domingo, 7 de febrero de 2021

Un sandwich y un vaso de leche

Fui un niño bueno… hasta que me dí cuenta que uno se lo pasa mucho mejor no siéndolo. A los primeros cigarros, litronas o escarceos con las chicas siguieron los porros, las borracheras semanales y las pagas gastadas en putas. Y en esas correrías era parte indispensable mi amigo Kike. Mis padres saldrían con aquello de las malas compañías, pero yo sé que no, que Dios nos crió y nosotros solitos nos juntamos. Además Kike no podría ser nunca una mala compañía. Todo lo contrario. El amigo más leal y cercano que tuve y tendré. De todas formas no creo que a mis padres les preocupase demasiado Kike; mientras en casa me comportase, mi padre pagaba mis caprichos y mis locuras de fin de semana; mi madre por su parte pensaba más en los zapatos que se compraría para tal o cual vestido que en mí. Así que yo andaba libre, a mi aire.

Con este panorama es más que comprensible que los estudios no fueran una de nuestras prioridades. Con dieciocho años repetíamos segundo de BUP por segunda vez rodeados de niños pánfilos y niñas rebotadas de un colegio de monjas. Kike y yo, figúrate. Juntos éramos el terror de las adolescentes: desvirgábamos un par cada semana, solo por joder, nunca mejor dicho. A las que de verdad queríamos follarnos les salíamos con el rollo de respetar su virginidad, su elección, tal y cual, sólo para poder destrozarles el culo o llenarles la garganta de lefa. Y funcionaba. Follábamos todo lo que podíamos, pero siempre menos de lo que nos hubiese gustado.

Un día, mis padres estaban de viaje. Una boda de algún familiar, o un entierro, qué sé yo. El caso es que entre estar dando el coñazo al profesor de turno o aprovechar que estábamos menos vigilados que nunca, elegimos lo segundo. Nos saltamos las clases de la tarde y nos fuimos a mi casa.

- Hola Daisy- dije al entrar y cruzarnos con la chica que atendía la casa. Comenzábamos a subir las escaleras del chalé camino de la habitación cuando se me ocurrió algo. – Un sándwich y un vaso de leche, ¿puede ser?- le pregunté desde lo alto. Ella afirmó.

- ¿Qué dices, no nos íbamos a beber el whiskey de tu viejo?- Kike no entendía nada.

- Después- le tranquilicé. Ese era el plan, fumar canutos y beber, hasta ponernos pedo o estar colocados, lo que llegara antes. Y tocarnos los cojones, muy posiblemente de manera literal. Cada uno los suyos, eso si.

Daisy era dominicana. Lo suficientemente joven para que mi padre la contratase y lo suficientemente fea para que mi madre no sintiese celos. Así era Daisy, joven, fea, y terriblemente vaga. Trabajaba porque no le quedaba más remedio, sino su madre la echaba del piso, y trabajaba en nuestra casa porque había poco que hacer; mi padre nunca paraba en casa, mi madre apenas comía, y ella no tenía ni que limpiar ni cocinar, podía pasarse la tarde viendo culebrones en el salón. Conmigo la relación era distinta. Tiempo atrás quería tirarme una negra, nunca me había follado una y tenía ese capricho, así que le ofrecí pasta. Aceptó, sin más. Y debió gustarle porque las siguientes veces lo hacía a cambio de un porrito o una raya de coca. Si le conseguía una joyita se volvía de complaciente…

Tan pronto entramos en mi cuarto tiramos las mochilas al suelo y nosotros nos tiramos también. Yo sobre la cama, Kike sobre la silla giratoria del escritorio. Y empezamos a liarnos unos petarditos. En esas estábamos cuando entró Daisy. Una bandeja en las manos y en la bandeja dos vasos de leche y un par de bocadillos. Avanzó hasta dejarla junto a la ventana. Kike le sonrió, yo le ofrecí una calada. Ya no salió de la habitación. Se tumbó junto a mí, justo al borde de la cama. Su culazo gordo me empujó hacia la pared. Sería por aparentar, pero mi madre se había empeñado siempre en que las chachas fueran vestidas de tal, con su cofia y todo. Y la verdad es que a Daisy el traje le sentaba como el culo. Precisamente por eso, porque tenía un culo y unas tetas espectacularmente grandes y el traje apenas le abrochaba. Aunque esto también tuviera su parte buena. Como en ese momento, que al echarse de lado en la cama, la falda se le había recogido hasta medio muslo. Así que cuando ella me arrebataba el porro de la mano para darle unas cuantas caladas, yo me tomaba la revancha posando mis manazas en su pierna. No voy a hacer apología de la drogadicción, pero la verdad es que la hierba ayudaba a relajar el ambiente. Kike apuraba el primero y nosotros encendíamos ya el segundo. Entre uno y otro yo me había sacado la camiseta y me había aproximado tanto a la espalda de Daisy que rozándose con sus nalgas mi polla comenzaba a despertar. Mi brazo colgaba sobre su cintura y ella se derretía cuando la besaba entre la nuca y el cuello. Cuando metí una mano en su traje y forzando el, sin duda cansado, sujetador dejé al descubierto una de las tetazas de Daisy, Kike debió darse cuenta que la nuestra era la clásica relación chacha-señorito salido. ¿O quería decir lo contrario? En fin, que con su teta fuera y mi muslo tratando de hacerse hueco entre sus nalgas, seguimos a lo nuestro, hablando poco y fumando mucho.

Susurré algo al oído de Daisy. Ella rió, y cuando se incorporó palmeé con ganas su culazo. A esas alturas de la película, a Kike no le sorprendió mucho verla avanzar decidida a por él. Lo habíamos hecho antes con otras, solo que a ésta no le habíamos tenido que mentir ni emborrachar primero. Ésta era de las nuestras. Kike, pues, se desparramó en su silla, abriendo al máximo las piernas para dejarle hueco, y echando hacia atrás el respaldo hasta que éste crujió. Daisy posó su mano en el paquete de mi amigo y él rió como sólo los fumaos que están a punto de recibir una mamada saben reír. Los negros y regordetes dedos de ella bajaron la cremallera y se perdieron bajo el calzoncillo. No le costó demasiado encontrar su premio. La tiene jodidamente grande el cabrón, como se la envidio. Eso y la hermana que tiene. Si yo tuviera ambas cosas sería un incestuoso convencido y practicante. Pero volviendo a aquella tarde, Daisy ya había liberado la polla de Kike, y la asía entre sus manos. Lo miraba a los ojos mientras comenzaba a tirar de la piel de su rabo. Él le echó a la cara el humo de la última calada y luego bajó su mirada. Aunque no es muy lista, Daisy lo entendió. Escupió sobre el capullo de mi amigo, meneó con fuerza el cipote, y acto seguido comenzó a tragárselo.

- ¡Ese culo arriba!- es tan vaga que tuve que gritárselo. Me daban la espalda y no veía nada. Yo, que había escrito el guión de aquella tarde. ¡Qué poco me lo agradecen! Subió el culo, sí, pero durante poco tiempo. Dos minutos después ya estaba en cuclillas cuando no arrodillada mamando sin descanso del rico palo de Kike. Me incorporé, la separé mínimamente de mi colega, le incliné el tronco hacia delante, y ya puestos le levanté la falda. Antes de irme empujé su nuca contra el vientre del placiente. Volví a mi sitio, y… eso era otra cosa. Las bragas blancas e inmensas de Daisy eran como una pantalla donde se proyectaban mis sueños. Un lienzo en blanco dispuesto a recibir chorretones. El profesor de arte hubiese estado contento si a mi mente hubiera arribado en ese momento la técnica del dripping, pero eso no lo aprendería hasta años después. En ese momento, lo único que me divertía era ver nacer diminutos puntos oscuros por la humedad que brotaba de su coño. Al cabo de un rato los diminutos puntos se habían convertido en algo así como el mapa del Caribe: una serie de islas transparentes en la blancura de aquellas bragas de algodón. Me coloqué detrás de ese culazo, me bajé el pantalón, escupí en mi mano y empecé a pajearme mientras ella seguía mamando. Al rato comencé a aburrirme de ver la pantalla en blanco.

- Bájale las bragas- pedí a Kike, y él lo hizo. Daisy estaba demasiado ocupada comiendo polla como para ayudar, así que a tientas y a tirones mi amigo fue descorriendo el telón. Su chocho hinchado y apretado fue lo primero que llamó mi atención. Luego me fijé en sus labios, grandes y surcados por pliegues, y en el hilillo de flujo que escapaba entre ellos; después en cómo se le erizaba la piel cuando mi amigo hacía chasquear sus dedos en la negrura de sus nalgas. Obediente, ella no dejaba de mamar. Sujetaba por la base, aplastándole los cojones, mientras sus labios carnosos subían y bajaban sin descanso por el duro rabo de Kike.

Me aproximé polla en ristre. El roce con sus nalgas me sirvió para comprobar que ya estaba todo lo dura que debía. Mi mano guiaba la polla a frotarse con su crecido clítoris, a abrir ligeramente unos labios que parecían ansiosos por acoger un buen rabo.

- Ay, perdón, que desconsiderado, los invitados primero- dije. Incorporé a Daisy, la llevé de la mano hasta la ventana. Aparté la bandeja con la merienda que nos había servido, y me senté de espaldas a la calle. Guié su cabeza hasta mi vientre, y dejé expuesta su retaguardia ante el más que previsible ataque de Kike. No se hizo esperar. Ahogamos el primer gemido hundiendo bien su cara contra mi rabo. Él se agarraba con fuerza a sus poderosas caderas, y después de unas cuantas idas y venidas suaves, como para calibrar el terreno, comenzaba a darle ritmo a la follada. El cuerpo doblado de Daisy se sacudía bajo sus embestidas hasta hacer chocar sus tetas colgantes con mis rodillas. Por mi parte, yo bastante tenía con retener su cara enterrada en mi entrepierna. Sólo hacía que me la dejase de chupar de vez en cuando, para que me la lamiera entera, de arriba abajo, hasta que su lengua terminara jugando en mis cojones. El roce de sus dientes en el capullo me hacía delirar. Creía que me iba a correr cada vez que su boca tragaba mi polla. Necesitaba una pausa y algo más. Me levanté, hice que Daisy se apoyara en el escritorio, y mientras salía de la habitación guiñé un ojo a Kike animándole a seguir con la faena. Me consta que así fue. El ruido de sus cuerpos al chocar se oía mientras buscaba en el mueble-bar una botella de viejo escocés. Cogí la que aparentaba ser más cara. Entré riendo con el whiskey en la mano y pedí a mi amigo que hiciera una pausa.

¿Alguna vez habéis bebido a morro directamente del cuerpo de una negra sudorosa? Sólo se me ocurre una expresión para definirlo: asquerosamente embriagador. Nos repartimos su culo: Kike el cachete izquierdo, yo el derecho. Echábamos un chorro de licor justo en ese hueco que se forma entre la cintura y el nacimiento de las nalgas, y tratábamos de atraparlo con la lengua cuando caía como una catarata por su piel. Mira que nos esforzábamos en recorrer con la lengua su trasero, pero casi todo el whiskey acababa formando un charco en el suelo. Cuando me di cuenta que el cuello de la botella era lo suficientemente largo, el siguiente paso llegó de forma natural. Abrí su coño, y le fui metiendo, con cuidado de no romperla, la botella. Medio colocados como estábamos, sólo nos dimos cuenta que habíamos olvidado cerrarla cuando el whiskey comenzó a desbordarse en el chocho de Daisy. Cambié la botella por mi boca, y tragué la bebida con los restos de flujos desglasados de su coñazo. El mejor reconstituyente posible. Vio Kike que aquello estaba rico, y también quiso probar. Así que otra vez empinamos la botella en su interior, y cuando comenzaba a rebosar, mi amigo hundió la nariz en el ojete de la chacha para que la lava del volcán de su chocho inundara su garganta.

Ella también parecía tener sed. Girada estiraba su brazo pidiéndonos la botella. Antes de darle de beber a morro, hice que chupara bien chupado el cuello recién salido de su coño. Luego hicimos un cambio; le di a Kike la botella, y yo cogí de la mano a Daisy. Me tumbé en la cama, y ella se sentó a horcajadas. Su propia mano guió mi polla. Meterla en un coño recién follado es como sentarse donde alguien acaba de levantarse: te lo encuentras caliente, con la forma de otro molde, y lleva un tiempo sentirse cómodo. Con lo acogedor que me había resultado siempre el coño de Daisy. Rosa, como la bachata que le gusta bailar, a mí me gusta tornarlo rojizo por el roce y finalmente blanco lleno de nuestras corridas. Por fin comenzaba a moverse. Sus tetas orbitaban libremente sobre mi cara. Mis manos se posaban en sus caderas, y ella se impulsaba queriéndose clavárseme más y más. Kike nos miraba desde su silla. La botella, en cada viaje más vacía, de la mano a la boca. Nosotros follábamos. Me incorporaba a morder sus pezones gruesos, su sudor llovía en mi piel; yo, ceñido entre sus piernas, ella, cabalgando sobre mí. Mis impulsos se encontraban con los suyos, para llegarnos más adentro, para clavarnos más profundo, para transmitir a todo nuestro cuerpo el placer que nacía allí adentro.

Sentí que la cama crujía bajo un nuevo peso. Kike se sumaba a la fiesta y ya había elegido dónde instalarse. Empujó la espalda de Daisy hasta que su pecho se aplastó con el mío. Yo la abracé y cesé la follada. Mi amigo aproximó el pollón que gasta al agujero trasero de la chica, y voilà, sándwich de negra. Ella apretaba los dientes mientras Kike avanzaba poco a poco. Cuando se dio por satisfecho, empezamos a movernos, por turnos. Cuando yo salía, él empujaba, cuando él retrocedía, yo tenía permiso para adentrarme en su coño. Siempre resulta extraño sentir una presencia ahí, al otro lado de una débil pared. Presa entre nuestros cuerpos Daisy sudaba como la cerda que era. La doble penetración no le dolía; únicamente se quejaba si a Kike se le iba la mano al tirar de su pelo. El resto le gustaba, tanto como para correrse un par de veces y dejarme a mí al borde por las convulsiones de su vagina.

Habíamos follado tantas veces juntos, que conocemos el aguante de cada uno. Cuando Kike me vio con los ojos en blanco, entendió que no iba a aguantar mucho más. Desmontó a Daisy, y manejando su cuerpo, la hizo sentarse sobre sus piernas en el suelo. Me incorporé, posé mi rabo sobre la boca de ella, y simplemente dejé que el mínimo roce de sus labios en mi prepucio hiciera estallar mi polla. Sin tocármela, sólo plantada sobre su carita de mirada suplicante, bañada en la blancura de su néctar, con el hálito de su boca entreabierta meciéndome el rabo y dejé que reventase, que la leche saliese disparada hacia sus ojos, su frente, su pelo… Kike por su parte se la pelaba con fuerza, como queriendo sacar fuego. Cuando me retiré, se acercó. Agarró con una mano la cabeza de Daisy mientras con la otra se pajeaba con todas sus ganas. Incontrolable, sobre su cara, sus tetazas jadeantes, el suelo, las cortinas… Kike estalló en mil chorros incoloros, mientras ella volvía a abrir los ojos muy despacio con los restos de nuestras corridas pegando sus pestañas.

domingo, 24 de enero de 2021

Creampie

El trabajo soñado, le dicen, y él se limita a sonreír, o como mucho añade hay que valer. La talla él siempre la ha dado. 24x6x5, con el tiempo aprenderá a usarla como carta de presentación. El trabajo no es tan sencillo como pueda aparentar, pero entrar en él sí que fue fácil. Rellenar un cuestionario en Internet, añadir un par de fotos, y un mes después realizar una entrevista que podría superar un retrasado mental. Y ya está, actor porno a los dieciocho años y pocas semanas. 

Empezó en una productora pequeña, más o menos amateur, tirándose a la mujer del dueño, bizca, fea, y medio analfabeta, pero con un gran olfato para los negocios. Ya que estamos en el mundillo liberal, vamos a grabarnos y sacamos unas perrillas, debieron decirse. De los vídeos caseros a una página web, del círculo cerrado de los clubes a los castings, y en poco tiempo el pasatiempo más viejo del mundo convertido en lucrativo negocio. Y ahí entró él, con una primera escena en la que se hacía pasar por pizzero: un clásico. Si lo buscas todavía lo puedes encontrar en Internet. Viéndolo ahora, se encuentra ridículo, como ridículo le parecía entonces que nadie diese importancia a que fontanero, cartero o reparador de televisores tuvieran siempre el mismo cuerpo y la misma polla. Como si el hábito hiciera al monje. No decía nada porque le encantaba. Follar. Le gustó desde la primera vez que lo hizo, no importa hace cuántos años, no importa con cuántas. Lo iba a hacer de todas formas, así que si sacaba un relativo dinero y adquiría una cierta fama, mejor que mejor. En esos primeros meses explotaron mucho el cliché de jovencito con madura y se hartó de follar a mujeres de la edad de su madre, como si eso no le fuese a afectar. Sobre todo a la dueña, que como tenía mano, se reservaba para ella las mejores herramientas. Con esfuerzo todavía recuerda algunos nombres, gente de paso sobre todo, necesitada del dinero rápido que se ofrecía. Luego vino lo de su delgadez, y ahí se cruzó una obesa que le daba asco, pero con la que debía hacer buena pareja, pues su caché engordó como el contador de visitas de los vídeos que protagonizaron juntos. 

Un par de años y muchos polvos después, el salto al mundo profesional. Una productora seria, con historia, de cuando el porno se veía en los cines, cartera de actrices propia y una lista de títulos de éxito. Ahí llegó más hombre, más ancho, más musculado, quizás por la edad, quizás por el gimnasio en el que pasaba horas metido para forjarse un cuerpo con el que evitar a la gorda. Llegaron las recomendaciones, el rasurado genital y la circuncisión para dar mejor en cámara. Y entonces se volvió gilipollas; se pasaba el día masturbándose para contemplarse delante del espejo, estaba enamorado de su nuevo reflejo. Es peliagudo pasársela empalmado todo el tiempo, porque uno corre el riesgo de no dar la talla en el momento adecuado chico, y esto es tiempo, y en un negocio el tiempo es pasta, le decían. De repente la puerta del plató se le antojaba enorme, como si también le hubieran cortado el pellejito. Estuvo más fuera que dentro. El toque de atención le hizo recapacitar. Se vio engullido de nuevo por unos michelines sudorosos y rectificó. Él quería estar ahí, entre pseudo modelos venidas a menos y bailarinas de striptease con aspiraciones. Así que se puso las pilas, y unos cuantos meses después dejaba las idas y venidas en autobús nocturno, y se establecía definitivamente en Barcelona. Una escena al mes al principio, luego cada dos semanas, un par de rodajes a la semana finalmente, y hasta un par de pelis que se editaron en DVD, con guion y todo, aunque nunca hizo falta que tomara clases de arte dramático; de hecho cree que sólo le pidieron que su gesto denotara algo las primeras veces, cuando tenía que fingirse sorprendido por las insinuaciones fuera de lugar de la maruja en cuestión. Cuando le llamaron de Alemania supo que tenía futuro en esto. 

Los Ángeles, otro mundo, el mismo mundillo. Más grande, más oferta, más demanda, mayor sueldo, más competencia. El resto es parecido: rodar, esperar, esperar, gimnasio, mamada fuera de plano para parecer siempre listo, mamada en plano para que te vean en todo tu esplendor, semen artificial, toallitas y esperar. Conversaciones sobre esteroides, dietas, lavativas, tal actor o cual actriz… El miedo perpetuo a las enfermedades de transmisión sexual y el placer no siempre permitido. Latinas, negras, chinas, latinas, más latinas y alguna que otra inocente Barbie rubia que lleva muy bien eso de que su padrastro la violara en la caravana aparcada en la que vivían. Y él. Lo mejor de cada casa. Puede decir que se ha hecho un nombre en la meca de la industria, aunque para ello haya tenido que renunciar al suyo. Francisco González está muy bien para dirigir un banco, o para ser periodista deportivo, pero en el porno… no pega. Franco le apodaron; así, a medio camino entre italiano y mexicano. Aceptó, que remedio. Se partió de risa cuando leyó aquel rumor según el cual el nombre que había elegido era un homenaje a cierto general. Si supieran, se decía, que precisamente historia era la asignatura que le volvía a quedar pendiente después de repetir 3º de BUP… Al final le aprobaron porque la dirección del centro no quería que se asociara su incipiente carrera con el de aquel colegio tan prestigioso donde sus padres le llevaron. Así pues, Franco. 

Franco por aquí, Franco por allá, levanta la pierna Franco, o aguanta Franco. Y en inglés, que hay que joderse. Tal vez se enteraría mejor de lo que le dicen si hubiese prestado más atención a la señorita Alicia, en lugar de pasar la hora de clase de inglés mirándole las tetas. Total, tetas, es lo que más ve ahora. Diminutas, medianas, grandes y enormes, de todos los colores y sabores, siliconadas y alguna que otra natural. Tetas, culos y coños. Los ve pero no los mira. Es su manera de concentrarse, de mantenerse aislado, de dilatar el final, porque, aunque siempre hay una señorita muy amable que te devuelve a la posición sin ser la script, un parón es tiempo, y time is money. Ve sin mirar, y trata de recordar la letra de las canciones para mantener la concentración. Antes tarareaba, o incluso cantaba, porque a un director le pareció gracioso, hasta que una actriz se quejó porque se distraía e iba a ser incapaz de controlar el orgasmo, y como todo el mundo sabe que es muy contraproducente alcanzar un orgasmo inesperado, pues se acabó el cante. Actrices… 

De la guarra de los orígenes a ahora, han debido ser centenares, tal vez mil. Pasando por la gorda, las necesitadas de dinero pero temerosas de su intimidad que se le abrían de piernas con un antifaz, a las estrellas nacionales. Húngaras, checas, francesas, brasileñas culonas, Yankees surtidas y variadas, cubanas de Miami y japonesas de San Francisco, colombianas… Es un mundo de mujeres y él ha dejado su muesca en todas. Quizás no es de los nombres que el público general conozca, pero tiene su propia página web con diversas series, la agenda llena de rodajes para los próximos meses, ferias eróticas alrededor del mundo donde presentar un juguete a su imagen y semejanza y miles de dólares en sus cuentas. ¿Y? Sí, se ha hecho un hueco, ha llegado donde nunca se propuso, se gana la vida más que holgadamente con un trabajo que todos envidian, seguramente porque ignoran los sacrificios, las posturas imposibles, los dolores de espalda, los rencores y los vetos, los carroñeros, la fama y la soledad… Mírala, la tiene debajo, hace un buen rato que mantiene su pierna levantada para que la cámara vea cómo la penetra incansablemente, tiene que acabar dentro y ni siquiera es capaz de recordar su nombre. Nina Sweet, o Sweet Nina, o una gilipollez por el estilo. El artístico. El real si que lo recuerda. Se llama Jana y es checa, de un pueblecito muy pequeño en el campo, el nombre no, imposible, no le viene. Se lo contó ella. Salieron un par de veces a cenar a un vietnamita. Charlaron y rieron, no follaron porque el trabajo cansa. Una tía legal, que ya es mucho. Le hubiese gustado proponerle nuevas citas, tal vez algo más, pero al día siguiente él tenía volar para un rodaje en Hamburgo, y luego París, y siempre procura hacer algún trabajito en casa de vez en cuando, para que el mercado nacional no se olvide de él… Imposible. No, y además él piensa en castellano y ella en su idioma, a ver como iban a entenderse en inglés… Fíjate que ella acaba de murmurar algo entre dientes, así, entre ellos, para que no lo capte la cámara, y él ha entendido córrete ya que no estoy tomando los anticonceptivos y quiero quedarme embarazada de ti….

martes, 5 de enero de 2021

La espuela

Un regusto amargo, similar pero distinto del de la cerveza que posa sobre la barra tras beber un trago, es el que encuentro en sus labios cuando termino de contestar los mensajes y regresando a él, lo beso.

- ¿Y si nos vamos?- sugiero. Apura la bebida y agarrándose a mi cintura, como para no perderse, me sigue mientras nos escabullimos del trasiego del bar. Al llegar a casa los relojes marcan esa hora difusa entre la noche y la madrugada. Ya no somos dos jovencitos para pasar la noche fuera de casa, pero, al menos yo, todavía tengo ganas de planear, de hacer una vida distinta. Lo ha intuido al pedirle esta salida inesperada, y se lo confirman mis manos cuando se quita la cazadora y queda con esa camiseta oscura, ceñida, que oculta un torso que me sé de memoria. No puedo evitarme morderme el labio cuando mis dedos comienzan a recorrerlo. Sonríe, acaba de comprender mis prisas por volver a casa. Yo sonrío también, lo quiero rutinario pero especial. 

Por eso lo sorprendo cuando sus manos tratan de sujetar mi rostro y me escabullo de sus caricias. Mis labios besan la tela, dibujando el perfil de sus pectorales primero, de sus abdominales después y prosiguen el viaje hasta toparse con la hebilla del cinturón. Siento su mirada baja clavada en mi cabeza, pero evito corresponderle; así no me entretengo y rápidamente suelto el cierre de sus vaqueros y tiro de ellos. Siento su vida palpitando contra mis mejillas; mi cara al frotarse termina de comprobar cómo la excitación se le transforma progresivamente en dureza. Tiembla como la primera vez cuando mis manos, de un tirón decidido, bajan su calzoncillo y siente el aire cálido de mi risa acariciando su pene. Lo acojo en el calor de mi mano y comienzo a mimarlo. La experiencia le ha enseñado que esta clase de juegos los reservo para ocasiones muy especiales; tiene que sentir que ésta no es una vez más, que no es un sábado cualquiera, aunque no celebremos nada. Sé que lo siente. La delicadeza con la que mis manos agarran su polla, la estimulan, la hacen crecer y endurecerse, los viajes de mis dedos hasta golpear con la uña en la base del tronco hacen que dé un paso hacia atrás, hasta casi trastabillar y tener que apoyar la espalda en la pared más cercana. Tiro de la piel de su rabo, hago emerger el glande. Lo observo en primer plano, cubierto de una finísima capa de húmeda lubricación cubriendo todas sus terminaciones nerviosas. Lo acerco a mis labios y lo torturo con la frialdad de mi aliento. Entonces sí, entonces espero que me mire, y cuando lo hace abro los labios, apoyo su polla en mi lengua y trago hasta que mis dientes superiores rasgando su piel le hacen gemir de placer. 

Meneo la cabeza cuando quiere posar sus manos en ella. Debo hacerlo yo, no quiero su ayuda, no necesito que me marque el ritmo, sé muy bien lo que hago. Me agarro a sus muslos y vuelvo a cabecear con decisión, ocho, diez veces, hasta que suelto su polla de pronto y ésta da un respingo al liberarse de mi boca. Sigue gimiendo cuando recorro toda su longitud extendiendo saliva y deseo con la lengua y los labios. Luego vuelvo a agarrar su cipote, golpeo con él mi rostro, sé que aquello le excita como pocas cosas, y al poco lo hundo de nuevo en mi garganta y vuelvo a los mecánicos golpes de cuello. Él gime, aprieta los dientes para aguantar un poco más y me deja hacer. Para entonces ya sabe que esto es especial, aunque no termine de entender la razón. Mamadas así no son mi tónica habitual, pero la ocasión lo merece. Así que cojo aire de nuevo y me sumerjo una vez más hasta que mi boca topa contra la parte más baja de su vientre. 

El primer signo es el agarrotamiento de sus piernas, después de tantos años conozco sus reacciones. Mis dedos, siempre sujetos a sus muslos, sienten la tensión de sus músculos. Luego se acelera la frecuencia de los gemidos, y quizás también su pene adquiere una dureza mayor, aunque yo no ceso mis cabeceos para comprobarlo. Es él quien me tiene que apartar, el que con la palma de su mano en mi frente me echa hacia atrás, hasta que de mis labios crece una tela de babas que se extiende hasta la punta de su polla. Entonces es él el que coge el relevo. Yo, con la boca abierta, la lengua sacada y el cerebro incendiado, asisto a su masturbación, a su cuerpo contrayéndose, a su respingo final hasta que una lluvia de lefa sin dirección me riega la cara. 

Después de limpiarme, lo encuentro sudoroso y medio desnudo en el sofá. Esta vez me ahorraré la bronca. Mi vista se pierde por un instante en el ventanal del salón cuando acudo a correr las cortinas. Fuera el viento sopla, sacude la alfombra de hojas amarillas que peor han resistido la llegada del otoño, mientras que las ramas de los árboles todavía frondosos se mueven alteradas en una marejada de sombras. Enciendo una pequeña lámpara de pie que dota a la estancia de una luz tenue, que dobla mi sombra mientras camino hasta él. Cuando me ve desnuda se medio incorpora. La ceremonia no ha terminado, aunque su pene haya vuelto a la flacidez. Empujo su hombro hasta que él se deja caer en el respaldo; luego me monto sobre sus muslos. Pretende besarme, pero yo me elevo y le ofrezco mis pequeños senos. Se conforma con ellos. Dejo caer los párpados y me dedico a sentir el juego de su lengua en mis pezones, la firmeza de sus dedos agarrando mis pechos. Mordisquea, lame, besa, pellizca. Sus manos se agarran a mi cintura, me elevan, me hunden, me llevan a frotarme con él, aunque su entrepierna apenas ha recuperado algo de su gloria. Sus labios se atreven a descender por mi vientre, cubriéndolo de besos para luego regresar a mis senos. 

- Cómemelo-. Me duele tener que ser yo quien se lo pida. Él obedece y trata de deslizarse bajo mi cuerpo, hasta que se convence de que para aquellos menesteres es mucho más apropiada la cama. Cuando se incorpora y de un impulso decidido me eleva entre sus brazos, siento un vértigo repentino que casi altera mis planes. Luego, mientras caminamos al dormitorio en el que tanto hemos compartido, me enrosco con las piernas a su cintura. Al llegar al borde de la cama se deja caer de espaldas, conmigo encima. Eso no es lo previsto y ruedo hasta que soy yo la que está boca arriba sobre el colchón. Su boca se posa de nuevo en mi torso, y yo doblo el cuerpo, invitándolo a seguir la ley de la gravedad. Cuando siento sus manos grandes, sus dedos poderosos instalándose en mis muslos, me abandono por un instante. Sé que enseguida será su lengua, sus labios, los que jueguen en mi sexo. Sentiré su calor, la saliva confundiéndose con la humedad que ya, sólo de recordar, comienza a mojarme. Me retorceré bajo sus manos, lucharé contra las cosquillas de su barba de cuatro días en mis ingles. Me abstraeré de todo y cerraré los ojos, tratando de retener para siempre en mi memoria las sensaciones de esta noche, el juego de su lengua en mi clítoris, las sacudidas de sus labios en los míos, ese cosquilleo especial que me recorre entera cuando él acierta en uno de sus lametazos. 

Cierro los ojos, mis manos en ocasiones confunden dónde enroscarse y es su pelo el que sufre los tirones; eso le anima y surca con la lengua toda mi raja. Me deshago en su boca con pastosa literalidad. Cuando cesa el juego entre mis muslos y lo intuyo moverse, lo miro. Aunque no lo diga busca mi aprobación. Su polla ha recuperado grosor y tamaño, me lo demuestra restregándola contra mi piel. Mi silencio es el permiso. Dos décadas casi desde que entró por primera vez en mí; mi cuerpo se ha adaptado a él, a sus dimensiones modestas, a su vigor ausente de química. También mi mente tuvo que acostumbrarse. Hoy ambos, cuerpo y pensamiento, tratan de esforzarse en captar el momento, ese impulso decidido, su cuerpo levantándose sobre los brazos, sus rodillas abriéndose hueco entre mis piernas, el gesto de riñón que empuja completamente su verga en mis entrañas. Recojo las piernas, adapto la postura a sus embestidas. Veo sobrevolar su cara, doblo la cabeza y su boca deja un vampírico rastro en mi cuello. 

Me folla. Me folla con todas sus ganas, con su cuerpo adulto, con los trucos aprendidos a lo largo de todos los años compartidos. Sólo él sabe cuándo acelerar el ritmo y conseguir que me vaya nada más empezar, sólo él consigue aguantar mis sacudidas mirándose en mis ojos; me pregunto si será captar todos los matices que quiero expresar hoy. Los empujones se hacen constantes, repetitivos. Yo rodeo con mis piernas las suyas y lo aprisiono contra mí. Lo quiero completamente dentro, como antes, como siempre. Él baja su cuerpo, hasta aplastar mis senos contra su pecho. Cuela los brazos bajo mis axilas, me rodea, me atrae, hasta hacernos una única masa de piel y huesos, hasta que nuestros gemidos se acompasan, hasta que él se empeña en volver a sentir el baño de mis flujos en un nuevo orgasmo. 

Lo consigue y yo caigo rendida, deshaciendo el abrazo, pataleando y dando manotazos al aire. Me he corrido como hacía tiempo, me he corrido como necesitaba correrme esta noche. Él me mira; su sonrisa luce entre sorprendida y orgullosa. 

- Túmbate- le digo. Él, masturbándose ligeramente para mantener su polla erguida, obedece y se deja caer. Inmediatamente yo busco la manera de encaramarme a su cuerpo. Quiero mantener el control, que la noche no vaya por derroteros inesperados. Él no se da cuenta, cree que, montándolo, le permito aguantar más. En cierta forma es así, yo misma deseo que la noche no acabe. Hundo bien su verga en mi coño y comienzo a moverme suavemente, describiendo círculos insertada en él. Cierro los ojos, quizás así sea capaz de retener más tiempo en la memoria estas sensaciones. Sus manos entre la cintura y las caderas quieren acompañar mis movimientos, hacerlos acaso más intensos. Le pido que no lo haga, que me deje a mí y él, relajado, cruza sus brazos por detrás de la nuca a modo de almohada. De vez en cuando un gemido, una risita triunfante cuando yo me agito más de la cuenta salen de su boca y acompañan los quejidos del somier para romper el silencio. Me sigo moviendo despacio, subiendo mínimamente y dejándome caer, orbitando alrededor de su eje, sintiendo el roce duro y constante en todas las paredes, hasta que siento la necesidad de incrementar el ritmo. Entonces me suelto el pelo, sacudo la cabeza hasta que forma un velo negro y sedoso delante de mis ojos, apoyo las palmas de las manos entre sus hombros y el pecho y, poco a poco, irremediablemente, voy incrementando el ritmo. 

Me quiero correr una última vez y necesito que él lo haga conmigo. Paso del trote al galope, él comprende y sus manos se mueven hasta abrazar mis nalgas. Allí se clavan, sus uñas en mi piel, sus huellas en mi memoria. Me empuja, me atrae, acompaña mis idas, refuerza mis venidas, hasta que mi cuerpo decide rendirse y apretando su polla en mis entrañas alcanzo un nuevo orgasmo que nubla mi mente. Preso en mis paredes, ahogándose en mis flujos, él no puede resistir mucho más. Cuatro o cinco impulsos violentos cuando mi cuerpo comenzaba a relajar la tensión del orgasmo me anuncian su final. Entre la maraña de pelo que difumina mi vista percibo su gesto crispado, sus dientes apretados, después la mandíbula distendida y el gemido final. Lo desmonto antes de que él advierta mi rostro. Caigo a su lado, siento su respirar pesado más que mi propio cuerpo, aparto en un mismo gesto de mi mano el pelo y dos lagrimones que recorrían mi cara. Miro al techo y no veo más estrellas fugaces, se han marchado, como temía, cuando ha terminado el sexo. Entonces, sin voltear la cara, siguiendo el guion planeado, lo suelto: 

-Cariño, tenemos que hablar, creo que ya no te quiero.

martes, 15 de diciembre de 2020

Inversión de sujeto

Mi amigo me ha arrastrado hasta allí, hasta ese piso donde se ejerce la prostitución. La invitación es el pago por una ayuda que le presté; aunque en realidad ni la ayuda lo merece ni los sesenta euros que me costará la siguiente hora, salen de su bolsillo.

- Verás qué desfile- me dice mi amigo mientras nos sentamos en un sofá blanco con un vaso ancho en la mano. Ni sé lo que he pedido, tan sólo sé que no quiero estar allí. No tengo ánimo, aunque mi cara se ilumine al comenzar el paseo de mujeres. Cuando termina el paseíllo la voz de la madame recitando nombres, servicios y características me recuerda a la de un camarero atareado anunciando el menú del día; o escojo lo primero de la lista o no me entero de nada. 

- ¿No quieres los dos con la misma?- pregunto a mi amigo buscando un alivio. Sé que en ese caso se centraría en él y yo podría escabullirme con la menor implicación posible. Él ya ha elegido, una rubia latina a la que el pubis imberbe que transparenta su braguita, no dejará por mentirosa. Su negativa a compartir chica me deja frente a una decisión que no quisiera tomar. Allí de pie, tratando de lucir sexys y seductoras, me parecen langostas en un acuario esperando que el futuro comensal las señale con el dedo: tú acabarás en mi olla hirviendo. 

- ¿Alguna quiere?- pregunto buscando librarme de tener que elegir. Una marejada de risitas se levanta en las chicas, que posan alineadas como si fuera a sonar un himno. 

- Pero claro caballero, todas lo están desea…- comienza a decir la madame. 

- No, en serio, ¿a alguna le apetece?- interrumpo a la mujer. 

- Yo- resuena en la habitación. La dueña de esa voz, aparentemente decidida, da un paso adelante, con un gesto de cabeza asumo mi conformidad, y de inmediato la responsable del lugar retoma el monólogo, llamándola por un nombre que si no es el real no me interesa y una descripción de características de la que sólo soy capaz de retener francés natural sin. Mientras el resto de mujeres desaparecen por donde han venido, yo la miro. Alta a pesar de sus bailarinas, me he fijado que era la única que no lucía tacones vertiginosos, delgada, quizás demasiado para ser foco de atención. Morena, ojos oscuros, con el pelo extremadamente largo y liso sujeto en una cola alta que prácticamente le cae hasta la cintura. No se le nota ningún acento extraño, pero su apariencia denota un origen exótico, quizás inmigrante de segunda generación. Si en lugar de ir en lencería granate con unas medias del mismo color y un salto de cama, le pusiera un uniforme negro la vería en cualquier tienda de moda dispuesta a encontrar la talla que necesito. 

Ahora no sabría decirle qué necesito. Me ha tomado de la mano y me ha llevado a una habitación grande. 

- ¿Pasas al baño y nos aseamos un poquito?- pide, y yo asumo con naturalidad. Mientras me voy desnudando la miro y me sonríe; yo no puedo. Tiene el pecho pequeño, demasiado para mis grandes manos, y unas nalgas preciosas que ni siquiera me atrevo a acariciar. Me introduzco en la ducha y espero que su mano calibre la temperatura del agua. Después es ella la que se introduce, reduciendo el espacio entre nuestros cuerpos en aquel estrecho cubículo. El tacto de sus dedos en mi pene flácido me resulta extraño. Sé que me está mirando, pero mi vista está caída, centrada en los primeros gestos de sus manos; tira de mi piel, comienza a hacerlo crecer mientras una lluvia templada nos moja. Su mano hace emerger el glande, e inmediatamente lo baña de un agua tamizada por el mover de su mano. Siempre es ella quien lleva la iniciativa. Vierte jabón en la palma de su mano y me limpia masturbándome. Finalmente me aclara y la espuma desaparece entre nuestros pies enfrentados. 

Después dirige la ducha a su cuerpo. La tez morena se extiende de manera uniforme, no es producto del sol. Ha evitado mojarse la cara para no estropear el maquillaje; sigo el recorrido del agua cayendo por su cuerpo, observo cómo se desliza por el contorno de sus pequeños pechos, cómo se acelera al caer por su vientre plano. El trayecto me lleva a observar su pubis, adornado con una tira de vello negro, recortado y cuidado, que se yergue continuando la forma de su vulva. Después sus muslos largos, delgados pero torneados, y de ahí mi mirada vuelve a saltar a su brazo extendido, a la mano con la que sigue dando dureza a mi polla cada vez más crecida. Centra el chorro en su sexo, observo cómo se enjabona, cómo restriega y finalmente vuelve a aclarar. Después agarra mi mano. La lleva a su entrepierna, me hace tocarla. 

- ¿Te gusta?- pregunta con una voz suave que se pierde en los ecos de la ducha. Muevo la cabeza en un gesto afirmativo y musito un sí que apenas resulta audible. Cuando cierra el grifo, pese al calor que nace en mi cuerpo, mi piel siente un frío repentino. Desaparece cuando ella toma una toalla blanca y comienza a secarme pasándola por mi cuerpo. Salimos de la ducha. Se ha colocado a mi espalda; giro la cabeza para encontrar su mirada sobre mis hombros. Sabiamente, con una práctica repetitiva en la que no quiero pensar, consigue que el mar de gotitas en mi cuerpo desaparezca sin dejar de estimular mi sexo. Después me tiende la toalla. Ahora te toca a ti, me dice, y girándome quedamos por un instante frente a frente, sin espacio por el que el aire refresque el calor que su aliento dispersa en mí. Acto seguido es ella la que se gira. Me ofrece su espalda. Mi mirada la recorre: el pelo doblemente recogido para que no se moje, la parte más alta, sus hombros, casi hasta su cintura, está extrañamente seca, sus nalgas en cambios están moteadas de perlas de agua. Mis manos se ponen a la labor con demasiada profesionalidad. Rodeo su cuerpo y deben ser sus manos las que me encaminen a zonas que no necesitan secarse sino avivar la llama. 

La toalla se despliega como unas alas, hasta posarse en mis hombros y colgar de ellos como la capa de cualquier superhéroe; cuando ella, después de hacer crecer mi rabo hasta el máximo, se muerde el labio inferior, casi me podría considerar uno. Soy capaz de mantener su mirada un segundo, dos a lo sumo; luego me pierdo en el vacío mientras ella inesperadamente se agacha, recorriendo con las manos y la punta de la nariz mi torso. En cuclillas, su mano agarra mi pene, lo encamina a su boca. Doy un respingo cuando siento sus dientes rozándome la polla. La delicadeza dura poco; enseguida sus cabeceos se hacen demasiado constantes como para no resultar fríos. Mis manos encuentran en su cabeza un lugar para posarse, pero no le impongo un ritmo, una profundidad; ella demuestra que sabe lo que hace. La mamada continúa unos minutos. Yo me dedico a padecerla con los ojos cerrados. Hasta que siento el aire cortando el baño de saliva que me ha regalado. Sé que no debo hacerlo, no tengo que mirarla, sé que ella estará con la vista elevada esperando, pero no puedo evitarlo, abro los ojos y ella escoge ese preciso instante para agarrar mi polla dura y golpearse tres, cuatro veces la lengua. 

- Ooohh-. De mi boca quería salir un no pero sólo ha salido un gemido. Cuando ella amenaza con regresar al ritmo constante de la mamada, mis manos tiran de sus delgados brazos. Hago que se incorpore. Es alta, pero tengo que inclinar la cabeza y besarla para compartir saliva con ese aroma tan particular. Después soy yo el que se agacha, y eso le sorprende. Mis manos en su espalda la atraen hacia mí; recorro con mis labios su vientre planto, su cintura estrechísima. Me detengo a la altura de su pubis, mi vista se deleita en él. Luego mis dedos se cuelan entre sus muslos. Un primer roce la hace suspirar, pero mis manos continúan viaje hasta abrazar sus nalgas. Pequeñas, pero tersas y duras. Inexorablemente mi cara acaba acercándose a su entrepierna. 

Ella pausa mis ganas indicándome que sigamos mejor en la cama. Se tiende boca arriba, esperando mi continuación. Vuelvo donde estaba, a sus piernas asimétricas, a su cintura de avispa, a sus brazos estirados buscando la almohada, a su labio mordido por dientes con ansias. Beso sus muslos, trepo por ellos buscando un calor reconocible en ese cuerpo desconocido. Parece que le gusta, gime cuando mis dedos alertan su vulva. Exploro con mi lengua los pliegues de sus labios vaginales, inhalo su aroma. Mi cara se mueve, la boca busca su clítoris. Me entretengo más que un instante en recorrer su sexo a lametazos. Luego sumo dos dedos. Primero a base de caricias, después llegan los pellizcos. Separo sus labios, abro espacio a mi boca, pinzo su pipa, ella suspira. La humedad que va aflorando en su coño me invita a entrar. Mis dedos lo abren, se adentran en lo desconocido. 

La chica se deshace, yo me animo. Mis dedos se curvan en su coñito, buscando ese punto donde mora el placer. Poco a poco aumenta la velocidad de mi brazo. La follo con un par de dedos y la boca pegada siempre a su cuerpo. Juego en sus labios, asciendo por su vientre, circundo su ombligo y sigo camino. Sus pechos pequeños me reciben alerta, con los pezones endurecidos y erectos. Termino el viaje con un lengüetazo que se le pierde entre el cuello y el hombro, y regreso sin escalas a seguir empapándome de la humedad de su sexo. 

- Cariño, se acaba el tiempo- dice, pero no hago caso. Sigo follándola con la mano. Intuyo que está próxima. Incremento el ritmo, el mover de mi boca sobre su raja. Ella misma se convence e introduce la mano entre mi cabeza y su piel para comenzar a estimularse el clítoris. Apenas me retiro; en cada viaje el atrevimiento de mi lengua es castigado por sus uñas largas. Da igual, funciona. Mi mano y la suya consiguen que el orgasmo se licue. 

Ahora sí, ya podemos dar el siguiente paso. Me tiendo sobre una cama que es sólo una sábana bajera de quita y pon. Ella entiende lo que le pido sin hablar. Saca un preservativo de no sé dónde y me lo coloca con rapidez. Cuando se monta sobre mí, su cara tiene una expresión que no acierto a interpretar, me gustaría pensar que lo está pasando mejor que de costumbre. Agarra mi polla; está crecida pero algo flácida. Juega con ella contra sus labios, termina de lubricarla y de endurecerla. Mi gemido se prolonga todo lo que ella tarda en dejarse caer. Empieza a moverse lento, apenas un ligero vaivén de olas en un mar en calma. Mis manos buscan sus caderas, su pecho, su boca; las suyas recorren mi torso al tiempo que me cautiva con una sonrisa que parecía franca. Me quedaría así, sintiendo el leve roce de sus paredes vaginales en mi rabo endurecido, para el resto de mi vida. 

Poco a poco va incrementando el ritmo, le puede la profesionalidad. Mis manos se desperezan, acompañan sus movimientos, hasta que éstos se convierten en frenéticos botes y tengo que sostener los muslos en sus caídas para aguantar el tirón. 

- Córrete en mi boca- dice en un momento dado. Trato de oponerme, ni quiero ni puedo correrme todavía, pero ya ha debido pasar el tiempo, escucho la voz de mi amigo al otro lado de la puerta. Además hay poco que pueda hacer; ella me ha desmontado y ha retirado el preservativo. Me muevo a regañadientes, buscando una mejor postura. Termino de rodillas sobre la cama, y ella tiene que echarse sobre el colchón, con las piernas colgando y ofreciendo su espalda desnuda a mis manos aburridas. Me la machaca con fuerza, tratando de acelerar algo que todavía no estaba preparado. Me masturba con la punta de mi polla apoyada en sus labios. Mi mano se aventura por su espalda. Dejo atrás sus hombros huesudos, sigo camino por la curva que anuncia sus caderas y llego a sus nalgas. Las aprieto y los dedos se me deslizan hacia la raja. 

Hundo el dedo más largo en su coño y comienzo a moverlo mientras ella sigue tratando de acelerar mi final. Tira de mi polla, la mano busca los testículos; comienza masajeándolos y termina apretando. Retiro el dedo del coño y me lo llevo a la boca; por un lado degusto sus flujos, por otro lo lubrico para un nuevo destino. He reparado tarde en su ano. Hurgo, trato de romper la resistencia de unos esfínteres que ya no me esperaban. Ella agarra mi muñeca, no me quiere allí. Aprovecho que ha liberado mi polla para tomar el relevo. Con la mano diestra incremento el ritmo de la paja, con la izquierda sujeto su cabeza muy cerca, para no tener margen de error. No hace falta. Cuando mi respiración parece transformarse en gruñidos, ella abre la boca y comienza a mamar. Francés natural sin, lo había olvidado. Me voy, irremediablemente me corro. En su boca, en su garganta. Reviento y ella no deja un segundo de cabecear, sin atragantarse. El semen caliente desborda, asomándosele a los labios, manchando su barbilla morena. Fuerza el gesto y traga. Después me mira y me enseña la lengua todavía pegajosa. De inmediato se incorpora y desaparece en el baño. Entiendo que debo vestirme, y comienzo a hacerlo después de limpiarme el rabo con unas toallitas higiénicas. 

Salgo de la habitación y me espera mi amigo. Luce una sonrisa de franca felicidad. Qué, qué tal, me pregunta. Y yo dudo: no sé si decirle que nunca hubiera querido estar ahí o que la próxima vez invertiré mi dinero con menor delicadeza.

viernes, 27 de noviembre de 2020

Black Friday

Por un instante creí entender a mi ex; las aglomeraciones, el calor en las tiendas, la megafonía demasiada alta, las dudas ante dos modelos que me gustan o el cargar con las bolsas, le hacían aborrecer ir de tiendas conmigo. Luego, mientras me tomaba un capuccino caliente, wasapeaba con mis amigas y sacaba de las bolsas y volvía a remirar entusiasmada todo lo que acababa de comprar ese día de consumismo desaforado, ya no. ¿Cómo iba a entender a semejante gilipollas que se creía demasiado para mí?

En cierta forma podía tener razón, ir de tiendas podía ser agotador, pero no lo iba a admitir. Además, no es nada que no se solucione tomándose un tentempié como el que yo había entrado a tomar en aquella cafetería. Mientras aspiraba el aroma del café recién hecho que poblaba el local, las conversaciones con mis amigas me arrancaban una sonrisa que se aliaba a la satisfacción por el día de compras y la perspectiva de un fin de semana por delante. Me sentía bien, feliz. Aunque me hubiera dejado buena parte del sueldo en todas las prendas que llenaban las bolsas a mis pies, aunque sintiera las piernas cansadas, estaba contenta. Mi móvil era un frenesí de sonidos de mensajes entrantes, la taza con el café templándose permanecía unos centímetros delante de mí. Los minutos pasaron así hasta que el icono de la batería en mi teléfono se puso en rojo, indicando que quedaba poca; todavía me quedaba un largo rato hasta llegar a casa y poder poner a cargarlo, y era mejor conservar algo para el viaje en metro, así que fui despidiéndome, cerrando todas las conversaciones y me centré en el café. 

Me acerqué a la barra a por algo de comer que acompañara el capuccino. Tras pedir un sándwich vegetal con pan de semillas, un diario sobre la barra llamó mi atención; sin posibilidad de seguir consumiendo la batería del teléfono debía llenar el tiempo, así que cogí ese periódico manoseado y volví a mi mesa. Lo abrí al azar, por una página cualquiera, pues no tenía demasiado interés en leer malas noticias. Cual fue mi sorpresa cuando ante mis ojos encontré la sección de anuncios de contactos. Entre muñequitas orientales, teléfonos eróticos para todos los gustos, una imagen llamó mi atención. Dayron, se anunciaba, un mulato con un cuerpo escultural y la promesa de veintitrés centímetros de polla. Inmediatamente algo en mi cuerpo se puso más caliente que la taza que humeaba frente a mí. No recuerdo qué decía exactamente su anuncio, pero seguro que las palabras atlético, placer, dominicano, fantasía, figuraban en él. Nunca, ni siquiera en ese instante, me había planteado recurrir a un hombre de pago; ni siquiera sabía la palabra adecuada para definirlo. Además, esos anuncios los creía destinados a otros hombres, tampoco sabía si trabajaba con mujeres. Sin embargo, mi mente comenzaba a funcionar imaginando mi cuerpo y el de ese pedazo mulato. 

Imaginaba unas manos decididas al final de unos brazos fuertes abrazando mi cuerpo, yo girando ante su mirada, con sus dedos de chocolate fundiéndose en mi cintura. Imaginaba la sensación de acercarme a su cuerpo y sentir, bajo unos pantalones vaqueros, la largura y la dureza de una polla más que a medio despertar. Inmóvil, mis dedos apenas rozaban la hoja del periódico que se extendía ante mí, y aunque mis ojos quisieran seguir leyendo, mi mente volaba libremente inspirada en la imagen en miniatura que ilustraba su anuncio. Me veía junto a él en un lugar indeterminado, neutro, tal vez una habitación de hotel. Sentía la necesidad de levantar su camiseta, de recorrer con los labios los contornos duros de sus abdominales. Cuando sus manos trataban de guiarme, me revolvía, debía ser yo quien marcara los ritmos. El continuo pasar de mi lengua por su vientre, los juegos alrededor de su ombligo hacían algo más que ponerlo alerta, lo calentaban, lo hacían entrar en ebullición. Después me incorporaba, deseaba sentir sus labios gruesos devorándome la boca; entonces le dejaba que sus manos grandes abrazaran mi trasero y lo sacudieran a su antojo. 

Por una vez era mi mano la que se posaba en su hombro, la que lo hacía agacharse siguiendo el itinerario de mi mirada. Bastaba un pestañeo para que yo me viera cada vez con cada una de las ropas que acababa de comprar; lo único que no cambiaba era la delicadeza con la que Dayron me comenzaba a desvestir. Faldas, pantalones, desaparecían por obra y gracia de sus manos. Luego me besaba el pubis por encima de la ropa interior. Ésta siempre era la misma, sexy, color burdeos, mi favorito, y nunca resistía demasiado cuando sus dedos comenzaban a moverla. Cuando imaginaba sus manos rondando mi coño mi mente me obligaba a cerrar los ojos, como si de verdad estuviera con él en una habitación cualquiera y no rodeada de gente en aquella céntrica cafetería. Debía reprimir un gemido cuando fantaseaba con su lengua traspasando la humedad y el calor de su boca a mi sexo. Aunque quisiera no podía frenar a mi mente, y me veía, la pierna derecha por encima de su hombro, la espalda apoyada en la pared y aquel perfecto mulato jugando con su lengua en los pliegues de mis labios vaginales. Cada uno de sus aleteos era una tortura que me comenzaba a derretir por dentro. Mis manos se aferraban a su cabeza, la hundían entre mis piernas. Mi voz, tuve que comprobar que sólo en mi fantasía, le exigía más, siempre más. Él se esforzaba, ponía todos sus ímpetus en hacerme levitar. Yo me corría y mis manos, siempre fuertes, guiaban su cara contra mi piel, para que su lengua sintiera en primera persona el orgasmo que acababa de provocarme; cuando las sacudidas de mi cuerpo cesaban, lo empujaba y aquel mulato caía, patas arriba, sobre el suelo. 

Regresé por un instante a la realidad, el tiempo justo de cambiar de página en el diario que ocupaba la mesa, para que cualquiera al pasar no me viera siempre detenida en la sección de contactos. Daba igual, mi mente ya no necesitaba la referencia de su anuncio para volar libre. Caminaba poderosa, hasta enmarcar entre mis piernas su cuerpo fuerte pero desvalido al mismo tiempo. Terminaba de desvestirme, hacía volar el sujetador por la habitación sin un destino claro. Luego comenzaba a flexionar las piernas, a descender sobre Dayron, a percibir en su mirada matices que iban desde la indefensión al placer. Me detenía para tirar de sus ceñidos jeans, que salían extrañamente fácil; en el viaje habían desaparecido también sus calzoncillos. Él ya ni se atrevía a estirar los brazos para tratar de tocarme, había comprendido que era yo la que mandaba y debía dejarse llevar. Su cuerpo, forjado en el gimnasio, se veía inerte. Sólo, como un mástil, emergía una polla enorme y rica. Me arrodillaba, y sin asirla siquiera, mi lengua la recorría entera, desde la base hasta la punta. Él dejaba caer pesadamente la cabeza contra la moqueta y sólo ella, solo esa magnífica polla, parecía tener vida bajando y subiendo, como a cámara lenta, tras el pasar de mi boca. Lo torturé, siempre mi lengua fuera de la boca partía de sus huevos, recorría lentamente toda la longitud de su miembro y remataba con un chupetón a su capullo. Cuando me apiadé de él comencé a masturbarlo rítmicamente, con el glande preso entre mis labios. Resistía mis acelerones, las pausas, el filo de mis dientes mortificándole, obedecía mis órdenes silenciosas, como cuando agarraba sus manos y las llevaba a mis tetas y él entendía que debía estimular mis pezones. 

El calor me podía, ni siquiera el café que seguía delante de mí y se había quedado frío me servía para relajarme. Ya no sabía si el incendio se había declarado en mi mente y se había propagado por todo mi cuerpo o había tenido su punto de partida en lo más profundo de mi vientre. Sólo sabía que ya no necesitaba cerrar los ojos, bastaba que mi mirada se perdiera en un punto indeterminado de la cristalera del local para que yo me viese moviendo mi cuerpo, hasta sentarme a horcajadas abrazando con mi coño la polla de Dayron. Me agitaba, mis caderas se movían solas, mi cintura dibujaba órbitas alrededor de su eje. Luego comenzaba a botar, suavemente, calculando mentalmente hasta dónde podía subir sin dejar escapar su pene. Más tarde, irremediablemente, comenzaría a cabalgarlo salvajemente, aplastándome los pechos, retorciendo mi cuello y su rabo hasta el esguince. Sus piernas flexionadas me servían de respaldo en mis movimientos impetuosos, su cuerpo brillaba bajo el sudor, pero apenas mostraba síntomas de cansancio. Dayron era apenas poco más que un trozo de carne adherido a su polla, un consolador, y así lo trataba, buscando únicamente mi placer. El suyo llegaría, no lo dudo, pero priorizaba el mío. Mientras tanto, un camarero, si hubiera sido más joven y algo más apuesto quizás yo no hubiera abierto el periódico por la página de contactos, había traído a la mesa el sándwich. Musité un gracias como podía haber dejado escapar uno de los suspiros que aquella fantasía en mi mente me provocaba. Lo follaba rítmicamente, las manos apoyadas en sus hombros redondos. 

Bebía el café a pequeños sorbos, mordisqueaba el sándwich, parecía que permanecía allí, pero estaba muy lejos, presa entre los brazos de Dayron, que, como si mis movimientos sobre su polla lo hubieran resucitado, se había sentado conmigo en su regazo. Le pido que me eleve, que me empuje contra la pared, que siga follándome. Con el dorso de la mano limpio un hilillo de salsa que se escapa de mi boca mientras en el sueño son los flujos los que escapan en cada embestida de su polla. Me corro, imaginándome follada por aquel hombre siento la necesidad física de correrme, pero me cuido muy mucho de terminar como en aquella película y que la gente pida lo mismo que está tomando aquella chica ensimismada de la mesa del fondo. Mi mente se disocia, soy capaz de terminarme el sándwich y el café, paso rápidamente las hojas del diario, sin querer detenerme en ninguna, mientras en un algún rincón de mi cerebro todavía se proyecta mediante flashes la fantasía. Me veo a cuatro patas, con Dayron encima, con Dayron debajo. Quiero que me folle, que no deje de hacerlo, ya no me importa mandar, sólo quiero que me provoque otro orgasmo. Veo su mirada suplicando permiso para terminar, pero le exijo un poco más. Luego, cuando la piel nos brille por el sudor y mis piernas tiemblen después de una nueva descarga, le dejo. Agarro su pene grueso con las dos manos y lo froto como si fuera una lámpara mágica, con todas mis fuerzas. A él se le tensan los músculos, se le marcan las venas en el cuello, aparta mis manos y me toma el relevo, se acerca tanto a mí que en cada movimiento su mano roza mi vientre. Finalmente se corre abundantemente, me riega de semen caliente que el respirar agitado de mi cuerpo hace caer formando riachuelos por mi piel. 

Saco el móvil del bolso, pongo la cámara para comprobar que aquella fantasía ha ruborizado mi rostro. Me dispongo a levantarme, a llevar el periódico, los platos y la taza a la barra, pero una idea me detiene en seco. Apresuradamente, tal vez para no dejarme vencer, abro el diario y busco la imagen de ese negro de polla enorme una vez más. 

- Hola, buenas tardes, ¿eres Dayron? - pregunto. Antes de que conteste, sé cómo terminará aquel Black Friday.

domingo, 15 de noviembre de 2020

El merecido castigo

Soy un tipo normal, no me gustan los juegos de rol, los disfraces; ni siquiera me excitan los uniformes, sé de sobra que debajo te puedes encontrar personas encantadoras o auténticos gilipollas. Cuando me acuesto con una persona es porque me gusta cómo es, no le pido que cambie, y tampoco me gusta que me pidan que cambie yo. Por eso me extrañó cuando Maribel, una mujer con la que comenzaba a mantener una relación que podía ir más allá de lo sexual, me llamó diciendo que tenía una sorpresa para mí. Estábamos conociéndonos, todavía podía ignorar mi poca afición a las sorpresas, así que le di el beneficio de la duda y acudí a su casa, dónde me había citado. Al llegar la encontré como siempre, un tanto nerviosa quizás. Enseguida se excusó, marchó a su cuarto con el pretexto de terminar de prepararse “para la sorpresa” y yo me quedé solo en el salón. Supuse una cena, quizás una salida a bailar, tal vez algo que nos hiciera pasar la noche fuera. Si hubiéramos tenido una familiaridad que todavía no existía entre nosotros, tal vez hubiese encendido el televisor y me hubiera sentado a esperarla zapeando con los pies encima de la mesa baja, pero me limité a dar una vuelta por el salón y aguardarla de pie. Sobre la mesa, una bolsa de golosinas que me hizo pensar que esa era la sorpresa, que había descubierto mi único vicio en esta vida al margen del sexo. Pero no. 

Unos minutos después Maribel irrumpía en el salón vestida de colegiala. Negando con la cabeza sonreí, y ella malinterpretó mi gesto. Seguramente a otros hombres, quizás cuando yo tuve la edad de gustarme las colegialas, pero no entonces, no Maribel. Rondaría los cuarenta y cinco, un cuerpo al que le sobraban algunos kilos y un rostro al que, cuando más acostumbraba a mirarlo, esto es, después de la jornada de trabajo o después de follar, se le apreciaba el cansancio. Con una camisa blanca, el cuello levantado, los primeros botones desabrochados luciendo escote y los bajos atados con un nudo a la altura de un ombligo que distaba bastante de ser plano y perfecto, y una faldita roja con cuadros blancos que apenas si tapaba su incipiente piel de naranja, parecía sacada de un videoclip, un cómic o una película de terror de serie B. Cuando, caminando hacia mí, dio un giro demasiado teatral, el vuelo de su falda me permitió ver que sus bragas eran blancas y de algodón, detalle que no puedo asegurar si pertenecía al uniforme escogido. 

- ¿Colegiala?- pregunté retóricamente. 

- Colegiala traviesa- precisó ella. Con una palabra habíamos pasado de la categoría de disfraces, a la de juego, porque aquello era un juego; cuando rozando mi hombro con su dedo pasó junto a mí diciendo yo soy una niña mala y tu eres mi profesor, ¿me vas a castigar?, no quedaban dudas. Claro que Maribel no sabía que yo no sé jugar… 

Agarrando la bolsa de golosinas se colocó frente a mí, al otro lado de la mesa, separados por poco más de un metro. Sacó una gominola, nube, siempre la he llamado yo, un cilindro blanco y rosa de azúcar y vaya usted a saber qué, y se lo llevó a la boca. Lo apresó entre sus dientes por uno de los extremos, mientras por el otro lo sujetaba en la mano. Con el movimiento de su cabeza buscaba alargarlo, darle una impresión de algo más contundente que llevarse a la boca, hasta que, irremediablemente, la chuchería no resistía más la tensión y una porción moría entre sus fauces. Repitió la operación varias veces bajo mi atenta mirada, hasta que se terminó el dulce. 

- Me he portado mal- dijo. Quizás su juego no me terminase de gustar, su cuerpo no me congeniaba con el atuendo, con esa falda tan corta que ni enseñaba ni dejaba imaginar, sin embargo era innegable que me gustaba Maribel, su mirada capaz de deshacerme, su pecho generoso rebosante en aquel escote. Hasta que el movimiento de su mano delató la presencia, no había reparado en una piruleta con forma de corazón que sacó del borde de su falda. Asistí a la lentitud de sus gestos al desenvolverla, vi como se la llevaba a la boca, sacaba la lengua y lamía. Había captado mi atención, se entretenía chupando la piruleta, disfrutaba de su propio juego. En un momento dado dejó caer un hilillo de saliva que, mezclado con el colorante del caramelo, adquiría un tono rojizo. Esa mezcla se deslizó por su pecho, cayó por su canalillo. Retuvo el dulce en la boca y con el palo asomando por sus labios, Maribel liberó sus manos y comenzó a amasarse los pechos. Yo continuaba mirándola, atento a sus gestos destinados a excitarme, a su manera de llevarse las chucherías a la boca y morderlas o lamerlas, a sus manos soltando pausadamente los botones de su blusa. Me acerqué, la rodeé, ahora era ella la que tenía que girar la cabeza para no perderse mis movimientos. 

- Así que yo soy el profesor, ¿no?- 

- Aja- susurró ella. Mi presencia a su espalda la hacía querer mirarme. 

- Mire al frente, señorita- ordené y Maribel obedeció. - ¿Sabe usted que soy un profesor muy estricto?- pregunté sin esperar respuesta. Con un dedo levanté su falda, al bajar la vista observé que el uniforme incluía también calcetines y zapatos acharolados. Me situé delante, mis manos comenzaron a sacar su blusa, ella se ilusionaba, yo permanecía totalmente serio. – Dice que merece un castigo, muy bien, camine hasta allí-. Maribel emitió una especie de maullido y comenzó a andar hasta donde le había indicado. Me senté en una silla, ella ansiosa, permanecía de pie a mi lado. Comencé a moverla, a tocar su cuerpo sin buscar estímulos sexuales, hasta girarla completamente. Decidido le bajé las bragas. 

- Venga aquí, me parece que se merece usted unos azotes-. Coloqué su vientre sobre mis rodillas, levanté su faldita y abofeteé sus nalgas. Su cuerpo tembló pero de su boca sólo salían gemidos. La piruleta se le escapó de la boca rompiéndose en mil pedazos al contacto con el suelo. Repetí la operación varias veces. Golpeaba su trasero, aguardaba unos segundos y volvía a darle una cachetada. Su piel se coloreaba, al principio tan sólo por unos instantes, pero después el color rojizo permanecía perenne en sus nalgas entre azote y azote. - ¿Va a portarse bien o necesito sacarme el cinto?- pregunté. Su voz tímida no se escuchó bajo el sonido de un nuevo bofetón. –No la escucho, ¿va a ser una buena chica?- repetí acompañando un nuevo azote. 

- Sí- respondió ella. 

- Sí, ¿qué?- 

- Sí, señor profesor- dijo por fin. 

- Esperemos que así sea- concluí, y tras el último cachete mi mano no se levantó y comenzó a amasar su culo, con dedos que caían hacia su raja y otros que buscaban el ano. Su cuerpo no tenía la firmeza que debía acompañar al uniforme que había elegido y su trasero con principio de celulitis se plegaba a la voluntad de mis manos. Era precisamente eso lo que no me gustaba del juego, esa contradicción entre la realidad y el disfraz elegido, era por eso por lo que realmente se merecía el castigo. Ataqué primero su ano. Mojé en saliva mi dedo anular y hurgué en su trasero. Hubiera continuado hundiendo el dedo ajeno a sus quejas, pero realmente Maribel no oponía ningún reparo, como si el castigo realmente fuera merecido. Después pasé a su sexo, al principio con unas palmadas suaves sobre la vulva, luego pasando la mano marcando los labios, finalmente colando también allí mis dedos. 

Al cabo de unos minutos la incorporé; ella permanecía de pie, con solo la corta falda y el calzado como vestimenta, atenta a mi ir y venir por el salón. Agarré la bolsa de chuches, y sacando una me acerqué hasta ella. Maribel abrió la boca, pero en el último momento cambié el viaje de mi mano y fui yo el que masticó la golosina. 

- Para usted tengo otra cosa- le dije, y ofreciéndole mi mano diestra, la que acababa de hundir en su coño y en su ano, se la di para que lamiera los dedos. Así lo hizo, con suma destreza, hasta dar el brillo de la saliva a mis dedos. Una buena señorita no debería saber hacer estas cosas, muéstreme que más malas cosas ha aprendido. De rodillas- le ordené. Metida en su papel, obedeció. A esas alturas la excitación me había regalado una importante erección. De pie a su lado agarré su cabeza y la restregué contra mi cuerpo; el roce con la entrepierna nos impulsaba a los dos. Rápidamente Maribel trató de encontrar la manera de liberar mi pene, yo me resistía repasando su cara entre mis muslos, mi paquete. Finalmente dejé que soltará mi cremallera y un par de dedos hurgaran en mi calzoncillo para sacar a la luz una polla endurecida que tenía problemas para doblarse por la bragueta. Quería comenzar a mamar, pero retuve sus ansias y su cabeza por los cabellos. 

- Abra la boca- le dije. Ella cumplió mis órdenes y escupí en su garganta. Mi polla apuntaba a sus mandíbulas abiertas, pero extrañamente no tenía prisas. Esperé unos segundos y cuando menos se lo esperaba moví su cabeza bruscamente hasta que la punta tocó su campanilla. Maribel sufrió una arcada y yo volví a portarme como el profesor estricto que ella había pedido. – Así no, pórtese bien o tendré que volver a azotarla- dije mientras le propinaba un cachete. Volvió a abrir la boca, apunté y de nuevo empujé hasta que su cara se topó con mi vientre. Mantuve la polla hundida en su garganta hasta que la acumulación de babas amenazó con reventar sus mejillas. –Buena chica, ahora usted solita- le indiqué relajando la presión de mis manos en su cabeza. Maribel comenzó a tragarse mi polla. Cabeceaba frenéticamente, sin pausa. 

–Así, así…- me había metido tanto en el papel que sobreactuaba. –No utilice las manos- le pedía; ella obedecía por unos instantes pero luego la necesidad de agarrar la base del tronco le podía y volvía a rodearla con su mano. Solté el cinturón y comencé a retirarlo mientras ella no dejaba de comerme la polla. Agarré sus manos, las llevé a la espalda y traté de anudárselas con la correa. La postura era complicada pero Maribel no dejaba de mamar. – Realmente tiene usted los peores vicios, señorita, voy a tener que emplearme a fondo para corregirla-. 

La puse nuevamente en pie. A su espalda me cercioré de atar bien sus manos. El cinturón estaba dispuesto de tal manera que uno de los extremos, el que no tenía hebilla, quedaba colgando. Con él le azoté en la parte superior de su culo. Luego la hice caminar hasta topar con la mesa. Doblé su cuerpo y así quedó esperando, con la falda levantada, a que yo me terminara de desvestir. La piel de su trasero estaba erizada y enrojecida cuando acerqué la cara. Cuando me sintió ella revolvió su cuerpo, como si de verdad tuviera que comportarse como una joven obediente con su “profesor”. Decidí darle una pausa y ser yo el que hiciera el trabajo. Mi lengua surcaba su coño mientras mi nariz se hundía entre sus nalgas. Me ayudaba de las manos para separar sus cachetes y tener acceso a su sexo. Mi lengua se deleitaba adentrándose por la vagina, jugando en sus labios, tratando de acceder al clítoris escondido, subiendo hasta sorprenderla en su ano. Comí su culo y su coño hasta saciar mi hambre, hasta provocarle una catarata de gemidos y un encharcamiento de flujos en su sexo. 

Incorporándome me acerqué a su cara, se la levanté. 

- ¿Le ha gustado?- Maribel respondió con un movimiento de cabeza afirmativo. Ahora tendrá que demostrarme que de verdad quiere ser una buena chica- le dije después de besarla. Volvió a apoyar la cara en la mesa, ladeando el cuello siguió mi movimiento nuevamente hasta colocarme a su espalda. Agité mi polla unas cuantas veces hasta que recobró la dureza necesaria. Un hilo de saliva cayendo en su ano la hizo ver el siguiente paso de aquel castigo tan especial. 

- Con cuidado- pidió. 

- Silencio- le dije- si no tendré que aumentar el castigo-. Coloqué el pene en posición y comencé a empujar. Maribel retenía entre dientes un quejido y yo trataba de no excederme. Cuando el glande se coló dentro hice una pausa que ella agradeció. Después de acostumbrarnos, empecé a moverme, incrementando poco a poco el ritmo, con mis dedos fundiéndose en sus caderas. Maribel aguantaba mis embestidas, cuando la incorporé agarrándome a sus pechos protestó, un cachete en su culo la hizo callar. Volviendo a doblar su cuerpo contra la mesa se la saqué del ano y la enterré en su coño. La follé rápido, buscando proporcionarle un alivio inmediato. Ella se revolvía, trataba de liberar sus manos, de corregir la postura. El constante martilleo de mi polla la llevó pronto al orgasmo. Maribel resoplaba cuando solté el nudo de sus manos. Se incorporó levemente, me ofreció de nuevo su grupa, y yo comencé a follarla alternativamente, del ano a la vagina y vuelta a su culo. La falda de su uniforme colgaba de su cintura, sin nada que tapar, solamente era un estorbo a la hora de agarrarme a su cuerpo; sin embargo no se la quitaba, la dejaba allí como un testigo del juego y los roles que ella había elegido. Maribel aguantaba los ratos en que ocupaba su culo y el placer se le licuaba cuando la hundía en su coño. 

Tenía la polla a reventar cuando se la saqué. Giré el cuerpo de Maribel y la hice arrodillarse. Sin pedírselo colocó las manos a la espalda y abrió la boca. Manipulé su cara haciéndola chupar unos segundos, luego pasé a masturbarme con todas mis fuerzas. Obediente, ella aguardó hasta que el semen empezó a caer sobre su frente, sus mejillas, su lengua a medio sacar… 

- ¿Ha aprendido la lección señorita?-. 

- …-. 

- ¿Va a volver a ser una chica mala?-. Maribel hizo un gesto con la cabeza que todavía no he conseguido interpretar, no sé si el castigo corrigió su comportamiento o seguirá con sus travesuras.

sábado, 31 de octubre de 2020

Eva siempre gana

-La hubiera seguido de vuelta al infierno, pero sólo me pidió que nos coláramos en aquel cementerio-. El paciente había comenzado a hablar de forma espontánea, ya cuando el equipo médico abandonaba la habitación. El doctor Martín se detiene, sus residentes le imitan, y con un gesto de la mano les pide que se queden ahí, en silencio, evitando cualquier movimiento que pudiese distraer al enfermo ahora que ha conseguido hilvanar una frase tras días soltando palabras inconexas.

-Era un demonio, era mi demonio, - continúa diciendo el joven tendido en la cama con una media sonrisa asomando a su boca -aunque cuando la conocí pareciera un ángel. Bastó que girara la cabeza y me mirara de aquella forma para comprender que era la encarnación del mal. Sus ojos eran puro fuego, su cuerpo era pecado, y su mente…- la frase queda suspendida durante varios segundos en las que el psiquiatra y sus tres jóvenes aprendices no saben si ese es el final del inesperado monólogo o van a tener derecho a conocer toda la historia. Al equipo médico, tan acostumbrado a desentrañar los misterios de la mente humana, quizás le hubiera gustado conocer como veía aquella mente enferma al resto de las mentes, pero cuando el interno retomó la palabra sus frases tomaron otros derroteros: Eva, Eva, Eva…, yo ya he cumplido mi parte, ¿cuándo vas a venir a buscarme? -. El joven se mira el brazo, lleva unos números tatuados en un color encarnado, podría ser la combinación de un número telefónico, desde la posición de los doctores apenas se pueden distinguir, pero han aprovechado las horas de sedación para apuntarlo: 666 792 … .Marta ha hecho un mínimo movimiento, apenas si se ha recolocado un mechón de pelo por detrás de la oreja, pero ha sido suficiente para captar la atención del paciente que, girando la cabeza, la única parte del cuerpo que puede mover pues sus muñecas y tobillos permanecen atados, interrumpe su discurso y la mira de una forma que asusta; asustan sus ojos negros, su manera de abrirlos, de subir las cejas hasta hacerlos parecer enormes. Marta siente como si esos ojos tan oscuros pudieran traspasarla, como si con una sola mirada pudiera conocer todos sus secretos, sus miedos más profundos. Ella retrocede un paso, hasta situarse tras el hombro de su compañero Alberto, mientras el paciente esboza una sonrisa en la que resalta el brillo de un colmillo partido: tienes un aire a Eva- dice antes de volver a mirar al techo. 

Cuando vuelve a tomar la palabra a los doctores les cuesta unos instantes ubicar la acción. - El muro era alto, más de dos metros, aunque lo hubiéramos podido saltar con ayuda, no hizo falta, las cadenas que cerraban la puerta no estaban lo suficientemente apretadas y bastaron un par de golpes con el hombro para que cedieran, el espacio justo para colarnos dentro. Esta noche será especial, verás, me dijo Eva, como si todas las noches con ella no fueran ya especiales. Me tomó de la mano y yo la seguí, echó a correr y yo corrí, rio y yo reí. De pronto se paró en seco, haciendo volar la gravilla con sus pies, me acerqué y me besó. Me inoculó el veneno de su saliva, me envenenó con su saliva, me envenenó con su saliva… - repite varias veces bajando en cada una el tono de su voz. -La luna también quería marcharse, pero la noche tenía la luz justa para poder ver todo el mal que escondía Eva. Cuando mi lengua recorría su cuello ella levantaba la cabeza y parecía aullar al cielo. Me empujó, yo trastabillé hasta ir a caer contra una losa, Eva vino a mí y se sentó en mi regazo. Sus manos guiaban las mías por su cuerpo, hacían que me quemase en su piel, que abrazase sus pechos. Decía que las sombras también la abrazaban y que mis manos tenían que esforzarse más si quería ser el elegido. Era el mal, era el mal…- repite como una letanía de vez en cuando antes de continuar con su inesperado discurso: levantó mi camiseta y me mordió- su mirada busca su pecho, tratando de ubicar el recuerdo bajo la bata de hospital- yo grité y la maldije, pero ella repitió la operación riendo cada vez más fuerte. Reptó hasta colarse entre mis piernas, desabrochó mi pantalón y tiró de él. Mi sexo fue siempre un juguete entre sus manos, lamió, mamó, hasta conseguirlo todo de mí. Cuando le dio todo su esplendor, lo hundió en sus fauces. Yo me incorporé, ella se arrodilló, mis manos en su nuca retenían con fuerza su cara contra mi vientre, por unos instantes me creí más poderoso que el mal. Pero Eva siempre gana- dice bajando el tono de voz hasta resultar casi pesaroso- Eva siempre gana, y revolviéndose me mordió el pene, tres, cuatro veces, hasta arrancármelo a trozos. El dolor era insoportable, pero yo reía como un loco, sangraba y reía porque Eva me hacía suyo, me incorporaba a su ser. Ahora te toca a ti, me dijo. Obedecí, pues ya mi cuerpo y mi mente eran suyos. Comencé lamiendo los restos de mi sangre que caían por la comisura de sus labios. Descendí por su cuerpo, Eva me iba marcando el camino desvistiéndose al ritmo que yo debía seguir. Quise entretenerme en sus pechos, pero una fuerza extraña me obligó a seguir bajando. Al llegar a su sexo, tenía un olor intenso, especial, estaba menstruando. Levanté la cabeza buscando la mirada de Eva, me estaba sonriendo. Mi boca comenzó a saciar su sed, era mi alimento. Cuanto más jugaba mi lengua en su coño más se retorcía Eva. Gemía, gritaba y sus gritos provocaban el aullido de todos los perros del pueblo. Yo seguía arrodillado a sus pies, deslizando mi lengua por su sexo, dibujando sus formas con los dedos, Eva orinaba sangre, se corría sangre… Yo continué, bebiendo de ella, jugando con mi boca en su sexo, hasta llevarla al orgasmo, hasta que sus párpados cayeron y en el blanco de sus ojos sólo se veían llamas. Eva siempre gana, el mal siempre gana…-. Sus palabras no están dirigidas a nadie, como si la presencia inmóvil del doctor y los tres estudiantes fuesen igual de fantasmagóricas que las sombras del cementerio. 

- Quise asir mi polla, pero sólo encontré una masa sanguinolenta e informe. Miré a Eva desesperado, y ella rio como un demonio, estruendosamente, antes de comenzar a vomitar los trozos de mi pene. Los recogía del suelo, la sangre y su saliva venenosa mojaban mis dedos y rápidamente los metía en el sexo de Eva. Pero ella necesitaba más, toda mi carne vomitada no le provocaba ningún efecto, pese a que yo hundía mis dedos en su vagina para enterrarlos más adentro, para procurarle placer. Era inútil, Eva exigía más y yo no sabía cómo hacerlo. Prueba con eso, dijo señalando con la cabeza algún punto detrás de mí en la noche. Me volví presuroso, buscando la manera de satisfacer sus necesidades. Encontré un hueso largo y amarillento, lo agarré y deprisa volví la cabeza, pero Eva ya no estaba, me pareció que un murciélago surcaba el cielo…-. No puede resistirlo más, con una mano protegiendo su boca de la arcada, Marta corre hacia la puerta. 

- ¿Estás bien? - le pregunta su compañera. Marta asiente con la cabeza; sabe que no es más que un delirio más de un enfermo cualquiera, pero en la carpeta que sujeta bajo su brazo está detallado el informe, conoce los datos, las heridas que presenta el cuerpo… Y ahora, ha bastado escuchar el relato para que su mente cruzase datos y le ganase la náusea. Mientras, a su lado, su compañero Alberto pregunta al doctor: ¿Se sabe algo de la chica? El doctor tarda unos instantes en contestar, su mirada sigue vuelta hacia la habitación, tratando de comprobar a través del pequeño óculo la reacción del paciente ante los últimos acontecimientos. Luego se vuelve y dice: seguramente nunca haya existido la tal Eva, el atestado policial sólo habla de él, y la vecina que denunció haberlo encontrado desnudo y rodeado de huesos exhumados de la fosa común en el cementerio cuando fue a adecentar las tumbas en las vísperas de Todos los Santos, tampoco hacía mención a ninguna mujer. Han comprobado los números por si fuera un número de teléfono y no corresponde con ningún usuario actual… Siguen investigándolo.