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martes, 6 de abril de 2021

Bollería industrial

Salto de vídeo en vídeo sin soportar más de medio minuto. Podría concederles una oportunidad, llegar al clímax, pero los encuentro tan huecos, tan vacíos, que en vez de excitación me provocan pena, con sus cuerpos prefabricados, sus posturas artificiales, y esos grititos ridículos, pura bollería industrial.

Y podrás preguntarme por qué estoy aquí, viendo vídeos lésbicos en una página cualquiera de Internet, y no sabría muy bien qué contestarte. Supongo que porque con mis dedos y mi imaginación no es suficiente y una necesita algo más, ese algo más. Podría incorporar la memoria, pero es una puta traidora y sólo me trae a Isabel, e Isabel ya no está en mi vida; únicamente está en mi memoria y en todos los poros de mi piel. Por eso estoy aquí. Por eso busco, por eso veo, por eso salto y sigo buscando, entre silicona, morreos de postureo y orgasmos sobreactuados, algo que sea real, algo de verdad, como cuando Isabel se tendía sobre mi cuerpo desnudo y me traspasaba su calor.

Podía haber una razón, pero era casi mejor cuando no la había, cuando me miraba y en silencio nos decíamos: hoy. Y entonces corría a ella y la besaba, en cualquier parte menos en la boca, y el deseo hacía el resto. Puede que cuando nos desnudábamos nuestros cuerpos no fueran tan perfectos como los que veo en la pantalla, pero cuando mis manos llegaban a ella e Isabel se adentraba en mis pliegues era… tan diferente. Sabía dónde tocarme, sabía cómo hacerlo para que mi sangre comenzara a hervir; cuando las yemas de sus dedos comenzaban a trepar por mi muslo el incendio ya se había desatado. Y entonces me tendía, o se tendía, o caíamos enredadas, daba igual, porque el orden de los factores no alteraba el producto. Y era yo la que acercaba mi boca a su sexo, o era ella la que se aventuraba por mi cuerpo, o éramos las dos las que jugábamos entrelazadas.

Ahora que el recuerdo de Isabel ha separado mis dedos del ratón y el vídeo desfila ante mis ojos mostrando a una asiática y una mulata compartiendo un juguete, ahora que mi mano aprieta mi pecho izquierdo deseando que fuera otra mano, ahora cierro los ojos y pienso en que nosotras no necesitábamos juguetes, tan sólo nuestros cuerpos. Separar las piernas y acercar los cuerpos. Nadie nos enseñó, nos guiaban el instinto, el deseo y el amor. Ni mis muslos eran tan perfectos, ni su coño brillaba de esa manera, pero Isabel sabía interpretar el momento de parar, tumbarme y follarme. Con furia, como un tío, como si sus dedos fuesen capaces de correrse. Yo me revolvía, pataleaba, gritaba, pedía por favor que no parase. Y cuando mi mente fluía mecida por el orgasmo le decía que sí a todo: a comprar esas cortinas tan feas, a unas vacaciones sin playa, a quererla toda la vida, a comerle el coño sin prisas, aleteando entre sus labios, sintiendo sus manos revolviendo mi pelo.

Y ahora, en el minuto final de la escena, cuando la china grita en versión original porque un director le ha dicho que tiene que hacerlo, me acuerdo de Isabel, que apenas musitando me pedía que parara, y entonces nos abrazábamos, desnudas y arrodilladas sobre la cama. Sus pechos contra los míos, mi boca en su cuello, su entrepierna contra mi muslo, se frotaba, como una gata en celo. El vídeo llega a su fin, el reproductor me ofrece prolongar el recuerdo con otras historias igual de vacías, y yo..., yo sin darme cuenta que el día menos pensado los gatos se escapan por los tejados.

domingo, 28 de junio de 2020

Selfie

Imagino sus labios, esos que acaba de dejar marcados en mi mejilla, descendiendo por mi cuello, encaramándose a mis pechos, atreviéndose más abajo del ombligo y siento un quemazón en mi cuerpo que me hace revolverme en el asiento. El móvil chirría y ahí está la foto, mi cara y a apenas tres centímetros, la de mi amiga Carla, y en mi moflete izquierdo la forma perfecta de sus perfectos labios. 

- ¡Qué guay ha quedado, tía!- le digo sin atreverme a confesarle nada. Esa noche, después de que la foto haya circulado por todos los teléfonos de la clase, de haber recopilado mil y un me gusta, de haber escuchado por parte de todas las chicas lo guapas que salimos y después de alguna que otra confidencia de chicos que también quisieran tener los labios de Carla tan cerca de los suyos, yo cogeré el móvil en la penumbra de mi cuarto y mis manos en silencio harán realidad la fantasía. 

Cerraré los ojos y rememoraré el momento, esas décimas de segundo que pasaron a cámara lenta en las que Carla se aproxima a mi cara, el temblor que me recorre por dentro sin exteriorizarse por fuera, sus labios calientes contra mi piel de porcelana apretando para dejar bien marcado el pintalabios. La foto salió perfecta al primer intento, aunque yo hubiera deseado muchas repeticiones, hubiera deseado que Carla no se retirara riendo, hubiera deseado que aquello no fuera simplemente un juego de adolescentes. O si, me hubiera gustado que aquello fuera, nuestro, otro tipo de juego. Por eso imagino el brazo de Carla, no sujetando el teléfono a la distancia idónea para un encuadre perfecto, sino apoyándose en mi hombro, rodeándome, atrayéndome hacia su cuerpo. Lo imagino después descendiendo por mi espalda, abrazando mi cintura, posándose en mi culo. Entonces cruzo las piernas y aprieto los muslos todo lo fuerte que puedo empezando a sentir algo parecido a lo que deseo. 

Me invade un calor como el que escapaba de los labios entreabiertos de Carla, como el que desprende todo su cuerpo, su tez cobriza, sus rasgos marcados. Un calor que imagino cobijándome desde que hace tres años irrumpió en clase. Ella no sabe nada, claro, nadie lo sabe, ni siquiera en mi casa. Me preguntan todos si tengo novio, si todavía no tengo novio, si ya tengo novio, y yo me pongo colorada, con un tono de rojo que contrasta con el blanco de las perlas esféricas de mis pendientes, un colorado que se difumina en los contornos de los rizos que forma mi pelo detrás de las orejas. Un colorado que desaparece cuando, de noche y en mi cama, imagino el cuerpo de Carla sobre el mío. Desearía que fueran sus manos y no las mías las que se cuelan bajo el pijama, las que se atreven a amasar los pechos, suspiraría por que fueran sus dedos los que pellizcaran los pezones. 

Mi cabeza se estira y mi espalda se arquea sobre el colchón imaginando mi torso desnudo y los labios granates de Carla descendiendo por él. Me cubro con el edredón para que los gemidos no resuenen más allá de mi fantasía. La mano va bajando, mis dedos están extrañamente fríos, contrastan con el calor que me invade. La cara de Carla aparece en mi sueño pronunciando mi nombre con ese seseo latino que tanto me gusta. Estoy desnuda frente a ella pero no siento vergüenza, únicamente deseo. Imagino otra vez sus labios, llenando de manchas rojizas cada rincón de mi cuerpo, rehidratándose en mi boca. Mi mano sigue reptando por la piel, deslizándose bajo la goma del pantalón, sintiendo el tacto sedoso de las braguitas. En mi mente estamos como en el reguetón que le gusta escuchar, sin pijama, y riendo y moviéndonos torpemente imitando pasos de baile, hasta que sus manos agarran mis caderas, y siento el roce de sus pechos pequeños en mi piel y sus labios en mis nalgas. Mis piernas se van relajando, destrabándose, abriéndose ligeramente, porque ya son los dedos los encargados de transformar en placer mi imaginación desbordante. Rozo mi clítoris y siento que es Carla quien lo hace; repito la operación y veo su cara sonriéndome desde mi cintura. Me figuro su boca sobre mi sexo y de la comisura de mis labios escapan su nombre y un gemido que se pierden en la oscuridad de mi cuarto. Siento que es su lengua y no mis dedos los que transportan la humedad a mi coño; mi mano se mueve autónoma, abriendo los labios, frotando el clítoris. Carla no lo sabe, cuando estamos juntas en clase, en el centro comercial, por la calle, lo escondo, pero siempre es ella quien se invita a mis mejores sueños. 

Como un impulso, casi una posesión, mi cuerpo se dobla, me siento en la cama haciendo caer el edredón. Necesito incorporar la mano izquierda. Bajo ligeramente el pijama para no dar de sí la tela y aparto la braga, poco más que las yemas de dos de mis dedos se adentran en la vagina, mientras que la otra mano estimula con destreza mi pipa. Después siento la necesidad de hundir los dedos, de acelerar los gestos. Me follo. Mi cuerpo se tensa, la respiración se agita, mi mente se va nublando poco a poco y mis manos cobran vida propia. Por un segundo soy sólo físico, temblores y descargas, justo después mi cerebro se va iluminando, veo el rostro de Carla cada vez más cercano, hasta que no es más que labios. Entonces extiendo yo también los míos y siento mil sabores en mi boca.

viernes, 17 de abril de 2020

Palabras entre las piernas (Pornesía)

En silencio, sin decir una palabra, su cuerpo me grita, su piel me llama, reclama mis atenciones. Y entonces, cautivo, preso de mil encantamientos, mi cuerpo se pone en marcha. Sus manos reciben a las mías, mi nariz trepa por su cuello, reconociendo restos de un perfume perdido en la mañana. Su piel se eriza y con los ojos cerrados mis dedos leen entre sus líneas. Interpretan un beso y luego mil más, en los morros y en la comisura de los sueños. Una pausa, frente contra frente, intercambiando miradas enciclopédicas. Y siempre las señales, las alarmas, sirenas que habitan en su cuerpo. Caemos, no importa si en el sofá en la cama o en el suelo. Insultos, promesas, camelos y algún te quiero, siempre los gritos en silencio y el sonido de más besos.

Las manos que se entrelazan, nuestros cuerpos que se reconocen. Leo cien poemas en su piel, algún chiste, un drama griego; una declaración de guerra, un incendio, cuando mis labios descienden por su vientre son más intensos los ecos. Oigo los murmullos, escucho los cuchicheos, nacen en su sexo y enloquecen mi cerebro. Los acallo, mi dedo en sus labios, chisto, reclamo silencio. Apenas audibles, risas entre juegos. Boca contra labios, un diálogo sincero. Insolente, se rebela, sus gritos en silencio, palabras, gemidos, jadeos. Piel con piel en un diálogo de ciegos. Su cuerpo declama, cuartetas, algún soneto, a mi manera yo los interpreto. Nuestros sexos chocando en alegre tartamudeo. El tono se eleva, suenan más alto los versos. Comentarios inconexos, aullidos, alaridos de cuerdos. Un grito, y después ya nada, el silencio.

Palabras entre las piernas

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