Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de octubre de 2025

La plus belle avenue du monde

Como un chiquillo fascinado por la magia de los fuegos artificiales, nada más entrar en la habitación se dirige a la ventana a descorrer la basta tela plastificada que sirve de cortina y contemplar el resplandor lejano de la torre Eiffel. Apenas franqueada la puerta, la observo durante unos instantes, luego dejo sobre el escritorio la mochila y el par de paquetes que la jornada de turismo ha deparado y me acerco en silencio. Permanece ausente pero intuye mi llegada y balancea ligeramente su cuerpo para hacerme un hueco; la abrazo, mi mirada se une a la suya en el horizonte, allá donde un haz de luz surca el cielo cárdeno del anochecer y un centelleo de perseidas ilumina periódicamente la estructura metálica mientras nuestros cerebros graban recuerdos en la memoria.

- Nunca nadie me había traído a París- dice al cabo de unos instantes.

Ciño con más ganas su cuerpo, trato de entender todo lo que quiere decir su anodina frase pero seguro que hay detalles que se me escapan. Me limito a besar paternalmente la parte más alta de su cabeza, posando suavemente mis labios en un marasmo de cabellos rizados. Ella apoya su nuca en el hueco entre mi hombro y mi pecho, yo bajo la cara y la poso sobre el costado de la suya; sumidos en el abrazo pasan los minutos, los cuerpos en un hotel barato del extrarradio, las mentes vaya usted a saber dónde y la mirada en el infinito.

- Me gusta sentirte así- dice y no consigo entender si seguimos sobrevolando el parnaso o nos adentramos en terrenos más carnales. Por si acaso aprieto su cuerpo entre mis brazos, hago que sus pies escalen a los míos elevándola, provocando que su irresistible cuello quede más cerca de mi boca, que su cintura compruebe el despertar de mis instintos.

Unir los labios es cuestión de segundos; los cuerpos paralelos, los cuellos en torsión, no es un beso de película, es algo mucho mejor. Me aparto, dejo que su menudo cuerpo descanse en el borde interior de la ventana, apoyo mi frente sobre la suya eclipsándole la ciudad. Me gusta. Me gusta como pocas mujeres me han gustado antes, ella, capaz de envolver mi vacío y darle aspecto del mejor de los productos, capaz de sanarse sola las heridas más profundas y cicatrizarlas a base de carcajadas, ella, la que consigue con sólo la presencia cercana de su cuerpo que en el mío se instale el deseo.

-¿Qué?- pregunta y mi ausencia de respuesta provoca que el signo de interrogación se transforme en risa. Podría confesárselo, pero prefiero demostrárselo. Mis manos agarran su cara, la aproximo a mí y entonces sí el beso parece el de los finales felices, aunque apenas sea el comienzo. Tristes momentos aquellos en los que los besos se cuentan en unidades, así que después del primero viene un segundo, después un tercero y más adelante perdemos la cuenta.

Tal vez allá a lo lejos la torre Eiffel siga brillando, quizás en el cielo la tarde se haga más noche, tal vez bajo esta ventana el tráfico se vuelva más fluido; en nuestro mundo, después de agostarle los labios, mi boca trepa por su mejilla buscando la oreja. Para qué camelarla con melosas palabras al oído si puedo mordisquear su lóbulo, jugar a ser su pendiente, exhalar bruscamente todo lo que me hace sentir. Cuando ladea la cara, sé que tengo que deslizarme por su cuello, alterar sus venas, embriagarme en su aroma.

Podría excusarme, decir que ella fue quien la primera en subir la apuesta, quien invitó a las manos a la fiesta, pero me confieso culpable. Su torso sinuoso pronto se quedó pequeño a mis largas manos y busqué a tientas el cierre de sus jeans. Ceñidos, apenas solté el botón, la cremallera fue cediendo voluntariamente al paso de mis dedos. En la penumbra de la habitación su braguita se intuía lila, pero acaso fuera una ilusión provocada por la humedad que ya bañaba su sexo.

La rudeza de la tela vaquera, la suavidad de la ropa interior, la tibieza de la piel fueron avisando a mis dedos antes de sentir el cosquilleante roce de su vello púbico. Miré su rostro, una divertida mueca arrugaba su nariz al tiempo que el deseo mordisqueaba el labio inferior y su mano izquierda acariciaba el más lejano de sus pechos. Bastaron un par de pasos de mis dedos para que su sexo me invitase a entrar. Las yemas de mis dedos centrales sentían ya la carnosidad de su vagina mientras el pulgar buscaba el contacto con su clítoris. Al primer gesto gimió, al segundo sus brazos cayeron derrotados a lo largo del tronco, cuando comencé a frotarlo rítmicamente, su rostro ardía.

Forzosa y necesariamente curvados, mis dedos ascendían lento por su interior mientras el pulgar seguía avivando el fuego en el clítoris. En el quicio de la ventana, expuestos a la noche y a los voyeurs, permanecía pegado a ella, haciendo que los movimientos de mis dedos en su sexo fueran cortos –apenas una falange era suficiente para que algo más que humedad brotara en sus entrañas-, los rostros pegados, besándonos o mordiéndonos los labios según marcara su voluntad. Un contoneo de sus caderas, una mano que intenta tirar de la ropa para darme espacio. La ayudo, el pantalón baja hasta la mitad del muslo y la braguita se enrolla sobre sí misma.

Tira de mí, devuelve mi mano a su sexo y mi rostro junto al suyo. La ausencia de obstáculos me invita a incrementar el ritmo de mis gestos. Su respiración también se acelera, se vuelve más corta, se intercala con gemidos hasta volverse frenética. Mi frente apoyada en su cabeza, las miradas tan juntas que los pensamientos parecen saltar de una mente a otra y su boca buscando dejar el rastro de sus pequeños dientes en cualquier rincón de mi cuello. Continúo masturbándola. Apenas un tercio de la longitud de mis dedos es suficiente para colmar su pequeña vagina.

Si hago una pausa, si pretendo dar un descanso a mi mano, ella me insta a seguir. –No pares ahora…un poco más… sigue-. Ella ordena y yo obedezco. Penetro su sexo con dos dedos al tiempo que me esfuerzo por estimular cada terminación nerviosa de sus labios y de su pipa. El cuerpo se le comienza a tensar, incremento el ritmo de mis movimientos, la respiración se le vuelve jadeante, plagada de agudos sonidos rítmicos similares al hipo, cuando aprieta mi mano entre sus muslos sé que tengo que acompañar su orgasmo; con los dedos quietos dentro de su coño -sólo el pulgar continúa pinzado el clítoris- y dándole toda la tensión que mi sobrecargado antebrazo es capaz, la barreno mientras su cuerpo convulsiona y en el rostro, párpados y ojos se le declaran en rebeldía. En apenas un segundo, cuando la tensión de su cuerpo comienza a desaparecer y retiro mi mano, un pequeño geiser brota de su entrepierna. Veo en su rostro la incomprensión, que mezclada con la mía desembocan en una risa nerviosa que nos acompaña mientras mi mano ciñe su trasero mojándolo también con el fruto de su corrida y nos besamos por enésima vez.

- Cinco minutos para ducharte, que todavía no he terminado contigo- le aviso. Ella agarra la ropa recogida a la altura de sus rodillas, duda un instante y finalmente convencida por los arroyos que corren por sus muslos de que aquello no tiene remedio, camina cómicamente hasta desaparecer tras la puerta del cuarto de baño.


Seguramente fueran algunos minutos más, los suficientes para que el agua eliminara algo que siempre se le quedaría grabado y para que yo dejara caer mi cuerpo vencido sobre la cama, agarrara el mando de la tele, cambiara de canal hasta aburrirme, cogiera la guía turística y planeara rutas y caminos para el día siguiente sin demasiadas ganas, pues mi único destino asomaba su menudo cuerpo envuelto en una toalla por la puerta del aseo.

-Gracias-, musitó mientras se dejaba caer junto a mí. Mi única respuesta fue soltar el libro que tenía entre manos y estrechar una vez más sus hombros mientras ella acomodaba su cabeza en mi pecho. Sentir sus cabellos mojados sobre mi ropa a ciencia cierta que es algo que no recomiende ningún neumólogo, pero su respirar acompasándose al mío me transmitía sosiego, no necesitaba más que cerrar los ojos y estirar mi mano para rodear su cuerpo sobre la toalla que la envolvía.

- ¿Dónde vamos mañana?- preguntó al fin.

- No sé, ¿dónde quieres ir?- le devolví la pregunta.

- Eres tú el que conoce la ciudad- zanjó con una de sus pequeñas sonrisas dibujándosele en la cara. Touché. No me verás repetir escapada a Londres o a Amsterdam, pero a París volvería una y otra vez, me encanta, y descubrir la ciudad a quien viaja por primera vez es una labor fascinante:

- Podríamos bajarnos más adelante –según comencé a hablar separó la cara de mi pecho y me escuchaba como un alumno disciplinado-, en Châtelet, por ejemplo, y caminar hasta los Vosgos-. Intercambiamos postura, ella quedó boca arriba sobre la cama, la toalla que le ceñía bajo los hombros ligerísimamente abierta y yo mirándola embobado. –De ahí a Bastilla y luego subir por los bulevares-. Su hombro desnudo se transformó de golpe en un plano sobre el que mi dedo índice trazaba un recorrido a escala. –Llegar a Pigalle y Montmartre,- necesariamente esos barrios implicaban soltar el cierre de su toalla y permitir el avance de mi dedo- subir al Sacre Coeur –mi mano trepaba por su pecho derecho dibujando círculos cada vez más cerrados hasta encaramarse a lo alto de un pezón que enseguida se endureció- y después bajar –antes de hacerlo tomé su basílica entre mis labios y después proseguí el discurrir de mi índice guiado por la inercia-, visitar la Ópera –beso en su cadera izquierda- y la Madelaine –labios que saltan a su cadera derecha-, pasar por la plaza de la Concordia y desembocar en los Campos Elíseos.

Así a lo tonto, el destino me había llevado a tener la cabeza entre sus muslos, así como quien no quiere la cosa ella había maniobrado para elevar sus rodillas y que todas las miradas posibles desembocaran en aquel maravilloso arco del triunfo. Desparramé besos en la cara interna de sus piernas, pequeñas succiones que alertaban la carne más cercana a su sexo; de una acera a otra, saltando sin seguir una secuencia lógica. Su mano en mi nuca, enredándose en la ropa, me invitó a desprenderme del jersey y la camisa; después de recomponer la postura, como el más eficaz de los sistemas GPS, me dirigí raudo a mi destino.

- La…plus…belle…avenue…du…monde…la llaman los franceses- dije convirtiendo los puntos suspensivos en suaves lametazos a su clítoris. Con la cara entre sus piernas mi mirada sobrevoló al ras su cuerpo para buscarla: no sé si suscribía la afirmación, pero al menos no la protestaba. –Y ahí pasamos el rato, Campos Elíseos arriba, Campos Elíseos abajo- mi lengua paseante ascendía y descendía con parsimonia sobre su sexo, sintiendo el pliegue de sus labios al paso de mi boca, la hinchazón creciente del clítoris bajo mi nariz.

Con sus manos posadas tímidamente en mi cabeza, las uñas rasgando casi sin querer hacerlo, simplemente recordándome que estaban allí dispuestas a animarme o castigarme, la cabeza ladeada, los ojos cerrados y gimiendo largamente, ella se sorprendía con cada movimiento de mi lengua; nunca sabía si atacaría su clítoris, sus labios, si succionaría, lamería, agarraría débilmente entre mis dientes. Variar sin parar y sin parar, variar. Introducía la lengua, frotaba mi cara, pasaba de los tonos oscuros de sus labios al rosáceo de la vagina y cuando menos lo esperaba pulsaba esa tecla que aceleraba sus mecanismos.

- Ummm, qué rico me lo haces siempre- dijo saliendo del sueño que la mecía. Sin estridencias y sin el aparato visual de minutos atrás, pero se había corrido de nuevo. Mi respuesta fue erguirme –orgulloso seguramente-, fijar mi mirada en la suya y asir entre mis manos las suyas. - ¿Y a la torre Eiffel no vamos mañana?- preguntó inesperadamente.

- ¿Quieres ir otra vez?-.

- Quiero ir todos los días-. El movimiento de sus dedos entrelazando los míos me hizo sentir lo ridículo de mi réplica.

- Habrá que ver si está preparada-.

- Yo creo que sí-, sus manos buscando el bulto bajo mi cintura me animaron a comprobarlo por mí mismo. Solté el pantalón, bajé el calzoncillo y arrodillado entre sus piernas no había muchos más sitios en los que comprobarlo.

- Aaaah- gimió al calibrar la dureza de mi pene en su pipa. Cuando lo deslicé sobre sus labios la respuesta de su boca fue morderse la comisura izquierda. Torturarla de esta forma era sólo la recompensa a mi preparación: golpe seco en su clítoris, paso lento de mi falo por el exterior de su sexo. Una, dos, diez veces.

- Si me la metes ahora, me corro otra vez-. No dudaba de su palabra, pero quise comprobarlo por mí mismo. Al enésimo deslizar de mi pene, acepté la invitación de sus labios pegajosos y me colé dentro. Un bailoteo de sus párpados y sus piernas trabándose tras las mías fue esta vez la manifestación del orgasmo. – Despacio- pidió, bajé la cara junto a la suya y besándola le quise hacer sentir que ella mandaría siempre. Así pues, lento, comencé a moverme. Encorvado, controlando siempre los impulsos a mi cadera, empujando apenas una porción de mi sexo por el suyo, la follaba como ella pedía. Mis brazos se colaban bajo sus hombros, atrayéndola, sus pechos aplastados contra el mío, piel con piel, sin dejar apenas espacio entre nuestros cuerpos, más que martillear su sexo, su vagina me abrazaba complacida.

Mis manos apartaban los cabellos de su frente, cuando los párpados caídos lo permitían, nos mirábamos a los ojos mientras no dejábamos de comernos la boca. El cansancio de un largo día se apreciaba en su rostro y aunque el resto del cuerpo se veía resplandeciente, cuando le pedí un cambio de postura, la pesadez de sus movimientos se hizo evidente. De costado, yo a su espalda, mi mano sobre su teta y siempre midiendo la intensidad de mis viajes, cuando levanté su pierna para facilitar el gesto, fue incapaz de mantenerla elevada por más de tres segundos-

- Lo siento, estoy agotada, has acabado conmigo- dijo.

- No pasa nada-, acomodé la cara en su nuca, besé su cuello y abrazado a su pecho y todavía con el pene hundido en su sexo, di por finalizada la excursión nocturna por París.


Me despertaron las caricias de sus manos en mi pene. No sabría decir si había sido ella o el amanecer, pero la erección era innegable.

- Es tan bonita- creí oírla decir y pese a que el cortinón de la ventana había permanecido descorrido toda la noche, creo que esta vez no se refería a la famosa torre. Desnuda, sentada sobre sus piernas, el pelo recogido en una cola que caía sobre el hombro, se volvía a ver resplandeciente; probablemente el hecho de que su mano diestra no dejara de masturbar mi polla influía seriamente en mi valoración de la escena.

- No- dije cuando observé su cara acercarse a mi sexo.

- Sí- dijo ella con los labios detenidos a tres centímetros de mi glande.

- No- insistí.

- ¿Quién manda aquí?- replicó y yo dejé caer pesadamente mi cabeza sobre la almohada al tiempo que ella introducía en su boca mi polla enhiesta. El calor de su garganta, la saliva reavivando el escozor de la víspera y el rasgar de sus dientes me hacían delirar. Al compás de sus cabeceos lentos no sabía si despertarme del todo o dejarme arrastrar de nuevo al mundo de los sueños. Al cabo de unos minutos –su mano subiendo y bajando rítmicamente, su lengua rematando los gestos relamiendo el capullo- el resto de mi cuerpo terminó por despertarse, una de mis manos rodeó su hombro, la otra se aferró a ese pecho que, al ritmo de los gestos de su cuello oscilaba libre como en el cuadro de Delacroix.

Ella es la jefa, pero París es un buen escenario para las revoluciones, así que cuando menos lo esperaba agarré su muñeca, detuve sus gestos y levantándome impetuosamente la llevé al minúsculo cuarto de baño de este hotel bon marché, hice apoyar sus manos en el lavabo, separé sus piernas con un gesto de mis pies y colocándome a su espalda la penetré tal y como ella me había dejado.

- Ay, ay, cuidado, sabes que la tienes demasiado grande para mí- dijo interponiendo su mano derecha entre mi cintura y sus caderas. Retiré la polla, mojé un par de veces mis dedos con saliva y los llevé a su coño; en el tercer gesto humedecí la punta de mi rabo y lo devolví a su sexo. Agarrándolo por la base con la mano, controlando lo incontrolable, antes de impulsar quise preguntar:

- ¿Sí?-. Un gesto afirmativo de su cabeza me invitó a anclarme a sus caderas, balanceaba mi cuerpo adelante y atrás, la piel de su trasero se enrojecía por la fricción, en su interior todo volvía a acelerarse y su boca alternaba jadeos con gemidos.

Ni ella podía aguantar mucho más ni yo quería dilatar el momento. Colé mi mano entre su cuerpo y el mueble y la dirigí a ciegas a su entrepierna. Con el pene alojado en su vagina comencé a estimular su clítoris, aumentando la velocidad, frotándolo todo lo rápido que la postura me permitía. Cuando su cuerpo comenzó a agitarse volví a moverme también yo. Me gustaría afirmar que cuadramos los finales, pero ella terminó antes y yo, mientras trataba de prolongar su orgasmo hasta los últimos estertores, con la otra mano me masturbé hasta reventar contra la entrada de su coño.

Con la voz entrecortada todavía por la respiración agitada, me acerqué a su espalda, esperé la llegada de su cara y tras besarla en el hombro le dije: nos debíamos un buen viaje.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Por ti

“Por ti, sí, por ti, sí, por ti yo sería capaz de morir si tú me das amor sincero-o-o-o” retengo el comienzo de la canción, apenas un verso, antes de que el fraseo y los acontecimientos se aceleren y sean otros los estímulos que requieran mi atención. Observo una boca que se abalanza sobre mí; reacciono evitando los labios y dirijo los besos hacia el cuello. Te observo por un segundo, pareces sonreír cuando la excitación y la lengua que trepan por mi piel me obligan a entornar los ojos.

Por ti estoy aquí, por ti mis manos se ciñen a esta otra cintura, por ti me dejo hacer cuando sus dientes juguetean en el lóbulo de mi oreja. No tendré que disimular el rastro que la boca de esta aprendiz de vampiro va dejando en mi cuello, pues eres tú quien la anima. Un gemido sordo escapa de mi boca como respuesta al sonido de succión de sus labios abandonando mi piel; y acto seguido tu sonrisa, no podría haber mejor banda sonora.

Por ti los nervios y las manos que se traban cuando intento ayudarla con el cierre de mi cinturón, por ti la erección que no disimula el calzoncillo, es por ti aunque ella se crea la culpable. Mis ojos apenas se han acostumbrado a la penumbra del local y cuando van de ti a ella y observo vuestras miradas y vuestras sonrisas incapaces de disimular las ganas, me siento algo perdido. Extiendo la mano para asirme a tu realidad y me consuelas durante unos pocos segundos, demasiado pocos, dejándome acariciar la forma de tus caderas. Luego no me retienes cuando son las manos de ella las que agarran las mías.

Por ti contengo las ganas, por ti y porque no estoy acostumbrado a estos juegos; tardo en comprender que eres tú, que es tu excitación por cuerpo interpuesto la que tengo delante, la que se yergue sobre mi regazo, la que bambolea sus pechos pequeños y puntiagudos delante de mis ojos. Mi cerebro no entiende, pero un deseo primario me lleva a hundir la cara en su piel. Restriego, muerdo, lamo. Parece que lo hago bien, sus pezones se endurecen y recibo tu caricia como premio en mi espalda.

Por ti mis dedos recorren su columna sin prisa, por ti suben y bajan, por ti acarician la tela de la ropa interior en lugar de buscar rápidamente un hueco. Siento unas manos, ya no sé si tuyas o suyas, apretando las mías contra la carne. Estás aquí, rodeándonos, tocándonos; dijiste que no participarías, que te limitarías a mirar, pero sé que no es así, me convenzo de que no es así. Sin ti yo no sabría, sin ti yo no podría.

Por ti mi pene apunta al techo cuando sus manos quitan el calzoncillo decididas y de un tirón. Por ti su sonrisa me parece menos diabólica instantes antes de comenzar a devorarme, por ti mi cuerpo cae pesado sobre el colchón. Por ti mis manos no encuentran acomodo y cada poco me sirven de almohada como viajan a su pelo, apartan un mechón que recolocan para acompañar por unos segundos el vaivén de su cabeza. Por ti y porque, pese a mis ojos cerrados, te sé aquí, junto a mi cabeza, mirando con avidez y mordiéndote el labio, tratando de comprender, de sentir, de interiorizar, tú también, toda esta novedad.

Por ti retengo la inercia de sus cabeceos, por ti me pongo freno y me niego a abandonarme. Lo necesitas completo, lo sé, lo recuerdo. Probar, por una vez, a ver qué se siente. Tardas en encontrar mi mirada en el cambio de postura; cuando me respondes en silencio, sus manos ya han comenzado a enfundarme el preservativo.

Por ti hago una pausa, me atuso el pelo, resoplo. Por ti su mano toma las riendas y mi polla, la restriega, se humedece. Por ti me adentro, por ti empujo. Por ti evito mirarte; por ti y por mí. Mi mirada se concentra allí donde mi cuerpo entra en contacto con el de aquella mujer. Sus muslos piden descanso, mis brazos no se lo niegan, en esta postura todavía mantengo las distancias.

Por ti las idas y venidas, por ti el sudor, el cansancio. Por ti ruedo sobre la cama, por ti evito el abrazo, la piel con piel. Por ti sus caderas asimétricas y su mano guiando mi polla, por ti los dientes apretados cuando se deja caer y me hunde en ella. Por ti mis manos reticentes, por ti los dedos entrelazados como máxima ofrenda. No sé si te das cuenta de mis trampas, no sé si me juzgas. Disimulo, ofrezco mis muslos como respaldo a los movimientos de su cintura. Los viajes se hacen más cortos, más intensos. El sonido de los cuerpos chocando se impone al hilo musical que sigue vomitando música prescindible.

Por ti me exijo un último esfuerzo, por ti mis piernas se agitan, por ti trato inútilmente de elevar su cadera y martillear como se supone que debo. Gime, siempre ha gemido, aunque no le haya prestado caso; no me importa ella, no me importo yo. Todo esto es únicamente por ti.

Por ti mis límites físicos se extienden casi tanto como los mentales, por ti la mueca forzada, por ti el postrer impulso. Por ti la respiración agitada y el corazón acelerado, por ti su sonrisa forzada de final inesperado, por ti las explicaciones que no pasan de balbuceo, por ti sus movimientos ligeros y el pesado descender del semen cautivo en el látex. Por ti las toallitas, la mirada huidiza, temerosa. Por ti la aventura, el experimento. Por ti, si te gustó, por ti esta mujer o tal vez otras.

miércoles, 29 de junio de 2022

Por turnos

- ¿De qué estás mañana?- pregunto.

- De tardes, ¿tú?-.

Resoplo antes de responder: de noches. Mi mente empieza a calcular horarios, itinerarios, posibles coincidencias. –Si quieres te paso a buscar, tengo muchas ganas de estar un rato contigo-.

- No te va dar tiempo- dice con un gesto a medio camino entre la lástima y la compasión.

Tiene razón, ella sale del hospital a la hora que yo debo entrar al hotel. Quizás escapándose antes, tal vez llegando un poco más tarde y aguantando la bronca… Nos despedimos aguardando la hora de volver a vernos, aunque fuera por sólo unos minutos.


Al final nos pudieron las ganas. La espero fuera, apoyado en el coche, junto a la puerta del conductor. Cuando me ve se despide de su compañera y echa una ligera carrera. Sin maquillar, el pelo recogido en un moño no demasiado firme, el rostro cansado después de horas de trabajo, sin embargo se ve preciosa, siempre la veo preciosa. Cuando está lo suficientemente cerca, me atrapa una de sus sonrisas:

- ¿Qué tal el día?- le digo, y en su respuesta espero encontrar un motivo por el que mejorarlo. No le ha debido ir tan mal cuando me besa en los labios. Yo acepto el reto y retengo su cuerpo contra el mío. Las manos también se animan y poco a poco bajan hasta abrazar los respectivos traseros. Estaríamos toda la noche comiéndonos la boca despacio bajo la luz anaranjada de las farolas del parking del hospital, pero los dos sabemos que los segundos mandan. Se sienta en el asiento del copiloto, deja el bolso a los pies, nos ponemos el cinturón y arranco. Desoigo todas las recomendaciones de tráfico y aparto constantemente la vista de la carretera para mirar a mi derecha, ella es mi camino. No apuro los semáforos en ámbar, prefiero que se ponga en rojo y poder intercambiar con mi chica algunas palabras y unos cuantos besos. Cuando se pone en verde mi mano se entretiene en su cuerpo antes de volver al volante. A estas horas no hay tráfico y llegamos enseguida a las inmediaciones de mi trabajo. El reloj en el salpicadero marca dos minutos más allá de mi hora de entrada; me digo que eso no es retraso, así que remoloneo un poco más. Hablamos de todo y de nada hasta que mi mano se posa, deliberadamente, en la parte más alta de su muslo. Ella la mira y comprende, yo la subo todavía un poco más, hasta dejarle bien claro qué tipo de ganas de estar con ella tengo. Separa ligeramente las piernas, deja que pase unas cuantas veces mi mano, aunque sea por encima del pantalón. Le pido que se siente sobre mí, nos mentimos, decimos que es para cambiar de posición y que se vaya a casa conduciendo. Los dos sabemos que no es verdad, que sólo queremos estar en contacto un poco más. El volante golpea su cuerpo, estamos incómodos, pero con su frente apoyada en la mía, ella se da cuenta de que cierta parte de mi cuerpo la desea especialmente. Finalmente la dejo sentada a los mandos, ajustando el asiento a su tamaño, y yo me bajo del coche maldiciendo el trabajo por turnos y recolocándome con disimulo el paquete.


Salí a la hora, afortunadamente el grueso de los check-out no había empezado todavía. En el transporte público las caras somnolientas ayudaban a distinguir a quienes volvíamos de quienes iban a trabajar. Yo estaba completamente activo después de una noche no demasiado ajetreada, sin embargo al llegar a casa me pongo automáticamente en modo silencio, no quiero despertarla. Pico algo en la cocina, ya no sé si desayuno o almuerzo, me entretengo un rato con el móvil antes de ir a la habitación. No me queda más remedio que encender la luz y eso la despierta:

- Mmmm, ¿qué hora es?- pregunta cubriéndose los ojos con el antebrazo.

- Es temprano, todavía puedes dormir un rato más- le digo. Ha descorrido un tanto la sábana, lo justo para ver su hombro, la camiseta blanca de tirantes con la que duerme y un trozo de su pecho sin sujetador. Cuando me siento en la cama ella hace amago de levantarse. Le digo que se quede un rato a mi lado, quiero dormir un rato abrazado a mi chica como cualquier pareja, se excusa, dice que tiene muchas cosas que hacer… Debo encontrar un argumento más convincente. Aprovecho que ha terminado de levantar la sábana para regresar mi mano donde la había dejado la noche anterior; lleva unas braguitas negras, sencillas, nada sexys, pero que en su cuerpo me encantan. La toco con esa mezcla de suavidad y firmeza que llevo años aprendiendo y ella se relaja. Su cuerpo se deja caer de nuevo sobre la cama y mi boca busca sus labios. Cuando sus brazos rodean mi espalda sé que le he quitado las prisas.


Nos hemos quedado sin saliva que intercambiar cuando mis labios abandonan los suyos. Busco su nariz, sus ojos, toda su cara, prodigo besos de colibrí, apenas la rozo. Después tomo camino de su cuello, ella ladea la cara para facilitarme la tarea. Me entretengo un poco antes de seguir bajando. Los pezones se le comienzan a marcar en la camiseta y así los beso, por encima de la ropa. Me asomo a sus pechos a través de las aberturas laterales, podría sacarle la camiseta entera, pero quiero algo más definitivo. Dejo sus senos a la invasión de sus manos y prosigo el viaje por su cuerpo. Cuando levanto la tela y beso su ombligo la posee una risa nerviosa, de un sin querer queriendo. Le gusta pero estamos de acuerdo en que ese no es el destino; su mano empuja mi cabeza y yo obedezco al instinto. Tiro de sus bragas, se atascan con el roce de la cama, ella levanta las caderas y yo vuelvo a tirar. Cuando por fin escapan de su pie, mi chica flexiona las piernas ligeramente abiertas. Mi mirada se centra en su sexo imberbe, en sus labios cerrados, en el capuchón que protege la joya de la corona. Cierro los ojos y me dejo llevar por el tacto, el olor de su piel, por el sabor ligeramente ácido que me recibe, también por el sonido de sus gemidos que comienza cuando yo doy rienda suelta a mi lengua. Cambio de zona, de ángulo, de contundencia, pero no abandono el placer de degustarla. Ella quiere sumar su mano, pero se la retiro, quiero que sea así: su coño y mi boca. El clítoris ha crecido y yo lo refuerzo con un par de lengüetazos. Ella suspira, apenas gime, pero sé que es su manera de disfrutar, sin estridencias. Cuando sus manos aprietan los pechos o agarran con fuerza la bajera hasta retorcerla, sé que le gusta especialmente. Sus labios se han entreabierto, el calor y la humedad de mi boca les han dotado de un brillo especial. Seguramente con algo más contundente conseguiríamos un resultado más eficaz, pero quiero que sea únicamente mi lengua la que se asome al pozo de los deseos. Cegado en su pubis, con la nariz posada en su piel hasta aprenderse todos los matices de su aroma, dejo que sea mi lengua la que, una y otra vez, abra su sexo.


Concilié el sueño acurrucado entre sus piernas después del orgasmo. Ahora despierto sin saber muy bien porqué antes de la hora habitual. Sé que han pasado algunas horas pero no sabría decir cuántas. Mi mirada recorre la habitación iluminada hasta que me doy cuenta de la razón de mi repentino despertar: el edredón caído, mi torso desnudo y al final de mi mirada desenfocada, mi chica aleteando con su lengua en mi glande. Sé que no es algo que le guste hacer, que lo reserva para momentos especiales, así que no pregunto cuando hace desaparecer mi polla en su garganta. Cruzo los brazos por detrás de la cabeza a modo de almohada suplementaria, exijo a mi cerebro que termine de espabilarse y asisto a su manera de compensarme. Mi chica no se ha vestido, vuelve a trabajar de tardes, y mi mirada busca entonces el despertador en la mesilla. Marca las doce y media del mediodía, apenas he dormido tres horas. Sé que todavía falta un rato hasta que tenga que marcharse, intuyo que es demasiado tiempo para aguantar los juegos de su lengua, el roce de sus dientes, la determinación de su mano cuando recorre mi verga.

- ¿Te has duchado?- le pregunto.

- No, ¿por qué?... ah- ella misma se responde. Ríe, le gusta la idea. Trato de incorporarme, el viejo pantalón elástico de pijama está recogido a la altura de los tobillos, y la polla está totalmente crecida y terriblemente dura.

- ¿Cuánto tiempo llevas…?- le pregunto, y nuevamente sus risas son la respuesta. Mis manos la ayudan a desvestirse, cuando nos vemos desnudos una palmada en su trasero es la señal para ponernos en marcha. Pasamos al baño, la mampara de la ducha está abierta y nos colamos hasta sentir el frío de la baldosa en nuestro abrazo.


Su mano me masturba, hace resaltar los cojones y emerger el glande. Me gustaría que siguiera regalándome la falsa candidez de su boca, pero tampoco me quejo. Abro el grifo y el primer chorro frío contra su espalda le provoca un grito estridente. La giro, ahora son mis hombros los que reciben una lluvia cada vez más templada. Mi mano dibuja la forma de su espalda, el abultamiento de su trasero, comienza a bajar por su muslo hasta que lo eleva. Me acerco hasta que mi pene se dobla entre nuestros cuerpos, ella lo guía. Espero a que sus dientes terminen de mordisquear mi labio y entonces empujo; su cuerpo contra el cristal y mi polla por su coño. Gime, el pelo húmedo se le pega a la cara y sus brazos rodean mi cuerpo. Vuelvo a empujar, hasta adentrarme entero en su cuerpo. Cuando comienzo a penetrarla rítmicamente ella abandona su postura de grulla sobre una pierna y se enrosca a mis caderas. Arrinconados contra la pared, el agua sigue cayendo hasta que decido acabar con el derroche; después será necesaria para llevarse los restos, pero por ahora ya ha cumplido su tarea de empañar con vaho nuestro reflejo en el espejo. Nosotros estamos en ebullición. Mi chica resiste sin inmutarse mis embestidas aplastándose la espalda contra la pared. La follo sin descanso, el abrazo se hace más intenso, sus tetas se deforman contra mi pecho, sus gemidos se aceleran, mi respiración se hace más densa. Sé que se corre, es inminente, conozco las reacciones de su cuerpo aunque cada vez nuestros encuentros sean menos frecuentes, más programados. Siento las contracciones de su cuerpo, las venzo y sigo empujando. Mi piel agradece que las uñas que me clava no sean demasiado largas. Cuando deshago el abrazo y la poso en el suelo sus piernas tienen un divertido temblequeo.


Mi espalda se apoya ahora en la pared, ella dobla su cuerpo hasta acercarlo a mí. Estoy ya dentro de su coño pero su trasero es una tentación demasiado grande. Sé que no me deja, pero no me resisto a apoyar el pulgar y empujar, sin ni siquiera hacer desaparecer la primera falange, para que se haga una idea si alguna vez se lo piensa. Mi chica busca dónde apoyar las manos, está incómoda, nuestra pequeña ducha no da para más, así que abandono mis fantasías y agarro con fuerza sus caderas. No quiero forzar sus músculos mucho más con posturas imposibles, además el tiempo pasa deprisa cuando se disfruta y ella deberá marcharse enseguida. Sus pies se apoyan en los míos, sus piernas estiradas, mi polla siempre empujando en su coño, el tronco ligeramente inclinado y mis manos sujetando sus brazos. A ella la respiración se le vuelve a descompensar y yo inicio la que quiero que sea la última tanda. Eleva la cabeza, la ducha de nuevo cae sobre su cara, de la boca abierta escapan al tiempo agua y gemidos, yo la atraigo con más fuerza y la follo con todas mis ganas. Al poco su vagina convulsiona de nuevo y yo me dejo ir en varias sacudidas que agitan mi cuerpo.


La mezcla de semen y flujos que ella ha dejado caer se empieza a perder pesadamente por el sumidero cuando, a regañadientes, me hace salir de la ducha. Cierro la mampara y la miro del otro lado del cristal moteado de gotas. Ella se ducha, ahora sí, de verdad. Le tiendo una toalla, se seca a medio metro de mí, pero sé que no debo estirar la mano, rozar su piel, tiene prisa, ya va tarde. Desde el cuarto de baño miro a través de la puerta entreabierta cómo se viste. Luego vuelve a mi lado, el espejo todavía no se ha desempañado y soy yo quien le dice si se ha pintado los labios correctamente. Me premia con el sobrevuelo de un beso sobre mi boca.

- ¡Qué desastre, mira cómo hemos dejado esto!- dice señalando el agua, las ropas caídas, las toallas abandonadas. - No te preocupes, yo lo recojo. Tengo toda la tarde- le digo, y mientras ella termina de prepararse y la puerta anuncia su ausencia, yo me quedo allí plantado, lamentando no coincidir más a menudo y echándola ya de menos.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Citius, Altius, Fortius

Mi marido corre maratones populares. Yo no, pero lo acompaño en unas escapadas que, si bien no me atrevería a calificar de románticas, al menos me sirven para conocer distintos lugares de la geografía nacional. Así ocurrió aquel fin de semana que ahora os cuento, cuando nos desplazamos a una ciudad costera, él para intentar mejorar sus marcas aprovechando las facilidades del recorrido y yo para cambiar de aires durante un par de días. El sábado lo pasamos juntos, alternando algún paseo por la localidad con las tareas previas a cualquier carrera: verificar la inscripción, recogida de dorsal, visita a los stands de los patrocinadores del evento... No es que me apasione, pero bueno, es lo que toca. Además sé que el domingo, mientras él corre, yo tendré algo más de tres horas para estar a mi aire.

El domingo todo comenzó como cualquiera de las otras veces. Dejamos el hotel temprano, sobre las ocho y media, pues la salida de la carrera estaba prevista para las nueve de la mañana. Siendo generosa diré que el día era otoñal, aunque podría haber dicho que el cielo amenazaba constantemente con dejar escapar la lluvia y el frescor matutino se aliaba con la humedad del lugar para calarme hasta los huesos. Me despedí de mi marido con un beso deseándole que todo fuera bien y busqué un hueco entre la gente, casi todos acompañantes como yo, que se agolpaba en los primeros hectómetros del recorrido atentos al paso de sus familiares o amigos. Cuando se dio la salida pronto llegaron a mi altura los primeros atletas profesionales que tomaban parte en la carrera, y acto seguido comenzó a pasar una masa, todavía compacta, de corredores en la que, si no hubiéramos tenido nuestros códigos de colocación o de vestimenta, me hubiera sido imposible identificar a mi marido. Pero lo vi, grité su nombre, le animé, seguí su carrera hasta que se me perdió en la marabunta; haría lo mismo tres o cuatro veces más en distintos puntos del trazado, los que me pillaran a mano durante mi paseo por la ciudad, antes de esperarlo en meta. El paso constante de corredores por delante de tus ojos puede llegar a ser mareante si pretendes seguirlos a todos, así que, en una técnica aprendida con la experiencia, fijé mi mirada en un punto fijo. Y así fue como lo vi.

No muy alto, en torno al metro ochenta, hombros fuertes, unos brazos que aparentaban ser igualmente recios y un físico que, bajo la cazadora que vestía, se diría más bien corpulento. No era especialmente guapo, y sin embargo me gustó en cuanto reparé en él. Aguardaba; no esperaba el paso de nadie en concreto, ni tampoco diría que estuviese viendo la carrera como simple aficionado, no. Esperaba que terminaran de pasar los atletas o que el volumen de tráfico fuera menor para poder cruzar al otro lado. Y mientras él miraba buscando el final de la larga procesión, yo le miraba a él. Desde la otra acera y a unos quince o veinte metros de distancia era imposible que se fijara en mí, que viera mis ojos fijos en su rostro entre el gentío que comenzaba a disgregarse.

No sé porqué, pero cuando él cruzó y se internó por una calle cualquiera, yo le seguí. Caminaba rápido y yo iba cargada con mi bolso, la mochila de Xavi, mi marido, el paraguas... Me costaba seguir su paso. Cuando observé que se detenía junto a un portal y metía la mano en el bolsillo de la cazadora para sacar lo que supuse eran las llaves, aceleré el caminar.

- Perdona, perdona- le interpelé cuando comenzaba a abrir la puerta- ¿sabrías decirme dónde me podría tomar un café?-. Como frase para intentar ligar me parecía patética, pero... ¿acaso yo estaba tratando de ligar? No sabría decirlo, simplemente había sentido la necesidad de alcanzarlo y hablarle.

- Sí, acabas de pasar por delante de una panadería - cafetería- dijo educada, pero secamente. Yo me moría de vergüenza, pero en verdad que no había reparado en la cafetería, claro que sólo tenía ojos para él. - Me ha parecido que estaba cerrada- inventé como excusa.

- ¿Sí?, no creo, siempre está abierta a estas horas- respondió, y añadió las palabras que yo estaba deseando escuchar: no te preocupes, te acompaño.

Él sacó las llaves de la cerradura, yo me coloqué mejor el bolso y la mochila de mi marido, y caminando a su par retrocedimos unos treinta metros hasta donde, efectivamente, una luz iluminando la nublada mañana y la mezcla inconfundible de olor a café y pan recién hechos, me delataban.

- Qué tonta, no la había visto- dije fingiendo sentirme avergonzada.

- No pasa nada, es normal cuando vienes de fuera y no conoces la ciudad-. Con las manos guardadas en los bolsillos de su cazadora y con un gesto del mentón señaló la mochila colgada de mi hombro -¿Por la carrera, no?-.

- Sí- respondí tímidamente. Siguieron unos segundos en los que, como en los kilómetros finales de unas maratón, sólo avanza el tiempo. -¿Te puedo invitar a un café...? por la molestia- propuse.

Me observaba y sabía perfectamente qué estaba pensando; me estaba valorando, incluso más, juzgando. Mi actitud, mi cuerpo, todo. Yo aguardaba, con la mirada de no haber roto ningún plato, pero ser capaz de hacer añicos vajillas enteras. Después de pasarme la mano y recolocarme el pelo liso por detrás de la oreja, por fin rompió su silencio: tú no quieres tomarte un café, ¿verdad?-. Chico listo.


Su mano diestra levanta mi muslo y sus dedos se introducen por el bajo de la braguita clavándose en mi piel. Su casa estaba cerca, irrechazablemente cerca y mi pantalón tirado por el suelo es testigo de las prisas que teníamos. Trato de llevar mis dedos a mi entrepierna, de frotar mi sexo para que alcance, a velocidad de sprint, una humedad acorde al calentón que siento, pero su cuerpo se me viene encima aplastándome contra la pared en la que apoyo la espalda. Nos besamos con furia, mis manos se abrazan a su espalda reduciendo al mínimo el hueco que nos separa; no sé porqué lo hago, pero no quiero que pare.

Cuando se separa de mí, en mis sensaciones, sus gestos adquieren dos velocidades: tira levemente de mi cuerpo, separa mi trasero de la pared, se agacha y decididamente y con ambas manos saca la braguita. Quizás por verlo arrodillado y entre mis piernas imagino ya juegos de su lengua en mis labios, su saliva en mi sexo y temblores de piernas, pero no. Rápidamente me gira, eleva mis brazos contra la pared y ayudándose de las manos saca mi grupa para dejarme lista para recibirlo. Y ahí es cuando la acción se me vuelve lenta; son unos pocos segundos pero se me hacen eternos los que él tarda en bajarse pantalón y slip. Siento en esa habitación el frío ambiental contrastando con el calor que me quema por dentro, vuelvo la cabeza para observar los gestos de su mano tratando de dar mayor consistencia a un pene no muy largo pero algo grueso para lo que estoy acostumbrada.

Compruebo que es así cuando intenta entrar en mí. Tiene que rectificar el gesto, colocar en mejor postura mi cuerpo. Siento tres de sus dedos pasando por mi sexo, lubricándolo al momento. Después escucho un salivazo; cuando vuelve a internarse en mí, siento mayor humedad también en su glande y mi coño lo agradece. Se agarra a mis caderas mientras poco a poco va ganando velocidad. Cuando la inercia lo lleva a entrar una y otra vez en mí, sus manos se vuelven torpes, dubitativas; de pronto trepan por mis brazos hasta enredarse con las mías, como vuelven a mi cintura, agarran, me ciñen, suben bajo el jersey por la espalda, ganan la parte delantera del torso y buscan anclarse a mis pechos.

Sus gestos sólo consiguen que se me dé la vuelta el sujetador aplastándome la teta derecha, pero no me quejo de la incomodidad. Sé que tiene que ser así, rápido, furtivo, apenas desnuda de cintura para abajo y la parte superior moviéndose al compás de sus manos. Trato únicamente de concentrarme en la acción de su sexo en el mío. Tras un comienzo demasiado brioso ha tenido que bajar el ritmo; sin embargo no deja de ser efectivo. Flexiono la espalda, me doblo un poco más obligándolo a retroceder. Escucho el tintineo del botón de su pantalón recogido en los tobillos golpeando el suelo un par de veces, luego son sus manos agarrándose a mis caderas las que me alertan del comienzo de una nueva serie de empujones.

Me colma, me sacia. Mi vagina ya se ha adaptado al grosor de su polla y no deja de lubricar. Cuando bajo la mano para estimular aún más el coño busco un orgasmo rápido, que aleje de mi cabeza cualquier otro pensamiento que no esté allí, en aquella habitación revuelta, más allá de nuestros cuerpos agitados. Separo sus dedos que, siguiendo los míos, habían venido a ocuparse con poca delicadeza de mi clítoris y comienzo a frotarme. Conozco mi cuerpo:

- No pares, no pares. Sigue fuerte un minuto, que me corro- le pido a mi inesperado amante. Él obedece. Sus manos se agarran de nuevo a la cresta de mis caderas y tras un segundo para recomponer su postura, inicia a cumplir lo pedido.

Es brusco, quizás hasta demasiado, pero efectivo. No sabría si pedirle más tranquilidad o, por el contrario, instarle a no detenerse, a darme más y más, pero en cualquier caso de mi boca sólo consiguen escapar gemidos intercalados con onomatopeyas sin sentido. Me corro, no se lo anuncio a gritos pero mi coño habla por mí. Siento la descarga de flujos inundando mi sexo en el momento en el que él retira su polla. Con la vista nublada por el orgasmo es una agradable sorpresa sentir su boca en mi vulva. Lame, succiona, sacude la cara pegada a mi piel. Me bebe y la acción de su boca provoca que el clímax se me prolongue durante decenas de segundos más.

Cuando noto que su cabeza desaparece de mi entrepierna, mi cuerpo es todavía un temblor de hombros a pies. Parece que únicamente mi cabeza y mi sexo sepan qué está ocurriendo realmente. Apenas me da tiempo de sentir una corriente de aire frío secando de golpe la humedad que desciende por la cara interna de mis muslos cuando ya está de nuevo en mi coño.

- Joder- murmullo sin saber muy bien qué quiero decir.

- Te gusta, ¿eh?-. Él se lo dice todo, incluso creo escuchar por ahí un "zorra" al que prefiero no hacer mucho caso y dejar que el instinto hable por mí.

Sus embestidas vuelven a ser decididas, me tengo que apoyar en la pared casi con la misma firmeza que él se sujeta a mi cintura. El reciente orgasmo hace que sienta, quizás hasta mejor, cada una de sus idas y venidas; noto mi carne abrirse, los labios adaptándose, abrazando su tronco, sintiendo cómo, en cada uno de sus viajes, la fricción hace aumentar irremediablemente la temperatura. Tardo poco en licuarme de nuevo, esta vez sin tantas estridencias y sin su boca en mi sexo. A cambio, tras unos segundos de pausa para no verse arrastrado por las contracciones de mi vagina, su martilleo se torna constante, repetitivo, más que eficaz.

Siempre de pie, cuando me gira he perdido la cuenta de las descargas que ha experimentado mi coño y hasta la noción del tiempo. Tras agradecerle el enésimo orgasmo con un beso que tenía más de mordisco que otra cosa, miro mi reloj.

- ¿Qué hora es?- debo preguntarle, incapaz de comprender la sencillez de mi reloj digital. Él hace una breve pausa para, mirando el suyo, confirmar mi primera impresión. - Es tardísimo- me digo. Él aprovecha mi relajación para levantarme en aupas. Soy consciente, sé calcular el tiempo y comprender que me he perdido la carrera de mi esposo. Además todavía debo llegar a meta y recibirlo, pero, como si mis piernas tuvieran voluntad propia, deciden enroscarse en la cintura de aquel hombre. - Me tengo que ir- digo como excusa mientras, como un animal que trepara por un tronco, me aferro a sus hombros con los brazos y a su cintura con los pies.

Aunque me agarro con firmeza, sus brazos fuertes me mueven a su antojo. Me rodean, me elevan, me hacen botar incansablemente sobre su polla, clavándomela hasta el fondo una y otra vez. Totalmente entregada, soy incapaz de resistirme a las sensaciones que vuelven a nacer en mi vientre. En cada uno de los vuelos, cada vez que él me eleva y me deja caer en seco contra su verga, voy acercándome más y más al éxtasis. Cuando busca un asiento en el respaldo de un sofá, sus brazos me sueltan en el aire un instante para verme de nuevo rodeada por los hombros. En sus dientes apretados se refleja la fuerza con la que me empuja hacia abajo, contra los empellones secos de su rabo barrenándome. Me corro. Mis dientes rasgando su boca se lo anuncian. Se incorpora de nuevo, yo sigo botando sobre su polla, no sé si por el impulso incansable de sus brazos o como un simple acto reflejo. Cuando decide que ya está bien de torturarme y me deja en el suelo, como si al retirar su polla retirase un tapón que ciega una fuga de agua, un chorro inaudito escapa de mi sexo. Lo miro a él, y a continuación, incrédula, miro ese charco que acabo de dejar sobre el parqué.

- ¿Qué me haces, cabrón, que no dejo de correrme?- digo mientras él sonríe con orgullo.


He insistido en venir sola, pero no me ha hecho caso. Con su ayuda encuentro más rápido el recorrido de la maratón, pero me siento extraña, como si lo que acababa de suceder en su apartamento no debiera salir de esas cuatro paredes. Sin embargo cuando me da la mano para cruzar a la carrera dos carriles de una carretera entre los coches que van en una dirección y los atletas que van, disgregados en minúsculos grupos, en la otra, siento algo parecido a cuando eran sus brazos los que sujetaban mi cuerpo semidesnudo y ardiente.

Me asegura que estoy en tiempo, que no me he perdido el final -podríamos haber seguido follando es su frase exacta-, pero yo no estoy todavía convencida. Miro al fondo intentando vislumbrar a mi marido entre los corredores que aparecen a lo lejos. Aquel chico se ha colocado a mi espalda, rodeando con sus recias manos mi cintura. Me siento culpable, creo que cualquiera que pase sería capaz de identificar al instante en mi rostro la infidelidad, y sin embargo cuando sus manos comienzan a balancear mi cuerpo suavemente, adelante y atrás, adelante y atrás, río como una niña mecida en un columpio. Y sin embargo el juego todavía no había hecho sino comenzar. En uno de los ligeros movimientos de retroceso, mi cuerpo topa con el suyo. Giro el cuello y elevo la vista; quiero fulminarlo con la mirada pero él permanece ajeno, con la vista perdida en el infinito y sigue dando a sus brazos ese impulso que mantiene el vaivén. No me atrevo a reprocharle nada, el repetitivo choque de mi trasero contra su paquete es demasiado excitante como para negarlo. Siento en cada roce cómo su polla se va endureciendo, cómo la humedad afluye de nuevo a mi coño hasta dejar mis bragas chorreantes como cualquiera de esas esponjas tiradas por los atletas en los márgenes de la calzada.

Púdicamente y sobre las ropas, pero me folla. Las distancias se han acortado tanto que siento perfectamente entre mis nalgas el tacto, duro como una piedra, que el juego ha dado a su cipote. Diría que, en algún momento, hasta fui yo la que lo reté restregando el culo contra su entrepierna. Aprovechando que éramos una isla de público en una zona sin casi tránsito, nos entregamos a ese choque suave pero constante que dejaba en nuestros rostros una sonrisa tan diferente de las muecas cansadas que arrastraban los corredores que pasaban frente a nosotros.

No sé cómo lo hizo pero pareció adivinar el momento en el que mi esposo apareció al fondo del curvón que conducía hasta nuestra posición. Él se apartó un par de metros, pero saberlo detrás de mí, a apenas dos pasos, viniendo de donde veníamos y con la polla en el estado en el que estaba, me creó un súbito desorden. Animé a mi marido, ya casi estaba llegando a la meta, me miró, le chillé cuando me sobrepasó, y cuando estuve segura de que ya no voltearía la cara para mirarme, busqué de inmediato a aquel hombre que, tres horas antes, había captado mi atención casi en el mismo lugar.

Tiene la prudencia de no darme la mano pero camina a mi par cuando echo a andar en dirección a la llegada de la carrera. Desde el lugar en el que vi pasar a mi esposo quedaban algo más de cuatro kilómetros para meta. Calculo el tiempo, será el que tenga antes de separarme definitivamente de mi amante ocasional. Sin que se dé cuenta lo miro por el rabillo del ojo. Con la misma amabilidad que tuvo cuando lo paré por la calle con aquella torpe excusa del café, cuelga de su hombro la mochila de mi marido. Me gusta la imagen pero no tanto como para plantearme cosas. Él, por contra, parece haber olvidado nuestros juegos de apenas minutos atrás, y a medida que nos acercamos a zonas con más gente, se muestra hasta frío. Lo veo coger una botellita de agua de las que disponen en distintas zonas del recorrido para la hidratación de los corredores. Lo observo distante y eso sólo sirve para que las conexiones entre mi coño y el cerebro se cortocircuiten aún más.

- Por aquí- me dice cogiéndome decidido del brazo. De pronto me veo subiendo unas pocas escaleras al paso decidido que me marca. Se escucha la megafonía de meta, no estoy lejos, pero no sé identificar el lugar. De pronto observo los wc portátiles que se instalan en citas multitudinarias como ésta y veo sus intenciones.

- Hijo de puta- acierto a decir cuando abre la puerta de uno y entramos dentro. Me sienta en la taza y de inmediato baja la cremallera de su pantalón. Cuando sus dedos sacan el pene todavía está algo crecido e hinchado. Levanto la vista y lo miro cuando dice algo así como que hay que terminar lo que se empieza. Aparta el pelo de mi cara, lo recoge en una especie de coleta que mantiene erguida con su mano y veo ahí la señal para comenzar a chupar. Es grueso pero me entra sin problemas en la boca. Siento el regusto que mis flujos le han dado previamente perdiéndose por mi garganta, desapareciendo ante el nuevo baño de saliva. Mi nariz topa con su vientre algo abultado antes de que su rabo me provoque una arcada. Sujetando mi pelo maneja la cabeza; él decide cuando trago, cuando respiro, cuando me la deja a media distancia y con torpes golpes de cadera me folla la boca. Cabeceo lento, a mi manera, y ahora es él quien tiene prisas. Quiere gozarme hasta el último segundo. Aparto ligeramente la cara cuando comienza a masturbarse y en el primer gesto su mano golpea mi mandíbula. Lo miro, veo tensarse los tendones de su cuello, su rostro crisparse a medida que se incrementa la velocidad de sus gestos. Su polla resplandece, la observo en primerísimo plano, soy capaz de distinguir los abultamientos de las distintas venas; es una visión sumamente excitante. Lo reto sacando la lengua, la dispongo como una bayeta dispuesta a recogerle.

Cesa la paja. Golpea un par de veces sobre mi lengua antes de empujar de nuevo su polla hasta casi la garganta. Vuelve a adueñarse de mi nuca, empuja mi cara contra su vientre. Se me va a correr dentro, lo intuyo apenas unos segundos antes de que su rabo explote llenando mi paladar con un semen que parece ahogarme. Quiero escupir pero todavía su polla ocupa mi boca. Cuando sale de mí, lo que no me he visto obligada a tragar es una mezcla pastosa que se me pega al interior de la boca. Mientras se guarda la polla con una mano, con el índice de la otra recoge los restos de su corrida que se me escapan por la comisura de los labios y me los quiere introducir de nuevo en la boca. Deseo insultarlo, pero no puedo negar que llevo toda la mañana excitada ante su masculinidad tan particular.

- Toma, aclárate la boca antes de besar a tu campeón- dice sacándose del bolsillo la botellita de agua que había cogido minutos atrás. A continuación abre la puerta del aseo portátil y me deja ahí, con la boca llena de su semen, una botella de agua para lavarme y la mochila de mi marido a mis pies.

martes, 28 de septiembre de 2021

¿Ya te vas?

- ¿Ya te vas?- dice y sus palabras detienen mi inercia. Quedo desnuda, sentada en el borde de la cama, ofreciéndole mi espalda salpicada de lunares. -Mujer, quédate un ratito más, hoy no tenemos prisa- añade al tiempo que sus manos comienzan a jugar usando los nudos de mi columna como una escalera por la que descender y volver a trepar. No sabe cuánto me duele ese añadido final, tanto que estoy tentada de devolverle la pregunta en forma de reproche: si no te hubieses ido ya, tendríamos más tiempo para todo. Pero me callo, y a cambio ladeo y bajo ligeramente la cabeza, ofreciendo mi mejilla al pasar de sus dedos, buscando algo que se asemeje a una caricia.

Antes de la pandemia hoy era jueves, día de visita. Ahora, todos los días se me parecen demasiado, con una videollamada programada a la semana como todo contacto. Quizás mi mente, anclada en el calendario, recuerde todavía las prisas de antaño, cuando debía abandonar esta cama y esta casa apresuradamente, dejando una estela de feromonas mal camufladas bajo el desodorante; quizás no, quizás ha sido simplemente observar sus manos ocupadas en el móvil, ausentes de mi cuerpo, lo que me ha impulsado a incorporarme de la cama. Da igual la razón, el caso es que ese brío para descorrer la sábana y escapar de su lado se ha esfumado, y ahora estoy pensativa y paralizada, sintiendo sus manos curtidas deslizándose por mi costado derecho, aventurándose más allá, hasta sentir el roce de sus dedos en mis senos. Ronroneo y abandonando toda resistencia a su abrazo me tiendo, muy despacio, hasta hacer reposar mi cabeza en su pecho. Su mano sigue el recorrido, hasta llegar a peinar unos cabellos demasiado descuidados, en los que las mechas rubias se pierden en el moreno natural clareado por las canas. En un gesto que no sé si interpretar como afecto o como cariño, me los aparta de la cara, los pasa por detrás de la oreja mientras repite mi nombre por triplicado, con una voz suave que acaba diluyéndose en un eco que sólo resuena en mi cerebro.

Recostada sobre su torso podría fijarme en las líneas rojizas, estelas que minutos atrás dejaba el vuelo de mis uñas en el cielo de su piel, podría aspirar el aroma a sexo, mucho más intenso allí donde las sábanas todavía guardan el secreto, hasta dejarme embriagar, pero no. Mi mirada se pierde en el armario empotrado que hay frente a la cama, al tiempo que la memoria se pone en marcha y él enrolla un dedo en mi pelo. Cuando lo conocí no buscaba estas muestras de ternura, tampoco el sexo furtivo con el que hemos llenado cualquier hueco de los últimos tres años. Fue en un grupo de apoyo, una pequeña reunión de personas con diversos problemas a la que me había derivado mi psicóloga. A él se le había matado un hermano en un accidente de moto y buscaba pasar el duelo; a mí una enfermedad que se nombra en siglas me iba dejando viuda a pequeñas dosis. No me atrevería a decir que al principio ni me fije en él. El grupo era pequeño y contemplar a un hombre como Rafael, de aspecto recio, duro, que ya sobrepasó la barrera de los cincuenta, llorar por una muerte inesperada y repentina era algo que llamaba mi atención. No sé, seguramente le dé demasiadas vueltas a las cosas, pero no me figuraba esa reacción desvalida en un hombre de su generación; los educan para ser fuertes, para no mostrar sus debilidades en público. Las débiles éramos nosotras, las que cargábamos con una casa, una familia, dos hijos adolescentes, mil cargas, un trabajo y un marido al que, por aquel entonces, la enfermedad estaba a punto de dejar en una silla de ruedas. Demasiado peso hasta para mi debilidad…

Las sesiones en el grupo debían transmitirme fortaleza para afrontar el desarrollo de la enfermedad de mi esposo, pero no estaba segura de que así fuese. Era un momento complicado; la pérdida de sensibilidad, el deterioro motor, los problemas se iban sumando a la vuelta de cada consulta médica y el grupo era testigo directo, escuchaba mis narraciones, apoyaba en silencio o comparaba experiencias. Fue un día, tras dos semanas sin acudir a la reunión de los martes; todos comenzaron a preguntarme por mi marido: ¿está bien?, ¿ha pasado algo? Entonces surgió su voz: y tú ¿cómo estás? Levanté la cabeza y lo miré. No respondí porque no tenía respuesta. Desde el diagnóstico yo no existía, y todavía tardaría un tiempo en darme cuenta de que yo seguía viva. Hasta entonces la enfermedad de mi esposo, de Carlos, su desarrollo, saber que un día dejaría de hablarme, que, pese a las esperanzas de los médicos, su situación continuaría empeorando progresivamente hasta un día dejarme sola, lo compensaba con el amor, con los recuerdos, con los cuidados para intentar mantener su calidad de vida; entonces no me daba cuenta que empleaba todas mis fuerzas tratando de mantener un precario equilibrio, aferrándome a una balanza en la que las cargas pesaban demasiado y acabarían arrastrándome. Hoy, ahora que el dedo índice de Rafael ha dejado de jugar en mi pelo y se ha unido al resto de la mano para viajar con lentitud por las curvas de mi costado izquierdo, sigo sin tener una respuesta muy clara a aquella pregunta que me hizo. Simplemente dejo que me acaricie con suavidad mientras trato de que en mi mente una niebla difumine los recuerdos dolorosos.

Hubo una primera vez, claro, siempre hay una primera vez. Una primera vez en la que dejé a mi marido en el centro de día al cuidado de los fisioterapeutas y acudí a otra casa, a otro hombre, a otras manos, a otro sexo. Aunque en realidad ese primer encuentro importa poco, basta con decir que fue lo bastante reconfortante como para repetir y lo suficientemente

contradictorio como para retrasar la nueva cita un par de semanas. Si me tuviera que quedar con algo de aquellos primeros tiempos, elegiría los silencios y las miradas. Un silencio cómplice, un silencio que me hablaba, que me decía estoy aquí para lo que necesites, también para eso. Y unas miradas que fueron las que hicieron que esto ocurriera; una mirada fuerte pero que no me intimidaba, una mirada cálida que abrigaba mi tragedia, una mirada que me hizo volver a ser. Sucedió una tarde, después de la sesión en el grupo. Me había quedado junto a un par de mujeres más y él a tomar algo en una cafetería cerca del gabinete; para hablar, dijimos, de temas distintos a los que nos habían hecho conocernos, aunque invariablemente acabáramos hablando de lo de siempre. Supongo que le aburríamos con nuestra cháchara, tanto que la mente se le perdió en cualquier pensamiento y fue a posar sus ojos en el primer botón desatado de mi blusa, en el inicio de un escote que ni siquiera era tal, un poco más abajo que donde mi mano jugueteaba con el colgante de la cadenita mientras escuchaba atenta a mis compañeras de mesa. Cuando reparé en su mirada mi primera reacción fue de una callada indignación. No quería montar un numerito, pero disimuladamente abroché el botón y entonces sus ojos salieron del ensimismamiento y encontraron los míos llenos de furia; fue entonces cuando su mirada me mató. Entre desvalida y cargada de argumentos, culpable pero no arrepentida, una mirada que despertó en mí algo que creía muerto y enterrado. Más aún cuando terminado el café, salimos del local y caminando hacia la parada del autobús nos quedamos a solas y se disculpó a su manera:

- Perdóname, he sido un grosero, no era mi intención molestar, pero no he podido evitar mirarte-.

Aquella frase se repetía en mi cerebro por la noche, mientras me desnudaba antes de irme a la cama. Los niños dormían, mi marido estaba en el dormitorio y yo, frente al espejo del baño, me preguntaba si su falsa disculpa era otra cosa que un halago a mis pechos. En mi mundo, la pasión sólo había existido con mi marido y hacía ya tiempo, antes incluso del maldito diagnóstico, que la vida había ido soterrándola bajo otras formas de amar. Reconocer el deseo ajeno en una mirada que se posa sobre mí, era algo para lo que no creía valer. No soy una mujer de bandera, con mis cuarenta años largos, mi físico desatendido, mi pasado monótono, mi alterado presente y un futuro con incierta pero segura fecha de caducidad. Sin embargo, eso a Rafael no le retraía; en cada reunión del grupo, en las sesiones que se alargaban en torno a un café, en los breves pasos que nos conducían al parquin o al autobús, sus miradas seguían estando presentes. Como todo él, como mis reparos, mis dudas, mis miedos, mis no puede ser. Pero estaban, y a pesar de que entonces no creyera necesitar más de su anatomía que el hombro que me ofrecía para enjugar mis lágrimas, el poder de su mirada me iba envolviendo con algo que no sé bien definir, como cuando nos acostamos y me folla como si quisiera hacerme el amor: intenso pero delicado, furtivo pero inevitable.

Tal vez la primera vez fuera producto de mi debilidad. O tal vez no, y simplemente mis necesidades se atrevieron donde mi cerebro no osaba. Una necesidad de piel y orgasmos que se hizo presente en el torbellino que era mi cuerpo esos días. Amaba a mi marido, le prestaba todas las atenciones de que era capaz, rezaba porque un milagro detuviera el avance de la enfermedad, pero todo lo que él ya no podía darme se me acumulaba en los sentidos. Quería tocar y que me tocaran, necesitaba sentir una piel sin masajes y crema hidratante de por medio, quería oler, morder, chupar; quería volver a experimentar todas esas pequeñas cosas que no te das cuenta que tienes hasta que las pierdes. Aquellas miradas, su presencia constante, habían hecho que mi cuerpo reclamase algo que la vida me negaba; mi única salida para saciar mis sentidos era él, Rafael. Después de aquella primera vez, se me desató un juego de fuerzas que tiraban de mí en direcciones contrarias y amenazaban con partirme por la mitad. De un lado, el cerebro, la moral, mi vida, y por otro ese deseo de volver a sentir aquellos dedos aferrándose como garras a mi carne, escuchar su respiración fatigada tan pegada a mi oído, observar el sudor que le brota y la vena hinchada surcando su frente y sentir el orgullo de ser yo quien le pone en ese estado. Aunque esta tarde, con mi cabeza usando su respirar cadencioso como almohada y sus manos encaramadas a la cima roma de mis caderas, no haga falta decir quién ganó ese pulso interno, tengo que reconocer que me costó encontrar ese sosiego interno, ese equilibrio entre lo necesario y lo permitido, entre mi vida y estas cuatro paredes.

Mi cuerpo, pequeño y cansado, ajado por los años que se acumulaban en forma de cartucheras o esbozos de arrugas, se ofrecía por primera vez a un extraño, a alguien por el que no sabría decir qué sentía. Y sí, resultaba extraño, torpe, incluso cómico, vivir reacciones diferentes a las acostumbradas, no adivinar los momentos, aprender de nuevo a mi edad. Y sí, también era doloroso tener en la mente y en la comisura de los labios, agazapado, dispuesto a escaparse al menor descuido, el nombre de mi marido y no el de aquel que se encaramaba a mi cuerpo y hundía su sexo en mi sexo. Pero era tan poderosamente adictivo… .

Todo. El corazón que se desboca y salta en el pecho al llegar a su casa, las sonrisas tímidas, las conversaciones de ascensor, ese comenzar a desnudarme casi a escondidas, retraída, como si no fuese a pasar lo que iba a pasar, como si el tiempo transcurrido desde la primera vez no existiese, como si estos encuentros para escapar de la realidad no se hubieran ya institucionalizado. Y sentir, claro, toda esa adrenalina acumulada desde el último encuentro desbordándose de nuevo. Tener su sexo endureciéndose en contacto con mis muslos, dejar que mis manos aprendan una nueva geografía. Olvidarme, de mí, de mi marido, anestesiar los recuerdos, negar mi presente, inventarme otro futuro y sentir. Sobre todo, sentir. Colgarme de aquel brazo resistente que se me ofrece, ser yo, por una vez, a quien sostengan y osar rasgarle el hombro con las uñas; ver su reacción, cómo se crece en el castigo y sus caderas adquieren nuevos bríos para martillearme con mayor insistencia. Gozar. Atreverme con su pene en mi boca, sorprenderle con modelitos que sin él no usaría jamás, forzar las posturas de mi cuello hasta la tortícolis para no dejar de comprobar que el deseo se le escapa por los ojos. Sentir también sus manos amasando mis senos, y el festín que se da de vez en cuando en mi cuerpo, el calor que me invade y que se alía con la humedad para precipitarse finalmente en un chaparrón de flujos. Todo. Cada mínima parte de estos encuentros míos con Rafael, de esta nueva rutina secreta, privada, la siento con una intensidad nueva, distinta. Follar con este hombre al que la vida me puso en el camino es un escape, una liberación. Es agarrarme a la vida con todas mis fuerzas. Aunque únicamente sea durante un rato, aunque al volver a pisar la calle mi mundo de siempre siga derrumbado, estos minutos son para mí.

Por eso impuse las conversaciones insustanciales del después, para no terminar hablando de mi marido; no así, no aquí, no quiero manchar su nombre y mi conciencia con el sudor y los restos de fluidos pegados en la piel. Es la única regla de estos encuentros: lo demás no importa, sólo yo, sólo nosotros, poder celebrar la vida juntos y olvidarme de todo lo demás. Rafael lo respeta; o lo respetaba. Hoy, el tiempo le ha llevado a conocer mis reacciones, presiente que hay novedades, que algo me roe por dentro. Aunque sigo con la cabeza apoyada en su cuerpo, aunque el único horizonte que alcanza a ver mi vista es la loma que forma la sábana recogida sobre sus muslos, yo también intuyo su curiosidad, esas ganas de saber, esas frases que otras veces en el último segundo detenían las dudas y que hoy parecen incontenibles. Lo va a hacer, lo sé, su vientre se ha hundido bajo mi cara al coger aire, va a romper con una pregunta para la que no existe respuesta el equilibrio que tanto me costó alcanzar:

- Miriam, ¿cómo sigue todo con…?-. Lo ha hecho, y he tenido que reaccionar rápido; mis labios capturan su pene, y comenzando a succionar hago que de su boca salga un prolongado gemido en lugar del nombre de mi esposo. 

sábado, 28 de agosto de 2021

Regadío

Otra cosa no sé, pero comer, hay que reconocer que aquí se come de maravilla- dijo, y echándose hacia atrás en su asiento amagó con soltar el botón de su pantalón y dejar libre su madura barriga. Su Antonia, Paco y Luisa, la pareja con la que comparten mesa, mantel y viaje ríen su guasa. Minutos después la broma dejó de ser tal, y la pesadez de su estómago se alió con el calor y el sopor vespertino e hizo aconsejable pasar esas primeras horas de la tarde en el hotel. Las dos parejas se volverían a juntar cuando el sol apretase menos para poder seguir descubriendo los encantos de la ciudad.


Se había quedado dormido tan pronto como se tendió en la cama. Cuando entreabrió los ojos su mujer ya caminaba por la habitación, rebuscando en las maletas el ropaje adecuado para un paseo junto al mar. Pepe siguió sus vaivenes con la mirada sin que ella se percatara, y en la comodidad de la cama de un hotel de cuatro estrellas, se dijo a sí mismo que en el fondo habían sido afortunados. Aunque los viajes como ese hubiesen llegado demasiado tarde, después de toda una vida de trabajo duro y mal pagado, después de tantos sacrificios para que sus hijos pudieran llevar una vida mejor; aunque su Antonia dejase pronto de ser la chiquilla de la que se enamoró perdidamente para ganar enseguida kilos y arrugas, aunque los achaques les recordasen que ya no eran ni siquiera adultos… Pese a todos los esfuerzos realizados a lo largo de sus vidas, había valido la pena vivirla juntos. Qué otra cosa podía pensar: bien comido, reposando entre las sábanas satinadas de un buen hotel, con su mujer a su lado y por si faltara algo habiendo despertado con la polla endurecida, algo que, a decir verdad, ocurría cada vez más de tarde en tarde.


Un brazo cruzado por detrás de la cabeza, la otra mano cerciorándose bajo la sábana de que era cierto lo que sentía en su cuerpo, preguntó: ¿has descansado bien, amor?

Ella se limitó a sonreír para afirmar. Después siguió observándola vagar en ropa interior por la habitación. Cuando ella se acercó a la mesilla, él descorrió la ropa de cama que lo cubría queriéndola sorprender con esa inopinada erección. Ella lo miró y volvió a sonreír negando con la cabeza como queriendo decir no cambiarás nunca. Pepe comprendía a su mujer sin necesidad de oírla, pero aquel día, en aquella habitación de hotel, no acababa de entender qué significaba la sonrisa que se dibujaba en la comisura de los labios de su Antonia. Podía querer decir a la vejez viruelas o ay si hubiéramos podido hacer estos viajes de jóvenes, la de ciudades que habríamos visitado sin llegar nunca a conocer. Precisamente porque no entendía al pie de la letra lo que quería decir su mujer con ese meneo de cabeza, Pepe exigió un poco más a su anquilosado cuerpo y se dobló hasta acercar sus labios a los muslos de su mujer, que de pie junto a la mesilla, se ponía de nuevo los pendientes. Después de recorrer con sus besos toda la superficie posible, Pepe seguía sin tener muy clara la reacción de Antonia, así que verbalizó sus deseos:

- ¿Y si…?- por si su mirada no bastaba, agarró tiernamente la mano de su mujer y la llevó a comprobar por sí misma que no era sólo el aspecto, sino también el tacto de otrora lo que se adivinaba en su entrepierna.

Antonia buscó con la mirada su reloj. No recordaba haberlo hecho, pero debía haberlo guardado en el cajón, y afortunadamente para Pepe, sus ganas de travesura eran esa tarde mayores que su virtud de puntualidad. Como entre ellos, siempre que no se explicitase un no, era un sí, Pepe se apresuró a levantarse de la cama y abrazar a su mujer.


Si se lo hubiesen preguntado hacía cuarenta y cinco años, hubiese respondido sin dudar que los pechos, grandes, tersos, firmes, pero con el tiempo se había dado cuenta de que la parte del cuerpo de su mujer que más le gustaba era su nuca. De tanto observarla al acostarse había terminado por aprendérsela de memoria, y hoy en día era capaz a ciegas de trazar con la yema de su índice la línea imaginaria que une, en forma de triángulo, las tres minúsculas pecas que tiene Antonia detrás de su oreja derecha. Por eso el primer beso de Pepe aquella tarde fue a parar a ese rincón. Luego, en parte porque nunca había podido resistir la femineidad de Antonia, en parte porque a estas alturas de su vida nunca se sabe cuánto va a aguantar la dureza, el resto de sus besos se revolucionaron y fueron precipitándose por sus hombros, su cuello, sus brazos… Como Antonia vestía sólo sujetador y bragas, y él había despertado como Dios lo trajo al mundo, pensó Pepe que rápidamente estarían desnudos y yaciendo juntos. Pero no pensó Pepe en las prisas, que como repetía siempre su abuelo eran malas consejeras, ni en los nervios, ni en los cierres de los sujetadores modernos, así que cansado de no poder quitarlo se decidió a tirar de las, más marmitas que cazoletas, y poder así acariciar los caídos senos de su mujer.

- Quita, quita, que me lo vas a romper…- protestó ella, y tras apartarlo, en un gesto sabio que Pepe miró embobado, soltó el cierre y dejó caer el sostén al suelo. Él acogió en su abrazo a las recién liberadas. Para sentirse un poco menos inútil Pepe se aventuró por la espalda de su esposa, y recorriendo con sus labios la curvada columna de Antonia descendió hasta darse de bruces con unas bragas negras y translúcidas. En el escaso medio segundo que se detuvo a contemplarlas, un pensamiento fugaz como un cometa cruzó su mente: jamás comprenderá a esos que prefieren una incómoda y reveladora tanga, dónde estén unas bragas como aquellas, grandes como la lona de un circo y que en verdad ocultan el mayor espectáculo del mundo…


En cuclillas a los pies de su señora, después de haber bajado a tirones las bragas de su mujer, se dio cuenta Pepe de que su corazón latía desbocado, y los pulmones agitados le recordaban la edad que tenía. Por eso se tomó un ligerísimo respiro antes de hacer lo que el cuerpo le pedía hacer; de lo contrario habría fallecido, de una manera tan ridícula como heroica, asfixiado entre las rotundas posaderas de su esposa. Cuando sus pulsaciones se acompasaron y su respiración se apaciguó, hizo lo que tantas veces, lanzarse a devorar el trasero de Antonia. Ahora ella lo ayuda, separando con esfuerzo ambas nalgas, pero antes no era así. Con la mirada eclipsada por las flácidas carnes de su señora, Pepe cierra los ojos, y sintiendo en su lengua el sabor conocido de aquel cuerpo, recuerda las primeras veces, al poco de casarse, y la mirada que le lanzaba ella al acabar, entre sorprendida y avergonzada, como si hubiese ido a desposarse con el de gustos más raros de todo el pueblo. Con la humedad de una lengua tratando de abrirse camino hasta su ojete, ella también recuerda las primeras veces, su extrañeza y la ausencia de quejas por su parte, pues la habían educado para ser una buena esposa y obedecer siempre a su marido, sobre todo en la cama, y el placer que con el tiempo fue aprendiendo a sentir al tener ahí a su Pepe.


Intuía Antonia que no iba a durar mucho la dureza en el cuerpo cansado de Pepe, y todavía tenía mucho cuerpo que ofrecerle. Con pasos pequeños y torpes fue girándose, presa en el abrazo de su esposo que le rodeaba las piernas. Sintió el cálido aliento de su marido en el vello débil y grisáceo que cubría su pubis, el roce de la nariz, y finalmente los labios de Pepe posándose en su sexo. Lamentó no tener ya la edad y la agilidad necesarias para pasar su pierna por el hombro de su compañero para ofrecérsele entera, pero todavía pudo arrancarle a su vivido cuerpo alguna descarga de placer.


Fue incorporándose Pepe muy despacio, tragándose el dolor que le provocaba su crujiente espalda. Cuando su cabeza topó literalmente con los pechos grandes y caídos de Antonia, Pepe se sonrió. Todavía hoy, en una de esas escasas veces en las que su instinto latente se alía con bríos recuperados, le encanta sumergirse entre las grandes tetas de su esposa. Reunirlas, auparlas con las manos, y hundir su cara en ellas. Frotarse, restregarse, sentir los gruesos pezones de su esposa recorriendo su rostro. Le encanta. En ello estaba cuando sintió la mano rechoncha de su esposa agarrar suavemente su sexo. Lo empezó a masturbar muy despacio, como temerosa de terminar entre sus dedos algo que los dos querían que durase más. Pepe levantó la mirada, y aguardó que ella hiciera lo mismo para poder expresarle con esa mirada y esa sonrisa lo que su pequeña polla no acertaba a decir: le encantaban sus mimos.


No tenían tiempo que perder. Buscaron la mejor postura para acercarse el uno al otro. Sus cuerpos se encontraban ya demasiado torpes como para hacerlo echados. Pepe agarró con cuidado las caderas de su Antonia.

- Ven, cuidado, no te caigas- le dijo, y la llevó hasta el borde de la cama. Ella hizo ademán de doblar su espalda, pero entre sus manos y un lugar donde asirse todavía quedaba un buen espacio. Pepe lo solucionó subiendo las dos maletas, una sobre otra, encima de la cama. Así tendría Antonia un lugar más elevado donde apoyarse sin que su cansada espalda se quejara demasiado. Luego él ocupó su lugar. Acarició ese trasero que con el transcurso de los años había ido creciendo entre sus manos. Mientras trataba de embocar lamentó Pepe que las fuerzas de su rabo le fueran abandonando precisamente ahora que tenía más carnes que nunca que abrir. Sintió una bocanada de calor trepando por su cuerpo, como si el sexo de Antonia hubiera recuperado ardores lejanos, y una gota de sudor rodó por su cuello hasta perderse en el vello cano que cubría su pecho. Estaba dentro. Cerró los ojos. En su mente sus cuerpos uniéndose tenían bastantes años menos. Sus riñones comenzaron a moverse torpemente. El cuerpo de Antonia no lo retenía como antaño, como si un tren levitara en medio de un túnel. En silencio, nunca les había gustado hablar. Sólo los suspiros, gemidos y sonidos guturales imposibles de callar. Ya ni siquiera sus cuerpos provocan música al chocar, tan sólo unos débiles ecos espaciados y arrítmicos. Cada viaje era una proeza, cada minuto una eternidad. Demasiado mayor para empeñarse en arrancarle un orgasmo a su esposa, Pepe sentía que el final llegaba acelerado. Salió de su esposa y comenzó a masturbarse. Como antes, cuando terminaban así para no tentar al destino en forma de embarazo, pero con los ímpetus atemperados. Ella aguardaba, la cabeza gacha, la espalda doblada, a que su macho acabara; él seguía batiendo con toda la fuerza que le permitían sus caídos brazos. El pulgar por encima, el pene en la palma y el roce metálico del anillo de casados que nunca, jamás, se había quitado bajo el prepucio. Entre su mano y el roce del cuerpo de Antonia terminó Pepe con la imprevista siesta.



Gracias a Dios ella no se había dado cuenta. Tarde o temprano lo hará, y durante un rato le tocará soportar su enfado, antes de que, con el tiempo, puedan reírse también de esto. Al principio él tampoco se había apercibido, embobado como estaba mirando esa especie de agua sucia que había expulsado su pene y que comenzaba a discurrir con el caudal de un arroyuelo y la despaciosidad de un gran río, por las nalgas de su Antonia. Fue cuando ella se metió en el baño para limpiarse cuando Pepe se dio cuenta. Un chorretón de esa mezcla extraña a la que costaba llamar semen pero que había nacido de sus entrañas, había ido a parar más allá de la amplia diana que significaba el trasero de Antonia, con la mala pata de ir a caer sobre la ropa que ella había dispuesto para el paseo vespertino junto al mar. La blusa se había salvado, el pantalón negro no había tenido tanta suerte: un minúsculo lago en la parte trasera. Pepe se apresuró, enérgico, sacó su pañuelo, y con cuidado de no extender la mancha, trató de limpiarla. Le pareció haber hecho un buen trabajo. Ahora, mientras camina junto a Paco unos pasos por detrás de Antonia y Luisa, se da cuenta que su rastro blanquecino sigue allí, y el temor a la reprimenda de su esposa se mezcla con el recuerdo del buen rato pasado y el orgullo de decir alto y claro a todos, él el primero, que esa mancha y ese culo, son suyos.

miércoles, 7 de julio de 2021

Lunares

Dudo un instante. Está ya a mi merced, lo veo rendido, entregado, siguiendo con la mirada el balanceo de mis pechos al moverme; pero no, lo necesito aún más sumiso. Se deja hacer cuando agarro su brazo y lo levanto. Un fular espera ya atado al cabecero de la cama, luego basta rodear su muñeca y ceñir el lazo. Ríe y trata de besarme estirando el cuello. Insolente. No necesito de espejos para saberme con el rictus serio cuando repito la operación con la mano izquierda. Puede que no sea una experta, pero soy una mujer de recursos; a falta de material específico para la dominación, una larga bufanda de invierno hará las veces de muñequera. Rodeo con un par de vueltas los hierros de la vieja cama, vestigio de tiempos en los que los muebles se diseñaban para varias vidas, y que, de mudanza en mudanza, había llegado hasta mí; nunca me terminó de gustar, hasta que aprendí a sacarle valor.

Desciendo de la cama y como un artista haría con su obra, lo observo desde la distancia. No se debate, pero sus manos se mueven ligeramente tratando de aflojar los nudos; quizás he apretado demasiado, pero no tengo intención de liberarlo. Apago la lámpara y la estancia queda iluminada solamente por una luz tenue, anaranjada, que se filtra a través de los postigos a medio cerrar. Dejo que siga con la vista mis movimientos, hasta que, deteniéndome, comienzo a quitarme las braguitas. Una sonrisa resplandece en su cara. Más aún cuando alargando el brazo le muestro la ropa interior; cuando la dejo caer a mis pies, su mueca de decepción es inversamente proporcional a mi excitación. Camino, compruebo que sus movimientos no han aflojado demasiado los nudos. Ahora que me tiene desnuda y a su lado es cuando verdaderamente lamenta no poder usar las manos. Vuelvo a subirme al colchón. Mi cuerpo busca acomodo y al final lo encuentra. Arrodillada, enmarcando entre mis piernas flexionadas las suyas, lo miro; me pregunto qué será capaz de advertir en mis ojos.

Cuando he captado toda su atención mi cara desciende hasta posar los labios en su vientre, ligeramente por encima del ombligo. Suave, como en un vuelo de mariposa, beso cada uno de sus lunares, moviéndome de izquierda a derecha, saltando por su piel. Cuando llego a la altura del pecho saco la lengua y sigo recorriendo su anatomía, lamiendo sus pecas como si fueran de chocolate; al llegar a su cuello un lametazo largo trepa por él. Apenas tres centímetros me separan de su boca; dejo que sienta el aliento cálido que escapa de la mía. Un movimiento rápido e imprevisto le permite arrancarme un beso. Me separo, vuelvo a bajar. Mi boca se apodera de sus tetillas; las pellizco entre mis dientes, tiro débilmente de sus pezones, los hago endurecerse jugando en ellos con la lengua. Me divierte torturarlo, mirarlo desde esa perspectiva, sentir el deseo en sus ojos y los espasmos de su pene, crecido y abandonado, contra mi piel.

Vuelvo a posicionar mi cara frente a la suya. Tomo precauciones y esta vez dejo más espacio entre nuestras bocas. Aún así lo intenta, dos veces. Trata de volver a besarme, pero estoy rápida y lo evito. Río y él me imita. Suplica sin palabras, yo chisto y muevo el dedo de lado a lado en señal de negación. Cuando lo intenta de nuevo mi respuesta es más contundente, mi mano derecha empuja con fuerza su cabeza hasta que el choque de su nuca con los barrotes de la cama provoca un sonido metálico y mi susto. Al comprobar que no se queja demasiado soy yo la que lo beso, con fuerza, casi con rabia, estirando entre mis dientes su labio inferior al separarnos. Debe entenderlo: mi cama, mis reglas, mis besos.

Vuelvo a su piel; la yema de mi dedo índice dibuja todas las constelaciones posibles uniendo sus lunares: me pasaría la vida recorriéndolos. Caricias y besos, no necesito más para llevarlo a la máxima excitación. Cuando mis labios ascienden por su cuello y se pierden en juegos en el lóbulo de su oreja, se deja hacer, ha comprendido que soy yo quien manda.

- Ahora tú- susurro a su oído. Mi cuerpo se yergue ligeramente, me acerco a él. Le toma por sorpresa al principio, luego poco a poco va mostrando más iniciativa. Le ofrezco mi vientre, mi dedo señala cada punto donde deseo recibir sus besos, e inmediatamente él posa sus labios. Sin prisas, aunque su cara intente dirigirse a mi pubis, aunque a mí también me gustaría recibirlo en mis senos, sigo marcando cada rincón de mi piel donde se dibuja un lunar para que él corresponda a mi juego.

Me incorporo. Sin poder valerse de sus manos para manejar mi cuerpo, debo ser yo la que administre los tiempos, las distancias, y he creído llegado el momento de ofrecerle un poco más de mí. Lo miro y permanezco inmóvil hasta que hago que me corresponda; observo su cara, el deseo propagándose por cada rincón de su cuerpo. Luego comienzo a moverme, a caminar torpemente sobre un colchón demasiado blando, hasta que me aproximo tanto a él que mi bajo vientre va empujando su cabeza, hasta que ésta vuelve a topar con los hierros de la cama, inmovilizándolo. Ahora que lo sé sin escapatoria restriego mi pubis contra su cara y tras aumentar el deseo, elijo el momento de invitarlo a descubrir mi sexo. Mi cuerpo adopta la mejor postura; siento el roce de su nariz en mis labios, el calor y humedad de su boca que tan bien combinan con mi propio calor y mi propia humedad. Siento su lengua tímida asomar buscando los labios, el clítoris. Quizás en otra postura, quizás usando sus manos; no está cómodo pero trata de disimularlo y eso me gusta casi tanto con los aleteos de su lengua en mi sexo. Soy yo la que me muevo, centímetros apenas, un ligero ondular casi imperceptible para cualquiera, pero no para mí, que padezco la carnosa suavidad de su lengua moviéndose por cada rincón de mi coñito. Mis dedos le facilitan la tarea; separo los labios y le ofrezco toda la profundidad de la vagina. Él fuerza la garganta y de inmediato un baño de saliva es proyectado por su lengua, mezclando sus fluidos con los míos, sumándole grados a mi estado de ebullición. Cada viaje de su boca, el roce de mi clítoris con sus labios, me calienta más y más. Mi mano diestra inicia un recorrido por mi cuerpo, vagabundea en mi vientre, sintiendo ese calor que me consume, asciende a mis pechos, acariciándolos, estrujándolos. Como tantas otras veces en el silencio y oscuridad de mi cuarto, quisiera sumar mis dedos al hacer de su boca, pero en el camino encuentro su cabeza y tan sólo los deslizo hasta su coronilla para empujar su cara contra mi piel.

Apenas si respira; yo soy su oxígeno, yo soy su alimento. Sin pausa, sólo su lengua en un ir y venir sin descanso se dedica a no dejar de avivar el fuego. Siento próximo el orgasmo pero no lo prevengo, dejo que siga entregado a su tarea. Así es como lo quiero, entregado y dócil, mezclando pasión y dulzura. No puedo contener mucho más las ganas y empujando su cara contra mi piel me dejo ir entre las convulsiones de mi cuerpo.

Al apartarme me mira. Yo todavía respiro pesadamente, sintiendo los últimos estertores del orgasmo que ha recorrido de punta a punta mi cuerpo. Leo en sus ojos una súplica, desátame, pero resisto su mirada lastimera y mis ganas. La próxima vez quizás; me muero por sentir sus manos agarrándome con fuerza, guiando mis movimientos, el juego de sus dedos en las partes más sensibles de mi cuerpo. Pero no ahora, no esta vez. Muevo la cabeza de lado a lado, haciéndole ver que no, no voy a atender su petición, todavía no terminó el castigo. A cambio lo recompenso con un beso en el que me impregno de mi propio sabor. Me sorprendo lamiendo la comisura de sus labios, queriendo degustar en su cara hasta el último rastro de mi corrida. A medida que mi cuerpo se va encogiendo vuelvo a besar los lunares que, cual frutos, cuelgan en su cuello, sus hombros, su pecho. Lo quiero montar. Estiro la mano para tentar su sexo; duro y crecido. Lo guio sin dejar de mirarlo a la cara, quiero captar todas sus reacciones. Cuando siente el roce de mis dedos una sonrisa asoma en sus labios; cuando restriego su pene para dejarle sentir el calor de mi concha, una mueca se le dibuja en el rostro, y cuando por fin hago desaparecer su polla en mi interior, su expresión es de profunda satisfacción. Yo sonrío. Adapto mi cuerpo y sonrío antes de empezar un ligero balanceo con el que mecer su miembro.

Trato de contenerme, el cuerpo y la situación me piden sus manos acompañando los subibajas. Él tampoco está cómodo; cansado y en una postura forzada, con los brazos en cruz atados a ambos lados de la cama, a la altura de sus hombros. Para evitar mostrar síntomas de debilidad, acelero un poco el traqueteo y mi sexo de inmediato se alivia en un baño de flujos. Trato de elevarme, de ofrecerle mis pechos, pero si para acercarlos a su boca tengo que dejar escapar su polla de mis entrañas, no merece la pena. Así que vuelvo a dejarme caer, a botar rítmicamente, a clavarme su dureza todo lo que nuestros cuerpos dan de sí. Mi sexo es ya un manantial en el que la humedad constante se precipita como en una cascada. Doblo el cuerpo, bien hacia delante, bien hacia atrás, estirándome hasta que su polla dura amenaza con quebrarse como una rama incapaz de soportar el peso de mi florida primavera.

Apoyo las manos en su pecho. La luz de la noche ha ido cambiando, ahora apenas si en su piel se distinguen unas cuantas pecas que, por el movimiento de mi cuerpo, parecen titilar en el firmamento. Contraigo los músculos, mi vagina se aprieta buscando que el placer vuelva a licuarse. Ya no cuento los orgasmos, prefiero sentirlos extendiéndose por toda mi piel, desde los dedos de los pies agarrotados hasta los pezones erizados. Cabalgo con más ganas, paso del trote al galope tendido; los párpados van cayendo, ciego la vista buscando que el resto de sentidos se agudicen. Parece que funciona, escucho el salpicar de fluidos en el chocar de nuestros cuerpos al tiempo que un aroma dulzón compuesto de múltiples matices penetra por mis fosas nasales. Las uñas se me tornan en garras para dejar mi rastro en su costado. Aprieto el paso, llevo mi cuerpo a la extenuación, me muevo sobre su rabo con todas mis ganas. Sé que una nueva descarga es inminente, adivino mi rostro, los ojos caídos y mordisqueándome el labio. Gimo sin demasiada estridencia, llevo la mano rápidamente a acelerar el efecto frotando el clítoris. Me voy, una vez más me voy. Todo se acelera hasta explotar y dejarme ir lento; mi cabeza ha ido venciéndose hasta terminar con la frente apoyada en la suya. Poco a poco vuelvo en mí. Escucho su respirar pesado, casi jadeante; ese es el primer signo. Luego, cuando abro los ojos y encuentro esa expresión extraña, entre satisfacción y petición de disculpa en su mirada, voy comprendiendo. Se ha corrido; incapaz de soportar las contracciones de mi orgasmo, su sexo ha reventado. Ahora lo siento, noto su semen espeso resbalando en mi interior. No sé cómo sentirme, si orgullosa de haberlo llevado al orgasmo o contrariada por tener que contentarme de momento con lo vivido. Reprimo las ganas de agradecerle el rato con un beso y a cambio me esfuerzo por que la mezcla de nuestras respectivas corridas no manche demasiado las sábanas.

- Por favor, princesa- escucho mientras salgo de la habitación para lavarme. No lo he desatado, ya veré si lo hago o continúo castigándolo. Haber terminado sin que yo le diera permiso es un buen motivo como otro cualquiera. Aunque quizás le dé una oportunidad, quizás me premie a mí misma con el hacer de sus manos si es capaz de decirme cuántos lunares adornan mi torso.