sábado, 1 de mayo de 2021

Horas extra

-¿Pero por qué? Si nos compenetramos muy bien. Mira ahora, por ejemplo, si hubiéramos tenido que revisar todos estos dossiers solos habríamos tardado dos días, y juntos hemos acabado en poco más de dos horas. Anda, no te pongas así, que te invito a una cerveza en el bar de abajo-.

- Precisamente por eso. Porque no puedo tomarme una cerveza contigo. Lo que yo querría es salir a cenar después de pasarnos media tarde buscando canguro para los niños, quiero escaparme por ahí un fin de semana, quiero quedarme mirándote como un idiota mientras no haces absolutamente nada, quiero sufrir tus enfados, quiero amanecer contigo…- comencé a decir apartando la vista incapaz de seguir mirándola.   – Pero tú ya tienes todo eso con otra persona. Y sí, podríamos quedarnos tomando una cerveza, o podríamos enrollarnos un día, cuando tú estés baja de ánimo y yo no pueda reprimir más el impulso de tirar todos estos papeles al suelo de un manotazo, sentarte en la mesa mientras nos comemos los morros como si fuera el último bocado de nuestras vidas y mis manos se lanzan a comprobar lo que tantas veces he soñado. Pero no me conformo con calibrar la dureza de tus pezones una sola vez, no quiero que nuestras respiraciones agitadas se extiendan por la oficina desierta cuando nos desvistamos con las prisas de lo prohibido. Aunque fuera el mejor polvo de mi vida, aunque tú me miraras a los ojos de esa manera en la que tú sólo sabes cuando agarraras mi polla y te la metieras poco a poco. Y estaría muy bien, no lo dudo, tenerte sentada en mi regazo, botando sobre mi polla, hasta que a esta mierda de silla se le rompiese una pata y luego seguir tirados en el suelo guiados por el instinto y ajenos a la porquería de la moqueta, o mucho mejor si tuviese lo que hay que tener y te empotrase contra el escritorio del jefe ahora que no está y dejarle como recuerdo huella de nuestro paso en su sillón de cuero, pero yo no me puedo quedar con esa media Verónica, yo necesito el quite completo. Por eso- ahora que había volcado completamente mis sentimientos  era capaz de volver a mirar a mi compañera de nuevo- por eso pido el traslado a otro departamento, no porque me caigas mal, ya ves que es todo lo contrario. ¿Qué te pasa?, ¿por qué sonríes así? No, Verónica, para, no, deja tu vestido quieto, Verónica, por favor, cuidado, ¿qué haces?, con lo que nos había costado poner todo en orden…


domingo, 25 de abril de 2021

Macedonia

Ese beso de tu boca que me sabe a fruta fresca, que se escapó de tus labios y se metió en mi cabeza, ese beso con que sueño cuando las penas me acechan, que me lleva al mismo cielo y a la tierra me regresa, y que reza, reza, que reza y aunque ya no tenga cura y el recuerdo de sus besos me lleve hasta la locura…

Sé que no es la traducción exacta, pero me gusta llamarte así, Almendrita, como la protagonista de aquella novela. Desnudos reposamos en la cama, mi mano traza círculos desde tu vientre, suave como la piel de un melocotón, a tus caderas, allí donde me gustaría poder quedarme a vivir y comprobar cómo los años la convertirán en piel de naranja. Tú eres mucho menos prosaica; tu mano estimula mi único fruto del amor.

- Como sigas así voy a tener que volver a follarte- te advierto. Tú aceptas el envite y subes la apuesta y el ritmo de los manoseos; en pocos minutos me tienes listo de nuevo y encaramándome a tu cuerpo tendido boca arriba entre las sábanas revueltas.

Ya lo sé, labios de fresa sabor de amor dice la canción, pero quiero comprobar por mí mismo a qué saben los labios cuando son pequeños y salvajes como los tuyos, y por eso te beso: frambuesa. Mis labios comienzan a descender por tu cuello, tus hombros. Tus pechos coronados por un par de avellanas, los muerdo. Crujen como la cama cuando nos descontrolamos. Sigo descendiendo por tu vientre, caliente, palpitante, expectante. Hay quien lo llama higo, otros lo asemejan a una papaya, tu sexo sabe a ti, con todos tus matices, con su miel y con su hiel; hoy estás dulce. Acerco los dedos y comienzo a tocarte. Te gusta y me animas. Lo hago más decidido, más intenso, buscando un objetivo. Quiero exprimirte, hacerte zumo, extraer ese aceite de almendra que alimenta mi espíritu y embadurnará nuestros cuerpos cuando, dentro de un rato, caigamos rendidos sobre la cama como frutas maduras.

sábado, 17 de abril de 2021

Inmarcesible Gloria

Habían pasado ya más de dos horas desde el final del partido pero las camisetas amarillas todavía salpicaban las calles del barrio. Caminaba hacia casa cuando me dije que la cerveza que iba a refrescar aquel atardecer de finales de junio era mejor tomarla rodeada de gente feliz por una victoria que en la soledad de mi cocina mientras empezaba a preparar la cena; así que cambié los últimos metros de mi itinerario y entré en un bar latino cercano a mi hogar. Pasaba casi a diario por allí, llevaba abierto ya unos cuantos años, desde que el barrio había acogido a miles de los inmigrantes llegados a España en las dos últimas décadas, sabía que estaba especializado en cocina colombiana por un cartel en la cristalera y la pizarra colocada junto a la puerta, pero nunca había entrado.

Alguna de las mesas de la terraza estaba ocupada, al pasar al interior también vi algún grupo de gente al fondo. En la barra dos camareros ataviados con el uniforme de la selección nacional terminaban de secar los vasos. El fragor había pasado, pero todavía se notaba que la tarde había sido un hervidero. Pedí la ansiada cerveza y el primer trago helado descendiendo por mi garganta terminó de relajarme después del día de trabajo. El ambiente ya no era festivo, pero donde había habido fuego quedaban las brasas expresadas en forma de risas, cánticos, música; escuchándolos uno no podía imaginar otra cosa que una victoria contundente y no la pírrica que anunciaban al día siguiente los titulares. Al cabo de unos minutos, siguiendo la mirada de uno de los camareros reparé que en que la televisión emitía el segundo de los duelos de la jornada, aquel en el que se iba a dilucidar el rival de Colombia en la siguiente ronda.

- Uy, disque ¿usted tan blanquito no será inglés, no? Porque nos los vamos a comer en octavos-. La cerveza había conseguido abstraerme tanto que no había reparado en la mujer que se había colocado a mi lado.

- No, soy español, pero si hace falta dejarse comer, yo me dejo comer- contesté terminando de girarme para volver a mirar las botellas que tenía frente a mí al otro lado de la barra. Ella rió la broma estruendosamente y añadió: ni que fuera un sancocho- Mi falta de respuesta debía dejarle claro que no conocía demasiado de la gastronomía colombiana. - ¿No viene mucho por acá, verdad? Me llamo Gloria, encantada- dijo.

- ¿Cómo Sofía Vergara en “Modern Family”?- respondí a la gallega.

- ¡Pero yo estoy mucho mejor!-dijo riendo a carcajadas. Entonces la observé más detenidamente. Obviamente ella no podía aguantar la comparación con una miss universo, si es que alguien puede. Ya nadie la definiría como joven, metro sesenta escaso, pelo abundante y de un moreno azabache, la tez cobriza, un pecho más que generoso, una cintura a la que tal vez le sobrase algún kilo, y en la cara una sonrisa luminosa y contagiosa. Vestida con alguna versión más antigua del traje de la selección Colombia bien podía ser una buena compañía para lo que surgiese.

Las manecillas de mi reloj parecían haberse adaptado al pausado transcurrir de la vida en otras latitudes. Había entrado buscando algo de ambiente y me había terminado uniendo a Gloria y sus amistades, otras tres mujeres y un hombre de edades cercanas a la suya y mismo origen. A la primera cerveza siguieron otras, el fútbol continuaba en los televisores, pero a nadie parecía importarle ya el futuro rival. Cuando más interesante parecía ponerse la noche, cual Cenicienta, me di cuenta que el tiempo había pasado rápido embriagado por la cautivante personalidad de Gloria.

- ¡No!,¿cómo así?- protestó cuando desde detrás de la barra anunciaron que era hora de cerrar. – Qué pena con usted- me miró y dirigiéndose a todo el bar dijo: ahora que iba a enseñarle al españolico este cómo se baila en mi tierra…-.

La persiana del bar cayó, las pocas gentes que quedaban se fueron disgregando en la tibia noche de verano, pero yo no quería separarme de Gloria. Podría achacarlo al estío, al alcohol que había ingerido, al encantamiento de su risa, al aroma dulce que intuí en su pelo cuando me agaché a besarla, pero era otra cosa, un calor primario, instintivo, físico. Un mínimo roce, algo parecido a una descarga eléctrica, una primera chispa, la que hizo que después de las mejillas, no nos diésemos tiempo para pensar en qué vendría después y nos lanzásemos a devorarnos la boca, con mis manos abrazando su trasero y sus pies en puntillas.

Fue la distancia la que impuso el lugar, su habitación en un piso compartido. Por el camino, en el ascensor, fuimos apaciguando con besos y magreos la tempestad desatada. Cuando el pestillo en la puerta nos dejó solos ya no hubo remedio. Sus manos me instaron a sentarme sobre la cama, de inmediato Gloria me acompañó. La débil luz de una lámpara de mesilla dejaba su rostro en un claroscuro que se iluminó de pronto por su sonrisa cuando, en su abrazo, advirtió lo que yo experimentaba bajo mis ropas: el pene crecía sin disimulos. Mis besos bajaban por su cuello, mis manos rodeaban su cintura; cuando ambas se unieron en sus pechos Gloria soltó el cierre de su sostén. Como una bandera su camiseta amarilla ondeó en lo alto antes de seguir un tranquilo vuelo hasta el piso. Voluminosos, caídos, imperfectos, maravillosos. Sus senos acogían mi cara, mi saliva, mis besos. Trataba de excitar entre mis dedos sus pezones, anchos y chatos, al tiempo que ella pugnaba por colar su mano bajo mis ropas. Le ayudé reclinándome. Sus uñas rasgaron la piel de mi vientre cuando sus manos empezaron a desvestirme, enseguida sus labios calmaron la superficie incendiando el deseo. La mirada de Gloria me buscaba en cada tirón que daba a mis pantalones, y en esos ojos negros se intuía lo que estaba por llegar.

- Aaaah…- un gemido salió de mi boca cuando golpeó mi polla contra sus labios. Después el roce de sus dientes, la húmeda esponjosidad de la boca, los aleteos de su lengua y su mano tirando débilmente de la piel de mi rabo. Comenzó a torturarme, a recorrer con su lengua mi pene, desde la base hasta sacarle brillo al capullo. Cabeceaba unos instantes, llevándome al máximo y acto seguido hacía una pausa, en la que hasta el cálido aliento que escapaba de su boca era una tortura para mi enrojecida polla. Si continuaba así iba a terminar conmigo demasiado pronto. Me levanté de golpe, provocando su risa, la tomé en mis brazos y la giré. Ahora era ella la que estaba presa entre mi cuerpo y la cama. Sus pechos morenos, generosos, me condujeron por el resto de su anatomía. Recorrí la curva de su tripa, los pliegues que formaba ésta a medida que bajaba. Sus jeans demasiado ceñidos sublimaban su culo, pero se volvían incómodos con las prisas por desvestirla. Apenas los bajé hasta las rodillas y me centré en las bragas amplias, blancas, clásicas, que aparecieron ante mis ojos. Cuando, después de trepar por su muslo, uno de mis dedos las recorrió, la forma de sus labios y la humedad que mojaba su coñito se anunciaron bajo la tela. Las deslicé hasta el tope que suponían sus pantalones a medio bajar, Gloria se acomodó recostándose en la cama y yo adiviné lo que ella esperaba. Mis hombros se hicieron hueco entre sus rodillas flexionadas. En la penumbra de aquella habitación poco iluminada su sexo apenas se intuía bajo una mata de cabellos negros. Cuando mis dedos lo abrieron, un resplandor rosáceo maravilló mi vista. Como una ofrenda entregué a él mis remilgos, mis filias y mis fobias y buena parte de la saliva que lubricaba mi garganta. Gloria se deshacía con mis lametazos, y el brillo que al principio se limitaba a sus labios, replegados y carnosos, se iba tornando más espeso y extendiéndose por todo su sexo. Igual que con la cerveza que horas antes había entrado buscando en el bar donde la encontré, ahora mi boca trataba de saciar otra sed; mi lengua se detenía en la parte inferior de su raja unos instantes y subía de golpe golpeando su clítoris.

Gloria se debatía bajo mi boca, el martilleo de la lengua en su pipa la tenía más que alterada. Su cuerpo rechoncho pedía más. La ayudé a incorporarse. El calor que desprendía su coño bañó mi polla antes incluso de que se sentara sobre mí.

- Ay sí, mijo, qué rico…- su mano agarró mi polla y la guió hasta insertársela. Empecé a moverme, pero Gloria me pidió que la dejara hacer. De inmediato comenzó un suave movimiento de caderas, un baile sobre mi polla en el que cambiaba de paso, de ritmo y en el que yo no era sino un inexperto bailarín en sus manos. Su pelo aleteaba mientras mis manos retenían el viaje de sus pechos gordos. Su sexo era pequeño pero tremendamente acogedor con mi rabo, lo cubría de caricias y lo bañaba con sus flujos. A los pocos minutos el calor, la escasa ventilación y los continuos traqueteos de Gloria sobre mí me tenían cubierto de sudor; en cambio ella lucía fresca como una flor, su rostro maduro incluso parecía rejuvenecer en cada minuto que continuaba con su danza. Mis dedos se hundían en la piel de sus costados, mareados siguiendo el ritmo de sus vaivenes, mi polla, que apenas si podía seguir el paso de sus caderas, se volvió un juguete en sus manos cuando Gloria inició un rápido movimiento hacia adelante y hacia atrás. Preso entre las paredes convulsionadas de su coño asistí a su corrida.

El orgasmo que se reflejaba en su rostro colorado le había dejado una risa nerviosa que fue a más cuando comprobamos que sus piernas cortas no alcanzaban para reposar en mis hombros. Gloria estaba tumbada boca arriba, yo arrodillado, mi polla dispuesta a volver a su cuerpo. El primer empujón provocó una sacudida que, cual onda expansiva, se fue repartiendo por su cuerpo. Luego llegó el ritmo, tal vez no tan cadencioso ni tan armónico como el suyo, pero igual de efectivo. Mi polla se clavaba, salía hasta que el glande topaba con sus labios, y volvía a entrar, una y mil veces. Mis dedos viajan por su cuerpo, tratan de reunir sus pechos desparramados, siguen subiendo por su cuello hasta llegar a su boca; se los ofrezco y Gloria los hunde en su boca lamiendo con gula. Su coño me aprisiona. Se va a correr otra vez, lo anuncia, lo grita, una serie de jadeos apresurados acompañan la última tanda de movimientos de mi rabo. Resisto apenas los embates de su cuerpo, cuando salgo de él sé que no aguantaré el roce de sus uñas, la carnosidad de sus labios. Su mano agarra mi tronco, las mías la acompañan en la masturbación. Unos pocos gestos impetuosos bastan para que explote. Segundos después mi corrida no es más que una lluvia cálida que la mano de Gloria extiende por su propio vientre. Cuando terminó de secar una última gota de sudor que caía por mi frente la miro, y en su cara la misma sonrisa de felicidad que brillaba cuando la conocí horas antes.

martes, 6 de abril de 2021

Bollería industrial

Salto de vídeo en vídeo sin soportar más de medio minuto. Podría concederles una oportunidad, llegar al clímax, pero los encuentro tan huecos, tan vacíos, que en vez de excitación me provocan pena, con sus cuerpos prefabricados, sus posturas artificiales, y esos grititos ridículos, pura bollería industrial.

Y podrás preguntarme por qué estoy aquí, viendo vídeos lésbicos en una página cualquiera de Internet, y no sabría muy bien qué contestarte. Supongo que porque con mis dedos y mi imaginación no es suficiente y una necesita algo más, ese algo más. Podría incorporar la memoria, pero es una puta traidora y sólo me trae a Isabel, e Isabel ya no está en mi vida; únicamente está en mi memoria y en todos los poros de mi piel. Por eso estoy aquí. Por eso busco, por eso veo, por eso salto y sigo buscando, entre silicona, morreos de postureo y orgasmos sobreactuados, algo que sea real, algo de verdad, como cuando Isabel se tendía sobre mi cuerpo desnudo y me traspasaba su calor.

Podía haber una razón, pero era casi mejor cuando no la había, cuando me miraba y en silencio nos decíamos: hoy. Y entonces corría a ella y la besaba, en cualquier parte menos en la boca, y el deseo hacía el resto. Puede que cuando nos desnudábamos nuestros cuerpos no fueran tan perfectos como los que veo en la pantalla, pero cuando mis manos llegaban a ella e Isabel se adentraba en mis pliegues era… tan diferente. Sabía dónde tocarme, sabía cómo hacerlo para que mi sangre comenzara a hervir; cuando las yemas de sus dedos comenzaban a trepar por mi muslo el incendio ya se había desatado. Y entonces me tendía, o se tendía, o caíamos enredadas, daba igual, porque el orden de los factores no alteraba el producto. Y era yo la que acercaba mi boca a su sexo, o era ella la que se aventuraba por mi cuerpo, o éramos las dos las que jugábamos entrelazadas.

Ahora que el recuerdo de Isabel ha separado mis dedos del ratón y el vídeo desfila ante mis ojos mostrando a una asiática y una mulata compartiendo un juguete, ahora que mi mano aprieta mi pecho izquierdo deseando que fuera otra mano, ahora cierro los ojos y pienso en que nosotras no necesitábamos juguetes, tan sólo nuestros cuerpos. Separar las piernas y acercar los cuerpos. Nadie nos enseñó, nos guiaban el instinto, el deseo y el amor. Ni mis muslos eran tan perfectos, ni su coño brillaba de esa manera, pero Isabel sabía interpretar el momento de parar, tumbarme y follarme. Con furia, como un tío, como si sus dedos fuesen capaces de correrse. Yo me revolvía, pataleaba, gritaba, pedía por favor que no parase. Y cuando mi mente fluía mecida por el orgasmo le decía que sí a todo: a comprar esas cortinas tan feas, a unas vacaciones sin playa, a quererla toda la vida, a comerle el coño sin prisas, aleteando entre sus labios, sintiendo sus manos revolviendo mi pelo.

Y ahora, en el minuto final de la escena, cuando la china grita en versión original porque un director le ha dicho que tiene que hacerlo, me acuerdo de Isabel, que apenas musitando me pedía que parara, y entonces nos abrazábamos, desnudas y arrodilladas sobre la cama. Sus pechos contra los míos, mi boca en su cuello, su entrepierna contra mi muslo, se frotaba, como una gata en celo. El vídeo llega a su fin, el reproductor me ofrece prolongar el recuerdo con otras historias igual de vacías, y yo..., yo sin darme cuenta que el día menos pensado los gatos se escapan por los tejados.

domingo, 7 de febrero de 2021

Un sandwich y un vaso de leche

Fui un niño bueno… hasta que me dí cuenta que uno se lo pasa mucho mejor no siéndolo. A los primeros cigarros, litronas o escarceos con las chicas siguieron los porros, las borracheras semanales y las pagas gastadas en putas. Y en esas correrías era parte indispensable mi amigo Kike. Mis padres saldrían con aquello de las malas compañías, pero yo sé que no, que Dios nos crió y nosotros solitos nos juntamos. Además Kike no podría ser nunca una mala compañía. Todo lo contrario. El amigo más leal y cercano que tuve y tendré. De todas formas no creo que a mis padres les preocupase demasiado Kike; mientras en casa me comportase, mi padre pagaba mis caprichos y mis locuras de fin de semana; mi madre por su parte pensaba más en los zapatos que se compraría para tal o cual vestido que en mí. Así que yo andaba libre, a mi aire.

Con este panorama es más que comprensible que los estudios no fueran una de nuestras prioridades. Con dieciocho años repetíamos segundo de BUP por segunda vez rodeados de niños pánfilos y niñas rebotadas de un colegio de monjas. Kike y yo, figúrate. Juntos éramos el terror de las adolescentes: desvirgábamos un par cada semana, solo por joder, nunca mejor dicho. A las que de verdad queríamos follarnos les salíamos con el rollo de respetar su virginidad, su elección, tal y cual, sólo para poder destrozarles el culo o llenarles la garganta de lefa. Y funcionaba. Follábamos todo lo que podíamos, pero siempre menos de lo que nos hubiese gustado.

Un día, mis padres estaban de viaje. Una boda de algún familiar, o un entierro, qué sé yo. El caso es que entre estar dando el coñazo al profesor de turno o aprovechar que estábamos menos vigilados que nunca, elegimos lo segundo. Nos saltamos las clases de la tarde y nos fuimos a mi casa.

- Hola Daisy- dije al entrar y cruzarnos con la chica que atendía la casa. Comenzábamos a subir las escaleras del chalé camino de la habitación cuando se me ocurrió algo. – Un sándwich y un vaso de leche, ¿puede ser?- le pregunté desde lo alto. Ella afirmó.

- ¿Qué dices, no nos íbamos a beber el whiskey de tu viejo?- Kike no entendía nada.

- Después- le tranquilicé. Ese era el plan, fumar canutos y beber, hasta ponernos pedo o estar colocados, lo que llegara antes. Y tocarnos los cojones, muy posiblemente de manera literal. Cada uno los suyos, eso si.

Daisy era dominicana. Lo suficientemente joven para que mi padre la contratase y lo suficientemente fea para que mi madre no sintiese celos. Así era Daisy, joven, fea, y terriblemente vaga. Trabajaba porque no le quedaba más remedio, sino su madre la echaba del piso, y trabajaba en nuestra casa porque había poco que hacer; mi padre nunca paraba en casa, mi madre apenas comía, y ella no tenía ni que limpiar ni cocinar, podía pasarse la tarde viendo culebrones en el salón. Conmigo la relación era distinta. Tiempo atrás quería tirarme una negra, nunca me había follado una y tenía ese capricho, así que le ofrecí pasta. Aceptó, sin más. Y debió gustarle porque las siguientes veces lo hacía a cambio de un porrito o una raya de coca. Si le conseguía una joyita se volvía de complaciente…

Tan pronto entramos en mi cuarto tiramos las mochilas al suelo y nosotros nos tiramos también. Yo sobre la cama, Kike sobre la silla giratoria del escritorio. Y empezamos a liarnos unos petarditos. En esas estábamos cuando entró Daisy. Una bandeja en las manos y en la bandeja dos vasos de leche y un par de bocadillos. Avanzó hasta dejarla junto a la ventana. Kike le sonrió, yo le ofrecí una calada. Ya no salió de la habitación. Se tumbó junto a mí, justo al borde de la cama. Su culazo gordo me empujó hacia la pared. Sería por aparentar, pero mi madre se había empeñado siempre en que las chachas fueran vestidas de tal, con su cofia y todo. Y la verdad es que a Daisy el traje le sentaba como el culo. Precisamente por eso, porque tenía un culo y unas tetas espectacularmente grandes y el traje apenas le abrochaba. Aunque esto también tuviera su parte buena. Como en ese momento, que al echarse de lado en la cama, la falda se le había recogido hasta medio muslo. Así que cuando ella me arrebataba el porro de la mano para darle unas cuantas caladas, yo me tomaba la revancha posando mis manazas en su pierna. No voy a hacer apología de la drogadicción, pero la verdad es que la hierba ayudaba a relajar el ambiente. Kike apuraba el primero y nosotros encendíamos ya el segundo. Entre uno y otro yo me había sacado la camiseta y me había aproximado tanto a la espalda de Daisy que rozándose con sus nalgas mi polla comenzaba a despertar. Mi brazo colgaba sobre su cintura y ella se derretía cuando la besaba entre la nuca y el cuello. Cuando metí una mano en su traje y forzando el, sin duda cansado, sujetador dejé al descubierto una de las tetazas de Daisy, Kike debió darse cuenta que la nuestra era la clásica relación chacha-señorito salido. ¿O quería decir lo contrario? En fin, que con su teta fuera y mi muslo tratando de hacerse hueco entre sus nalgas, seguimos a lo nuestro, hablando poco y fumando mucho.

Susurré algo al oído de Daisy. Ella rió, y cuando se incorporó palmeé con ganas su culazo. A esas alturas de la película, a Kike no le sorprendió mucho verla avanzar decidida a por él. Lo habíamos hecho antes con otras, solo que a ésta no le habíamos tenido que mentir ni emborrachar primero. Ésta era de las nuestras. Kike, pues, se desparramó en su silla, abriendo al máximo las piernas para dejarle hueco, y echando hacia atrás el respaldo hasta que éste crujió. Daisy posó su mano en el paquete de mi amigo y él rió como sólo los fumaos que están a punto de recibir una mamada saben reír. Los negros y regordetes dedos de ella bajaron la cremallera y se perdieron bajo el calzoncillo. No le costó demasiado encontrar su premio. La tiene jodidamente grande el cabrón, como se la envidio. Eso y la hermana que tiene. Si yo tuviera ambas cosas sería un incestuoso convencido y practicante. Pero volviendo a aquella tarde, Daisy ya había liberado la polla de Kike, y la asía entre sus manos. Lo miraba a los ojos mientras comenzaba a tirar de la piel de su rabo. Él le echó a la cara el humo de la última calada y luego bajó su mirada. Aunque no es muy lista, Daisy lo entendió. Escupió sobre el capullo de mi amigo, meneó con fuerza el cipote, y acto seguido comenzó a tragárselo.

- ¡Ese culo arriba!- es tan vaga que tuve que gritárselo. Me daban la espalda y no veía nada. Yo, que había escrito el guión de aquella tarde. ¡Qué poco me lo agradecen! Subió el culo, sí, pero durante poco tiempo. Dos minutos después ya estaba en cuclillas cuando no arrodillada mamando sin descanso del rico palo de Kike. Me incorporé, la separé mínimamente de mi colega, le incliné el tronco hacia delante, y ya puestos le levanté la falda. Antes de irme empujé su nuca contra el vientre del placiente. Volví a mi sitio, y… eso era otra cosa. Las bragas blancas e inmensas de Daisy eran como una pantalla donde se proyectaban mis sueños. Un lienzo en blanco dispuesto a recibir chorretones. El profesor de arte hubiese estado contento si a mi mente hubiera arribado en ese momento la técnica del dripping, pero eso no lo aprendería hasta años después. En ese momento, lo único que me divertía era ver nacer diminutos puntos oscuros por la humedad que brotaba de su coño. Al cabo de un rato los diminutos puntos se habían convertido en algo así como el mapa del Caribe: una serie de islas transparentes en la blancura de aquellas bragas de algodón. Me coloqué detrás de ese culazo, me bajé el pantalón, escupí en mi mano y empecé a pajearme mientras ella seguía mamando. Al rato comencé a aburrirme de ver la pantalla en blanco.

- Bájale las bragas- pedí a Kike, y él lo hizo. Daisy estaba demasiado ocupada comiendo polla como para ayudar, así que a tientas y a tirones mi amigo fue descorriendo el telón. Su chocho hinchado y apretado fue lo primero que llamó mi atención. Luego me fijé en sus labios, grandes y surcados por pliegues, y en el hilillo de flujo que escapaba entre ellos; después en cómo se le erizaba la piel cuando mi amigo hacía chasquear sus dedos en la negrura de sus nalgas. Obediente, ella no dejaba de mamar. Sujetaba por la base, aplastándole los cojones, mientras sus labios carnosos subían y bajaban sin descanso por el duro rabo de Kike.

Me aproximé polla en ristre. El roce con sus nalgas me sirvió para comprobar que ya estaba todo lo dura que debía. Mi mano guiaba la polla a frotarse con su crecido clítoris, a abrir ligeramente unos labios que parecían ansiosos por acoger un buen rabo.

- Ay, perdón, que desconsiderado, los invitados primero- dije. Incorporé a Daisy, la llevé de la mano hasta la ventana. Aparté la bandeja con la merienda que nos había servido, y me senté de espaldas a la calle. Guié su cabeza hasta mi vientre, y dejé expuesta su retaguardia ante el más que previsible ataque de Kike. No se hizo esperar. Ahogamos el primer gemido hundiendo bien su cara contra mi rabo. Él se agarraba con fuerza a sus poderosas caderas, y después de unas cuantas idas y venidas suaves, como para calibrar el terreno, comenzaba a darle ritmo a la follada. El cuerpo doblado de Daisy se sacudía bajo sus embestidas hasta hacer chocar sus tetas colgantes con mis rodillas. Por mi parte, yo bastante tenía con retener su cara enterrada en mi entrepierna. Sólo hacía que me la dejase de chupar de vez en cuando, para que me la lamiera entera, de arriba abajo, hasta que su lengua terminara jugando en mis cojones. El roce de sus dientes en el capullo me hacía delirar. Creía que me iba a correr cada vez que su boca tragaba mi polla. Necesitaba una pausa y algo más. Me levanté, hice que Daisy se apoyara en el escritorio, y mientras salía de la habitación guiñé un ojo a Kike animándole a seguir con la faena. Me consta que así fue. El ruido de sus cuerpos al chocar se oía mientras buscaba en el mueble-bar una botella de viejo escocés. Cogí la que aparentaba ser más cara. Entré riendo con el whiskey en la mano y pedí a mi amigo que hiciera una pausa.

¿Alguna vez habéis bebido a morro directamente del cuerpo de una negra sudorosa? Sólo se me ocurre una expresión para definirlo: asquerosamente embriagador. Nos repartimos su culo: Kike el cachete izquierdo, yo el derecho. Echábamos un chorro de licor justo en ese hueco que se forma entre la cintura y el nacimiento de las nalgas, y tratábamos de atraparlo con la lengua cuando caía como una catarata por su piel. Mira que nos esforzábamos en recorrer con la lengua su trasero, pero casi todo el whiskey acababa formando un charco en el suelo. Cuando me di cuenta que el cuello de la botella era lo suficientemente largo, el siguiente paso llegó de forma natural. Abrí su coño, y le fui metiendo, con cuidado de no romperla, la botella. Medio colocados como estábamos, sólo nos dimos cuenta que habíamos olvidado cerrarla cuando el whiskey comenzó a desbordarse en el chocho de Daisy. Cambié la botella por mi boca, y tragué la bebida con los restos de flujos desglasados de su coñazo. El mejor reconstituyente posible. Vio Kike que aquello estaba rico, y también quiso probar. Así que otra vez empinamos la botella en su interior, y cuando comenzaba a rebosar, mi amigo hundió la nariz en el ojete de la chacha para que la lava del volcán de su chocho inundara su garganta.

Ella también parecía tener sed. Girada estiraba su brazo pidiéndonos la botella. Antes de darle de beber a morro, hice que chupara bien chupado el cuello recién salido de su coño. Luego hicimos un cambio; le di a Kike la botella, y yo cogí de la mano a Daisy. Me tumbé en la cama, y ella se sentó a horcajadas. Su propia mano guió mi polla. Meterla en un coño recién follado es como sentarse donde alguien acaba de levantarse: te lo encuentras caliente, con la forma de otro molde, y lleva un tiempo sentirse cómodo. Con lo acogedor que me había resultado siempre el coño de Daisy. Rosa, como la bachata que le gusta bailar, a mí me gusta tornarlo rojizo por el roce y finalmente blanco lleno de nuestras corridas. Por fin comenzaba a moverse. Sus tetas orbitaban libremente sobre mi cara. Mis manos se posaban en sus caderas, y ella se impulsaba queriéndose clavárseme más y más. Kike nos miraba desde su silla. La botella, en cada viaje más vacía, de la mano a la boca. Nosotros follábamos. Me incorporaba a morder sus pezones gruesos, su sudor llovía en mi piel; yo, ceñido entre sus piernas, ella, cabalgando sobre mí. Mis impulsos se encontraban con los suyos, para llegarnos más adentro, para clavarnos más profundo, para transmitir a todo nuestro cuerpo el placer que nacía allí adentro.

Sentí que la cama crujía bajo un nuevo peso. Kike se sumaba a la fiesta y ya había elegido dónde instalarse. Empujó la espalda de Daisy hasta que su pecho se aplastó con el mío. Yo la abracé y cesé la follada. Mi amigo aproximó el pollón que gasta al agujero trasero de la chica, y voilà, sándwich de negra. Ella apretaba los dientes mientras Kike avanzaba poco a poco. Cuando se dio por satisfecho, empezamos a movernos, por turnos. Cuando yo salía, él empujaba, cuando él retrocedía, yo tenía permiso para adentrarme en su coño. Siempre resulta extraño sentir una presencia ahí, al otro lado de una débil pared. Presa entre nuestros cuerpos Daisy sudaba como la cerda que era. La doble penetración no le dolía; únicamente se quejaba si a Kike se le iba la mano al tirar de su pelo. El resto le gustaba, tanto como para correrse un par de veces y dejarme a mí al borde por las convulsiones de su vagina.

Habíamos follado tantas veces juntos, que conocemos el aguante de cada uno. Cuando Kike me vio con los ojos en blanco, entendió que no iba a aguantar mucho más. Desmontó a Daisy, y manejando su cuerpo, la hizo sentarse sobre sus piernas en el suelo. Me incorporé, posé mi rabo sobre la boca de ella, y simplemente dejé que el mínimo roce de sus labios en mi prepucio hiciera estallar mi polla. Sin tocármela, sólo plantada sobre su carita de mirada suplicante, bañada en la blancura de su néctar, con el hálito de su boca entreabierta meciéndome el rabo y dejé que reventase, que la leche saliese disparada hacia sus ojos, su frente, su pelo… Kike por su parte se la pelaba con fuerza, como queriendo sacar fuego. Cuando me retiré, se acercó. Agarró con una mano la cabeza de Daisy mientras con la otra se pajeaba con todas sus ganas. Incontrolable, sobre su cara, sus tetazas jadeantes, el suelo, las cortinas… Kike estalló en mil chorros incoloros, mientras ella volvía a abrir los ojos muy despacio con los restos de nuestras corridas pegando sus pestañas.

domingo, 24 de enero de 2021

Creampie

El trabajo soñado, le dicen, y él se limita a sonreír, o como mucho añade hay que valer. La talla él siempre la ha dado. 24x6x5, con el tiempo aprenderá a usarla como carta de presentación. El trabajo no es tan sencillo como pueda aparentar, pero entrar en él sí que fue fácil. Rellenar un cuestionario en Internet, añadir un par de fotos, y un mes después realizar una entrevista que podría superar un retrasado mental. Y ya está, actor porno a los dieciocho años y pocas semanas. 

Empezó en una productora pequeña, más o menos amateur, tirándose a la mujer del dueño, bizca, fea, y medio analfabeta, pero con un gran olfato para los negocios. Ya que estamos en el mundillo liberal, vamos a grabarnos y sacamos unas perrillas, debieron decirse. De los vídeos caseros a una página web, del círculo cerrado de los clubes a los castings, y en poco tiempo el pasatiempo más viejo del mundo convertido en lucrativo negocio. Y ahí entró él, con una primera escena en la que se hacía pasar por pizzero: un clásico. Si lo buscas todavía lo puedes encontrar en Internet. Viéndolo ahora, se encuentra ridículo, como ridículo le parecía entonces que nadie diese importancia a que fontanero, cartero o reparador de televisores tuvieran siempre el mismo cuerpo y la misma polla. Como si el hábito hiciera al monje. No decía nada porque le encantaba. Follar. Le gustó desde la primera vez que lo hizo, no importa hace cuántos años, no importa con cuántas. Lo iba a hacer de todas formas, así que si sacaba un relativo dinero y adquiría una cierta fama, mejor que mejor. En esos primeros meses explotaron mucho el cliché de jovencito con madura y se hartó de follar a mujeres de la edad de su madre, como si eso no le fuese a afectar. Sobre todo a la dueña, que como tenía mano, se reservaba para ella las mejores herramientas. Con esfuerzo todavía recuerda algunos nombres, gente de paso sobre todo, necesitada del dinero rápido que se ofrecía. Luego vino lo de su delgadez, y ahí se cruzó una obesa que le daba asco, pero con la que debía hacer buena pareja, pues su caché engordó como el contador de visitas de los vídeos que protagonizaron juntos. 

Un par de años y muchos polvos después, el salto al mundo profesional. Una productora seria, con historia, de cuando el porno se veía en los cines, cartera de actrices propia y una lista de títulos de éxito. Ahí llegó más hombre, más ancho, más musculado, quizás por la edad, quizás por el gimnasio en el que pasaba horas metido para forjarse un cuerpo con el que evitar a la gorda. Llegaron las recomendaciones, el rasurado genital y la circuncisión para dar mejor en cámara. Y entonces se volvió gilipollas; se pasaba el día masturbándose para contemplarse delante del espejo, estaba enamorado de su nuevo reflejo. Es peliagudo pasársela empalmado todo el tiempo, porque uno corre el riesgo de no dar la talla en el momento adecuado chico, y esto es tiempo, y en un negocio el tiempo es pasta, le decían. De repente la puerta del plató se le antojaba enorme, como si también le hubieran cortado el pellejito. Estuvo más fuera que dentro. El toque de atención le hizo recapacitar. Se vio engullido de nuevo por unos michelines sudorosos y rectificó. Él quería estar ahí, entre pseudo modelos venidas a menos y bailarinas de striptease con aspiraciones. Así que se puso las pilas, y unos cuantos meses después dejaba las idas y venidas en autobús nocturno, y se establecía definitivamente en Barcelona. Una escena al mes al principio, luego cada dos semanas, un par de rodajes a la semana finalmente, y hasta un par de pelis que se editaron en DVD, con guion y todo, aunque nunca hizo falta que tomara clases de arte dramático; de hecho cree que sólo le pidieron que su gesto denotara algo las primeras veces, cuando tenía que fingirse sorprendido por las insinuaciones fuera de lugar de la maruja en cuestión. Cuando le llamaron de Alemania supo que tenía futuro en esto. 

Los Ángeles, otro mundo, el mismo mundillo. Más grande, más oferta, más demanda, mayor sueldo, más competencia. El resto es parecido: rodar, esperar, esperar, gimnasio, mamada fuera de plano para parecer siempre listo, mamada en plano para que te vean en todo tu esplendor, semen artificial, toallitas y esperar. Conversaciones sobre esteroides, dietas, lavativas, tal actor o cual actriz… El miedo perpetuo a las enfermedades de transmisión sexual y el placer no siempre permitido. Latinas, negras, chinas, latinas, más latinas y alguna que otra inocente Barbie rubia que lleva muy bien eso de que su padrastro la violara en la caravana aparcada en la que vivían. Y él. Lo mejor de cada casa. Puede decir que se ha hecho un nombre en la meca de la industria, aunque para ello haya tenido que renunciar al suyo. Francisco González está muy bien para dirigir un banco, o para ser periodista deportivo, pero en el porno… no pega. Franco le apodaron; así, a medio camino entre italiano y mexicano. Aceptó, que remedio. Se partió de risa cuando leyó aquel rumor según el cual el nombre que había elegido era un homenaje a cierto general. Si supieran, se decía, que precisamente historia era la asignatura que le volvía a quedar pendiente después de repetir 3º de BUP… Al final le aprobaron porque la dirección del centro no quería que se asociara su incipiente carrera con el de aquel colegio tan prestigioso donde sus padres le llevaron. Así pues, Franco. 

Franco por aquí, Franco por allá, levanta la pierna Franco, o aguanta Franco. Y en inglés, que hay que joderse. Tal vez se enteraría mejor de lo que le dicen si hubiese prestado más atención a la señorita Alicia, en lugar de pasar la hora de clase de inglés mirándole las tetas. Total, tetas, es lo que más ve ahora. Diminutas, medianas, grandes y enormes, de todos los colores y sabores, siliconadas y alguna que otra natural. Tetas, culos y coños. Los ve pero no los mira. Es su manera de concentrarse, de mantenerse aislado, de dilatar el final, porque, aunque siempre hay una señorita muy amable que te devuelve a la posición sin ser la script, un parón es tiempo, y time is money. Ve sin mirar, y trata de recordar la letra de las canciones para mantener la concentración. Antes tarareaba, o incluso cantaba, porque a un director le pareció gracioso, hasta que una actriz se quejó porque se distraía e iba a ser incapaz de controlar el orgasmo, y como todo el mundo sabe que es muy contraproducente alcanzar un orgasmo inesperado, pues se acabó el cante. Actrices… 

De la guarra de los orígenes a ahora, han debido ser centenares, tal vez mil. Pasando por la gorda, las necesitadas de dinero pero temerosas de su intimidad que se le abrían de piernas con un antifaz, a las estrellas nacionales. Húngaras, checas, francesas, brasileñas culonas, Yankees surtidas y variadas, cubanas de Miami y japonesas de San Francisco, colombianas… Es un mundo de mujeres y él ha dejado su muesca en todas. Quizás no es de los nombres que el público general conozca, pero tiene su propia página web con diversas series, la agenda llena de rodajes para los próximos meses, ferias eróticas alrededor del mundo donde presentar un juguete a su imagen y semejanza y miles de dólares en sus cuentas. ¿Y? Sí, se ha hecho un hueco, ha llegado donde nunca se propuso, se gana la vida más que holgadamente con un trabajo que todos envidian, seguramente porque ignoran los sacrificios, las posturas imposibles, los dolores de espalda, los rencores y los vetos, los carroñeros, la fama y la soledad… Mírala, la tiene debajo, hace un buen rato que mantiene su pierna levantada para que la cámara vea cómo la penetra incansablemente, tiene que acabar dentro y ni siquiera es capaz de recordar su nombre. Nina Sweet, o Sweet Nina, o una gilipollez por el estilo. El artístico. El real si que lo recuerda. Se llama Jana y es checa, de un pueblecito muy pequeño en el campo, el nombre no, imposible, no le viene. Se lo contó ella. Salieron un par de veces a cenar a un vietnamita. Charlaron y rieron, no follaron porque el trabajo cansa. Una tía legal, que ya es mucho. Le hubiese gustado proponerle nuevas citas, tal vez algo más, pero al día siguiente él tenía volar para un rodaje en Hamburgo, y luego París, y siempre procura hacer algún trabajito en casa de vez en cuando, para que el mercado nacional no se olvide de él… Imposible. No, y además él piensa en castellano y ella en su idioma, a ver como iban a entenderse en inglés… Fíjate que ella acaba de murmurar algo entre dientes, así, entre ellos, para que no lo capte la cámara, y él ha entendido córrete ya que no estoy tomando los anticonceptivos y quiero quedarme embarazada de ti….

martes, 5 de enero de 2021

La espuela

Un regusto amargo, similar pero distinto del de la cerveza que posa sobre la barra tras beber un trago, es el que encuentro en sus labios cuando termino de contestar los mensajes y regresando a él, lo beso.

- ¿Y si nos vamos?- sugiero. Apura la bebida y agarrándose a mi cintura, como para no perderse, me sigue mientras nos escabullimos del trasiego del bar. Al llegar a casa los relojes marcan esa hora difusa entre la noche y la madrugada. Ya no somos dos jovencitos para pasar la noche fuera de casa, pero, al menos yo, todavía tengo ganas de planear, de hacer una vida distinta. Lo ha intuido al pedirle esta salida inesperada, y se lo confirman mis manos cuando se quita la cazadora y queda con esa camiseta oscura, ceñida, que oculta un torso que me sé de memoria. No puedo evitarme morderme el labio cuando mis dedos comienzan a recorrerlo. Sonríe, acaba de comprender mis prisas por volver a casa. Yo sonrío también, lo quiero rutinario pero especial. 

Por eso lo sorprendo cuando sus manos tratan de sujetar mi rostro y me escabullo de sus caricias. Mis labios besan la tela, dibujando el perfil de sus pectorales primero, de sus abdominales después y prosiguen el viaje hasta toparse con la hebilla del cinturón. Siento su mirada baja clavada en mi cabeza, pero evito corresponderle; así no me entretengo y rápidamente suelto el cierre de sus vaqueros y tiro de ellos. Siento su vida palpitando contra mis mejillas; mi cara al frotarse termina de comprobar cómo la excitación se le transforma progresivamente en dureza. Tiembla como la primera vez cuando mis manos, de un tirón decidido, bajan su calzoncillo y siente el aire cálido de mi risa acariciando su pene. Lo acojo en el calor de mi mano y comienzo a mimarlo. La experiencia le ha enseñado que esta clase de juegos los reservo para ocasiones muy especiales; tiene que sentir que ésta no es una vez más, que no es un sábado cualquiera, aunque no celebremos nada. Sé que lo siente. La delicadeza con la que mis manos agarran su polla, la estimulan, la hacen crecer y endurecerse, los viajes de mis dedos hasta golpear con la uña en la base del tronco hacen que dé un paso hacia atrás, hasta casi trastabillar y tener que apoyar la espalda en la pared más cercana. Tiro de la piel de su rabo, hago emerger el glande. Lo observo en primer plano, cubierto de una finísima capa de húmeda lubricación cubriendo todas sus terminaciones nerviosas. Lo acerco a mis labios y lo torturo con la frialdad de mi aliento. Entonces sí, entonces espero que me mire, y cuando lo hace abro los labios, apoyo su polla en mi lengua y trago hasta que mis dientes superiores rasgando su piel le hacen gemir de placer. 

Meneo la cabeza cuando quiere posar sus manos en ella. Debo hacerlo yo, no quiero su ayuda, no necesito que me marque el ritmo, sé muy bien lo que hago. Me agarro a sus muslos y vuelvo a cabecear con decisión, ocho, diez veces, hasta que suelto su polla de pronto y ésta da un respingo al liberarse de mi boca. Sigue gimiendo cuando recorro toda su longitud extendiendo saliva y deseo con la lengua y los labios. Luego vuelvo a agarrar su cipote, golpeo con él mi rostro, sé que aquello le excita como pocas cosas, y al poco lo hundo de nuevo en mi garganta y vuelvo a los mecánicos golpes de cuello. Él gime, aprieta los dientes para aguantar un poco más y me deja hacer. Para entonces ya sabe que esto es especial, aunque no termine de entender la razón. Mamadas así no son mi tónica habitual, pero la ocasión lo merece. Así que cojo aire de nuevo y me sumerjo una vez más hasta que mi boca topa contra la parte más baja de su vientre. 

El primer signo es el agarrotamiento de sus piernas, después de tantos años conozco sus reacciones. Mis dedos, siempre sujetos a sus muslos, sienten la tensión de sus músculos. Luego se acelera la frecuencia de los gemidos, y quizás también su pene adquiere una dureza mayor, aunque yo no ceso mis cabeceos para comprobarlo. Es él quien me tiene que apartar, el que con la palma de su mano en mi frente me echa hacia atrás, hasta que de mis labios crece una tela de babas que se extiende hasta la punta de su polla. Entonces es él el que coge el relevo. Yo, con la boca abierta, la lengua sacada y el cerebro incendiado, asisto a su masturbación, a su cuerpo contrayéndose, a su respingo final hasta que una lluvia de lefa sin dirección me riega la cara. 

Después de limpiarme, lo encuentro sudoroso y medio desnudo en el sofá. Esta vez me ahorraré la bronca. Mi vista se pierde por un instante en el ventanal del salón cuando acudo a correr las cortinas. Fuera el viento sopla, sacude la alfombra de hojas amarillas que peor han resistido la llegada del otoño, mientras que las ramas de los árboles todavía frondosos se mueven alteradas en una marejada de sombras. Enciendo una pequeña lámpara de pie que dota a la estancia de una luz tenue, que dobla mi sombra mientras camino hasta él. Cuando me ve desnuda se medio incorpora. La ceremonia no ha terminado, aunque su pene haya vuelto a la flacidez. Empujo su hombro hasta que él se deja caer en el respaldo; luego me monto sobre sus muslos. Pretende besarme, pero yo me elevo y le ofrezco mis pequeños senos. Se conforma con ellos. Dejo caer los párpados y me dedico a sentir el juego de su lengua en mis pezones, la firmeza de sus dedos agarrando mis pechos. Mordisquea, lame, besa, pellizca. Sus manos se agarran a mi cintura, me elevan, me hunden, me llevan a frotarme con él, aunque su entrepierna apenas ha recuperado algo de su gloria. Sus labios se atreven a descender por mi vientre, cubriéndolo de besos para luego regresar a mis senos. 

- Cómemelo-. Me duele tener que ser yo quien se lo pida. Él obedece y trata de deslizarse bajo mi cuerpo, hasta que se convence de que para aquellos menesteres es mucho más apropiada la cama. Cuando se incorpora y de un impulso decidido me eleva entre sus brazos, siento un vértigo repentino que casi altera mis planes. Luego, mientras caminamos al dormitorio en el que tanto hemos compartido, me enrosco con las piernas a su cintura. Al llegar al borde de la cama se deja caer de espaldas, conmigo encima. Eso no es lo previsto y ruedo hasta que soy yo la que está boca arriba sobre el colchón. Su boca se posa de nuevo en mi torso, y yo doblo el cuerpo, invitándolo a seguir la ley de la gravedad. Cuando siento sus manos grandes, sus dedos poderosos instalándose en mis muslos, me abandono por un instante. Sé que enseguida será su lengua, sus labios, los que jueguen en mi sexo. Sentiré su calor, la saliva confundiéndose con la humedad que ya, sólo de recordar, comienza a mojarme. Me retorceré bajo sus manos, lucharé contra las cosquillas de su barba de cuatro días en mis ingles. Me abstraeré de todo y cerraré los ojos, tratando de retener para siempre en mi memoria las sensaciones de esta noche, el juego de su lengua en mi clítoris, las sacudidas de sus labios en los míos, ese cosquilleo especial que me recorre entera cuando él acierta en uno de sus lametazos. 

Cierro los ojos, mis manos en ocasiones confunden dónde enroscarse y es su pelo el que sufre los tirones; eso le anima y surca con la lengua toda mi raja. Me deshago en su boca con pastosa literalidad. Cuando cesa el juego entre mis muslos y lo intuyo moverse, lo miro. Aunque no lo diga busca mi aprobación. Su polla ha recuperado grosor y tamaño, me lo demuestra restregándola contra mi piel. Mi silencio es el permiso. Dos décadas casi desde que entró por primera vez en mí; mi cuerpo se ha adaptado a él, a sus dimensiones modestas, a su vigor ausente de química. También mi mente tuvo que acostumbrarse. Hoy ambos, cuerpo y pensamiento, tratan de esforzarse en captar el momento, ese impulso decidido, su cuerpo levantándose sobre los brazos, sus rodillas abriéndose hueco entre mis piernas, el gesto de riñón que empuja completamente su verga en mis entrañas. Recojo las piernas, adapto la postura a sus embestidas. Veo sobrevolar su cara, doblo la cabeza y su boca deja un vampírico rastro en mi cuello. 

Me folla. Me folla con todas sus ganas, con su cuerpo adulto, con los trucos aprendidos a lo largo de todos los años compartidos. Sólo él sabe cuándo acelerar el ritmo y conseguir que me vaya nada más empezar, sólo él consigue aguantar mis sacudidas mirándose en mis ojos; me pregunto si será captar todos los matices que quiero expresar hoy. Los empujones se hacen constantes, repetitivos. Yo rodeo con mis piernas las suyas y lo aprisiono contra mí. Lo quiero completamente dentro, como antes, como siempre. Él baja su cuerpo, hasta aplastar mis senos contra su pecho. Cuela los brazos bajo mis axilas, me rodea, me atrae, hasta hacernos una única masa de piel y huesos, hasta que nuestros gemidos se acompasan, hasta que él se empeña en volver a sentir el baño de mis flujos en un nuevo orgasmo. 

Lo consigue y yo caigo rendida, deshaciendo el abrazo, pataleando y dando manotazos al aire. Me he corrido como hacía tiempo, me he corrido como necesitaba correrme esta noche. Él me mira; su sonrisa luce entre sorprendida y orgullosa. 

- Túmbate- le digo. Él, masturbándose ligeramente para mantener su polla erguida, obedece y se deja caer. Inmediatamente yo busco la manera de encaramarme a su cuerpo. Quiero mantener el control, que la noche no vaya por derroteros inesperados. Él no se da cuenta, cree que, montándolo, le permito aguantar más. En cierta forma es así, yo misma deseo que la noche no acabe. Hundo bien su verga en mi coño y comienzo a moverme suavemente, describiendo círculos insertada en él. Cierro los ojos, quizás así sea capaz de retener más tiempo en la memoria estas sensaciones. Sus manos entre la cintura y las caderas quieren acompañar mis movimientos, hacerlos acaso más intensos. Le pido que no lo haga, que me deje a mí y él, relajado, cruza sus brazos por detrás de la nuca a modo de almohada. De vez en cuando un gemido, una risita triunfante cuando yo me agito más de la cuenta salen de su boca y acompañan los quejidos del somier para romper el silencio. Me sigo moviendo despacio, subiendo mínimamente y dejándome caer, orbitando alrededor de su eje, sintiendo el roce duro y constante en todas las paredes, hasta que siento la necesidad de incrementar el ritmo. Entonces me suelto el pelo, sacudo la cabeza hasta que forma un velo negro y sedoso delante de mis ojos, apoyo las palmas de las manos entre sus hombros y el pecho y, poco a poco, irremediablemente, voy incrementando el ritmo. 

Me quiero correr una última vez y necesito que él lo haga conmigo. Paso del trote al galope, él comprende y sus manos se mueven hasta abrazar mis nalgas. Allí se clavan, sus uñas en mi piel, sus huellas en mi memoria. Me empuja, me atrae, acompaña mis idas, refuerza mis venidas, hasta que mi cuerpo decide rendirse y apretando su polla en mis entrañas alcanzo un nuevo orgasmo que nubla mi mente. Preso en mis paredes, ahogándose en mis flujos, él no puede resistir mucho más. Cuatro o cinco impulsos violentos cuando mi cuerpo comenzaba a relajar la tensión del orgasmo me anuncian su final. Entre la maraña de pelo que difumina mi vista percibo su gesto crispado, sus dientes apretados, después la mandíbula distendida y el gemido final. Lo desmonto antes de que él advierta mi rostro. Caigo a su lado, siento su respirar pesado más que mi propio cuerpo, aparto en un mismo gesto de mi mano el pelo y dos lagrimones que recorrían mi cara. Miro al techo y no veo más estrellas fugaces, se han marchado, como temía, cuando ha terminado el sexo. Entonces, sin voltear la cara, siguiendo el guion planeado, lo suelto: 

-Cariño, tenemos que hablar, creo que ya no te quiero.