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domingo, 13 de junio de 2021

Basado en sueños reales

Dicen que quien sueña con sexo es porque está falto de él; otros opinan que los sueños son en realidad una complicada mezcla de los acontecimientos de la jornada pasada por el tamiz del inconsciente. Yo, que no tengo ni idea de cómo se forman, me limito a “padecer” estos sueños que últimamente pueblan mis noches.

Todo comenzó de la manera menos erótica posible: con un accidente de coche. Nada grave, tan solo un choque por alcance mientras estaba parado en el semáforo, un esguince cervical y mi rodilla derecha empotrada entre el volante y el salpicadero. Con un collarín y algo de tiempo pensé que se solucionaría, sin embargo tenía unas molestias recurrentes, así que la mutua me mandó al fisioterapeuta para ver si podía solucionar aquel dolor que me ascendía por la pierna y girando por el glúteo iba a concentrarse en la zona lumbar. Después de concretar una primera cita con lo que yo pensaba era la enfermera, me presenté en el lugar para descubrir que no había tal enfermera, sino que la persona con la que había hablado era la fisioterapeuta. Rondaría los treinta y cinco, estatura media, complexión delgada. Una de las primeras cosas que llamaron mi atención fueron sus brazos poderosos emergiendo bajo la manga corta de su uniforme. Este es el único detalle que mi mente ha cambiado en los sueños, haciéndolos más finos, mucho más femeninos; el resto no hacía falta cambiarlo, ni su pelo negro azabache, ni su tez bronceada, sus labios gruesos pintados de granate ni esos ojos negros a los que basta asomarse un segundo para caer irremediablemente en ellos. Tampoco el tatuaje que asoma por el cuello de la bata que viste y que en mis sueños es una hiedra que trepa por su espalda, naturalmente desnuda.

Quien haya tenido que recurrir a un fisio, a uno de verdad, sabrá que, por más que sea una mujer atractiva como la mía, no hay mucho de erótico en sus quehaceres. Para empezar, uno suele tener dolores, además sus gestos fuertes, decididos, no se parecen en nada a caricias. Por eso en nuestros encuentros no ocurre nada, ni siquiera experimento el cosquilleo previo a una erección, pero en mis sueños… ay en mis sueños. Cuando la imagino masajeando mi pierna, trepando con sus pulgares por mi muslo, desde la rodilla hasta la toalla enrollada que cubre mi sexo, no puedo evitar poner en su cara una mirada llena de deseo. Basta que lo pida mi imaginación para que su uniforme desaparezca y los movimientos de sus brazos se extiendan por su torso haciendo bailar unos pechos perfectos, bronceados como todo su cuerpo y coronados por unos pezones siempre alerta. Entonces, en mi cama, me veo tendido en su camilla, con una erección innegable, que no tengo más remedio que mostrarle. Ella, al verla, no puede por menos que desatender las piernas y prodigar sus mimos a una polla que identifico como mía pero que no reconozco, pues mis sueños la desean más grande, más gorda, surcada de venas… Mi masajista embadurna sus manos con aceites y comienza a masturbarme despacio, deliciosamente lento, haciendo emerger el capullo, bajando sus manos hasta aplastar los cojones contra las piernas. Entonces no puedo evitar echar la cabeza hacia atrás, cerrar los ojos y sumergirme en el sueño del sueño.

Sin embargo su paja no es suficiente, y al sentir su aliento ahumando mi polla levanto la cabeza y cruzo la mirada con la suya y descubro una fiera dispuesta a devorarme. Antes de hacerlo golpea mi polla contra sus labios. Una, dos, tres veces, hasta traspasarle el tono granate de sus labios. Luego su cara se hunde y mi polla desaparece en su boca. Me incorporo, mis manos buscan su nuca. Quiero marcarle el ritmo, la profundidad. Suelto la goma que sujeta su pelo y una cortina de seda negra vela la escena.

Me veo sentado en la camilla, sujetando su pelo entre mis dedos para hacerle más cómoda la tarea. Ella dobla el tronco para seguir cabeceando sobre mi polla. Un espejo que en su gabinete sólo existe en mis sueños, me devuelve la imagen de su culo cubierto por el pantalón blanco y elástico de su uniforme. Entonces salto de la camilla, y en mi cuerpo no hay ni rastro de dolores, únicamente una polla tiesa apuntando al infinito. Y me agacho a su espalda, tiro de sus ropas, hasta que emergen las nalgas y la tira del tanga escapa de mis dedos pegándose a su sexo. También él caerá, mis sueños son egoístas. Encuentro unos labios plegados, que me conducen a un coñito rosáceo y estrecho que se intuye empapado. Así es, lo comprueba mi lengua en cuanto comienza a abrirse paso en su sexo. Aleteo, juego en él. Estaba deseándolo, por eso bastan unos pocos gestos de mi boca para que su cuerpo se convulsione con el primer orgasmo.

Empujo su espalda hasta que su pecho se pega a la camilla, agarró mi polla y empujo. El sueño se nutre de sensaciones reales; su vagina se asemeja a otra, no recuerdo cuál, una generosa y placentera en cualquier caso. Empujo, me agarro a sus caderas, a sus hombros y mis dedos se queman en su piel ardiente. El roce de su coño me tiene extasiado, el placer se le licua por segundos. La giro, me tiendo sobre la camilla y su cuerpo busca el mío. Me monta con fuerza. Su mirada se centra en la mía. Siento que caigo por sus ojos, una sima sin fondo. Mi mente se pierde, sólo funciona mi cuerpo sometido a sus movimientos. Salta de la camilla. Sus manos agarran mi polla sin miramientos. Me masturba con todas sus fuerzas. Me resisto a terminar, ella exprime con más fuerza. El sudor que recorre su piel bronceada parece regar la hiedra tatuada en su espalda, y en cada uno de mis parpadeos la veo extenderse por su cuerpo, sus brazos, sus manos, sus uñas cuidadas, hasta saltar a mi polla y adueñarse también de ella, aprisionándola, ayudando a sus manos. Entonces no puedo más y exploto en mil chorros que vuelan sin dirección. Ella no se detiene, continúa manejando mi polla entre sus dedos más allá de la última gota, prolongando la erección más allá de los sueños.

domingo, 16 de agosto de 2020

Tienda de campaña

 La idea era follar todo lo posible, pero pasaban los días y seguíamos a dos velas. En el grupo de amigos habíamos decidido pasar parte de las vacaciones de verano en la costa. Un camping, nuestro presupuesto ni siquiera nos daba para uno de esos hoteles cutres atestados de turistas. Álvaro, Sergio, David y yo. A principios de Agosto cargamos el destartalado coche de segunda mano de Sergio con un par de tiendas de campaña, poco equipaje, muchas ganas de fiesta y, bien provistos de condones, para allá nos fuimos, a un pueblecito entre Barcelona y la Costa Brava. 

Las mañanas eran de sol, playa y resaca, las tardes de siesta y expectativas y las noches una frustrante sucesión de intentos de ligar en las discotecas de una localidad vecina. Mira que lo intentábamos, pero parecía que, como el viejo coche, nosotros también lucíamos la “L” de novatos y todo acababa siempre en un no, un non, un niet, un nay. Tan desesperados estábamos por la ebullición de nuestras hormonas bajo el sol, que hasta una mañana cogimos las colchonetas y fuimos remando hasta una cala nudista próxima a la playa. Ver dos alemanas sesentonas y gordas en pelotas no sé yo si nos compensó la insolación y el esfuerzo para regresar a nado contracorriente. Especialmente cuando en nuestra playa estaba ELLA. Hasta bien entradas las vacaciones no supimos que se llamaba Elke, entonces nos referíamos a ella por La Sirenita, apodo que le puso David al verla salir del agua. Y es que aquella imagen, verla caminar desde la orilla hasta tenderse en la toalla, era algo que se nos grabó en la memoria desde el primer día; y eso que cada vez que emergía de las aguas aportaba un nuevo detalle, sus manos apretando la trenza para exprimir el agua, un ligero movimiento de sus dedos para, como quien no quiere la cosa, separar la tela del bikini de su piel, una gota que resbalaba por su vientre plano con la misma velocidad que caía la baba de nuestras bocas mientras la mirábamos… Había otras cosas que no cambiaban en ninguno de sus baños: su sana costumbre de hacer topless, el tono anaranjado que le iba dejando el sol o la dureza que el agua de mar daba a sus pezones. 

El caso es que, a pesar de su marido, de los tres niños que correteaban alrededor de su toalla y de que no teníamos absolutamente ninguna posibilidad con ella, la sirenita nos tenía locos y con quemaduras de segundo grado en la espalda de tomar el sol boca abajo para disimular las erecciones cuando se bronceaba a nuestro lado. 

- Joder qué tetazas…- dejaba caer alguno- tiene que hacer unas cubanas maravillosas-. 

- Cuando vayas al chiringuito haces como que te tropiezas y te caes encima- le respondíamos cualquiera. O bien, - ¿por qué no le preguntas si quiere que le des cremita?- 

- ¿Será sueca?- preguntó Álvaro. 

- U holandesa, qué sé yo, el caso es que está buenísima- respondió Sergio. 

- Na… no tenéis ni idea. Es teutona- zanjé yo y empezamos a reír, que era lo poco que podíamos hacer. Reír, vacilar aprovechando que ni ella ni ninguno de los turistas del camping parecía saber ni papa de español y seguir con la mirada oculta tras las gafas de sol el hipnótico botar de sus tetas mientras caminaba. 


Ni la Sirenita ni ninguna otra parecía que iba a sucumbir a nuestros encantos, y ya empezábamos a estar desmoralizados. Tanto que aquella noche preferí quedarme en la tienda de campaña y no salir de marcha con mis colegas. Me entretuve jugueteando con el móvil hasta que la batería dijo basta, y entonces, aburrido como una ostra, empecé a deambular por las instalaciones del camping. Resultó que esa noche, en la terraza del bar había una especie de fiesta. Poco más que un baile infantil o para guiris, jubilados y/o borrachos. Mientras unos bailaban al son de las canciones del verano, otros miraban tomándose una sangría fría apoyados en la barra. Como no tenía nada mejor que hacer, les imité, y pedí una cerveza. Hete aquí que al girar la cabeza y mirar a mi derecha me encontré con un cabrón con suerte: el marido de la Sirenita. Bastó seguir su mirada para encontrarme con ella; reía mientras bailaba con sus hijos. Iba vestida todo lo púdicamente que se puede ir vestido una calurosa noche de Agosto: llevaba una camiseta de tirantes que los focos de la discoteca móvil hacían parecer aún más blanca, unos shorts y, al final de unas piernas eternas, bronceadas y torneadas, pero sobre todo eternas, unas sandalias plateadas; sin embargo mi imaginación la veía como todas las mañanas en la playa, medio desnuda, sudorosa y una forma de contonearse completamente hipnótica. No sabría decir cuántos hits veraniegos la vi bailar, sólo sé que al cabo de unos minutos bajo el bañador, perfecta indumentaria veraniega tanto de día como de noche, ya se empezaban a notar los efectos de observarla. Si seguía haciéndolo iba a tener plantada allí otra tienda de campaña, ¡y con su marido a mi vera!, así que me di media vuelta y pedí, casi exigí, que la nueva lata de cerveza saliese directamente del congelador, a ver si se me pasaban los calores. 

Parecía surtir afecto el truco de la cerveza hasta que sentí hablar a mi lado. No sé porqué diablos miré, pero lo hice, y además de encontrarme un sol tatuado en el hombro desnudo de la Sirenita a quince centímetros de mi cara, vi como trataba de arrastrar a su marido a la pista de baile mientras éste se resistía ante las risas de sus tres pequeños. Al verme, él pareció encontrar una escapatoria y me señaló; no sé lo que dijo, pero le hizo volverse a ella, y en un rápido movimiento, me agarró del antebrazo y tiró de mí. Cuando quise darme cuenta estaba de pie, camino del baile, y tratando de hacerle ver que yo no sabía bailar, por más que las canciones se empeñasen en decirme cuando tenía que ir suavecito para abajo, hacer un movimiento sexy o poner una mano en la cintura y deja que mueva, mueva, mueva… Sí, ya sé, vais a decirme que verte bailar con una tía buena no es la peor de las situaciones, pero en aquel momento me vi perdido. La única escapatoria se me cerró cuando se acercó su marido con el más pequeño de sus hijos dormido en brazos y dijo algo que la música a todo volumen me impidió comprender. Acompañó la frase con un guiño y una palmada en mi hombro, y por más que lo he pensado nunca he podido entender ese gesto; no sé si quería decir, te la dejo toda para ti, disfrútala, o cuídamela, o como intentes algo te corto la picha en brunoise… 

El caso es que pasaron unos minutos en los que yo me mostraba ausente, moviéndome como un autómata y evitando mirar sus ojos verdes, su sonrisa de anuncio, el contoneo de su cuerpo… Bailamos hasta que mi poca iniciativa invitó a hacer una pausa acodados en el bar. Pedimos dos cervezas bien frías; mientras yo tomaba un primer trago, Elke, se me había presentado con ese nombre y yo no me atreví a confesar que ya lo conocía de haber oído llamarla en la playa, tomó su lata en la mano, y lento, muy lento, fue refrescando su cuello, sus brazos. Al ver aquello, yo tuve que forzar la garganta; creo que además de líquido en aquel gesto descendió por mi cuerpo, desde el cerebro y hasta instalarse definitivamente en mi polla en forma de incipiente erección, todo el deseo acumulado durante las vacaciones. 

- It’s hot here- dijo. 

- Sí, sí, hot, very hot, ni que lo digas- le contesté. 


No volvimos a bailar, pero aquello no me libró de tener su imagen contoneándose frente a mí clavada en el cerebro. Cuando terminamos la bebida comenzamos a andar por el camping. Si no me trajese tan loco, sería una delicia pasear entre las caravanas y tiendas junto a ella, y además me servía para practicar el inglés. Aunque al llegar a nuestra parcela, con las dos tiendas de campaña plantadas, me serví de un gesto para decirle que yo me quedaba allí. No sé porqué, pero se autoinvitó. 

- Where are your friends?- preguntó al ver las mochilas apiladas en la entrada de la tienda. 

- Con un poco de suerte estarán tirándose a alguna guiri- fue lo primero que salió por mi boca. 

- Sorry- dijo con cara de no entender nada. 

- Esto… they went to the disco- le aclaré. 

- Ah, ok-. 

Confundido, con las piernas fuera y el tronco dentro de la tienda, me senté con la mirada perdida en la noche, y ella me imitó. La conversación fluyó con tranquilidad, entre el rumor del tráfico constante al otro lado de la valla y la música de fondo que seguía sonando en el bar del camping, aunque lo único que yo conseguía escuchar era la melodía de su voz y su risa cuando era incapaz de encontrar la palabra en inglés para lo que fuera que quisiera decir. Me estiré para alcanzar la nevera y apurar la noche con una cerveza más. Y entonces, al incorporarme de nuevo, vi que mi entrepierna lucía una erección que incluso en aquella media luz, fue visible también para ella. Darle conversación, traducir mentalmente, intentar sacar una sonrisa de sus labios carnosos y controlar las reacciones físicas de mi cuerpo, era demasiado trabajo para una noche de Agosto, no obstante, me excusé: 

- I’m sorry…-. 

- Don’t worry about it- dijo ella. 

Se lo agradecí con una sonrisa y puesto que ella me invitaba a “don’t worry” ya ponía yo el “be happy” y me dejé caer lentamente hacia atrás, esperando que el bañador contuviera la polla, aunque fuera en vertical. Elke, con su manía de imitarme, se dejó caer también, el brazo derecho pasando por detrás de la cabeza a modo de almohada, una sonrisa iluminada por la perfección de su dentadura, y su ombligo tostado amaneciendo al recogérsele ligeramente la camiseta. 

- Could you…- comencé a decir, y antes de que mi cerebro fuese capaz de saber qué pedirle a cada parte de su cuerpo, ella musitó un Yes con una ese que se alargó en el tiempo.