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sábado, 17 de abril de 2021

Inmarcesible Gloria

Habían pasado ya más de dos horas desde el final del partido pero las camisetas amarillas todavía salpicaban las calles del barrio. Caminaba hacia casa cuando me dije que la cerveza que iba a refrescar aquel atardecer de finales de junio era mejor tomarla rodeada de gente feliz por una victoria que en la soledad de mi cocina mientras empezaba a preparar la cena; así que cambié los últimos metros de mi itinerario y entré en un bar latino cercano a mi hogar. Pasaba casi a diario por allí, llevaba abierto ya unos cuantos años, desde que el barrio había acogido a miles de los inmigrantes llegados a España en las dos últimas décadas, sabía que estaba especializado en cocina colombiana por un cartel en la cristalera y la pizarra colocada junto a la puerta, pero nunca había entrado.

Alguna de las mesas de la terraza estaba ocupada, al pasar al interior también vi algún grupo de gente al fondo. En la barra dos camareros ataviados con el uniforme de la selección nacional terminaban de secar los vasos. El fragor había pasado, pero todavía se notaba que la tarde había sido un hervidero. Pedí la ansiada cerveza y el primer trago helado descendiendo por mi garganta terminó de relajarme después del día de trabajo. El ambiente ya no era festivo, pero donde había habido fuego quedaban las brasas expresadas en forma de risas, cánticos, música; escuchándolos uno no podía imaginar otra cosa que una victoria contundente y no la pírrica que anunciaban al día siguiente los titulares. Al cabo de unos minutos, siguiendo la mirada de uno de los camareros reparé que en que la televisión emitía el segundo de los duelos de la jornada, aquel en el que se iba a dilucidar el rival de Colombia en la siguiente ronda.

- Uy, disque ¿usted tan blanquito no será inglés, no? Porque nos los vamos a comer en octavos-. La cerveza había conseguido abstraerme tanto que no había reparado en la mujer que se había colocado a mi lado.

- No, soy español, pero si hace falta dejarse comer, yo me dejo comer- contesté terminando de girarme para volver a mirar las botellas que tenía frente a mí al otro lado de la barra. Ella rió la broma estruendosamente y añadió: ni que fuera un sancocho- Mi falta de respuesta debía dejarle claro que no conocía demasiado de la gastronomía colombiana. - ¿No viene mucho por acá, verdad? Me llamo Gloria, encantada- dijo.

- ¿Cómo Sofía Vergara en “Modern Family”?- respondí a la gallega.

- ¡Pero yo estoy mucho mejor!-dijo riendo a carcajadas. Entonces la observé más detenidamente. Obviamente ella no podía aguantar la comparación con una miss universo, si es que alguien puede. Ya nadie la definiría como joven, metro sesenta escaso, pelo abundante y de un moreno azabache, la tez cobriza, un pecho más que generoso, una cintura a la que tal vez le sobrase algún kilo, y en la cara una sonrisa luminosa y contagiosa. Vestida con alguna versión más antigua del traje de la selección Colombia bien podía ser una buena compañía para lo que surgiese.

Las manecillas de mi reloj parecían haberse adaptado al pausado transcurrir de la vida en otras latitudes. Había entrado buscando algo de ambiente y me había terminado uniendo a Gloria y sus amistades, otras tres mujeres y un hombre de edades cercanas a la suya y mismo origen. A la primera cerveza siguieron otras, el fútbol continuaba en los televisores, pero a nadie parecía importarle ya el futuro rival. Cuando más interesante parecía ponerse la noche, cual Cenicienta, me di cuenta que el tiempo había pasado rápido embriagado por la cautivante personalidad de Gloria.

- ¡No!,¿cómo así?- protestó cuando desde detrás de la barra anunciaron que era hora de cerrar. – Qué pena con usted- me miró y dirigiéndose a todo el bar dijo: ahora que iba a enseñarle al españolico este cómo se baila en mi tierra…-.

La persiana del bar cayó, las pocas gentes que quedaban se fueron disgregando en la tibia noche de verano, pero yo no quería separarme de Gloria. Podría achacarlo al estío, al alcohol que había ingerido, al encantamiento de su risa, al aroma dulce que intuí en su pelo cuando me agaché a besarla, pero era otra cosa, un calor primario, instintivo, físico. Un mínimo roce, algo parecido a una descarga eléctrica, una primera chispa, la que hizo que después de las mejillas, no nos diésemos tiempo para pensar en qué vendría después y nos lanzásemos a devorarnos la boca, con mis manos abrazando su trasero y sus pies en puntillas.

Fue la distancia la que impuso el lugar, su habitación en un piso compartido. Por el camino, en el ascensor, fuimos apaciguando con besos y magreos la tempestad desatada. Cuando el pestillo en la puerta nos dejó solos ya no hubo remedio. Sus manos me instaron a sentarme sobre la cama, de inmediato Gloria me acompañó. La débil luz de una lámpara de mesilla dejaba su rostro en un claroscuro que se iluminó de pronto por su sonrisa cuando, en su abrazo, advirtió lo que yo experimentaba bajo mis ropas: el pene crecía sin disimulos. Mis besos bajaban por su cuello, mis manos rodeaban su cintura; cuando ambas se unieron en sus pechos Gloria soltó el cierre de su sostén. Como una bandera su camiseta amarilla ondeó en lo alto antes de seguir un tranquilo vuelo hasta el piso. Voluminosos, caídos, imperfectos, maravillosos. Sus senos acogían mi cara, mi saliva, mis besos. Trataba de excitar entre mis dedos sus pezones, anchos y chatos, al tiempo que ella pugnaba por colar su mano bajo mis ropas. Le ayudé reclinándome. Sus uñas rasgaron la piel de mi vientre cuando sus manos empezaron a desvestirme, enseguida sus labios calmaron la superficie incendiando el deseo. La mirada de Gloria me buscaba en cada tirón que daba a mis pantalones, y en esos ojos negros se intuía lo que estaba por llegar.

- Aaaah…- un gemido salió de mi boca cuando golpeó mi polla contra sus labios. Después el roce de sus dientes, la húmeda esponjosidad de la boca, los aleteos de su lengua y su mano tirando débilmente de la piel de mi rabo. Comenzó a torturarme, a recorrer con su lengua mi pene, desde la base hasta sacarle brillo al capullo. Cabeceaba unos instantes, llevándome al máximo y acto seguido hacía una pausa, en la que hasta el cálido aliento que escapaba de su boca era una tortura para mi enrojecida polla. Si continuaba así iba a terminar conmigo demasiado pronto. Me levanté de golpe, provocando su risa, la tomé en mis brazos y la giré. Ahora era ella la que estaba presa entre mi cuerpo y la cama. Sus pechos morenos, generosos, me condujeron por el resto de su anatomía. Recorrí la curva de su tripa, los pliegues que formaba ésta a medida que bajaba. Sus jeans demasiado ceñidos sublimaban su culo, pero se volvían incómodos con las prisas por desvestirla. Apenas los bajé hasta las rodillas y me centré en las bragas amplias, blancas, clásicas, que aparecieron ante mis ojos. Cuando, después de trepar por su muslo, uno de mis dedos las recorrió, la forma de sus labios y la humedad que mojaba su coñito se anunciaron bajo la tela. Las deslicé hasta el tope que suponían sus pantalones a medio bajar, Gloria se acomodó recostándose en la cama y yo adiviné lo que ella esperaba. Mis hombros se hicieron hueco entre sus rodillas flexionadas. En la penumbra de aquella habitación poco iluminada su sexo apenas se intuía bajo una mata de cabellos negros. Cuando mis dedos lo abrieron, un resplandor rosáceo maravilló mi vista. Como una ofrenda entregué a él mis remilgos, mis filias y mis fobias y buena parte de la saliva que lubricaba mi garganta. Gloria se deshacía con mis lametazos, y el brillo que al principio se limitaba a sus labios, replegados y carnosos, se iba tornando más espeso y extendiéndose por todo su sexo. Igual que con la cerveza que horas antes había entrado buscando en el bar donde la encontré, ahora mi boca trataba de saciar otra sed; mi lengua se detenía en la parte inferior de su raja unos instantes y subía de golpe golpeando su clítoris.

Gloria se debatía bajo mi boca, el martilleo de la lengua en su pipa la tenía más que alterada. Su cuerpo rechoncho pedía más. La ayudé a incorporarse. El calor que desprendía su coño bañó mi polla antes incluso de que se sentara sobre mí.

- Ay sí, mijo, qué rico…- su mano agarró mi polla y la guió hasta insertársela. Empecé a moverme, pero Gloria me pidió que la dejara hacer. De inmediato comenzó un suave movimiento de caderas, un baile sobre mi polla en el que cambiaba de paso, de ritmo y en el que yo no era sino un inexperto bailarín en sus manos. Su pelo aleteaba mientras mis manos retenían el viaje de sus pechos gordos. Su sexo era pequeño pero tremendamente acogedor con mi rabo, lo cubría de caricias y lo bañaba con sus flujos. A los pocos minutos el calor, la escasa ventilación y los continuos traqueteos de Gloria sobre mí me tenían cubierto de sudor; en cambio ella lucía fresca como una flor, su rostro maduro incluso parecía rejuvenecer en cada minuto que continuaba con su danza. Mis dedos se hundían en la piel de sus costados, mareados siguiendo el ritmo de sus vaivenes, mi polla, que apenas si podía seguir el paso de sus caderas, se volvió un juguete en sus manos cuando Gloria inició un rápido movimiento hacia adelante y hacia atrás. Preso entre las paredes convulsionadas de su coño asistí a su corrida.

El orgasmo que se reflejaba en su rostro colorado le había dejado una risa nerviosa que fue a más cuando comprobamos que sus piernas cortas no alcanzaban para reposar en mis hombros. Gloria estaba tumbada boca arriba, yo arrodillado, mi polla dispuesta a volver a su cuerpo. El primer empujón provocó una sacudida que, cual onda expansiva, se fue repartiendo por su cuerpo. Luego llegó el ritmo, tal vez no tan cadencioso ni tan armónico como el suyo, pero igual de efectivo. Mi polla se clavaba, salía hasta que el glande topaba con sus labios, y volvía a entrar, una y mil veces. Mis dedos viajan por su cuerpo, tratan de reunir sus pechos desparramados, siguen subiendo por su cuello hasta llegar a su boca; se los ofrezco y Gloria los hunde en su boca lamiendo con gula. Su coño me aprisiona. Se va a correr otra vez, lo anuncia, lo grita, una serie de jadeos apresurados acompañan la última tanda de movimientos de mi rabo. Resisto apenas los embates de su cuerpo, cuando salgo de él sé que no aguantaré el roce de sus uñas, la carnosidad de sus labios. Su mano agarra mi tronco, las mías la acompañan en la masturbación. Unos pocos gestos impetuosos bastan para que explote. Segundos después mi corrida no es más que una lluvia cálida que la mano de Gloria extiende por su propio vientre. Cuando terminó de secar una última gota de sudor que caía por mi frente la miro, y en su cara la misma sonrisa de felicidad que brillaba cuando la conocí horas antes.

domingo, 7 de febrero de 2021

Un sandwich y un vaso de leche

Fui un niño bueno… hasta que me dí cuenta que uno se lo pasa mucho mejor no siéndolo. A los primeros cigarros, litronas o escarceos con las chicas siguieron los porros, las borracheras semanales y las pagas gastadas en putas. Y en esas correrías era parte indispensable mi amigo Kike. Mis padres saldrían con aquello de las malas compañías, pero yo sé que no, que Dios nos crió y nosotros solitos nos juntamos. Además Kike no podría ser nunca una mala compañía. Todo lo contrario. El amigo más leal y cercano que tuve y tendré. De todas formas no creo que a mis padres les preocupase demasiado Kike; mientras en casa me comportase, mi padre pagaba mis caprichos y mis locuras de fin de semana; mi madre por su parte pensaba más en los zapatos que se compraría para tal o cual vestido que en mí. Así que yo andaba libre, a mi aire.

Con este panorama es más que comprensible que los estudios no fueran una de nuestras prioridades. Con dieciocho años repetíamos segundo de BUP por segunda vez rodeados de niños pánfilos y niñas rebotadas de un colegio de monjas. Kike y yo, figúrate. Juntos éramos el terror de las adolescentes: desvirgábamos un par cada semana, solo por joder, nunca mejor dicho. A las que de verdad queríamos follarnos les salíamos con el rollo de respetar su virginidad, su elección, tal y cual, sólo para poder destrozarles el culo o llenarles la garganta de lefa. Y funcionaba. Follábamos todo lo que podíamos, pero siempre menos de lo que nos hubiese gustado.

Un día, mis padres estaban de viaje. Una boda de algún familiar, o un entierro, qué sé yo. El caso es que entre estar dando el coñazo al profesor de turno o aprovechar que estábamos menos vigilados que nunca, elegimos lo segundo. Nos saltamos las clases de la tarde y nos fuimos a mi casa.

- Hola Daisy- dije al entrar y cruzarnos con la chica que atendía la casa. Comenzábamos a subir las escaleras del chalé camino de la habitación cuando se me ocurrió algo. – Un sándwich y un vaso de leche, ¿puede ser?- le pregunté desde lo alto. Ella afirmó.

- ¿Qué dices, no nos íbamos a beber el whiskey de tu viejo?- Kike no entendía nada.

- Después- le tranquilicé. Ese era el plan, fumar canutos y beber, hasta ponernos pedo o estar colocados, lo que llegara antes. Y tocarnos los cojones, muy posiblemente de manera literal. Cada uno los suyos, eso si.

Daisy era dominicana. Lo suficientemente joven para que mi padre la contratase y lo suficientemente fea para que mi madre no sintiese celos. Así era Daisy, joven, fea, y terriblemente vaga. Trabajaba porque no le quedaba más remedio, sino su madre la echaba del piso, y trabajaba en nuestra casa porque había poco que hacer; mi padre nunca paraba en casa, mi madre apenas comía, y ella no tenía ni que limpiar ni cocinar, podía pasarse la tarde viendo culebrones en el salón. Conmigo la relación era distinta. Tiempo atrás quería tirarme una negra, nunca me había follado una y tenía ese capricho, así que le ofrecí pasta. Aceptó, sin más. Y debió gustarle porque las siguientes veces lo hacía a cambio de un porrito o una raya de coca. Si le conseguía una joyita se volvía de complaciente…

Tan pronto entramos en mi cuarto tiramos las mochilas al suelo y nosotros nos tiramos también. Yo sobre la cama, Kike sobre la silla giratoria del escritorio. Y empezamos a liarnos unos petarditos. En esas estábamos cuando entró Daisy. Una bandeja en las manos y en la bandeja dos vasos de leche y un par de bocadillos. Avanzó hasta dejarla junto a la ventana. Kike le sonrió, yo le ofrecí una calada. Ya no salió de la habitación. Se tumbó junto a mí, justo al borde de la cama. Su culazo gordo me empujó hacia la pared. Sería por aparentar, pero mi madre se había empeñado siempre en que las chachas fueran vestidas de tal, con su cofia y todo. Y la verdad es que a Daisy el traje le sentaba como el culo. Precisamente por eso, porque tenía un culo y unas tetas espectacularmente grandes y el traje apenas le abrochaba. Aunque esto también tuviera su parte buena. Como en ese momento, que al echarse de lado en la cama, la falda se le había recogido hasta medio muslo. Así que cuando ella me arrebataba el porro de la mano para darle unas cuantas caladas, yo me tomaba la revancha posando mis manazas en su pierna. No voy a hacer apología de la drogadicción, pero la verdad es que la hierba ayudaba a relajar el ambiente. Kike apuraba el primero y nosotros encendíamos ya el segundo. Entre uno y otro yo me había sacado la camiseta y me había aproximado tanto a la espalda de Daisy que rozándose con sus nalgas mi polla comenzaba a despertar. Mi brazo colgaba sobre su cintura y ella se derretía cuando la besaba entre la nuca y el cuello. Cuando metí una mano en su traje y forzando el, sin duda cansado, sujetador dejé al descubierto una de las tetazas de Daisy, Kike debió darse cuenta que la nuestra era la clásica relación chacha-señorito salido. ¿O quería decir lo contrario? En fin, que con su teta fuera y mi muslo tratando de hacerse hueco entre sus nalgas, seguimos a lo nuestro, hablando poco y fumando mucho.

Susurré algo al oído de Daisy. Ella rió, y cuando se incorporó palmeé con ganas su culazo. A esas alturas de la película, a Kike no le sorprendió mucho verla avanzar decidida a por él. Lo habíamos hecho antes con otras, solo que a ésta no le habíamos tenido que mentir ni emborrachar primero. Ésta era de las nuestras. Kike, pues, se desparramó en su silla, abriendo al máximo las piernas para dejarle hueco, y echando hacia atrás el respaldo hasta que éste crujió. Daisy posó su mano en el paquete de mi amigo y él rió como sólo los fumaos que están a punto de recibir una mamada saben reír. Los negros y regordetes dedos de ella bajaron la cremallera y se perdieron bajo el calzoncillo. No le costó demasiado encontrar su premio. La tiene jodidamente grande el cabrón, como se la envidio. Eso y la hermana que tiene. Si yo tuviera ambas cosas sería un incestuoso convencido y practicante. Pero volviendo a aquella tarde, Daisy ya había liberado la polla de Kike, y la asía entre sus manos. Lo miraba a los ojos mientras comenzaba a tirar de la piel de su rabo. Él le echó a la cara el humo de la última calada y luego bajó su mirada. Aunque no es muy lista, Daisy lo entendió. Escupió sobre el capullo de mi amigo, meneó con fuerza el cipote, y acto seguido comenzó a tragárselo.

- ¡Ese culo arriba!- es tan vaga que tuve que gritárselo. Me daban la espalda y no veía nada. Yo, que había escrito el guión de aquella tarde. ¡Qué poco me lo agradecen! Subió el culo, sí, pero durante poco tiempo. Dos minutos después ya estaba en cuclillas cuando no arrodillada mamando sin descanso del rico palo de Kike. Me incorporé, la separé mínimamente de mi colega, le incliné el tronco hacia delante, y ya puestos le levanté la falda. Antes de irme empujé su nuca contra el vientre del placiente. Volví a mi sitio, y… eso era otra cosa. Las bragas blancas e inmensas de Daisy eran como una pantalla donde se proyectaban mis sueños. Un lienzo en blanco dispuesto a recibir chorretones. El profesor de arte hubiese estado contento si a mi mente hubiera arribado en ese momento la técnica del dripping, pero eso no lo aprendería hasta años después. En ese momento, lo único que me divertía era ver nacer diminutos puntos oscuros por la humedad que brotaba de su coño. Al cabo de un rato los diminutos puntos se habían convertido en algo así como el mapa del Caribe: una serie de islas transparentes en la blancura de aquellas bragas de algodón. Me coloqué detrás de ese culazo, me bajé el pantalón, escupí en mi mano y empecé a pajearme mientras ella seguía mamando. Al rato comencé a aburrirme de ver la pantalla en blanco.

- Bájale las bragas- pedí a Kike, y él lo hizo. Daisy estaba demasiado ocupada comiendo polla como para ayudar, así que a tientas y a tirones mi amigo fue descorriendo el telón. Su chocho hinchado y apretado fue lo primero que llamó mi atención. Luego me fijé en sus labios, grandes y surcados por pliegues, y en el hilillo de flujo que escapaba entre ellos; después en cómo se le erizaba la piel cuando mi amigo hacía chasquear sus dedos en la negrura de sus nalgas. Obediente, ella no dejaba de mamar. Sujetaba por la base, aplastándole los cojones, mientras sus labios carnosos subían y bajaban sin descanso por el duro rabo de Kike.

Me aproximé polla en ristre. El roce con sus nalgas me sirvió para comprobar que ya estaba todo lo dura que debía. Mi mano guiaba la polla a frotarse con su crecido clítoris, a abrir ligeramente unos labios que parecían ansiosos por acoger un buen rabo.

- Ay, perdón, que desconsiderado, los invitados primero- dije. Incorporé a Daisy, la llevé de la mano hasta la ventana. Aparté la bandeja con la merienda que nos había servido, y me senté de espaldas a la calle. Guié su cabeza hasta mi vientre, y dejé expuesta su retaguardia ante el más que previsible ataque de Kike. No se hizo esperar. Ahogamos el primer gemido hundiendo bien su cara contra mi rabo. Él se agarraba con fuerza a sus poderosas caderas, y después de unas cuantas idas y venidas suaves, como para calibrar el terreno, comenzaba a darle ritmo a la follada. El cuerpo doblado de Daisy se sacudía bajo sus embestidas hasta hacer chocar sus tetas colgantes con mis rodillas. Por mi parte, yo bastante tenía con retener su cara enterrada en mi entrepierna. Sólo hacía que me la dejase de chupar de vez en cuando, para que me la lamiera entera, de arriba abajo, hasta que su lengua terminara jugando en mis cojones. El roce de sus dientes en el capullo me hacía delirar. Creía que me iba a correr cada vez que su boca tragaba mi polla. Necesitaba una pausa y algo más. Me levanté, hice que Daisy se apoyara en el escritorio, y mientras salía de la habitación guiñé un ojo a Kike animándole a seguir con la faena. Me consta que así fue. El ruido de sus cuerpos al chocar se oía mientras buscaba en el mueble-bar una botella de viejo escocés. Cogí la que aparentaba ser más cara. Entré riendo con el whiskey en la mano y pedí a mi amigo que hiciera una pausa.

¿Alguna vez habéis bebido a morro directamente del cuerpo de una negra sudorosa? Sólo se me ocurre una expresión para definirlo: asquerosamente embriagador. Nos repartimos su culo: Kike el cachete izquierdo, yo el derecho. Echábamos un chorro de licor justo en ese hueco que se forma entre la cintura y el nacimiento de las nalgas, y tratábamos de atraparlo con la lengua cuando caía como una catarata por su piel. Mira que nos esforzábamos en recorrer con la lengua su trasero, pero casi todo el whiskey acababa formando un charco en el suelo. Cuando me di cuenta que el cuello de la botella era lo suficientemente largo, el siguiente paso llegó de forma natural. Abrí su coño, y le fui metiendo, con cuidado de no romperla, la botella. Medio colocados como estábamos, sólo nos dimos cuenta que habíamos olvidado cerrarla cuando el whiskey comenzó a desbordarse en el chocho de Daisy. Cambié la botella por mi boca, y tragué la bebida con los restos de flujos desglasados de su coñazo. El mejor reconstituyente posible. Vio Kike que aquello estaba rico, y también quiso probar. Así que otra vez empinamos la botella en su interior, y cuando comenzaba a rebosar, mi amigo hundió la nariz en el ojete de la chacha para que la lava del volcán de su chocho inundara su garganta.

Ella también parecía tener sed. Girada estiraba su brazo pidiéndonos la botella. Antes de darle de beber a morro, hice que chupara bien chupado el cuello recién salido de su coño. Luego hicimos un cambio; le di a Kike la botella, y yo cogí de la mano a Daisy. Me tumbé en la cama, y ella se sentó a horcajadas. Su propia mano guió mi polla. Meterla en un coño recién follado es como sentarse donde alguien acaba de levantarse: te lo encuentras caliente, con la forma de otro molde, y lleva un tiempo sentirse cómodo. Con lo acogedor que me había resultado siempre el coño de Daisy. Rosa, como la bachata que le gusta bailar, a mí me gusta tornarlo rojizo por el roce y finalmente blanco lleno de nuestras corridas. Por fin comenzaba a moverse. Sus tetas orbitaban libremente sobre mi cara. Mis manos se posaban en sus caderas, y ella se impulsaba queriéndose clavárseme más y más. Kike nos miraba desde su silla. La botella, en cada viaje más vacía, de la mano a la boca. Nosotros follábamos. Me incorporaba a morder sus pezones gruesos, su sudor llovía en mi piel; yo, ceñido entre sus piernas, ella, cabalgando sobre mí. Mis impulsos se encontraban con los suyos, para llegarnos más adentro, para clavarnos más profundo, para transmitir a todo nuestro cuerpo el placer que nacía allí adentro.

Sentí que la cama crujía bajo un nuevo peso. Kike se sumaba a la fiesta y ya había elegido dónde instalarse. Empujó la espalda de Daisy hasta que su pecho se aplastó con el mío. Yo la abracé y cesé la follada. Mi amigo aproximó el pollón que gasta al agujero trasero de la chica, y voilà, sándwich de negra. Ella apretaba los dientes mientras Kike avanzaba poco a poco. Cuando se dio por satisfecho, empezamos a movernos, por turnos. Cuando yo salía, él empujaba, cuando él retrocedía, yo tenía permiso para adentrarme en su coño. Siempre resulta extraño sentir una presencia ahí, al otro lado de una débil pared. Presa entre nuestros cuerpos Daisy sudaba como la cerda que era. La doble penetración no le dolía; únicamente se quejaba si a Kike se le iba la mano al tirar de su pelo. El resto le gustaba, tanto como para correrse un par de veces y dejarme a mí al borde por las convulsiones de su vagina.

Habíamos follado tantas veces juntos, que conocemos el aguante de cada uno. Cuando Kike me vio con los ojos en blanco, entendió que no iba a aguantar mucho más. Desmontó a Daisy, y manejando su cuerpo, la hizo sentarse sobre sus piernas en el suelo. Me incorporé, posé mi rabo sobre la boca de ella, y simplemente dejé que el mínimo roce de sus labios en mi prepucio hiciera estallar mi polla. Sin tocármela, sólo plantada sobre su carita de mirada suplicante, bañada en la blancura de su néctar, con el hálito de su boca entreabierta meciéndome el rabo y dejé que reventase, que la leche saliese disparada hacia sus ojos, su frente, su pelo… Kike por su parte se la pelaba con fuerza, como queriendo sacar fuego. Cuando me retiré, se acercó. Agarró con una mano la cabeza de Daisy mientras con la otra se pajeaba con todas sus ganas. Incontrolable, sobre su cara, sus tetazas jadeantes, el suelo, las cortinas… Kike estalló en mil chorros incoloros, mientras ella volvía a abrir los ojos muy despacio con los restos de nuestras corridas pegando sus pestañas.

viernes, 27 de noviembre de 2020

Black Friday

Por un instante creí entender a mi ex; las aglomeraciones, el calor en las tiendas, la megafonía demasiada alta, las dudas ante dos modelos que me gustan o el cargar con las bolsas, le hacían aborrecer ir de tiendas conmigo. Luego, mientras me tomaba un capuccino caliente, wasapeaba con mis amigas y sacaba de las bolsas y volvía a remirar entusiasmada todo lo que acababa de comprar ese día de consumismo desaforado, ya no. ¿Cómo iba a entender a semejante gilipollas que se creía demasiado para mí?

En cierta forma podía tener razón, ir de tiendas podía ser agotador, pero no lo iba a admitir. Además, no es nada que no se solucione tomándose un tentempié como el que yo había entrado a tomar en aquella cafetería. Mientras aspiraba el aroma del café recién hecho que poblaba el local, las conversaciones con mis amigas me arrancaban una sonrisa que se aliaba a la satisfacción por el día de compras y la perspectiva de un fin de semana por delante. Me sentía bien, feliz. Aunque me hubiera dejado buena parte del sueldo en todas las prendas que llenaban las bolsas a mis pies, aunque sintiera las piernas cansadas, estaba contenta. Mi móvil era un frenesí de sonidos de mensajes entrantes, la taza con el café templándose permanecía unos centímetros delante de mí. Los minutos pasaron así hasta que el icono de la batería en mi teléfono se puso en rojo, indicando que quedaba poca; todavía me quedaba un largo rato hasta llegar a casa y poder poner a cargarlo, y era mejor conservar algo para el viaje en metro, así que fui despidiéndome, cerrando todas las conversaciones y me centré en el café. 

Me acerqué a la barra a por algo de comer que acompañara el capuccino. Tras pedir un sándwich vegetal con pan de semillas, un diario sobre la barra llamó mi atención; sin posibilidad de seguir consumiendo la batería del teléfono debía llenar el tiempo, así que cogí ese periódico manoseado y volví a mi mesa. Lo abrí al azar, por una página cualquiera, pues no tenía demasiado interés en leer malas noticias. Cual fue mi sorpresa cuando ante mis ojos encontré la sección de anuncios de contactos. Entre muñequitas orientales, teléfonos eróticos para todos los gustos, una imagen llamó mi atención. Dayron, se anunciaba, un mulato con un cuerpo escultural y la promesa de veintitrés centímetros de polla. Inmediatamente algo en mi cuerpo se puso más caliente que la taza que humeaba frente a mí. No recuerdo qué decía exactamente su anuncio, pero seguro que las palabras atlético, placer, dominicano, fantasía, figuraban en él. Nunca, ni siquiera en ese instante, me había planteado recurrir a un hombre de pago; ni siquiera sabía la palabra adecuada para definirlo. Además, esos anuncios los creía destinados a otros hombres, tampoco sabía si trabajaba con mujeres. Sin embargo, mi mente comenzaba a funcionar imaginando mi cuerpo y el de ese pedazo mulato. 

Imaginaba unas manos decididas al final de unos brazos fuertes abrazando mi cuerpo, yo girando ante su mirada, con sus dedos de chocolate fundiéndose en mi cintura. Imaginaba la sensación de acercarme a su cuerpo y sentir, bajo unos pantalones vaqueros, la largura y la dureza de una polla más que a medio despertar. Inmóvil, mis dedos apenas rozaban la hoja del periódico que se extendía ante mí, y aunque mis ojos quisieran seguir leyendo, mi mente volaba libremente inspirada en la imagen en miniatura que ilustraba su anuncio. Me veía junto a él en un lugar indeterminado, neutro, tal vez una habitación de hotel. Sentía la necesidad de levantar su camiseta, de recorrer con los labios los contornos duros de sus abdominales. Cuando sus manos trataban de guiarme, me revolvía, debía ser yo quien marcara los ritmos. El continuo pasar de mi lengua por su vientre, los juegos alrededor de su ombligo hacían algo más que ponerlo alerta, lo calentaban, lo hacían entrar en ebullición. Después me incorporaba, deseaba sentir sus labios gruesos devorándome la boca; entonces le dejaba que sus manos grandes abrazaran mi trasero y lo sacudieran a su antojo. 

Por una vez era mi mano la que se posaba en su hombro, la que lo hacía agacharse siguiendo el itinerario de mi mirada. Bastaba un pestañeo para que yo me viera cada vez con cada una de las ropas que acababa de comprar; lo único que no cambiaba era la delicadeza con la que Dayron me comenzaba a desvestir. Faldas, pantalones, desaparecían por obra y gracia de sus manos. Luego me besaba el pubis por encima de la ropa interior. Ésta siempre era la misma, sexy, color burdeos, mi favorito, y nunca resistía demasiado cuando sus dedos comenzaban a moverla. Cuando imaginaba sus manos rondando mi coño mi mente me obligaba a cerrar los ojos, como si de verdad estuviera con él en una habitación cualquiera y no rodeada de gente en aquella céntrica cafetería. Debía reprimir un gemido cuando fantaseaba con su lengua traspasando la humedad y el calor de su boca a mi sexo. Aunque quisiera no podía frenar a mi mente, y me veía, la pierna derecha por encima de su hombro, la espalda apoyada en la pared y aquel perfecto mulato jugando con su lengua en los pliegues de mis labios vaginales. Cada uno de sus aleteos era una tortura que me comenzaba a derretir por dentro. Mis manos se aferraban a su cabeza, la hundían entre mis piernas. Mi voz, tuve que comprobar que sólo en mi fantasía, le exigía más, siempre más. Él se esforzaba, ponía todos sus ímpetus en hacerme levitar. Yo me corría y mis manos, siempre fuertes, guiaban su cara contra mi piel, para que su lengua sintiera en primera persona el orgasmo que acababa de provocarme; cuando las sacudidas de mi cuerpo cesaban, lo empujaba y aquel mulato caía, patas arriba, sobre el suelo. 

Regresé por un instante a la realidad, el tiempo justo de cambiar de página en el diario que ocupaba la mesa, para que cualquiera al pasar no me viera siempre detenida en la sección de contactos. Daba igual, mi mente ya no necesitaba la referencia de su anuncio para volar libre. Caminaba poderosa, hasta enmarcar entre mis piernas su cuerpo fuerte pero desvalido al mismo tiempo. Terminaba de desvestirme, hacía volar el sujetador por la habitación sin un destino claro. Luego comenzaba a flexionar las piernas, a descender sobre Dayron, a percibir en su mirada matices que iban desde la indefensión al placer. Me detenía para tirar de sus ceñidos jeans, que salían extrañamente fácil; en el viaje habían desaparecido también sus calzoncillos. Él ya ni se atrevía a estirar los brazos para tratar de tocarme, había comprendido que era yo la que mandaba y debía dejarse llevar. Su cuerpo, forjado en el gimnasio, se veía inerte. Sólo, como un mástil, emergía una polla enorme y rica. Me arrodillaba, y sin asirla siquiera, mi lengua la recorría entera, desde la base hasta la punta. Él dejaba caer pesadamente la cabeza contra la moqueta y sólo ella, solo esa magnífica polla, parecía tener vida bajando y subiendo, como a cámara lenta, tras el pasar de mi boca. Lo torturé, siempre mi lengua fuera de la boca partía de sus huevos, recorría lentamente toda la longitud de su miembro y remataba con un chupetón a su capullo. Cuando me apiadé de él comencé a masturbarlo rítmicamente, con el glande preso entre mis labios. Resistía mis acelerones, las pausas, el filo de mis dientes mortificándole, obedecía mis órdenes silenciosas, como cuando agarraba sus manos y las llevaba a mis tetas y él entendía que debía estimular mis pezones. 

El calor me podía, ni siquiera el café que seguía delante de mí y se había quedado frío me servía para relajarme. Ya no sabía si el incendio se había declarado en mi mente y se había propagado por todo mi cuerpo o había tenido su punto de partida en lo más profundo de mi vientre. Sólo sabía que ya no necesitaba cerrar los ojos, bastaba que mi mirada se perdiera en un punto indeterminado de la cristalera del local para que yo me viese moviendo mi cuerpo, hasta sentarme a horcajadas abrazando con mi coño la polla de Dayron. Me agitaba, mis caderas se movían solas, mi cintura dibujaba órbitas alrededor de su eje. Luego comenzaba a botar, suavemente, calculando mentalmente hasta dónde podía subir sin dejar escapar su pene. Más tarde, irremediablemente, comenzaría a cabalgarlo salvajemente, aplastándome los pechos, retorciendo mi cuello y su rabo hasta el esguince. Sus piernas flexionadas me servían de respaldo en mis movimientos impetuosos, su cuerpo brillaba bajo el sudor, pero apenas mostraba síntomas de cansancio. Dayron era apenas poco más que un trozo de carne adherido a su polla, un consolador, y así lo trataba, buscando únicamente mi placer. El suyo llegaría, no lo dudo, pero priorizaba el mío. Mientras tanto, un camarero, si hubiera sido más joven y algo más apuesto quizás yo no hubiera abierto el periódico por la página de contactos, había traído a la mesa el sándwich. Musité un gracias como podía haber dejado escapar uno de los suspiros que aquella fantasía en mi mente me provocaba. Lo follaba rítmicamente, las manos apoyadas en sus hombros redondos. 

Bebía el café a pequeños sorbos, mordisqueaba el sándwich, parecía que permanecía allí, pero estaba muy lejos, presa entre los brazos de Dayron, que, como si mis movimientos sobre su polla lo hubieran resucitado, se había sentado conmigo en su regazo. Le pido que me eleve, que me empuje contra la pared, que siga follándome. Con el dorso de la mano limpio un hilillo de salsa que se escapa de mi boca mientras en el sueño son los flujos los que escapan en cada embestida de su polla. Me corro, imaginándome follada por aquel hombre siento la necesidad física de correrme, pero me cuido muy mucho de terminar como en aquella película y que la gente pida lo mismo que está tomando aquella chica ensimismada de la mesa del fondo. Mi mente se disocia, soy capaz de terminarme el sándwich y el café, paso rápidamente las hojas del diario, sin querer detenerme en ninguna, mientras en un algún rincón de mi cerebro todavía se proyecta mediante flashes la fantasía. Me veo a cuatro patas, con Dayron encima, con Dayron debajo. Quiero que me folle, que no deje de hacerlo, ya no me importa mandar, sólo quiero que me provoque otro orgasmo. Veo su mirada suplicando permiso para terminar, pero le exijo un poco más. Luego, cuando la piel nos brille por el sudor y mis piernas tiemblen después de una nueva descarga, le dejo. Agarro su pene grueso con las dos manos y lo froto como si fuera una lámpara mágica, con todas mis fuerzas. A él se le tensan los músculos, se le marcan las venas en el cuello, aparta mis manos y me toma el relevo, se acerca tanto a mí que en cada movimiento su mano roza mi vientre. Finalmente se corre abundantemente, me riega de semen caliente que el respirar agitado de mi cuerpo hace caer formando riachuelos por mi piel. 

Saco el móvil del bolso, pongo la cámara para comprobar que aquella fantasía ha ruborizado mi rostro. Me dispongo a levantarme, a llevar el periódico, los platos y la taza a la barra, pero una idea me detiene en seco. Apresuradamente, tal vez para no dejarme vencer, abro el diario y busco la imagen de ese negro de polla enorme una vez más. 

- Hola, buenas tardes, ¿eres Dayron? - pregunto. Antes de que conteste, sé cómo terminará aquel Black Friday.