sorpresa” y yo me quedé solo en el salón. Supuse una cena, quizás una salida a bailar, tal vez algo que nos hiciera pasar la noche fuera. Si hubiéramos tenido una familiaridad que todavía no existía entre nosotros, tal vez hubiese encendido el televisor y me hubiera sentado a esperarla zapeando con los pies encima de la mesa baja, pero me limité a dar una vuelta por el salón y aguardarla de pie. Sobre la mesa, una bolsa de golosinas que me hizo pensar que esa era la sorpresa, que había descubierto mi único vicio en esta vida al margen del sexo. Pero no. 

Unos minutos después Maribel irrumpía en el salón vestida de colegiala. Negando con la cabeza sonreí, y ella malinterpretó mi gesto. Seguramente a otros hombres, quizás cuando yo tuve la edad de gustarme las colegialas, pero no entonces, no Maribel. Rondaría los cuarenta y cinco, un cuerpo al que le sobraban algunos kilos y un rostro al que, cuando más acostumbraba a mirarlo, esto es, después de la jornada de trabajo o después de follar, se le apreciaba el cansancio. Con una camisa blanca, el cuello levantado, los primeros botones desabrochados luciendo escote y los bajos atados con un nudo a la altura de un ombligo que distaba bastante de ser plano y perfecto, y una faldita roja con cuadros blancos que apenas si tapaba su incipiente piel de naranja, parecía sacada de un videoclip, un cómic o una película de terror de serie B. Cuando, caminando hacia mí, dio un giro demasiado teatral, el vuelo de su falda me permitió ver que sus bragas eran blancas y de algodón, detalle que no puedo asegurar si pertenecía al uniforme escogido. 

- ¿Colegiala?- pregunté retóricamente. 

- Colegiala traviesa- precisó ella. Con una palabra habíamos pasado de la categoría de disfraces, a la de juego, porque aquello era un juego; cuando rozando mi hombro con su dedo pasó junto a mí diciendo yo soy una niña mala y tu eres mi profesor, ¿me vas a castigar?, no quedaban dudas. Claro que Maribel no sabía que yo no sé jugar… 

Agarrando la bolsa de golosinas se colocó frente a mí, al otro lado de la mesa, separados por poco más de un metro. Sacó una gominola, nube, siempre la he llamado yo, un cilindro blanco y rosa de azúcar y vaya usted a saber qué, y se lo llevó a la boca. Lo apresó entre sus dientes por uno de los extremos, mientras por el otro lo sujetaba en la mano. Con el movimiento de su cabeza buscaba alargarlo, darle una impresión de algo más contundente que llevarse a la boca, hasta que, irremediablemente, la chuchería no resistía más la tensión y una porción moría entre sus fauces. Repitió la operación varias veces bajo mi atenta mirada, hasta que se terminó el dulce. 

- Me he portado mal- dijo. Quizás su juego no me terminase de gustar, su cuerpo no me congeniaba con el atuendo, con esa falda tan corta que ni enseñaba ni dejaba imaginar, sin embargo era innegable que me gustaba Maribel, su mirada capaz de deshacerme, su pecho generoso rebosante en aquel escote. Hasta que el movimiento de su mano delató la presencia, no había reparado en una piruleta con forma de corazón que sacó del borde de su falda. Asistí a la lentitud de sus gestos al desenvolverla, vi como se la llevaba a la boca, sacaba la lengua y lamía. Había captado mi atención, se entretenía chupando la piruleta, disfrutaba de su propio juego. En un momento dado dejó caer un hilillo de saliva que, mezclado con el colorante del caramelo, adquiría un tono rojizo. Esa mezcla se deslizó por su pecho, cayó por su canalillo. Retuvo el dulce en la boca y con el palo asomando por sus labios, Maribel liberó sus manos y comenzó a amasarse los pechos. Yo continuaba mirándola, atento a sus gestos destinados a excitarme, a su manera de llevarse las chucherías a la boca y morderlas o lamerlas, a sus manos soltando pausadamente los botones de su blusa. Me acerqué, la rodeé, ahora era ella la que tenía que girar la cabeza para no perderse mis movimientos. 

- Así que yo soy el profesor, ¿no?- 

- Aja- susurró ella. Mi presencia a su espalda la hacía querer mirarme. 

- Mire al frente, señorita- ordené y Maribel obedeció. - ¿Sabe usted que soy un profesor muy estricto?- pregunté sin esperar respuesta. Con un dedo levanté su falda, al bajar la vista observé que el uniforme incluía también calcetines y zapatos acharolados. Me situé delante, mis manos comenzaron a sacar su blusa, ella se ilusionaba, yo permanecía totalmente serio. – Dice que merece un castigo, muy bien, camine hasta allí-. Maribel emitió una especie de maullido y comenzó a andar hasta donde le había indicado. Me senté en una silla, ella ansiosa, permanecía de pie a mi lado. Comencé a moverla, a tocar su cuerpo sin buscar estímulos sexuales, hasta girarla completamente. Decidido le bajé las bragas. 

- Venga aquí, me parece que se merece usted unos azotes-. Coloqué su vientre sobre mis rodillas, levanté su faldita y abofeteé sus nalgas. Su cuerpo tembló pero de su boca sólo salían gemidos. La piruleta se le escapó de la boca rompiéndose en mil pedazos al contacto con el suelo. Repetí la operación varias veces. Golpeaba su trasero, aguardaba unos segundos y volvía a darle una cachetada. Su piel se coloreaba, al principio tan sólo por unos instantes, pero después el color rojizo permanecía perenne en sus nalgas entre azote y azote. - ¿Va a portarse bien o necesito sacarme el cinto?- pregunté. Su voz tímida no se escuchó bajo el sonido de un nuevo bofetón. –No la escucho, ¿va a ser una buena chica?- repetí acompañando un nuevo azote. 

- Sí- respondió ella. 

- Sí, ¿qué?- 

- Sí, señor profesor- dijo por fin. 

- Esperemos que así sea- concluí, y tras el último cachete mi mano no se levantó y comenzó a amasar su culo, con dedos que caían hacia su raja y otros que buscaban el ano. Su cuerpo no tenía la firmeza que debía acompañar al uniforme que había elegido y su trasero con principio de celulitis se plegaba a la voluntad de mis manos. Era precisamente eso lo que no me gustaba del juego, esa contradicción entre la realidad y el disfraz elegido, era por eso por lo que realmente se merecía el castigo. Ataqué primero su ano. Mojé en saliva mi dedo anular y hurgué en su trasero. Hubiera continuado hundiendo el dedo ajeno a sus quejas, pero realmente Maribel no oponía ningún reparo, como si el castigo realmente fuera merecido. Después pasé a su sexo, al principio con unas palmadas suaves sobre la vulva, luego pasando la mano marcando los labios, finalmente colando también allí mis dedos. 

Al cabo de unos minutos la incorporé; ella permanecía de pie, con solo la corta falda y el calzado como vestimenta, atenta a mi ir y venir por el salón. Agarré la bolsa de chuches, y sacando una me acerqué hasta ella. Maribel abrió la boca, pero en el último momento cambié el viaje de mi mano y fui yo el que masticó la golosina. 

- Para usted tengo otra cosa- le dije, y ofreciéndole mi mano diestra, la que acababa de hundir en su coño y en su ano, se la di para que lamiera los dedos. Así lo hizo, con suma destreza, hasta dar el brillo de la saliva a mis dedos. Una buena señorita no debería saber hacer estas cosas, muéstreme que más malas cosas ha aprendido. De rodillas- le ordené. Metida en su papel, obedeció. A esas alturas la excitación me había regalado una importante erección. De pie a su lado agarré su cabeza y la restregué contra mi cuerpo; el roce con la entrepierna nos impulsaba a los dos. Rápidamente Maribel trató de encontrar la manera de liberar mi pene, yo me resistía repasando su cara entre mis muslos, mi paquete. Finalmente dejé que soltará mi cremallera y un par de dedos hurgaran en mi calzoncillo para sacar a la luz una polla endurecida que tenía problemas para doblarse por la bragueta. Quería comenzar a mamar, pero retuve sus ansias y su cabeza por los cabellos. 

- Abra la boca- le dije. Ella cumplió mis órdenes y escupí en su garganta. Mi polla apuntaba a sus mandíbulas abiertas, pero extrañamente no tenía prisas. Esperé unos segundos y cuando menos se lo esperaba moví su cabeza bruscamente hasta que la punta tocó su campanilla. Maribel sufrió una arcada y yo volví a portarme como el profesor estricto que ella había pedido. – Así no, pórtese bien o tendré que volver a azotarla- dije mientras le propinaba un cachete. Volvió a abrir la boca, apunté y de nuevo empujé hasta que su cara se topó con mi vientre. Mantuve la polla hundida en su garganta hasta que la acumulación de babas amenazó con reventar sus mejillas. –Buena chica, ahora usted solita- le indiqué relajando la presión de mis manos en su cabeza. Maribel comenzó a tragarse mi polla. Cabeceaba frenéticamente, sin pausa. 

–Así, así…- me había metido tanto en el papel que sobreactuaba. –No utilice las manos- le pedía; ella obedecía por unos instantes pero luego la necesidad de agarrar la base del tronco le podía y volvía a rodearla con su mano. Solté el cinturón y comencé a retirarlo mientras ella no dejaba de comerme la polla. Agarré sus manos, las llevé a la espalda y traté de anudárselas con la correa. La postura era complicada pero Maribel no dejaba de mamar. – Realmente tiene usted los peores vicios, señorita, voy a tener que emplearme a fondo para corregirla-. 

La puse nuevamente en pie. A su espalda me cercioré de atar bien sus manos. El cinturón estaba dispuesto de tal manera que uno de los extremos, el que no tenía hebilla, quedaba colgando. Con él le azoté en la parte superior de su culo. Luego la hice caminar hasta topar con la mesa. Doblé su cuerpo y así quedó esperando, con la falda levantada, a que yo me terminara de desvestir. La piel de su trasero estaba erizada y enrojecida cuando acerqué la cara. Cuando me sintió ella revolvió su cuerpo, como si de verdad tuviera que comportarse como una joven obediente con su “profesor”. Decidí darle una pausa y ser yo el que hiciera el trabajo. Mi lengua surcaba su coño mientras mi nariz se hundía entre sus nalgas. Me ayudaba de las manos para separar sus cachetes y tener acceso a su sexo. Mi lengua se deleitaba adentrándose por la vagina, jugando en sus labios, tratando de acceder al clítoris escondido, subiendo hasta sorprenderla en su ano. Comí su culo y su coño hasta saciar mi hambre, hasta provocarle una catarata de gemidos y un encharcamiento de flujos en su sexo. 

Incorporándome me acerqué a su cara, se la levanté. 

- ¿Le ha gustado?- Maribel respondió con un movimiento de cabeza afirmativo. Ahora tendrá que demostrarme que de verdad quiere ser una buena chica- le dije después de besarla. Volvió a apoyar la cara en la mesa, ladeando el cuello siguió mi movimiento nuevamente hasta colocarme a su espalda. Agité mi polla unas cuantas veces hasta que recobró la dureza necesaria. Un hilo de saliva cayendo en su ano la hizo ver el siguiente paso de aquel castigo tan especial. 

- Con cuidado- pidió. 

- Silencio- le dije- si no tendré que aumentar el castigo-. Coloqué el pene en posición y comencé a empujar. Maribel retenía entre dientes un quejido y yo trataba de no excederme. Cuando el glande se coló dentro hice una pausa que ella agradeció. Después de acostumbrarnos, empecé a moverme, incrementando poco a poco el ritmo, con mis dedos fundiéndose en sus caderas. Maribel aguantaba mis embestidas, cuando la incorporé agarrándome a sus pechos protestó, un cachete en su culo la hizo callar. Volviendo a doblar su cuerpo contra la mesa se la saqué del ano y la enterré en su coño. La follé rápido, buscando proporcionarle un alivio inmediato. Ella se revolvía, trataba de liberar sus manos, de corregir la postura. El constante martilleo de mi polla la llevó pronto al orgasmo. Maribel resoplaba cuando solté el nudo de sus manos. Se incorporó levemente, me ofreció de nuevo su grupa, y yo comencé a follarla alternativamente, del ano a la vagina y vuelta a su culo. La falda de su uniforme colgaba de su cintura, sin nada que tapar, solamente era un estorbo a la hora de agarrarme a su cuerpo; sin embargo no se la quitaba, la dejaba allí como un testigo del juego y los roles que ella había elegido. Maribel aguantaba los ratos en que ocupaba su culo y el placer se le licuaba cuando la hundía en su coño. 

Tenía la polla a reventar cuando se la saqué. Giré el cuerpo de Maribel y la hice arrodillarse. Sin pedírselo colocó las manos a la espalda y abrió la boca. Manipulé su cara haciéndola chupar unos segundos, luego pasé a masturbarme con todas mis fuerzas. Obediente, ella aguardó hasta que el semen empezó a caer sobre su frente, sus mejillas, su lengua a medio sacar… 

- ¿Ha aprendido la lección señorita?-. 

- …-. 

- ¿Va a volver a ser una chica mala?-. Maribel hizo un gesto con la cabeza que todavía no he conseguido interpretar, no sé si el castigo corrigió su comportamiento o seguirá con sus travesuras.

domingo, 9 de agosto de 2020

Hazme tu puta

 Nunca debió pronunciar aquellas tres palabras. Lo sabe ella y lo sé yo. El resto de la gente la puede ver cansada, demacrada incluso, pero feliz, y nunca adivinarían que le estoy dando la mala vida que una noche de placentero sexo ella me pidió al susurrar entre gemidos a mi oído “hazme tu puta”. 

- ¿Lo pasamos bien anoche, eh?- le pregunté a la mañana siguiente. Su respuesta fue un ronroneo. Sonreí, tenía la actitud. – Me pediste una cosa… ¿estás segura de que es lo que quieres?- volví a preguntarle. Ella se puso seria y me miró: - Si, es lo que deseo- dijo, y allí mismo, tirados en el suelo de la cocina volvimos a follar.

Por aquel entonces ella ya estaba totalmente enamorada, redundantemente entregada a mí, y aunque creía conocerme, no podía imaginar la perversidad que se escondía en los recovecos más recónditos de mi mente. Los juegos, los retos, las fronteras físicas nunca antes traspasadas en su cuerpo, el exhibicionismo, el cuero, las pinzas y las fustas, el intercambio y hasta cederla a cambio de dinero haciendo literal su petición… Habíamos seguidos todos y cada uno de los pasos de un camino sin retorno posible y en el que el final no se acertaba a divisar.

Hasta aquella fría noche de invierno. Subió al coche y dócilmente se dejó vendar los ojos. Bajo su largo abrigo de piel, su cuerpo desnudo, unas medias negras y sus botas altas. Sabía lo que le aguardaba aunque la velada fuera improvisada hasta para mí. Otras veces sus amantes la esperaban impacientes, los reservados estaban alquilados y las otras mujeres, previamente pagadas. Esta vez no. Esta vez circulamos a baja velocidad por las carreteras de la ciudad. Sólo tenía que encontrar el lugar, el resto lo conseguiría el cuerpo de Julia. Giramos sin prisa por unas calles desiertas en las que el agua que brotaba de los camiones de la limpieza se convertía, por lugares, en finas capas de hielo. Por fin lo encontré. Después de vueltas y más vueltas di con el lugar que mi imaginación había soñado. Solté su cinturón de seguridad, comprobé que sus ojos seguían convenientemente tapados y entonces le pregunté:

- Cariño, ¿confías en mí?-.

- Si, ya sabes que siempre lo he hecho- respondió tranquila, plena de seguridad. Bien, entonces puedo proceder. Deslicé su abrigo y descubrí sus hombros desnudos. Bajé la guantera, agarré sus manos, las llevé a la espalda y las até con unas bridas que llevaban mucho tiempo esperando en el coche y volví a cubrir su desnudez con el abrigo. Acto seguido apagué el motor. Frente a nosotros un puente bajo la autovía, una pared llena de grafitis, una pequeña hoguera y dos bultos tendidos en el suelo. La intensidad de los faros hizo incorporarse a una de esas sombras. El brazo cruzado sobre los ojos, protegiéndose de la luz que lo acababa de despertar, miraba el coche. Cuando me vio salir, poco más que una silueta en la oscuridad, corrió a zarandear al otro cuerpo que dormía a su lado buscando auxilio. Rodeé el coche por su parte delantera, mi sombra se proyectó en la pared. Llegué al puesto de copiloto y abrí la puerta. Julia movió sus piernas y yo le ayudé a salir. Mi brazo la sujetó en los dos pasos que dio sobre el piso irregular. Luego yo me detuve y ella me imitó. Los dos bultos se habían puesto en pie, y ante mis ojos era reconocible la silueta de dos hombres. Cansados, envejecidos, sucios, dos hombres de edad indeterminada y cuerpos vulgares. Dos hombres derrotados por la vida que pasaban sus días entre cartones, ropa ajada y mal olor. Eso era exactamente lo que quería para Julia.

Retiré el abrigo y el cuerpo de mi mujer se les ofreció desnudo. Atónitos miraban su piel blanca, su cuerpo escultural, sus facciones suaves, su pubis imberbe, sus medias de primera marca… Yo miraba su reacción mientras me alejaba con el abrigo de Julia hacia el coche. Con un gesto de la mano les indiqué que era toda suya. Durante unos segundos la noche pareció transformarse en una partida de ajedrez en la que hasta el movimiento más sencillo hay que estudiarlo con detenimiento. Yo les miraba, y ellos me devolvían una mirada llena de sorpresa. Mientras, Julia aguardaba erguida y tranquila a medio camino como la pieza que era en aquella partida. Como dos ratones escarmentados por las descargas de la vida, dudaban si debían acercarse a degustar el trozo de queso que se les ofrecía. Un pausado gesto afirmativo por mi parte les terminó de convencer de que la vida por fin les recompensaba.

Se acercaron todavía temerosos, quizás de las manos ocultas de Julia. Por eso antes de tocarla la rodearon y no vieron más que su espalda desnuda y pecosa, su trasero perfecto y unas manos atadas e indefensas. Sólo entonces se decidieron a clavar sus garras en el cuerpo de mi esposa. Ella gimió y una sensación de satisfacción acudió a mi mente. Ellos, una vez convencidos, no se andaban con rodeos: sus cuatro manos apretaban ya su pecho, su vientre. Uno, más diligente, llevó directamente la mano a la entrepierna de Julia; ella se quejó, y él apretó con más fuerza. Su boca, su cuello, todo su torso y hasta sus muslos, no hubo centímetro cuadrado de la blanca piel de mi puta que ellos no recorrieran. Sin embargo, ni descubrieron sus ojos ni desataron sus manos; la querían frágil y sumisa, como yo por otra parte. 

Sus manos atrayendo el cuerpo de Julia provocaron un traspié y que ella cayera al suelo. Ellos se abalanzaron  como dos fieras sobre su presa. Uno, el más joven, seguía tocando, el otro trataba de liberarse de su pantalón. Yo, lejos de auxiliarla, me senté sobre el capó todavía caliente de nuestro vehículo de alta gama. Mientras el segundo de los hombres trataba cómicamente de sacarse los pantalones que se le habían enganchado en los zapatos, el más diligente ya rozaba con su sexo la piel de mi esposa. Giró su cuello, y una masa informe se restregó sobre el cuidado cutis de Julia. Yo me acomodé y con dos dedos bajé lento la cremallera de mi pantalón. El otro hombre, cuando por fin se liberó de sus ropas, y viendo que se le habían adelantado, se contentó con pasear sus manos por la carnosa realidad en la que se habían transformado aquella madrugada sus mejores sueños. Contemplando la escena, viendo cumplido una vez más el deseo de Julia, la excitación me iba ganando. Aunque uno acertara rara vez en sus embestidas con la boca de mi esposa, aunque el otro no concentrara sus esfuerzos en alguno de los múltiples puntos sensibles de su anatomía… No importaban los medios para cumplir el fin último.

Tal vez se quería vengar de la sociedad sobre el inocente cuerpo de Julia, tal vez sólo quería provocarle dolor, pero el más decidido de los dos, cuando se cansó de atacar su boca, fue directo a su ano. Tendido de costado a su espalda, sus piernas patearon las de mi esposa hasta que ella adoptó la posición que él buscaba. Entonces presionó. Sus ojos casi saliéndosele de las órbitas y su risa escandalosa me indicaron que ya estaba dentro. Julia no gritó. Para ella hace mucho que el dolor físico es una barrera superada y aceptada, aunque tampoco hubiera podido hacerlo, y es que el segundo hombre, arrodillado junto a su cara le ofrecía su muslo como almohada mientras guiando su cabeza la obligaba a mamar. Una de sus manos sobre el rostro de Julia terminó por hacer caer la satinada banda negra que velaba la mirada de mi puta. Sé perfectamente lo que sintió al ver en primer plano ese vientre flácido, ese cuerpo sucio y cansado, esa mirada aviesa y esa sonrisa incompleta. Me miró y sus ojos adquirieron un brillo especial al comprobar que me masturbaba deliciosamente lento contemplándola entregada a aquellos dos mendigos. 

La delicadeza no era el fuerte de aquellos dos hombres. Sus manos agarraban el cuerpo de Julia como quien agarra un palo. Quizás debía ser así. Un pequeño reguero de sangre nacía del codo de mi esposa, sus medias estaban rotas y sus botas manchadas de barro, mientras ellos, cada uno en su parcela, se movían ávidamente, tratando de aprovechar el tiempo antes de que la vida se les volviera calabaza. Julia, paciente, les dejaba hacer y ellos, envalentonados, seguían penetrándola. Su boca, su trasero, todo su cuerpo era presa de la codicia de aquellos dos sin techo. El que, por su barba cana aparentaba más edad, el que más decidido parecía, se montó sobre las caderas de mi esposa, obligándola a rodar sobre el suelo hasta quedar boca abajo. Hizo una breve pausa, como si quisiera comprobar que seguía hundido en el culo de Julia, y volvió a moverse. Sus gestos impulsivos, la tensión de sus músculos, sus gruñidos casi animales… todo hacía indicar que le era imposible contener el final. Segundos después el cuerpo de Julia se agitaba bajo su peso, y la sonora carcajada de aquel hombre me hizo entender que su semen manchaba ya el ano de mi esposa. 

Detuve mi paja y me acerqué. Pasé a su lado cuando la respiración del primero era todavía fatigada y el otro buscaba de nuevo la boca de Julia. Llegué hasta el rincón junto a la pared donde dormitaban ellos cuando llegamos. La suciedad y el olor a orín eran insoportables. Entre cartones gastados, briks de vino peleón y trastos viejos, vi un colchón. Húmedo y raído, lo arrastré hasta ponerlo frente a los faros, siempre encendidos, de nuestro coche. Lo que siguiera lo quería ver mejor iluminado. De vuelta en mi improvisada butaca, les hice ver que continuaran allí. Ellos arrastraron a Julia con los mismos pocos miramientos que yo había tenido con su cama. Cayó boca arriba, aunque sus brazos siempre atados le impedían apoyar la espalda con comodidad. De inmediato los dos hombres se dispusieron a continuar con su inesperado banquete. Sus manos forzaban a abrirse unas piernas que ella no pensaba cerrar. En ese momento empezaron a discutir: ninguno quería ceder el turno. Se gritaron algo en un idioma extranjero, Julia los miraba entre temerosa e impaciente, y yo permanecía alerta por si su pelea anulaba nuestros planes. Al final se impuso el más mayor, aunque acababa de correrse en el culo de mi esposa, quería follársela de nuevo. Se colocó entre sus piernas y empujó. Una, dos, varias veces, hasta que comprobó que le era imposible una nueva erección. Entonces el otro aprovechó su momento. Con un empujón lo quitó de en medio, haciéndole caer sobre la pierna de Julia primero, y después sobre la tierra. Julia se quejó, él, volvió a reír a carcajadas. Después se alejó hacia sus cartones, donde se tumbó con un envase de vino en la mano dispuesto a contemplar la escena.

Quien sabe, quizás fuese más joven, pero su cuerpo castigado aparentaba algo más de cuarenta. Miró a Julia y se agachó sobre ella. Las sombras se proyectaban sobre el gris cemento de la pared. Palpó sus pechos, su mano recorrió el vientre de mi esposa, luego levantó sus caderas y se tumbó sobre Julia. Cuando él comenzó a moverse, yo volví a masturbarme. Suave, sin prisas, con apenas un par de dedos, mis manos protegidas del frío con un par de guantes negros, se movían arriba y abajo contemplando como a apenas un par de metros Julia se entregaba al segundo de sus machos de ocasión. Trajeado, sentado sobre el capó de un deportivo oscuro, con únicamente los cojones y la polla erecta asomando por la apertura de la cremallera, lucía como el perfecto sádico que pretendía. Al otro lado de las pequeñas llamas de la hoguera que les calentaba la noche, el mayor de los mendigos, me miraba, y moviendo la cabeza en gesto de negación, quizás incapaz de comprenderme, volvía a beber de su vino. Entre nosotros, sobre ese colchón viejo y sucio Julia yacía bajo los impulsos del segundo de los hombres. En la oscuridad de la noche el detalle podía haberme pasado desapercibido, y observándolos, me preguntaba si aquel que se movía sobre el cuerpo de mi esposa, tenía un buen pene o  sabía hacer bien el amor, pues hacía un rato ya que Julia rodeaba con sus piernas el cuerpo del hombre. Apostaría que si no tuviera las manos atadas lo abrazaría acariciando su pelo, jugando en sus orejas y clavándole las uñas en la espalda como hace conmigo cuando follando le arranco un orgasmo. Se movía pues lento, buscando sus pechos, abrazando su cuerpo, ahora que mis manos adquirían velocidad. Se erguía y volvía a caer, incansable, sobre el vientre de Julia, provocando un eco hueco que sólo de vez en cuando un coche despistado rompía circulando por la autovía ajeno a la cruda realidad del túnel. Viendo cómo mi puta se dejaba follar, mi mente se recreaba, y la sangre se concentraba en las cavidades de mi polla provocándome una erección total. Cuando los gemidos de Julia se agudizaron, yo aceleré también los movimientos de mi mano. Él subía y bajaba, hundiendo su pene en el coño de Julia, y mi mano bajaba y subía, acercándome más y más al fin. Sentí la dureza en mis testículos, y el semen dispuesto a salir, detuve mi paja y dejé que mi verga explotara en cuatro tiempos, dejando que el blanco de mi leche se convirtiera en un pastoso charco a mis pies. Mientras me corría contemplaba lo feliz que era Julia bajo su hombre.

No había reparado que, mientras recomponía mi figura tras la eyaculación, el hombre más mayor se había incorporado y caminaba desnudo con su envase de vino en la mano hacia Julia y el otro hombre, que seguían follando. Se detuvo frente a ellos, y mirándolos, comenzó a orinar. Julia gritó sobresaltada alejándose, el otro le gritó algo en su idioma, y el viejo reía mostrando su sonrisa sin dientes. Les habían interrumpido y eso lo iba a pagar Julia. Como si fuese otro hombre el que segundos atrás se la follaba tierna y pausadamente, el más joven agarró a mi esposa de los pelos, la arrodilló sobre las piedras, y situándose frente a ella la obligó a abrir la boca. Tan pronto como los labios de mi esposa se separaron, él coló su pene. Empujó la nuca de Julia hasta que ella tuvo una arcada, y repitió la acción tres o cuatro veces. Luego, colocó su polla junto a los labios de mi puta, y masturbándose como yo había hecho, se corrió abundantemente sobre el rostro, el pelo y el pecho de Julia. El otro tiró su vino, y con la polla flácida también busco la boca de Julia. La expresión de su cara cuando fui a dar por finalizada la noche, todavía tenía reflejada el amargor de la orina.

Abrí la puerta trasera. Julia se había tenido que apoyar en mí para caminar los pocos metros que nos separaban del coche. Rompí las ligaduras de sus muñecas y ella se tendió extenuada sobre la tapicería. Sus medias estaban rotas, su pelo sucio y despeinado, sangre reseca manchaba sus codos y rodillas, el semen todavía fresco estaba repartido un poco por todas partes de su cuerpo, y aún así la sabía feliz por haber cumplido mi fantasía y su fantasía.

- Señores, por las molestias, muchas gracias- dije volviendo a ellos y mientras arrojaba un billete mediano al colchón sucio y maloliente sobre el que se habían follado a Julia.- Pasen ustedes buena noche-. Cuando me di media vuelta, se peleaban por el dinero como antes se habían peleado por tirarse a mi puta. 

miércoles, 27 de mayo de 2020

Habitación 415

- Ah, sí, joder… dame duro cabrón, fóllame…- me sorprendo a mí misma gritando exaltada a cuatro patas sobre la cama sin deshacer del recepcionista de un hotel en el que ya sé que no pasaré la noche. Él se agarra con fuerza a la parte más carnosa de mis caderas, suelta una especie de gruñido y se empeña en descubrir mis límites.

Cuando comenzó la mañana ni siquiera podía sospechar el transcurrir de la noche. Todo había sido tan formal, siguiendo los pasos pautados, los horarios de charlas, coloquios y conferencias, las presentaciones de estudios, las comidas, los grupos de trabajo. Un congreso médico me había hecho llegar sola, con otros doctores de mi entorno a los que conocía, pero sola, hasta aquella ciudad del norte. Todo había sido tan reglado que cuando llegó la tarde y el grupo de especialistas en enfermedades cerebrovasculares del que formaba parte debía acudir a una cena en un restaurante con estrella, yo estaba saturada. No quería hablar más de pacientes, de medicamentos, de descubrimientos, no quería volver a ver las mismas caras, aunque fuera en otro entorno. No sabía exactamente lo que quería, pero que por favor pararan de seguir marcándome los tiempos y el camino.

- ¿Un miércoles, en Donosti?- la cara del recepcionista del hotel en el que me alojo es propia del que se enfrenta a un desafío matemático de dimensiones colosales. Cuando bajé a la recepción y le hice ver que no conocía la ciudad, presto arrancó un mapa del taco que había sobre el mostrador, lo colocó para que yo lo viera, agarró un bolígrafo y empezó a señalar, comenzando por la ubicación del hotel, los puntos de interés. Esos ya los conocía, en uno de los descansos del congreso nos habían hecho un tour en autobús turístico, yo quería otra cosa, por eso le interrumpí y se lo pregunté más directamente: ¿dónde puedo salir a tomar algo, una zona dónde haya buen ambiente? Viendo su cara de extrañeza me fijo en sus ojos color miel, y en cómo, sin querer quererlo, éstos bajan irremediablemente hasta perderse en el escote de mi blusa ligeramente abierta.

-Sí Álex,- me he fijado en el nombre que aparece en la plaquita de su uniforme junto a los idiomas en los que me puede atender- un lugar en el que te pudiera encontrar a ti, por ejemplo- digo. Balbucea, es tímido pero profesional, me mira a la cara, trata de sonreír aunque su rostro comienza a ponerse colorado.

- ¿El bar del hotel?- sugiere. Yo ladeo la cabeza; muy profesional, su jefe estará encantado con esa visión comercial de que los huéspedes sigan consumiendo en el hotel, pero yo no he aguantado un día de charlas aburridas, no he renunciado a una cena en un lugar de prestigio para acabar la noche en un desierto bar de hotel. -Termino mi turno en media hora- dice él bajando la voz para que no se entere su compañero que merodea por allí y yo me siento desarmada.

Si me hubiera guiñado el ojo después de decir la frase no estaría aquí, sentada en un taburete acolchado frente a unos estantes repletos de botellas y apoyada en una barra tras la que una camarera, a falta de nada mejor que hacer, se afana en secar unas copas que ya han salido secas del lavavajillas. Pensé en pedir lo mismo que pidiera el cliente anterior, pero aquí no hay nadie; o bien el recepcionista no es tan convincente con otros como lo ha sido conmigo o los cócteles no son gran cosa. Al final pido un Cosmopolitan, al primer sorbo me doy cuenta de que he sido poco osada y pienso. Pienso en que no quiero un chulo pretencioso, uno al que le baste una sonrisa y una mirada para cautivar a cualquiera. Yo no soy cualquiera. Por eso me ha gustado él, porque ha dudado, porque en su reglamento estará prohibidísimo liarse con las clientas y él respeta las reglas, porque con el corazón acelerado ha valorado los pros y los contras, las posibles consecuencias y finalmente he ganado yo, con una voz melosa y un botón de mi camisa entreabierto como todo armamento. Por eso y por sus ojos color miel, que, lejos de ser empalagosos, se ha detenido un instante todavía en mi escote antes de huir al verse descubiertos.

Mientras yo tomaba mi copa apareció por la misma puerta por la que yo había entrado. Caminaba subiéndose la cremallera de una cazadora y en la mano llevaba un casco. Cuando lo vi apuré la bebida. Pasó sin decirme nada, un ligero movimiento de cabeza fue toda la señal que me hizo. Afortunadamente ya había pagado y pude caminar apresurada tras él. Cuando salí a la calle y el frío húmedo me golpeó me apresuré en buscarlo en la oscuridad. El faro trasero rojo de una moto me indicó la dirección. Nos volvimos a mirar. Ahora ya, sin las correcciones que le impone el cargo, su mirada me recorrió entera; soy algo mayor que él, tengo un buen tipo pero tampoco soy la mujer más bella del planeta, morena, pelo liso y sólo una ligera ondulación al final de la melena, tez mate, ojos oscuros. Me somete a juicio, lo sé; la sentencia llega en forma de beso en el que sus dientes tiran débilmente de mi labio inferior. Luego toma el casco integral, me lo coloca y al bajar la visera y rozar mi piel, una descarga recorre mi cuerpo indicándome que no me he equivocado.

El contacto físico ha comenzado en su moto. La excusa ha sido el frío en mis manos, por eso las he colado bajo sus ropas al rodear su cuerpo. En un semáforo él ha echado la mano a mi espalda, quizás algo más abajo, y me ha empujado hacia delante apretándome contra él. El viaje ha sido corto, algo menos de cinco minutos. Al parar apenas me habla, entro en el ascensor todavía quitándome el casco. Mira mi reflejo en el espejo y sonríe. Está a mi espalda, es alto, bastante alto, por encima del metro noventa seguro, con una anchura de hombros nada exagerada y quizás le falte algún kilo de músculo. Echo mi cabeza hacia atrás y el baja la suya. Me besa en la nuca, detrás de las orejas, no tiene prisa por llegar a mi boca. Me rodea por el vientre con su brazo cuando sabe que el ascensor va a llegar a la planta indicada. Me gira y yo me sorprendo. Me hace caminar delante suyo, casi subida a sus zapatos. Siento el calor de su cuerpo un poco por encima de mi trasero. Abre la puerta, pasamos, deja los cascos y las llaves en una mesa, se quita la cazadora con parsimonia, vuelve hacia mí y yo recibo a su boca sacando la lengua para jugar a trabarse con la suya.

Mis manos bajo su ropa en la moto han adelantado en parte el trabajo: los bajos de su camisa ya están fuera del pantalón. Él se saca el jersey y yo comienzo a desabotonar. Encuentro un cuerpo esbelto, poco musculado y nada de grasa, y un pecho con algo de pelo del que enseguida tiro con mis dientes. Mi boca pasa por sus pectorales y los pezones se le endurecen. Mis dedos se calientan en la piel de su vientre. Una línea de vello se adivina por debajo del ombligo, trato de seguir su recorrido, de colar la yema de mis dedos bajo su pantalón, su calzoncillo.

- No tengas prisa, tenemos toda la noche- me detiene. A cambio se separa unos pocos centímetros de mí, vuelve a doblar su cintura y me besa varias veces, de una manera que no sabría describir, como aumentando el deseo cada vez que sus labios vuelven a los míos. Tras el último me sorprendo de puntillas, persiguiendo su boca que se aleja. Llega el turno de sus manos. Mi abrigo se quedó en la habitación del hotel, sólo tiene que soltarme la blusa, bajarme la falda. Incluso le pediría que no lo hiciera, que comprobara cuanto antes con su mano entre mis muslos que yo ya estoy lista. Pero no. Se mueve lento, dándole a cada movimiento su medida. Al quedar con la blusa abierta se aparta, como un pintor que observara su obra. Sus manos aprietan repentinamente mis pechos todavía con el sujetador puesto. Llevo un conjunto de lencería negro que enseguida ciega sus ojos, en cuanto él se agacha para comerme las tetas. Siento sus besos, su saliva, mis pezones tan sensibles y la piel de mis areolas erizándose. Al cabo de unos segundos una teta escapa del sostén y el la atrapa al vuelo con la boca. Mama saciando su hambre, alimentando la mía. Cierro los ojos y gimo.

Sus manos son grandes, han sido capaces de abarcar mis generosos pechos, decididas y yo me dejo hacer; me ha cogido en volandas y me ha girado. Abro los ojos un instante para ver un armario como todo horizonte. Lo siento a mi espalda, su respiración sobrevolando mi cabeza ligeramente inclinada hacia delante, sus dedos nerviosos en el cierre de mi falda. Cuando por fin aquella cae, quiero sentir sus dedos deslizando mis braguitas, pero a cambio siento una bocanada de aire caliente y húmedo sobre mi sexo. Se ha agachado, ha hundido la cabeza entre mis nalgas. Las ganas le hacen cabecear, querer llegar con su boca a todos los rincones. La tela y yo nos plegamos a sus movimientos. Yo estiro los brazos, bajo la cabeza para mirar al suelo y saco el trasero para ayudarlo en sus movimientos; la braguita se pega a mis labios, se aprisiona en la raja del culo. Siento sus manos agarrándose a mis caderas y el cosquilleo de su lengua y sus dientes sobre la ropa. Cuando por fin se decide a dar un paso más en su tortura y la braga queda anclada por debajo de mis rodillas, él se contorsiona, cuela su cabeza entre los muslos y siento su frente apoyándose en mi monte de Venus.

- Déjate caer- me dice, y yo cumplo sus órdenes. Flexiono las piernas y sus brazos aguantan mi peso. Tiene la cara contra mi coño, siento que sus espiraciones calientes me lo incendian aún más. Su lengua enseguida trata de controlar el incendio, abre mis labios, se adentra ligeramente en mi vagina y al salir remata en mi clítoris. Incansablemente, siempre su lengua aleteando en mis labios, bebiendo de mí, y de vez en cuando un movimiento de lado a lado de la cabeza restregándose, sorbiéndome, que a mí me hacía gritar

- Sí, joder, que bueno, síiii…-. Mi coño está empapado, adoro el ir y venir de su lengua por mi concha pero necesito algo más duro. -Fóllame, cabrón, fóllame- le digo. Su respuesta no me la podía esperar.

-No me des órdenes, zorra- dice, y entre cada una de las palabras azota con sus grandes manos una de mis nalgas. El remate es agarrármelas con ambas manos y sacudirlas hasta que me tiembla todo el cuerpo. Después sale de entre mis piernas pero no se levanta. Giro apenas la cabeza para verlo arrodillado ante mi trasero. Me ha mantenido los tacones para que quede justo a la altura de su cara. Sus dedos separan mis cachetes y escupe en mi ano. Inmediatamente siento la punta de su lengua hurgando en él y yo me derrito. Me dejo hacer, me entrego definitivamente a su voluntad, aquello es lo mejor que he sentido en años. Mientras él se entretiene en mi ano yo sólo soy capaz de gemir mientras mi coño se desborda de nuevo.

No me da tiempo de echar de menos su lengua en mi trasero. Su cuerpo se pega al mío, lo empuja contra el armario que tengo enfrente. Mueve mis manos, me hace subirlas y separarlas. Roza mis tetas que oscilan en el vacío. Diría que me va a cachear, pero es como si atacara directamente con la porra.

- Aaaah- grito. Me la ha clavado entera sin avisar y la tiene más grande de lo previsto.

- ¿No querías que te follara?- me reta. Apenas soy capaz de balbucear un sí. -Dime, ¿no querías que te follara?- insiste.

- Sí, fóllame, fóllame como a una puta- digo yo fuera de mí. Él sonríe de una manera particular, cortando bruscamente la respiración nasal, como bufando. Uno de sus brazos me rodea, justo por debajo de los pechos, su otra mano se desliza por mi pelo y acaba haciéndome girar la cara. Él acerca la suya, saca la lengua y me lame el lateral, desde el mentón hasta las patas de gallo. Inmediatamente comienza a martillearme frenéticamente. Su polla apenas se retira y ya está de nuevo llegando lo más arriba posible. Siento sus huevos oscilando, golpeándome en los labios, una y otra vez, constantemente. Separo una mano de la pared y la llevo a mi pipa para acelerar el fin. Me corro y una descarga eléctrica me recorre entera hasta hacerme trastabillar de mis tacones.

Álex me coge en andas. Sus brazos son largos y mi cuerpo se hace un ovillo, de un manotazo hace caer los zapatos que resuenan al tocar el suelo. Mientras camina conmigo en volandas veo el ondear del mástil de su entrepierna. Me enrosco en su cuello para facilitarle el abrir la puerta, pasamos a su habitación, simple, moderna. Me deja en la cama, yo me pongo a cuatro patas y él me suelta un cachetazo que, por cómo suena y la onda expansiva que provoca en mi cuerpo, ha tenido que dejar una buena rojez. Ronroneo.

- ¿Te gusta, eh?- pregunta retóricamente. Mi respuesta es una especie de maullido, y su reacción es otro manotazo en la misma nalga que hace que me pique todo el culo. Lo siento subirse a la cama, doblar las piernas, adaptarse a mi postura. Acerca su polla pero no me la clava, no todavía. Abre con ella mis labios, recorre mi raja.

- Métemela, por dios, métemela ya- suplico. Esta vez el castigo de su mano es en la otra nalga. Golpea con su pene endurecido mi coño, tres, cuatro, cinco veces, haciendo que mi cuerpo se estremezca. Sólo después me la mete. Yo gimo de gusto. Sus manos se anclan a mis hombros, tira de mí cada vez que sus impulsos me empujan hacia delante. Me monta como a una yegua. Yo, lejos de hacerme dócil, pido más guerra. -Así, hijo de puta, así, destrózame el coño- grito para elevarme sobre el crujido que nuestro traqueteo provoca en la cama. Agarra mi pelo, tira de él hasta hacer una cola en su mano; lo usa de riendas mientras no para de cabalgarme. Su pollón en cada embestida me rellena, me sacia. La tiene larga y gorda, quizás con una cabeza más gruesa lo sintiese mejor, pero es efectivo. Mis ansias hacen que enseguida el coño me chorree. Me corro y no me da tregua. Su mano tira de mis cabellos, me hace elevar la cabeza o bien me la hunde en el edredón. Después de una tanda intensa en la que parece que va a partirme en dos, me concede una pausa.

Apenas son segundos, él adopta una postura más cómoda, arrodillado sobre el colchón, yo permanezco a cuatro patas, mientras él, con una ternura inesperada, me besa suavemente en una nalga, justo dónde instantes antes me había azotado. Después vuelve a las andadas.
- Aaaaaaah- no puedo más que gemir cada vez que su polla vuelve a entrar en mí. La saca entera para luego volver a enterrarla, varias veces. El chocho se me vuelve a licuar cuando me la mete y reposa. A continuación comienza a follarme lento, agarrándose a mis costados. Me gusta pero pido más. Sus manos aprietan mi carne hasta hacerme aparecer un michelín en la parte más baja de la espalda, allí donde antes sólo había hueso, e incrementa el ritmo. - Ah, sí, joder… dame duro cabrón, fóllame…-. Cuando quiere vuelca su cuerpo sobre mi espalda y me hace caer de bruces sobre la cama. Como en el impacto no se le ha partido la polla, vuelve a barrenarme. Agarra mis manos, las mueve a su antojo, las estira, hace que entrelacemos los dedos. Mi cuerpo, preso entre el suyo y el colchón no sabe si elevarse y facilitarle la tarea o frotarse contra el edredón. Imagino sus caderas retirándose mínimamente y volviendo a empujar sin pausa. Siento llegar un nuevo orgasmo, se lo digo, lo grito. Me corro. Él insiste, su polla me colma. Cuando a él su resistencia está a punto de agotársele se da cuenta que no lleva condón y me la retira con prisas: mi coño sudoroso y mi culo reciben un baño de su leche.

- Ya- me dice. Me había pedido que no me moviera y después del orgasmo y con el cuerpo todavía agitado no puedo más que seguir sus órdenes. Ha limpiado cuidadosamente mi piel, eliminando los restos de su corrida, aunque mucho me temo que hemos manchado la colcha. Deshace la cama y yo me cuelo dentro. Cuando él regresa del cuarto de baño me imita. Se pone a mi espalda, le gusta sentir el contacto de mi culo, y se abraza a mí. Mi mano agarra su polla y comienzo a masturbarlo.

- Eres insaciable, ¿eh?- pregunta riendo.

- Hoy sí- respondo muy seria.

- Dame diez minutos y seguimos-. No me queda otra que aceptar a regañadientes.

Tal vez pretendía hacerse el gracioso cuando deshaciendo el abrazo se cubre con la sábana como un fantasma, pero yo en esa madrugada no soy fácil de asustar. No rio su gracia, tan sólo me fijo en su pene, al que el gesto de su cuerpo dota de un movimiento pendular; lleva los huevos afeitados y el vello recortado por encima. Es la primera vez que la veo tan cerca. Cuando mis dedos la acarician, él se olvida de jugar a fantasmas y mira el saber hacer de mi mano en su polla. La estiro, la reciente corrida hace emerger fácilmente el capullo. No me dice nada, pero mueve su cuerpo hasta sentarse casi sobre mis tetas. Yo entiendo lo que quiere. Me llevo la punta a la boca y mi lengua lame. Ahora es él el que gime. Se eleva y se acerca para facilitarme la tarea, incluso sostiene mi cabeza mientras su glande conoce mis dientes. Mi boca hace crecer su rabo y los dos nos enorgullecemos, él de su tamaño, yo de mi maestría comiendo polla. Con las rodillas apoyadas en la cama justo a la altura de mis pechos, su cuerpo enmarca el mío. No podría escaparme de él, pero ni me planteo intentarlo. Mi boca sigue chupando, mis manos sostienen su rabo orientándolo hacia mi boca. Agarra una de mis manos y me hace sobarle los cojones. Al cabo de unos minutos sabe que su polla no crecerá más pero me deja que siga mamando, incluso su mano en mi nuca fuerza mi cuello para ver hasta dónde soy capaz de tragar. Luego se retira.

- Ay, sí, me encanta cómo me lo haces Álex, no pares-. Desnuda y tendida sobre la cama, mi mirada asciende y desciende alternativamente por su cuerpo. Me gusta mirar su cara, la vena que se le hincha en la frente, el gesto de concentración para no acabar antes de tiempo y el empeño que pone en satisfacerme, pero también sus brazos reteniendo elevada una de mis piernas, su vientre plano, el movimiento de su cadera. Me la ha vuelto a clavar y yo casi me corro en el acto. Me encanta sentir las idas y venidas de su polla en mi coño, su mano aplastando mi vientre para reforzar mis sensaciones, la dureza de los pezones cuando llevo mi mano y me los estimulo para que ese qué sé yo se extienda por todo mi cuerpo.

Deja caer mi pierna y se tiende sobre mí. Apenas se levanta sobre los brazos, busca mi cara con la suya. Lo beso y cuando retira los labios me pide que no cierre la boca. Me escupe. No debería, pero me excita. Le pido que lo vuelva a hacer y finalmente él accede a mis súplicas. Con él no soy yo y me gusta. Lo abofeteo. El ríe y me castiga con una serie de pollazos duros que me llevan de nuevo al orgasmo. Luego, tras resistir las convulsiones de mi cuerpo, vuelve a follarme. Sube o baja el ritmo, le gusta torturarme, que le pida más, que me muestre exigente y que cuando él me da lo que he pedido me vuelva inocente de golpe y le reclame que pare porque me mata de gusto.

Apoya su frente en la mía, nuestras miradas compiten a ver cuál va más cargada de deseo. Más que besarnos nos arrancamos los labios en morreos caníbales. - Fóllame, fóllame, hazme gozar como una puta- imploro cada vez que él hace una pausa. La fatiga hace mella, él vuelve a dejar vencer su cuerpo hasta aplastar mis tetas con su pecho. Cuela los brazos por debajo de mis axilas y se acopla a mí en un polvo animal. Mis piernas traban las suyas y se cruzan sobre su culo, no le dejo más remedio que seguir empujando. Vuelvo a sentir la inminencia de un orgasmo, el corazón se me acelera y la respiración se me desacompasa. Jadeo, gimo, suspiro y grito. Álex no se detiene. Me corro de nuevo clavándole las uñas en la espalda. Quizás es dolor, quizás esfuerzo, su mueca se tuerce, aprieta los dientes mientras intenta prolongar un poco más lo inevitable. – Sigue…sigue…sigue- le animo en cada golpe de riñón. Cada gesto de su polla, cada viaje por mi interior me sirve para prolongar un poco más el clímax. – Échamela dentro, préñame- acierto a decir mientras él, exhausto, se deja ir y su pene revienta inundando mi coño.

Mi brazo se cruza sobre la cara para amortiguar la luz que llega a mis ojos.
- ¿Qué hora es?- pregunto de una voz somnolienta. Álex ha abierto la puerta de la habitación tan sólo un segundo. Temprano, me dice, luego desaparece. Miro el reloj en la mesilla y marca las nueve. No es temprano, joder, es tardísimo. Estoy desnuda, en una habitación que empiezo a reconocer pero no sé dónde diablos se encuentra, con la piel impregnada en sudor y restos de corridas secas. Mi cerebro se despierta de golpe sabiendo que he perdido la segunda jornada del congreso. Trato de mantener la calma, recuerdo que el vuelo no sale hasta las cinco, busco una excusa creíble que contar a mis compañeros. Pero lo primero, ¿dónde dejé mi ropa? Se fue desperdigando por el camino. Si me atrevo a cruzar la puerta tengo que salir desnuda. ¿Habrá alguien? Joder, no sé si comparte piso. Salgo de la cama y abro su armario. Cojo lo primero que encuentro, una camiseta de baloncesto. Me queda larga, me llega hasta medio muslo, pero eso es bueno, tampoco sé dónde cojones perdí las bragas. Abro la puerta con cautela. De fondo sólo se escucha el sonido de una radio y el trajinar en la cocina. Me asomo con sigilo y me alivia sólo encontrar a mi recepcionista preferido.

- ¿Hay alguien más?- pregunto.

- No- responde- por cierto, te han estado llamando. Y te han llegado como treinta wasaps. Para mí que es tu marido- me dice. Encuentro el móvil sobre la mesa de la cocina, dónde sé que no lo dejé. ¿Lo habrá estado mirando? Sí, es mi marido, también otros de los asistentes al congreso, pero sobre todo mi marido. Tecleo rápido una respuesta y entonces, como si el estrés se hubiera bajado como en un mal suflé, me vengo abajo.

- Necesito un café- le digo.

- Pues no tengo, no me gusta- me responde. Luego me da alternativas: tengo leche, de varios tipos- esta vez tampoco guiña el ojo- té, tisanas, cola cao, ¿quieres un cola cao? Te vendría bien para recuperar fuerzas. También tienes madalenas, sobaos, mira a ver qué queda. ¿Prefieres una tostada?-.

- No, en serio, necesito un café, es lo único que me despierta por la mañana-. Álex finge una cara de pena, se retira un par de pasos de la isla de la cocina. Va sin camiseta y sólo lleva unos bóxer que dejan más que intuir su paquete. - Y esto, ¿no funcionaría?- dice mirándoselo. Sin duda, funcionaría para excitarme más que la cafeína, pero no me da opción. – Ahora bajamos, aquí al lado hay una cafetería- añade. Yo de repente soy consciente de lo frío que está el suelo de baldosas de su cocina. Busco una silla pero encuentro un lugar mejor, sobre la encimera, justo al lado suyo. Le miro mientras abre y cierra armarios y se prepara dos tostadas con mermelada y crema de cacao.

- Te sienta bien la camiseta, incluso mejor que a Doncic- dice de pronto. Yo sonrío, no sé quién diablos es Doncic pero debe ser el propietario de esa camiseta azul y número setenta y siete. Álex se acerca. Me besa, sabe al primer mordisco de su tostada de chocolate. Me recuerda la noche previa, me ofrece su lengua, me excita. El hueco en las axilas de la camiseta es tan amplio que tiene fácil acceso a mis tetas. Acerca sus manos y me las acaricia. Sabe cómo tocarme, yo gimo al instante. Aparta la tela, consigue que mis pechos grandes salgan al exterior primero y después me retira completamente la camiseta y yo quedo desnuda sobre el falso mármol de su cocina. Sus tostadas quedan abandonadas y ya solo mordisquea mis pezones. Alzo la vista y me encuentro una ventana sin cortinas y detrás, cerca, un edificio. Me da igual, incluso me gustaría que hubiera alguien, que algún mirón pudiera ver desde su balcón mi cara de placer mientras Álex se come sin prisas y con ganas mis tetas.

Le ha crecido la polla hasta marcársele completamente en la ropa interior. Me deshago de su abrazo aun a costa de perderme el sabio hacer de su boca. Estiro los brazos y trato de bajarle el calzoncillo. Él ayuda y como un resorte su rabo apunta al cielo. Está demasiado bajo para mis manos, imposible para mi boca, afortunadamente él encuentra la solución: agarra mis pies y comienza a masturbarse lento con ellos. Él actúa y yo, hipnotizada, sólo puedo seguir el aparecer y desaparecer de su pollón por el hueco que forman las palmas de mis pies al juntarse.

- Necesitas una ducha- dice al cabo. No dice nada sobre él pero no deja pasar la oportunidad de meterse en la bañera conmigo. En cuanto corre la mampara me giro buscando su cuerpo. Ahora ya sí son mis manos las que asen su masculinidad y tiran de ella. Me rechaza, me gira y me da un cachete en la nalga que el sonido del agua cayendo aminora. Agarra la esponja, la empapa y vierte una buena cantidad de gel. Comienza a enjabonarme por las tetas, luego baja por el vientre, moviendo siempre la esponja en círculos. Llega a mi sexo. Presiona fuerte y la espuma limpia los restos de la noche previa. Mi mano busca de nuevo su polla y esta vez sí, me deja hacer. Siento el roce de su piel en mi trasero, su mirada sobrevolando mis hombros para caer en mi pecho y observar cómo va la limpieza. Se olvida de mis piernas, de mi cara, de mi espalda, -luego terminas- me dice. Agarra el cable de la ducha y dirige el agua caliente para diluir el jabón. Enseguida mi piel brilla. Apunta entonces hacia el coño. Mi espalda se apoya en su pecho, las piernas se me flexionan solas cuando él dirige el chorro a mis labios, mi clítoris. Me deshago. Quiero llevar mis dedos pero me lo impide. Tiene otra idea:

- Cómemela- susurra bajando la cabeza hasta mordisquearme el lóbulo de la oreja derecha, y yo inmediatamente me giro y me arrodillo. El agua cae sobre mi cara, me obliga a cerrar los ojos por un instante. Da igual, me sirve una mano agarrando su rabo para guiarlo a la boca. Aguarda a que parte de su polla esté ya en mi garganta para agarrar mi cabeza y empujar la nuca. – Entera- ordena. Sé que no podré pero pongo todo mi empeño en intentarlo. Trago todo lo que puedo y luego la suelto envuelta en babas. No le gusta, agarra su polla y me golpea con ella en la mejilla; luego la vuelve a hundir en mi boca. Repito la operación, me la meto todo lo que soy capaz y cuando la arcada me obliga, la suelto. Él reincide en el castigo. Después se convence de que no soy capaz de hacer más y me deja cabecear a un ritmo sostenido. Me gustaría poder levantar los ojos y ver qué expresión tiene para soltar esos gemidos que emite, pero el agua sigue cayendo sobre mi cabeza. Podría aguantar más pero no quiere; aparta mis manos, mi boca y comienza a masturbarse con fuerza. Asisto en primer plano a la tensión de sus músculos, a la dobladura de su cuerpo, a su apretar de mandíbulas. Sigue pajeándose, casi con furia. Diez, quince, treinta segundos. Cuando intuye el momento, su mano empuja mi cara. Cierro los ojos, abro la boca, saco la lengua, coloca el capullo entre mis dientes y me regala dos chorretones de semen que irremediablemente caen por mi garganta y me hacen toser como una tísica. El resto de su corrida se pierde en mi boca, en mi rostro, se mezcla con el agua para formar grumos que tardan en escaparse por el desagüe. Exprime hasta la última gota, limpia bien los restos bajo el agua tibia y sale de la ducha.

- Te espero, no tardes- me dice antes de volver a agarrar mi cabeza por enésima vez y estamparme un beso en los labios todavía manchados de su leche.

- Ummm- el primer sorbo de café es casi tan satisfactorio como su polla. Sentado frente a mí en una mesa minúscula, Álex no ha pedido nada, pero arranca un cuerno a mi cruasán.

- ¿Con cuál de estos te liarías?- pregunta de golpe. Se refiere a un grupo de cuatro hombres cercanos a los cincuenta que han entrado y piden sus consumiciones.

- Con ninguno- le digo convencida. -Antes me acuesto con la camarera. Por cierto, ¿tienes algo con ella? Me mira de una forma que parece que le estuviera robando algo-. Él gira la cabeza, la observa, no demasiado, se nota que entre los dos hay tensión sexual.

- No, pero me gustaría. ¿La seduces para mí?- me reta. Ni lo entiendo ni me hace gracia el juego.

- La próxima vez- zanjo.

- Date por invitada formalmente- dice él.

- ¿Y mi marido?- la réplica me sale natural.

- También- contesta divertido. Y guiñándome el ojo añade: esperemos que le guste mirar-. Sé que tengo una sonrisa estúpida provocada por su superioridad de machito de polla enorme.

He decidido no preocuparme por mi ausencia al congreso al que debía asistir y tomarme la mañana de relax. Álex se ofrece a enseñarme la ciudad. Antes debo pasar por el hotel a cambiarme. Me acompaña, dice que se adelantará un poco, para que nadie sospeche, que preguntará si han salido ya los horarios del mes siguiente, o que bromeará diciendo si son capaces de trabajar sin él. Me agarro de su brazo y camino sin preocupaciones. Me conduce por su barrio. Al doblar una esquina un letrero indica “Club”. Miro a mi guía. ¿Esto es lo que creo que es? Apoyo la mano en la manilla pero no se abre.

- Esta cerrado- me informa- Pero si quieres esta noche paso y le pregunto a la portuguesa que lo lleva cuánto me darían por ti- bromea y yo me siento entre halagada y humillada. El frío de la noche previa ha dado paso a una mañana templada, de viento sur, en la que las hojas de los árboles caen a nuestro paso formando una alfombra de ocres y amarillos. Enseguida me sorprende el hotel, casi tardamos más en moto. No quiero que nos vean entrar juntos, por él. Entra y yo espero unos segundos.

- Habitación 415- digo al compañero de Álex que sale a atenderme. Él está a mi lado, como si nada. Vuelvo la cabeza y él hace lo mismo.

- Hola- dice con efusividad.- ¿Encontró al final anoche lo que buscaba?- me pregunta.

- Sí, muchísimas gracias- le digo, y agarrando la llave que me tiende su compañero me dirijo a los ascensores. Mientras, él se queda abajo. Me encantaría que contando a sus compañeros lo zorra que resultó ser la de la habitación 415.

Mi corazón late acelerado, y no es por la velocidad al caminar, ya que no tenemos prisa; tampoco por la posibilidad de que alguien me descubra de su brazo, pues las únicas personas que conozco en esta ciudad están encerradas en un palacio de congresos debatiendo sobre cómo combatir el ictus. Al cruzar un puente y hacer una pausa esperando un ascensor urbano, le desvelo el motivo:

- Toma, quédatelas de recuerdo- le digo tendiéndole enmarañadas en mi mano unas braguitas color burdeos. Las mira, las ve, no las reconoce como las de la noche anterior, ata cabos.

- ¿No llevas nada?- pregunta entre nervioso y excitado. Yo, igualmente ansiosa, muevo la cabeza en gesto negativo. Para demostrárselo bajo la cremallera del chaquetón que he cogido al subir al hotel; debajo sólo unas medias negras y un liguero. Él esboza un gesto divertido, hace un movimiento con la cara, y con la barbilla me señala algo: sonríe a la cámara- me dice. Yo, muerta de vergüenza, me doy cuenta que una cámara de seguridad apuntaba directamente a mi cuerpo.

Caminamos por un parque, a estas horas de una mañana laboral no hay mucha gente, algunos transeúntes que acortan su camino por él y de fondo se escucha la algarabía de unos niños en excursión. Nos acercamos a un estanque con muchos patos y un cisne, después subimos una ligera cuesta y me enseña unos pavos reales, con sus colas abiertas, luciendo orgullosos su pelaje como yo luzco mi cuerpo cuando él me pide que abra de nuevo mi abrigo. Me gustaría poder centrarme en sentir sus manos acariciando mi vientre, mis senos, pero estoy demasiado pendiente de la gente que pasa unos metros más allá, para subir rauda la cremallera en caso de necesidad. Comenzamos a descender, siento mis pechos balancearse bajo el chaquetón al compás de mis pasos. De repente Álex se encuentra con un conocido; me rodea con el brazo, me identifica como suya. Luego, cuando me deshago de su abrazo, continúo un poco más y me detengo a seis o siete metros. Espero que esté aprovechando mi ausencia para vanagloriarse, para contarle a su amigo lo duro que me ha follado, lo que me ha hecho disfrutar. Cuando él me mira le hago una mínima señal que él entiende; mueve ligeramente a su amigo, y cuando sé que sólo él puede verme, vuelvo a bajar la cremallera del abrigo y abriéndolo le enseño mi cuerpo. Se despide de su conocido y me desvía del camino principal. Estamos en una explanada con algunos bancos, un poco más baja, escondidos entre los árboles. Me coloca de espaldas al camino, a la gente que pudiera pasar y me pide que abra y baje el abrigo nuevamente. Yo así lo hago, él saca su teléfono y me hace unas cuantas fotos en las que yo intento olvidar mis nervios y juego a ser provocativa.

- Ven, no puedo esperar más- me dice cuando llegamos a la parte baja del parque. Río cuando abre la puerta de unos servicios públicos y me empuja dentro con él. Abre decidido mi abrigo y yo me dejo hacer. Vuelvo a sentir sus manos, su boca abalanzándose contra mi pecho. Me encanta cuando olvida su timidez y hago aflorar su lado más animal. Su lengua se relame en mis pezones y después me clava los dientes. Sus manos van bajando por mi cuerpo, la respiración se me acelera cuando pasa por mi vientre y se encamina a mi sexo. Su mano contra mis labios me hace estremecerme, después, cuando me mete su dedo central, yo me apoyo en la pared metálica y me abandono. Me masturba con las ansias que decía tener, rápido, intenso, buscando que mi cuerpo alivie la tensión en un orgasmo. Suma otro dedo y su mano adquiere el grosor y el tamaño de una buena polla, no de la suya, pero sí de una buena. Me folla deprisa con su mano, yo gimo y le pido más. Él no piensa parar y sigue hasta chapotear en mi vagina. Me corro, lo grito, llevo mi mano a su muñeca y no consigo saber si quiero que deje de hacerlo o instarle a que lo haga más y más.

Lamo con avidez sus dedos empapados en flujos vaginales. Después me siento en el inodoro y desabrocho su pantalón. Su polla a medio crecer desaparece en mi boca en medio segundo. Le como la polla buscando proporcionarle el mismo alivio rápido que él me ha regalado. Acomodo la postura a medida que su rabo crece, cabeceo y lo masturbo. De pronto se escuchan golpes en la puerta pero yo continúo mamando. Los golpes siguen hasta que Álex me detiene en seco. Se sube el calzoncillo y el vaquero, me quedo mirando el grosor del bulto que difícilmente esconde en el pantalón, relamiéndome. Salimos del baño sumidos en una carcajada, una mujer con un niño en brazos nos dice algo en vasco, no lo entiendo pero sé qué nos quiere decir: somos unos cerdos salidos.

Desde el mirador de un centro cultural me enseña la ciudad. Cuando apoyo la cabeza en su hombro me olvido de mi desnudez, de que al subir las escaleras o desde la calle en aquella terraza puede haber gente que haya visto mi coño brillar empapado en flujos. Regresamos a la calle y él me lleva por lugares que no conozco, de los que no visitas cuando haces turismo. De pronto me encuentro frente al mar. El sol luce y se agradece, el viento continúa siendo del sur, el calentón de minutos atrás todavía mantiene mi cuerpo en ebullición; si fuera vestida me quitaría el abrigo, pero no tengo más remedio que dejármelo puesto, sólo me atrevo a bajar un poco la cremallera, hasta que Álex esboza una sonrisa al intuir mi escote generoso.

Me siento feliz, como una adultera saciada sexualmente que no teme ser descubierta, hasta que… El hijo de puta me ha traído a la zona del palacio de congresos. No reconozco a mis conocidos, pero hay grupos de gente arremolinados en las puertas. Sé que no ha sido casual, que me ha traído aquí a posta. De pronto me dice que se tiene que ir, que entra a trabajar en quince minutos, que ya encontraré el camino y sino solo tengo que pedir un taxi y pagar la carrera con mi cuerpo; sonríe maliciosamente cuando lo dice. Me muerden los nervios cuando lo veo alejarse dejándome sola. Rápidamente me retiro de la puerta del congreso, antes de encontrarme con alguien y tener que explicar mi ausencia. Sin Álex mi desnudez debajo del abrigo me asusta, me meto en un bar segura de tener la cremallera bien subida. Pido un par de pintxos para comer y pregunto por el camino hacia el hotel.

A mi regreso lo encuentro atendiendo formalmente tras el mostrador. No me sale reprenderlo. Me entrega la llave antes siquiera de que se la demande. Hay otras personas merodeando por la recepción, así que actúo un poco.

- Por favor, ¿el servicio de habitaciones?- pregunto.

- ¿Qué deseaba?-. Me muestra su mejor sonrisa, diferente a la que me ha dedicado cuando me ha dejado sola en la calle pero me derrite igual.

- Quiero que me folles-. No lo digo, lo vocalizo, lo gesticulo, pero él me entiende. Dice que se encargará personalmente. Subo a la habitación y espero. No tarda mucho. Golpean la puerta y yo abro sabiendo que es él. El abrigo me lo he dejado sobre la cama, así que estoy solo vestida con mis medias y el liguero. Antes de que él entre yo ya estoy esperándolo junto a la cama, de pie. Doblo mi cintura, apoyo las manos sobre el colchón y lo primero que ve de mí son las nalgas esperando su castigo. El cuerpo me tiembla cuando su mano sacude mi cuerpo. Luego él también se agacha y cubre de besos los cachetes de mi trasero. Dureza y ternura, me encanta la mezcla. Sus manos recorren mi espalda, se aventuran por mis pechos, calibran el agitado respirar de mi vientre; al hacerlo su cuerpo se pega al mío. Muevo el trasero buscando restregarme con su paquete. Con la mirada perdida en la colcha de la cama, escucho el sonido que hace su pantalón al caer al suelo. Siento el roce de su polla bajo el calzoncillo, crecida, muy crecida. Sus manos están ancladas a mis nalgas, Álex se agacha.

- Ay, sí, dios, cómeme el culo- digo intuyendo lo que me espera. Su lengua comienza a mojar mi ano. Las sensaciones que experimento van mucho más allá de las cosquillas que me provoca. Mi mente es capaz de transformar esa sensación en placer. Deseo que me coma, que me devore. Me abre las nalgas, siento como me tiran los esfínteres, después el tacto esponjoso de su lengua me relaja. Gimo, me retuerzo cada vez que su boca se empotra entre mis posaderas y la suavidad de su lengua me recorre desde el final del coño hasta la parte superior de la raja. Siento de pronto un dedo rondar la zona. Me pone nerviosa pero sé que es necesario para que pueda entrar en mí. Presiona, la primera falange de su dedo índice entra en mi cuerpo. Lo mueve, me barrena, trata de dilatar mi ano con suavidad pero decidido. Sabe que mi ano es para él, aunque no me guste, él ha sabido encontrar mi lado más sucio y obtendrá de mí todo lo que se proponga.

Su dedo avanza, siento como mi ano cede poco a poco. Tiene un dedo ya dentro cuando acerca la yema del pulgar. Retira un dedo y lo sustituye por el otro. Es más ancho pero mi cuerpo ya está acostumbrándose. Permanezco inclinada, con la cabeza gacha, mirando alternativamente el cabecero y la cama. Cuando menos me lo espero su polla se abre paso en mi coño. Me ha cogido desprevenida, concentrada en convertir en placer las sensaciones que me provocan sus dedos en mi ano, y me humedezco en el acto. Gimo de una manera lastimera. Cuando me folla el coño con su polla gorda aprecio más la presencia de su dedo en mi ano. Le pido que me folle rápido, que me haga correrme cuanto antes, se lo suplico. Mueve sus manos, una agarra mi cadera metiéndose por debajo de la tira del liguero, la otra está en la parte superior de mi trasero, hundiendo sin forzar su dedo pulgar en mi ano. Se acelera sólo para concederme el disfrute que le he pedido. Sus muslos golpean los míos, hacen que mi cuerpo se sacuda, que mis pechos colgando bailen. Me levanto, Álex me sujeta, llevo una mano a apretarme una teta, la otra baja al coño y se acompasa a sus idas y venidas por mi vagina. Toco mis labios, me pinzo y me froto la pipa, necesito correrme para que luego él pueda destrozarme el culo. Pronto surte efecto. Mi cuerpo convulsiona, me agito, agrando el agujero de mi ano sin pretenderlo, me corro y vuelvo la cara buscando su imagen detrás de mí.

Ya me ha dado el alivio del orgasmo y ahora le toca a él. Su polla impregnada en flujos deja un surco de humedad en mis nalgas. La carnosidad del glande se sitúa a la entrada del ano. Fuerza un poco y comienzo a tragarlo. Doy un respingo, me duele pero no digo nada, aguanto mientras él presiona y su polla se va doblando para entrar por mi pequeño agujero trasero. Me abraza, mueve mi cuerpo tratando de encontrar la mejor postura para metérmela entera. Sé que le gustaría hacerlo más intenso, pero entiende que mi culo necesita sus tiempos. Avanza, lento, pero avanza. Me lo dice:

- Muy bien, zorrita, ya casi está-. Continúa doliéndome, ni siquiera llevando una mano al coño me alivio. Me abraza, me aprieta contra él, ya está completamente dentro, sus manos como garras se clavan en mis tetas. Sus gestos son bruscos y mi cuerpo aguanta las sacudidas como puede. -No grites, sino el resto de los clientes se quejarán en recepción y tendré que volver enfadado- me dice al oído cuando un empujón más brusco me hace chillar. Vuelve mi cara, besa mi cuello, se adueña de mi boca, me posee. Cada vez me siento más elevada, en su abrazo casi levanta mis pies del suelo, sólo permanezco sujeta por su polla hundida en mi culo. De golpe se retira, me empuja. Caigo sobre la cama y Álex me gira decidido. Son décimas de segundo, de pronto me veo con las piernas abiertas y flexionadas. Siento mi culo arder, lo imagino tremendamente dilatado, como algunas veces he visto en el porno. Recibo un salivazo pero no me calma. Lo miro, implorando sin decirle nada que vuelva a él. Apoya su cuerpo en mis piernas, se me doblan, me hacen daño pero reprimo el grito de dolor. Vuelve a acercar su polla a mi ano y entra completa con sorprendente facilidad. La siento moverse, el dolor se alivia, más aún cuando coloca una de sus manos sobre mi sexo y comienza a moverla, a restregarme los labios, el clítoris. Noto que los ojos y la boca se me abren de golpe, sorprendida de lo excitante que es. Siento como el coño se me humedece a pasos agigantados. Él no se detiene, sus caderas empujan incansables, su polla me abre el culo más y más y su mano vuela a una velocidad tremenda, haciendo que mi clítoris extienda el placer a cada rincón de mi cuerpo.

Me llevo la mano a la cara, me la muerdo para no gritar como una loca y que se entere todo el hotel. Me estoy corriendo con una polla gorda y larga hundiéndose una y otra vez en el culo, me siento como nunca antes me había sentido. Álex vuelca su cuerpo sobre el mío, mis piernas lo sostienen. Ya no se mueve, sólo gruñe, bajando la cara hasta enterrarla entre mis tetas y mi hombro. Se deja ir, su cuerpo se convulsiona al compás del salir disparado del semen de su polla. Lo abrazo, quiero sentir su calor en mi piel, quiero apoderarme de él, retener un poco más esa sensación de verme convertida en una guarra, llevármela conmigo, tenerla presenta en mi día a día; no sé si sabré sin él, pero por lo menos espero conservarlo más allá de ese momento en Álex que se retira y mi ano comienza a expulsar, lenta y pesadamente, todo la leche caliente con la que me ha rellenado el culito.

lunes, 11 de mayo de 2020

Gran Hermano

- Señorita Alicia, por favor deje todo lo que esté haciendo, necesito hablar con usted- anunció el altavoz.
 - Sí, señor Martínez… ¿en su despacho?- preguntó con dudas.
- No es necesario, enseguida estoy con usted- se escuchó antes de que un sonido metálico cortara la comunicación.

 Apenas un minuto después se abrió la puerta situada a la derecha de su escritorio, y el jefe apareció junto a ella, terminando de abrocharse los botones de la chaqueta de su traje negro impecable. Su presencia le imponía mucho respeto. Alto, grande, con esos ojos oscuros penetrantes, y el hoyuelo en la barbilla, que le daba un aspecto de malo de película. Llevaba el señor Martínez, don Miguel, la cabeza afeitada para disimular la calvicie, pero ni eso, ni su edad, rondando los cincuenta, eran impedimentos para que Alicia lo considerase atractivo. Lo veía caminar de un lado a otro de la estancia, alterado, casi como un animal enjaulado, y el nerviosismo hacía que Alicia clavara la punta de sus tacones en la alfombra sobre la que se erigía su escritorio. ¿Qué error he podido cometer esta vez que merezca esa actitud del señor Martínez?, ¿habré vuelto a meter la pata con los balances?, se preguntaba Alicia. En el tiempo que llevaba tras esa mesa, había cumplido siempre con todos los deberes, había cometido algún pequeño desliz, sobre todo al principio, cuando entró en la empresa y todo le era nuevo, pero en líneas generales había que decir que nadie tenía queja de su trabajo. Porque aparte de ser una chica joven, guapa, y decidida, Alicia era también una secretaria eficiente. Don Miguel se había parado por fin, junto al ángulo izquierdo de su escritorio, a un metro escaso de ella, y la miraba. Cuando sintió aquellos ojos negros clavándose en los suyos, bajó la cabeza, y aguardando el rapapolvo se perdió la pícara sonrisa que se dibujó en la cara de su jefe cuando éste advirtió que el botón abierto de su blusa azul celeste enseñaba, en esa perspectiva, las puntillas de su sujetador. Tal vez para no perderse en esas visiones, el señor Martínez, tras carraspear, comenzó a hablar:

 - Verá…- y después de una sola palabra se dio cuenta de que la frase que iba a decir no era la más indicada, así que empezó de nuevo. – Usted sabe, señorita Alicia, que en el tiempo que lleva con nosotros no he tenido ninguna queja de su trabajo, más allá de aquel pequeño problema con los expedientes de Gifersa. Sin embargo, en estos últimos tiempos, han circulado por la empresa unos rumores que, de ser ciertos, claro está, la dejarían, a usted, y consecuentemente a todos nosotros, en un muy mal lugar.- Alicia asistía al soliloquio con la mirada baja, centrada en sus uñas pintadas de azul, sin comprender a dónde quería llegar su jefe con esa conversación. – Tiene que saber que yo, pese a su juventud, la he considerado siempre una mujer muy madura, responsable, una visión que no concuerda en absoluto con los comentarios que han llegado hasta mis oídos…-.

- No entiendo a qué se refiere- osó interrumpir Alicia con apenas un hilo de voz.
- Como espero que usted me asegure que son falsos esos rumores, voy a ser franco- dijo el jefe, impulsado quizás por la transparencia de la blusa de Alicia en la que acababa de reparar. – Se comenta que usted utiliza este despacho y medios de la empresa, como el ordenador, para intereses particulares suyos relacionados con negocios que, mejor, no deseo conocer-.

 El rostro de Alicia se puso colorado denotando culpabilidad. - ¿Así que es verdad? Nunca lo hubiese dicho de alguien como usted- decía el jefe negando con la cabeza para darle más contundencia a sus palabras.
- ¿Quién se lo ha dicho?- quiso saber Alicia.
- Entonces ¿es cierto?-
- ¿Quién se lo ha dicho?- preguntó Alicia subiendo la voz.
- Eso no importa-
 - ¿Quién ha sido?- volvió a preguntar ella elevando un tono más la voz.
- García, de contabilidad- terminó por confesar el jefe ante su insistencia.

 Cabrón de García. Pajillero. Pajillero y chivato. Alicia trató de calmarse y respirar profundo. Aún estaba a tiempo de negarlo todo. Lo primero que tenía que hacer era cerrar esa pestaña minimizada en la bandeja del ordenador. Casi lo consigue. Ya tenía el dedo sobre el botón derecho del ratón cuando la mano del jefe le agarró con fuerza la muñeca, reteniéndola, impidiéndole cerrar el navegador. En lugar de eso el señor Martínez maximizó la ventana, y apareció, a plena pantalla, lo que estaba haciendo antes de aquella inoportuna llamada. La imagen no era nítida, pero era esclarecedora: un brazo trajeado cruzándose frente a la blusa azul de Alicia. Hasta el jefe comprendió enseguida que aquella imagen viva en un recuadro junto a los mensajes del chat era lo que enfocaba la cámara del portátil.
 - ¿Cuánta gente ha escuchado esto?- preguntó el jefe.
 A Alicia no le quedó más remedio que mirar el número de espectadores que estaban en ese momento en su videochat y contestar: 321-.
 - ¿Y qué se supone que tengo que hacer yo ahora que trescientas y pico personas saben que la secretaria se ríe de su empresa?- volvió a decir don Miguel mirándola. Y muy serio añadió: está usted despedida-.
 - No, por favor…- Alicia sólo supo suplicar.
 Sin embargo el señor Martínez se mostraba impertérrito. Había tomado una decisión, precipitada y desproporcionada tal vez, pero era su decisión, y no volvería atrás. Tenía que hacer algo si no quería ver sus ingresos desaparecer.
- ¿Y si…?- insinuó Alicia al tiempo que agarraba la mano del jefe que había quedado muerta al expandir la pantalla del ordenador y descubrir la escena, y se la llevaba a la boca. Serio, sin pronunciar palabra, el director observaba cómo los labios de Alicia besaban su mano antes de abrirse ligerísimamente y dejar pasar su índice. La lengua juguetona de Alicia lo bañó de saliva al instante. En este su segundo trabajo también es muy competente, pensaba el señor Martínez.

 Ya no tenía que guiarla con las suyas, la mano de su jefe ya no abandonaría su boca. Alicia aprovechó entonces para apretar sus generosos pechos por encima de la blusa mirando a don Miguel como nunca antes había hecho. Una sonrisa se dibujó en los labios del señor Martínez. Él, de pie junto a la silla de su secretaria, que entre miradas seductoras se tocaba por encima de la ropa, y ambos ajenos a ese ojo virtual que todo veía y transmitía a todos los rincones del mundo lo que sucedía entre esas cuatro paredes. Salieron los dedos del jefe de su boca, Alicia los mordisqueó antes de dejar que siguieran su camino, acariciaran su barbilla y bajaran junto a sus manos hasta detenerse a la altura del busto. Soltó don Miguel un botón en su blusa, y Alicia sintió que el aire en su piel alimentaba el fuego que le crecía dentro. Cerró los ojos al sentir otros dedos rondando sus pezones, aupando y apretando sus pechos. Cuando él dejó caer el sujetador, Alicia gimió no sólo para el señor Martínez. Antes de girar mínimamente su silla, echó un vistazo con el rabillo del ojo al ordenador, su show alcanzaba ya los setecientos espectadores.
 - Mmmm, jefe, qué duro está…- dijo después de trepar con su mano por el muslo del director. Él no dijo nada y continuó soltando botones en la blusa de Alicia.

 La excitación y sus caricias habían hecho crecer aquel sexo al máximo. Le costó manipularlo bajo el calzoncillo y conseguir sacarlo por la abertura de la cremallera. Pero ya estaba fuera. Grande, venosa y terriblemente dura, la polla formaba un ángulo de cuarenta y cinco grados que apuntaba directamente a su cara. Alicia no lo dudó. Agachó la cabeza, apoyó los labios en el glande, y fue tragando poco a poco. Él gimió y miró a la pantalla del ordenador para comprobar que no sufría alucinaciones. Sus dedos en los desnudos hombros de Alicia tuvieron que pararle los pies. Ella buscó su mirada y tras una pausa continuó más suavemente. Esa lengua y sus aleteos… A don Miguel le costaba aguantar la maestría de su boca.

 Las pausas para besarle el vientre o succionarle los huevos ya no eran suficientes. La levantó y ocupó su lugar de secretaria. Ella se sentó en su regazo, de espaldas a él, de frente a la pantalla. Los dedos del señor Martínez eran garras que arañaban su pecho, ella salivaba y los espectadores no paraban de crecer. Su blusa celeste yacía ya en el suelo, y pronto le acompañarían el resto de sus ropas. Él la incorporó. Sus manos esculpieron una vez más su alargada silueta. Dobló sus caderas, miró sus tacones y las medias. Primero el botón, luego la cremallera de su falda beis. A cámara lenta fue cayendo frente al objetivo, premiando a los anónimos videntes con la visión de un precioso culo adornado con unas braguitas de satén granate. A don Miguel le cuesta retenerse, no desnudarse él también. Vuelve a sentarse en la silla de su secretaria y vuelve a sentar a Alicia sobre sus piernas. Esta vez de frente, la quiere para él solo. Se besan, se lamen, se muerden. Primero en los labios, luego el resto de la cara, hasta que su boca se desparrama y cae por el cuello blanco y pecoso de Alicia. Mira sus pechos y la mira a ella. Lo está deseando. Baja la cara y cuando siente los dientes de su jefe mordisqueándole las tetas, Alicia echa la cabeza hacia atrás mordiéndose el labio. Mece la polla del señor Martínez, la acaricia, la mantiene erguida entre sus manos. Se golpea con ella el pubis, provocando un sonido hueco apenas inaudible entre sus respiraciones agitadas.

 Las manos de don Miguel levantándola por las axilas la cogen de improviso. Alicia ríe hasta que su espalda reposa en el escritorio. Luego apenas le da tiempo de pensar nada. Siente las manos de su jefe separando sus piernas, tirar de sus bragas, y el roce de una piel sobre su piel. Ya no le preocupa cuánta gente pueda estar viéndola. Lo hace muy bien el señor Martínez. Sus dedos decididos, y su lengua traviesa. Ya la han llevado al primer orgasmo y no quieren parar. Alicia estira los brazos, trata de abrir el primer cajón de su mesa. Él la ayuda. Por el tacto reconoce su juguete de goma roja. Lo agarra y se lo lleva a la boca, aunque es incapaz siquiera de lamerlo cuando el de carne y hueso da un nuevo y definitivo impulso a su lengua.

 Los estertores de la descarga eléctrica que acaba de experimentar todavía recorren su cuerpo cuando nota las manos de su jefe tirar de ella, atrayéndola. Luego el roce en sus labios, y por fin la dureza de una polla penetrándola. Gime, se le seca la garganta, y lleva su juguete a frotarse en el clítoris. Luego lo devuelve a la boca mientras él empieza a adquirir un ritmo constante. Cierra los ojos y se sorprende con el estruendo de uno de sus zapatos cayendo al suelo. Después siente las cosquillas de una lengua en su pie descalzo, y hunde la polla de goma en su garganta. Las manos fuertes y masculinas del señor Martínez la retienen por las caderas. Siente que en cada una de sus embestidas va a salir disparada, pero las únicas que se mueven en un bailoteo loco son sus tetas. Don Miguel también se ha dado cuenta de ello. Se dobla sobre ella hasta que las alcanza con la boca. Le folla y le come las tetas a un tiempo. Ay, don Miguel…

Su cuerpo desnudo atravesado sobre el escritorio; encima suya el jefe, perfectamente trajeado, sólo su polla dura emerge de la negrura del pantalón. Alicia vuelve a buscar con la mirada en el cajón de la mesa. Un tubo de lubricante. Él le pregunta con la mirada, ella también con la mirada, responde. Su cara es lo único que no aparece en pantalla, sus cuerpos ocupan un primer plano. Don Miguel coge el gel, mancha con él unos dedos que enseguida desaparecen ocultos tras el cuerpo de Alicia. Al tiempo que extiende el lubricante por su ano, inicia una nueva tanda que hace poner los ojos en blanco a su secretaria. Aguarda su señal. Ella le mira, resopla y afirma. Él trata de dominar sus ansias, de entrar con tiento. Si ella tuerce el gesto, él se detiene, si no se queja, avanza triunfante. La silicona roja ocupa su coño. Prefiere la carne, para que engañarse. Se siente llena con dos pollas en su interior. Es su forma de decirle a los mil espectadores que se agolpan al otro lado de la pantalla que los quiere a todos allí, con sus pollas grandes o pequeñas, gordas y flácidas, rápidas e inexpertas.

 Las quiere todas pese a que pocas como la de don Miguel le destrocen el cuerpo. Le pide que pare, le pregunta con la mirada si va a acabar ya. La respuesta es un empujón seco que la hace gritar. Luego las manos de su jefe manejan su cuerpo, hasta que su pecho generoso queda aplastado contra la madera. Lo siente a su espalda, dudando. Ya ha elegido, y ha entrado de golpe. Alicia grita como nunca, sus piernas patalean hasta derribar la silla de una patada. Pero no es la pierna lo que le duele, sino el ano ocupado por la gruesa anatomía de su jefe. Cuando la retira y la mete en su coño, el alivio hace que se corra casi en el acto. Él coge sus manos, tira de sus brazos, y Alicia se siente salvaje como una fiera herida. Aprieta el coño, trata de exprimirlo. Él no se deja. Vuelve a mover su cuerpo, hasta quedar frente a frente. Alicia enseña los dientes, él le responde con un pollazo. La vena que cruza la despejada frente del señor Martínez está hinchada, su traje descompuesto.

 - Córrete, sí… dame tu leche…- las palabras de Alicia tienen otros destinatario. Con don Miguel no hacen falta. Ha salido de su cuerpo y se masturba con todas sus fuerzas. Ella busca con la mirada el momento en el que la polla reviente contra su cuerpo y comience a regar su fatigado y desacompasado respirar.

 - Gracias- susurra Alicia en su oído cuando él baja la cabeza para besarla. Y las dos mil personas que acaban de ver a su jefe follándosela no saben que en realidad Alicia no le agradece el magnífico polvo que han echado, ni la implicación o las ideas para decorar esa habitación como si de verdad fuese un despacho, sino que le haya ayudado a batir su propio récord de visitantes en el videochat.