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lunes, 19 de septiembre de 2022

Por ti

“Por ti, sí, por ti, sí, por ti yo sería capaz de morir si tú me das amor sincero-o-o-o” retengo el comienzo de la canción, apenas un verso, antes de que el fraseo y los acontecimientos se aceleren y sean otros los estímulos que requieran mi atención. Observo una boca que se abalanza sobre mí; reacciono evitando los labios y dirijo los besos hacia el cuello. Te observo por un segundo, pareces sonreír cuando la excitación y la lengua que trepan por mi piel me obligan a entornar los ojos.

Por ti estoy aquí, por ti mis manos se ciñen a esta otra cintura, por ti me dejo hacer cuando sus dientes juguetean en el lóbulo de mi oreja. No tendré que disimular el rastro que la boca de esta aprendiz de vampiro va dejando en mi cuello, pues eres tú quien la anima. Un gemido sordo escapa de mi boca como respuesta al sonido de succión de sus labios abandonando mi piel; y acto seguido tu sonrisa, no podría haber mejor banda sonora.

Por ti los nervios y las manos que se traban cuando intento ayudarla con el cierre de mi cinturón, por ti la erección que no disimula el calzoncillo, es por ti aunque ella se crea la culpable. Mis ojos apenas se han acostumbrado a la penumbra del local y cuando van de ti a ella y observo vuestras miradas y vuestras sonrisas incapaces de disimular las ganas, me siento algo perdido. Extiendo la mano para asirme a tu realidad y me consuelas durante unos pocos segundos, demasiado pocos, dejándome acariciar la forma de tus caderas. Luego no me retienes cuando son las manos de ella las que agarran las mías.

Por ti contengo las ganas, por ti y porque no estoy acostumbrado a estos juegos; tardo en comprender que eres tú, que es tu excitación por cuerpo interpuesto la que tengo delante, la que se yergue sobre mi regazo, la que bambolea sus pechos pequeños y puntiagudos delante de mis ojos. Mi cerebro no entiende, pero un deseo primario me lleva a hundir la cara en su piel. Restriego, muerdo, lamo. Parece que lo hago bien, sus pezones se endurecen y recibo tu caricia como premio en mi espalda.

Por ti mis dedos recorren su columna sin prisa, por ti suben y bajan, por ti acarician la tela de la ropa interior en lugar de buscar rápidamente un hueco. Siento unas manos, ya no sé si tuyas o suyas, apretando las mías contra la carne. Estás aquí, rodeándonos, tocándonos; dijiste que no participarías, que te limitarías a mirar, pero sé que no es así, me convenzo de que no es así. Sin ti yo no sabría, sin ti yo no podría.

Por ti mi pene apunta al techo cuando sus manos quitan el calzoncillo decididas y de un tirón. Por ti su sonrisa me parece menos diabólica instantes antes de comenzar a devorarme, por ti mi cuerpo cae pesado sobre el colchón. Por ti mis manos no encuentran acomodo y cada poco me sirven de almohada como viajan a su pelo, apartan un mechón que recolocan para acompañar por unos segundos el vaivén de su cabeza. Por ti y porque, pese a mis ojos cerrados, te sé aquí, junto a mi cabeza, mirando con avidez y mordiéndote el labio, tratando de comprender, de sentir, de interiorizar, tú también, toda esta novedad.

Por ti retengo la inercia de sus cabeceos, por ti me pongo freno y me niego a abandonarme. Lo necesitas completo, lo sé, lo recuerdo. Probar, por una vez, a ver qué se siente. Tardas en encontrar mi mirada en el cambio de postura; cuando me respondes en silencio, sus manos ya han comenzado a enfundarme el preservativo.

Por ti hago una pausa, me atuso el pelo, resoplo. Por ti su mano toma las riendas y mi polla, la restriega, se humedece. Por ti me adentro, por ti empujo. Por ti evito mirarte; por ti y por mí. Mi mirada se concentra allí donde mi cuerpo entra en contacto con el de aquella mujer. Sus muslos piden descanso, mis brazos no se lo niegan, en esta postura todavía mantengo las distancias.

Por ti las idas y venidas, por ti el sudor, el cansancio. Por ti ruedo sobre la cama, por ti evito el abrazo, la piel con piel. Por ti sus caderas asimétricas y su mano guiando mi polla, por ti los dientes apretados cuando se deja caer y me hunde en ella. Por ti mis manos reticentes, por ti los dedos entrelazados como máxima ofrenda. No sé si te das cuenta de mis trampas, no sé si me juzgas. Disimulo, ofrezco mis muslos como respaldo a los movimientos de su cintura. Los viajes se hacen más cortos, más intensos. El sonido de los cuerpos chocando se impone al hilo musical que sigue vomitando música prescindible.

Por ti me exijo un último esfuerzo, por ti mis piernas se agitan, por ti trato inútilmente de elevar su cadera y martillear como se supone que debo. Gime, siempre ha gemido, aunque no le haya prestado caso; no me importa ella, no me importo yo. Todo esto es únicamente por ti.

Por ti mis límites físicos se extienden casi tanto como los mentales, por ti la mueca forzada, por ti el postrer impulso. Por ti la respiración agitada y el corazón acelerado, por ti su sonrisa forzada de final inesperado, por ti las explicaciones que no pasan de balbuceo, por ti sus movimientos ligeros y el pesado descender del semen cautivo en el látex. Por ti las toallitas, la mirada huidiza, temerosa. Por ti la aventura, el experimento. Por ti, si te gustó, por ti esta mujer o tal vez otras.

domingo, 7 de febrero de 2021

Un sandwich y un vaso de leche

Fui un niño bueno… hasta que me dí cuenta que uno se lo pasa mucho mejor no siéndolo. A los primeros cigarros, litronas o escarceos con las chicas siguieron los porros, las borracheras semanales y las pagas gastadas en putas. Y en esas correrías era parte indispensable mi amigo Kike. Mis padres saldrían con aquello de las malas compañías, pero yo sé que no, que Dios nos crió y nosotros solitos nos juntamos. Además Kike no podría ser nunca una mala compañía. Todo lo contrario. El amigo más leal y cercano que tuve y tendré. De todas formas no creo que a mis padres les preocupase demasiado Kike; mientras en casa me comportase, mi padre pagaba mis caprichos y mis locuras de fin de semana; mi madre por su parte pensaba más en los zapatos que se compraría para tal o cual vestido que en mí. Así que yo andaba libre, a mi aire.

Con este panorama es más que comprensible que los estudios no fueran una de nuestras prioridades. Con dieciocho años repetíamos segundo de BUP por segunda vez rodeados de niños pánfilos y niñas rebotadas de un colegio de monjas. Kike y yo, figúrate. Juntos éramos el terror de las adolescentes: desvirgábamos un par cada semana, solo por joder, nunca mejor dicho. A las que de verdad queríamos follarnos les salíamos con el rollo de respetar su virginidad, su elección, tal y cual, sólo para poder destrozarles el culo o llenarles la garganta de lefa. Y funcionaba. Follábamos todo lo que podíamos, pero siempre menos de lo que nos hubiese gustado.

Un día, mis padres estaban de viaje. Una boda de algún familiar, o un entierro, qué sé yo. El caso es que entre estar dando el coñazo al profesor de turno o aprovechar que estábamos menos vigilados que nunca, elegimos lo segundo. Nos saltamos las clases de la tarde y nos fuimos a mi casa.

- Hola Daisy- dije al entrar y cruzarnos con la chica que atendía la casa. Comenzábamos a subir las escaleras del chalé camino de la habitación cuando se me ocurrió algo. – Un sándwich y un vaso de leche, ¿puede ser?- le pregunté desde lo alto. Ella afirmó.

- ¿Qué dices, no nos íbamos a beber el whiskey de tu viejo?- Kike no entendía nada.

- Después- le tranquilicé. Ese era el plan, fumar canutos y beber, hasta ponernos pedo o estar colocados, lo que llegara antes. Y tocarnos los cojones, muy posiblemente de manera literal. Cada uno los suyos, eso si.

Daisy era dominicana. Lo suficientemente joven para que mi padre la contratase y lo suficientemente fea para que mi madre no sintiese celos. Así era Daisy, joven, fea, y terriblemente vaga. Trabajaba porque no le quedaba más remedio, sino su madre la echaba del piso, y trabajaba en nuestra casa porque había poco que hacer; mi padre nunca paraba en casa, mi madre apenas comía, y ella no tenía ni que limpiar ni cocinar, podía pasarse la tarde viendo culebrones en el salón. Conmigo la relación era distinta. Tiempo atrás quería tirarme una negra, nunca me había follado una y tenía ese capricho, así que le ofrecí pasta. Aceptó, sin más. Y debió gustarle porque las siguientes veces lo hacía a cambio de un porrito o una raya de coca. Si le conseguía una joyita se volvía de complaciente…

Tan pronto entramos en mi cuarto tiramos las mochilas al suelo y nosotros nos tiramos también. Yo sobre la cama, Kike sobre la silla giratoria del escritorio. Y empezamos a liarnos unos petarditos. En esas estábamos cuando entró Daisy. Una bandeja en las manos y en la bandeja dos vasos de leche y un par de bocadillos. Avanzó hasta dejarla junto a la ventana. Kike le sonrió, yo le ofrecí una calada. Ya no salió de la habitación. Se tumbó junto a mí, justo al borde de la cama. Su culazo gordo me empujó hacia la pared. Sería por aparentar, pero mi madre se había empeñado siempre en que las chachas fueran vestidas de tal, con su cofia y todo. Y la verdad es que a Daisy el traje le sentaba como el culo. Precisamente por eso, porque tenía un culo y unas tetas espectacularmente grandes y el traje apenas le abrochaba. Aunque esto también tuviera su parte buena. Como en ese momento, que al echarse de lado en la cama, la falda se le había recogido hasta medio muslo. Así que cuando ella me arrebataba el porro de la mano para darle unas cuantas caladas, yo me tomaba la revancha posando mis manazas en su pierna. No voy a hacer apología de la drogadicción, pero la verdad es que la hierba ayudaba a relajar el ambiente. Kike apuraba el primero y nosotros encendíamos ya el segundo. Entre uno y otro yo me había sacado la camiseta y me había aproximado tanto a la espalda de Daisy que rozándose con sus nalgas mi polla comenzaba a despertar. Mi brazo colgaba sobre su cintura y ella se derretía cuando la besaba entre la nuca y el cuello. Cuando metí una mano en su traje y forzando el, sin duda cansado, sujetador dejé al descubierto una de las tetazas de Daisy, Kike debió darse cuenta que la nuestra era la clásica relación chacha-señorito salido. ¿O quería decir lo contrario? En fin, que con su teta fuera y mi muslo tratando de hacerse hueco entre sus nalgas, seguimos a lo nuestro, hablando poco y fumando mucho.

Susurré algo al oído de Daisy. Ella rió, y cuando se incorporó palmeé con ganas su culazo. A esas alturas de la película, a Kike no le sorprendió mucho verla avanzar decidida a por él. Lo habíamos hecho antes con otras, solo que a ésta no le habíamos tenido que mentir ni emborrachar primero. Ésta era de las nuestras. Kike, pues, se desparramó en su silla, abriendo al máximo las piernas para dejarle hueco, y echando hacia atrás el respaldo hasta que éste crujió. Daisy posó su mano en el paquete de mi amigo y él rió como sólo los fumaos que están a punto de recibir una mamada saben reír. Los negros y regordetes dedos de ella bajaron la cremallera y se perdieron bajo el calzoncillo. No le costó demasiado encontrar su premio. La tiene jodidamente grande el cabrón, como se la envidio. Eso y la hermana que tiene. Si yo tuviera ambas cosas sería un incestuoso convencido y practicante. Pero volviendo a aquella tarde, Daisy ya había liberado la polla de Kike, y la asía entre sus manos. Lo miraba a los ojos mientras comenzaba a tirar de la piel de su rabo. Él le echó a la cara el humo de la última calada y luego bajó su mirada. Aunque no es muy lista, Daisy lo entendió. Escupió sobre el capullo de mi amigo, meneó con fuerza el cipote, y acto seguido comenzó a tragárselo.

- ¡Ese culo arriba!- es tan vaga que tuve que gritárselo. Me daban la espalda y no veía nada. Yo, que había escrito el guión de aquella tarde. ¡Qué poco me lo agradecen! Subió el culo, sí, pero durante poco tiempo. Dos minutos después ya estaba en cuclillas cuando no arrodillada mamando sin descanso del rico palo de Kike. Me incorporé, la separé mínimamente de mi colega, le incliné el tronco hacia delante, y ya puestos le levanté la falda. Antes de irme empujé su nuca contra el vientre del placiente. Volví a mi sitio, y… eso era otra cosa. Las bragas blancas e inmensas de Daisy eran como una pantalla donde se proyectaban mis sueños. Un lienzo en blanco dispuesto a recibir chorretones. El profesor de arte hubiese estado contento si a mi mente hubiera arribado en ese momento la técnica del dripping, pero eso no lo aprendería hasta años después. En ese momento, lo único que me divertía era ver nacer diminutos puntos oscuros por la humedad que brotaba de su coño. Al cabo de un rato los diminutos puntos se habían convertido en algo así como el mapa del Caribe: una serie de islas transparentes en la blancura de aquellas bragas de algodón. Me coloqué detrás de ese culazo, me bajé el pantalón, escupí en mi mano y empecé a pajearme mientras ella seguía mamando. Al rato comencé a aburrirme de ver la pantalla en blanco.

- Bájale las bragas- pedí a Kike, y él lo hizo. Daisy estaba demasiado ocupada comiendo polla como para ayudar, así que a tientas y a tirones mi amigo fue descorriendo el telón. Su chocho hinchado y apretado fue lo primero que llamó mi atención. Luego me fijé en sus labios, grandes y surcados por pliegues, y en el hilillo de flujo que escapaba entre ellos; después en cómo se le erizaba la piel cuando mi amigo hacía chasquear sus dedos en la negrura de sus nalgas. Obediente, ella no dejaba de mamar. Sujetaba por la base, aplastándole los cojones, mientras sus labios carnosos subían y bajaban sin descanso por el duro rabo de Kike.

Me aproximé polla en ristre. El roce con sus nalgas me sirvió para comprobar que ya estaba todo lo dura que debía. Mi mano guiaba la polla a frotarse con su crecido clítoris, a abrir ligeramente unos labios que parecían ansiosos por acoger un buen rabo.

- Ay, perdón, que desconsiderado, los invitados primero- dije. Incorporé a Daisy, la llevé de la mano hasta la ventana. Aparté la bandeja con la merienda que nos había servido, y me senté de espaldas a la calle. Guié su cabeza hasta mi vientre, y dejé expuesta su retaguardia ante el más que previsible ataque de Kike. No se hizo esperar. Ahogamos el primer gemido hundiendo bien su cara contra mi rabo. Él se agarraba con fuerza a sus poderosas caderas, y después de unas cuantas idas y venidas suaves, como para calibrar el terreno, comenzaba a darle ritmo a la follada. El cuerpo doblado de Daisy se sacudía bajo sus embestidas hasta hacer chocar sus tetas colgantes con mis rodillas. Por mi parte, yo bastante tenía con retener su cara enterrada en mi entrepierna. Sólo hacía que me la dejase de chupar de vez en cuando, para que me la lamiera entera, de arriba abajo, hasta que su lengua terminara jugando en mis cojones. El roce de sus dientes en el capullo me hacía delirar. Creía que me iba a correr cada vez que su boca tragaba mi polla. Necesitaba una pausa y algo más. Me levanté, hice que Daisy se apoyara en el escritorio, y mientras salía de la habitación guiñé un ojo a Kike animándole a seguir con la faena. Me consta que así fue. El ruido de sus cuerpos al chocar se oía mientras buscaba en el mueble-bar una botella de viejo escocés. Cogí la que aparentaba ser más cara. Entré riendo con el whiskey en la mano y pedí a mi amigo que hiciera una pausa.

¿Alguna vez habéis bebido a morro directamente del cuerpo de una negra sudorosa? Sólo se me ocurre una expresión para definirlo: asquerosamente embriagador. Nos repartimos su culo: Kike el cachete izquierdo, yo el derecho. Echábamos un chorro de licor justo en ese hueco que se forma entre la cintura y el nacimiento de las nalgas, y tratábamos de atraparlo con la lengua cuando caía como una catarata por su piel. Mira que nos esforzábamos en recorrer con la lengua su trasero, pero casi todo el whiskey acababa formando un charco en el suelo. Cuando me di cuenta que el cuello de la botella era lo suficientemente largo, el siguiente paso llegó de forma natural. Abrí su coño, y le fui metiendo, con cuidado de no romperla, la botella. Medio colocados como estábamos, sólo nos dimos cuenta que habíamos olvidado cerrarla cuando el whiskey comenzó a desbordarse en el chocho de Daisy. Cambié la botella por mi boca, y tragué la bebida con los restos de flujos desglasados de su coñazo. El mejor reconstituyente posible. Vio Kike que aquello estaba rico, y también quiso probar. Así que otra vez empinamos la botella en su interior, y cuando comenzaba a rebosar, mi amigo hundió la nariz en el ojete de la chacha para que la lava del volcán de su chocho inundara su garganta.

Ella también parecía tener sed. Girada estiraba su brazo pidiéndonos la botella. Antes de darle de beber a morro, hice que chupara bien chupado el cuello recién salido de su coño. Luego hicimos un cambio; le di a Kike la botella, y yo cogí de la mano a Daisy. Me tumbé en la cama, y ella se sentó a horcajadas. Su propia mano guió mi polla. Meterla en un coño recién follado es como sentarse donde alguien acaba de levantarse: te lo encuentras caliente, con la forma de otro molde, y lleva un tiempo sentirse cómodo. Con lo acogedor que me había resultado siempre el coño de Daisy. Rosa, como la bachata que le gusta bailar, a mí me gusta tornarlo rojizo por el roce y finalmente blanco lleno de nuestras corridas. Por fin comenzaba a moverse. Sus tetas orbitaban libremente sobre mi cara. Mis manos se posaban en sus caderas, y ella se impulsaba queriéndose clavárseme más y más. Kike nos miraba desde su silla. La botella, en cada viaje más vacía, de la mano a la boca. Nosotros follábamos. Me incorporaba a morder sus pezones gruesos, su sudor llovía en mi piel; yo, ceñido entre sus piernas, ella, cabalgando sobre mí. Mis impulsos se encontraban con los suyos, para llegarnos más adentro, para clavarnos más profundo, para transmitir a todo nuestro cuerpo el placer que nacía allí adentro.

Sentí que la cama crujía bajo un nuevo peso. Kike se sumaba a la fiesta y ya había elegido dónde instalarse. Empujó la espalda de Daisy hasta que su pecho se aplastó con el mío. Yo la abracé y cesé la follada. Mi amigo aproximó el pollón que gasta al agujero trasero de la chica, y voilà, sándwich de negra. Ella apretaba los dientes mientras Kike avanzaba poco a poco. Cuando se dio por satisfecho, empezamos a movernos, por turnos. Cuando yo salía, él empujaba, cuando él retrocedía, yo tenía permiso para adentrarme en su coño. Siempre resulta extraño sentir una presencia ahí, al otro lado de una débil pared. Presa entre nuestros cuerpos Daisy sudaba como la cerda que era. La doble penetración no le dolía; únicamente se quejaba si a Kike se le iba la mano al tirar de su pelo. El resto le gustaba, tanto como para correrse un par de veces y dejarme a mí al borde por las convulsiones de su vagina.

Habíamos follado tantas veces juntos, que conocemos el aguante de cada uno. Cuando Kike me vio con los ojos en blanco, entendió que no iba a aguantar mucho más. Desmontó a Daisy, y manejando su cuerpo, la hizo sentarse sobre sus piernas en el suelo. Me incorporé, posé mi rabo sobre la boca de ella, y simplemente dejé que el mínimo roce de sus labios en mi prepucio hiciera estallar mi polla. Sin tocármela, sólo plantada sobre su carita de mirada suplicante, bañada en la blancura de su néctar, con el hálito de su boca entreabierta meciéndome el rabo y dejé que reventase, que la leche saliese disparada hacia sus ojos, su frente, su pelo… Kike por su parte se la pelaba con fuerza, como queriendo sacar fuego. Cuando me retiré, se acercó. Agarró con una mano la cabeza de Daisy mientras con la otra se pajeaba con todas sus ganas. Incontrolable, sobre su cara, sus tetazas jadeantes, el suelo, las cortinas… Kike estalló en mil chorros incoloros, mientras ella volvía a abrir los ojos muy despacio con los restos de nuestras corridas pegando sus pestañas.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Testimonio

- Jamás, Paco nunca me puso la mano encima, si es eso lo que usted quiere saber. Discutíamos, claro, como todas las parejas, pero nunca me trató mal. Sin embargo, con él era todo tan monótono, tan aburrido…Precisamente por eso fuimos allí. Fíjese, si le digo la verdad y con la perspectiva de estos meses, a mí también me parece raro… Paco y yo en un club de intercambio…Pero entonces nos parecía la última oportunidad de acabar con toda aquella monotonía. No crea que era algo meramente sexual, no, más bien al contrario. Con el tiempo habíamos aprendido a conocernos, a saber qué nos gustaba del otro y de nosotros mismos y nuestras relaciones eran, como suelen decir, satisfactorias. Sin embargo, poco a poco, aquello también estaba siendo conquistado por el hastío, por eso lo hicimos, como el que apuesta a la desesperada lo poco que le queda. 


Tengo que reconocer que no fue como esperábamos, al menos al principio. Estábamos como perdidos en ese ambiente, con todas aquellas luces y aquellas sombras, usted puede imaginar, y esa gente, nosotros, que hacía años que no íbamos ni a una discoteca… Entonces fue cuando los conocimos, Graciela y Fernando. Ella es argentina, bueno, eso usted ya lo debe saber. Con ese acento tan gracioso y ese cuerpo tan proporcionado… me gustó en cuanto la vi. Para Paco, para mí. A mí las mujeres antes no… no vaya a creer usted, pero ella es de esos seres que te cautivan de buenas a primeras. También Fernando es un hombre atractivo, tan alto y serio, con las canas justas y ese cuerpo… no voy a decir atlético, pero para su edad está en forma, al menos a mí me lo parecía, aunque yo, acostumbrada a Paco, usted dirá. Pero sobre todo ella. El caso es que nos hicieron tilín. Nos invitaron a una copa y charlamos. Él es ingeniero, ella no trabaja. Se habían conocido en unas clases de baile. Tango, por supuesto. Les contamos que era nuestra primera vez, ellos, claro, ya tenían algo de experiencia. El caso es que si teníamos que hacerlo quisimos que fuera con ellos, tan simpáticos, de buen ver, y de nuestra edad, aunque Graciela creo que tiene cinco o seis años menos. 

Al cabo de un rato pasamos al reservado. Usted perdone, pero es que esa palabra, reservado, me hace gracia, parece que una hubiera llamado y la estuvieran esperando. En realidad era una habitación bastante simple, con algún espejo y una cama enorme y terriblemente alta, tan alta que al sentarme con las piernas cruzadas mi cuerpo se venció hacia atrás. No me sentí ridícula porque Graciela dijo algo, ahora no recuerdo qué, para hacerme sentir bien. Ella siempre tiene la palabra justa, en cada momento. Nos repartimos como creímos que debíamos hacerlo, yo con Fernando y mi marido con ella. Los observé un poco, al principio, no mucho, porque cuando Fernando empezó con las caricias y los besos, no sé, me abandoné. ¿Cómo dice?, ¿que puedo obviar los detalles? A mi me parece que son importantes. Me desnudó con decisión pero sin prisas, como dejándome acostumbrar. La parte superior de mi vestido se enrolló en la cintura, él besó mis pechos, me reclinó sobre el colchón. Me sentí incómoda, pero no por mí, sino por él, por mis kilos de más, porque mi piel no es tersa como aparentaba la de Graciela. Sin embargo él parecía encantado. Cuando hice ademán de desnudarme de cintura para abajo me pidió que no me quitase las medias, pensé que querría rompérmelas y me dio pena, mire usted qué tontería, porque eran unas medias buenas. Pero no, algún defecto tendrá digo yo, pero no es de esos. Se incorporó, levantó mis piernas, y después de dejar caer los zapatos comenzó a besarme los pies. El empeine concretamente. Y de ahí, usted comprenderá, fue bajando. Si al principio me hacía cosquillas, después ya no sé qué era lo que sentía. Besó mis muslos como si fuesen firmes y torneados, luego dejó que terminara de desnudarme. 

Mientras él se desvestía mi mirada buscó por la habitación a Paco y Graciela. Estaban sentados en un sillón, ella sobre él, me pareció que desnudos, no sé si ya habrían empezado…usted ya me entiende. Fernando volvió a mí ya desnudo. Sus manos se posaron en mi tronco, comenzó a acariciarme. Se arrodilló junto a mi cabeza, yo ladeé la cara, supuse que era eso lo que estaba aguardando. No sabría decirle si tenía un pene grande o simplemente normal, yo cerré los ojos, abrí la boca y lo acogí. Me ayudaba de la mano y movía mi cabeza despacio, sintiéndolo en mis dientes, en la lengua. Él no decía nada, tan sólo de vez en cuando pasaba alguno de sus dedos para retirarme el cabello que me caía sobre la cara, supongo que disfrutaba. 

Él nunca dejó de recorrer con su mano mi piel. Al principio eran caricias sin más, perdidas en cualquier parte, luego ya fue concentrando sus intenciones en otros lugares, los pechos, mis pezones. Cuando su mano bajó hasta mi sexo, cerré las piernas reteniéndola ahí. De inmediato salió de mi boca, había adivinado que lo necesitaba en otra parte…Abrí los ojos para asistir al momento y vi, sobre la cama, un espejo que devolvía nuestra imagen, Paco y Graciela en su rincón, puede que hubieran cambiado de postura, no sé, con los reflejos no crea que me aclaro mucho… Lo que sí tengo claro es que estaba yo en el centro, yo con Fernando. Volví a cerrar los ojos, a perderme en mi penumbra, de todas formas para sentir su avance en mis tripas no necesitaba de muchos espejos…No sabría decirle, es extraño, porque yo sentía más o menos lo mismo que siempre, pero era distinto. Es decir, el calor era el mismo, por ejemplo, y los gemidos cuando sientes ese algo más intenso, y la boca seca, pero al tiempo era diferente, como si al pasar por mi cerebro los chispazos que se extienden por todo el cuerpo tuvieran otros matices. Es difícil de explicar. 

No sabría precisar cuánto tiempo había pasado, a mí me pareció que poco, aunque igual hacía ya media hora que estábamos en el reservado, cuando al abrir los ojos de nuevo me encontré la sonrisa de Graciela volando sobre mí. Apenas había comenzado a sudar, y en aquel cuarto hacía calor, yo por lo menos estaba empapada, ¿de qué se ríen? Ah, perdón, mejor ponga que estaba sudorosa. Busqué con la mirada a mi marido, quería fulminarlo, reprocharle que hubiera terminado ya, no aquella vez, no con ellos. Sin embargo él estaba de espaldas, ajeno, volviendo a subirse el calzoncillo. Graciela comprendió mi frustración y me calmó con un beso, recuerdo que mascaba un chicle de clorofila. Al poco Paco salió de la habitación medio desnudo y dejándose la puerta abierta a por bebida. Si él había terminado, yo no estaba dispuesta a seguirle esta vez. Sobre todo entonces, que al incansable martilleo de Fernando se unía ella, con sus besos, sus miradas, sus caricias que sabían penetrar mucho más allá de la piel. 

Ya le he dicho que a mi las mujeres antes no me atraían, pero ya no sé, igual es que nunca había estado con ninguna. El caso es que con Graciela no tenía que decir nada, ella parecía adivinar en cada momento lo que necesitaba. Fue ella la que pidió a Fernando que parara. Se tumbó sobre mí, sus pechos perdiéndose entre mis tetas, su vientre calmado contra el mío tan agitado, su coño imberbe frotándose contra mi pubis. Me sentía extraña, pero me sentía bien. No se retiró cuando Fernando volvió a la carga. Agradecí que, pudiendo entrar en el cuerpo de su chica volviera al mío. La breve pausa le había donado nuevos bríos. Me dolió tener que dejar de sentir el roce de su piel sobre la mía cuando con unos andares felinos caminó sobre la cama a cuatro patas. La vi acercarse; si me hubiera ofrecido su sexo hubiera aleteado en él, lo habría explorado con mis dedos, aunque no supiera cómo hacerlo. Pero no, tomó mi cabeza y la posó en su regazo, entre sus muslos, su coño como almohada. Quedó frente a Fernando, yo tumbada entre ellos. Veía la mirada de él, viajando desde mi cuerpo hasta la cara de Graciela. Luego él se tumbó sobre mí, levantándose sobre los brazos para no cesar de caer en mí. Hasta el final, una última tanda quizás más intensa. Luego ella se retiró, las mandíbulas de Fernando todavía estaban apretadas, le sacó el preservativo y exprimió hasta que un par de gotas espesas mojaron mi vientre. No sabría decirle cómo me sentí. Extraña, pero bien en cualquier caso. Cuando Paco regresó ya habíamos terminado, aunque remoloneábamos todavía desnudos jugando los tres. 

Repetimos el encuentro un par de veces más, la primera también en el club, la segunda ya en su casa. Siempre con el mismo formato, nos separábamos por parejas, hasta que Paco terminaba siempre demasiado pronto y Graciela se unía a nosotros. La última vez incluso Fernando tuvo que terminar lo que mi marido había dejado a medias. Estando con ellos me sentía satisfecha, también en ese sentido que está usted pensando, pero mucho más allá. Me gustaba estar con ellos, tenían mundo, habían viajado, sabían hacer otras cosas que Paco y yo ni imaginábamos… Fue entonces cuando sucedió. Graciela me llamó, querían verme, a mí sola, sin Paco, recuerdo que dijo exactamente vos sola, sin tu marido, ¿sería posible? Yo no sabía qué pensar, con ellos me lo pasaba estupendamente, pero a la vez… Paco era Paco. Por eso, aunque me habían pedido que no le comentara nada, se lo dije. Le conté, ha llamado Graciela, a ti te excita verme con otras personas, le pregunté. Creo que no lo entendió, que al oír aquello él sólo pensaba en los pechos pequeños de Graciela, en sus labios carnosos, en volver a acostarse con ella. Entonces fue cuando me di cuenta, que para acceder a su mundo Paco estaba de más, que me era un estorbo, que tenía que quitármelo de en medio… ¿Me entiende ahora, señoría?

domingo, 9 de agosto de 2020

Hazme tu puta

 Nunca debió pronunciar aquellas tres palabras. Lo sabe ella y lo sé yo. El resto de la gente la puede ver cansada, demacrada incluso, pero feliz, y nunca adivinarían que le estoy dando la mala vida que una noche de placentero sexo ella me pidió al susurrar entre gemidos a mi oído “hazme tu puta”. 

- ¿Lo pasamos bien anoche, eh?- le pregunté a la mañana siguiente. Su respuesta fue un ronroneo. Sonreí, tenía la actitud. – Me pediste una cosa… ¿estás segura de que es lo que quieres?- volví a preguntarle. Ella se puso seria y me miró: - Si, es lo que deseo- dijo, y allí mismo, tirados en el suelo de la cocina volvimos a follar.

Por aquel entonces ella ya estaba totalmente enamorada, redundantemente entregada a mí, y aunque creía conocerme, no podía imaginar la perversidad que se escondía en los recovecos más recónditos de mi mente. Los juegos, los retos, las fronteras físicas nunca antes traspasadas en su cuerpo, el exhibicionismo, el cuero, las pinzas y las fustas, el intercambio y hasta cederla a cambio de dinero haciendo literal su petición… Habíamos seguidos todos y cada uno de los pasos de un camino sin retorno posible y en el que el final no se acertaba a divisar.

Hasta aquella fría noche de invierno. Subió al coche y dócilmente se dejó vendar los ojos. Bajo su largo abrigo de piel, su cuerpo desnudo, unas medias negras y sus botas altas. Sabía lo que le aguardaba aunque la velada fuera improvisada hasta para mí. Otras veces sus amantes la esperaban impacientes, los reservados estaban alquilados y las otras mujeres, previamente pagadas. Esta vez no. Esta vez circulamos a baja velocidad por las carreteras de la ciudad. Sólo tenía que encontrar el lugar, el resto lo conseguiría el cuerpo de Julia. Giramos sin prisa por unas calles desiertas en las que el agua que brotaba de los camiones de la limpieza se convertía, por lugares, en finas capas de hielo. Por fin lo encontré. Después de vueltas y más vueltas di con el lugar que mi imaginación había soñado. Solté su cinturón de seguridad, comprobé que sus ojos seguían convenientemente tapados y entonces le pregunté:

- Cariño, ¿confías en mí?-.

- Si, ya sabes que siempre lo he hecho- respondió tranquila, plena de seguridad. Bien, entonces puedo proceder. Deslicé su abrigo y descubrí sus hombros desnudos. Bajé la guantera, agarré sus manos, las llevé a la espalda y las até con unas bridas que llevaban mucho tiempo esperando en el coche y volví a cubrir su desnudez con el abrigo. Acto seguido apagué el motor. Frente a nosotros un puente bajo la autovía, una pared llena de grafitis, una pequeña hoguera y dos bultos tendidos en el suelo. La intensidad de los faros hizo incorporarse a una de esas sombras. El brazo cruzado sobre los ojos, protegiéndose de la luz que lo acababa de despertar, miraba el coche. Cuando me vio salir, poco más que una silueta en la oscuridad, corrió a zarandear al otro cuerpo que dormía a su lado buscando auxilio. Rodeé el coche por su parte delantera, mi sombra se proyectó en la pared. Llegué al puesto de copiloto y abrí la puerta. Julia movió sus piernas y yo le ayudé a salir. Mi brazo la sujetó en los dos pasos que dio sobre el piso irregular. Luego yo me detuve y ella me imitó. Los dos bultos se habían puesto en pie, y ante mis ojos era reconocible la silueta de dos hombres. Cansados, envejecidos, sucios, dos hombres de edad indeterminada y cuerpos vulgares. Dos hombres derrotados por la vida que pasaban sus días entre cartones, ropa ajada y mal olor. Eso era exactamente lo que quería para Julia.

Retiré el abrigo y el cuerpo de mi mujer se les ofreció desnudo. Atónitos miraban su piel blanca, su cuerpo escultural, sus facciones suaves, su pubis imberbe, sus medias de primera marca… Yo miraba su reacción mientras me alejaba con el abrigo de Julia hacia el coche. Con un gesto de la mano les indiqué que era toda suya. Durante unos segundos la noche pareció transformarse en una partida de ajedrez en la que hasta el movimiento más sencillo hay que estudiarlo con detenimiento. Yo les miraba, y ellos me devolvían una mirada llena de sorpresa. Mientras, Julia aguardaba erguida y tranquila a medio camino como la pieza que era en aquella partida. Como dos ratones escarmentados por las descargas de la vida, dudaban si debían acercarse a degustar el trozo de queso que se les ofrecía. Un pausado gesto afirmativo por mi parte les terminó de convencer de que la vida por fin les recompensaba.

Se acercaron todavía temerosos, quizás de las manos ocultas de Julia. Por eso antes de tocarla la rodearon y no vieron más que su espalda desnuda y pecosa, su trasero perfecto y unas manos atadas e indefensas. Sólo entonces se decidieron a clavar sus garras en el cuerpo de mi esposa. Ella gimió y una sensación de satisfacción acudió a mi mente. Ellos, una vez convencidos, no se andaban con rodeos: sus cuatro manos apretaban ya su pecho, su vientre. Uno, más diligente, llevó directamente la mano a la entrepierna de Julia; ella se quejó, y él apretó con más fuerza. Su boca, su cuello, todo su torso y hasta sus muslos, no hubo centímetro cuadrado de la blanca piel de mi puta que ellos no recorrieran. Sin embargo, ni descubrieron sus ojos ni desataron sus manos; la querían frágil y sumisa, como yo por otra parte. 

Sus manos atrayendo el cuerpo de Julia provocaron un traspié y que ella cayera al suelo. Ellos se abalanzaron  como dos fieras sobre su presa. Uno, el más joven, seguía tocando, el otro trataba de liberarse de su pantalón. Yo, lejos de auxiliarla, me senté sobre el capó todavía caliente de nuestro vehículo de alta gama. Mientras el segundo de los hombres trataba cómicamente de sacarse los pantalones que se le habían enganchado en los zapatos, el más diligente ya rozaba con su sexo la piel de mi esposa. Giró su cuello, y una masa informe se restregó sobre el cuidado cutis de Julia. Yo me acomodé y con dos dedos bajé lento la cremallera de mi pantalón. El otro hombre, cuando por fin se liberó de sus ropas, y viendo que se le habían adelantado, se contentó con pasear sus manos por la carnosa realidad en la que se habían transformado aquella madrugada sus mejores sueños. Contemplando la escena, viendo cumplido una vez más el deseo de Julia, la excitación me iba ganando. Aunque uno acertara rara vez en sus embestidas con la boca de mi esposa, aunque el otro no concentrara sus esfuerzos en alguno de los múltiples puntos sensibles de su anatomía… No importaban los medios para cumplir el fin último.

Tal vez se quería vengar de la sociedad sobre el inocente cuerpo de Julia, tal vez sólo quería provocarle dolor, pero el más decidido de los dos, cuando se cansó de atacar su boca, fue directo a su ano. Tendido de costado a su espalda, sus piernas patearon las de mi esposa hasta que ella adoptó la posición que él buscaba. Entonces presionó. Sus ojos casi saliéndosele de las órbitas y su risa escandalosa me indicaron que ya estaba dentro. Julia no gritó. Para ella hace mucho que el dolor físico es una barrera superada y aceptada, aunque tampoco hubiera podido hacerlo, y es que el segundo hombre, arrodillado junto a su cara le ofrecía su muslo como almohada mientras guiando su cabeza la obligaba a mamar. Una de sus manos sobre el rostro de Julia terminó por hacer caer la satinada banda negra que velaba la mirada de mi puta. Sé perfectamente lo que sintió al ver en primer plano ese vientre flácido, ese cuerpo sucio y cansado, esa mirada aviesa y esa sonrisa incompleta. Me miró y sus ojos adquirieron un brillo especial al comprobar que me masturbaba deliciosamente lento contemplándola entregada a aquellos dos mendigos. 

La delicadeza no era el fuerte de aquellos dos hombres. Sus manos agarraban el cuerpo de Julia como quien agarra un palo. Quizás debía ser así. Un pequeño reguero de sangre nacía del codo de mi esposa, sus medias estaban rotas y sus botas manchadas de barro, mientras ellos, cada uno en su parcela, se movían ávidamente, tratando de aprovechar el tiempo antes de que la vida se les volviera calabaza. Julia, paciente, les dejaba hacer y ellos, envalentonados, seguían penetrándola. Su boca, su trasero, todo su cuerpo era presa de la codicia de aquellos dos sin techo. El que, por su barba cana aparentaba más edad, el que más decidido parecía, se montó sobre las caderas de mi esposa, obligándola a rodar sobre el suelo hasta quedar boca abajo. Hizo una breve pausa, como si quisiera comprobar que seguía hundido en el culo de Julia, y volvió a moverse. Sus gestos impulsivos, la tensión de sus músculos, sus gruñidos casi animales… todo hacía indicar que le era imposible contener el final. Segundos después el cuerpo de Julia se agitaba bajo su peso, y la sonora carcajada de aquel hombre me hizo entender que su semen manchaba ya el ano de mi esposa. 

Detuve mi paja y me acerqué. Pasé a su lado cuando la respiración del primero era todavía fatigada y el otro buscaba de nuevo la boca de Julia. Llegué hasta el rincón junto a la pared donde dormitaban ellos cuando llegamos. La suciedad y el olor a orín eran insoportables. Entre cartones gastados, briks de vino peleón y trastos viejos, vi un colchón. Húmedo y raído, lo arrastré hasta ponerlo frente a los faros, siempre encendidos, de nuestro coche. Lo que siguiera lo quería ver mejor iluminado. De vuelta en mi improvisada butaca, les hice ver que continuaran allí. Ellos arrastraron a Julia con los mismos pocos miramientos que yo había tenido con su cama. Cayó boca arriba, aunque sus brazos siempre atados le impedían apoyar la espalda con comodidad. De inmediato los dos hombres se dispusieron a continuar con su inesperado banquete. Sus manos forzaban a abrirse unas piernas que ella no pensaba cerrar. En ese momento empezaron a discutir: ninguno quería ceder el turno. Se gritaron algo en un idioma extranjero, Julia los miraba entre temerosa e impaciente, y yo permanecía alerta por si su pelea anulaba nuestros planes. Al final se impuso el más mayor, aunque acababa de correrse en el culo de mi esposa, quería follársela de nuevo. Se colocó entre sus piernas y empujó. Una, dos, varias veces, hasta que comprobó que le era imposible una nueva erección. Entonces el otro aprovechó su momento. Con un empujón lo quitó de en medio, haciéndole caer sobre la pierna de Julia primero, y después sobre la tierra. Julia se quejó, él, volvió a reír a carcajadas. Después se alejó hacia sus cartones, donde se tumbó con un envase de vino en la mano dispuesto a contemplar la escena.

Quien sabe, quizás fuese más joven, pero su cuerpo castigado aparentaba algo más de cuarenta. Miró a Julia y se agachó sobre ella. Las sombras se proyectaban sobre el gris cemento de la pared. Palpó sus pechos, su mano recorrió el vientre de mi esposa, luego levantó sus caderas y se tumbó sobre Julia. Cuando él comenzó a moverse, yo volví a masturbarme. Suave, sin prisas, con apenas un par de dedos, mis manos protegidas del frío con un par de guantes negros, se movían arriba y abajo contemplando como a apenas un par de metros Julia se entregaba al segundo de sus machos de ocasión. Trajeado, sentado sobre el capó de un deportivo oscuro, con únicamente los cojones y la polla erecta asomando por la apertura de la cremallera, lucía como el perfecto sádico que pretendía. Al otro lado de las pequeñas llamas de la hoguera que les calentaba la noche, el mayor de los mendigos, me miraba, y moviendo la cabeza en gesto de negación, quizás incapaz de comprenderme, volvía a beber de su vino. Entre nosotros, sobre ese colchón viejo y sucio Julia yacía bajo los impulsos del segundo de los hombres. En la oscuridad de la noche el detalle podía haberme pasado desapercibido, y observándolos, me preguntaba si aquel que se movía sobre el cuerpo de mi esposa, tenía un buen pene o  sabía hacer bien el amor, pues hacía un rato ya que Julia rodeaba con sus piernas el cuerpo del hombre. Apostaría que si no tuviera las manos atadas lo abrazaría acariciando su pelo, jugando en sus orejas y clavándole las uñas en la espalda como hace conmigo cuando follando le arranco un orgasmo. Se movía pues lento, buscando sus pechos, abrazando su cuerpo, ahora que mis manos adquirían velocidad. Se erguía y volvía a caer, incansable, sobre el vientre de Julia, provocando un eco hueco que sólo de vez en cuando un coche despistado rompía circulando por la autovía ajeno a la cruda realidad del túnel. Viendo cómo mi puta se dejaba follar, mi mente se recreaba, y la sangre se concentraba en las cavidades de mi polla provocándome una erección total. Cuando los gemidos de Julia se agudizaron, yo aceleré también los movimientos de mi mano. Él subía y bajaba, hundiendo su pene en el coño de Julia, y mi mano bajaba y subía, acercándome más y más al fin. Sentí la dureza en mis testículos, y el semen dispuesto a salir, detuve mi paja y dejé que mi verga explotara en cuatro tiempos, dejando que el blanco de mi leche se convirtiera en un pastoso charco a mis pies. Mientras me corría contemplaba lo feliz que era Julia bajo su hombre.

No había reparado que, mientras recomponía mi figura tras la eyaculación, el hombre más mayor se había incorporado y caminaba desnudo con su envase de vino en la mano hacia Julia y el otro hombre, que seguían follando. Se detuvo frente a ellos, y mirándolos, comenzó a orinar. Julia gritó sobresaltada alejándose, el otro le gritó algo en su idioma, y el viejo reía mostrando su sonrisa sin dientes. Les habían interrumpido y eso lo iba a pagar Julia. Como si fuese otro hombre el que segundos atrás se la follaba tierna y pausadamente, el más joven agarró a mi esposa de los pelos, la arrodilló sobre las piedras, y situándose frente a ella la obligó a abrir la boca. Tan pronto como los labios de mi esposa se separaron, él coló su pene. Empujó la nuca de Julia hasta que ella tuvo una arcada, y repitió la acción tres o cuatro veces. Luego, colocó su polla junto a los labios de mi puta, y masturbándose como yo había hecho, se corrió abundantemente sobre el rostro, el pelo y el pecho de Julia. El otro tiró su vino, y con la polla flácida también busco la boca de Julia. La expresión de su cara cuando fui a dar por finalizada la noche, todavía tenía reflejada el amargor de la orina.

Abrí la puerta trasera. Julia se había tenido que apoyar en mí para caminar los pocos metros que nos separaban del coche. Rompí las ligaduras de sus muñecas y ella se tendió extenuada sobre la tapicería. Sus medias estaban rotas, su pelo sucio y despeinado, sangre reseca manchaba sus codos y rodillas, el semen todavía fresco estaba repartido un poco por todas partes de su cuerpo, y aún así la sabía feliz por haber cumplido mi fantasía y su fantasía.

- Señores, por las molestias, muchas gracias- dije volviendo a ellos y mientras arrojaba un billete mediano al colchón sucio y maloliente sobre el que se habían follado a Julia.- Pasen ustedes buena noche-. Cuando me di media vuelta, se peleaban por el dinero como antes se habían peleado por tirarse a mi puta. 

domingo, 12 de julio de 2020

Sex City Tour

Dos minutos después de la hora convenida los vi aparecer por el vestíbulo del hotel. Habían contratado la visita por Internet; buscando información para un veraneo que las circunstancias obligaban a ser atípico, habían llegado a mi blog, ese espacio virtual en el que difundo los atractivos de la ciudad y a través del cual ofrezco mis servicios como guía turístico profesional. Tras una solicitud de información, en un rápido intercambio de correos electrónicos reservaron una cita para llevar a cabo una visita completa de la ciudad. Pepe, quien había llevado todos los trámites y el único miembro de la pareja al que conocía, me presentó a Natasha, su esposa. Les di la bienvenida y finalizamos el encuentro con el ridículo choque de codos que exige la nueva normalidad. 

Mientras nos acercábamos caminando desde su hotel al primer punto de la visita, les pregunté por su viaje, por el hotel, quise saber si nos habían visitado con anterioridad, les expliqué cuál iba a ser el recorrido y los tiempos de la jornada, y antes de que nos diéramos cuenta habíamos llegado al Palacio de Miramar. Entramos por la pequeña puerta de servicio que se abre al barrio de El Antiguo, nombre que delata que allí se encontraba uno de los asentamientos primigenios que dieron origen a la actual San Sebastián, y enseguida ambos visitantes se maravillaron con los cuidados y floridos jardines que se anunciaban. Las sandalias de alta cuña que calzaba Natasha comenzaron a hacer crujir la grava a medida que ascendíamos a la explanada principal del recinto. Completaba su ropaje con un ceñido vestido de color crema que resaltaba las sinuosas curvas de su figura y un sombrero de un rosa pastel que la protegía del sol; Pepe, por su parte, lucía un polo color azul cielo, un pantalón beis y unos náuticos azul marino. 

Tras situarnos en lo alto del promontorio que divide la bahía en dos, comencé con las explicaciones pertinentes sobre cómo este había sido el lugar escogido por la reina regente María Cristina, viuda de Alfonso XII y madre del futuro Alfonso XIII, para edificar un palacio en el que la familia real pasara las vacaciones estivales, y que para ello se tuvo que trasladar más abajo la ermita que existía en el lugar y que estaba dedicada a la virgen de Loreto, y cómo la derivación del nombre vasco que tenía, acabó dando como resultado el nombre por el que los donostiarras conocemos hoy en día al lugar: el pico del loro. Mientras hablaba, Natasha no perdía detalle de mis explicaciones y manejaba con soltura unas gafas de sol que se ponía o quitaba según quisiese observar un detalle de los que yo mencionaba; cuando mordía la patilla de la gafa, sus labios, pintados de un tono que hacía juego con sombrero y montura de las gafas, parecían todavía más sugerentes. Caminando por los senderos que bordean el cuidado césped, y mientras ellos se detenían a tomarse algunas fotos, les fui contando detalles sobre el edificio de aspecto inglés, no en vano fue diseñado por Selden Wornum, o cómo sus estancias que vieron pasar a reyes y presidentes de la república son hoy aulas de la universidad de verano; a Pepe le sorprendió que no fuera la primera vez que se utilizaba como espacio de aprendizaje, pues el Rey Emérito estuvo interno estudiando en un colegio habilitado ex profeso cuando don Juan y Franco acordaron que la educación del futuro monarca se realizara en España. 

- San Sebastián, Donostia, me oiréis nombrarlo indistintamente, en castellano o en euskera, pero ¿sabéis algún otro nombre por el que se conozca a la ciudad?- les pregunté haciendo una pausa al llegar al comienzo de las escaleras que nos llevarían al pie de la playa de Ondarreta. 

- ¿La bella Easo, ¿no?- dijo Pepe con cierto conocimiento. 

- Efectivamente, la bella Easo, o Easo a secas, no vamos a hacer publicidad gratuita…- en ese momento ambos se sonrieron- Además, estando ella presente, hablar de belleza… -. Natasha se sonrojó ligeramente, como si el rosa palo de sus complementos se le extendiera por la cara. 

Caminando junto a ellos fuimos paseando por la playa de Ondarreta buscando el nuevo punto de la visita. Comentábamos los otros nombres por los que se puede hablar de la ciudad, sus orígenes, sus usos, ganándonos más y más una confianza recíproca entre lo que apenas media hora antes éramos completos desconocidos. Donde el paseo se hace llano y discurre entre los jardines que quedan a nuestra izquierda y la playa que se abre al mar a la derecha, y donde generalmente la vista se pierde buscando figuras, rostros y curvas entre las bañistas, esta vez toda mi atención la centraba Natasha. Quizás las elevadas cuñas de sus sandalias la hicieran parecer más alta, pero era una mujer de rompe y rasga. Sus curvas, generosas es una palabra que se queda corta, y su actitud segura de sí misma, eran un foco de atención para todos los hombres que nos cruzábamos; Pepe, no podía por menos, se sentía orgulloso de tenerla a su lado. A mí me ocurría algo parecido, al menos hasta que completamos la curva de la bahía y llegamos al siguiente punto de nuestra visita: el peine del viento. 

- Cuidado- le dije mientras mi mano cogía la suya y le ayudaba a caminar por el irregular piso de adoquines imperfectos que Peña Ganchegi diseñó como escenario complementario a las esculturas de Chillida; no sabría explicar si era pura profesionalidad para evitar que la clienta se produjera una torcedura de tobillo que arruinase la visita o simplemente quería sentir su piel en contacto con la mía. Seguramente habría una parte de ambas, como seguramente Natasha no sabría si agradecer al calendario que les hubiera tocado un día soleado y de mar tranquila cuando se colocó, con las piernas ligeramente separadas abarcando uno de los agujeros excavados en el suelo y por dónde, les había contado, los días de mala mar las olas y el viento se cuelan mojando y haciendo volar faldas más vaporosas que la suya. 

Mientras nos dirigíamos hacia el vetusto funicular que debía subirnos al monte Igueldo, ella pidió a su esposo que comprara una botellita de agua. 

- Parece mentira, viniendo de dónde venimos, con la calor y humedad que hace por allí, si aquí no hará ni 27º, ¿no?- dijo Pepe dirigiendo la última parte de la frase hacia mí. 

- Sí, algo así hará…- había comenzado a responder cuando Natasha cortó la discusión con un pues yo estoy ardiendo que subió de golpe también mi sensación térmica. 

Llegamos a la taquilla poco antes de que el funicular iniciara un nuevo ascenso, con el tiempo justo para que nos ubicaran solos en el último de los compartimentos, el más bajo de todos. Ellos se colocaron juntos en un banco y yo frente a ellos en el opuesto. No me quedaba más remedio que observarlos, algo que se convirtió casi en una tortura cuando Natasha, abriendo la botella de agua, comenzó a beber y un hilillo de agua escapó de la comisura de sus labios y se deslizó por su barbilla, su cuello. Aquello no debió parecerle suficientemente refrescante, pues ayudándose de los dedos, separó la tela de su vestido y vertió una mínima cantidad de agua por su pecho, marcando de inmediato los pezones y obligándome a tragar saliva. Cuando miré al marido, éste se encontraba girado, de rodillas sobre el banco, y apuntando con su cámara al paisaje que dejábamos atrás. 

Se lo había anunciado, el funicular y el parque de atracciones al que nos dirigíamos eran vestigios de edad de oro de la ciudad, sin embargo, llegar hasta allí a través de ese método, vale la pena. 

- ¡Wow, qué vistas, son espectaculares!- exclamaron casi al unísono. 

Apoyándonos en la barandilla contemplamos la ciudad que se extendía a nuestros pies; ellos identificaban los pocos lugares que ya habíamos visitado y yo les anunciaba en la distancia los que nos quedaban por visitar. 

- Tenéis una ciudad preciosa- dijo Natasha girándose y mirándome detrás de sus gafas de sol. 

- Sí, es verdad. El marco incomparable lo llaman- le respondí, aunque en mi mente la frase era más extensa: ahora el marco incomparable tiene un sentido, resaltar la maravilla de culo que gastas. 

Sin prisas, como si no hubiese unos horarios y un plan que seguir, nos quedamos mirando las vistas, la ciudad y las colinas que enseguida se elevan. 

- Es una ciudad pequeña, práctica, con unos espacios fenomenales para pasear, pero en cuanto te alejas del centro, de la ribera del río, se empina enseguida. Aunque tampoco nos vamos a quejar de las cosas que se empinan enseguida, ¿no?- comenté guiñándoles el ojo. Una sonrisa pícara emergió súbitamente en el rostro de Natasha. -Mira cómo ha pillado la broma- dije a Pepe riendo. Caminamos por las instalaciones de ese parque de atracciones en miniatura en el que la montaña rusa no pasa de Suiza y aguardamos nuestro turno para sacarnos la foto más emblemática, esa que no puede faltar a cada turista, con la bahía, la isla de Santa Clara en medio y el resto de la ciudad vistos desde esa atalaya sin igual. 

Me dejaron su móvil, se colocaron abrazados junto a la barandilla, y les tomé la foto de rigor, primero mirando a cámara, y luego girados, de espaldas al objetivo, mirando la ciudad. 

- Os pediría por favor que, si subís esa imagen a redes sociales, etiquetarais la empresa, o me la podéis mandar, con vuestro permiso la podría utilizar para promocionarme. Algo me dice que, si pongo esta imagen vuestra de espaldas, el número de visitas en mi blog aumentaría súbitamente- les dije. 

- Ya, ya, ya me puedo imaginar por qué lo dices- rio Pepe, el primero esta vez en entender la frase. 

Cuando iniciamos el descenso de nuevo en funicular, y no llevábamos ni siquiera una cuarta parte del servicio que habían contratado, lo hacíamos más como amigos, que como guía y clientes. Cuando Natasha sacó su celular en pleno viaje de vuelta y sugirió que nos hiciéramos un selfi, yo me separé para no salir en la foto. 

- No, ven… los tres juntos. Así, acercaros. Besadme cada uno en un lado- dijo ella, y no nos quedó más remedio que obedecer. Al poco nos enseñaba en la pantalla su sonrisa luminosa mientras Pepe y yo posábamos nuestros labios en un gesto sobreactuado en cada una de sus mejillas. 

El trayecto de vuelta hacia el centro fue más distendido, la historia oficial de la ciudad se mezclaba con anécdotas y ellos también contaban sucedidos de sus viajes o de su localidad. Hicimos alguna parada, para ver el homenaje de Chillida al doctor Fleming, o al llegar a la Perla y la Caseta Real de Baños, recuerdo regio de aquellas primitivas casetas tiradas por bueyes en las que los primeros veraneantes llegaban a este punto de la costa siguiendo la costumbre de tomar baños de mar. Era aquella la época de Isabel II, monarca en la que el adjetivo liberal cuadraba más con su vida libertina que con su faceta política, distracción de los placeres carnales que le importaba más bien poco, aunque a San Sebastián el hecho de defender su derecho al trono le valió un sitio en la Primera Guerra Carlista. Al menos la Reina fue leal y recompensó la fidelidad con sus visitas continuas hasta su mismo derrocamiento allá por 1868. 

Después de alguna foto junto a la icónica barandilla de la Concha que no puede faltar en cada visita a la ciudad, como hicieron los Reyes actuales en la primera parte de su luna de miel, les reté a encontrar el único tramo de barandilla diferente al resto, a la altura de los relojes. Mientras Natasha se quejaba de la humedad que hacía transpirar a su piel y que a mí me parecía que servía para darle un brillo aún más seductor, las farolas del paseo nos dieron pie a hablar del famoso festival de cine y de sus anécdotas más elegidas, como el día que Elizabeth Taylor se lo tomó con calma llegando varias horas tarde o el estreno internacional de Star Wars cuando todavía era La Guerra de las Galaxias. 

- Debía haberme traído el bikini, ¡tengo unas ganas de refrescarme!- dijo Natasha, y yo, obviando la imagen de aquel pedazo de mujer, enseñando más carne, ligera de ropa, que se comenzaba a dibujar en mi imaginación, opté por la profesionalidad y les comenté que enseguida nos detendríamos. Volando, casi como aquel líder fascista belga que sin apenas combustible le pareció que el arenal de la Concha era la mejor pista de aterrizaje posible para huir del triunfo aliado, llegamos a los jardines de Alderdi Eder, tapiz floral a los pies del antiguo casino hoy convertido en Ayuntamiento. Caminando junto al club náutico, joya del racionalismo, barco varado en tierra, giramos para encarar el Boulevard e introducirnos en la Parte Vieja. 

Las calles estrechas del casco antiguo nos protegían del sol, que a esa hora del mediodía calentaba con inusitada fuerza. Pepe y Natasha se iban a introducir en una costumbre que de los donostiarras saltó a los turistas: ir de pintxos. Hasta que no entramos en el primer bar no se quedaron muy convencidos que tomar un par de bocados en cada sitio fuese comparable a una comida completa, pero entre zuritos y txikitos, fueron haciéndose a la idea. Además, de un local a otro podíamos movernos, ver la recargada fachada churrigueresca de la Basílica de Santa María, comentar lo que han evolucionado los pintxos desde la clásica Gilda a la alta cocina en miniatura de la actualidad, o pasear por 31 de Agosto, calle que en su nombre lleva el recuerdo del incendio que destruyó la ciudad tras el asalto anglo-portugués para desalojar al ocupante napoleónico. 

Fue en el último de los bares, cuando tras cinco o seis pintxos y la mitad de bebidas, Natasha, con la mano apoyada en mi hombro y total naturalidad, dijo: 

- Estoy completamente sudada, tengo los muslos empapados. Me voy al baño a refrescarme-. Yo, con este carácter tan donostiarra que depara personajes como Amaia Montero o Álex Ubago, no había terminado de salir de mi asombro cuando ella ya volvía. Traía algo arrugado en la mano. – Son mis bragas, espero que les des buen uso- dijo a mi oído mientras su mano hurgaba en el bolsillo de mi pantalón introduciéndolas. Me quedé estupefacto, casi rígido, alguna parte de mi cuerpo más que otra al parecer: vaya, por lo que he notado, te gusta el regalito…- dijo Natasha riendo mientras se abrazaba a su pareja. 

Era poco más que un altoparlante, prácticamente un autómata, cuando nos pusimos de nuevo en marcha y hablaba sobre los balcones numerados de la plaza de la Constitución. Al salir por Portaletas al muelle, una brisa fresca, con aromas marineros, me hacía pensar en el tesoro escondido en el bolsillo. Pasamos por delante del Museo Naval, llegamos al Aquarium, donde Pepe y Natasha se asomaron a las terrazas; mi vista buscaba en la parte baja a alguien que adivinara el secreto que no escondía la falda de la turista. Al adentrarnos en Urgull por el desierto paseo de los curas, no pude resistirlo más. Tenía su complicidad, seguramente algo más a lo que aún hoy me cuesta ponerle nombre; saqué su ropa interior del bolsillo delantero derecho de mi pantalón y la olí. Inspiré profundamente, hasta que los aromas se clavaron en mi mente. Iniciamos la subida al Castillo, testigo innegable del pasado militar de la plaza. Atacantes o defensores, muchos miles de soldados habían pisado esos mismos caminos por los que nosotros ascendíamos. Después de dejar atrás la primera de las baterías, mi mano en el brazo de Pepe detuvo su marcha. Antes de que pudiera preguntar qué sucedía, un dedo sobre mis labios le pedía silencio. Al ver alejarse a Natasha monte arriba comprendió. Después de darle unos metros de distancia impuestos, no por las medidas sanitarias sino por su ausencia de ropa interior bajo el vestido, continuamos la marcha. A cada paso, en cada escalón que nos llevaba hasta la cima, los muslos de la mujer se rozaban, la falda se movía, recogiéndose mínimamente, lo justo para que nuestro deseo viese más parte de su anatomía de la que realmente se veía. Pepe me dejó pasar delante. Fui recortando la distancia con Natasha, hasta acompasar sus pasos con los míos, hasta dejar que en cada escalón el movimiento de su culo recio hipnotizara mi mente; hasta el punto de parecerme bien cualquier rincón para arrebatarla del camino y follar con vistas a una bahía tamizada por la frondosidad de los árboles. 

El no hacerlo fue compensado por el gesto de Natasha al llegar al pie de la escultura del Sagrado Corazón. Abanicándose con el sombrero, su rostro colorado denotaba el esfuerzo de llegar hasta allí. 

- Menuda subida, es dura, ¿eh?- dijo resoplando. Un ligero vistazo a mí figura le sirvió de respuesta. La cuesta no era lo único que encontró duro y empinado. A mi lado, Pepe sonreía orgulloso. 

Tras pasear unos minutos por lo alto del monte, nos llegamos al mirador que ofrece sobre la isla y la bahía. Ahí, en un pequeño saliente protegido por una barandilla metálica, Natasha se asomó a admirar la panorámica. Pepe sacó su cámara y tomó varias fotos de su mujer de espaldas frente a la ciudad. Al sentir el clic del disparador, Natasha tuvo un reflejo: con una de sus manos elevó el bajo de su vestido y nos premió con una visión aún más bella. Su culo grande, redondo, de una perfección casi matemática apareció durante escasos segundos, los justos para hacerme desearlo más y más. 

- Venid por aquí, os voy a llevar a un lugar que pocos turistas conocen- les dije, y nos encaminamos al bar donde de niño no pocos mostos con aceituna me tomé. Pedimos tres cervezas esta vez y nos colocamos en una de las mesas allí plantadas. Otra vez con total naturalidad, Natasha extendió sus piernas hasta apoyar los pies en el reposabrazos de mi silla. Rozar, tocar sin miedo, asomarme a su ausencia de tela… la tentación era múltiple. 

- Tranquilo, puedes mirar- dijo Pepe. Yo no tardé en bajar la cabeza e intentar contemplar su coñito al final de una piernas que sostuve entre mis manos. Nunca había tenido unos clientes así. 

Ya de descenso hacia el Paseo Nuevo, antes de llegar al Cementerio de los Ingleses, fue Natasha la que detuvo la marcha. Al verla quieta, la imitamos. 

-Venid aquí- dijo, y como corderitos nosotros desandamos los metros que nos separaban de ella. – Sacárosla- ordenó. Nuestras dudas la hicieron insistir: va, sacaros la polla, no viene nadie, quiero comprobar cómo os la he puesto. Apresurados, nerviosos por la petición y por que alguien pudiera vernos, Pepe y yo accedimos. – Cariño, la tiene más grande que tú- dijo Natasha con una espontaneidad que yo ya no dudaba era natural y mientras agarraba con suavidad ambos penes con sus manos. 

- Es verdad. Tienes un buen pepino- terció Pepe. 

- Vaya, gracias, no sé qué decir- respondí con timidez. Esta era una de esas cosas que nunca hubiera jurado que me podían suceder a mí. 

Más que nervioso les guie por los caminos hasta llegar a la puerta que da al Paseo Nuevo. Ahí, sin prisas ni miedo a que una ola insospechada nos mojara, tomamos dirección al Paseo de Salamanca. Con la panorámica de los cubos del Kursaal, giramos al llegar a la sociedad fotográfica y desembocamos en la plaza Zuloaga y el Museo de San Telmo. 

- ¿A que ahora ya no soy la única que tiene calor?- nos retó Natasha. Aquello me hizo desviarme un tanto de la ruta y acompañarlos a mi heladería favorita. 

- ¿Seguro que no quieres un helado? Venga, que te invitamos- insistía Pepe. 

- No, no, muchas gracias. Además, no creo que tengan el sabor que me apetece probar ahora- me excusé. Ante su incomprensión se lo tuve que aclarar: el sabor a su coño. Pepe rio a carcajadas mientras Natasha, ajena, pedía un helado de dos bolas: mascarpone con dulce de leche. 

Salir a la Bretxa, contarles que por allí penetraron los soldados ingleses bajo el mando del duque de Wellington que pretendían liberar la ciudad de la presencia francesa y que terminaron provocando muerte, violencia y destrucción bajo el fuego una noche de finales de agosto, llegar al boulevard de nuevo, pasar después entre el teatro y el hotel con nombre de reinas que se llevaban como suegra y nuera, detenernos en los jardines de Oquendo… todo era una tortura. Mis ojos hacía tiempo que no prestaban más atención a nada que no fuera Natasha y su manera de lamer el helado. Cuando el calor comenzó a derretirlo, casi fue peor: su lengua se empeñaba en demostrarme sus habilidades limpiando los riachuelos de leche y azúcar que caían por sus dedos, el canto de la mano… Dejamos atrás la escultura del almirante, decirles que estaba realizada a partir de cañones fundidos me hizo mirar una vez más el cuerpo de Natasha (aquello sí que era un cañón de mujer) y llegar a la Plaza Gipuzkoa. Allí, frente al palacio de la Diputación y sus bustos ilustres, jugando a encontrar San Sebastián en el mundo, terminaba la visita. Habían sido seis intensas horas y algunos minutos; me había retrasado algo, puede que hubiera cometido algún olvido, pero no importaba. Ellos habían hecho que acompañarlos a descubrir la ciudad fuera un placer. Uno de esos que se desean continuar compartiendo: 

- ¿Tenéis algún plan para la noche? Me gustaría invitaros a tomar algo, la verdad es que habéis sido encantadores- les dije. 

Ellos se miraron, Natasha afirmó con la cabeza y Pepe confirmó de viva voz: genial. Has sido un tipo de puta madre, a parte de un buen guía, nos encantará pasar la noche contigo. Yo no caería en la profundidad de la frase hasta más tarde, entonces sólo pensaba en cómo indicarles el camino para llegar a su hotel. 

- Si estáis por el centro tenéis que coger el 28. No hagáis caso a la canción, nunca llega tarde. Si preferís venir directamente desde el hotel, el 24 os vendría bien- indiqué. Habíamos quedado a las diez de la noche. Quizás otro año los hubiera llevado a los locales atestados de lo viejo, a la discoteca en pleno paseo de la Concha, pero este año de pandemia, mi barrio otorgaba más tranquilidad y distanciamiento social. 

- Nati está escogiendo modelito, esperemos no llegar tarde- leí en la pantalla de mi móvil cuando ya casi era la hora. Habíamos intercambiado teléfonos, era el método más rápido y práctico para indicarles donde apearse del autobús. Yo les estaría esperando en la parada. 

- ¡Qué bonita sonrisa! Si hasta dan ganas de comerte la boca-. A tenor de sus palabras, mi rostro sin la mascarilla de protección debió iluminarse al verlos descender del autobús. El look de Pepe era similar al de la mañana, aunque se había cambiado de ropa; en cambio Natasha había optado por un aspecto completamente diferente, con una especie de mono sin mangas, que se le ceñía mucho a las piernas, pero con un escote plisado y generoso que subrayaba sus pechos. Lucía además unos zapatos negros, de un tacón ancho y de una altura de unos doce centímetros, un brazalete en su antebrazo diestro y el pelo suelto y ondulado. Era Natasha la clase de mujer que no se deja acomplejar por sus curvas, por sus caderas anchas, sus nalgas rotundas. Al contrario, sabía sacarse partido. Si mi mirada, que ya estaba más que ganada para la causa después de toda una jornada junto a ellos, perdiéndose en su figura cuando le abrí la puerta del bar al que los llevé no fuera suficiente prueba de ello, estaban las otras miradas, las del resto de clientes, del camarero incluso, que nada más verla ya la deseaban. 

- Mira Pepe, tienen mesa de billar- exclamó, para añadir a continuación: ¿tú sabes jugar? Nunca me había apasionado, pero tanto como acertar con un palo a una bola, supuse saber hacerlo. Cuando nos sacaron la botella de cava que habíamos pedido con sus respectivas copas y comenzó la partida, ya no estaba tan seguro. Cuando Natasha se agachaba para calibrar la jugada, mover el palo, golpear la bola era una tortura estar de frente y observar sus pechos curvos juntándose, moviéndose; si optaba por situarme a su espalda, entonces era su culo ceñido por el ropaje el que me provocaba sudores fríos y calores internos. Decir que perdí la primera partida es tan lógico como decir que perdí todas las demás. Observar sus poses, sus movimientos lentos, estudiados… ni el mejor de los profesionales hubiera podido concentrarse ante semejante derroche de sensualidad y mareantes curvas. 

No había estado muy despierto en cuanto a las partidas, pero hubo un detalle que no había pasado por alto: no llevaba bragas. Cuando el local se quedó lo suficientemente vacío se lo pregunté para que confirmase mi hipótesis. -No, nunca llevo tanga con esta ropa, se me marca demasiado- dijo, y apoyando el trasero en la mesa, con las piernas ligeramente separadas, sus dedos me dejaron bien claro que aquella ropa se ceñía a su piel como un guante. Agarró el palo de billar que sostenía yo entre mis manos y acercándolo a su entrepierna comenzó a restregarlo lento, maliciosamente lento, haciendo que yo viera la forma de su vulva dibujada en las mallas. 

- Ven, tócamelo tú- dijo tomando mi mano y posándola sobre su muslo. Mi mirada buscó la conformidad de su esposo, quien con un leve gesto afirmativo me dio permiso. Nervioso, fui trepando con mi mano por su pierna. Natasha se acomodó, separando más las piernas, asentándose mejor sobre el borde de la mesa. Cuando mis dedos llegaron a su sexo y notaron el calor que desprendía, ya no quisieron alejarse. Movía la mano, subía por su concha, sentía sus labios moviéndose ante el pasar de mi mano. Cuando mis movimientos se hicieron más repetitivos, Natasha inclinó hacia atrás la cabeza y un sonido gutural salió de su garganta en forma de gemido. 

- ¿Está mojada?- quiso saber Pepe, y acercando su mano encontró la respuesta de su cuerpo: empapada. Si no estuviéramos en un local público, si la mesa de billar fuera nuestra, sería el escenario ideal para tumbarla y seguir explorando su cuerpo, pero había más gente en el bar, rostros que nos miraban y nos obligaban a disimular los gestos, a hablar en cuchicheos. Sin alejarse de su esposo, Natasha se incorporó; sus tacones la elevaban, pero todavía su boca quedaba lejos del alcance de la mía. Aproximó su muslo hasta colarlo entre mis piernas, apretándonos, sintiendo el contacto creciente de mi paquete. La polla se había despertado y su crecimiento comenzaba a resultar complicado de disimular bajo el pantalón. Más aún cuando ella agarró mi cinturón y me pegó todavía más a su curvada anatomía. 

- Está empalmado, y la tiene durísima- dijo dirigiéndose a su esposo, el único que en ese momento necesitaba explicaciones, pues tanto Natasha como yo lo sentíamos en nuestras propias carnes. 

- Te la vas a follar, chaval. Está cachonda, y a estas alturas ya no tiene marcha atrás- me dijo Pepe golpeando con su mano mi hombro. Mi mirada buscó a Natasha, y encontró la suya pícara y su boca entreabierta esperando a la mía. Mientras nuestras lenguas chocaban, su mano se posaba sobre mi abultada entrepierna al tiempo que Pepe seguía comprobando la humedad que ganaba el chocho de su mujer. 

Me hubiera conformado con algo rápido en los aseos del bar, pero ya puestos, buscamos otros lugares donde seguir dando rienda suelta al calentón que llevábamos. Pepe introdujo con la mano las bolas sueltas que habían quedado abandonadas sobre la mesa de billar, mientras yo me acercaba a la barra a pagar con Natasha pegándose a mi espalda. 

Las calles del barrio, alejadas del centro y su bullicio, servían de eco a las risas de Natasha cada vez que nos deteníamos y nuestras manos la recorrían entera. 

- Ven- dijo de pronto Pepe arrastrándonos entre dos coches aparcados. Antes de que pudiera darme cuenta Natasha estaba en cuclillas, pugnando por soltar el cierre del pantalón de su esposo. Con un gesto me instó a acercarme; al verme Natasha sonrió y yo intuí su gesto como una invitación a liberar mi polla, algo más relajada que anteriormente en el bar. – Si llevara vestido nos la tirábamos aquí mismo, contra el capó de ese coche, ¿que no?- volvió a decir Pepe. Yo sonreí, y en aquel mismo instante, casi al momento en que mi mano la sacó al exterior, mi verga era acogida por la boca de Natasha. -Así, así, chúpasela, cariño, chúpasela que se lo ha ganado-. Pepe marcaba los pasos a dar, su mujer accedía y yo me dejaba hacer, cerrando los párpados y dejando caer mi espalda contra la carrocería de una furgoneta. 

Cuando dejé de sentir los cabeceos de Natasha sobre mi polla abrí los ojos para comprobar que estaba repitiendo la operación con su marido. Sujetaba el falo por la base con su mano diestra, movía su cabeza rápido, succionando constantemente, mientras que con su mano izquierda mantenía sujeta mi polla no dejando que bajara la erección. Alternó la mamada a uno y otro durante unos segundos. El calentón había sido rápido, más que incendiario, y aunque medianamente ocultos, no dejábamos de estar en una calle amplia y bien iluminada. Un automóvil que pasó más lento de lo habitual nos sorprendió en plena faena, invitándonos a continuar en otro lugar. 

- Allí, venid- mi labor de guía volvía a servir para llevarnos a una plaza interior, apenas algo más que un patio de manzana urbanizado. Allí, si no estaban los chavales de botellón, no habría más mirones que los que nos pudieran localizar desde las ventanas. Buscamos un banco en un rincón menos iluminado. Me senté y Natasha se colocó frente a mí sobre mis muslos. A ella le agradó comprobar que la erección no había cesado con el cambio de escenario, y pegándose a mi cuerpo comenzó a restregarse. Ya no necesitaba el permiso de Pepe, y enseguida mis manos comenzaron a tratar de mover su escote para liberar sus generosos senos. Natasha apoyaba su frente en la mía, nuestras caras nos cegaban y de vez en cuando el deseo nos concedía una tregua y acertábamos a comernos la boca. Cuando saqué a la tenue luz que ofrecía el lugar los grandes pechos de la mujer, mis manos buscaron otro objetivo; moviéndose por su cuerpo llegaron a sus nalgas. En aquella postura, con su cuerpo contra el mío y mis manos empujando, aquellas nalgas duras y recias se volvían aún más irrechazables. Las abracé, y después mi mano derecha dio un cachete que resonó en la noche. 

- Así, dale caña, joder- animó Pepe. Continuaba de pie, junto a nosotros. Aunque no por mucho tiempo: estoy seco, necesito beber algo, ¿hay algún bar por aquí?-. Cuando Natasha soltó mi cara hice una pausa en los magreos para decirle que en la calle paralela había algunos, y que si no tenía máquinas de bebidas a la vuelta de la esquina. Cuando Pepe nos dejó solos volvimos a lo nuestro, a chocar nuestros cuerpos, a sentir el calor de su vientre, a restregar sus mallas contra el bulto de mi pantalón, a aplastar sus curvas con mis manos, a regalarme cachetes en su culo, a comernos los labios, a mirarnos a la cara y prometernos el paraíso sin palabras… 

El regreso de Pepe de vacío coincidió con mi constatación de que el ropaje que había elegido Natasha era tan sugerente y elegante como poco práctico para algaradas callejeras como la que nosotros protagonizábamos. Ni siquiera sus pechos podían mantenerse fuera del escote, y a fuerza de rozarnos íbamos a desgastar la tela de nuestras respectivas entrepiernas. Tal vez desnudos, tal vez en una esquina, tal vez el morbo de que alguien al pasar o desde una de las cada vez menos ventanas que permanecían iluminadas nos pudiera observar. Demasiados tal vez ante la certeza de que, en mi casa, cercana y con un par de camas, estaríamos mejor instalados. Esta vez ni siquiera tuve que guardar a regañadientes la polla, que, cumpliendo su deber, se mantuvo relativamente tiesa mientras caminábamos los dos o tres minutos hasta el portal. 

Ver el contoneo del ceñido culo de Natasha al subir los siete escalones que nos conducían al ascensor fue una tentación demasiado grande como para aguantarla. Llegué a su altura y le sorprendió un cachete en sus nalgas. Se quejó entre risas, provocando también la reacción de Pepe. Ya dentro del elevador ella quedó presa entre nuestros cuerpos. El avance de su marido empujó su retaguardia contra mí, hasta sentir la dureza de su culo contra mi cuerpo. Cuando mis manos intentaron abrazar su pecho se encontraron con las de Pepe, y a cuatro manos le prodigamos un masaje de tetas nada relajante. Hacía ya unos momentos que el ascensor se había detenido en la planta correspondiente, pero nosotros seguíamos jugando, acelerando poco a poco. 

Nada más entrar, sin tiempo de hacerse con el lugar, apenas franqueado el breve pasillo, Natasha apoyó sus manos en la encimera de la cocina, separó las piernas, elevó el culo y bajando el tronco se ofreció irrechazable. – Toda tuya, disfrútala- dijo Pepe y mis dudas desaparecieron. Me agaché y metí la cara entre sus nalgas. Empujé, me restregué, mi lengua salía para intuir el calor y la humedad que la ganaban del otro lado de la tela. 

- Tienes cerveza fría en la nevera, y el abre-chapas está en ese cajón. Yo, con tu permiso, voy a seguir por aquí abajo- dije a Pepe cuando hice una pausa para tratar de averiguar cómo diablos podía quitarle la ropa a Natasha sin necesidad de rasgar sus mallas. Al final descubrimos que sacando las mangas el mono que vestía podía ir recogiéndose, y, a medida que lo hacía y me iba descubriendo parcelas de su piel, yo me iba apoderando de ellas: primero sus hombros, donde clavé mis manos para empujarla contra mí y hacerle sentir en su trasero la dureza que me había vuelto a transmitir. Después fue toda su espalda la que mi boca recorrió en una mezcla extraña de besos y lametones. Y siempre sus pechos, grandes, enormes, casi inabarcables hasta para mis manos grandes. Hasta que la tela venció la curva de sus caderas y fueron apareciendo poco a poco, como cuando se descorre el telón, el mejor escenario posible. Su coño, afeitado en los laterales y con una franja de pelo que después de tanto frote se encontraba tan alterado como nosotros, y su ano, contraído y oscuro. 

- Joder- exclamé mientras contemplaba a Natasha en aquella postura. Sumisa, desnuda salvo por la especie de mono que permanecía caído a la altura de sus tobillos, poco más arriba que el final de unos tacones que resaltaban su culazo. Cuando mis dedos quisieron sentirla, Natasha, apenas al sentirse rozada, empezó a gemir de manera exagerada. Mi mirada sorprendida buscó a Pepe; quería preguntarle si era siempre así, decirle que menuda joya tenía escondida, que gracias por hacerme partícipe, pero lo encontré ya desnudo de cintura para abajo, con un botellín de cerveza en la mano, tratándose de hacer hueco entre los brazos de Natasha y sentándose en la encimera. Palmeé dos o tres veces sin demasiada dureza sobre su sexo, y volvieron a resonar sus alocados gemidos. No por mucho tiempo, lo que tardó Pepe en hundirle la polla en la boca, o acaso lo que permanecí atento antes de sumergirme entre sus muslos. 

Mi lengua movía sus labios, se adentraba ligeramente en la vagina, se aventuraba buscando su pipa, se enredaba en su vello, y siempre, siempre, bebía de la constante fuente en que se había convertido el coño de Natasha. Hasta que sentí otro líquido cayendo: cerveza que Pepe había volcado en un pequeño chorro sobre la espalda de su esposa y que caía desparramándose hasta que mi boca la degustó en la piel de su trasero, moviendo la cara con impostada actuación hasta casi morder su nalga; después volví a su chocho, a degustar esa curiosa mezcla de amargores. Cegado por su cuerpo seguía aleteando con mi lengua, hurgando en su coño, reteniendo los pliegues de sus labios con los de mi boca, sumando dedos para frotar su clítoris y que Natasha se licuara en mí prácticamente en el acto. 

- Déjame, que no aguanto sus mamadas tanto tiempo-. La voz de Pepe instó a un cambio. Me incorporé y le cedí el lugar. -Ostia puta, cómo se lo has dejado, si está chorreando- volvía a decir el marido. Soltando por fin el cierre de mi pantalón ocupé su lugar, y mi verga lo agradeció mirando al techo antes de encontrarse con la cara de Natasha. Me miró antes de agarrarme el sexo con la mano; lo masturbó lento primero y luego más rápido unas cuantas veces, para después llevárselo a la boca. Corregí la postura para no chocar con su paladar mientras Pepe ya había dejado su cerveza sobre la mesa y, agarrándose a las caderas de su esposa, trataba de colarle la polla. Cuando lo consiguió y comenzó a follársela, ella no tenía que hacer ningún gesto, pues los empujones que Pepe prodigaba en su grupa se transformaban en el impulso necesario para cabecear sobre mi polla. 

Su marido era un altavoz de constantes onomatopeyas que delataban el placer que estaba sintiendo mientras los gemidos de Natasha se acallaban por la presencia de mi rabo en su garganta. Yo, por mi parte, resoplaba, apretaba los dientes y trataba de controlar mis ansias para hacer que aquello durara lo máximo posible. Mis manos recogieron sus cabellos, los apartaron de la cara. Tirando débilmente de ello le hice incorporara la cara; me miró antes de dirigir la vista a la punta de mi polla, cubierta de saliva y brillando, como implorando que la dejara continuar mamando. La devolví a su boca, acompasamos el chup chup de mi polla entrando y saliendo con el constante y cada vez más descontrolado chocar de Pepe con las nalgas de Natasha. 

Colgaban restos de babas de mi polla cuando caminé, moviendo el rabo de lado a lado, hasta la habitación en busca de preservativos. Allí tuve una ocurrencia. Deshice la cama, tirando las sábanas al suelo en un montón y saqué el colchón. Lo arrastraba hasta la cocina cuando al llegar vi a Pepe que se masturbaba con ganas de terminar contra la piel de la nalga derecha de su esposa. Asistí en silencio y desde cuatro o cinco metros de distancia al momento en el que Pepe, gruñendo y sudando aceleraba el ir y venir de su mano para expulsar tres chorros de semen que reventaron contra el próximo culo de su esposa. 

- Gracias- musitó Natasha cuando le cedí el rollo de papel higiénico para que se limpiara el rastro de la corrida. Después encontró la cerveza que Pepe había dejado sobre la mesa y terminó de un trago los restos ya calientes. Su fatiga contrastaba con el vigor de mi polla, ya protegida y todavía resplandeciente, que esperaba una acción inmediata. – Ponte a cuatro- le pedí tras acercarla al colchón desnudo que tirado en el piso de baldosas parecía desubicado. Lentamente Natasha accedió y yo me arrodillé a su espalda. Al calibrar la dureza de mi rabo contra sus labios pude notar una vez más su humedad y los efectos inmediatos que tenía el choque de una superficie dura contra su clítoris. 

- Aaaahhh- un prolongado gemido salió de su boca a medida que yo entraba, lento pero decidido, en su cuerpo. Se la saqué, igual de despacio, sintiendo y haciéndole sentir. Reposar el glande en sus labios y volver a empujar para instantes después retirarme e ir entrando en materia. El ritmo coincidió con el momento en que su esposo, completamente desnudo y con otro trago en la mano vino a sentarse en una silla junto a nosotros. Animaba, comentaba, intuía las reacciones del cuerpo de su esposa cuando yo aceleraba la intensidad de la follada y los orgasmos a Natasha se le venían en cascada. Mis manos se movían nerviosas por su cuerpo, sin decidirse si eran mejor asidero sus pechos colgantes y bailarines o sus caderas rotundas. Daba igual en realidad, cualquier lugar era bueno para sujetar su cuerpo y aumentar el ritmo del polvo. Entraba lento, dejando que sintiera toda mi verga, acoplando sus paredes a mi dureza, y cuando no lo esperaba empezaba un movimiento frenético que duraba veinte, treinta segundos en los que Pepe se aproximaba diciendo dale, dale duro, o fóllatela, elevando su voz por encima de los gritos de Natasha. Luego la fatiga imponía un movimiento más sosegado, hasta la siguiente tanda descontrolada, en la que eran su pelo o sus hombros el lugar en el que se agarraban mis manos para tirar de ella y provocar un impacto más intenso. 

La piel de su cuerpo brillaba y Natasha tenía el regusto salado del sudor cuando adoptando otra postura la besé. Tumbada de lado, conmigo a su espalda, el desacompasado botar de sus tetas en cuanto volví a follarla enseguida hipnotizó la mirada de Pepe, quien había cambiado el botellín por una paja mientras nos miraba de frente. Volví a la carga, a empujar mis caderas a un ritmo más cadencioso, a colar mis brazos sobre su costado para detener por un instante el ir y venir de sus pechos. A duras penas podía mantener Natasha su pierna elevada para facilitarme el acceso, pero yo no dejaba de moverme, de sacudir mis riñones consiguiendo recorrerla entera. En un momento dado Pepe se incorporó y vino a nosotros: 

- Vaya aguante que tienes, cabrón- dijo riendo. Acto seguido acercó sus dedos al lugar donde nuestros sexos se encontraban sin cesar, comenzando a estimular la pipa de su esposa. Ella reaccionó agitándose, aproximándose a un nuevo orgasmo, el enésimo de la noche. A medida que sentía llegar su final, Pepe abandonaba el sexo de su mujer y se centraba en el suyo. Mientras, yo no dejaba de follarla, de acomodar la postura para aguantar mi espalda sobrecargada, Pepe, masturbándose cada vez más fuerte, se colocó junto a la cara de Natasha. Ella ladeo el rostro, anticipando la continuación. Cerró los ojos y apretó la boca esperando el momento en que su marido se corriera sobre ella. Mis impulsos seguían haciendo moverse sus grandes pechos en el momento que Pepe se elevó un poco sobre las rodillas para dejar caer una ligera lluvia blanca sobre la mejilla acalorada de Natasha. 

Después de que Pepe exprimiera hasta la última gota, ella se dejó caer exhausta boca arriba sobre el colchón. Aguardé unos segundos antes de seguir. Igualé sus caderas, manejé sus piernas, las elevé hasta hacer reposar sus pies en mi pecho y volví a la carga. Mi polla seguía dura; Natasha dio testimonio cuando golpeé con ella su pipa y una descarga eléctrica la recorrió de punta a punta. 

- Ah, sí, joder, qué bueno…- murmuró antes de que volviera a hundirme en su coño. Luego, cuando comencé a moverme, a doblarme sobre ella y la acción de mi rabo entrando y saliendo constantemente volvió a provocar sus efectos, se instalaron de nuevo los gemidos, los suspiros, los gritos. También las palabras de Pepe dándonos ánimos, festejando lo bien que lo hacíamos a su juicio. Poco a poco la fuerza de mis brazos se acababa, haciéndome bajar hasta fundirme con su piel, hasta mecerme con sus pechos. En su rostro el semen que acababa de soltar Pepe se iba deslizando lentamente, como a dos velocidades, dependiendo de la espesura. No iba a aguantar mucho tiempo más, y verme entre semejantes tetazas me dio una idea. Salí de su coño, me quité el condón y fui moviéndome hasta arrodillarme, las piernas separadas abarcando su cuerpo, sobre su pecho. Guie la polla con la mano hasta rozar su piel; Natasha comprendió y con sus manos juntó los pechos enterrándome en ellos. Utilicé mis últimas fuerzas para follarle las tetas. Desde que nos habíamos encontrado casi quince horas antes, sus curvas me habían resultado mareantes y adictivas. Las había intuido bajo el vestido por la mañana, las había imaginado cuando vertió agua bajo la tela, me había seducido la visión del escote cuando nos habíamos vuelto a reencontrar por la noche, y entonces, que movía las caderas en impulsos aislados y mi polla apenas si se veía entre sus carnes, no podía creer mi suerte. 

Cuando sustituí sus mamas por mi mano, Natasha imaginó que había llegado a mi tope. Necesitaba incrementar el ritmo, llevar mi polla hasta sus límites. Mi mano se movía rápido ante la expectación del matrimonio. – Córrete, dáselo todo- decía Pepe, mientras Natasha aguardaba el momento mirándome, tratando de adivinar el momento preciso a través de las pistas que ofrecía mi cuerpo, el sudor que caía por mi cuello, la vena hinchada surcando la frente y el mover de mi mano. La respiración se acelera, la dureza de los cojones se vuelve casi dolorosa, mi cuerpo, casi de manera espontánea, se eleva y cae hasta casi aplastar su pecho. No dejo de masturbarme hasta que ya no hay vuelta atrás. Entonces, apunto a sus tetas, acelero aún más el ritmo, hasta sacarle brillo a la punta de mi cipote. Y ahí, en ese marco excepcional que forman sus pechos grandes, expulso varios chorros de semen espeso y caliente que parecen dejar escrito sobre su piel “Recuerdo de San Sebastián”.