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domingo, 7 de febrero de 2021

Un sandwich y un vaso de leche

Fui un niño bueno… hasta que me dí cuenta que uno se lo pasa mucho mejor no siéndolo. A los primeros cigarros, litronas o escarceos con las chicas siguieron los porros, las borracheras semanales y las pagas gastadas en putas. Y en esas correrías era parte indispensable mi amigo Kike. Mis padres saldrían con aquello de las malas compañías, pero yo sé que no, que Dios nos crió y nosotros solitos nos juntamos. Además Kike no podría ser nunca una mala compañía. Todo lo contrario. El amigo más leal y cercano que tuve y tendré. De todas formas no creo que a mis padres les preocupase demasiado Kike; mientras en casa me comportase, mi padre pagaba mis caprichos y mis locuras de fin de semana; mi madre por su parte pensaba más en los zapatos que se compraría para tal o cual vestido que en mí. Así que yo andaba libre, a mi aire.

Con este panorama es más que comprensible que los estudios no fueran una de nuestras prioridades. Con dieciocho años repetíamos segundo de BUP por segunda vez rodeados de niños pánfilos y niñas rebotadas de un colegio de monjas. Kike y yo, figúrate. Juntos éramos el terror de las adolescentes: desvirgábamos un par cada semana, solo por joder, nunca mejor dicho. A las que de verdad queríamos follarnos les salíamos con el rollo de respetar su virginidad, su elección, tal y cual, sólo para poder destrozarles el culo o llenarles la garganta de lefa. Y funcionaba. Follábamos todo lo que podíamos, pero siempre menos de lo que nos hubiese gustado.

Un día, mis padres estaban de viaje. Una boda de algún familiar, o un entierro, qué sé yo. El caso es que entre estar dando el coñazo al profesor de turno o aprovechar que estábamos menos vigilados que nunca, elegimos lo segundo. Nos saltamos las clases de la tarde y nos fuimos a mi casa.

- Hola Daisy- dije al entrar y cruzarnos con la chica que atendía la casa. Comenzábamos a subir las escaleras del chalé camino de la habitación cuando se me ocurrió algo. – Un sándwich y un vaso de leche, ¿puede ser?- le pregunté desde lo alto. Ella afirmó.

- ¿Qué dices, no nos íbamos a beber el whiskey de tu viejo?- Kike no entendía nada.

- Después- le tranquilicé. Ese era el plan, fumar canutos y beber, hasta ponernos pedo o estar colocados, lo que llegara antes. Y tocarnos los cojones, muy posiblemente de manera literal. Cada uno los suyos, eso si.

Daisy era dominicana. Lo suficientemente joven para que mi padre la contratase y lo suficientemente fea para que mi madre no sintiese celos. Así era Daisy, joven, fea, y terriblemente vaga. Trabajaba porque no le quedaba más remedio, sino su madre la echaba del piso, y trabajaba en nuestra casa porque había poco que hacer; mi padre nunca paraba en casa, mi madre apenas comía, y ella no tenía ni que limpiar ni cocinar, podía pasarse la tarde viendo culebrones en el salón. Conmigo la relación era distinta. Tiempo atrás quería tirarme una negra, nunca me había follado una y tenía ese capricho, así que le ofrecí pasta. Aceptó, sin más. Y debió gustarle porque las siguientes veces lo hacía a cambio de un porrito o una raya de coca. Si le conseguía una joyita se volvía de complaciente…

Tan pronto entramos en mi cuarto tiramos las mochilas al suelo y nosotros nos tiramos también. Yo sobre la cama, Kike sobre la silla giratoria del escritorio. Y empezamos a liarnos unos petarditos. En esas estábamos cuando entró Daisy. Una bandeja en las manos y en la bandeja dos vasos de leche y un par de bocadillos. Avanzó hasta dejarla junto a la ventana. Kike le sonrió, yo le ofrecí una calada. Ya no salió de la habitación. Se tumbó junto a mí, justo al borde de la cama. Su culazo gordo me empujó hacia la pared. Sería por aparentar, pero mi madre se había empeñado siempre en que las chachas fueran vestidas de tal, con su cofia y todo. Y la verdad es que a Daisy el traje le sentaba como el culo. Precisamente por eso, porque tenía un culo y unas tetas espectacularmente grandes y el traje apenas le abrochaba. Aunque esto también tuviera su parte buena. Como en ese momento, que al echarse de lado en la cama, la falda se le había recogido hasta medio muslo. Así que cuando ella me arrebataba el porro de la mano para darle unas cuantas caladas, yo me tomaba la revancha posando mis manazas en su pierna. No voy a hacer apología de la drogadicción, pero la verdad es que la hierba ayudaba a relajar el ambiente. Kike apuraba el primero y nosotros encendíamos ya el segundo. Entre uno y otro yo me había sacado la camiseta y me había aproximado tanto a la espalda de Daisy que rozándose con sus nalgas mi polla comenzaba a despertar. Mi brazo colgaba sobre su cintura y ella se derretía cuando la besaba entre la nuca y el cuello. Cuando metí una mano en su traje y forzando el, sin duda cansado, sujetador dejé al descubierto una de las tetazas de Daisy, Kike debió darse cuenta que la nuestra era la clásica relación chacha-señorito salido. ¿O quería decir lo contrario? En fin, que con su teta fuera y mi muslo tratando de hacerse hueco entre sus nalgas, seguimos a lo nuestro, hablando poco y fumando mucho.

Susurré algo al oído de Daisy. Ella rió, y cuando se incorporó palmeé con ganas su culazo. A esas alturas de la película, a Kike no le sorprendió mucho verla avanzar decidida a por él. Lo habíamos hecho antes con otras, solo que a ésta no le habíamos tenido que mentir ni emborrachar primero. Ésta era de las nuestras. Kike, pues, se desparramó en su silla, abriendo al máximo las piernas para dejarle hueco, y echando hacia atrás el respaldo hasta que éste crujió. Daisy posó su mano en el paquete de mi amigo y él rió como sólo los fumaos que están a punto de recibir una mamada saben reír. Los negros y regordetes dedos de ella bajaron la cremallera y se perdieron bajo el calzoncillo. No le costó demasiado encontrar su premio. La tiene jodidamente grande el cabrón, como se la envidio. Eso y la hermana que tiene. Si yo tuviera ambas cosas sería un incestuoso convencido y practicante. Pero volviendo a aquella tarde, Daisy ya había liberado la polla de Kike, y la asía entre sus manos. Lo miraba a los ojos mientras comenzaba a tirar de la piel de su rabo. Él le echó a la cara el humo de la última calada y luego bajó su mirada. Aunque no es muy lista, Daisy lo entendió. Escupió sobre el capullo de mi amigo, meneó con fuerza el cipote, y acto seguido comenzó a tragárselo.

- ¡Ese culo arriba!- es tan vaga que tuve que gritárselo. Me daban la espalda y no veía nada. Yo, que había escrito el guión de aquella tarde. ¡Qué poco me lo agradecen! Subió el culo, sí, pero durante poco tiempo. Dos minutos después ya estaba en cuclillas cuando no arrodillada mamando sin descanso del rico palo de Kike. Me incorporé, la separé mínimamente de mi colega, le incliné el tronco hacia delante, y ya puestos le levanté la falda. Antes de irme empujé su nuca contra el vientre del placiente. Volví a mi sitio, y… eso era otra cosa. Las bragas blancas e inmensas de Daisy eran como una pantalla donde se proyectaban mis sueños. Un lienzo en blanco dispuesto a recibir chorretones. El profesor de arte hubiese estado contento si a mi mente hubiera arribado en ese momento la técnica del dripping, pero eso no lo aprendería hasta años después. En ese momento, lo único que me divertía era ver nacer diminutos puntos oscuros por la humedad que brotaba de su coño. Al cabo de un rato los diminutos puntos se habían convertido en algo así como el mapa del Caribe: una serie de islas transparentes en la blancura de aquellas bragas de algodón. Me coloqué detrás de ese culazo, me bajé el pantalón, escupí en mi mano y empecé a pajearme mientras ella seguía mamando. Al rato comencé a aburrirme de ver la pantalla en blanco.

- Bájale las bragas- pedí a Kike, y él lo hizo. Daisy estaba demasiado ocupada comiendo polla como para ayudar, así que a tientas y a tirones mi amigo fue descorriendo el telón. Su chocho hinchado y apretado fue lo primero que llamó mi atención. Luego me fijé en sus labios, grandes y surcados por pliegues, y en el hilillo de flujo que escapaba entre ellos; después en cómo se le erizaba la piel cuando mi amigo hacía chasquear sus dedos en la negrura de sus nalgas. Obediente, ella no dejaba de mamar. Sujetaba por la base, aplastándole los cojones, mientras sus labios carnosos subían y bajaban sin descanso por el duro rabo de Kike.

Me aproximé polla en ristre. El roce con sus nalgas me sirvió para comprobar que ya estaba todo lo dura que debía. Mi mano guiaba la polla a frotarse con su crecido clítoris, a abrir ligeramente unos labios que parecían ansiosos por acoger un buen rabo.

- Ay, perdón, que desconsiderado, los invitados primero- dije. Incorporé a Daisy, la llevé de la mano hasta la ventana. Aparté la bandeja con la merienda que nos había servido, y me senté de espaldas a la calle. Guié su cabeza hasta mi vientre, y dejé expuesta su retaguardia ante el más que previsible ataque de Kike. No se hizo esperar. Ahogamos el primer gemido hundiendo bien su cara contra mi rabo. Él se agarraba con fuerza a sus poderosas caderas, y después de unas cuantas idas y venidas suaves, como para calibrar el terreno, comenzaba a darle ritmo a la follada. El cuerpo doblado de Daisy se sacudía bajo sus embestidas hasta hacer chocar sus tetas colgantes con mis rodillas. Por mi parte, yo bastante tenía con retener su cara enterrada en mi entrepierna. Sólo hacía que me la dejase de chupar de vez en cuando, para que me la lamiera entera, de arriba abajo, hasta que su lengua terminara jugando en mis cojones. El roce de sus dientes en el capullo me hacía delirar. Creía que me iba a correr cada vez que su boca tragaba mi polla. Necesitaba una pausa y algo más. Me levanté, hice que Daisy se apoyara en el escritorio, y mientras salía de la habitación guiñé un ojo a Kike animándole a seguir con la faena. Me consta que así fue. El ruido de sus cuerpos al chocar se oía mientras buscaba en el mueble-bar una botella de viejo escocés. Cogí la que aparentaba ser más cara. Entré riendo con el whiskey en la mano y pedí a mi amigo que hiciera una pausa.

¿Alguna vez habéis bebido a morro directamente del cuerpo de una negra sudorosa? Sólo se me ocurre una expresión para definirlo: asquerosamente embriagador. Nos repartimos su culo: Kike el cachete izquierdo, yo el derecho. Echábamos un chorro de licor justo en ese hueco que se forma entre la cintura y el nacimiento de las nalgas, y tratábamos de atraparlo con la lengua cuando caía como una catarata por su piel. Mira que nos esforzábamos en recorrer con la lengua su trasero, pero casi todo el whiskey acababa formando un charco en el suelo. Cuando me di cuenta que el cuello de la botella era lo suficientemente largo, el siguiente paso llegó de forma natural. Abrí su coño, y le fui metiendo, con cuidado de no romperla, la botella. Medio colocados como estábamos, sólo nos dimos cuenta que habíamos olvidado cerrarla cuando el whiskey comenzó a desbordarse en el chocho de Daisy. Cambié la botella por mi boca, y tragué la bebida con los restos de flujos desglasados de su coñazo. El mejor reconstituyente posible. Vio Kike que aquello estaba rico, y también quiso probar. Así que otra vez empinamos la botella en su interior, y cuando comenzaba a rebosar, mi amigo hundió la nariz en el ojete de la chacha para que la lava del volcán de su chocho inundara su garganta.

Ella también parecía tener sed. Girada estiraba su brazo pidiéndonos la botella. Antes de darle de beber a morro, hice que chupara bien chupado el cuello recién salido de su coño. Luego hicimos un cambio; le di a Kike la botella, y yo cogí de la mano a Daisy. Me tumbé en la cama, y ella se sentó a horcajadas. Su propia mano guió mi polla. Meterla en un coño recién follado es como sentarse donde alguien acaba de levantarse: te lo encuentras caliente, con la forma de otro molde, y lleva un tiempo sentirse cómodo. Con lo acogedor que me había resultado siempre el coño de Daisy. Rosa, como la bachata que le gusta bailar, a mí me gusta tornarlo rojizo por el roce y finalmente blanco lleno de nuestras corridas. Por fin comenzaba a moverse. Sus tetas orbitaban libremente sobre mi cara. Mis manos se posaban en sus caderas, y ella se impulsaba queriéndose clavárseme más y más. Kike nos miraba desde su silla. La botella, en cada viaje más vacía, de la mano a la boca. Nosotros follábamos. Me incorporaba a morder sus pezones gruesos, su sudor llovía en mi piel; yo, ceñido entre sus piernas, ella, cabalgando sobre mí. Mis impulsos se encontraban con los suyos, para llegarnos más adentro, para clavarnos más profundo, para transmitir a todo nuestro cuerpo el placer que nacía allí adentro.

Sentí que la cama crujía bajo un nuevo peso. Kike se sumaba a la fiesta y ya había elegido dónde instalarse. Empujó la espalda de Daisy hasta que su pecho se aplastó con el mío. Yo la abracé y cesé la follada. Mi amigo aproximó el pollón que gasta al agujero trasero de la chica, y voilà, sándwich de negra. Ella apretaba los dientes mientras Kike avanzaba poco a poco. Cuando se dio por satisfecho, empezamos a movernos, por turnos. Cuando yo salía, él empujaba, cuando él retrocedía, yo tenía permiso para adentrarme en su coño. Siempre resulta extraño sentir una presencia ahí, al otro lado de una débil pared. Presa entre nuestros cuerpos Daisy sudaba como la cerda que era. La doble penetración no le dolía; únicamente se quejaba si a Kike se le iba la mano al tirar de su pelo. El resto le gustaba, tanto como para correrse un par de veces y dejarme a mí al borde por las convulsiones de su vagina.

Habíamos follado tantas veces juntos, que conocemos el aguante de cada uno. Cuando Kike me vio con los ojos en blanco, entendió que no iba a aguantar mucho más. Desmontó a Daisy, y manejando su cuerpo, la hizo sentarse sobre sus piernas en el suelo. Me incorporé, posé mi rabo sobre la boca de ella, y simplemente dejé que el mínimo roce de sus labios en mi prepucio hiciera estallar mi polla. Sin tocármela, sólo plantada sobre su carita de mirada suplicante, bañada en la blancura de su néctar, con el hálito de su boca entreabierta meciéndome el rabo y dejé que reventase, que la leche saliese disparada hacia sus ojos, su frente, su pelo… Kike por su parte se la pelaba con fuerza, como queriendo sacar fuego. Cuando me retiré, se acercó. Agarró con una mano la cabeza de Daisy mientras con la otra se pajeaba con todas sus ganas. Incontrolable, sobre su cara, sus tetazas jadeantes, el suelo, las cortinas… Kike estalló en mil chorros incoloros, mientras ella volvía a abrir los ojos muy despacio con los restos de nuestras corridas pegando sus pestañas.

domingo, 16 de agosto de 2020

Tienda de campaña

 La idea era follar todo lo posible, pero pasaban los días y seguíamos a dos velas. En el grupo de amigos habíamos decidido pasar parte de las vacaciones de verano en la costa. Un camping, nuestro presupuesto ni siquiera nos daba para uno de esos hoteles cutres atestados de turistas. Álvaro, Sergio, David y yo. A principios de Agosto cargamos el destartalado coche de segunda mano de Sergio con un par de tiendas de campaña, poco equipaje, muchas ganas de fiesta y, bien provistos de condones, para allá nos fuimos, a un pueblecito entre Barcelona y la Costa Brava. 

Las mañanas eran de sol, playa y resaca, las tardes de siesta y expectativas y las noches una frustrante sucesión de intentos de ligar en las discotecas de una localidad vecina. Mira que lo intentábamos, pero parecía que, como el viejo coche, nosotros también lucíamos la “L” de novatos y todo acababa siempre en un no, un non, un niet, un nay. Tan desesperados estábamos por la ebullición de nuestras hormonas bajo el sol, que hasta una mañana cogimos las colchonetas y fuimos remando hasta una cala nudista próxima a la playa. Ver dos alemanas sesentonas y gordas en pelotas no sé yo si nos compensó la insolación y el esfuerzo para regresar a nado contracorriente. Especialmente cuando en nuestra playa estaba ELLA. Hasta bien entradas las vacaciones no supimos que se llamaba Elke, entonces nos referíamos a ella por La Sirenita, apodo que le puso David al verla salir del agua. Y es que aquella imagen, verla caminar desde la orilla hasta tenderse en la toalla, era algo que se nos grabó en la memoria desde el primer día; y eso que cada vez que emergía de las aguas aportaba un nuevo detalle, sus manos apretando la trenza para exprimir el agua, un ligero movimiento de sus dedos para, como quien no quiere la cosa, separar la tela del bikini de su piel, una gota que resbalaba por su vientre plano con la misma velocidad que caía la baba de nuestras bocas mientras la mirábamos… Había otras cosas que no cambiaban en ninguno de sus baños: su sana costumbre de hacer topless, el tono anaranjado que le iba dejando el sol o la dureza que el agua de mar daba a sus pezones. 

El caso es que, a pesar de su marido, de los tres niños que correteaban alrededor de su toalla y de que no teníamos absolutamente ninguna posibilidad con ella, la sirenita nos tenía locos y con quemaduras de segundo grado en la espalda de tomar el sol boca abajo para disimular las erecciones cuando se bronceaba a nuestro lado. 

- Joder qué tetazas…- dejaba caer alguno- tiene que hacer unas cubanas maravillosas-. 

- Cuando vayas al chiringuito haces como que te tropiezas y te caes encima- le respondíamos cualquiera. O bien, - ¿por qué no le preguntas si quiere que le des cremita?- 

- ¿Será sueca?- preguntó Álvaro. 

- U holandesa, qué sé yo, el caso es que está buenísima- respondió Sergio. 

- Na… no tenéis ni idea. Es teutona- zanjé yo y empezamos a reír, que era lo poco que podíamos hacer. Reír, vacilar aprovechando que ni ella ni ninguno de los turistas del camping parecía saber ni papa de español y seguir con la mirada oculta tras las gafas de sol el hipnótico botar de sus tetas mientras caminaba. 


Ni la Sirenita ni ninguna otra parecía que iba a sucumbir a nuestros encantos, y ya empezábamos a estar desmoralizados. Tanto que aquella noche preferí quedarme en la tienda de campaña y no salir de marcha con mis colegas. Me entretuve jugueteando con el móvil hasta que la batería dijo basta, y entonces, aburrido como una ostra, empecé a deambular por las instalaciones del camping. Resultó que esa noche, en la terraza del bar había una especie de fiesta. Poco más que un baile infantil o para guiris, jubilados y/o borrachos. Mientras unos bailaban al son de las canciones del verano, otros miraban tomándose una sangría fría apoyados en la barra. Como no tenía nada mejor que hacer, les imité, y pedí una cerveza. Hete aquí que al girar la cabeza y mirar a mi derecha me encontré con un cabrón con suerte: el marido de la Sirenita. Bastó seguir su mirada para encontrarme con ella; reía mientras bailaba con sus hijos. Iba vestida todo lo púdicamente que se puede ir vestido una calurosa noche de Agosto: llevaba una camiseta de tirantes que los focos de la discoteca móvil hacían parecer aún más blanca, unos shorts y, al final de unas piernas eternas, bronceadas y torneadas, pero sobre todo eternas, unas sandalias plateadas; sin embargo mi imaginación la veía como todas las mañanas en la playa, medio desnuda, sudorosa y una forma de contonearse completamente hipnótica. No sabría decir cuántos hits veraniegos la vi bailar, sólo sé que al cabo de unos minutos bajo el bañador, perfecta indumentaria veraniega tanto de día como de noche, ya se empezaban a notar los efectos de observarla. Si seguía haciéndolo iba a tener plantada allí otra tienda de campaña, ¡y con su marido a mi vera!, así que me di media vuelta y pedí, casi exigí, que la nueva lata de cerveza saliese directamente del congelador, a ver si se me pasaban los calores. 

Parecía surtir afecto el truco de la cerveza hasta que sentí hablar a mi lado. No sé porqué diablos miré, pero lo hice, y además de encontrarme un sol tatuado en el hombro desnudo de la Sirenita a quince centímetros de mi cara, vi como trataba de arrastrar a su marido a la pista de baile mientras éste se resistía ante las risas de sus tres pequeños. Al verme, él pareció encontrar una escapatoria y me señaló; no sé lo que dijo, pero le hizo volverse a ella, y en un rápido movimiento, me agarró del antebrazo y tiró de mí. Cuando quise darme cuenta estaba de pie, camino del baile, y tratando de hacerle ver que yo no sabía bailar, por más que las canciones se empeñasen en decirme cuando tenía que ir suavecito para abajo, hacer un movimiento sexy o poner una mano en la cintura y deja que mueva, mueva, mueva… Sí, ya sé, vais a decirme que verte bailar con una tía buena no es la peor de las situaciones, pero en aquel momento me vi perdido. La única escapatoria se me cerró cuando se acercó su marido con el más pequeño de sus hijos dormido en brazos y dijo algo que la música a todo volumen me impidió comprender. Acompañó la frase con un guiño y una palmada en mi hombro, y por más que lo he pensado nunca he podido entender ese gesto; no sé si quería decir, te la dejo toda para ti, disfrútala, o cuídamela, o como intentes algo te corto la picha en brunoise… 

El caso es que pasaron unos minutos en los que yo me mostraba ausente, moviéndome como un autómata y evitando mirar sus ojos verdes, su sonrisa de anuncio, el contoneo de su cuerpo… Bailamos hasta que mi poca iniciativa invitó a hacer una pausa acodados en el bar. Pedimos dos cervezas bien frías; mientras yo tomaba un primer trago, Elke, se me había presentado con ese nombre y yo no me atreví a confesar que ya lo conocía de haber oído llamarla en la playa, tomó su lata en la mano, y lento, muy lento, fue refrescando su cuello, sus brazos. Al ver aquello, yo tuve que forzar la garganta; creo que además de líquido en aquel gesto descendió por mi cuerpo, desde el cerebro y hasta instalarse definitivamente en mi polla en forma de incipiente erección, todo el deseo acumulado durante las vacaciones. 

- It’s hot here- dijo. 

- Sí, sí, hot, very hot, ni que lo digas- le contesté. 


No volvimos a bailar, pero aquello no me libró de tener su imagen contoneándose frente a mí clavada en el cerebro. Cuando terminamos la bebida comenzamos a andar por el camping. Si no me trajese tan loco, sería una delicia pasear entre las caravanas y tiendas junto a ella, y además me servía para practicar el inglés. Aunque al llegar a nuestra parcela, con las dos tiendas de campaña plantadas, me serví de un gesto para decirle que yo me quedaba allí. No sé porqué, pero se autoinvitó. 

- Where are your friends?- preguntó al ver las mochilas apiladas en la entrada de la tienda. 

- Con un poco de suerte estarán tirándose a alguna guiri- fue lo primero que salió por mi boca. 

- Sorry- dijo con cara de no entender nada. 

- Esto… they went to the disco- le aclaré. 

- Ah, ok-. 

Confundido, con las piernas fuera y el tronco dentro de la tienda, me senté con la mirada perdida en la noche, y ella me imitó. La conversación fluyó con tranquilidad, entre el rumor del tráfico constante al otro lado de la valla y la música de fondo que seguía sonando en el bar del camping, aunque lo único que yo conseguía escuchar era la melodía de su voz y su risa cuando era incapaz de encontrar la palabra en inglés para lo que fuera que quisiera decir. Me estiré para alcanzar la nevera y apurar la noche con una cerveza más. Y entonces, al incorporarme de nuevo, vi que mi entrepierna lucía una erección que incluso en aquella media luz, fue visible también para ella. Darle conversación, traducir mentalmente, intentar sacar una sonrisa de sus labios carnosos y controlar las reacciones físicas de mi cuerpo, era demasiado trabajo para una noche de Agosto, no obstante, me excusé: 

- I’m sorry…-. 

- Don’t worry about it- dijo ella. 

Se lo agradecí con una sonrisa y puesto que ella me invitaba a “don’t worry” ya ponía yo el “be happy” y me dejé caer lentamente hacia atrás, esperando que el bañador contuviera la polla, aunque fuera en vertical. Elke, con su manía de imitarme, se dejó caer también, el brazo derecho pasando por detrás de la cabeza a modo de almohada, una sonrisa iluminada por la perfección de su dentadura, y su ombligo tostado amaneciendo al recogérsele ligeramente la camiseta. 

- Could you…- comencé a decir, y antes de que mi cerebro fuese capaz de saber qué pedirle a cada parte de su cuerpo, ella musitó un Yes con una ese que se alargó en el tiempo.

domingo, 2 de agosto de 2020

Echar un ojo

DÍA 15

 

- Buenos días, vecino- dijo Juan. Aunque hace años que vivimos puerta con puerta y conocemos nuestros nombres, en el portal sigue llamándome así.

- Buenas, ¿Qué tal todo?- le respondí. Lo que sigue fue una típica conversación de ascensor: el tiempo, las noticias de portada del periódico y monosílabos varios. Al llegar al piso por fin se decidió a decir lo que yo esperaba que dijese desde el principio.

- ¿Te podría pedir un favor?- preguntó titubeando, como si de verdad lo que iba a pedir le supusiera contrariedad.

- Si, claro, dime- le dije adivinando lo que iba a pedir.

- Verás, mañana nos vamos de vacaciones…- empezó a decir.

- Ah, qué bien- le interrumpí.

- Si, nada, quince días a Torrevieja, al apartamento de mi cuñado, que me cae como una patada en los huevos, dicho sea de paso,- dijo bajando un poco la voz- pero bueno, tendremos que aprovecharlo, ¿no?, además así escapamos de este calor- dijo pasándose el dorso de la mano por la frente y secándose las gotitas de sudor que le empezaban a aflorar.

- Y quieres que mire el correo y riegue las plantas, como otros años…-. Lo había adivinado, pero mis dotes premonitorias no me hacían sentir mejor al ser el único gilipollas de confianza que se quedaba derritiéndose con el asfalto.

- Si no es mucha molestia…- dijo él. Su cara de felicidad por haber encontrado a quien cargarle el muerto contradecía el tono pesaroso de su voz.

- No, que va… yo encantado-. Al menos tendría la excusa para huir diez minutos al día de mi casa. Aunque mi refugio estuviese al otro lado del patio de luces.

- En realidad no haría falta, porque Sara se queda, dice que es muy mayor para venir con nosotros, pero sinceramente, prefiero que te encargues tú, porque ya sabes como es Rosa con sus plantas, y con esta hija nuestra que no sabe donde tiene la cabeza, a la vuelta la íbamos a tener gorda si se habían estropeado las flores de la terraza, además así le echas un ojo de vez en cuando para que no se desmadre…-siguió hablando, pero mi cerebro ya no seguía su conversación.

- Ah, ¿qué edad tiene?- fue lo único que se me ocurrió preguntar.

- Dieciocho- respondió.-Entonces perfecto, luego te paso las llaves, buenos días y gracias- añadió antes de desaparecer tras la puerta de su casa.

 

DÍA 14

 

Dieciocho años, hay que ver como pasa el tiempo, aunque también dice el tango que veinte años no son nada, así que dieciocho deben ser menos que nada. Y sin embargo los tenía que haber visto pasar… Podía haberme hecho estas reflexiones viendo engordar el culo de mi mujer, pero su culo estaba siempre empotrado en la butaca del salón frente al televisor, o me lo podía haber dicho cada mañana bajo la ducha, pero ahí prefería mucho más masturbarme que cavilar. Dieciocho años… Lo pensaba ahí, de pie frente a la ventana de la cocina, mirando el vació y no viendo más que la cocina del piso de enfrente. Tenía que haberme dado cuenta que Sara ya no era la niña que alborotaba el patio corriendo por el pasillo en su triciclo, ni la adolescente que con su música alta nos hizo odiar a Justin Bieber antes incluso de saber quien era Justin Bieber, sino la joven de piernas flacas y largas, tiernos pechos y belleza tranquila que se pasea frente a mí con la vista fija en su teléfono móvil y con una camiseta tan holgada que me hace imposible adivinar si lo que lleva debajo son unos shorts o la ropa interior. Cuando levanta la cabeza y me ve, me dedica una generosa sonrisa. Dieciocho años.

 

DÍA 13

 

En el buzón sólo propaganda que dejo sobre la mesa de la cocina, la regadera en la terraza, las plantas en salón, cocina y balcón. Este año ya sé que la de la habitación de matrimonio es de plástico. ¿Habrá más? Me detengo junto a la puerta del cuarto de Sara. ¿Ahí habrá algo que regar, o sólo estará esta dulce criatura inocentemente dormida cubierta apenas por una suave sábana…? Inconscientemente encuentro mi mano refugiada en el bolsillo. Gano la batalla sobre mí mismo y dando media vuelta vuelvo a mi casa. Bueno, casi. Antes paso por el baño y me meto en el bolsillo un tanga que había visto colgando del grifo del agua caliente; en todas las guerras hay prisioneros.

 

DÍA 12

 

Su padre me dijo que tenía que estudiar, pero…, hace calor, es difícil concentrarse, además queda mucho verano por delante. A la mañana duerme, a la tarde va a la piscina y a la noche no va a ponerse a estudiar, ¿no? Enciende la tele, se lleva la cena al salón y sujetando el smartphone entre las manos hace méritos para un esguince cervical. Cuando apaga las luces, puedo irme yo también a la cama.

 

DÍA 11

 

Hoy junto al único sobre que había en el buzón, dejo sobre la mesa una pequeña bolsa marrón con dos cruasanes. Me he sentido generoso en la panadería. La propaganda de los días anteriores sigue en su sitio. Sé que Sara salió, oí el portazo, pero no bajó los papeles a reciclar; hacen bien en no encomendarle sus padres el cuidado diario de las flores.

Es casi mediodía cuando se enciende la luz de la cocina en el piso de enfrente. Por fin un signo de vida que ahuyente a los ladrones avisados por las persianas a medio echar tanto de día como de noche. Sara irrumpe y yo miro hacia otro lado. Al cabo de unos segundos giro la cabeza, no puedo resistir la tentación. Me está mirando. Señala la bolsa con los dos bollos. Dice algo, aunque con el doble cristal no oigo nada. Aún así afirmo con la cabeza. Ella abre la ventana, yo le imito:

- Muchas gracias, a ver si mañana madrugo y me los encuentro todavía calentitos…-.

 

DÍA 10

 

¿Sabrá que la camiseta que lleva puesta es la del Partizán de Belgrado o la habrá elegido como pijama solamente por las rayas blanquinegras? ¿Cuántas ligas y copas serbias habrá ganado el Partizán de Belgrado? ¿y de la extinta Yugoslavia? Cualquier pregunta es buena para distraer a mi cerebro y evitar estos pensamientos que me asaltan sentado frente a ella, pero mis ojos, ay mis ojos, éstos son unos librepensadores y unos descarados, y hace ya tiempo que han advertido que no lleva sujetador bajo su camiseta del Partizán de Belgrado, y aunque el guardia urbano de la conciencia les obligue a mirarla a la cara, los ojos no pueden evitar fijarse en el suave vaivén de sus pequeños tiernos pechos cada vez que Sara da un mordisco al cruasán que está desayunando frente a mí.

 

 

DÍA 9

 

- ¿Sabes? De pequeña me parecías un ogro, con la barba que llevabas y los ojos tan negros…- confiesa riendo.

- Vaya, así que un ogro, gracias- le respondo también sonriendo.

- Si, pero estos días me estoy dando cuenta de que eres súper enrollado- replica.

- Cuando mis hijos me decían eso es que me querían pedir algo- le digo.

- ¿Y qué te podía pedir yo?- dice ella riendo. De golpe se me ocurren miles de respuestas explícitas, así que mejor la dejo con su colacao y su cruasán y me vuelvo a mi casa.

 

DÍA 8

 

No sé, tal vez sea un caso único en el mundo, digno de estudio por parte de una universidad muy prestigiosa de Nueva Escocia, y quizás dentro de unos años unos científicos, incluido un japonés, en bata, delante de mi cerebro desestructurado presenten un análisis que merezca la portada de la revista Science, pero el caso es que cuando habla mi mujer oigo su voz como si saliera del televisor, lejana, hueca, como si no hubiera que prestarle demasiada importancia. Sin embargo, cuando esta mañana Sara ha surgido de su habitación restregándose los ojitos y me ha saludado con un “buenos días”, he escuchado música celestial y todos mis sentidos se han puesto alegres y risueños. Algunos, hasta demasiado.

 

DIA 7

 

Me siento culpable. Desayunar con Sara se ha vuelto parte de la rutina, como mirar un buzón semidesierto y regar inútilmente unas plantas que la ola de calor acabará secando. Por eso he lavado y secado el tanga que le robé; no lo he planchado porque no sabía cómo hacerlo. Además, en mi bolsillo se hubiese vuelto a arrugar. Al despedirme, como quien no quiere la cosa, como si ese minúsculo trozo de tela no hubiese estado donde había estado, le digo:

- Ay, se me olvidaba, el otro día debiste tender esto en nuestras cuerdas-

Ella lo mira y lo remira antes de decir: -No sé poner la lavadora, soy un desastre- Durante unas décimas de segundo, las que ella está callada, me siento descubierto y dispuesto a confesar como un traidor. Luego añade: - siempre me equivoco al elegir el programa-.

 

DÍA 6

 

-¡Pues claro que Sara tiene novio!, desde hace tres años, Daniel, el hijo del frutero. Sería él, ¿Quién iba a ser si no? Bueno, bueno, te dejo, que estoy en la playa y hay mucho ruido y no te oigo nada- y cuelga. Yo también conozco a Dani, y sé que no era él. De hecho sé quién era, aunque a mi vecino he preferido no contárselo. Era Nacho, uno de los porreros del parque. Y si su padre prefiere seguir en la playa viendo gordas en topless que preocuparse por ella, me tendré que ocupar yo…

¿Ves? La puerta está cerrada sin llave, y ayer cuando vinieron le dio dos vueltas, que lo oí desde la cama. Bueno, por lo menos eso quiere decir que él se marchó después de utilizar a mi Sara y que no me va a aparecer en pelota picada por el salón mientras riego las plantas. Cuando abro la puerta bajo el fregadero todavía tengo esperanzas, pero… como dos puñaladas, dos preservativos usados en la basura. Le voy a prohibir volver a ver a Nacho. Y al hijo del frutero también. Cuando me voy, le echo la llave a la puerta.

 

DÍA 5

 

La cerveza sólo enfría mi garganta, el resto de mi cuerpo sigue echando humo. Vale que engañe a su novio, pero ¿y a mí?, ¿dónde queda el vecino súper enrollado que te lleva cada mañana dos cruasanes calientes si a la primera de cambio te lías con un chulo de poca monta y prácticamente politoxicomano? Porque estaban los dos condones en la basura, que si no, ¿cómo se le va a levantar a ese con toda la mierda que se mete? Anda ya…

El enfado me dura hasta la noche, hasta que Sara se sienta en el sofá sobre sus rodillas embutida en un pantaloncito de deporte y una camiseta sin mangas.

 

DÍA 4

 

Estoy feliz. Tarareo alegres canciones inventadas, soy un Georgie Dann moderno y elegante. Dejo sobre la mesa de la cocina la bollería, napolitanas esta vez, y el número semanal de la revista femenina de la que Sara me habló hace unos días. Riego las plantas, canturreo, seco las gotas que han caído al parquet con una toalla minúscula, tamaño gnomo. Cuando vuelvo a la cocina Sara pasa deprisa las hojas de su revista. No la había oído salir de su habitación, se ha movido con sigilo, como un fantasma. De hecho va envuelta en una sábana. La camiseta del Partizán está tendida y no debe tener uniforme suplente. Al verme, se levanta de un salto y con alegría dice:

- Te has acordado… muchas gracias- y me estampa un sonoro beso en la mejilla.

 

DÍA 3

 

Seguro que mi médico se opondría radicalmente; dos cafés cargados en apenas media hora es muy malo para la tensión. Pero… ¿como iba a decirle que no a mi joven vecina? Sentado, la observo mientras prepara el café. De espaldas a mí, una camiseta blanca de algodón, sin mangas, y no tan larga como su camiseta de fútbol, me permite ver su culito y en mi cara se dibuja una sonrisa idéntica, prácticamente a escala, de la curva de sus nalgas. Cuando se gira y compruebo que la camiseta se le transparenta y en su braguita azul se le marca la forma de su sexo, me mareo súbitamente, tengo sudores fríos, taquicardia, problemas respiratorios y de coordinación, además de una hinchazón repentina. Debe ser el café. O Sara, una de dos.

 

DÍA 2

 

El calor es insoportable estos días. No puedo dormir y voy a cumplir con mis tareas diarias en el piso de los vecinos antes de lo habitual. Las flores se beben el agua como un guiri engulle la sangría en verano. Dejo las persianas bajadas, sólo unas rendijas permiten pasar la luz mínima necesaria, pero es inútil, el calor se cuela de todas formas.

No se ha despertado, sigue durmiendo. Es antes que otros días, y con este calor le habrá costado conciliar el sueño, así que trato de no hacer ruido. Al pasar por delante de su habitación su puerta no está cerrada, únicamente entornada. No puedo evitar asomarme. Duerme placidamente boca abajo, en diagonal, con una pierna estirada y la otra flexionada y el pie apoyado en la rodilla contraria, con las manos escondidas bajo la almohada y la cara mirando al lado contrario de mi posición. Me quedo observándola, hermosa, frágil, parece tan desvalida… Ah, casi se me olvida mencionar que estaba desnuda y con la sábana arrugada tirada al pie de la cama.

 

DÍA 1

 

Contención Pepe, contención. ¡Pero es que sería tan fácil…! Si tengo las llaves aquí en la mano, y a estas horas todavía debe estar profundamente dormida, y con este calor… ¡No! Cuenta hasta diez Pepe, mejor hasta cien, inspira, respira, inspira, respira, inspira, respira… ¿Ves como ya va pasándosete la tensión con la que amaneciste después de tener sueños aún más dulces porque Sara salía en ellos…?

 

DÍA 0

 

- Esta tarde vuelven tus padres, mañana ya no te traeré el desayuno- le anuncio.

- Que pena…- dice, y por su voz parece que realmente vaya a echar de menos los despertares de las dos últimas semanas. Una pena y un alivio, pienso. Cada día se me hacía más difícil resistir la tentación, así que a partir de mañana volveré a mi aburrida vida de antes. Adiós a sus ojitos somnolientos, adiós a los desayunos compartidos, adiós a sus camisetas sugerentes y a sus pantaloncitos explícitos, adiós a las frases intercambiadas a través del patio, adiós a los biquinis en el tendedor a su vuelta de la piscina, adiós Sara… Su presencia en mis sueños y su sonora risa grabada en mi mente me ayudaran a superar la abstinencia. -…entonces tendremos que aprovechar el tiempo- añade.

- ¿…?- su mano en mi pecho me empuja y me hace caer sobre el sofá del salón. Mientras se saca la camiseta y se planta frente a mí únicamente vestida con una braguita verde, todavía tengo tiempo de reaccionar: -¿Qué haces, estás loca?

- Fóllame, si no lo haces le diré a mi padre que me espiabas noche y día, que me robabas los tangas, que me encerrabas en casa, le hablaré de tus insinuaciones de viejo verde, de cómo babeabas mirándome las tetas, le contaré que pretendías comprarme con desayunos y regalos… te juro que lo hago- dijo, y se sentó sobre mi regazo. 

domingo, 28 de junio de 2020

Selfie

Imagino sus labios, esos que acaba de dejar marcados en mi mejilla, descendiendo por mi cuello, encaramándose a mis pechos, atreviéndose más abajo del ombligo y siento un quemazón en mi cuerpo que me hace revolverme en el asiento. El móvil chirría y ahí está la foto, mi cara y a apenas tres centímetros, la de mi amiga Carla, y en mi moflete izquierdo la forma perfecta de sus perfectos labios. 

- ¡Qué guay ha quedado, tía!- le digo sin atreverme a confesarle nada. Esa noche, después de que la foto haya circulado por todos los teléfonos de la clase, de haber recopilado mil y un me gusta, de haber escuchado por parte de todas las chicas lo guapas que salimos y después de alguna que otra confidencia de chicos que también quisieran tener los labios de Carla tan cerca de los suyos, yo cogeré el móvil en la penumbra de mi cuarto y mis manos en silencio harán realidad la fantasía. 

Cerraré los ojos y rememoraré el momento, esas décimas de segundo que pasaron a cámara lenta en las que Carla se aproxima a mi cara, el temblor que me recorre por dentro sin exteriorizarse por fuera, sus labios calientes contra mi piel de porcelana apretando para dejar bien marcado el pintalabios. La foto salió perfecta al primer intento, aunque yo hubiera deseado muchas repeticiones, hubiera deseado que Carla no se retirara riendo, hubiera deseado que aquello no fuera simplemente un juego de adolescentes. O si, me hubiera gustado que aquello fuera, nuestro, otro tipo de juego. Por eso imagino el brazo de Carla, no sujetando el teléfono a la distancia idónea para un encuadre perfecto, sino apoyándose en mi hombro, rodeándome, atrayéndome hacia su cuerpo. Lo imagino después descendiendo por mi espalda, abrazando mi cintura, posándose en mi culo. Entonces cruzo las piernas y aprieto los muslos todo lo fuerte que puedo empezando a sentir algo parecido a lo que deseo. 

Me invade un calor como el que escapaba de los labios entreabiertos de Carla, como el que desprende todo su cuerpo, su tez cobriza, sus rasgos marcados. Un calor que imagino cobijándome desde que hace tres años irrumpió en clase. Ella no sabe nada, claro, nadie lo sabe, ni siquiera en mi casa. Me preguntan todos si tengo novio, si todavía no tengo novio, si ya tengo novio, y yo me pongo colorada, con un tono de rojo que contrasta con el blanco de las perlas esféricas de mis pendientes, un colorado que se difumina en los contornos de los rizos que forma mi pelo detrás de las orejas. Un colorado que desaparece cuando, de noche y en mi cama, imagino el cuerpo de Carla sobre el mío. Desearía que fueran sus manos y no las mías las que se cuelan bajo el pijama, las que se atreven a amasar los pechos, suspiraría por que fueran sus dedos los que pellizcaran los pezones. 

Mi cabeza se estira y mi espalda se arquea sobre el colchón imaginando mi torso desnudo y los labios granates de Carla descendiendo por él. Me cubro con el edredón para que los gemidos no resuenen más allá de mi fantasía. La mano va bajando, mis dedos están extrañamente fríos, contrastan con el calor que me invade. La cara de Carla aparece en mi sueño pronunciando mi nombre con ese seseo latino que tanto me gusta. Estoy desnuda frente a ella pero no siento vergüenza, únicamente deseo. Imagino otra vez sus labios, llenando de manchas rojizas cada rincón de mi cuerpo, rehidratándose en mi boca. Mi mano sigue reptando por la piel, deslizándose bajo la goma del pantalón, sintiendo el tacto sedoso de las braguitas. En mi mente estamos como en el reguetón que le gusta escuchar, sin pijama, y riendo y moviéndonos torpemente imitando pasos de baile, hasta que sus manos agarran mis caderas, y siento el roce de sus pechos pequeños en mi piel y sus labios en mis nalgas. Mis piernas se van relajando, destrabándose, abriéndose ligeramente, porque ya son los dedos los encargados de transformar en placer mi imaginación desbordante. Rozo mi clítoris y siento que es Carla quien lo hace; repito la operación y veo su cara sonriéndome desde mi cintura. Me figuro su boca sobre mi sexo y de la comisura de mis labios escapan su nombre y un gemido que se pierden en la oscuridad de mi cuarto. Siento que es su lengua y no mis dedos los que transportan la humedad a mi coño; mi mano se mueve autónoma, abriendo los labios, frotando el clítoris. Carla no lo sabe, cuando estamos juntas en clase, en el centro comercial, por la calle, lo escondo, pero siempre es ella quien se invita a mis mejores sueños. 

Como un impulso, casi una posesión, mi cuerpo se dobla, me siento en la cama haciendo caer el edredón. Necesito incorporar la mano izquierda. Bajo ligeramente el pijama para no dar de sí la tela y aparto la braga, poco más que las yemas de dos de mis dedos se adentran en la vagina, mientras que la otra mano estimula con destreza mi pipa. Después siento la necesidad de hundir los dedos, de acelerar los gestos. Me follo. Mi cuerpo se tensa, la respiración se agita, mi mente se va nublando poco a poco y mis manos cobran vida propia. Por un segundo soy sólo físico, temblores y descargas, justo después mi cerebro se va iluminando, veo el rostro de Carla cada vez más cercano, hasta que no es más que labios. Entonces extiendo yo también los míos y siento mil sabores en mi boca.