Bizarro, del inglés bizarre y éste a su vez del francés bizarre: raro, extravagante o fuera de lo común.
Y ahora que lo pienso, quizás bizarro no es la palabra adecuada, aunque en aquel momento es la que me vino a mente para definir la situación; porque nada tiene de extravagante o raro y probablemente lo único fuera de lugar fuese estar allí, contemplando la escena con ojos de extraterrestre futurista caído en medio de la estepa manchega mientras todo a mi alrededor se desarrolla con la cotidianeidad de quien está acostumbrado a su vida.
Como todo se comprende mejor si se explica desde el principio, comenzaré diciendo para quien no me conoce que hace algunos años ya que trabajo en una empresa de gestión de alquileres turísticos. No es el trabajo de mis sueños, pero me pagan por ello y últimamente hasta medianamente bien. Reservas, facturas, marrones y gente que va y viene y se queda unos días entre nosotros.
Esta historia también comenzó así, con una ojeada al teléfono recién levantado para descubrir que se había producido una reserva para ese mismo día. Que hoy, y probablemente hasta que la senictud se instale en mí definitivamente, recuerde el nombre compuesto y dos apellidos de esa persona tiene bastante que ver con el desarrollo de la historia, así que un poco de paciencia, que ya estamos empezando.
Un teléfono que se anota, un mensaje que se envía y una cita que se concerta para la entrega de las llaves; podía haberse quedado ahí, en realidad debía haberse quedado ahí, pero las más de las veces uno no elige cómo se desarrollan los acontecimientos. Dos parejas que llegan, latinos, pestañas postizas ellas, tatuajes ellos. Algunas palabras que se intercambian, lo justo para ser cortés, darles alguna información sobre el apartamento y la ciudad y las llaves que quedan en sus manos. Hasta ahí todo normal.
Y al cabo de los días un mensaje a ver si pueden prolongar la estancia, que están muy a gusto y que tienen familia que visitar por acá; y otro mensaje para ver si pueden pagar por bizum y una nueva renovación y más pagos por bizum hasta que llegamos al punto álgido del primer acto. Aquel fin de semana era raro, al menos para mí, ya que para variar no estaba de guardia con el teléfono; un chico que había trabajado con nosotros el verano anterior había comenzado a hacer un fin de semana de cada dos y aquel domingo le tocaba a él. Y he aquí ese pequeño dato anecdótico, que parece carente de valor, pero que tiene un papel trascendental en la historia: desde que este chico había trabajado con nosotros el verano anterior hasta ese día de primavera temprana, la empresa había cambiado el programa de gestión. No me preguntes por qué, porque alterarás mi sosiego y además poco aporta a la historia, pero el software había cambiado y el chico, en lugar de preguntarme cómo demonios prolongar una reserva, optó por bloquear las fechas y ya si eso, avisarme después.
Cosa que no hizo, claro. Y llegó el lunes y yo mirando el calendario distribuí la tarea al equipo de limpieza: reserva que termina, apartamento que hay que limpiar. Poco antes del mediodía la chica de limpieza me llama alterada:
- Alex, que los huéspedes no se fueron-
- ¿Cómo que no se han ido, si tenían que estar fuera a las once? Dame un minuto que les llamo- yo en plan profesional.
- No, que dicen que avisaron para quedarse hasta el viernes-.
- ¿Sí? No... a ver, que miro y te digo-. Y zás, en toda la boca; sirva la expresión, pero más que boca era otra cosa. Un trasero, unas nalgas, posaderas, un derriere, una cola. Un señor culo, con toda la rotundidad de la palabra, era la nueva imagen de perfil de la persona en cuestión. Y ustedes corroborarán que no es la imagen que uno espera encontrarse en el whatsapp como foto de presentación.
Entonces yo hice dos cosas. O tres, callarme el exabrupto lo primero, comprobar que efectivamente habían solicitado quedarse una semana más y buscar aquel número de teléfono en Google, de primero de gestor de viviendas por si no lo sabías. Búsqueda que me llevó al anuncio de una tal "Isa, perrita tragona", No me jodas, Rafa. Pero no te lo pierdas, ainda mais, la renovación la querían pagar en efectivo: de puta madre, no sí, quizás no es la expresión correcta. Todo ok, Jose Luis.
Llegados a este punto diré que nada tengo en contra de la prostitución si se practica de manera libre; y me dirás, libre, tus cojones. Y claro, antes deberíamos hablar de desigualdades, de pobreza, de emigración, de necesidad, de desestructuración... Pero si no hay debates en la 2 sobre ello, tampoco vamos a perdernos aquí en solucionar el mundo ni el mundillo. Pero una cosa es que no tenga nada contra las prestiputas ni contra quienes buscan domicilios donde ejercer la presbitación y otra admitir de buen grado que se me hubieran colado donde no deberían haberse colado.
Y diré que no era la primera vez que me tenía que ver en el trabajo con alguna de estas chicas; además de manera literal, porque antes hubo una que en su WhatsApp se identificaba como A Gata y en las páginas de contactos lo hacía como Ágata y anduvo maullando por Pamplona y que llegado el día de su entrada me hizo una videollamada porque era incapaz de encontrar la cajita de las llaves que tenía a medio metro. Y después de la gata hubo otra, sin apodo y cuyo nombre no recuerdo, a la que tuve que ir a abrir de urgencia porque el simpático de mi jefe no había dejado las llaves donde perjuraba que las había dejado para que la clienta las recogiera a las 06:40 de la mañana. Comprenderéis que a esas horas ni ella ni yo estábamos de humor en ese momento para ponernos a charlar.
Pero estas otras fueron circunstanciales, porque la gata andaba con un gabacho y se quedó únicamente un par de días y porque la otra, basta como una sopa de mondongo, utilizaba a un supuesto marido para comentarme cualquier cosa. En cambio, entonces, además de descubrir el pastel tenía que ir a cobrarles. Llegados a ese punto tenía al diablo y al angelito listos para el combate ocupando sus respectivas esquinas. ¿Qué qué hice? Hacerme acompañar de la chica de limpieza que me había avisado del embrollo -por algo los guardia civiles van en pareja, porque sobornar a dos es moralmente más complicado y económicamente más caro- e ir a por el pago. Me abrió una cara, el culo seguía en el whatsapp y el resto del cuerpo escondido detrás de la puerta.
-Sólo te voy a pedir una cosa, discrección absoluta-. Ella no sabía que yo sabía, pero una palabra mía bastó para sanarla de ese desconocimiento. Por si acaso le enseñé su propia imagen de perfil. Me entregó el dinero, pidió una sábana nueva a la chica de la limpieza y desaparecimos.
¿Qué otra cosa podía hacer? A esas alturas de la película llevaban practicamente dos semanas en el apartamento, todo lo que fueran a hacer ya lo habían hecho, nadie se había quejado por nada en concreto y quien no se hubiera quedado con el titular de "Isa, perrita tragona" habría podido identificar el apartamento en las fotografías que acompañaban el reportaje. ¿Que está prohibido hacer estas cosas en los apartamentos turísticos?, ¿que los propietarios lo considerarían incompatible con el contrato y bla bla bla?, ¿que a mi jefe -de haberlo sabido en algún momento- no le parece la mejor forma de conseguir reservas? Pues seguramente, pero es lo que tiene la moral, que usted tiene la suya y yo tengo la mía y personalmente me parece bastante más indecente cobrar 750 euros por una noche de apartamento a que estas chicas hicieran lo que quisieran con sus vidas. Y si hablamos de mi jefe, peor que lo inmoral me parece la doble moral, y hasta ahí puedo leer.
Total, si quedaban cuatro días escasos y la imagen del whatsapp había sido elegantemente censurada. Cuatro días en los que dieron los mismos cero coma cinco problemas que habían dado antes; una vez sabido, los ruidos nocturnos sobre los que un vecino había comentado algo ahora encajaban mejor, igual que las renovaciones de reserva o los pagos en efectivo o bizum. Si habéis leído hasta aquí y hecho un poco de scroll suavecito para abajo habréis comprobado que esto sigue, que no se limita a una única anécdota.
Porque el día que debían marcharse, otra vez recién levantado, agarro el teléfono y zás, una nueva reserva al mismo nombre en otro apartamento de los que gestionamos. Mecagüentó. Porque ahora ya no podía hacerme el loco, ahora sabía lo que había detrás de ese nombre y sabía además que la dueña del nuevo apartamento que acababan de reservar vive al lado y tiene tics de la vieja del visillo. ¿Qué hice? Avisar, pero no a la dueña, a las ocupantes -esta vez me pasaron un contacto distinto a la persona que hacía las reservas-. Total, sólo iban a ser dos días más...
Si esta segunda reserva era un viernes, al terminar el fin de semana recibo, en este orden, dos llamadas: la inquilina preguntando si habían encontrado unos auriculares, uno de estos lo suficientemente caros como para tenerlos localizados por gps y otra de la dueña del apartamento diciendo que no, que los auriculares no los había encontrado pero que igual los había tirado a la basura junto a los montones de basura que había encontrado en el apartamento, que estaba todo hecho una mierda (sic) y con muchos condones. Agarra de nuevo el teléfono y explica y pide explicaciones: los auriculares están allí, los marca el gps y los condones... ella había estado allí sólo con su marido, no lo habían utilizado para trabajar. Por muy crédulo que sea uno...
No sé qué grado de vinculación se había podido crear para entonces, yo no lo definiría como complicidad, pero agradecieron mi lealtad y mis esfuerzos por encontrar los auriculares perdidos; la noche del martes recibo otro mensaje diciendo que estaba muy agradecida, que los auriculares finalmente habían aparecido en otra maleta y que cuando regresasen me harían un regalito para que probase. Literal, bro.
Ni dar ni traer, hacer. La elección del verbo determinaba el sentido de la frase, eso lo recordaba bien pese a haber eliminado todas las conversaciones mantenidas del whatsapp. Ni vu ni connu. Una anécdota de esas que se reserva para cuando hay confianza. Además, para cuando volvieran yo ya no debería estar trabajando allí.
Continuará...
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