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martes, 15 de diciembre de 2020

Inversión de sujeto

Mi amigo me ha arrastrado hasta allí, hasta ese piso donde se ejerce la prostitución. La invitación es el pago por una ayuda que le presté; aunque en realidad ni la ayuda lo merece ni los sesenta euros que me costará la siguiente hora, salen de su bolsillo.

- Verás qué desfile- me dice mi amigo mientras nos sentamos en un sofá blanco con un vaso ancho en la mano. Ni sé lo que he pedido, tan sólo sé que no quiero estar allí. No tengo ánimo, aunque mi cara se ilumine al comenzar el paseo de mujeres. Cuando termina el paseíllo la voz de la madame recitando nombres, servicios y características me recuerda a la de un camarero atareado anunciando el menú del día; o escojo lo primero de la lista o no me entero de nada. 

- ¿No quieres los dos con la misma?- pregunto a mi amigo buscando un alivio. Sé que en ese caso se centraría en él y yo podría escabullirme con la menor implicación posible. Él ya ha elegido, una rubia latina a la que el pubis imberbe que transparenta su braguita, no dejará por mentirosa. Su negativa a compartir chica me deja frente a una decisión que no quisiera tomar. Allí de pie, tratando de lucir sexys y seductoras, me parecen langostas en un acuario esperando que el futuro comensal las señale con el dedo: tú acabarás en mi olla hirviendo. 

- ¿Alguna quiere?- pregunto buscando librarme de tener que elegir. Una marejada de risitas se levanta en las chicas, que posan alineadas como si fuera a sonar un himno. 

- Pero claro caballero, todas lo están desea…- comienza a decir la madame. 

- No, en serio, ¿a alguna le apetece?- interrumpo a la mujer. 

- Yo- resuena en la habitación. La dueña de esa voz, aparentemente decidida, da un paso adelante, con un gesto de cabeza asumo mi conformidad, y de inmediato la responsable del lugar retoma el monólogo, llamándola por un nombre que si no es el real no me interesa y una descripción de características de la que sólo soy capaz de retener francés natural sin. Mientras el resto de mujeres desaparecen por donde han venido, yo la miro. Alta a pesar de sus bailarinas, me he fijado que era la única que no lucía tacones vertiginosos, delgada, quizás demasiado para ser foco de atención. Morena, ojos oscuros, con el pelo extremadamente largo y liso sujeto en una cola alta que prácticamente le cae hasta la cintura. No se le nota ningún acento extraño, pero su apariencia denota un origen exótico, quizás inmigrante de segunda generación. Si en lugar de ir en lencería granate con unas medias del mismo color y un salto de cama, le pusiera un uniforme negro la vería en cualquier tienda de moda dispuesta a encontrar la talla que necesito. 

Ahora no sabría decirle qué necesito. Me ha tomado de la mano y me ha llevado a una habitación grande. 

- ¿Pasas al baño y nos aseamos un poquito?- pide, y yo asumo con naturalidad. Mientras me voy desnudando la miro y me sonríe; yo no puedo. Tiene el pecho pequeño, demasiado para mis grandes manos, y unas nalgas preciosas que ni siquiera me atrevo a acariciar. Me introduzco en la ducha y espero que su mano calibre la temperatura del agua. Después es ella la que se introduce, reduciendo el espacio entre nuestros cuerpos en aquel estrecho cubículo. El tacto de sus dedos en mi pene flácido me resulta extraño. Sé que me está mirando, pero mi vista está caída, centrada en los primeros gestos de sus manos; tira de mi piel, comienza a hacerlo crecer mientras una lluvia templada nos moja. Su mano hace emerger el glande, e inmediatamente lo baña de un agua tamizada por el mover de su mano. Siempre es ella quien lleva la iniciativa. Vierte jabón en la palma de su mano y me limpia masturbándome. Finalmente me aclara y la espuma desaparece entre nuestros pies enfrentados. 

Después dirige la ducha a su cuerpo. La tez morena se extiende de manera uniforme, no es producto del sol. Ha evitado mojarse la cara para no estropear el maquillaje; sigo el recorrido del agua cayendo por su cuerpo, observo cómo se desliza por el contorno de sus pequeños pechos, cómo se acelera al caer por su vientre plano. El trayecto me lleva a observar su pubis, adornado con una tira de vello negro, recortado y cuidado, que se yergue continuando la forma de su vulva. Después sus muslos largos, delgados pero torneados, y de ahí mi mirada vuelve a saltar a su brazo extendido, a la mano con la que sigue dando dureza a mi polla cada vez más crecida. Centra el chorro en su sexo, observo cómo se enjabona, cómo restriega y finalmente vuelve a aclarar. Después agarra mi mano. La lleva a su entrepierna, me hace tocarla. 

- ¿Te gusta?- pregunta con una voz suave que se pierde en los ecos de la ducha. Muevo la cabeza en un gesto afirmativo y musito un sí que apenas resulta audible. Cuando cierra el grifo, pese al calor que nace en mi cuerpo, mi piel siente un frío repentino. Desaparece cuando ella toma una toalla blanca y comienza a secarme pasándola por mi cuerpo. Salimos de la ducha. Se ha colocado a mi espalda; giro la cabeza para encontrar su mirada sobre mis hombros. Sabiamente, con una práctica repetitiva en la que no quiero pensar, consigue que el mar de gotitas en mi cuerpo desaparezca sin dejar de estimular mi sexo. Después me tiende la toalla. Ahora te toca a ti, me dice, y girándome quedamos por un instante frente a frente, sin espacio por el que el aire refresque el calor que su aliento dispersa en mí. Acto seguido es ella la que se gira. Me ofrece su espalda. Mi mirada la recorre: el pelo doblemente recogido para que no se moje, la parte más alta, sus hombros, casi hasta su cintura, está extrañamente seca, sus nalgas en cambios están moteadas de perlas de agua. Mis manos se ponen a la labor con demasiada profesionalidad. Rodeo su cuerpo y deben ser sus manos las que me encaminen a zonas que no necesitan secarse sino avivar la llama. 

La toalla se despliega como unas alas, hasta posarse en mis hombros y colgar de ellos como la capa de cualquier superhéroe; cuando ella, después de hacer crecer mi rabo hasta el máximo, se muerde el labio inferior, casi me podría considerar uno. Soy capaz de mantener su mirada un segundo, dos a lo sumo; luego me pierdo en el vacío mientras ella inesperadamente se agacha, recorriendo con las manos y la punta de la nariz mi torso. En cuclillas, su mano agarra mi pene, lo encamina a su boca. Doy un respingo cuando siento sus dientes rozándome la polla. La delicadeza dura poco; enseguida sus cabeceos se hacen demasiado constantes como para no resultar fríos. Mis manos encuentran en su cabeza un lugar para posarse, pero no le impongo un ritmo, una profundidad; ella demuestra que sabe lo que hace. La mamada continúa unos minutos. Yo me dedico a padecerla con los ojos cerrados. Hasta que siento el aire cortando el baño de saliva que me ha regalado. Sé que no debo hacerlo, no tengo que mirarla, sé que ella estará con la vista elevada esperando, pero no puedo evitarlo, abro los ojos y ella escoge ese preciso instante para agarrar mi polla dura y golpearse tres, cuatro veces la lengua. 

- Ooohh-. De mi boca quería salir un no pero sólo ha salido un gemido. Cuando ella amenaza con regresar al ritmo constante de la mamada, mis manos tiran de sus delgados brazos. Hago que se incorpore. Es alta, pero tengo que inclinar la cabeza y besarla para compartir saliva con ese aroma tan particular. Después soy yo el que se agacha, y eso le sorprende. Mis manos en su espalda la atraen hacia mí; recorro con mis labios su vientre planto, su cintura estrechísima. Me detengo a la altura de su pubis, mi vista se deleita en él. Luego mis dedos se cuelan entre sus muslos. Un primer roce la hace suspirar, pero mis manos continúan viaje hasta abrazar sus nalgas. Pequeñas, pero tersas y duras. Inexorablemente mi cara acaba acercándose a su entrepierna. 

Ella pausa mis ganas indicándome que sigamos mejor en la cama. Se tiende boca arriba, esperando mi continuación. Vuelvo donde estaba, a sus piernas asimétricas, a su cintura de avispa, a sus brazos estirados buscando la almohada, a su labio mordido por dientes con ansias. Beso sus muslos, trepo por ellos buscando un calor reconocible en ese cuerpo desconocido. Parece que le gusta, gime cuando mis dedos alertan su vulva. Exploro con mi lengua los pliegues de sus labios vaginales, inhalo su aroma. Mi cara se mueve, la boca busca su clítoris. Me entretengo más que un instante en recorrer su sexo a lametazos. Luego sumo dos dedos. Primero a base de caricias, después llegan los pellizcos. Separo sus labios, abro espacio a mi boca, pinzo su pipa, ella suspira. La humedad que va aflorando en su coño me invita a entrar. Mis dedos lo abren, se adentran en lo desconocido. 

La chica se deshace, yo me animo. Mis dedos se curvan en su coñito, buscando ese punto donde mora el placer. Poco a poco aumenta la velocidad de mi brazo. La follo con un par de dedos y la boca pegada siempre a su cuerpo. Juego en sus labios, asciendo por su vientre, circundo su ombligo y sigo camino. Sus pechos pequeños me reciben alerta, con los pezones endurecidos y erectos. Termino el viaje con un lengüetazo que se le pierde entre el cuello y el hombro, y regreso sin escalas a seguir empapándome de la humedad de su sexo. 

- Cariño, se acaba el tiempo- dice, pero no hago caso. Sigo follándola con la mano. Intuyo que está próxima. Incremento el ritmo, el mover de mi boca sobre su raja. Ella misma se convence e introduce la mano entre mi cabeza y su piel para comenzar a estimularse el clítoris. Apenas me retiro; en cada viaje el atrevimiento de mi lengua es castigado por sus uñas largas. Da igual, funciona. Mi mano y la suya consiguen que el orgasmo se licue. 

Ahora sí, ya podemos dar el siguiente paso. Me tiendo sobre una cama que es sólo una sábana bajera de quita y pon. Ella entiende lo que le pido sin hablar. Saca un preservativo de no sé dónde y me lo coloca con rapidez. Cuando se monta sobre mí, su cara tiene una expresión que no acierto a interpretar, me gustaría pensar que lo está pasando mejor que de costumbre. Agarra mi polla; está crecida pero algo flácida. Juega con ella contra sus labios, termina de lubricarla y de endurecerla. Mi gemido se prolonga todo lo que ella tarda en dejarse caer. Empieza a moverse lento, apenas un ligero vaivén de olas en un mar en calma. Mis manos buscan sus caderas, su pecho, su boca; las suyas recorren mi torso al tiempo que me cautiva con una sonrisa que parecía franca. Me quedaría así, sintiendo el leve roce de sus paredes vaginales en mi rabo endurecido, para el resto de mi vida. 

Poco a poco va incrementando el ritmo, le puede la profesionalidad. Mis manos se desperezan, acompañan sus movimientos, hasta que éstos se convierten en frenéticos botes y tengo que sostener los muslos en sus caídas para aguantar el tirón. 

- Córrete en mi boca- dice en un momento dado. Trato de oponerme, ni quiero ni puedo correrme todavía, pero ya ha debido pasar el tiempo, escucho la voz de mi amigo al otro lado de la puerta. Además hay poco que pueda hacer; ella me ha desmontado y ha retirado el preservativo. Me muevo a regañadientes, buscando una mejor postura. Termino de rodillas sobre la cama, y ella tiene que echarse sobre el colchón, con las piernas colgando y ofreciendo su espalda desnuda a mis manos aburridas. Me la machaca con fuerza, tratando de acelerar algo que todavía no estaba preparado. Me masturba con la punta de mi polla apoyada en sus labios. Mi mano se aventura por su espalda. Dejo atrás sus hombros huesudos, sigo camino por la curva que anuncia sus caderas y llego a sus nalgas. Las aprieto y los dedos se me deslizan hacia la raja. 

Hundo el dedo más largo en su coño y comienzo a moverlo mientras ella sigue tratando de acelerar mi final. Tira de mi polla, la mano busca los testículos; comienza masajeándolos y termina apretando. Retiro el dedo del coño y me lo llevo a la boca; por un lado degusto sus flujos, por otro lo lubrico para un nuevo destino. He reparado tarde en su ano. Hurgo, trato de romper la resistencia de unos esfínteres que ya no me esperaban. Ella agarra mi muñeca, no me quiere allí. Aprovecho que ha liberado mi polla para tomar el relevo. Con la mano diestra incremento el ritmo de la paja, con la izquierda sujeto su cabeza muy cerca, para no tener margen de error. No hace falta. Cuando mi respiración parece transformarse en gruñidos, ella abre la boca y comienza a mamar. Francés natural sin, lo había olvidado. Me voy, irremediablemente me corro. En su boca, en su garganta. Reviento y ella no deja un segundo de cabecear, sin atragantarse. El semen caliente desborda, asomándosele a los labios, manchando su barbilla morena. Fuerza el gesto y traga. Después me mira y me enseña la lengua todavía pegajosa. De inmediato se incorpora y desaparece en el baño. Entiendo que debo vestirme, y comienzo a hacerlo después de limpiarme el rabo con unas toallitas higiénicas. 

Salgo de la habitación y me espera mi amigo. Luce una sonrisa de franca felicidad. Qué, qué tal, me pregunta. Y yo dudo: no sé si decirle que nunca hubiera querido estar ahí o que la próxima vez invertiré mi dinero con menor delicadeza.

domingo, 9 de agosto de 2020

Hazme tu puta

 Nunca debió pronunciar aquellas tres palabras. Lo sabe ella y lo sé yo. El resto de la gente la puede ver cansada, demacrada incluso, pero feliz, y nunca adivinarían que le estoy dando la mala vida que una noche de placentero sexo ella me pidió al susurrar entre gemidos a mi oído “hazme tu puta”. 

- ¿Lo pasamos bien anoche, eh?- le pregunté a la mañana siguiente. Su respuesta fue un ronroneo. Sonreí, tenía la actitud. – Me pediste una cosa… ¿estás segura de que es lo que quieres?- volví a preguntarle. Ella se puso seria y me miró: - Si, es lo que deseo- dijo, y allí mismo, tirados en el suelo de la cocina volvimos a follar.

Por aquel entonces ella ya estaba totalmente enamorada, redundantemente entregada a mí, y aunque creía conocerme, no podía imaginar la perversidad que se escondía en los recovecos más recónditos de mi mente. Los juegos, los retos, las fronteras físicas nunca antes traspasadas en su cuerpo, el exhibicionismo, el cuero, las pinzas y las fustas, el intercambio y hasta cederla a cambio de dinero haciendo literal su petición… Habíamos seguidos todos y cada uno de los pasos de un camino sin retorno posible y en el que el final no se acertaba a divisar.

Hasta aquella fría noche de invierno. Subió al coche y dócilmente se dejó vendar los ojos. Bajo su largo abrigo de piel, su cuerpo desnudo, unas medias negras y sus botas altas. Sabía lo que le aguardaba aunque la velada fuera improvisada hasta para mí. Otras veces sus amantes la esperaban impacientes, los reservados estaban alquilados y las otras mujeres, previamente pagadas. Esta vez no. Esta vez circulamos a baja velocidad por las carreteras de la ciudad. Sólo tenía que encontrar el lugar, el resto lo conseguiría el cuerpo de Julia. Giramos sin prisa por unas calles desiertas en las que el agua que brotaba de los camiones de la limpieza se convertía, por lugares, en finas capas de hielo. Por fin lo encontré. Después de vueltas y más vueltas di con el lugar que mi imaginación había soñado. Solté su cinturón de seguridad, comprobé que sus ojos seguían convenientemente tapados y entonces le pregunté:

- Cariño, ¿confías en mí?-.

- Si, ya sabes que siempre lo he hecho- respondió tranquila, plena de seguridad. Bien, entonces puedo proceder. Deslicé su abrigo y descubrí sus hombros desnudos. Bajé la guantera, agarré sus manos, las llevé a la espalda y las até con unas bridas que llevaban mucho tiempo esperando en el coche y volví a cubrir su desnudez con el abrigo. Acto seguido apagué el motor. Frente a nosotros un puente bajo la autovía, una pared llena de grafitis, una pequeña hoguera y dos bultos tendidos en el suelo. La intensidad de los faros hizo incorporarse a una de esas sombras. El brazo cruzado sobre los ojos, protegiéndose de la luz que lo acababa de despertar, miraba el coche. Cuando me vio salir, poco más que una silueta en la oscuridad, corrió a zarandear al otro cuerpo que dormía a su lado buscando auxilio. Rodeé el coche por su parte delantera, mi sombra se proyectó en la pared. Llegué al puesto de copiloto y abrí la puerta. Julia movió sus piernas y yo le ayudé a salir. Mi brazo la sujetó en los dos pasos que dio sobre el piso irregular. Luego yo me detuve y ella me imitó. Los dos bultos se habían puesto en pie, y ante mis ojos era reconocible la silueta de dos hombres. Cansados, envejecidos, sucios, dos hombres de edad indeterminada y cuerpos vulgares. Dos hombres derrotados por la vida que pasaban sus días entre cartones, ropa ajada y mal olor. Eso era exactamente lo que quería para Julia.

Retiré el abrigo y el cuerpo de mi mujer se les ofreció desnudo. Atónitos miraban su piel blanca, su cuerpo escultural, sus facciones suaves, su pubis imberbe, sus medias de primera marca… Yo miraba su reacción mientras me alejaba con el abrigo de Julia hacia el coche. Con un gesto de la mano les indiqué que era toda suya. Durante unos segundos la noche pareció transformarse en una partida de ajedrez en la que hasta el movimiento más sencillo hay que estudiarlo con detenimiento. Yo les miraba, y ellos me devolvían una mirada llena de sorpresa. Mientras, Julia aguardaba erguida y tranquila a medio camino como la pieza que era en aquella partida. Como dos ratones escarmentados por las descargas de la vida, dudaban si debían acercarse a degustar el trozo de queso que se les ofrecía. Un pausado gesto afirmativo por mi parte les terminó de convencer de que la vida por fin les recompensaba.

Se acercaron todavía temerosos, quizás de las manos ocultas de Julia. Por eso antes de tocarla la rodearon y no vieron más que su espalda desnuda y pecosa, su trasero perfecto y unas manos atadas e indefensas. Sólo entonces se decidieron a clavar sus garras en el cuerpo de mi esposa. Ella gimió y una sensación de satisfacción acudió a mi mente. Ellos, una vez convencidos, no se andaban con rodeos: sus cuatro manos apretaban ya su pecho, su vientre. Uno, más diligente, llevó directamente la mano a la entrepierna de Julia; ella se quejó, y él apretó con más fuerza. Su boca, su cuello, todo su torso y hasta sus muslos, no hubo centímetro cuadrado de la blanca piel de mi puta que ellos no recorrieran. Sin embargo, ni descubrieron sus ojos ni desataron sus manos; la querían frágil y sumisa, como yo por otra parte. 

Sus manos atrayendo el cuerpo de Julia provocaron un traspié y que ella cayera al suelo. Ellos se abalanzaron  como dos fieras sobre su presa. Uno, el más joven, seguía tocando, el otro trataba de liberarse de su pantalón. Yo, lejos de auxiliarla, me senté sobre el capó todavía caliente de nuestro vehículo de alta gama. Mientras el segundo de los hombres trataba cómicamente de sacarse los pantalones que se le habían enganchado en los zapatos, el más diligente ya rozaba con su sexo la piel de mi esposa. Giró su cuello, y una masa informe se restregó sobre el cuidado cutis de Julia. Yo me acomodé y con dos dedos bajé lento la cremallera de mi pantalón. El otro hombre, cuando por fin se liberó de sus ropas, y viendo que se le habían adelantado, se contentó con pasear sus manos por la carnosa realidad en la que se habían transformado aquella madrugada sus mejores sueños. Contemplando la escena, viendo cumplido una vez más el deseo de Julia, la excitación me iba ganando. Aunque uno acertara rara vez en sus embestidas con la boca de mi esposa, aunque el otro no concentrara sus esfuerzos en alguno de los múltiples puntos sensibles de su anatomía… No importaban los medios para cumplir el fin último.

Tal vez se quería vengar de la sociedad sobre el inocente cuerpo de Julia, tal vez sólo quería provocarle dolor, pero el más decidido de los dos, cuando se cansó de atacar su boca, fue directo a su ano. Tendido de costado a su espalda, sus piernas patearon las de mi esposa hasta que ella adoptó la posición que él buscaba. Entonces presionó. Sus ojos casi saliéndosele de las órbitas y su risa escandalosa me indicaron que ya estaba dentro. Julia no gritó. Para ella hace mucho que el dolor físico es una barrera superada y aceptada, aunque tampoco hubiera podido hacerlo, y es que el segundo hombre, arrodillado junto a su cara le ofrecía su muslo como almohada mientras guiando su cabeza la obligaba a mamar. Una de sus manos sobre el rostro de Julia terminó por hacer caer la satinada banda negra que velaba la mirada de mi puta. Sé perfectamente lo que sintió al ver en primer plano ese vientre flácido, ese cuerpo sucio y cansado, esa mirada aviesa y esa sonrisa incompleta. Me miró y sus ojos adquirieron un brillo especial al comprobar que me masturbaba deliciosamente lento contemplándola entregada a aquellos dos mendigos. 

La delicadeza no era el fuerte de aquellos dos hombres. Sus manos agarraban el cuerpo de Julia como quien agarra un palo. Quizás debía ser así. Un pequeño reguero de sangre nacía del codo de mi esposa, sus medias estaban rotas y sus botas manchadas de barro, mientras ellos, cada uno en su parcela, se movían ávidamente, tratando de aprovechar el tiempo antes de que la vida se les volviera calabaza. Julia, paciente, les dejaba hacer y ellos, envalentonados, seguían penetrándola. Su boca, su trasero, todo su cuerpo era presa de la codicia de aquellos dos sin techo. El que, por su barba cana aparentaba más edad, el que más decidido parecía, se montó sobre las caderas de mi esposa, obligándola a rodar sobre el suelo hasta quedar boca abajo. Hizo una breve pausa, como si quisiera comprobar que seguía hundido en el culo de Julia, y volvió a moverse. Sus gestos impulsivos, la tensión de sus músculos, sus gruñidos casi animales… todo hacía indicar que le era imposible contener el final. Segundos después el cuerpo de Julia se agitaba bajo su peso, y la sonora carcajada de aquel hombre me hizo entender que su semen manchaba ya el ano de mi esposa. 

Detuve mi paja y me acerqué. Pasé a su lado cuando la respiración del primero era todavía fatigada y el otro buscaba de nuevo la boca de Julia. Llegué hasta el rincón junto a la pared donde dormitaban ellos cuando llegamos. La suciedad y el olor a orín eran insoportables. Entre cartones gastados, briks de vino peleón y trastos viejos, vi un colchón. Húmedo y raído, lo arrastré hasta ponerlo frente a los faros, siempre encendidos, de nuestro coche. Lo que siguiera lo quería ver mejor iluminado. De vuelta en mi improvisada butaca, les hice ver que continuaran allí. Ellos arrastraron a Julia con los mismos pocos miramientos que yo había tenido con su cama. Cayó boca arriba, aunque sus brazos siempre atados le impedían apoyar la espalda con comodidad. De inmediato los dos hombres se dispusieron a continuar con su inesperado banquete. Sus manos forzaban a abrirse unas piernas que ella no pensaba cerrar. En ese momento empezaron a discutir: ninguno quería ceder el turno. Se gritaron algo en un idioma extranjero, Julia los miraba entre temerosa e impaciente, y yo permanecía alerta por si su pelea anulaba nuestros planes. Al final se impuso el más mayor, aunque acababa de correrse en el culo de mi esposa, quería follársela de nuevo. Se colocó entre sus piernas y empujó. Una, dos, varias veces, hasta que comprobó que le era imposible una nueva erección. Entonces el otro aprovechó su momento. Con un empujón lo quitó de en medio, haciéndole caer sobre la pierna de Julia primero, y después sobre la tierra. Julia se quejó, él, volvió a reír a carcajadas. Después se alejó hacia sus cartones, donde se tumbó con un envase de vino en la mano dispuesto a contemplar la escena.

Quien sabe, quizás fuese más joven, pero su cuerpo castigado aparentaba algo más de cuarenta. Miró a Julia y se agachó sobre ella. Las sombras se proyectaban sobre el gris cemento de la pared. Palpó sus pechos, su mano recorrió el vientre de mi esposa, luego levantó sus caderas y se tumbó sobre Julia. Cuando él comenzó a moverse, yo volví a masturbarme. Suave, sin prisas, con apenas un par de dedos, mis manos protegidas del frío con un par de guantes negros, se movían arriba y abajo contemplando como a apenas un par de metros Julia se entregaba al segundo de sus machos de ocasión. Trajeado, sentado sobre el capó de un deportivo oscuro, con únicamente los cojones y la polla erecta asomando por la apertura de la cremallera, lucía como el perfecto sádico que pretendía. Al otro lado de las pequeñas llamas de la hoguera que les calentaba la noche, el mayor de los mendigos, me miraba, y moviendo la cabeza en gesto de negación, quizás incapaz de comprenderme, volvía a beber de su vino. Entre nosotros, sobre ese colchón viejo y sucio Julia yacía bajo los impulsos del segundo de los hombres. En la oscuridad de la noche el detalle podía haberme pasado desapercibido, y observándolos, me preguntaba si aquel que se movía sobre el cuerpo de mi esposa, tenía un buen pene o  sabía hacer bien el amor, pues hacía un rato ya que Julia rodeaba con sus piernas el cuerpo del hombre. Apostaría que si no tuviera las manos atadas lo abrazaría acariciando su pelo, jugando en sus orejas y clavándole las uñas en la espalda como hace conmigo cuando follando le arranco un orgasmo. Se movía pues lento, buscando sus pechos, abrazando su cuerpo, ahora que mis manos adquirían velocidad. Se erguía y volvía a caer, incansable, sobre el vientre de Julia, provocando un eco hueco que sólo de vez en cuando un coche despistado rompía circulando por la autovía ajeno a la cruda realidad del túnel. Viendo cómo mi puta se dejaba follar, mi mente se recreaba, y la sangre se concentraba en las cavidades de mi polla provocándome una erección total. Cuando los gemidos de Julia se agudizaron, yo aceleré también los movimientos de mi mano. Él subía y bajaba, hundiendo su pene en el coño de Julia, y mi mano bajaba y subía, acercándome más y más al fin. Sentí la dureza en mis testículos, y el semen dispuesto a salir, detuve mi paja y dejé que mi verga explotara en cuatro tiempos, dejando que el blanco de mi leche se convirtiera en un pastoso charco a mis pies. Mientras me corría contemplaba lo feliz que era Julia bajo su hombre.

No había reparado que, mientras recomponía mi figura tras la eyaculación, el hombre más mayor se había incorporado y caminaba desnudo con su envase de vino en la mano hacia Julia y el otro hombre, que seguían follando. Se detuvo frente a ellos, y mirándolos, comenzó a orinar. Julia gritó sobresaltada alejándose, el otro le gritó algo en su idioma, y el viejo reía mostrando su sonrisa sin dientes. Les habían interrumpido y eso lo iba a pagar Julia. Como si fuese otro hombre el que segundos atrás se la follaba tierna y pausadamente, el más joven agarró a mi esposa de los pelos, la arrodilló sobre las piedras, y situándose frente a ella la obligó a abrir la boca. Tan pronto como los labios de mi esposa se separaron, él coló su pene. Empujó la nuca de Julia hasta que ella tuvo una arcada, y repitió la acción tres o cuatro veces. Luego, colocó su polla junto a los labios de mi puta, y masturbándose como yo había hecho, se corrió abundantemente sobre el rostro, el pelo y el pecho de Julia. El otro tiró su vino, y con la polla flácida también busco la boca de Julia. La expresión de su cara cuando fui a dar por finalizada la noche, todavía tenía reflejada el amargor de la orina.

Abrí la puerta trasera. Julia se había tenido que apoyar en mí para caminar los pocos metros que nos separaban del coche. Rompí las ligaduras de sus muñecas y ella se tendió extenuada sobre la tapicería. Sus medias estaban rotas, su pelo sucio y despeinado, sangre reseca manchaba sus codos y rodillas, el semen todavía fresco estaba repartido un poco por todas partes de su cuerpo, y aún así la sabía feliz por haber cumplido mi fantasía y su fantasía.

- Señores, por las molestias, muchas gracias- dije volviendo a ellos y mientras arrojaba un billete mediano al colchón sucio y maloliente sobre el que se habían follado a Julia.- Pasen ustedes buena noche-. Cuando me di media vuelta, se peleaban por el dinero como antes se habían peleado por tirarse a mi puta.