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miércoles, 1 de octubre de 2025

La plus belle avenue du monde

Como un chiquillo fascinado por la magia de los fuegos artificiales, nada más entrar en la habitación se dirige a la ventana a descorrer la basta tela plastificada que sirve de cortina y contemplar el resplandor lejano de la torre Eiffel. Apenas franqueada la puerta, la observo durante unos instantes, luego dejo sobre el escritorio la mochila y el par de paquetes que la jornada de turismo ha deparado y me acerco en silencio. Permanece ausente pero intuye mi llegada y balancea ligeramente su cuerpo para hacerme un hueco; la abrazo, mi mirada se une a la suya en el horizonte, allá donde un haz de luz surca el cielo cárdeno del anochecer y un centelleo de perseidas ilumina periódicamente la estructura metálica mientras nuestros cerebros graban recuerdos en la memoria.

- Nunca nadie me había traído a París- dice al cabo de unos instantes.

Ciño con más ganas su cuerpo, trato de entender todo lo que quiere decir su anodina frase pero seguro que hay detalles que se me escapan. Me limito a besar paternalmente la parte más alta de su cabeza, posando suavemente mis labios en un marasmo de cabellos rizados. Ella apoya su nuca en el hueco entre mi hombro y mi pecho, yo bajo la cara y la poso sobre el costado de la suya; sumidos en el abrazo pasan los minutos, los cuerpos en un hotel barato del extrarradio, las mentes vaya usted a saber dónde y la mirada en el infinito.

- Me gusta sentirte así- dice y no consigo entender si seguimos sobrevolando el parnaso o nos adentramos en terrenos más carnales. Por si acaso aprieto su cuerpo entre mis brazos, hago que sus pies escalen a los míos elevándola, provocando que su irresistible cuello quede más cerca de mi boca, que su cintura compruebe el despertar de mis instintos.

Unir los labios es cuestión de segundos; los cuerpos paralelos, los cuellos en torsión, no es un beso de película, es algo mucho mejor. Me aparto, dejo que su menudo cuerpo descanse en el borde interior de la ventana, apoyo mi frente sobre la suya eclipsándole la ciudad. Me gusta. Me gusta como pocas mujeres me han gustado antes, ella, capaz de envolver mi vacío y darle aspecto del mejor de los productos, capaz de sanarse sola las heridas más profundas y cicatrizarlas a base de carcajadas, ella, la que consigue con sólo la presencia cercana de su cuerpo que en el mío se instale el deseo.

-¿Qué?- pregunta y mi ausencia de respuesta provoca que el signo de interrogación se transforme en risa. Podría confesárselo, pero prefiero demostrárselo. Mis manos agarran su cara, la aproximo a mí y entonces sí el beso parece el de los finales felices, aunque apenas sea el comienzo. Tristes momentos aquellos en los que los besos se cuentan en unidades, así que después del primero viene un segundo, después un tercero y más adelante perdemos la cuenta.

Tal vez allá a lo lejos la torre Eiffel siga brillando, quizás en el cielo la tarde se haga más noche, tal vez bajo esta ventana el tráfico se vuelva más fluido; en nuestro mundo, después de agostarle los labios, mi boca trepa por su mejilla buscando la oreja. Para qué camelarla con melosas palabras al oído si puedo mordisquear su lóbulo, jugar a ser su pendiente, exhalar bruscamente todo lo que me hace sentir. Cuando ladea la cara, sé que tengo que deslizarme por su cuello, alterar sus venas, embriagarme en su aroma.

Podría excusarme, decir que ella fue quien la primera en subir la apuesta, quien invitó a las manos a la fiesta, pero me confieso culpable. Su torso sinuoso pronto se quedó pequeño a mis largas manos y busqué a tientas el cierre de sus jeans. Ceñidos, apenas solté el botón, la cremallera fue cediendo voluntariamente al paso de mis dedos. En la penumbra de la habitación su braguita se intuía lila, pero acaso fuera una ilusión provocada por la humedad que ya bañaba su sexo.

La rudeza de la tela vaquera, la suavidad de la ropa interior, la tibieza de la piel fueron avisando a mis dedos antes de sentir el cosquilleante roce de su vello púbico. Miré su rostro, una divertida mueca arrugaba su nariz al tiempo que el deseo mordisqueaba el labio inferior y su mano izquierda acariciaba el más lejano de sus pechos. Bastaron un par de pasos de mis dedos para que su sexo me invitase a entrar. Las yemas de mis dedos centrales sentían ya la carnosidad de su vagina mientras el pulgar buscaba el contacto con su clítoris. Al primer gesto gimió, al segundo sus brazos cayeron derrotados a lo largo del tronco, cuando comencé a frotarlo rítmicamente, su rostro ardía.

Forzosa y necesariamente curvados, mis dedos ascendían lento por su interior mientras el pulgar seguía avivando el fuego en el clítoris. En el quicio de la ventana, expuestos a la noche y a los voyeurs, permanecía pegado a ella, haciendo que los movimientos de mis dedos en su sexo fueran cortos –apenas una falange era suficiente para que algo más que humedad brotara en sus entrañas-, los rostros pegados, besándonos o mordiéndonos los labios según marcara su voluntad. Un contoneo de sus caderas, una mano que intenta tirar de la ropa para darme espacio. La ayudo, el pantalón baja hasta la mitad del muslo y la braguita se enrolla sobre sí misma.

Tira de mí, devuelve mi mano a su sexo y mi rostro junto al suyo. La ausencia de obstáculos me invita a incrementar el ritmo de mis gestos. Su respiración también se acelera, se vuelve más corta, se intercala con gemidos hasta volverse frenética. Mi frente apoyada en su cabeza, las miradas tan juntas que los pensamientos parecen saltar de una mente a otra y su boca buscando dejar el rastro de sus pequeños dientes en cualquier rincón de mi cuello. Continúo masturbándola. Apenas un tercio de la longitud de mis dedos es suficiente para colmar su pequeña vagina.

Si hago una pausa, si pretendo dar un descanso a mi mano, ella me insta a seguir. –No pares ahora…un poco más… sigue-. Ella ordena y yo obedezco. Penetro su sexo con dos dedos al tiempo que me esfuerzo por estimular cada terminación nerviosa de sus labios y de su pipa. El cuerpo se le comienza a tensar, incremento el ritmo de mis movimientos, la respiración se le vuelve jadeante, plagada de agudos sonidos rítmicos similares al hipo, cuando aprieta mi mano entre sus muslos sé que tengo que acompañar su orgasmo; con los dedos quietos dentro de su coño -sólo el pulgar continúa pinzado el clítoris- y dándole toda la tensión que mi sobrecargado antebrazo es capaz, la barreno mientras su cuerpo convulsiona y en el rostro, párpados y ojos se le declaran en rebeldía. En apenas un segundo, cuando la tensión de su cuerpo comienza a desaparecer y retiro mi mano, un pequeño geiser brota de su entrepierna. Veo en su rostro la incomprensión, que mezclada con la mía desembocan en una risa nerviosa que nos acompaña mientras mi mano ciñe su trasero mojándolo también con el fruto de su corrida y nos besamos por enésima vez.

- Cinco minutos para ducharte, que todavía no he terminado contigo- le aviso. Ella agarra la ropa recogida a la altura de sus rodillas, duda un instante y finalmente convencida por los arroyos que corren por sus muslos de que aquello no tiene remedio, camina cómicamente hasta desaparecer tras la puerta del cuarto de baño.


Seguramente fueran algunos minutos más, los suficientes para que el agua eliminara algo que siempre se le quedaría grabado y para que yo dejara caer mi cuerpo vencido sobre la cama, agarrara el mando de la tele, cambiara de canal hasta aburrirme, cogiera la guía turística y planeara rutas y caminos para el día siguiente sin demasiadas ganas, pues mi único destino asomaba su menudo cuerpo envuelto en una toalla por la puerta del aseo.

-Gracias-, musitó mientras se dejaba caer junto a mí. Mi única respuesta fue soltar el libro que tenía entre manos y estrechar una vez más sus hombros mientras ella acomodaba su cabeza en mi pecho. Sentir sus cabellos mojados sobre mi ropa a ciencia cierta que es algo que no recomiende ningún neumólogo, pero su respirar acompasándose al mío me transmitía sosiego, no necesitaba más que cerrar los ojos y estirar mi mano para rodear su cuerpo sobre la toalla que la envolvía.

- ¿Dónde vamos mañana?- preguntó al fin.

- No sé, ¿dónde quieres ir?- le devolví la pregunta.

- Eres tú el que conoce la ciudad- zanjó con una de sus pequeñas sonrisas dibujándosele en la cara. Touché. No me verás repetir escapada a Londres o a Amsterdam, pero a París volvería una y otra vez, me encanta, y descubrir la ciudad a quien viaja por primera vez es una labor fascinante:

- Podríamos bajarnos más adelante –según comencé a hablar separó la cara de mi pecho y me escuchaba como un alumno disciplinado-, en Châtelet, por ejemplo, y caminar hasta los Vosgos-. Intercambiamos postura, ella quedó boca arriba sobre la cama, la toalla que le ceñía bajo los hombros ligerísimamente abierta y yo mirándola embobado. –De ahí a Bastilla y luego subir por los bulevares-. Su hombro desnudo se transformó de golpe en un plano sobre el que mi dedo índice trazaba un recorrido a escala. –Llegar a Pigalle y Montmartre,- necesariamente esos barrios implicaban soltar el cierre de su toalla y permitir el avance de mi dedo- subir al Sacre Coeur –mi mano trepaba por su pecho derecho dibujando círculos cada vez más cerrados hasta encaramarse a lo alto de un pezón que enseguida se endureció- y después bajar –antes de hacerlo tomé su basílica entre mis labios y después proseguí el discurrir de mi índice guiado por la inercia-, visitar la Ópera –beso en su cadera izquierda- y la Madelaine –labios que saltan a su cadera derecha-, pasar por la plaza de la Concordia y desembocar en los Campos Elíseos.

Así a lo tonto, el destino me había llevado a tener la cabeza entre sus muslos, así como quien no quiere la cosa ella había maniobrado para elevar sus rodillas y que todas las miradas posibles desembocaran en aquel maravilloso arco del triunfo. Desparramé besos en la cara interna de sus piernas, pequeñas succiones que alertaban la carne más cercana a su sexo; de una acera a otra, saltando sin seguir una secuencia lógica. Su mano en mi nuca, enredándose en la ropa, me invitó a desprenderme del jersey y la camisa; después de recomponer la postura, como el más eficaz de los sistemas GPS, me dirigí raudo a mi destino.

- La…plus…belle…avenue…du…monde…la llaman los franceses- dije convirtiendo los puntos suspensivos en suaves lametazos a su clítoris. Con la cara entre sus piernas mi mirada sobrevoló al ras su cuerpo para buscarla: no sé si suscribía la afirmación, pero al menos no la protestaba. –Y ahí pasamos el rato, Campos Elíseos arriba, Campos Elíseos abajo- mi lengua paseante ascendía y descendía con parsimonia sobre su sexo, sintiendo el pliegue de sus labios al paso de mi boca, la hinchazón creciente del clítoris bajo mi nariz.

Con sus manos posadas tímidamente en mi cabeza, las uñas rasgando casi sin querer hacerlo, simplemente recordándome que estaban allí dispuestas a animarme o castigarme, la cabeza ladeada, los ojos cerrados y gimiendo largamente, ella se sorprendía con cada movimiento de mi lengua; nunca sabía si atacaría su clítoris, sus labios, si succionaría, lamería, agarraría débilmente entre mis dientes. Variar sin parar y sin parar, variar. Introducía la lengua, frotaba mi cara, pasaba de los tonos oscuros de sus labios al rosáceo de la vagina y cuando menos lo esperaba pulsaba esa tecla que aceleraba sus mecanismos.

- Ummm, qué rico me lo haces siempre- dijo saliendo del sueño que la mecía. Sin estridencias y sin el aparato visual de minutos atrás, pero se había corrido de nuevo. Mi respuesta fue erguirme –orgulloso seguramente-, fijar mi mirada en la suya y asir entre mis manos las suyas. - ¿Y a la torre Eiffel no vamos mañana?- preguntó inesperadamente.

- ¿Quieres ir otra vez?-.

- Quiero ir todos los días-. El movimiento de sus dedos entrelazando los míos me hizo sentir lo ridículo de mi réplica.

- Habrá que ver si está preparada-.

- Yo creo que sí-, sus manos buscando el bulto bajo mi cintura me animaron a comprobarlo por mí mismo. Solté el pantalón, bajé el calzoncillo y arrodillado entre sus piernas no había muchos más sitios en los que comprobarlo.

- Aaaah- gimió al calibrar la dureza de mi pene en su pipa. Cuando lo deslicé sobre sus labios la respuesta de su boca fue morderse la comisura izquierda. Torturarla de esta forma era sólo la recompensa a mi preparación: golpe seco en su clítoris, paso lento de mi falo por el exterior de su sexo. Una, dos, diez veces.

- Si me la metes ahora, me corro otra vez-. No dudaba de su palabra, pero quise comprobarlo por mí mismo. Al enésimo deslizar de mi pene, acepté la invitación de sus labios pegajosos y me colé dentro. Un bailoteo de sus párpados y sus piernas trabándose tras las mías fue esta vez la manifestación del orgasmo. – Despacio- pidió, bajé la cara junto a la suya y besándola le quise hacer sentir que ella mandaría siempre. Así pues, lento, comencé a moverme. Encorvado, controlando siempre los impulsos a mi cadera, empujando apenas una porción de mi sexo por el suyo, la follaba como ella pedía. Mis brazos se colaban bajo sus hombros, atrayéndola, sus pechos aplastados contra el mío, piel con piel, sin dejar apenas espacio entre nuestros cuerpos, más que martillear su sexo, su vagina me abrazaba complacida.

Mis manos apartaban los cabellos de su frente, cuando los párpados caídos lo permitían, nos mirábamos a los ojos mientras no dejábamos de comernos la boca. El cansancio de un largo día se apreciaba en su rostro y aunque el resto del cuerpo se veía resplandeciente, cuando le pedí un cambio de postura, la pesadez de sus movimientos se hizo evidente. De costado, yo a su espalda, mi mano sobre su teta y siempre midiendo la intensidad de mis viajes, cuando levanté su pierna para facilitar el gesto, fue incapaz de mantenerla elevada por más de tres segundos-

- Lo siento, estoy agotada, has acabado conmigo- dijo.

- No pasa nada-, acomodé la cara en su nuca, besé su cuello y abrazado a su pecho y todavía con el pene hundido en su sexo, di por finalizada la excursión nocturna por París.


Me despertaron las caricias de sus manos en mi pene. No sabría decir si había sido ella o el amanecer, pero la erección era innegable.

- Es tan bonita- creí oírla decir y pese a que el cortinón de la ventana había permanecido descorrido toda la noche, creo que esta vez no se refería a la famosa torre. Desnuda, sentada sobre sus piernas, el pelo recogido en una cola que caía sobre el hombro, se volvía a ver resplandeciente; probablemente el hecho de que su mano diestra no dejara de masturbar mi polla influía seriamente en mi valoración de la escena.

- No- dije cuando observé su cara acercarse a mi sexo.

- Sí- dijo ella con los labios detenidos a tres centímetros de mi glande.

- No- insistí.

- ¿Quién manda aquí?- replicó y yo dejé caer pesadamente mi cabeza sobre la almohada al tiempo que ella introducía en su boca mi polla enhiesta. El calor de su garganta, la saliva reavivando el escozor de la víspera y el rasgar de sus dientes me hacían delirar. Al compás de sus cabeceos lentos no sabía si despertarme del todo o dejarme arrastrar de nuevo al mundo de los sueños. Al cabo de unos minutos –su mano subiendo y bajando rítmicamente, su lengua rematando los gestos relamiendo el capullo- el resto de mi cuerpo terminó por despertarse, una de mis manos rodeó su hombro, la otra se aferró a ese pecho que, al ritmo de los gestos de su cuello oscilaba libre como en el cuadro de Delacroix.

Ella es la jefa, pero París es un buen escenario para las revoluciones, así que cuando menos lo esperaba agarré su muñeca, detuve sus gestos y levantándome impetuosamente la llevé al minúsculo cuarto de baño de este hotel bon marché, hice apoyar sus manos en el lavabo, separé sus piernas con un gesto de mis pies y colocándome a su espalda la penetré tal y como ella me había dejado.

- Ay, ay, cuidado, sabes que la tienes demasiado grande para mí- dijo interponiendo su mano derecha entre mi cintura y sus caderas. Retiré la polla, mojé un par de veces mis dedos con saliva y los llevé a su coño; en el tercer gesto humedecí la punta de mi rabo y lo devolví a su sexo. Agarrándolo por la base con la mano, controlando lo incontrolable, antes de impulsar quise preguntar:

- ¿Sí?-. Un gesto afirmativo de su cabeza me invitó a anclarme a sus caderas, balanceaba mi cuerpo adelante y atrás, la piel de su trasero se enrojecía por la fricción, en su interior todo volvía a acelerarse y su boca alternaba jadeos con gemidos.

Ni ella podía aguantar mucho más ni yo quería dilatar el momento. Colé mi mano entre su cuerpo y el mueble y la dirigí a ciegas a su entrepierna. Con el pene alojado en su vagina comencé a estimular su clítoris, aumentando la velocidad, frotándolo todo lo rápido que la postura me permitía. Cuando su cuerpo comenzó a agitarse volví a moverme también yo. Me gustaría afirmar que cuadramos los finales, pero ella terminó antes y yo, mientras trataba de prolongar su orgasmo hasta los últimos estertores, con la otra mano me masturbé hasta reventar contra la entrada de su coño.

Con la voz entrecortada todavía por la respiración agitada, me acerqué a su espalda, esperé la llegada de su cara y tras besarla en el hombro le dije: nos debíamos un buen viaje.

miércoles, 29 de junio de 2022

Por turnos

- ¿De qué estás mañana?- pregunto.

- De tardes, ¿tú?-.

Resoplo antes de responder: de noches. Mi mente empieza a calcular horarios, itinerarios, posibles coincidencias. –Si quieres te paso a buscar, tengo muchas ganas de estar un rato contigo-.

- No te va dar tiempo- dice con un gesto a medio camino entre la lástima y la compasión.

Tiene razón, ella sale del hospital a la hora que yo debo entrar al hotel. Quizás escapándose antes, tal vez llegando un poco más tarde y aguantando la bronca… Nos despedimos aguardando la hora de volver a vernos, aunque fuera por sólo unos minutos.


Al final nos pudieron las ganas. La espero fuera, apoyado en el coche, junto a la puerta del conductor. Cuando me ve se despide de su compañera y echa una ligera carrera. Sin maquillar, el pelo recogido en un moño no demasiado firme, el rostro cansado después de horas de trabajo, sin embargo se ve preciosa, siempre la veo preciosa. Cuando está lo suficientemente cerca, me atrapa una de sus sonrisas:

- ¿Qué tal el día?- le digo, y en su respuesta espero encontrar un motivo por el que mejorarlo. No le ha debido ir tan mal cuando me besa en los labios. Yo acepto el reto y retengo su cuerpo contra el mío. Las manos también se animan y poco a poco bajan hasta abrazar los respectivos traseros. Estaríamos toda la noche comiéndonos la boca despacio bajo la luz anaranjada de las farolas del parking del hospital, pero los dos sabemos que los segundos mandan. Se sienta en el asiento del copiloto, deja el bolso a los pies, nos ponemos el cinturón y arranco. Desoigo todas las recomendaciones de tráfico y aparto constantemente la vista de la carretera para mirar a mi derecha, ella es mi camino. No apuro los semáforos en ámbar, prefiero que se ponga en rojo y poder intercambiar con mi chica algunas palabras y unos cuantos besos. Cuando se pone en verde mi mano se entretiene en su cuerpo antes de volver al volante. A estas horas no hay tráfico y llegamos enseguida a las inmediaciones de mi trabajo. El reloj en el salpicadero marca dos minutos más allá de mi hora de entrada; me digo que eso no es retraso, así que remoloneo un poco más. Hablamos de todo y de nada hasta que mi mano se posa, deliberadamente, en la parte más alta de su muslo. Ella la mira y comprende, yo la subo todavía un poco más, hasta dejarle bien claro qué tipo de ganas de estar con ella tengo. Separa ligeramente las piernas, deja que pase unas cuantas veces mi mano, aunque sea por encima del pantalón. Le pido que se siente sobre mí, nos mentimos, decimos que es para cambiar de posición y que se vaya a casa conduciendo. Los dos sabemos que no es verdad, que sólo queremos estar en contacto un poco más. El volante golpea su cuerpo, estamos incómodos, pero con su frente apoyada en la mía, ella se da cuenta de que cierta parte de mi cuerpo la desea especialmente. Finalmente la dejo sentada a los mandos, ajustando el asiento a su tamaño, y yo me bajo del coche maldiciendo el trabajo por turnos y recolocándome con disimulo el paquete.


Salí a la hora, afortunadamente el grueso de los check-out no había empezado todavía. En el transporte público las caras somnolientas ayudaban a distinguir a quienes volvíamos de quienes iban a trabajar. Yo estaba completamente activo después de una noche no demasiado ajetreada, sin embargo al llegar a casa me pongo automáticamente en modo silencio, no quiero despertarla. Pico algo en la cocina, ya no sé si desayuno o almuerzo, me entretengo un rato con el móvil antes de ir a la habitación. No me queda más remedio que encender la luz y eso la despierta:

- Mmmm, ¿qué hora es?- pregunta cubriéndose los ojos con el antebrazo.

- Es temprano, todavía puedes dormir un rato más- le digo. Ha descorrido un tanto la sábana, lo justo para ver su hombro, la camiseta blanca de tirantes con la que duerme y un trozo de su pecho sin sujetador. Cuando me siento en la cama ella hace amago de levantarse. Le digo que se quede un rato a mi lado, quiero dormir un rato abrazado a mi chica como cualquier pareja, se excusa, dice que tiene muchas cosas que hacer… Debo encontrar un argumento más convincente. Aprovecho que ha terminado de levantar la sábana para regresar mi mano donde la había dejado la noche anterior; lleva unas braguitas negras, sencillas, nada sexys, pero que en su cuerpo me encantan. La toco con esa mezcla de suavidad y firmeza que llevo años aprendiendo y ella se relaja. Su cuerpo se deja caer de nuevo sobre la cama y mi boca busca sus labios. Cuando sus brazos rodean mi espalda sé que le he quitado las prisas.


Nos hemos quedado sin saliva que intercambiar cuando mis labios abandonan los suyos. Busco su nariz, sus ojos, toda su cara, prodigo besos de colibrí, apenas la rozo. Después tomo camino de su cuello, ella ladea la cara para facilitarme la tarea. Me entretengo un poco antes de seguir bajando. Los pezones se le comienzan a marcar en la camiseta y así los beso, por encima de la ropa. Me asomo a sus pechos a través de las aberturas laterales, podría sacarle la camiseta entera, pero quiero algo más definitivo. Dejo sus senos a la invasión de sus manos y prosigo el viaje por su cuerpo. Cuando levanto la tela y beso su ombligo la posee una risa nerviosa, de un sin querer queriendo. Le gusta pero estamos de acuerdo en que ese no es el destino; su mano empuja mi cabeza y yo obedezco al instinto. Tiro de sus bragas, se atascan con el roce de la cama, ella levanta las caderas y yo vuelvo a tirar. Cuando por fin escapan de su pie, mi chica flexiona las piernas ligeramente abiertas. Mi mirada se centra en su sexo imberbe, en sus labios cerrados, en el capuchón que protege la joya de la corona. Cierro los ojos y me dejo llevar por el tacto, el olor de su piel, por el sabor ligeramente ácido que me recibe, también por el sonido de sus gemidos que comienza cuando yo doy rienda suelta a mi lengua. Cambio de zona, de ángulo, de contundencia, pero no abandono el placer de degustarla. Ella quiere sumar su mano, pero se la retiro, quiero que sea así: su coño y mi boca. El clítoris ha crecido y yo lo refuerzo con un par de lengüetazos. Ella suspira, apenas gime, pero sé que es su manera de disfrutar, sin estridencias. Cuando sus manos aprietan los pechos o agarran con fuerza la bajera hasta retorcerla, sé que le gusta especialmente. Sus labios se han entreabierto, el calor y la humedad de mi boca les han dotado de un brillo especial. Seguramente con algo más contundente conseguiríamos un resultado más eficaz, pero quiero que sea únicamente mi lengua la que se asome al pozo de los deseos. Cegado en su pubis, con la nariz posada en su piel hasta aprenderse todos los matices de su aroma, dejo que sea mi lengua la que, una y otra vez, abra su sexo.


Concilié el sueño acurrucado entre sus piernas después del orgasmo. Ahora despierto sin saber muy bien porqué antes de la hora habitual. Sé que han pasado algunas horas pero no sabría decir cuántas. Mi mirada recorre la habitación iluminada hasta que me doy cuenta de la razón de mi repentino despertar: el edredón caído, mi torso desnudo y al final de mi mirada desenfocada, mi chica aleteando con su lengua en mi glande. Sé que no es algo que le guste hacer, que lo reserva para momentos especiales, así que no pregunto cuando hace desaparecer mi polla en su garganta. Cruzo los brazos por detrás de la cabeza a modo de almohada suplementaria, exijo a mi cerebro que termine de espabilarse y asisto a su manera de compensarme. Mi chica no se ha vestido, vuelve a trabajar de tardes, y mi mirada busca entonces el despertador en la mesilla. Marca las doce y media del mediodía, apenas he dormido tres horas. Sé que todavía falta un rato hasta que tenga que marcharse, intuyo que es demasiado tiempo para aguantar los juegos de su lengua, el roce de sus dientes, la determinación de su mano cuando recorre mi verga.

- ¿Te has duchado?- le pregunto.

- No, ¿por qué?... ah- ella misma se responde. Ríe, le gusta la idea. Trato de incorporarme, el viejo pantalón elástico de pijama está recogido a la altura de los tobillos, y la polla está totalmente crecida y terriblemente dura.

- ¿Cuánto tiempo llevas…?- le pregunto, y nuevamente sus risas son la respuesta. Mis manos la ayudan a desvestirse, cuando nos vemos desnudos una palmada en su trasero es la señal para ponernos en marcha. Pasamos al baño, la mampara de la ducha está abierta y nos colamos hasta sentir el frío de la baldosa en nuestro abrazo.


Su mano me masturba, hace resaltar los cojones y emerger el glande. Me gustaría que siguiera regalándome la falsa candidez de su boca, pero tampoco me quejo. Abro el grifo y el primer chorro frío contra su espalda le provoca un grito estridente. La giro, ahora son mis hombros los que reciben una lluvia cada vez más templada. Mi mano dibuja la forma de su espalda, el abultamiento de su trasero, comienza a bajar por su muslo hasta que lo eleva. Me acerco hasta que mi pene se dobla entre nuestros cuerpos, ella lo guía. Espero a que sus dientes terminen de mordisquear mi labio y entonces empujo; su cuerpo contra el cristal y mi polla por su coño. Gime, el pelo húmedo se le pega a la cara y sus brazos rodean mi cuerpo. Vuelvo a empujar, hasta adentrarme entero en su cuerpo. Cuando comienzo a penetrarla rítmicamente ella abandona su postura de grulla sobre una pierna y se enrosca a mis caderas. Arrinconados contra la pared, el agua sigue cayendo hasta que decido acabar con el derroche; después será necesaria para llevarse los restos, pero por ahora ya ha cumplido su tarea de empañar con vaho nuestro reflejo en el espejo. Nosotros estamos en ebullición. Mi chica resiste sin inmutarse mis embestidas aplastándose la espalda contra la pared. La follo sin descanso, el abrazo se hace más intenso, sus tetas se deforman contra mi pecho, sus gemidos se aceleran, mi respiración se hace más densa. Sé que se corre, es inminente, conozco las reacciones de su cuerpo aunque cada vez nuestros encuentros sean menos frecuentes, más programados. Siento las contracciones de su cuerpo, las venzo y sigo empujando. Mi piel agradece que las uñas que me clava no sean demasiado largas. Cuando deshago el abrazo y la poso en el suelo sus piernas tienen un divertido temblequeo.


Mi espalda se apoya ahora en la pared, ella dobla su cuerpo hasta acercarlo a mí. Estoy ya dentro de su coño pero su trasero es una tentación demasiado grande. Sé que no me deja, pero no me resisto a apoyar el pulgar y empujar, sin ni siquiera hacer desaparecer la primera falange, para que se haga una idea si alguna vez se lo piensa. Mi chica busca dónde apoyar las manos, está incómoda, nuestra pequeña ducha no da para más, así que abandono mis fantasías y agarro con fuerza sus caderas. No quiero forzar sus músculos mucho más con posturas imposibles, además el tiempo pasa deprisa cuando se disfruta y ella deberá marcharse enseguida. Sus pies se apoyan en los míos, sus piernas estiradas, mi polla siempre empujando en su coño, el tronco ligeramente inclinado y mis manos sujetando sus brazos. A ella la respiración se le vuelve a descompensar y yo inicio la que quiero que sea la última tanda. Eleva la cabeza, la ducha de nuevo cae sobre su cara, de la boca abierta escapan al tiempo agua y gemidos, yo la atraigo con más fuerza y la follo con todas mis ganas. Al poco su vagina convulsiona de nuevo y yo me dejo ir en varias sacudidas que agitan mi cuerpo.


La mezcla de semen y flujos que ella ha dejado caer se empieza a perder pesadamente por el sumidero cuando, a regañadientes, me hace salir de la ducha. Cierro la mampara y la miro del otro lado del cristal moteado de gotas. Ella se ducha, ahora sí, de verdad. Le tiendo una toalla, se seca a medio metro de mí, pero sé que no debo estirar la mano, rozar su piel, tiene prisa, ya va tarde. Desde el cuarto de baño miro a través de la puerta entreabierta cómo se viste. Luego vuelve a mi lado, el espejo todavía no se ha desempañado y soy yo quien le dice si se ha pintado los labios correctamente. Me premia con el sobrevuelo de un beso sobre mi boca.

- ¡Qué desastre, mira cómo hemos dejado esto!- dice señalando el agua, las ropas caídas, las toallas abandonadas. - No te preocupes, yo lo recojo. Tengo toda la tarde- le digo, y mientras ella termina de prepararse y la puerta anuncia su ausencia, yo me quedo allí plantado, lamentando no coincidir más a menudo y echándola ya de menos.

miércoles, 27 de octubre de 2021

Amor deconstruído

Puestos a comenzar por algún lugar, lo haré por sus manos. Fuertes, grandes, decididas. No puedo evitar recordar el tacto de sus dedos en mi piel, cómo sus caricias tornaban en seda las rugosidades de unas yemas curtidas en mil batallas. Manos expertas, que sabían dónde y cuándo posarse para elevar irremediablemente mi temperatura; manos traidoras, que en el momento menos pensado me giraban y castigaban mis inocentes nalgas con unos cachetes que me sonrosaban de todo menos de vergüenza. Lo debía haber visto venir, sus manos eran capaces de traicionar incluso la alianza que luce y que ya no brilla como antaño; pero no lo hice, tal vez por eso ahora me toca deconstruir este amor. Pensé que sus dedos serían siempre para mí, que no conocerían ya más pieles que mi piel, que no buscarían más escondites recónditos que los que le ofrecía mi cuerpo, que todos los baños que arrugan su dermis serían conmigo, serían en mí.

Pensé, ilusa, que no habría más manos que treparan por sus antebrazos hasta enroscarse en sus hombros que las mías. Adoraba repetir ese gesto, ese suave ascenso que me permitía sentir los abultamientos de sus músculos contraídos mientras se esforzaba sobre mi cuerpo. Subía y bajaba mis manos una y otra vez, muy despacio, sintiendo los contornos de su brazo, hasta que terminaba irremediablemente dibujando caricias en sus hombros redondeados como las que dibujo ahora en el vacío, como un pintor o un jugador de golf que ensayan el gesto antes de que el trazo sea irreparable.

Irremediablemente llegaba después su cara, siempre su cara. Ahora sé que como un fantasma siempre me acompañará el rictus al verse sorprendido, tan diferente a cualquiera de los otros a los que me tenía acostumbrada. Porque he conocido cientos, miles de expresiones de su rostro. Las arrugas que se le formaban hasta las sienes cuando reía de verdad, su sonrisa que apretaba más la comisura izquierda, o esa manera suya de taparse el labio inferior con el superior cuando se le ocurría alguna maldad. Ese era de sus tics que más me gustaban, porque sabía que daría lugar a nuevas formas de observar su rostro. Sobre mí, concentrado cuando se tendía, o relajado cuando era yo la que ocupaba esa postura; cegado por el mío cuando, en cualquier momento y sin motivo, nos enroscábamos para comernos la cara como antropófagos bulímicos. Su rostro también cuando no me tocaba verlo, cuando me tomaba desde atrás, pero sus manos, siempre sus manos, tiraban del pelo para girarme y morderme los labios o ver simplemente el goce en mi cara.

Cierro los ojos como una niña asustada que piensa que así, alejará las visiones que la espantan. Lo hago aunque yo misma sé que no, que esta última visión me acompañará, que su presencia será más fuerte que el resto de impresiones de felicidad en su rostro y que se almacenan en mi memoría. Igual que guardo sus piernas, esos muslos longilíneos que tantas veces, y con motivos tan diferentes, me sirvieron de asiento, de la misma manera que en un parpadeo percibo su torso y me digo que será tan difícil de eliminar como su cara. Porque ahí está él, toda su vida. El corazón que me amaba, en sus pulmones el mismo aire, seco y cálido, que respirábamos en ésta nuestra casa. Todos sus humores, sus alegrías y sus llantos, el cólico que no nos dejó conocer más de Praga que un hall de hospital o los surcos que dejaron mis uñas en el viaje de novios y que él lucía por las playas de Punta Cana con el orgullo que un guerrero muestra las heridas de batalla.

Hay otras zonas de su cuerpo que, aunque afecte igual deshacerse de ellas, serán más fáciles de eliminar; su sexo por ejemplo. Los he conocido mejores, él era consciente. Nunca fue demasiado grueso ni demasiado fuerte, por eso quizás, se esforzaba tanto, por eso sumaba cada centímetro cuadrado de su cuerpo. O no sé, tal vez era yo la que quería ver su mente y su cuerpo acompañando al pene en cada embestida por mi cuerpo, la que prestaba culto a la reliquia por adorar al dios, la que... ¡Hombres, los que no lastiman con el tamaño acaban lastimando sin él!

Y aunque ahora sea tajante y decidida, y me diga que ya no existe, que nunca más, sé que, tarde o temprano volveré a caer en la tentación, como caemos todas. Les bastan unas palabras, una sonrisa, en ocasiones ni siquiera eso, para que todas terminemos cayendo en la trampa. Lo hacemos, aunque sepamos el destino, aunque, al final de cada historia vislumbremos la traición, el sufrimiento, las víctimas colaterales. Como esa rubia tonta con la que lo sorprendí cuando a última hora pude cambiar la guardia y volví a casa cuando no me esperaba. Pero esa..., esa que espere desangrándose en la bañera, antes tengo que terminar de despedazar este amor y bajar a la basura las bolsas con el cuerpo de Jorge- me digo mientras una gota de sudor me cae por la frente, circunda el ojo, prosigue por las mejillas hasta que, al llegar a la altura de mi boca la recojo con la lengua mezclada con un rastro de sangre y un gusto agridulce se adueña de mi boca.

martes, 28 de septiembre de 2021

¿Ya te vas?

- ¿Ya te vas?- dice y sus palabras detienen mi inercia. Quedo desnuda, sentada en el borde de la cama, ofreciéndole mi espalda salpicada de lunares. -Mujer, quédate un ratito más, hoy no tenemos prisa- añade al tiempo que sus manos comienzan a jugar usando los nudos de mi columna como una escalera por la que descender y volver a trepar. No sabe cuánto me duele ese añadido final, tanto que estoy tentada de devolverle la pregunta en forma de reproche: si no te hubieses ido ya, tendríamos más tiempo para todo. Pero me callo, y a cambio ladeo y bajo ligeramente la cabeza, ofreciendo mi mejilla al pasar de sus dedos, buscando algo que se asemeje a una caricia.

Antes de la pandemia hoy era jueves, día de visita. Ahora, todos los días se me parecen demasiado, con una videollamada programada a la semana como todo contacto. Quizás mi mente, anclada en el calendario, recuerde todavía las prisas de antaño, cuando debía abandonar esta cama y esta casa apresuradamente, dejando una estela de feromonas mal camufladas bajo el desodorante; quizás no, quizás ha sido simplemente observar sus manos ocupadas en el móvil, ausentes de mi cuerpo, lo que me ha impulsado a incorporarme de la cama. Da igual la razón, el caso es que ese brío para descorrer la sábana y escapar de su lado se ha esfumado, y ahora estoy pensativa y paralizada, sintiendo sus manos curtidas deslizándose por mi costado derecho, aventurándose más allá, hasta sentir el roce de sus dedos en mis senos. Ronroneo y abandonando toda resistencia a su abrazo me tiendo, muy despacio, hasta hacer reposar mi cabeza en su pecho. Su mano sigue el recorrido, hasta llegar a peinar unos cabellos demasiado descuidados, en los que las mechas rubias se pierden en el moreno natural clareado por las canas. En un gesto que no sé si interpretar como afecto o como cariño, me los aparta de la cara, los pasa por detrás de la oreja mientras repite mi nombre por triplicado, con una voz suave que acaba diluyéndose en un eco que sólo resuena en mi cerebro.

Recostada sobre su torso podría fijarme en las líneas rojizas, estelas que minutos atrás dejaba el vuelo de mis uñas en el cielo de su piel, podría aspirar el aroma a sexo, mucho más intenso allí donde las sábanas todavía guardan el secreto, hasta dejarme embriagar, pero no. Mi mirada se pierde en el armario empotrado que hay frente a la cama, al tiempo que la memoria se pone en marcha y él enrolla un dedo en mi pelo. Cuando lo conocí no buscaba estas muestras de ternura, tampoco el sexo furtivo con el que hemos llenado cualquier hueco de los últimos tres años. Fue en un grupo de apoyo, una pequeña reunión de personas con diversos problemas a la que me había derivado mi psicóloga. A él se le había matado un hermano en un accidente de moto y buscaba pasar el duelo; a mí una enfermedad que se nombra en siglas me iba dejando viuda a pequeñas dosis. No me atrevería a decir que al principio ni me fije en él. El grupo era pequeño y contemplar a un hombre como Rafael, de aspecto recio, duro, que ya sobrepasó la barrera de los cincuenta, llorar por una muerte inesperada y repentina era algo que llamaba mi atención. No sé, seguramente le dé demasiadas vueltas a las cosas, pero no me figuraba esa reacción desvalida en un hombre de su generación; los educan para ser fuertes, para no mostrar sus debilidades en público. Las débiles éramos nosotras, las que cargábamos con una casa, una familia, dos hijos adolescentes, mil cargas, un trabajo y un marido al que, por aquel entonces, la enfermedad estaba a punto de dejar en una silla de ruedas. Demasiado peso hasta para mi debilidad…

Las sesiones en el grupo debían transmitirme fortaleza para afrontar el desarrollo de la enfermedad de mi esposo, pero no estaba segura de que así fuese. Era un momento complicado; la pérdida de sensibilidad, el deterioro motor, los problemas se iban sumando a la vuelta de cada consulta médica y el grupo era testigo directo, escuchaba mis narraciones, apoyaba en silencio o comparaba experiencias. Fue un día, tras dos semanas sin acudir a la reunión de los martes; todos comenzaron a preguntarme por mi marido: ¿está bien?, ¿ha pasado algo? Entonces surgió su voz: y tú ¿cómo estás? Levanté la cabeza y lo miré. No respondí porque no tenía respuesta. Desde el diagnóstico yo no existía, y todavía tardaría un tiempo en darme cuenta de que yo seguía viva. Hasta entonces la enfermedad de mi esposo, de Carlos, su desarrollo, saber que un día dejaría de hablarme, que, pese a las esperanzas de los médicos, su situación continuaría empeorando progresivamente hasta un día dejarme sola, lo compensaba con el amor, con los recuerdos, con los cuidados para intentar mantener su calidad de vida; entonces no me daba cuenta que empleaba todas mis fuerzas tratando de mantener un precario equilibrio, aferrándome a una balanza en la que las cargas pesaban demasiado y acabarían arrastrándome. Hoy, ahora que el dedo índice de Rafael ha dejado de jugar en mi pelo y se ha unido al resto de la mano para viajar con lentitud por las curvas de mi costado izquierdo, sigo sin tener una respuesta muy clara a aquella pregunta que me hizo. Simplemente dejo que me acaricie con suavidad mientras trato de que en mi mente una niebla difumine los recuerdos dolorosos.

Hubo una primera vez, claro, siempre hay una primera vez. Una primera vez en la que dejé a mi marido en el centro de día al cuidado de los fisioterapeutas y acudí a otra casa, a otro hombre, a otras manos, a otro sexo. Aunque en realidad ese primer encuentro importa poco, basta con decir que fue lo bastante reconfortante como para repetir y lo suficientemente

contradictorio como para retrasar la nueva cita un par de semanas. Si me tuviera que quedar con algo de aquellos primeros tiempos, elegiría los silencios y las miradas. Un silencio cómplice, un silencio que me hablaba, que me decía estoy aquí para lo que necesites, también para eso. Y unas miradas que fueron las que hicieron que esto ocurriera; una mirada fuerte pero que no me intimidaba, una mirada cálida que abrigaba mi tragedia, una mirada que me hizo volver a ser. Sucedió una tarde, después de la sesión en el grupo. Me había quedado junto a un par de mujeres más y él a tomar algo en una cafetería cerca del gabinete; para hablar, dijimos, de temas distintos a los que nos habían hecho conocernos, aunque invariablemente acabáramos hablando de lo de siempre. Supongo que le aburríamos con nuestra cháchara, tanto que la mente se le perdió en cualquier pensamiento y fue a posar sus ojos en el primer botón desatado de mi blusa, en el inicio de un escote que ni siquiera era tal, un poco más abajo que donde mi mano jugueteaba con el colgante de la cadenita mientras escuchaba atenta a mis compañeras de mesa. Cuando reparé en su mirada mi primera reacción fue de una callada indignación. No quería montar un numerito, pero disimuladamente abroché el botón y entonces sus ojos salieron del ensimismamiento y encontraron los míos llenos de furia; fue entonces cuando su mirada me mató. Entre desvalida y cargada de argumentos, culpable pero no arrepentida, una mirada que despertó en mí algo que creía muerto y enterrado. Más aún cuando terminado el café, salimos del local y caminando hacia la parada del autobús nos quedamos a solas y se disculpó a su manera:

- Perdóname, he sido un grosero, no era mi intención molestar, pero no he podido evitar mirarte-.

Aquella frase se repetía en mi cerebro por la noche, mientras me desnudaba antes de irme a la cama. Los niños dormían, mi marido estaba en el dormitorio y yo, frente al espejo del baño, me preguntaba si su falsa disculpa era otra cosa que un halago a mis pechos. En mi mundo, la pasión sólo había existido con mi marido y hacía ya tiempo, antes incluso del maldito diagnóstico, que la vida había ido soterrándola bajo otras formas de amar. Reconocer el deseo ajeno en una mirada que se posa sobre mí, era algo para lo que no creía valer. No soy una mujer de bandera, con mis cuarenta años largos, mi físico desatendido, mi pasado monótono, mi alterado presente y un futuro con incierta pero segura fecha de caducidad. Sin embargo, eso a Rafael no le retraía; en cada reunión del grupo, en las sesiones que se alargaban en torno a un café, en los breves pasos que nos conducían al parquin o al autobús, sus miradas seguían estando presentes. Como todo él, como mis reparos, mis dudas, mis miedos, mis no puede ser. Pero estaban, y a pesar de que entonces no creyera necesitar más de su anatomía que el hombro que me ofrecía para enjugar mis lágrimas, el poder de su mirada me iba envolviendo con algo que no sé bien definir, como cuando nos acostamos y me folla como si quisiera hacerme el amor: intenso pero delicado, furtivo pero inevitable.

Tal vez la primera vez fuera producto de mi debilidad. O tal vez no, y simplemente mis necesidades se atrevieron donde mi cerebro no osaba. Una necesidad de piel y orgasmos que se hizo presente en el torbellino que era mi cuerpo esos días. Amaba a mi marido, le prestaba todas las atenciones de que era capaz, rezaba porque un milagro detuviera el avance de la enfermedad, pero todo lo que él ya no podía darme se me acumulaba en los sentidos. Quería tocar y que me tocaran, necesitaba sentir una piel sin masajes y crema hidratante de por medio, quería oler, morder, chupar; quería volver a experimentar todas esas pequeñas cosas que no te das cuenta que tienes hasta que las pierdes. Aquellas miradas, su presencia constante, habían hecho que mi cuerpo reclamase algo que la vida me negaba; mi única salida para saciar mis sentidos era él, Rafael. Después de aquella primera vez, se me desató un juego de fuerzas que tiraban de mí en direcciones contrarias y amenazaban con partirme por la mitad. De un lado, el cerebro, la moral, mi vida, y por otro ese deseo de volver a sentir aquellos dedos aferrándose como garras a mi carne, escuchar su respiración fatigada tan pegada a mi oído, observar el sudor que le brota y la vena hinchada surcando su frente y sentir el orgullo de ser yo quien le pone en ese estado. Aunque esta tarde, con mi cabeza usando su respirar cadencioso como almohada y sus manos encaramadas a la cima roma de mis caderas, no haga falta decir quién ganó ese pulso interno, tengo que reconocer que me costó encontrar ese sosiego interno, ese equilibrio entre lo necesario y lo permitido, entre mi vida y estas cuatro paredes.

Mi cuerpo, pequeño y cansado, ajado por los años que se acumulaban en forma de cartucheras o esbozos de arrugas, se ofrecía por primera vez a un extraño, a alguien por el que no sabría decir qué sentía. Y sí, resultaba extraño, torpe, incluso cómico, vivir reacciones diferentes a las acostumbradas, no adivinar los momentos, aprender de nuevo a mi edad. Y sí, también era doloroso tener en la mente y en la comisura de los labios, agazapado, dispuesto a escaparse al menor descuido, el nombre de mi marido y no el de aquel que se encaramaba a mi cuerpo y hundía su sexo en mi sexo. Pero era tan poderosamente adictivo… .

Todo. El corazón que se desboca y salta en el pecho al llegar a su casa, las sonrisas tímidas, las conversaciones de ascensor, ese comenzar a desnudarme casi a escondidas, retraída, como si no fuese a pasar lo que iba a pasar, como si el tiempo transcurrido desde la primera vez no existiese, como si estos encuentros para escapar de la realidad no se hubieran ya institucionalizado. Y sentir, claro, toda esa adrenalina acumulada desde el último encuentro desbordándose de nuevo. Tener su sexo endureciéndose en contacto con mis muslos, dejar que mis manos aprendan una nueva geografía. Olvidarme, de mí, de mi marido, anestesiar los recuerdos, negar mi presente, inventarme otro futuro y sentir. Sobre todo, sentir. Colgarme de aquel brazo resistente que se me ofrece, ser yo, por una vez, a quien sostengan y osar rasgarle el hombro con las uñas; ver su reacción, cómo se crece en el castigo y sus caderas adquieren nuevos bríos para martillearme con mayor insistencia. Gozar. Atreverme con su pene en mi boca, sorprenderle con modelitos que sin él no usaría jamás, forzar las posturas de mi cuello hasta la tortícolis para no dejar de comprobar que el deseo se le escapa por los ojos. Sentir también sus manos amasando mis senos, y el festín que se da de vez en cuando en mi cuerpo, el calor que me invade y que se alía con la humedad para precipitarse finalmente en un chaparrón de flujos. Todo. Cada mínima parte de estos encuentros míos con Rafael, de esta nueva rutina secreta, privada, la siento con una intensidad nueva, distinta. Follar con este hombre al que la vida me puso en el camino es un escape, una liberación. Es agarrarme a la vida con todas mis fuerzas. Aunque únicamente sea durante un rato, aunque al volver a pisar la calle mi mundo de siempre siga derrumbado, estos minutos son para mí.

Por eso impuse las conversaciones insustanciales del después, para no terminar hablando de mi marido; no así, no aquí, no quiero manchar su nombre y mi conciencia con el sudor y los restos de fluidos pegados en la piel. Es la única regla de estos encuentros: lo demás no importa, sólo yo, sólo nosotros, poder celebrar la vida juntos y olvidarme de todo lo demás. Rafael lo respeta; o lo respetaba. Hoy, el tiempo le ha llevado a conocer mis reacciones, presiente que hay novedades, que algo me roe por dentro. Aunque sigo con la cabeza apoyada en su cuerpo, aunque el único horizonte que alcanza a ver mi vista es la loma que forma la sábana recogida sobre sus muslos, yo también intuyo su curiosidad, esas ganas de saber, esas frases que otras veces en el último segundo detenían las dudas y que hoy parecen incontenibles. Lo va a hacer, lo sé, su vientre se ha hundido bajo mi cara al coger aire, va a romper con una pregunta para la que no existe respuesta el equilibrio que tanto me costó alcanzar:

- Miriam, ¿cómo sigue todo con…?-. Lo ha hecho, y he tenido que reaccionar rápido; mis labios capturan su pene, y comenzando a succionar hago que de su boca salga un prolongado gemido en lugar del nombre de mi esposo. 

sábado, 28 de agosto de 2021

Regadío

Otra cosa no sé, pero comer, hay que reconocer que aquí se come de maravilla- dijo, y echándose hacia atrás en su asiento amagó con soltar el botón de su pantalón y dejar libre su madura barriga. Su Antonia, Paco y Luisa, la pareja con la que comparten mesa, mantel y viaje ríen su guasa. Minutos después la broma dejó de ser tal, y la pesadez de su estómago se alió con el calor y el sopor vespertino e hizo aconsejable pasar esas primeras horas de la tarde en el hotel. Las dos parejas se volverían a juntar cuando el sol apretase menos para poder seguir descubriendo los encantos de la ciudad.


Se había quedado dormido tan pronto como se tendió en la cama. Cuando entreabrió los ojos su mujer ya caminaba por la habitación, rebuscando en las maletas el ropaje adecuado para un paseo junto al mar. Pepe siguió sus vaivenes con la mirada sin que ella se percatara, y en la comodidad de la cama de un hotel de cuatro estrellas, se dijo a sí mismo que en el fondo habían sido afortunados. Aunque los viajes como ese hubiesen llegado demasiado tarde, después de toda una vida de trabajo duro y mal pagado, después de tantos sacrificios para que sus hijos pudieran llevar una vida mejor; aunque su Antonia dejase pronto de ser la chiquilla de la que se enamoró perdidamente para ganar enseguida kilos y arrugas, aunque los achaques les recordasen que ya no eran ni siquiera adultos… Pese a todos los esfuerzos realizados a lo largo de sus vidas, había valido la pena vivirla juntos. Qué otra cosa podía pensar: bien comido, reposando entre las sábanas satinadas de un buen hotel, con su mujer a su lado y por si faltara algo habiendo despertado con la polla endurecida, algo que, a decir verdad, ocurría cada vez más de tarde en tarde.


Un brazo cruzado por detrás de la cabeza, la otra mano cerciorándose bajo la sábana de que era cierto lo que sentía en su cuerpo, preguntó: ¿has descansado bien, amor?

Ella se limitó a sonreír para afirmar. Después siguió observándola vagar en ropa interior por la habitación. Cuando ella se acercó a la mesilla, él descorrió la ropa de cama que lo cubría queriéndola sorprender con esa inopinada erección. Ella lo miró y volvió a sonreír negando con la cabeza como queriendo decir no cambiarás nunca. Pepe comprendía a su mujer sin necesidad de oírla, pero aquel día, en aquella habitación de hotel, no acababa de entender qué significaba la sonrisa que se dibujaba en la comisura de los labios de su Antonia. Podía querer decir a la vejez viruelas o ay si hubiéramos podido hacer estos viajes de jóvenes, la de ciudades que habríamos visitado sin llegar nunca a conocer. Precisamente porque no entendía al pie de la letra lo que quería decir su mujer con ese meneo de cabeza, Pepe exigió un poco más a su anquilosado cuerpo y se dobló hasta acercar sus labios a los muslos de su mujer, que de pie junto a la mesilla, se ponía de nuevo los pendientes. Después de recorrer con sus besos toda la superficie posible, Pepe seguía sin tener muy clara la reacción de Antonia, así que verbalizó sus deseos:

- ¿Y si…?- por si su mirada no bastaba, agarró tiernamente la mano de su mujer y la llevó a comprobar por sí misma que no era sólo el aspecto, sino también el tacto de otrora lo que se adivinaba en su entrepierna.

Antonia buscó con la mirada su reloj. No recordaba haberlo hecho, pero debía haberlo guardado en el cajón, y afortunadamente para Pepe, sus ganas de travesura eran esa tarde mayores que su virtud de puntualidad. Como entre ellos, siempre que no se explicitase un no, era un sí, Pepe se apresuró a levantarse de la cama y abrazar a su mujer.


Si se lo hubiesen preguntado hacía cuarenta y cinco años, hubiese respondido sin dudar que los pechos, grandes, tersos, firmes, pero con el tiempo se había dado cuenta de que la parte del cuerpo de su mujer que más le gustaba era su nuca. De tanto observarla al acostarse había terminado por aprendérsela de memoria, y hoy en día era capaz a ciegas de trazar con la yema de su índice la línea imaginaria que une, en forma de triángulo, las tres minúsculas pecas que tiene Antonia detrás de su oreja derecha. Por eso el primer beso de Pepe aquella tarde fue a parar a ese rincón. Luego, en parte porque nunca había podido resistir la femineidad de Antonia, en parte porque a estas alturas de su vida nunca se sabe cuánto va a aguantar la dureza, el resto de sus besos se revolucionaron y fueron precipitándose por sus hombros, su cuello, sus brazos… Como Antonia vestía sólo sujetador y bragas, y él había despertado como Dios lo trajo al mundo, pensó Pepe que rápidamente estarían desnudos y yaciendo juntos. Pero no pensó Pepe en las prisas, que como repetía siempre su abuelo eran malas consejeras, ni en los nervios, ni en los cierres de los sujetadores modernos, así que cansado de no poder quitarlo se decidió a tirar de las, más marmitas que cazoletas, y poder así acariciar los caídos senos de su mujer.

- Quita, quita, que me lo vas a romper…- protestó ella, y tras apartarlo, en un gesto sabio que Pepe miró embobado, soltó el cierre y dejó caer el sostén al suelo. Él acogió en su abrazo a las recién liberadas. Para sentirse un poco menos inútil Pepe se aventuró por la espalda de su esposa, y recorriendo con sus labios la curvada columna de Antonia descendió hasta darse de bruces con unas bragas negras y translúcidas. En el escaso medio segundo que se detuvo a contemplarlas, un pensamiento fugaz como un cometa cruzó su mente: jamás comprenderá a esos que prefieren una incómoda y reveladora tanga, dónde estén unas bragas como aquellas, grandes como la lona de un circo y que en verdad ocultan el mayor espectáculo del mundo…


En cuclillas a los pies de su señora, después de haber bajado a tirones las bragas de su mujer, se dio cuenta Pepe de que su corazón latía desbocado, y los pulmones agitados le recordaban la edad que tenía. Por eso se tomó un ligerísimo respiro antes de hacer lo que el cuerpo le pedía hacer; de lo contrario habría fallecido, de una manera tan ridícula como heroica, asfixiado entre las rotundas posaderas de su esposa. Cuando sus pulsaciones se acompasaron y su respiración se apaciguó, hizo lo que tantas veces, lanzarse a devorar el trasero de Antonia. Ahora ella lo ayuda, separando con esfuerzo ambas nalgas, pero antes no era así. Con la mirada eclipsada por las flácidas carnes de su señora, Pepe cierra los ojos, y sintiendo en su lengua el sabor conocido de aquel cuerpo, recuerda las primeras veces, al poco de casarse, y la mirada que le lanzaba ella al acabar, entre sorprendida y avergonzada, como si hubiese ido a desposarse con el de gustos más raros de todo el pueblo. Con la humedad de una lengua tratando de abrirse camino hasta su ojete, ella también recuerda las primeras veces, su extrañeza y la ausencia de quejas por su parte, pues la habían educado para ser una buena esposa y obedecer siempre a su marido, sobre todo en la cama, y el placer que con el tiempo fue aprendiendo a sentir al tener ahí a su Pepe.


Intuía Antonia que no iba a durar mucho la dureza en el cuerpo cansado de Pepe, y todavía tenía mucho cuerpo que ofrecerle. Con pasos pequeños y torpes fue girándose, presa en el abrazo de su esposo que le rodeaba las piernas. Sintió el cálido aliento de su marido en el vello débil y grisáceo que cubría su pubis, el roce de la nariz, y finalmente los labios de Pepe posándose en su sexo. Lamentó no tener ya la edad y la agilidad necesarias para pasar su pierna por el hombro de su compañero para ofrecérsele entera, pero todavía pudo arrancarle a su vivido cuerpo alguna descarga de placer.


Fue incorporándose Pepe muy despacio, tragándose el dolor que le provocaba su crujiente espalda. Cuando su cabeza topó literalmente con los pechos grandes y caídos de Antonia, Pepe se sonrió. Todavía hoy, en una de esas escasas veces en las que su instinto latente se alía con bríos recuperados, le encanta sumergirse entre las grandes tetas de su esposa. Reunirlas, auparlas con las manos, y hundir su cara en ellas. Frotarse, restregarse, sentir los gruesos pezones de su esposa recorriendo su rostro. Le encanta. En ello estaba cuando sintió la mano rechoncha de su esposa agarrar suavemente su sexo. Lo empezó a masturbar muy despacio, como temerosa de terminar entre sus dedos algo que los dos querían que durase más. Pepe levantó la mirada, y aguardó que ella hiciera lo mismo para poder expresarle con esa mirada y esa sonrisa lo que su pequeña polla no acertaba a decir: le encantaban sus mimos.


No tenían tiempo que perder. Buscaron la mejor postura para acercarse el uno al otro. Sus cuerpos se encontraban ya demasiado torpes como para hacerlo echados. Pepe agarró con cuidado las caderas de su Antonia.

- Ven, cuidado, no te caigas- le dijo, y la llevó hasta el borde de la cama. Ella hizo ademán de doblar su espalda, pero entre sus manos y un lugar donde asirse todavía quedaba un buen espacio. Pepe lo solucionó subiendo las dos maletas, una sobre otra, encima de la cama. Así tendría Antonia un lugar más elevado donde apoyarse sin que su cansada espalda se quejara demasiado. Luego él ocupó su lugar. Acarició ese trasero que con el transcurso de los años había ido creciendo entre sus manos. Mientras trataba de embocar lamentó Pepe que las fuerzas de su rabo le fueran abandonando precisamente ahora que tenía más carnes que nunca que abrir. Sintió una bocanada de calor trepando por su cuerpo, como si el sexo de Antonia hubiera recuperado ardores lejanos, y una gota de sudor rodó por su cuello hasta perderse en el vello cano que cubría su pecho. Estaba dentro. Cerró los ojos. En su mente sus cuerpos uniéndose tenían bastantes años menos. Sus riñones comenzaron a moverse torpemente. El cuerpo de Antonia no lo retenía como antaño, como si un tren levitara en medio de un túnel. En silencio, nunca les había gustado hablar. Sólo los suspiros, gemidos y sonidos guturales imposibles de callar. Ya ni siquiera sus cuerpos provocan música al chocar, tan sólo unos débiles ecos espaciados y arrítmicos. Cada viaje era una proeza, cada minuto una eternidad. Demasiado mayor para empeñarse en arrancarle un orgasmo a su esposa, Pepe sentía que el final llegaba acelerado. Salió de su esposa y comenzó a masturbarse. Como antes, cuando terminaban así para no tentar al destino en forma de embarazo, pero con los ímpetus atemperados. Ella aguardaba, la cabeza gacha, la espalda doblada, a que su macho acabara; él seguía batiendo con toda la fuerza que le permitían sus caídos brazos. El pulgar por encima, el pene en la palma y el roce metálico del anillo de casados que nunca, jamás, se había quitado bajo el prepucio. Entre su mano y el roce del cuerpo de Antonia terminó Pepe con la imprevista siesta.



Gracias a Dios ella no se había dado cuenta. Tarde o temprano lo hará, y durante un rato le tocará soportar su enfado, antes de que, con el tiempo, puedan reírse también de esto. Al principio él tampoco se había apercibido, embobado como estaba mirando esa especie de agua sucia que había expulsado su pene y que comenzaba a discurrir con el caudal de un arroyuelo y la despaciosidad de un gran río, por las nalgas de su Antonia. Fue cuando ella se metió en el baño para limpiarse cuando Pepe se dio cuenta. Un chorretón de esa mezcla extraña a la que costaba llamar semen pero que había nacido de sus entrañas, había ido a parar más allá de la amplia diana que significaba el trasero de Antonia, con la mala pata de ir a caer sobre la ropa que ella había dispuesto para el paseo vespertino junto al mar. La blusa se había salvado, el pantalón negro no había tenido tanta suerte: un minúsculo lago en la parte trasera. Pepe se apresuró, enérgico, sacó su pañuelo, y con cuidado de no extender la mancha, trató de limpiarla. Le pareció haber hecho un buen trabajo. Ahora, mientras camina junto a Paco unos pasos por detrás de Antonia y Luisa, se da cuenta que su rastro blanquecino sigue allí, y el temor a la reprimenda de su esposa se mezcla con el recuerdo del buen rato pasado y el orgullo de decir alto y claro a todos, él el primero, que esa mancha y ese culo, son suyos.

viernes, 25 de junio de 2021

Ulises y el doctor


El doctor Peralta apenas si separó la cabeza del papel para mirarlo de manera inquisitorial por el escaso hueco que quedaba entre la montura de la gafa y la ceja. Cuando Ulises le habló estaba a punto de terminar de rellenar las recetas de los medicamentos para la mamá del muchacho, y con la pluma suspendida medio centímetro sobre el papel se había quedado petrificado al escuchar a aquel joven, que más que un enfermo más, era el último de una saga de pacientes a los que el doctor Jacinto Peralta había atendido desde que se hiciera cargo del dispensario médico de Villa Torre. Por eso, porque conocía al chiquillo desde antes incluso de nacer, la petición de Ulises le había dejado tan descolocado. Como si la quietud del doctor se fuese a romper al oír su voz, el joven Ulises repitió:

- Necesito hacerme la prueba del sida-. Con lo que le había costado romper su timidez para decirlo la primera vez, repetir la frase era casi un castigo. El doctor Peralta terminó de firmar las recetas que a medio completar aguardaban su pluma, las ojeó para comprobar que todo era correcto, aparentemente ajeno a lo que Ulises le había pedido, y finalmente se dignó a levantar la cabeza y mirar el rostro nervioso que se dibujaba al otro lado del escritorio.

- ¿Quién es la muchacha?- quiso saber el médico. Ulises, sentado en el extremo delantero de la silla se balanceó un poco, movió la cabeza ligeramente, se atusó el cabello, moreno, largo, siempre tan bien peinado y hoy un tanto revuelto y sucio, bajó la cabeza y no respondió. -¿No me quiere decir?, no se apure, yo le firmo el volante y listo. Usted venga mañana para hacerle la extracción y ya le dirán-. El doctor Peralta habló con un tono bonachón, luciendo una sonrisa amplia que tal vez pretendía tranquilizar a Ulises, aunque éste apenas si levantó la mirada del piso ya cuando el doctor ponía el capuchón a la pluma y la guardaba en el bolsillo del pecho de su chaqueta.


La angustia de tres días de espera se reflejaba en el andar pesado de Ulises cuando entró en el consultorio para recoger sus análisis. La enfermera que lo atendió cuando fue a sacarse la sangre lo notó nervioso. Le preguntó si le asustaba aquello y Ulises negó con la cabeza; lo que realmente le aterraba era saber que al cabo de un par de días volvería a estar allí, esperando el veredicto en forma de papel. Cuando se acercó al mostrador y vio que era la misma enfermera que la otra vez, sintió un cierto alivio por no tener que contar a nadie más el motivo de sus visitas. Sin embargo cuando llegó su turno, la enfermera le indicó que el doctor Peralta había pedido sus análisis y se los entregaría en persona. Instintivamente Ulises giró la cabeza, y al ver cerrada la puerta del despacho del doctor, se dijo que todavía podía huir. Para su desdicha, la enfermera había actuado por él, llamando por línea interna a su jefe y amablemente le decía: puede pasar, el doctor lo está esperando.

Como un fantasma colgado del perchero, lo primero que vio Ulises fue la bata blanca del médico. Luego su mirada siguió un camino ya conocido por los títulos y diplomas que poblaban las paredes y entre los que se colaban un par de acuarelas de paisajes de campo que bien podrían ser los que se extendían por kilómetros más allá de las últimas casas de Villa Torre. Finalmente la mirada de Ulises dio con el doctor Peralta. Vestido impecablemente con camisa blanca, corbata azul marino y con la chaqueta negra colocada en el respaldo del asiento, lo miraba atentamente mientras el joven Ulises caminaba los pocos pasos que le restaban hasta ocupar su plaza al otro lado de la mesa.

- Siéntese, ¿cómo siguen sus padres?- preguntó para romper el hielo.

- Bi…bien- titubeó Ulises.

- Me alegro- dijo el doctor antes de que el silencio se instalase en la estancia. Cuando por fin el doctor hizo ademán de abrir el primero de los cajones de su escritorio, Ulises no pudo evitar seguir ansioso el recorrido de la mano. Ahí estaban, en ese sobre blanco que el doctor sostenía, con su nombre y apellido garabateados en la parte frontal, concentrados todos sus miedos y angustias. -Salió negativo- dijo el médico en un tono que no correspondía con la buena noticia. Ulises respiró y estiró el brazo para alcanzar el sobre, pero en ese momento el doctor Peralta retiró la mano en la que sujetaba los resultados del análisis. ¿Ahora sí me va a contar?- preguntó. Ulises apartó otra vez la mirada, como tantas veces. Siempre había sido un chico tímido, educado, cortés, buen estudiante, pero terriblemente tímido. No hablaba si no era estrictamente necesario, y mucho menos era proclive a contar sus intimidades, ni siquiera al doctor, ni siquiera ahora que tenía una buena noticia.

- ¿Usted sabe quién fue Hipócrates, Ulises?-

El joven niega con la cabeza todavía gacha.

- Hipócrates fue un médico de la antigua Grecia, ya ve. Uno de los primeros doctores famosos. ¿Y tampoco sabrá entonces en que consiste el juramento hipocrático, claro? Consiste en que el doctor no puede revelar información sobre sus pacientes, así que conmigo Ulises puedes estar tranquilo, tu secreto estará a salvo. Siempre lo había sospechado, no sabría decirle por qué, pero siempre lo había intuido, tal vez por sus maneras delicadas, por su apego a su mamá, siempre junto a ella. O tal vez por esos pelos que me lleva, siempre tan largos,- el doctor se había puesto en pie y caminando por el despacho había llegado al lado de Ulises- aunque dicen que ahora es la moda así, qué sé yo si soy un viejo cincuentón- dijo riendo. El joven Ulises Regueiro, al sentir la presencia del doctor junto a él y sus palabras desvelando sin preocupaciones su secreto, se había armado de valor para levantar la vista y seguir el recorrido aleatorio del doctor. – Lo ve, siempre lo he sabido y nunca me ha preocupado, ni siquiera cuando hace años su mamá vino a verme asustada, queriéndome decir pero sin atreverse a hacerlo, pero el otro día, cuando vino a pedirme lo que me pidió, me extrañó de usted. Por eso le pregunté lo de la muchacha, por si se animaba a contarme algo, aunque bien sabía yo que no era ninguna muchacha, al menos ninguna de Villa Torre. Ya ve… todos tenemos secretos, pero el suyo no lo es para mí, así que conmigo no tiene que falsear su ser. En primer lugar porque no es asunto mío, ni de nadie,- añadió- y en segundo lugar porque no pasa nada, mi hijo. Si acaso, y si me acepta un consejo- el doctor buscó la complicidad en la mirada del muchacho- búsquese uno que no sea tan salvaje- concluyó señalando con la mano los arañazos que Ulises tenía en la parte lateral izquierda del cuello y que había intentado disimular subiendo su camisa. Avergonzado e instintivamente el joven se llevó la mano para cubrir los restos de su último encuentro sexual.

No sabría determinar si habían pasado segundos o minutos, pero en un momento dado Ulises sintió la necesidad de levantarse. Lo hizo ligero y extrañamente hablador: mi mamá dice que debería ir al psiquiatra-. El doctor lucía una sonrisa limpia cuando acompañándolo a la puerta le dijo: si necesita hablar con alguien, venga a verme, acá o mejor en mi casa. Y ya me ocuparé yo de hablar con su mamá cuando se mejore.


Cuando un par de semanas después Ulises lo llamó, Jacinto Peralta lo citó directamente en su casa. Todo el mundo en Villa Torre conocía cuál era la casa del médico, de hecho era tan frecuente que las urgencias llegasen allí como al consultorio. Cuando el joven llegó, el doctor lo recibió elegantemente vestido, con un pantalón oscuro, una camisa celeste y un pañuelo de seda asomando del bolsillo de la chaqueta. Lo hizo pasar, preguntó si quería tomar algo, e insistiendo tras la primera negativa de Ulises, finalmente se dirigió a la sirvienta pidiendo que le llevaran al despacho dos aguas de limón. Por teléfono no habían hablado del motivo de la visita, ni uno se animó a confesarlo ni el otro quiso saberlo, aunque los dos sabían de qué se trataba.

- Veo que su amante se ha amansado- bromeó el doctor sobre la ausencia de arañazos en el cuello del muchacho en cuanto la puerta del despacho se cerró.

- Aquello terminó- aclaró Ulises.

- Vaya, lo siento- dijo el señor Peralta, y para aliviar algo la tensión, añadió: de todas maneras esas no eran formas de tratar a alguien tan delicado como usted-. Ambos sonrieron brevemente. Cuando se sentaron en las sillas, cada uno a su lado de la mesa, la seriedad había regresado a sus rostros. -¿De qué querías hablarme?- preguntó el doctor en el momento que llamaron a la puerta y Rosita, la criada, les llevó en una bandeja sendos vasos de agua de limón con hielos. Ulises esperó a que la puerta se volviera a cerrar de nuevo para contestar: es por lo del otro día.

- Cuénteme- dijo el doctor reclinándose en su asiento.

- Es eso, pero… no es eso- empezó a decir dubitativo el joven.

- Uy, nunca se me dieron bien las adivinanzas- relajó la situación Peralta. Ulises volvió a esbozar una sonrisa en sus labios carnosos antes de soltarse a hablar: no sé cómo lo ha sabido, con lo que me he esforzado yo todos estos años en que nadie pudiera sospechar nada, pero usted ya lo sabe, me gustan los hombres. Sólo usted y mi mamá lo saben… bueno, y él- dice Ulises y su mirada ascendente delata un viaje de la mente hacia otra parte. -El caso es que no es únicamente eso…- el joven trata de encontrar las palabras- o sí, no sé, estoy confundido. Antes de que fuera a visitarlo al consultorio yo ya… no era la primera vez, no se crea.-

- Mirá vos- le interrumpe el doctor. Ulises se toma las palabras del médico como una broma, vuelve a dejar asomar el brillo de sus dientes entre los labios y continúa: el caso es que cuando aquel hombre me hacía suyo, me sentía bien, pese al dolor y esas cosas, pero no terminaba de ser yo. Necesitaba algo más. Sólo me siento completamente yo cuando me visto de mujer, cuando me quedo solo en casa y me encierro en el cuarto de mi mamá y me pruebo sus ropas, cuando me pongo sus faldas, sus vestidos. ¿Eso ya sí es muy raro, verdad doctor? Un día que quedé con él acudí vestido de mujer y se enojó muchísimo, me insultó y me hizo las heridas que usted vio y otras que no le quise enseñar-.

El doctor Jacinto Peralta se sonríe por las confidencias de aquel muchacho que apenas está empezando a descubrir su sexualidad. Por unos instantes duda cómo abordar la situación hasta que finalmente se decide por tranquilizar al joven no dándole mayor importancia: usted pruebe, juegue, descúbrase, vístase de mujer si eso es lo que siente, pero no deje que nadie le amargue la existencia- le dice acompañándolo hacia la puerta.


- ¿Fernanda?- pregunta sorprendido el doctor.

- Fernanda- asiente el joven. Ese es el nombre con el que se refiere a la imagen vestido de mujer que le devuelve el espejo.

- Pero si es un horror, un nombre de mucama- dice alzando la voz Peralta, -eso sí que se lo voy a tener que cambiar- concluye riendo. El motivo de la nueva visita de Ulises a la casa del doctor ya no importa. Esas presencias se han hecho tan recurrentes que no es raro que el muchacho se quede a cenar con Doris y Beatriz, la esposa y la última hija del doctor, la única que permanece soltera. - ¿En serio Fernanda?- vuelve a preguntar Peralta. Ulises afirma con la cabeza, incapaz de aguantar la risa ante la cara de perplejidad del doctor. Finalmente ambos dejan explotar su complicidad en una sonora carcajada.

Aquella misma noche, tras un rato de sobremesa entre Ulises, el doctor, su esposa y la hija de estos, el joven y el señor Peralta se encierran en el despacho. A Doris le dice que esas visitas tan recurrentes, esas cenas que se alargan, y las horas muertas encerrados en el despacho son porque quiere hacer de aquel joven un hombre de provecho, que le da una mano porque el joven sirve, es inteligente y trabajador, y que con su ayuda podría ser alguien en la vida. Sin embargo en la bolsa que celosamente ha guardado el muchacho toda la velada junto a sus pies no hay libros, ni papeles con fórmulas o cálculos, sino ropas de mujer que ahora, en la soledad de aquel cuarto extrae con un gesto de felicidad y sumo cuidado, como si fueran preciadas reliquias. Es la primera vez que va a enseñar a alguien su yo más femenino. Ulises ha escogido voluntariamente situarse en un rincón, desvestirse tras el biombo del que dispone la consulta del doctor, quien, aparentemente distraído deja hacer al muchacho, no en vano lo ha visto desnudarse unas cuantas veces de igual manera en el trabajo, cuando se trataba de una enfermedad y había que auscultarlo o palparlo.

- ¿Una mujer con calzones?- el profesor Peralta no estaba tan despistado como parecía, y ha observado que entre las ropas que Ulises se iba quitando y colocaba sobre la parte alta de la pantalla no estaba la prenda interior. – Termine, que voy a ver si le puedo ayudar-.
El doctor abandonó la estancia y se dirigió hacia el cuarto de la lavandería, junto al fregadero, donde Rosita la criada se afanaba con la vajilla de la cena. El doctor se excusó, dijo que creía haber olvidado un papel importante en el bolsillo de la camisa que había dejado para lavar, eso le sirvió para rebuscar entre las ropas sucias buscando lo que necesitaba. Cuando regresó echó la llave a la puerta del despacho y al girarse encontró ya a Ulises transformado en Fernanda, con un vestido largo color verde oscuro y unos motivos marrones, tal vez flores, que parecía tener ya unos cuantos años pero no aparentaba mucho uso.

- Yo le traía esto- dijo sacando algo del bolsillo. El consultorio particular del doctor estaba tan sólo iluminado por una lámpara de mesa que dejaba en penumbra casi toda la habitación, y como lo que le enseñaba el doctor era poco más que una pelota de tela, a Ulises le costó entender que le estaba ofreciendo unas bragas. El joven estiró la mano con ilusión, nunca había tenido unas; coger prestadas las de su mamá para vestir a Fernanda le parecía demasiado. Quiso volver a esconderse detrás del biombo, pero la mano del doctor lo agarró del brazo:

- Recuerde, conmigo no hace falta que se esconda- le dijo. Ulises trató de levantar la amplia falda del vestido para quitarse los calzoncillos, pero una vez más el doctor Peralta le interrumpió: así no hombre, como las señoras. Venga que yo le ayudo. El médico caminó hasta situarse a la espalda de Ulises, este intentó seguir el recorrido, pero el ángulo y la sombra pronto le ocultaron. Sintió los dedos del doctor en la parte baja de su melena negra, junto a su nuca, y el sonido de la cremallera del cierre del vestido comenzando a bajar muy despacio. Siguió el recorrido guiándose por el roce del dorso de la mano del doctor bajando por su espalda. Cuando quiso darse cuenta, el vestido de su mamá estaba caído a sus pies. Volvió a escuchar los pasos del doctor, orbitó en torno a él y volvió a verlo aparecer hasta que se plantó frente a él. Con un gesto, sin decir nada, le hizo ver que debía terminar de desvestirse. Ulises comenzó a quitarse los calzoncillos con miedo. Volvía a quedarse desnudo ante un hombre, frente a un hombre se iba a vestir de Fernanda y el recuerdo de la dolorosa última vez que lo había hecho volvió a su mente. Su desnudez lo molestaba, enseguida se tapó sus partes con las manos, sin embargo el doctor Peralta no parecía darle importancia.

- Tiene una pija chiquita, no creo que le molesten demasiado. Son de Beatriz- le dijo tendiéndole en su mano abierta la prenda que le faltaba para que Fernanda fuera toda una mujer. Ulises actuó rápido, en apenas un par de movimientos las bragas estaban en su sitio y el vestido comenzando a subir. El doctor volvió a caminar, a situarse a su espalda; esta vez la mano del médico subió la cremallera desde la cintura hasta el cuello. En un silencio en el que Ulises casi podía oír el acelerado compás del corazón de Fernanda aguardó mientras Peralta lo miraba.

- Se ve linda- dijo por fin. Ulises/Fernanda sonrió, ni siquiera el roce en sus ingles de unas braguitas demasiado pequeñas podía molestarlo en aquel instante. – Creo que otras ropas le vendrían mejor, pero se ve linda. Algún día llevaré a Fernanda a comprar ropitas, si me permite, claro-. Ulises lucía un brillo mágico en sus ojos marrones. Hubiese abrazado al doctor, lo hubiera besado, a saber qué más le habría hecho si al doctor, claro, le hubiera gustado.


Cuando dejan atrás San Martín, Ulises gira la cabeza para ver alejarse el pueblo. Cuando después de días preguntándole cuando cumpliría lo prometido de llevarle de tiendas, se montaron en el auto, el joven supuso que no se quedarían en Villa Torre, donde los rumores vuelan y los secretos son tan difíciles de guardar, pero no imaginaba que el viaje sería tan largo. Hacía ya más de una hora que el doctor Peralta conducía su viejo Mercedes, los campos y las fincas desfilaban por las ventanillas y la marcha sólo se detuvo un instante en Casasnuevas para repostar y tomar un refresco en un puesto callejero. Para aquella salida Jacinto Peralta había pensado a lo grande, aunque no le había dicho nada a Ulises. Los ojos del joven se maravillaron cuando vieron aparecer los primeros carteles que indicaban la proximidad de la Capital Provincial. En aquellas tierras las distancias eran grandes y si no había necesidad de desplazarse, y casi nunca la había dada la tranquilidad de la vida que llevaban sus habitantes, viajar a la capital era algo que muchas gentes no hacían más que unas pocas veces a lo largo de su existencia y siempre por motivos importantes. El suyo lo era, al menos para Ulises. Acostumbrado a las casas bajas de su localidad, el muchacho miraba más tiempo hacia el cielo siguiendo la línea de los altos edificios que hacia el suelo. El doctor Peralta, más acostumbrado, tenía que apremiar a Ulises para que caminara. Delante de una enorme cristalera se detuvo; cuando Ulises llegó a su altura, sus ojos brillaron al ver los tres maniquíes que vestían aquellas ropas que le hacían fantasear. Las mujeres en Villa Torre, su madre incluida, acostumbraban a vestir vestidos largos, amplios, si acaso alguna blusa colorida y Ulises siempre había imaginado a su otro yo vestido como las mujeres que conocía. Sólo cuando veía alguna película extranjera, con aquellas mujeres sofisticadas y elegantes, se permitía soñar con otras vestimentas, aunque en su fuero interno supiera que nunca accedería a ellas. Por eso aquel día, cuando entraron en el almacén miró al doctor Peralta entre nervioso y emocionado.

Acostumbrado al trato personal de la tienda unisex de su pueblo, Ulises disfrutó paseándose por los colgadores, tocando las telas, observando colores y formas. Cuando una vendedora se les acercó, los nervios regresaron.

- ¿En qué puedo ayudarlos?- dijo la joven. Afortunadamente para Ulises, el doctor Peralta tomó las riendas de la conversación.

- Estábamos buscando algo de ropa para su hermana, que la semana que viene comienza a trabajar en un bufete de abogados- respondió el doctor con una seriedad que hizo reír a Ulises. Cuando la dependienta les hizo seguirla, el médico y el muchacho se miraron cómplices. Ya casi le daban igual las ropas, dejaba su vestimenta al antojo del profesor y de la vendedora.

- ¿Cómo secretaria?- preguntó la joven.

- Sí, sí, un despacho muy prestigioso- se apresuró a decir Peralta.

- Entonces le recomiendo una blusa blanca, satinada quizás, y una falda negra, ceñida. Aquí tienen algunas-.

- ¿Tú crees que le gustarán a Fernandita?- preguntó el doctor volviéndose hacia Ulises.

- Le encantarán- dijo él. La vendedora les indicó las distintas tallas, ellos dijeron que la hermanita tenía un tipo muy parecido al muchacho, que se apañarían, la joven les dejó solos tras decirles que si tenían cualquier problema la buscasen de nuevo. El doctor eligió el uniforme que la joven dependienta les había sugerido, superados quizás por las múltiples posibilidades de elección. Cuando a su lado pasó otra dependienta vestida con el mismo uniforme, el señor Peralta la detuvo: - discúlpeme, ¿tienen zapatos?-.

- Pa, Fernandita tiene unos pies muy grandes, capaz que aquí no tengan de su talla- interrumpió Ulises.

- Cierto- aceptó el doctor y dirigiéndose de nuevo a la vendedora, quiso saber: ¿y cosmética?-.

- Tercera planta- dijo brevemente ella.


Aquella noche era el estreno oficial de la nueva Fernanda. Habían pasado tres días desde el viaje a la Capital Provincial, tres días en los que Ulises no había dejado de aprovechar cada mínimo rato a solas para sacar del fondo de su armario las ropas nuevas y probárselas delante del espejo.

- Lástima de los zapatos- dice el doctor. Ulises/Fernanda se mira los pies. En verdad le hubiera gustado tener unos zapatitos negros, con un tacón muy fino y de entre siete y diez centímetros de altura, pero tiene unos pies particulares y no todo el calzado le sirve; probarse distintos pares en el gran almacén de la Capital hubiese significado desvelar el secreto, y además sus pies ya están hechos a los viejos zapatos que rescató de la basura de una vecina. – Por lo demás se ve divina- añade el profesor Peralta. Fernanda sonríe como sólo Ulises sabe hacerlo. Hace tan solo unos minutos que se encerraron en el despacho tras la enésima cena en casa del doctor. Se desnudó Ulises ya sin ocultarse, esperando ver por fin en el rostro de su pigmalion una pizca de deseo que le lleve a agradecerle todo lo que le está ayudando, pero Peralta parece tener prisa por ver a la nueva Fernanda. Le entrega las ropas, Ulises comienza a vestirse, primero las braguitas prestadas sin saberlo por la hija del doctor, que ya han cedido algo en holgura, después la falda; podría hacerlo él perfectamente, pero pide que sea Peralta quien suba la cremallera lateral, le gusta sentir las manos de un hombre tan cerca de sus caderas. Ulises se acerca a uno de los armarios con puerta de cristal repletos de frascos vacíos para colocarse la blusa. De repente le golpea la ausencia de pechos. Su rostro en el espejo improvisado se entristece. El doctor reacciona recogiendo los calcetines que se acaba de quitar el joven. Después abre un tirador del escritorio, rebusca, sabe que por ahí tiene que estar lo que busca.

- Ajá- su sonrisa se contagia a la de Fernanda cuando ve las vendas en la mano de Peralta. No es un sujetador de encaje pero servirá. Ulises sostiene los calcetines mientras el doctor, como si se tratara de un vulgar esguince, gira sobre su cuerpo rodeándolo con la gasa. Un corte, un esparadrapo y Fernanda tiene unos preciosos y pequeños pechos de tela. Luego se termina de abotonar la blusa blanca de satín.

Con eso sí que no puede ayudarla. El doctor, sentado cómodamente en su sillón, observa los dedos de Fernanda manejar el cepillito para las pestañas. Coloretes, pintalabios, sombra de ojos, todo estaba en el estuche que compraron en su excursión a la Capital, Ulises trajo el resto, unos pasadores para fijar el flequillo. El muchacho había adelantado parte del trabajo con una visita a la peluquería que amansara su encrespada melena. Fernanda se mira en un espejo pequeño que han colocado sobre la mesa del despacho, cerca de la única fuente de luz.

- ¿Qué tal?- pregunta Fernanda cuando termina. La respuesta del doctor es una mirada de orgullo ante su creación.


Le gustaría que el doctor la poseyera, aunque fuera como mujer, pero no se atreve a pedírselo. A cambio se sitúa a sus pies, o por mejor decir a los pies del sillón de la consulta que han sacado de detrás de la mesa y han colocado en mitad de la estancia sobre una alfombra. Permanecen en silencio, una vez completado el tránsito de Ulises a Fernanda pareciera que ya no tienen nada que decirse.

- ¿Cuál es su secreto?- pregunta inesperadamente Fernanda.

-¿Cómo?-.

- Sí, usted dijo un día que todos tenemos un secreto. Ya conoce el mío, me gustaría saber cual es el suyo- dice el muchacho levantando la vista hacia el doctor. Peralta duda, no porque no tenga secretos, sino que valora en un instante si es conveniente contarlo. Finalmente se decide.

- Beatriz-.

- ¿Cuál Beatriz, su hija?- Fernanda no comprende a que se refiere el doctor.

- Bien dices mi hija- comienza a contar Jacinto Peralta tras respirar profundamente. -Tú ya sabes que yo tengo tres hijas, Margarita, Amalia y Beatriz, pero sólo la menor es hija biológica mía-. Fernanda sigue en las ropas, pero es Ulises el que se gira, el que mira directamente al doctor tratando de adivinar de qué va aquella historia que le está contando y que no puede creer. -Margarita es hija de un compañero de trabajo, de cuando estuve destinado en La Ribera, Amalia de un viajante, creo. Podría ser de cualquier otro, aquellos tiempos no fueron buenos para mí. Ay Ulises- habla al muchacho pero la mirada la tiene perdida en algún punto de la oscuridad que envuelve el consultorio- era otra época. Cuando yo conocí a Doris, mi esposa, éramos unos niños. Nuestros respectivos padres eran amigos y siempre bromeaban diciendo que algún día nos casaríamos para unir las dos familias. Y así fue, ya ves, un poco por designación paterna. Yo creía estar enamorado, pero al llegar a la noche de bodas, entonces esas cosas se respetaban, descubrí que era incapaz de hacerle el amor. Mi cuerpo no respondía, pensé a llegar a pensar que era- hace una pausa, baja la mirada buscando la comprensión del muchacho, quien lo mira sin cerrar sus largas y maquilladas pestañas- que era, afeminado, un poco como vos, pero aunque lo probé tampoco me satisfacían los hombres. Estaba completamente perdido- dice, y su voz parece reflejar esa confusión-. Además estaba la presión, ¿para cuando los nenes? preguntaban cada dos por tres, y Doris… mi Doris. No podía hacerle eso, no podía abandonarla, desatenderla de aquella manera, por eso busqué quien lo hiciera por mí. Estanislao era un compañero del hospital, de mi misma promoción. Un joven serio, moreno, fuerte, pensé que le gustaría… A mí me encantaba verlo, cuando poseía a Dorita y ella gritaba de placer, y aquel miembro grueso, surcado por una vena tan marcada, era el hombre que yo no sabía ser. Cuando quedó embarazada interrumpimos los encuentros y al poco de nacer Margarita nos desplazamos aquí. Villa Torre es pequeño, tú lo conoces,- vuelve a mirar al joven buscando su confirmación- sabes lo difícil que es guardar un secreto, imagínate uno de este tamaño. Por eso nos desplazábamos, yo seguía sin poder y no faltaban voluntarios. Por eso te digo que no sé de quién es Amalia, mi Amalia del alma. Es mi preferida y las otras lo saben, pero no me importa…- dice divagando un poco. -No importaba quién, ni cuánto, mi única manera de disfrutar era viendo a Doris con otro hombre…-.

- ¿Le sigue gustando mirar?- pregunta interrumpiendo el relato Fernanda. El doctor Peralta se encoge de hombros.


Fernanda gira la cabeza y sonríe. En el asiento trasero Jacinto Peralta se extraña, de encontrar a Ulises travestido de buena mañana y por la calle, de verse en aquella camioneta de un azul tan gastado que parece blanca, de la presencia como conductor de un hombre, rondará los cuarenta y pico años, callado, tan callado que Peralta no recuerda si siquiera saludó al montar él, y que mira al frente como si en aquella recta interminable que se adentra en los campos fuera a encontrar de sopetón una curva. La camioneta gira a la izquierda poco después de que la señal de la radio se perdiera y se adentra en un camino de tierra compactada por la humedad de las últimas noches. Se dirigen a una granja, de eso a Peralta no le caben dudas, por aquellas tierras no hay otra cosa que granjas, pero todo lo demás son incógnitas: ¿para qué?, ¿qué hace él allí?, ¿Quién es ese hombre y porque Ulises/Fernanda se ha empeñado de aquel modo en que les acompañara?

Cuando la camioneta se detiene el motor sigue tosiendo unos segundos más, luego, cuando tiene que empujar con el hombro para que la puerta se abra, es la nada. Vacas, el ladrido de un perro y campos sin fin. Aquel hombre encabeza la marcha, Fernanda le sigue con la confianza de quien conoce el camino y Peralta cierra la marcha apresurándose para no quedar atrás. Cuando penetran en el cobertizo el doctor Peralta se extraña aún más de los dos candados que ha debido abrir el hombre en las cadenas que cerraban la puerta, allí sólo hay polvo, mierda de gallina y fotos recortadas de una revista deportiva de cuando Kempes y el piso cubierto de papelitos. Mirando a su alrededor el doctor casi se pierde cómo Fernanda se adelanta decidida y besa en los labios a aquel hombre. Después cuchichean, él no alcanza a oírlo. Ríen como enamorados trasteando. Se fija en las manos del hombre, grandes, en el momento que giran a Fernanda. Imagina que es hijo de unos granjeros, no hace falta mucho imaginar para pensar que él tiene sus secretos y que éste es el lugar donde los encierra. Sigue el movimiento de las manos levantando la falda negra de Fernanda que compraron en la Capital. Observa que lleva medias, después comprobará que las vendas de urgencia también han dado paso a un sostén real y se dice que el nuevo amante de Fernanda es generoso con su conquista. Se acerca tanto a su espalda que Fernanda da un respingo cuando siente a su hombre en su retaguardia. La manosea, Ulises gime en la voz de Fernanda y busca siempre el contacto con el bulto creciente en la entrepierna del hombre. Le hace girar la cabeza, besa su cuello, sus labios, las manos grandes del hombre se cuelan entre los botones de la blusa. Después la coge en aúpas, como si fuera un saco de pienso, juzga Peralta, pero Fernanda ríe.

Las manos de Fernanda se separan del pecho del hombre, palpan el colchón antes de que se apoye su espalda. Peralta se preocupa por la blancura de la blusa y el hombre solo piensa en dónde agarrar para desgarrar las medias. Cuando el sonido de la lycra rasgada llega a los tres, dobla las piernas de Fernanda y se deja caer sobre ella. Peralta apenas lo ve, es un escaso segundo en el que el hombre abre su bragueta y aparta las viejas braguitas de Beatriz que Ulises siempre usa, pero cree distinguir un pene que le recuerda a alguien, de cuando él también miraba.

Fernanda mira a su hombre en el momento en que la penetra, suspira y después gira su cabeza para descubrir atento a Peralta. Sabía que le seguiría gustando mirar. En cierta forma ella también es su hembra, pues ha sido el doctor quien ha hecho aflorar su lado más femenino, quien le ha animado a ser la mujer que aguardaba callada en su interior. Apenas siente crecer su polla pequeña, le gusta que sea así y que no le quiten la braguita, así no tiene siquiera que verla. Su mirada vuelve al hombre. Se acomodan recostándose en el colchón, Fernanda gira ligeramente las piernas para facilitar la tarea. El hombre vuelve a empujar, despacio, no quiere acometer con demasiada fuerza al ano de Fernanda. Peralta permanece de pie, observando. No se pregunta si le gusta o no, sólo sabe que Ulises es feliz de esa manera y eso a él le basta. Viendo caer el cuerpo de aquel hombre sobre su protegido una y otra vez, escuchando los gemidos que escapan de la boca de Fernanda, Peralta se distrae, su mente marcha por otros derroteros, quizás a otros tiempos. La respiración del hombre se hace densa, pesada, ni puede ni quiere aguantarse. Fernanda no dice nada, no lo anima a continuar ni a acabar, sólo gime con una voz aflautada y en su rostro se dibuja una ligera mueca de dolor de vez en cuando. Los movimientos del amante son un poco más intenso, Peralta aprecia que las manos sujetan con más fuerza el cuerpo de Fernanda, le observa un ligero temblequeo en las piernas que asciende hasta apoderarse de las caderas. No puede ver lo que pasa dentro del cuerpo de Ulises, pero intuye el momento. Un grito corto, grave, el cuerpo de aquel hombre se balancea dos, tres veces, luego cae sobre Fernanda, quien lo acoge gozosa. Peralta comienza a caminar hacia la salida en el momento en que el pene se vuelve flácido y un flujo de semen comienza a escapar del ano de Ulises.

- No se apure, disfruten, yo les espero en la camioneta- dijo Peralta sabiendo que su nueva hembrita, la que él ha contribuido a crear, ha conseguido encontrar lo que su falta de deseo no ha podido darle.