Mostrando entradas con la etiqueta descubrimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta descubrimiento. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de septiembre de 2021

¿Ya te vas?

- ¿Ya te vas?- dice y sus palabras detienen mi inercia. Quedo desnuda, sentada en el borde de la cama, ofreciéndole mi espalda salpicada de lunares. -Mujer, quédate un ratito más, hoy no tenemos prisa- añade al tiempo que sus manos comienzan a jugar usando los nudos de mi columna como una escalera por la que descender y volver a trepar. No sabe cuánto me duele ese añadido final, tanto que estoy tentada de devolverle la pregunta en forma de reproche: si no te hubieses ido ya, tendríamos más tiempo para todo. Pero me callo, y a cambio ladeo y bajo ligeramente la cabeza, ofreciendo mi mejilla al pasar de sus dedos, buscando algo que se asemeje a una caricia.

Antes de la pandemia hoy era jueves, día de visita. Ahora, todos los días se me parecen demasiado, con una videollamada programada a la semana como todo contacto. Quizás mi mente, anclada en el calendario, recuerde todavía las prisas de antaño, cuando debía abandonar esta cama y esta casa apresuradamente, dejando una estela de feromonas mal camufladas bajo el desodorante; quizás no, quizás ha sido simplemente observar sus manos ocupadas en el móvil, ausentes de mi cuerpo, lo que me ha impulsado a incorporarme de la cama. Da igual la razón, el caso es que ese brío para descorrer la sábana y escapar de su lado se ha esfumado, y ahora estoy pensativa y paralizada, sintiendo sus manos curtidas deslizándose por mi costado derecho, aventurándose más allá, hasta sentir el roce de sus dedos en mis senos. Ronroneo y abandonando toda resistencia a su abrazo me tiendo, muy despacio, hasta hacer reposar mi cabeza en su pecho. Su mano sigue el recorrido, hasta llegar a peinar unos cabellos demasiado descuidados, en los que las mechas rubias se pierden en el moreno natural clareado por las canas. En un gesto que no sé si interpretar como afecto o como cariño, me los aparta de la cara, los pasa por detrás de la oreja mientras repite mi nombre por triplicado, con una voz suave que acaba diluyéndose en un eco que sólo resuena en mi cerebro.

Recostada sobre su torso podría fijarme en las líneas rojizas, estelas que minutos atrás dejaba el vuelo de mis uñas en el cielo de su piel, podría aspirar el aroma a sexo, mucho más intenso allí donde las sábanas todavía guardan el secreto, hasta dejarme embriagar, pero no. Mi mirada se pierde en el armario empotrado que hay frente a la cama, al tiempo que la memoria se pone en marcha y él enrolla un dedo en mi pelo. Cuando lo conocí no buscaba estas muestras de ternura, tampoco el sexo furtivo con el que hemos llenado cualquier hueco de los últimos tres años. Fue en un grupo de apoyo, una pequeña reunión de personas con diversos problemas a la que me había derivado mi psicóloga. A él se le había matado un hermano en un accidente de moto y buscaba pasar el duelo; a mí una enfermedad que se nombra en siglas me iba dejando viuda a pequeñas dosis. No me atrevería a decir que al principio ni me fije en él. El grupo era pequeño y contemplar a un hombre como Rafael, de aspecto recio, duro, que ya sobrepasó la barrera de los cincuenta, llorar por una muerte inesperada y repentina era algo que llamaba mi atención. No sé, seguramente le dé demasiadas vueltas a las cosas, pero no me figuraba esa reacción desvalida en un hombre de su generación; los educan para ser fuertes, para no mostrar sus debilidades en público. Las débiles éramos nosotras, las que cargábamos con una casa, una familia, dos hijos adolescentes, mil cargas, un trabajo y un marido al que, por aquel entonces, la enfermedad estaba a punto de dejar en una silla de ruedas. Demasiado peso hasta para mi debilidad…

Las sesiones en el grupo debían transmitirme fortaleza para afrontar el desarrollo de la enfermedad de mi esposo, pero no estaba segura de que así fuese. Era un momento complicado; la pérdida de sensibilidad, el deterioro motor, los problemas se iban sumando a la vuelta de cada consulta médica y el grupo era testigo directo, escuchaba mis narraciones, apoyaba en silencio o comparaba experiencias. Fue un día, tras dos semanas sin acudir a la reunión de los martes; todos comenzaron a preguntarme por mi marido: ¿está bien?, ¿ha pasado algo? Entonces surgió su voz: y tú ¿cómo estás? Levanté la cabeza y lo miré. No respondí porque no tenía respuesta. Desde el diagnóstico yo no existía, y todavía tardaría un tiempo en darme cuenta de que yo seguía viva. Hasta entonces la enfermedad de mi esposo, de Carlos, su desarrollo, saber que un día dejaría de hablarme, que, pese a las esperanzas de los médicos, su situación continuaría empeorando progresivamente hasta un día dejarme sola, lo compensaba con el amor, con los recuerdos, con los cuidados para intentar mantener su calidad de vida; entonces no me daba cuenta que empleaba todas mis fuerzas tratando de mantener un precario equilibrio, aferrándome a una balanza en la que las cargas pesaban demasiado y acabarían arrastrándome. Hoy, ahora que el dedo índice de Rafael ha dejado de jugar en mi pelo y se ha unido al resto de la mano para viajar con lentitud por las curvas de mi costado izquierdo, sigo sin tener una respuesta muy clara a aquella pregunta que me hizo. Simplemente dejo que me acaricie con suavidad mientras trato de que en mi mente una niebla difumine los recuerdos dolorosos.

Hubo una primera vez, claro, siempre hay una primera vez. Una primera vez en la que dejé a mi marido en el centro de día al cuidado de los fisioterapeutas y acudí a otra casa, a otro hombre, a otras manos, a otro sexo. Aunque en realidad ese primer encuentro importa poco, basta con decir que fue lo bastante reconfortante como para repetir y lo suficientemente

contradictorio como para retrasar la nueva cita un par de semanas. Si me tuviera que quedar con algo de aquellos primeros tiempos, elegiría los silencios y las miradas. Un silencio cómplice, un silencio que me hablaba, que me decía estoy aquí para lo que necesites, también para eso. Y unas miradas que fueron las que hicieron que esto ocurriera; una mirada fuerte pero que no me intimidaba, una mirada cálida que abrigaba mi tragedia, una mirada que me hizo volver a ser. Sucedió una tarde, después de la sesión en el grupo. Me había quedado junto a un par de mujeres más y él a tomar algo en una cafetería cerca del gabinete; para hablar, dijimos, de temas distintos a los que nos habían hecho conocernos, aunque invariablemente acabáramos hablando de lo de siempre. Supongo que le aburríamos con nuestra cháchara, tanto que la mente se le perdió en cualquier pensamiento y fue a posar sus ojos en el primer botón desatado de mi blusa, en el inicio de un escote que ni siquiera era tal, un poco más abajo que donde mi mano jugueteaba con el colgante de la cadenita mientras escuchaba atenta a mis compañeras de mesa. Cuando reparé en su mirada mi primera reacción fue de una callada indignación. No quería montar un numerito, pero disimuladamente abroché el botón y entonces sus ojos salieron del ensimismamiento y encontraron los míos llenos de furia; fue entonces cuando su mirada me mató. Entre desvalida y cargada de argumentos, culpable pero no arrepentida, una mirada que despertó en mí algo que creía muerto y enterrado. Más aún cuando terminado el café, salimos del local y caminando hacia la parada del autobús nos quedamos a solas y se disculpó a su manera:

- Perdóname, he sido un grosero, no era mi intención molestar, pero no he podido evitar mirarte-.

Aquella frase se repetía en mi cerebro por la noche, mientras me desnudaba antes de irme a la cama. Los niños dormían, mi marido estaba en el dormitorio y yo, frente al espejo del baño, me preguntaba si su falsa disculpa era otra cosa que un halago a mis pechos. En mi mundo, la pasión sólo había existido con mi marido y hacía ya tiempo, antes incluso del maldito diagnóstico, que la vida había ido soterrándola bajo otras formas de amar. Reconocer el deseo ajeno en una mirada que se posa sobre mí, era algo para lo que no creía valer. No soy una mujer de bandera, con mis cuarenta años largos, mi físico desatendido, mi pasado monótono, mi alterado presente y un futuro con incierta pero segura fecha de caducidad. Sin embargo, eso a Rafael no le retraía; en cada reunión del grupo, en las sesiones que se alargaban en torno a un café, en los breves pasos que nos conducían al parquin o al autobús, sus miradas seguían estando presentes. Como todo él, como mis reparos, mis dudas, mis miedos, mis no puede ser. Pero estaban, y a pesar de que entonces no creyera necesitar más de su anatomía que el hombro que me ofrecía para enjugar mis lágrimas, el poder de su mirada me iba envolviendo con algo que no sé bien definir, como cuando nos acostamos y me folla como si quisiera hacerme el amor: intenso pero delicado, furtivo pero inevitable.

Tal vez la primera vez fuera producto de mi debilidad. O tal vez no, y simplemente mis necesidades se atrevieron donde mi cerebro no osaba. Una necesidad de piel y orgasmos que se hizo presente en el torbellino que era mi cuerpo esos días. Amaba a mi marido, le prestaba todas las atenciones de que era capaz, rezaba porque un milagro detuviera el avance de la enfermedad, pero todo lo que él ya no podía darme se me acumulaba en los sentidos. Quería tocar y que me tocaran, necesitaba sentir una piel sin masajes y crema hidratante de por medio, quería oler, morder, chupar; quería volver a experimentar todas esas pequeñas cosas que no te das cuenta que tienes hasta que las pierdes. Aquellas miradas, su presencia constante, habían hecho que mi cuerpo reclamase algo que la vida me negaba; mi única salida para saciar mis sentidos era él, Rafael. Después de aquella primera vez, se me desató un juego de fuerzas que tiraban de mí en direcciones contrarias y amenazaban con partirme por la mitad. De un lado, el cerebro, la moral, mi vida, y por otro ese deseo de volver a sentir aquellos dedos aferrándose como garras a mi carne, escuchar su respiración fatigada tan pegada a mi oído, observar el sudor que le brota y la vena hinchada surcando su frente y sentir el orgullo de ser yo quien le pone en ese estado. Aunque esta tarde, con mi cabeza usando su respirar cadencioso como almohada y sus manos encaramadas a la cima roma de mis caderas, no haga falta decir quién ganó ese pulso interno, tengo que reconocer que me costó encontrar ese sosiego interno, ese equilibrio entre lo necesario y lo permitido, entre mi vida y estas cuatro paredes.

Mi cuerpo, pequeño y cansado, ajado por los años que se acumulaban en forma de cartucheras o esbozos de arrugas, se ofrecía por primera vez a un extraño, a alguien por el que no sabría decir qué sentía. Y sí, resultaba extraño, torpe, incluso cómico, vivir reacciones diferentes a las acostumbradas, no adivinar los momentos, aprender de nuevo a mi edad. Y sí, también era doloroso tener en la mente y en la comisura de los labios, agazapado, dispuesto a escaparse al menor descuido, el nombre de mi marido y no el de aquel que se encaramaba a mi cuerpo y hundía su sexo en mi sexo. Pero era tan poderosamente adictivo… .

Todo. El corazón que se desboca y salta en el pecho al llegar a su casa, las sonrisas tímidas, las conversaciones de ascensor, ese comenzar a desnudarme casi a escondidas, retraída, como si no fuese a pasar lo que iba a pasar, como si el tiempo transcurrido desde la primera vez no existiese, como si estos encuentros para escapar de la realidad no se hubieran ya institucionalizado. Y sentir, claro, toda esa adrenalina acumulada desde el último encuentro desbordándose de nuevo. Tener su sexo endureciéndose en contacto con mis muslos, dejar que mis manos aprendan una nueva geografía. Olvidarme, de mí, de mi marido, anestesiar los recuerdos, negar mi presente, inventarme otro futuro y sentir. Sobre todo, sentir. Colgarme de aquel brazo resistente que se me ofrece, ser yo, por una vez, a quien sostengan y osar rasgarle el hombro con las uñas; ver su reacción, cómo se crece en el castigo y sus caderas adquieren nuevos bríos para martillearme con mayor insistencia. Gozar. Atreverme con su pene en mi boca, sorprenderle con modelitos que sin él no usaría jamás, forzar las posturas de mi cuello hasta la tortícolis para no dejar de comprobar que el deseo se le escapa por los ojos. Sentir también sus manos amasando mis senos, y el festín que se da de vez en cuando en mi cuerpo, el calor que me invade y que se alía con la humedad para precipitarse finalmente en un chaparrón de flujos. Todo. Cada mínima parte de estos encuentros míos con Rafael, de esta nueva rutina secreta, privada, la siento con una intensidad nueva, distinta. Follar con este hombre al que la vida me puso en el camino es un escape, una liberación. Es agarrarme a la vida con todas mis fuerzas. Aunque únicamente sea durante un rato, aunque al volver a pisar la calle mi mundo de siempre siga derrumbado, estos minutos son para mí.

Por eso impuse las conversaciones insustanciales del después, para no terminar hablando de mi marido; no así, no aquí, no quiero manchar su nombre y mi conciencia con el sudor y los restos de fluidos pegados en la piel. Es la única regla de estos encuentros: lo demás no importa, sólo yo, sólo nosotros, poder celebrar la vida juntos y olvidarme de todo lo demás. Rafael lo respeta; o lo respetaba. Hoy, el tiempo le ha llevado a conocer mis reacciones, presiente que hay novedades, que algo me roe por dentro. Aunque sigo con la cabeza apoyada en su cuerpo, aunque el único horizonte que alcanza a ver mi vista es la loma que forma la sábana recogida sobre sus muslos, yo también intuyo su curiosidad, esas ganas de saber, esas frases que otras veces en el último segundo detenían las dudas y que hoy parecen incontenibles. Lo va a hacer, lo sé, su vientre se ha hundido bajo mi cara al coger aire, va a romper con una pregunta para la que no existe respuesta el equilibrio que tanto me costó alcanzar:

- Miriam, ¿cómo sigue todo con…?-. Lo ha hecho, y he tenido que reaccionar rápido; mis labios capturan su pene, y comenzando a succionar hago que de su boca salga un prolongado gemido en lugar del nombre de mi esposo. 

viernes, 25 de junio de 2021

Ulises y el doctor


El doctor Peralta apenas si separó la cabeza del papel para mirarlo de manera inquisitorial por el escaso hueco que quedaba entre la montura de la gafa y la ceja. Cuando Ulises le habló estaba a punto de terminar de rellenar las recetas de los medicamentos para la mamá del muchacho, y con la pluma suspendida medio centímetro sobre el papel se había quedado petrificado al escuchar a aquel joven, que más que un enfermo más, era el último de una saga de pacientes a los que el doctor Jacinto Peralta había atendido desde que se hiciera cargo del dispensario médico de Villa Torre. Por eso, porque conocía al chiquillo desde antes incluso de nacer, la petición de Ulises le había dejado tan descolocado. Como si la quietud del doctor se fuese a romper al oír su voz, el joven Ulises repitió:

- Necesito hacerme la prueba del sida-. Con lo que le había costado romper su timidez para decirlo la primera vez, repetir la frase era casi un castigo. El doctor Peralta terminó de firmar las recetas que a medio completar aguardaban su pluma, las ojeó para comprobar que todo era correcto, aparentemente ajeno a lo que Ulises le había pedido, y finalmente se dignó a levantar la cabeza y mirar el rostro nervioso que se dibujaba al otro lado del escritorio.

- ¿Quién es la muchacha?- quiso saber el médico. Ulises, sentado en el extremo delantero de la silla se balanceó un poco, movió la cabeza ligeramente, se atusó el cabello, moreno, largo, siempre tan bien peinado y hoy un tanto revuelto y sucio, bajó la cabeza y no respondió. -¿No me quiere decir?, no se apure, yo le firmo el volante y listo. Usted venga mañana para hacerle la extracción y ya le dirán-. El doctor Peralta habló con un tono bonachón, luciendo una sonrisa amplia que tal vez pretendía tranquilizar a Ulises, aunque éste apenas si levantó la mirada del piso ya cuando el doctor ponía el capuchón a la pluma y la guardaba en el bolsillo del pecho de su chaqueta.


La angustia de tres días de espera se reflejaba en el andar pesado de Ulises cuando entró en el consultorio para recoger sus análisis. La enfermera que lo atendió cuando fue a sacarse la sangre lo notó nervioso. Le preguntó si le asustaba aquello y Ulises negó con la cabeza; lo que realmente le aterraba era saber que al cabo de un par de días volvería a estar allí, esperando el veredicto en forma de papel. Cuando se acercó al mostrador y vio que era la misma enfermera que la otra vez, sintió un cierto alivio por no tener que contar a nadie más el motivo de sus visitas. Sin embargo cuando llegó su turno, la enfermera le indicó que el doctor Peralta había pedido sus análisis y se los entregaría en persona. Instintivamente Ulises giró la cabeza, y al ver cerrada la puerta del despacho del doctor, se dijo que todavía podía huir. Para su desdicha, la enfermera había actuado por él, llamando por línea interna a su jefe y amablemente le decía: puede pasar, el doctor lo está esperando.

Como un fantasma colgado del perchero, lo primero que vio Ulises fue la bata blanca del médico. Luego su mirada siguió un camino ya conocido por los títulos y diplomas que poblaban las paredes y entre los que se colaban un par de acuarelas de paisajes de campo que bien podrían ser los que se extendían por kilómetros más allá de las últimas casas de Villa Torre. Finalmente la mirada de Ulises dio con el doctor Peralta. Vestido impecablemente con camisa blanca, corbata azul marino y con la chaqueta negra colocada en el respaldo del asiento, lo miraba atentamente mientras el joven Ulises caminaba los pocos pasos que le restaban hasta ocupar su plaza al otro lado de la mesa.

- Siéntese, ¿cómo siguen sus padres?- preguntó para romper el hielo.

- Bi…bien- titubeó Ulises.

- Me alegro- dijo el doctor antes de que el silencio se instalase en la estancia. Cuando por fin el doctor hizo ademán de abrir el primero de los cajones de su escritorio, Ulises no pudo evitar seguir ansioso el recorrido de la mano. Ahí estaban, en ese sobre blanco que el doctor sostenía, con su nombre y apellido garabateados en la parte frontal, concentrados todos sus miedos y angustias. -Salió negativo- dijo el médico en un tono que no correspondía con la buena noticia. Ulises respiró y estiró el brazo para alcanzar el sobre, pero en ese momento el doctor Peralta retiró la mano en la que sujetaba los resultados del análisis. ¿Ahora sí me va a contar?- preguntó. Ulises apartó otra vez la mirada, como tantas veces. Siempre había sido un chico tímido, educado, cortés, buen estudiante, pero terriblemente tímido. No hablaba si no era estrictamente necesario, y mucho menos era proclive a contar sus intimidades, ni siquiera al doctor, ni siquiera ahora que tenía una buena noticia.

- ¿Usted sabe quién fue Hipócrates, Ulises?-

El joven niega con la cabeza todavía gacha.

- Hipócrates fue un médico de la antigua Grecia, ya ve. Uno de los primeros doctores famosos. ¿Y tampoco sabrá entonces en que consiste el juramento hipocrático, claro? Consiste en que el doctor no puede revelar información sobre sus pacientes, así que conmigo Ulises puedes estar tranquilo, tu secreto estará a salvo. Siempre lo había sospechado, no sabría decirle por qué, pero siempre lo había intuido, tal vez por sus maneras delicadas, por su apego a su mamá, siempre junto a ella. O tal vez por esos pelos que me lleva, siempre tan largos,- el doctor se había puesto en pie y caminando por el despacho había llegado al lado de Ulises- aunque dicen que ahora es la moda así, qué sé yo si soy un viejo cincuentón- dijo riendo. El joven Ulises Regueiro, al sentir la presencia del doctor junto a él y sus palabras desvelando sin preocupaciones su secreto, se había armado de valor para levantar la vista y seguir el recorrido aleatorio del doctor. – Lo ve, siempre lo he sabido y nunca me ha preocupado, ni siquiera cuando hace años su mamá vino a verme asustada, queriéndome decir pero sin atreverse a hacerlo, pero el otro día, cuando vino a pedirme lo que me pidió, me extrañó de usted. Por eso le pregunté lo de la muchacha, por si se animaba a contarme algo, aunque bien sabía yo que no era ninguna muchacha, al menos ninguna de Villa Torre. Ya ve… todos tenemos secretos, pero el suyo no lo es para mí, así que conmigo no tiene que falsear su ser. En primer lugar porque no es asunto mío, ni de nadie,- añadió- y en segundo lugar porque no pasa nada, mi hijo. Si acaso, y si me acepta un consejo- el doctor buscó la complicidad en la mirada del muchacho- búsquese uno que no sea tan salvaje- concluyó señalando con la mano los arañazos que Ulises tenía en la parte lateral izquierda del cuello y que había intentado disimular subiendo su camisa. Avergonzado e instintivamente el joven se llevó la mano para cubrir los restos de su último encuentro sexual.

No sabría determinar si habían pasado segundos o minutos, pero en un momento dado Ulises sintió la necesidad de levantarse. Lo hizo ligero y extrañamente hablador: mi mamá dice que debería ir al psiquiatra-. El doctor lucía una sonrisa limpia cuando acompañándolo a la puerta le dijo: si necesita hablar con alguien, venga a verme, acá o mejor en mi casa. Y ya me ocuparé yo de hablar con su mamá cuando se mejore.


Cuando un par de semanas después Ulises lo llamó, Jacinto Peralta lo citó directamente en su casa. Todo el mundo en Villa Torre conocía cuál era la casa del médico, de hecho era tan frecuente que las urgencias llegasen allí como al consultorio. Cuando el joven llegó, el doctor lo recibió elegantemente vestido, con un pantalón oscuro, una camisa celeste y un pañuelo de seda asomando del bolsillo de la chaqueta. Lo hizo pasar, preguntó si quería tomar algo, e insistiendo tras la primera negativa de Ulises, finalmente se dirigió a la sirvienta pidiendo que le llevaran al despacho dos aguas de limón. Por teléfono no habían hablado del motivo de la visita, ni uno se animó a confesarlo ni el otro quiso saberlo, aunque los dos sabían de qué se trataba.

- Veo que su amante se ha amansado- bromeó el doctor sobre la ausencia de arañazos en el cuello del muchacho en cuanto la puerta del despacho se cerró.

- Aquello terminó- aclaró Ulises.

- Vaya, lo siento- dijo el señor Peralta, y para aliviar algo la tensión, añadió: de todas maneras esas no eran formas de tratar a alguien tan delicado como usted-. Ambos sonrieron brevemente. Cuando se sentaron en las sillas, cada uno a su lado de la mesa, la seriedad había regresado a sus rostros. -¿De qué querías hablarme?- preguntó el doctor en el momento que llamaron a la puerta y Rosita, la criada, les llevó en una bandeja sendos vasos de agua de limón con hielos. Ulises esperó a que la puerta se volviera a cerrar de nuevo para contestar: es por lo del otro día.

- Cuénteme- dijo el doctor reclinándose en su asiento.

- Es eso, pero… no es eso- empezó a decir dubitativo el joven.

- Uy, nunca se me dieron bien las adivinanzas- relajó la situación Peralta. Ulises volvió a esbozar una sonrisa en sus labios carnosos antes de soltarse a hablar: no sé cómo lo ha sabido, con lo que me he esforzado yo todos estos años en que nadie pudiera sospechar nada, pero usted ya lo sabe, me gustan los hombres. Sólo usted y mi mamá lo saben… bueno, y él- dice Ulises y su mirada ascendente delata un viaje de la mente hacia otra parte. -El caso es que no es únicamente eso…- el joven trata de encontrar las palabras- o sí, no sé, estoy confundido. Antes de que fuera a visitarlo al consultorio yo ya… no era la primera vez, no se crea.-

- Mirá vos- le interrumpe el doctor. Ulises se toma las palabras del médico como una broma, vuelve a dejar asomar el brillo de sus dientes entre los labios y continúa: el caso es que cuando aquel hombre me hacía suyo, me sentía bien, pese al dolor y esas cosas, pero no terminaba de ser yo. Necesitaba algo más. Sólo me siento completamente yo cuando me visto de mujer, cuando me quedo solo en casa y me encierro en el cuarto de mi mamá y me pruebo sus ropas, cuando me pongo sus faldas, sus vestidos. ¿Eso ya sí es muy raro, verdad doctor? Un día que quedé con él acudí vestido de mujer y se enojó muchísimo, me insultó y me hizo las heridas que usted vio y otras que no le quise enseñar-.

El doctor Jacinto Peralta se sonríe por las confidencias de aquel muchacho que apenas está empezando a descubrir su sexualidad. Por unos instantes duda cómo abordar la situación hasta que finalmente se decide por tranquilizar al joven no dándole mayor importancia: usted pruebe, juegue, descúbrase, vístase de mujer si eso es lo que siente, pero no deje que nadie le amargue la existencia- le dice acompañándolo hacia la puerta.


- ¿Fernanda?- pregunta sorprendido el doctor.

- Fernanda- asiente el joven. Ese es el nombre con el que se refiere a la imagen vestido de mujer que le devuelve el espejo.

- Pero si es un horror, un nombre de mucama- dice alzando la voz Peralta, -eso sí que se lo voy a tener que cambiar- concluye riendo. El motivo de la nueva visita de Ulises a la casa del doctor ya no importa. Esas presencias se han hecho tan recurrentes que no es raro que el muchacho se quede a cenar con Doris y Beatriz, la esposa y la última hija del doctor, la única que permanece soltera. - ¿En serio Fernanda?- vuelve a preguntar Peralta. Ulises afirma con la cabeza, incapaz de aguantar la risa ante la cara de perplejidad del doctor. Finalmente ambos dejan explotar su complicidad en una sonora carcajada.

Aquella misma noche, tras un rato de sobremesa entre Ulises, el doctor, su esposa y la hija de estos, el joven y el señor Peralta se encierran en el despacho. A Doris le dice que esas visitas tan recurrentes, esas cenas que se alargan, y las horas muertas encerrados en el despacho son porque quiere hacer de aquel joven un hombre de provecho, que le da una mano porque el joven sirve, es inteligente y trabajador, y que con su ayuda podría ser alguien en la vida. Sin embargo en la bolsa que celosamente ha guardado el muchacho toda la velada junto a sus pies no hay libros, ni papeles con fórmulas o cálculos, sino ropas de mujer que ahora, en la soledad de aquel cuarto extrae con un gesto de felicidad y sumo cuidado, como si fueran preciadas reliquias. Es la primera vez que va a enseñar a alguien su yo más femenino. Ulises ha escogido voluntariamente situarse en un rincón, desvestirse tras el biombo del que dispone la consulta del doctor, quien, aparentemente distraído deja hacer al muchacho, no en vano lo ha visto desnudarse unas cuantas veces de igual manera en el trabajo, cuando se trataba de una enfermedad y había que auscultarlo o palparlo.

- ¿Una mujer con calzones?- el profesor Peralta no estaba tan despistado como parecía, y ha observado que entre las ropas que Ulises se iba quitando y colocaba sobre la parte alta de la pantalla no estaba la prenda interior. – Termine, que voy a ver si le puedo ayudar-.
El doctor abandonó la estancia y se dirigió hacia el cuarto de la lavandería, junto al fregadero, donde Rosita la criada se afanaba con la vajilla de la cena. El doctor se excusó, dijo que creía haber olvidado un papel importante en el bolsillo de la camisa que había dejado para lavar, eso le sirvió para rebuscar entre las ropas sucias buscando lo que necesitaba. Cuando regresó echó la llave a la puerta del despacho y al girarse encontró ya a Ulises transformado en Fernanda, con un vestido largo color verde oscuro y unos motivos marrones, tal vez flores, que parecía tener ya unos cuantos años pero no aparentaba mucho uso.

- Yo le traía esto- dijo sacando algo del bolsillo. El consultorio particular del doctor estaba tan sólo iluminado por una lámpara de mesa que dejaba en penumbra casi toda la habitación, y como lo que le enseñaba el doctor era poco más que una pelota de tela, a Ulises le costó entender que le estaba ofreciendo unas bragas. El joven estiró la mano con ilusión, nunca había tenido unas; coger prestadas las de su mamá para vestir a Fernanda le parecía demasiado. Quiso volver a esconderse detrás del biombo, pero la mano del doctor lo agarró del brazo:

- Recuerde, conmigo no hace falta que se esconda- le dijo. Ulises trató de levantar la amplia falda del vestido para quitarse los calzoncillos, pero una vez más el doctor Peralta le interrumpió: así no hombre, como las señoras. Venga que yo le ayudo. El médico caminó hasta situarse a la espalda de Ulises, este intentó seguir el recorrido, pero el ángulo y la sombra pronto le ocultaron. Sintió los dedos del doctor en la parte baja de su melena negra, junto a su nuca, y el sonido de la cremallera del cierre del vestido comenzando a bajar muy despacio. Siguió el recorrido guiándose por el roce del dorso de la mano del doctor bajando por su espalda. Cuando quiso darse cuenta, el vestido de su mamá estaba caído a sus pies. Volvió a escuchar los pasos del doctor, orbitó en torno a él y volvió a verlo aparecer hasta que se plantó frente a él. Con un gesto, sin decir nada, le hizo ver que debía terminar de desvestirse. Ulises comenzó a quitarse los calzoncillos con miedo. Volvía a quedarse desnudo ante un hombre, frente a un hombre se iba a vestir de Fernanda y el recuerdo de la dolorosa última vez que lo había hecho volvió a su mente. Su desnudez lo molestaba, enseguida se tapó sus partes con las manos, sin embargo el doctor Peralta no parecía darle importancia.

- Tiene una pija chiquita, no creo que le molesten demasiado. Son de Beatriz- le dijo tendiéndole en su mano abierta la prenda que le faltaba para que Fernanda fuera toda una mujer. Ulises actuó rápido, en apenas un par de movimientos las bragas estaban en su sitio y el vestido comenzando a subir. El doctor volvió a caminar, a situarse a su espalda; esta vez la mano del médico subió la cremallera desde la cintura hasta el cuello. En un silencio en el que Ulises casi podía oír el acelerado compás del corazón de Fernanda aguardó mientras Peralta lo miraba.

- Se ve linda- dijo por fin. Ulises/Fernanda sonrió, ni siquiera el roce en sus ingles de unas braguitas demasiado pequeñas podía molestarlo en aquel instante. – Creo que otras ropas le vendrían mejor, pero se ve linda. Algún día llevaré a Fernanda a comprar ropitas, si me permite, claro-. Ulises lucía un brillo mágico en sus ojos marrones. Hubiese abrazado al doctor, lo hubiera besado, a saber qué más le habría hecho si al doctor, claro, le hubiera gustado.


Cuando dejan atrás San Martín, Ulises gira la cabeza para ver alejarse el pueblo. Cuando después de días preguntándole cuando cumpliría lo prometido de llevarle de tiendas, se montaron en el auto, el joven supuso que no se quedarían en Villa Torre, donde los rumores vuelan y los secretos son tan difíciles de guardar, pero no imaginaba que el viaje sería tan largo. Hacía ya más de una hora que el doctor Peralta conducía su viejo Mercedes, los campos y las fincas desfilaban por las ventanillas y la marcha sólo se detuvo un instante en Casasnuevas para repostar y tomar un refresco en un puesto callejero. Para aquella salida Jacinto Peralta había pensado a lo grande, aunque no le había dicho nada a Ulises. Los ojos del joven se maravillaron cuando vieron aparecer los primeros carteles que indicaban la proximidad de la Capital Provincial. En aquellas tierras las distancias eran grandes y si no había necesidad de desplazarse, y casi nunca la había dada la tranquilidad de la vida que llevaban sus habitantes, viajar a la capital era algo que muchas gentes no hacían más que unas pocas veces a lo largo de su existencia y siempre por motivos importantes. El suyo lo era, al menos para Ulises. Acostumbrado a las casas bajas de su localidad, el muchacho miraba más tiempo hacia el cielo siguiendo la línea de los altos edificios que hacia el suelo. El doctor Peralta, más acostumbrado, tenía que apremiar a Ulises para que caminara. Delante de una enorme cristalera se detuvo; cuando Ulises llegó a su altura, sus ojos brillaron al ver los tres maniquíes que vestían aquellas ropas que le hacían fantasear. Las mujeres en Villa Torre, su madre incluida, acostumbraban a vestir vestidos largos, amplios, si acaso alguna blusa colorida y Ulises siempre había imaginado a su otro yo vestido como las mujeres que conocía. Sólo cuando veía alguna película extranjera, con aquellas mujeres sofisticadas y elegantes, se permitía soñar con otras vestimentas, aunque en su fuero interno supiera que nunca accedería a ellas. Por eso aquel día, cuando entraron en el almacén miró al doctor Peralta entre nervioso y emocionado.

Acostumbrado al trato personal de la tienda unisex de su pueblo, Ulises disfrutó paseándose por los colgadores, tocando las telas, observando colores y formas. Cuando una vendedora se les acercó, los nervios regresaron.

- ¿En qué puedo ayudarlos?- dijo la joven. Afortunadamente para Ulises, el doctor Peralta tomó las riendas de la conversación.

- Estábamos buscando algo de ropa para su hermana, que la semana que viene comienza a trabajar en un bufete de abogados- respondió el doctor con una seriedad que hizo reír a Ulises. Cuando la dependienta les hizo seguirla, el médico y el muchacho se miraron cómplices. Ya casi le daban igual las ropas, dejaba su vestimenta al antojo del profesor y de la vendedora.

- ¿Cómo secretaria?- preguntó la joven.

- Sí, sí, un despacho muy prestigioso- se apresuró a decir Peralta.

- Entonces le recomiendo una blusa blanca, satinada quizás, y una falda negra, ceñida. Aquí tienen algunas-.

- ¿Tú crees que le gustarán a Fernandita?- preguntó el doctor volviéndose hacia Ulises.

- Le encantarán- dijo él. La vendedora les indicó las distintas tallas, ellos dijeron que la hermanita tenía un tipo muy parecido al muchacho, que se apañarían, la joven les dejó solos tras decirles que si tenían cualquier problema la buscasen de nuevo. El doctor eligió el uniforme que la joven dependienta les había sugerido, superados quizás por las múltiples posibilidades de elección. Cuando a su lado pasó otra dependienta vestida con el mismo uniforme, el señor Peralta la detuvo: - discúlpeme, ¿tienen zapatos?-.

- Pa, Fernandita tiene unos pies muy grandes, capaz que aquí no tengan de su talla- interrumpió Ulises.

- Cierto- aceptó el doctor y dirigiéndose de nuevo a la vendedora, quiso saber: ¿y cosmética?-.

- Tercera planta- dijo brevemente ella.


Aquella noche era el estreno oficial de la nueva Fernanda. Habían pasado tres días desde el viaje a la Capital Provincial, tres días en los que Ulises no había dejado de aprovechar cada mínimo rato a solas para sacar del fondo de su armario las ropas nuevas y probárselas delante del espejo.

- Lástima de los zapatos- dice el doctor. Ulises/Fernanda se mira los pies. En verdad le hubiera gustado tener unos zapatitos negros, con un tacón muy fino y de entre siete y diez centímetros de altura, pero tiene unos pies particulares y no todo el calzado le sirve; probarse distintos pares en el gran almacén de la Capital hubiese significado desvelar el secreto, y además sus pies ya están hechos a los viejos zapatos que rescató de la basura de una vecina. – Por lo demás se ve divina- añade el profesor Peralta. Fernanda sonríe como sólo Ulises sabe hacerlo. Hace tan solo unos minutos que se encerraron en el despacho tras la enésima cena en casa del doctor. Se desnudó Ulises ya sin ocultarse, esperando ver por fin en el rostro de su pigmalion una pizca de deseo que le lleve a agradecerle todo lo que le está ayudando, pero Peralta parece tener prisa por ver a la nueva Fernanda. Le entrega las ropas, Ulises comienza a vestirse, primero las braguitas prestadas sin saberlo por la hija del doctor, que ya han cedido algo en holgura, después la falda; podría hacerlo él perfectamente, pero pide que sea Peralta quien suba la cremallera lateral, le gusta sentir las manos de un hombre tan cerca de sus caderas. Ulises se acerca a uno de los armarios con puerta de cristal repletos de frascos vacíos para colocarse la blusa. De repente le golpea la ausencia de pechos. Su rostro en el espejo improvisado se entristece. El doctor reacciona recogiendo los calcetines que se acaba de quitar el joven. Después abre un tirador del escritorio, rebusca, sabe que por ahí tiene que estar lo que busca.

- Ajá- su sonrisa se contagia a la de Fernanda cuando ve las vendas en la mano de Peralta. No es un sujetador de encaje pero servirá. Ulises sostiene los calcetines mientras el doctor, como si se tratara de un vulgar esguince, gira sobre su cuerpo rodeándolo con la gasa. Un corte, un esparadrapo y Fernanda tiene unos preciosos y pequeños pechos de tela. Luego se termina de abotonar la blusa blanca de satín.

Con eso sí que no puede ayudarla. El doctor, sentado cómodamente en su sillón, observa los dedos de Fernanda manejar el cepillito para las pestañas. Coloretes, pintalabios, sombra de ojos, todo estaba en el estuche que compraron en su excursión a la Capital, Ulises trajo el resto, unos pasadores para fijar el flequillo. El muchacho había adelantado parte del trabajo con una visita a la peluquería que amansara su encrespada melena. Fernanda se mira en un espejo pequeño que han colocado sobre la mesa del despacho, cerca de la única fuente de luz.

- ¿Qué tal?- pregunta Fernanda cuando termina. La respuesta del doctor es una mirada de orgullo ante su creación.


Le gustaría que el doctor la poseyera, aunque fuera como mujer, pero no se atreve a pedírselo. A cambio se sitúa a sus pies, o por mejor decir a los pies del sillón de la consulta que han sacado de detrás de la mesa y han colocado en mitad de la estancia sobre una alfombra. Permanecen en silencio, una vez completado el tránsito de Ulises a Fernanda pareciera que ya no tienen nada que decirse.

- ¿Cuál es su secreto?- pregunta inesperadamente Fernanda.

-¿Cómo?-.

- Sí, usted dijo un día que todos tenemos un secreto. Ya conoce el mío, me gustaría saber cual es el suyo- dice el muchacho levantando la vista hacia el doctor. Peralta duda, no porque no tenga secretos, sino que valora en un instante si es conveniente contarlo. Finalmente se decide.

- Beatriz-.

- ¿Cuál Beatriz, su hija?- Fernanda no comprende a que se refiere el doctor.

- Bien dices mi hija- comienza a contar Jacinto Peralta tras respirar profundamente. -Tú ya sabes que yo tengo tres hijas, Margarita, Amalia y Beatriz, pero sólo la menor es hija biológica mía-. Fernanda sigue en las ropas, pero es Ulises el que se gira, el que mira directamente al doctor tratando de adivinar de qué va aquella historia que le está contando y que no puede creer. -Margarita es hija de un compañero de trabajo, de cuando estuve destinado en La Ribera, Amalia de un viajante, creo. Podría ser de cualquier otro, aquellos tiempos no fueron buenos para mí. Ay Ulises- habla al muchacho pero la mirada la tiene perdida en algún punto de la oscuridad que envuelve el consultorio- era otra época. Cuando yo conocí a Doris, mi esposa, éramos unos niños. Nuestros respectivos padres eran amigos y siempre bromeaban diciendo que algún día nos casaríamos para unir las dos familias. Y así fue, ya ves, un poco por designación paterna. Yo creía estar enamorado, pero al llegar a la noche de bodas, entonces esas cosas se respetaban, descubrí que era incapaz de hacerle el amor. Mi cuerpo no respondía, pensé a llegar a pensar que era- hace una pausa, baja la mirada buscando la comprensión del muchacho, quien lo mira sin cerrar sus largas y maquilladas pestañas- que era, afeminado, un poco como vos, pero aunque lo probé tampoco me satisfacían los hombres. Estaba completamente perdido- dice, y su voz parece reflejar esa confusión-. Además estaba la presión, ¿para cuando los nenes? preguntaban cada dos por tres, y Doris… mi Doris. No podía hacerle eso, no podía abandonarla, desatenderla de aquella manera, por eso busqué quien lo hiciera por mí. Estanislao era un compañero del hospital, de mi misma promoción. Un joven serio, moreno, fuerte, pensé que le gustaría… A mí me encantaba verlo, cuando poseía a Dorita y ella gritaba de placer, y aquel miembro grueso, surcado por una vena tan marcada, era el hombre que yo no sabía ser. Cuando quedó embarazada interrumpimos los encuentros y al poco de nacer Margarita nos desplazamos aquí. Villa Torre es pequeño, tú lo conoces,- vuelve a mirar al joven buscando su confirmación- sabes lo difícil que es guardar un secreto, imagínate uno de este tamaño. Por eso nos desplazábamos, yo seguía sin poder y no faltaban voluntarios. Por eso te digo que no sé de quién es Amalia, mi Amalia del alma. Es mi preferida y las otras lo saben, pero no me importa…- dice divagando un poco. -No importaba quién, ni cuánto, mi única manera de disfrutar era viendo a Doris con otro hombre…-.

- ¿Le sigue gustando mirar?- pregunta interrumpiendo el relato Fernanda. El doctor Peralta se encoge de hombros.


Fernanda gira la cabeza y sonríe. En el asiento trasero Jacinto Peralta se extraña, de encontrar a Ulises travestido de buena mañana y por la calle, de verse en aquella camioneta de un azul tan gastado que parece blanca, de la presencia como conductor de un hombre, rondará los cuarenta y pico años, callado, tan callado que Peralta no recuerda si siquiera saludó al montar él, y que mira al frente como si en aquella recta interminable que se adentra en los campos fuera a encontrar de sopetón una curva. La camioneta gira a la izquierda poco después de que la señal de la radio se perdiera y se adentra en un camino de tierra compactada por la humedad de las últimas noches. Se dirigen a una granja, de eso a Peralta no le caben dudas, por aquellas tierras no hay otra cosa que granjas, pero todo lo demás son incógnitas: ¿para qué?, ¿qué hace él allí?, ¿Quién es ese hombre y porque Ulises/Fernanda se ha empeñado de aquel modo en que les acompañara?

Cuando la camioneta se detiene el motor sigue tosiendo unos segundos más, luego, cuando tiene que empujar con el hombro para que la puerta se abra, es la nada. Vacas, el ladrido de un perro y campos sin fin. Aquel hombre encabeza la marcha, Fernanda le sigue con la confianza de quien conoce el camino y Peralta cierra la marcha apresurándose para no quedar atrás. Cuando penetran en el cobertizo el doctor Peralta se extraña aún más de los dos candados que ha debido abrir el hombre en las cadenas que cerraban la puerta, allí sólo hay polvo, mierda de gallina y fotos recortadas de una revista deportiva de cuando Kempes y el piso cubierto de papelitos. Mirando a su alrededor el doctor casi se pierde cómo Fernanda se adelanta decidida y besa en los labios a aquel hombre. Después cuchichean, él no alcanza a oírlo. Ríen como enamorados trasteando. Se fija en las manos del hombre, grandes, en el momento que giran a Fernanda. Imagina que es hijo de unos granjeros, no hace falta mucho imaginar para pensar que él tiene sus secretos y que éste es el lugar donde los encierra. Sigue el movimiento de las manos levantando la falda negra de Fernanda que compraron en la Capital. Observa que lleva medias, después comprobará que las vendas de urgencia también han dado paso a un sostén real y se dice que el nuevo amante de Fernanda es generoso con su conquista. Se acerca tanto a su espalda que Fernanda da un respingo cuando siente a su hombre en su retaguardia. La manosea, Ulises gime en la voz de Fernanda y busca siempre el contacto con el bulto creciente en la entrepierna del hombre. Le hace girar la cabeza, besa su cuello, sus labios, las manos grandes del hombre se cuelan entre los botones de la blusa. Después la coge en aúpas, como si fuera un saco de pienso, juzga Peralta, pero Fernanda ríe.

Las manos de Fernanda se separan del pecho del hombre, palpan el colchón antes de que se apoye su espalda. Peralta se preocupa por la blancura de la blusa y el hombre solo piensa en dónde agarrar para desgarrar las medias. Cuando el sonido de la lycra rasgada llega a los tres, dobla las piernas de Fernanda y se deja caer sobre ella. Peralta apenas lo ve, es un escaso segundo en el que el hombre abre su bragueta y aparta las viejas braguitas de Beatriz que Ulises siempre usa, pero cree distinguir un pene que le recuerda a alguien, de cuando él también miraba.

Fernanda mira a su hombre en el momento en que la penetra, suspira y después gira su cabeza para descubrir atento a Peralta. Sabía que le seguiría gustando mirar. En cierta forma ella también es su hembra, pues ha sido el doctor quien ha hecho aflorar su lado más femenino, quien le ha animado a ser la mujer que aguardaba callada en su interior. Apenas siente crecer su polla pequeña, le gusta que sea así y que no le quiten la braguita, así no tiene siquiera que verla. Su mirada vuelve al hombre. Se acomodan recostándose en el colchón, Fernanda gira ligeramente las piernas para facilitar la tarea. El hombre vuelve a empujar, despacio, no quiere acometer con demasiada fuerza al ano de Fernanda. Peralta permanece de pie, observando. No se pregunta si le gusta o no, sólo sabe que Ulises es feliz de esa manera y eso a él le basta. Viendo caer el cuerpo de aquel hombre sobre su protegido una y otra vez, escuchando los gemidos que escapan de la boca de Fernanda, Peralta se distrae, su mente marcha por otros derroteros, quizás a otros tiempos. La respiración del hombre se hace densa, pesada, ni puede ni quiere aguantarse. Fernanda no dice nada, no lo anima a continuar ni a acabar, sólo gime con una voz aflautada y en su rostro se dibuja una ligera mueca de dolor de vez en cuando. Los movimientos del amante son un poco más intenso, Peralta aprecia que las manos sujetan con más fuerza el cuerpo de Fernanda, le observa un ligero temblequeo en las piernas que asciende hasta apoderarse de las caderas. No puede ver lo que pasa dentro del cuerpo de Ulises, pero intuye el momento. Un grito corto, grave, el cuerpo de aquel hombre se balancea dos, tres veces, luego cae sobre Fernanda, quien lo acoge gozosa. Peralta comienza a caminar hacia la salida en el momento en que el pene se vuelve flácido y un flujo de semen comienza a escapar del ano de Ulises.

- No se apure, disfruten, yo les espero en la camioneta- dijo Peralta sabiendo que su nueva hembrita, la que él ha contribuido a crear, ha conseguido encontrar lo que su falta de deseo no ha podido darle.

viernes, 16 de octubre de 2020

Alivio de luto

Isabel rompe la distancia y la rutina diaria de sus despedidas y se acerca para besarlo en un gesto que a él le coge por sorpresa. No son sino dos castos besos en la mejilla, tan solo dos besos cordiales entre compañeros de trabajo, dos besos que a Isabel le sirven para comprobar que eso que llevaba un tiempo sintiendo, no sabe cuánto, es verdad. Dos besos para saberse de nuevo lista, todavía ignora si para el amor, al menos para el sexo. Dos besos que, aquella noche, cuando aburrida de pasar canales y canales en el televisor sin encontrar nada de su agrado, se acueste resignada en su cama, demasiado grande, demasiado fría, guiarán sus manos. Dos besos y diez dedos que se aliarán con su mente para recomponer el recuerdo de Pedro, para recuperar el calor que le nace en el vientre en su presencia, para ponerle cuerpo y cara y ojos color avellana y unos hombros fuertes a ese sentimiento extraño que no sabe interpretar. 

Porque cariño a Pedro le ha tenido desde hace tiempo, incluso antes de faltar Santi. Lo conoce desde hace años, desde que empezó a trabajar en la empresa. Pedro era entonces casi un chiquillo y ella una mujer con una vida estable y unos sentimientos muy firmes por su marido Santiago. Quizás por eso ahora le cuesta más interpretar lo que siente, porque el afecto y el aprecio han estado siempre presentes, pero no son lo que guía hoy su mano por debajo del pijama y la hace posarse, dubitativa, sobre su propio sexo. Isabel corre la manta y la sábana, porque con este calor no puede pensar y necesita tener la mente fría para recordar cuando nace esa atracción. No antes, ni durante la enfermedad de Santi, tampoco cuando él ya no estuvo pero sí Pedro, como todos los demás, apoyándola, diciéndole que tenía que ser fuerte y seguir adelante porque todavía era joven y la vida larga. Tampoco lo ubica al volver al trabajo y reencontrarlo tras unos meses de baja. Quizás sea una cosa momentánea, tal vez ni siquiera Pedro tenga que ver con ello y sea todo cosa suya… 

Incluso por un instante se avergüenza de haber mezclado a Santi y a Pedro en su mente, pero es tan sólo eso, unas milésimas de ¿quién sabe? lucidez. Luego vuelve a instalarse el calor, que nada tiene que ver con el ambiente, un calor que nace de ella misma y que le hace apretar los muslos y encerrar su mano sobre su coño. Hace tanto que esta clase de juegos no pueblan su vida que no sabe cómo tiene que hacerlo. Intuye que tiene que ser algo rápido, movido por la excitación del momento, pero no quiere que sea así. Quiere sentirse, sentir esa mezcla del calor que sube y la humedad que baja por su cuerpo, quiere sentir la incomodidad de la braguita pegándosele a la piel. Quiere tomarse el tiempo necesario para que los gemidos se formen en su garganta y mezclado con ellos escape el susurro de un nombre, qué importa si es el de Pedro. Quiere cerrar los ojos e imaginar que es la mano de su compañero de trabajo la que acaricia sus senos, baja por su vientre hasta dibujar la forma de sus caderas; quiere abrirlos y sorprenderse viendo que es su propia mano la que se cuela bajo la tela de su ropa interior. Quiere sentir la tormenta en su mente, mezcla de recuerdos, necesidades y sentimientos. Quiere ser fuerte o dejarse llevar únicamente por lo que siente en aquel momento. 

Entonces un dedo, quizás el más decidido, se asomará tímidamente en su sexo, deteniéndose el reloj del tiempo perdido, e Isabel dará un respingo. Lo sacará, e inmediatamente lo regresará a su vagina porque era eso lo que necesitaba sentir. Empujará débilmente y al poco al primer dedo le acompañará un segundo de su mano diestra, mientras la otra mano agarrará su muñeca no sabiendo si detener la invasión o empujar con más ganas. Pero ya no habrá marcha atrás, porque lo que siente en ese momento en su cama se parece bastante a lo que experimenta cuando tiene delante a Pedro y lo mira como nunca antes lo había mirado. Es similar pero es mucho más intenso, porque esa noche no es confusión mental, también sensaciones en su cuerpo. Y tal vez cuando el calor que la abrasa termine y el sueño la pueda, se permita pensar en la cara de Pedro sobrevolando la suya, y en sus manos agarradas a unos hombros o unas caderas fuertes y masculinas, pero ahora no. 

Ahora sabe que no es otro el cuerpo que se aloja en el suyo. Sabe que son sus dedos, que se mueven decididos, impetuosos. Que sus pensamientos no son coherentes, que ya nos los controla, que manda su instinto y abandonada a él, Isabel se mueve como una autómata. Se agita torpemente, tirando de la parte inferior de su pijama, también de la braga, porque todo le estorba y le dificulta los movimientos. Sólo su mano sabe cómo moverse, provocándole caídas de párpados y gritos en la noche. Por momentos siente que lo hace mal, porque no experimenta lo mismo que cuando Santi la penetraba, pero en otras ocasiones sus dedos alcanzan alguna terminación nerviosa en particular que la hace retorcerse sobre el colchón y eso no lo puede expresar con palabras, sólo con gemidos. 

Quizás más adelante, tal vez otras noches se anime a más, pero ahora le basta con un par de dedos. Entrando, saliendo, girando, moviéndose a su antojo, guiados únicamente por la naturaleza, porque de joven Isabel no… porque eran otros tiempos y lo que hace esta noche en la soledad de su habitación era pecado mortal y enseguida conoció a Santiago, con el que hacían otras cosas... En fin, que nadie le enseñó, ni le aconsejó, ni necesitó leerlo en ningún libro, pero cree que lo hace bien. O al menos de manera efectiva. Porque el entrar y salir de sus dedos, y el continuo frotar de su otra mano, hace ya tiempo que ha convertido su coño en un manantial, y a estas alturas ya no se acuerda de Santi, ni fantasea con Pedro, aunque los dos estén presentes en algún rincón de su mente. Sus piernas se estiran o se repliegan como movidas por un resorte que sus dedos activaran allá adentro, y puede que a Isabel en otro momento eso le pareciera gracioso, pero esa noche sólo siente calor subiendo por su cuerpo, hasta sofocarle la cara. Por un instante lleva una de sus manos hasta aplastar su pecho, a apretarlo, a pellizcar el pezón entre sus dedos cuando la retira. Pero es tan solo un instante, porque enseguida la devuelve a su sexo y la empuja con más ganas. Ya se siente cerca. 

Al terminar se siente extraña, también un poquito culpable. El calor va poco a poco desapareciendo, su cuerpo recuperando su estado normal, su mente repoblándose de miles de pensamientos, muchos contradictorios. Isabel recompone sus ropas, está demasiado fatigada como para saber qué siente. Sólo sabe dos cosas: que en el charquito que moja su sábana y sobre el que dormirá esa noche hay miles de matices y está recargado de sabores, y que la próxima vez, porque habrá próxima vez, eso lo tiene claro, necesitará una toalla o una lengua que recoja lo que emane de su coño.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Testimonio

- Jamás, Paco nunca me puso la mano encima, si es eso lo que usted quiere saber. Discutíamos, claro, como todas las parejas, pero nunca me trató mal. Sin embargo, con él era todo tan monótono, tan aburrido…Precisamente por eso fuimos allí. Fíjese, si le digo la verdad y con la perspectiva de estos meses, a mí también me parece raro… Paco y yo en un club de intercambio…Pero entonces nos parecía la última oportunidad de acabar con toda aquella monotonía. No crea que era algo meramente sexual, no, más bien al contrario. Con el tiempo habíamos aprendido a conocernos, a saber qué nos gustaba del otro y de nosotros mismos y nuestras relaciones eran, como suelen decir, satisfactorias. Sin embargo, poco a poco, aquello también estaba siendo conquistado por el hastío, por eso lo hicimos, como el que apuesta a la desesperada lo poco que le queda. 


Tengo que reconocer que no fue como esperábamos, al menos al principio. Estábamos como perdidos en ese ambiente, con todas aquellas luces y aquellas sombras, usted puede imaginar, y esa gente, nosotros, que hacía años que no íbamos ni a una discoteca… Entonces fue cuando los conocimos, Graciela y Fernando. Ella es argentina, bueno, eso usted ya lo debe saber. Con ese acento tan gracioso y ese cuerpo tan proporcionado… me gustó en cuanto la vi. Para Paco, para mí. A mí las mujeres antes no… no vaya a creer usted, pero ella es de esos seres que te cautivan de buenas a primeras. También Fernando es un hombre atractivo, tan alto y serio, con las canas justas y ese cuerpo… no voy a decir atlético, pero para su edad está en forma, al menos a mí me lo parecía, aunque yo, acostumbrada a Paco, usted dirá. Pero sobre todo ella. El caso es que nos hicieron tilín. Nos invitaron a una copa y charlamos. Él es ingeniero, ella no trabaja. Se habían conocido en unas clases de baile. Tango, por supuesto. Les contamos que era nuestra primera vez, ellos, claro, ya tenían algo de experiencia. El caso es que si teníamos que hacerlo quisimos que fuera con ellos, tan simpáticos, de buen ver, y de nuestra edad, aunque Graciela creo que tiene cinco o seis años menos. 

Al cabo de un rato pasamos al reservado. Usted perdone, pero es que esa palabra, reservado, me hace gracia, parece que una hubiera llamado y la estuvieran esperando. En realidad era una habitación bastante simple, con algún espejo y una cama enorme y terriblemente alta, tan alta que al sentarme con las piernas cruzadas mi cuerpo se venció hacia atrás. No me sentí ridícula porque Graciela dijo algo, ahora no recuerdo qué, para hacerme sentir bien. Ella siempre tiene la palabra justa, en cada momento. Nos repartimos como creímos que debíamos hacerlo, yo con Fernando y mi marido con ella. Los observé un poco, al principio, no mucho, porque cuando Fernando empezó con las caricias y los besos, no sé, me abandoné. ¿Cómo dice?, ¿que puedo obviar los detalles? A mi me parece que son importantes. Me desnudó con decisión pero sin prisas, como dejándome acostumbrar. La parte superior de mi vestido se enrolló en la cintura, él besó mis pechos, me reclinó sobre el colchón. Me sentí incómoda, pero no por mí, sino por él, por mis kilos de más, porque mi piel no es tersa como aparentaba la de Graciela. Sin embargo él parecía encantado. Cuando hice ademán de desnudarme de cintura para abajo me pidió que no me quitase las medias, pensé que querría rompérmelas y me dio pena, mire usted qué tontería, porque eran unas medias buenas. Pero no, algún defecto tendrá digo yo, pero no es de esos. Se incorporó, levantó mis piernas, y después de dejar caer los zapatos comenzó a besarme los pies. El empeine concretamente. Y de ahí, usted comprenderá, fue bajando. Si al principio me hacía cosquillas, después ya no sé qué era lo que sentía. Besó mis muslos como si fuesen firmes y torneados, luego dejó que terminara de desnudarme. 

Mientras él se desvestía mi mirada buscó por la habitación a Paco y Graciela. Estaban sentados en un sillón, ella sobre él, me pareció que desnudos, no sé si ya habrían empezado…usted ya me entiende. Fernando volvió a mí ya desnudo. Sus manos se posaron en mi tronco, comenzó a acariciarme. Se arrodilló junto a mi cabeza, yo ladeé la cara, supuse que era eso lo que estaba aguardando. No sabría decirle si tenía un pene grande o simplemente normal, yo cerré los ojos, abrí la boca y lo acogí. Me ayudaba de la mano y movía mi cabeza despacio, sintiéndolo en mis dientes, en la lengua. Él no decía nada, tan sólo de vez en cuando pasaba alguno de sus dedos para retirarme el cabello que me caía sobre la cara, supongo que disfrutaba. 

Él nunca dejó de recorrer con su mano mi piel. Al principio eran caricias sin más, perdidas en cualquier parte, luego ya fue concentrando sus intenciones en otros lugares, los pechos, mis pezones. Cuando su mano bajó hasta mi sexo, cerré las piernas reteniéndola ahí. De inmediato salió de mi boca, había adivinado que lo necesitaba en otra parte…Abrí los ojos para asistir al momento y vi, sobre la cama, un espejo que devolvía nuestra imagen, Paco y Graciela en su rincón, puede que hubieran cambiado de postura, no sé, con los reflejos no crea que me aclaro mucho… Lo que sí tengo claro es que estaba yo en el centro, yo con Fernando. Volví a cerrar los ojos, a perderme en mi penumbra, de todas formas para sentir su avance en mis tripas no necesitaba de muchos espejos…No sabría decirle, es extraño, porque yo sentía más o menos lo mismo que siempre, pero era distinto. Es decir, el calor era el mismo, por ejemplo, y los gemidos cuando sientes ese algo más intenso, y la boca seca, pero al tiempo era diferente, como si al pasar por mi cerebro los chispazos que se extienden por todo el cuerpo tuvieran otros matices. Es difícil de explicar. 

No sabría precisar cuánto tiempo había pasado, a mí me pareció que poco, aunque igual hacía ya media hora que estábamos en el reservado, cuando al abrir los ojos de nuevo me encontré la sonrisa de Graciela volando sobre mí. Apenas había comenzado a sudar, y en aquel cuarto hacía calor, yo por lo menos estaba empapada, ¿de qué se ríen? Ah, perdón, mejor ponga que estaba sudorosa. Busqué con la mirada a mi marido, quería fulminarlo, reprocharle que hubiera terminado ya, no aquella vez, no con ellos. Sin embargo él estaba de espaldas, ajeno, volviendo a subirse el calzoncillo. Graciela comprendió mi frustración y me calmó con un beso, recuerdo que mascaba un chicle de clorofila. Al poco Paco salió de la habitación medio desnudo y dejándose la puerta abierta a por bebida. Si él había terminado, yo no estaba dispuesta a seguirle esta vez. Sobre todo entonces, que al incansable martilleo de Fernando se unía ella, con sus besos, sus miradas, sus caricias que sabían penetrar mucho más allá de la piel. 

Ya le he dicho que a mi las mujeres antes no me atraían, pero ya no sé, igual es que nunca había estado con ninguna. El caso es que con Graciela no tenía que decir nada, ella parecía adivinar en cada momento lo que necesitaba. Fue ella la que pidió a Fernando que parara. Se tumbó sobre mí, sus pechos perdiéndose entre mis tetas, su vientre calmado contra el mío tan agitado, su coño imberbe frotándose contra mi pubis. Me sentía extraña, pero me sentía bien. No se retiró cuando Fernando volvió a la carga. Agradecí que, pudiendo entrar en el cuerpo de su chica volviera al mío. La breve pausa le había donado nuevos bríos. Me dolió tener que dejar de sentir el roce de su piel sobre la mía cuando con unos andares felinos caminó sobre la cama a cuatro patas. La vi acercarse; si me hubiera ofrecido su sexo hubiera aleteado en él, lo habría explorado con mis dedos, aunque no supiera cómo hacerlo. Pero no, tomó mi cabeza y la posó en su regazo, entre sus muslos, su coño como almohada. Quedó frente a Fernando, yo tumbada entre ellos. Veía la mirada de él, viajando desde mi cuerpo hasta la cara de Graciela. Luego él se tumbó sobre mí, levantándose sobre los brazos para no cesar de caer en mí. Hasta el final, una última tanda quizás más intensa. Luego ella se retiró, las mandíbulas de Fernando todavía estaban apretadas, le sacó el preservativo y exprimió hasta que un par de gotas espesas mojaron mi vientre. No sabría decirle cómo me sentí. Extraña, pero bien en cualquier caso. Cuando Paco regresó ya habíamos terminado, aunque remoloneábamos todavía desnudos jugando los tres. 

Repetimos el encuentro un par de veces más, la primera también en el club, la segunda ya en su casa. Siempre con el mismo formato, nos separábamos por parejas, hasta que Paco terminaba siempre demasiado pronto y Graciela se unía a nosotros. La última vez incluso Fernando tuvo que terminar lo que mi marido había dejado a medias. Estando con ellos me sentía satisfecha, también en ese sentido que está usted pensando, pero mucho más allá. Me gustaba estar con ellos, tenían mundo, habían viajado, sabían hacer otras cosas que Paco y yo ni imaginábamos… Fue entonces cuando sucedió. Graciela me llamó, querían verme, a mí sola, sin Paco, recuerdo que dijo exactamente vos sola, sin tu marido, ¿sería posible? Yo no sabía qué pensar, con ellos me lo pasaba estupendamente, pero a la vez… Paco era Paco. Por eso, aunque me habían pedido que no le comentara nada, se lo dije. Le conté, ha llamado Graciela, a ti te excita verme con otras personas, le pregunté. Creo que no lo entendió, que al oír aquello él sólo pensaba en los pechos pequeños de Graciela, en sus labios carnosos, en volver a acostarse con ella. Entonces fue cuando me di cuenta, que para acceder a su mundo Paco estaba de más, que me era un estorbo, que tenía que quitármelo de en medio… ¿Me entiende ahora, señoría?

domingo, 28 de junio de 2020

Selfie

Imagino sus labios, esos que acaba de dejar marcados en mi mejilla, descendiendo por mi cuello, encaramándose a mis pechos, atreviéndose más abajo del ombligo y siento un quemazón en mi cuerpo que me hace revolverme en el asiento. El móvil chirría y ahí está la foto, mi cara y a apenas tres centímetros, la de mi amiga Carla, y en mi moflete izquierdo la forma perfecta de sus perfectos labios. 

- ¡Qué guay ha quedado, tía!- le digo sin atreverme a confesarle nada. Esa noche, después de que la foto haya circulado por todos los teléfonos de la clase, de haber recopilado mil y un me gusta, de haber escuchado por parte de todas las chicas lo guapas que salimos y después de alguna que otra confidencia de chicos que también quisieran tener los labios de Carla tan cerca de los suyos, yo cogeré el móvil en la penumbra de mi cuarto y mis manos en silencio harán realidad la fantasía. 

Cerraré los ojos y rememoraré el momento, esas décimas de segundo que pasaron a cámara lenta en las que Carla se aproxima a mi cara, el temblor que me recorre por dentro sin exteriorizarse por fuera, sus labios calientes contra mi piel de porcelana apretando para dejar bien marcado el pintalabios. La foto salió perfecta al primer intento, aunque yo hubiera deseado muchas repeticiones, hubiera deseado que Carla no se retirara riendo, hubiera deseado que aquello no fuera simplemente un juego de adolescentes. O si, me hubiera gustado que aquello fuera, nuestro, otro tipo de juego. Por eso imagino el brazo de Carla, no sujetando el teléfono a la distancia idónea para un encuadre perfecto, sino apoyándose en mi hombro, rodeándome, atrayéndome hacia su cuerpo. Lo imagino después descendiendo por mi espalda, abrazando mi cintura, posándose en mi culo. Entonces cruzo las piernas y aprieto los muslos todo lo fuerte que puedo empezando a sentir algo parecido a lo que deseo. 

Me invade un calor como el que escapaba de los labios entreabiertos de Carla, como el que desprende todo su cuerpo, su tez cobriza, sus rasgos marcados. Un calor que imagino cobijándome desde que hace tres años irrumpió en clase. Ella no sabe nada, claro, nadie lo sabe, ni siquiera en mi casa. Me preguntan todos si tengo novio, si todavía no tengo novio, si ya tengo novio, y yo me pongo colorada, con un tono de rojo que contrasta con el blanco de las perlas esféricas de mis pendientes, un colorado que se difumina en los contornos de los rizos que forma mi pelo detrás de las orejas. Un colorado que desaparece cuando, de noche y en mi cama, imagino el cuerpo de Carla sobre el mío. Desearía que fueran sus manos y no las mías las que se cuelan bajo el pijama, las que se atreven a amasar los pechos, suspiraría por que fueran sus dedos los que pellizcaran los pezones. 

Mi cabeza se estira y mi espalda se arquea sobre el colchón imaginando mi torso desnudo y los labios granates de Carla descendiendo por él. Me cubro con el edredón para que los gemidos no resuenen más allá de mi fantasía. La mano va bajando, mis dedos están extrañamente fríos, contrastan con el calor que me invade. La cara de Carla aparece en mi sueño pronunciando mi nombre con ese seseo latino que tanto me gusta. Estoy desnuda frente a ella pero no siento vergüenza, únicamente deseo. Imagino otra vez sus labios, llenando de manchas rojizas cada rincón de mi cuerpo, rehidratándose en mi boca. Mi mano sigue reptando por la piel, deslizándose bajo la goma del pantalón, sintiendo el tacto sedoso de las braguitas. En mi mente estamos como en el reguetón que le gusta escuchar, sin pijama, y riendo y moviéndonos torpemente imitando pasos de baile, hasta que sus manos agarran mis caderas, y siento el roce de sus pechos pequeños en mi piel y sus labios en mis nalgas. Mis piernas se van relajando, destrabándose, abriéndose ligeramente, porque ya son los dedos los encargados de transformar en placer mi imaginación desbordante. Rozo mi clítoris y siento que es Carla quien lo hace; repito la operación y veo su cara sonriéndome desde mi cintura. Me figuro su boca sobre mi sexo y de la comisura de mis labios escapan su nombre y un gemido que se pierden en la oscuridad de mi cuarto. Siento que es su lengua y no mis dedos los que transportan la humedad a mi coño; mi mano se mueve autónoma, abriendo los labios, frotando el clítoris. Carla no lo sabe, cuando estamos juntas en clase, en el centro comercial, por la calle, lo escondo, pero siempre es ella quien se invita a mis mejores sueños. 

Como un impulso, casi una posesión, mi cuerpo se dobla, me siento en la cama haciendo caer el edredón. Necesito incorporar la mano izquierda. Bajo ligeramente el pijama para no dar de sí la tela y aparto la braga, poco más que las yemas de dos de mis dedos se adentran en la vagina, mientras que la otra mano estimula con destreza mi pipa. Después siento la necesidad de hundir los dedos, de acelerar los gestos. Me follo. Mi cuerpo se tensa, la respiración se agita, mi mente se va nublando poco a poco y mis manos cobran vida propia. Por un segundo soy sólo físico, temblores y descargas, justo después mi cerebro se va iluminando, veo el rostro de Carla cada vez más cercano, hasta que no es más que labios. Entonces extiendo yo también los míos y siento mil sabores en mi boca.