domingo, 12 de julio de 2020

Sex City Tour

Dos minutos después de la hora convenida los vi aparecer por el vestíbulo del hotel. Habían contratado la visita por Internet; buscando información para un veraneo que las circunstancias obligaban a ser atípico, habían llegado a mi blog, ese espacio virtual en el que difundo los atractivos de la ciudad y a través del cual ofrezco mis servicios como guía turístico profesional. Tras una solicitud de información, en un rápido intercambio de correos electrónicos reservaron una cita para llevar a cabo una visita completa de la ciudad. Pepe, quien había llevado todos los trámites y el único miembro de la pareja al que conocía, me presentó a Natasha, su esposa. Les di la bienvenida y finalizamos el encuentro con el ridículo choque de codos que exige la nueva normalidad. 

Mientras nos acercábamos caminando desde su hotel al primer punto de la visita, les pregunté por su viaje, por el hotel, quise saber si nos habían visitado con anterioridad, les expliqué cuál iba a ser el recorrido y los tiempos de la jornada, y antes de que nos diéramos cuenta habíamos llegado al Palacio de Miramar. Entramos por la pequeña puerta de servicio que se abre al barrio de El Antiguo, nombre que delata que allí se encontraba uno de los asentamientos primigenios que dieron origen a la actual San Sebastián, y enseguida ambos visitantes se maravillaron con los cuidados y floridos jardines que se anunciaban. Las sandalias de alta cuña que calzaba Natasha comenzaron a hacer crujir la grava a medida que ascendíamos a la explanada principal del recinto. Completaba su ropaje con un ceñido vestido de color crema que resaltaba las sinuosas curvas de su figura y un sombrero de un rosa pastel que la protegía del sol; Pepe, por su parte, lucía un polo color azul cielo, un pantalón beis y unos náuticos azul marino. 

Tras situarnos en lo alto del promontorio que divide la bahía en dos, comencé con las explicaciones pertinentes sobre cómo este había sido el lugar escogido por la reina regente María Cristina, viuda de Alfonso XII y madre del futuro Alfonso XIII, para edificar un palacio en el que la familia real pasara las vacaciones estivales, y que para ello se tuvo que trasladar más abajo la ermita que existía en el lugar y que estaba dedicada a la virgen de Loreto, y cómo la derivación del nombre vasco que tenía, acabó dando como resultado el nombre por el que los donostiarras conocemos hoy en día al lugar: el pico del loro. Mientras hablaba, Natasha no perdía detalle de mis explicaciones y manejaba con soltura unas gafas de sol que se ponía o quitaba según quisiese observar un detalle de los que yo mencionaba; cuando mordía la patilla de la gafa, sus labios, pintados de un tono que hacía juego con sombrero y montura de las gafas, parecían todavía más sugerentes. Caminando por los senderos que bordean el cuidado césped, y mientras ellos se detenían a tomarse algunas fotos, les fui contando detalles sobre el edificio de aspecto inglés, no en vano fue diseñado por Selden Wornum, o cómo sus estancias que vieron pasar a reyes y presidentes de la república son hoy aulas de la universidad de verano; a Pepe le sorprendió que no fuera la primera vez que se utilizaba como espacio de aprendizaje, pues el Rey Emérito estuvo interno estudiando en un colegio habilitado ex profeso cuando don Juan y Franco acordaron que la educación del futuro monarca se realizara en España. 

- San Sebastián, Donostia, me oiréis nombrarlo indistintamente, en castellano o en euskera, pero ¿sabéis algún otro nombre por el que se conozca a la ciudad?- les pregunté haciendo una pausa al llegar al comienzo de las escaleras que nos llevarían al pie de la playa de Ondarreta. 

- ¿La bella Easo, ¿no?- dijo Pepe con cierto conocimiento. 

- Efectivamente, la bella Easo, o Easo a secas, no vamos a hacer publicidad gratuita…- en ese momento ambos se sonrieron- Además, estando ella presente, hablar de belleza… -. Natasha se sonrojó ligeramente, como si el rosa palo de sus complementos se le extendiera por la cara. 

Caminando junto a ellos fuimos paseando por la playa de Ondarreta buscando el nuevo punto de la visita. Comentábamos los otros nombres por los que se puede hablar de la ciudad, sus orígenes, sus usos, ganándonos más y más una confianza recíproca entre lo que apenas media hora antes éramos completos desconocidos. Donde el paseo se hace llano y discurre entre los jardines que quedan a nuestra izquierda y la playa que se abre al mar a la derecha, y donde generalmente la vista se pierde buscando figuras, rostros y curvas entre las bañistas, esta vez toda mi atención la centraba Natasha. Quizás las elevadas cuñas de sus sandalias la hicieran parecer más alta, pero era una mujer de rompe y rasga. Sus curvas, generosas es una palabra que se queda corta, y su actitud segura de sí misma, eran un foco de atención para todos los hombres que nos cruzábamos; Pepe, no podía por menos, se sentía orgulloso de tenerla a su lado. A mí me ocurría algo parecido, al menos hasta que completamos la curva de la bahía y llegamos al siguiente punto de nuestra visita: el peine del viento. 

- Cuidado- le dije mientras mi mano cogía la suya y le ayudaba a caminar por el irregular piso de adoquines imperfectos que Peña Ganchegi diseñó como escenario complementario a las esculturas de Chillida; no sabría explicar si era pura profesionalidad para evitar que la clienta se produjera una torcedura de tobillo que arruinase la visita o simplemente quería sentir su piel en contacto con la mía. Seguramente habría una parte de ambas, como seguramente Natasha no sabría si agradecer al calendario que les hubiera tocado un día soleado y de mar tranquila cuando se colocó, con las piernas ligeramente separadas abarcando uno de los agujeros excavados en el suelo y por dónde, les había contado, los días de mala mar las olas y el viento se cuelan mojando y haciendo volar faldas más vaporosas que la suya. 

Mientras nos dirigíamos hacia el vetusto funicular que debía subirnos al monte Igueldo, ella pidió a su esposo que comprara una botellita de agua. 

- Parece mentira, viniendo de dónde venimos, con la calor y humedad que hace por allí, si aquí no hará ni 27º, ¿no?- dijo Pepe dirigiendo la última parte de la frase hacia mí. 

- Sí, algo así hará…- había comenzado a responder cuando Natasha cortó la discusión con un pues yo estoy ardiendo que subió de golpe también mi sensación térmica. 

Llegamos a la taquilla poco antes de que el funicular iniciara un nuevo ascenso, con el tiempo justo para que nos ubicaran solos en el último de los compartimentos, el más bajo de todos. Ellos se colocaron juntos en un banco y yo frente a ellos en el opuesto. No me quedaba más remedio que observarlos, algo que se convirtió casi en una tortura cuando Natasha, abriendo la botella de agua, comenzó a beber y un hilillo de agua escapó de la comisura de sus labios y se deslizó por su barbilla, su cuello. Aquello no debió parecerle suficientemente refrescante, pues ayudándose de los dedos, separó la tela de su vestido y vertió una mínima cantidad de agua por su pecho, marcando de inmediato los pezones y obligándome a tragar saliva. Cuando miré al marido, éste se encontraba girado, de rodillas sobre el banco, y apuntando con su cámara al paisaje que dejábamos atrás. 

Se lo había anunciado, el funicular y el parque de atracciones al que nos dirigíamos eran vestigios de edad de oro de la ciudad, sin embargo, llegar hasta allí a través de ese método, vale la pena. 

- ¡Wow, qué vistas, son espectaculares!- exclamaron casi al unísono. 

Apoyándonos en la barandilla contemplamos la ciudad que se extendía a nuestros pies; ellos identificaban los pocos lugares que ya habíamos visitado y yo les anunciaba en la distancia los que nos quedaban por visitar. 

- Tenéis una ciudad preciosa- dijo Natasha girándose y mirándome detrás de sus gafas de sol. 

- Sí, es verdad. El marco incomparable lo llaman- le respondí, aunque en mi mente la frase era más extensa: ahora el marco incomparable tiene un sentido, resaltar la maravilla de culo que gastas. 

Sin prisas, como si no hubiese unos horarios y un plan que seguir, nos quedamos mirando las vistas, la ciudad y las colinas que enseguida se elevan. 

- Es una ciudad pequeña, práctica, con unos espacios fenomenales para pasear, pero en cuanto te alejas del centro, de la ribera del río, se empina enseguida. Aunque tampoco nos vamos a quejar de las cosas que se empinan enseguida, ¿no?- comenté guiñándoles el ojo. Una sonrisa pícara emergió súbitamente en el rostro de Natasha. -Mira cómo ha pillado la broma- dije a Pepe riendo. Caminamos por las instalaciones de ese parque de atracciones en miniatura en el que la montaña rusa no pasa de Suiza y aguardamos nuestro turno para sacarnos la foto más emblemática, esa que no puede faltar a cada turista, con la bahía, la isla de Santa Clara en medio y el resto de la ciudad vistos desde esa atalaya sin igual. 

Me dejaron su móvil, se colocaron abrazados junto a la barandilla, y les tomé la foto de rigor, primero mirando a cámara, y luego girados, de espaldas al objetivo, mirando la ciudad. 

- Os pediría por favor que, si subís esa imagen a redes sociales, etiquetarais la empresa, o me la podéis mandar, con vuestro permiso la podría utilizar para promocionarme. Algo me dice que, si pongo esta imagen vuestra de espaldas, el número de visitas en mi blog aumentaría súbitamente- les dije. 

- Ya, ya, ya me puedo imaginar por qué lo dices- rio Pepe, el primero esta vez en entender la frase. 

Cuando iniciamos el descenso de nuevo en funicular, y no llevábamos ni siquiera una cuarta parte del servicio que habían contratado, lo hacíamos más como amigos, que como guía y clientes. Cuando Natasha sacó su celular en pleno viaje de vuelta y sugirió que nos hiciéramos un selfi, yo me separé para no salir en la foto. 

- No, ven… los tres juntos. Así, acercaros. Besadme cada uno en un lado- dijo ella, y no nos quedó más remedio que obedecer. Al poco nos enseñaba en la pantalla su sonrisa luminosa mientras Pepe y yo posábamos nuestros labios en un gesto sobreactuado en cada una de sus mejillas. 

El trayecto de vuelta hacia el centro fue más distendido, la historia oficial de la ciudad se mezclaba con anécdotas y ellos también contaban sucedidos de sus viajes o de su localidad. Hicimos alguna parada, para ver el homenaje de Chillida al doctor Fleming, o al llegar a la Perla y la Caseta Real de Baños, recuerdo regio de aquellas primitivas casetas tiradas por bueyes en las que los primeros veraneantes llegaban a este punto de la costa siguiendo la costumbre de tomar baños de mar. Era aquella la época de Isabel II, monarca en la que el adjetivo liberal cuadraba más con su vida libertina que con su faceta política, distracción de los placeres carnales que le importaba más bien poco, aunque a San Sebastián el hecho de defender su derecho al trono le valió un sitio en la Primera Guerra Carlista. Al menos la Reina fue leal y recompensó la fidelidad con sus visitas continuas hasta su mismo derrocamiento allá por 1868. 

Después de alguna foto junto a la icónica barandilla de la Concha que no puede faltar en cada visita a la ciudad, como hicieron los Reyes actuales en la primera parte de su luna de miel, les reté a encontrar el único tramo de barandilla diferente al resto, a la altura de los relojes. Mientras Natasha se quejaba de la humedad que hacía transpirar a su piel y que a mí me parecía que servía para darle un brillo aún más seductor, las farolas del paseo nos dieron pie a hablar del famoso festival de cine y de sus anécdotas más elegidas, como el día que Elizabeth Taylor se lo tomó con calma llegando varias horas tarde o el estreno internacional de Star Wars cuando todavía era La Guerra de las Galaxias. 

- Debía haberme traído el bikini, ¡tengo unas ganas de refrescarme!- dijo Natasha, y yo, obviando la imagen de aquel pedazo de mujer, enseñando más carne, ligera de ropa, que se comenzaba a dibujar en mi imaginación, opté por la profesionalidad y les comenté que enseguida nos detendríamos. Volando, casi como aquel líder fascista belga que sin apenas combustible le pareció que el arenal de la Concha era la mejor pista de aterrizaje posible para huir del triunfo aliado, llegamos a los jardines de Alderdi Eder, tapiz floral a los pies del antiguo casino hoy convertido en Ayuntamiento. Caminando junto al club náutico, joya del racionalismo, barco varado en tierra, giramos para encarar el Boulevard e introducirnos en la Parte Vieja. 

Las calles estrechas del casco antiguo nos protegían del sol, que a esa hora del mediodía calentaba con inusitada fuerza. Pepe y Natasha se iban a introducir en una costumbre que de los donostiarras saltó a los turistas: ir de pintxos. Hasta que no entramos en el primer bar no se quedaron muy convencidos que tomar un par de bocados en cada sitio fuese comparable a una comida completa, pero entre zuritos y txikitos, fueron haciéndose a la idea. Además, de un local a otro podíamos movernos, ver la recargada fachada churrigueresca de la Basílica de Santa María, comentar lo que han evolucionado los pintxos desde la clásica Gilda a la alta cocina en miniatura de la actualidad, o pasear por 31 de Agosto, calle que en su nombre lleva el recuerdo del incendio que destruyó la ciudad tras el asalto anglo-portugués para desalojar al ocupante napoleónico. 

Fue en el último de los bares, cuando tras cinco o seis pintxos y la mitad de bebidas, Natasha, con la mano apoyada en mi hombro y total naturalidad, dijo: 

- Estoy completamente sudada, tengo los muslos empapados. Me voy al baño a refrescarme-. Yo, con este carácter tan donostiarra que depara personajes como Amaia Montero o Álex Ubago, no había terminado de salir de mi asombro cuando ella ya volvía. Traía algo arrugado en la mano. – Son mis bragas, espero que les des buen uso- dijo a mi oído mientras su mano hurgaba en el bolsillo de mi pantalón introduciéndolas. Me quedé estupefacto, casi rígido, alguna parte de mi cuerpo más que otra al parecer: vaya, por lo que he notado, te gusta el regalito…- dijo Natasha riendo mientras se abrazaba a su pareja. 

Era poco más que un altoparlante, prácticamente un autómata, cuando nos pusimos de nuevo en marcha y hablaba sobre los balcones numerados de la plaza de la Constitución. Al salir por Portaletas al muelle, una brisa fresca, con aromas marineros, me hacía pensar en el tesoro escondido en el bolsillo. Pasamos por delante del Museo Naval, llegamos al Aquarium, donde Pepe y Natasha se asomaron a las terrazas; mi vista buscaba en la parte baja a alguien que adivinara el secreto que no escondía la falda de la turista. Al adentrarnos en Urgull por el desierto paseo de los curas, no pude resistirlo más. Tenía su complicidad, seguramente algo más a lo que aún hoy me cuesta ponerle nombre; saqué su ropa interior del bolsillo delantero derecho de mi pantalón y la olí. Inspiré profundamente, hasta que los aromas se clavaron en mi mente. Iniciamos la subida al Castillo, testigo innegable del pasado militar de la plaza. Atacantes o defensores, muchos miles de soldados habían pisado esos mismos caminos por los que nosotros ascendíamos. Después de dejar atrás la primera de las baterías, mi mano en el brazo de Pepe detuvo su marcha. Antes de que pudiera preguntar qué sucedía, un dedo sobre mis labios le pedía silencio. Al ver alejarse a Natasha monte arriba comprendió. Después de darle unos metros de distancia impuestos, no por las medidas sanitarias sino por su ausencia de ropa interior bajo el vestido, continuamos la marcha. A cada paso, en cada escalón que nos llevaba hasta la cima, los muslos de la mujer se rozaban, la falda se movía, recogiéndose mínimamente, lo justo para que nuestro deseo viese más parte de su anatomía de la que realmente se veía. Pepe me dejó pasar delante. Fui recortando la distancia con Natasha, hasta acompasar sus pasos con los míos, hasta dejar que en cada escalón el movimiento de su culo recio hipnotizara mi mente; hasta el punto de parecerme bien cualquier rincón para arrebatarla del camino y follar con vistas a una bahía tamizada por la frondosidad de los árboles. 

El no hacerlo fue compensado por el gesto de Natasha al llegar al pie de la escultura del Sagrado Corazón. Abanicándose con el sombrero, su rostro colorado denotaba el esfuerzo de llegar hasta allí. 

- Menuda subida, es dura, ¿eh?- dijo resoplando. Un ligero vistazo a mí figura le sirvió de respuesta. La cuesta no era lo único que encontró duro y empinado. A mi lado, Pepe sonreía orgulloso. 

Tras pasear unos minutos por lo alto del monte, nos llegamos al mirador que ofrece sobre la isla y la bahía. Ahí, en un pequeño saliente protegido por una barandilla metálica, Natasha se asomó a admirar la panorámica. Pepe sacó su cámara y tomó varias fotos de su mujer de espaldas frente a la ciudad. Al sentir el clic del disparador, Natasha tuvo un reflejo: con una de sus manos elevó el bajo de su vestido y nos premió con una visión aún más bella. Su culo grande, redondo, de una perfección casi matemática apareció durante escasos segundos, los justos para hacerme desearlo más y más. 

- Venid por aquí, os voy a llevar a un lugar que pocos turistas conocen- les dije, y nos encaminamos al bar donde de niño no pocos mostos con aceituna me tomé. Pedimos tres cervezas esta vez y nos colocamos en una de las mesas allí plantadas. Otra vez con total naturalidad, Natasha extendió sus piernas hasta apoyar los pies en el reposabrazos de mi silla. Rozar, tocar sin miedo, asomarme a su ausencia de tela… la tentación era múltiple. 

- Tranquilo, puedes mirar- dijo Pepe. Yo no tardé en bajar la cabeza e intentar contemplar su coñito al final de una piernas que sostuve entre mis manos. Nunca había tenido unos clientes así. 

Ya de descenso hacia el Paseo Nuevo, antes de llegar al Cementerio de los Ingleses, fue Natasha la que detuvo la marcha. Al verla quieta, la imitamos. 

-Venid aquí- dijo, y como corderitos nosotros desandamos los metros que nos separaban de ella. – Sacárosla- ordenó. Nuestras dudas la hicieron insistir: va, sacaros la polla, no viene nadie, quiero comprobar cómo os la he puesto. Apresurados, nerviosos por la petición y por que alguien pudiera vernos, Pepe y yo accedimos. – Cariño, la tiene más grande que tú- dijo Natasha con una espontaneidad que yo ya no dudaba era natural y mientras agarraba con suavidad ambos penes con sus manos. 

- Es verdad. Tienes un buen pepino- terció Pepe. 

- Vaya, gracias, no sé qué decir- respondí con timidez. Esta era una de esas cosas que nunca hubiera jurado que me podían suceder a mí. 

Más que nervioso les guie por los caminos hasta llegar a la puerta que da al Paseo Nuevo. Ahí, sin prisas ni miedo a que una ola insospechada nos mojara, tomamos dirección al Paseo de Salamanca. Con la panorámica de los cubos del Kursaal, giramos al llegar a la sociedad fotográfica y desembocamos en la plaza Zuloaga y el Museo de San Telmo. 

- ¿A que ahora ya no soy la única que tiene calor?- nos retó Natasha. Aquello me hizo desviarme un tanto de la ruta y acompañarlos a mi heladería favorita. 

- ¿Seguro que no quieres un helado? Venga, que te invitamos- insistía Pepe. 

- No, no, muchas gracias. Además, no creo que tengan el sabor que me apetece probar ahora- me excusé. Ante su incomprensión se lo tuve que aclarar: el sabor a su coño. Pepe rio a carcajadas mientras Natasha, ajena, pedía un helado de dos bolas: mascarpone con dulce de leche. 

Salir a la Bretxa, contarles que por allí penetraron los soldados ingleses bajo el mando del duque de Wellington que pretendían liberar la ciudad de la presencia francesa y que terminaron provocando muerte, violencia y destrucción bajo el fuego una noche de finales de agosto, llegar al boulevard de nuevo, pasar después entre el teatro y el hotel con nombre de reinas que se llevaban como suegra y nuera, detenernos en los jardines de Oquendo… todo era una tortura. Mis ojos hacía tiempo que no prestaban más atención a nada que no fuera Natasha y su manera de lamer el helado. Cuando el calor comenzó a derretirlo, casi fue peor: su lengua se empeñaba en demostrarme sus habilidades limpiando los riachuelos de leche y azúcar que caían por sus dedos, el canto de la mano… Dejamos atrás la escultura del almirante, decirles que estaba realizada a partir de cañones fundidos me hizo mirar una vez más el cuerpo de Natasha (aquello sí que era un cañón de mujer) y llegar a la Plaza Gipuzkoa. Allí, frente al palacio de la Diputación y sus bustos ilustres, jugando a encontrar San Sebastián en el mundo, terminaba la visita. Habían sido seis intensas horas y algunos minutos; me había retrasado algo, puede que hubiera cometido algún olvido, pero no importaba. Ellos habían hecho que acompañarlos a descubrir la ciudad fuera un placer. Uno de esos que se desean continuar compartiendo: 

- ¿Tenéis algún plan para la noche? Me gustaría invitaros a tomar algo, la verdad es que habéis sido encantadores- les dije. 

Ellos se miraron, Natasha afirmó con la cabeza y Pepe confirmó de viva voz: genial. Has sido un tipo de puta madre, a parte de un buen guía, nos encantará pasar la noche contigo. Yo no caería en la profundidad de la frase hasta más tarde, entonces sólo pensaba en cómo indicarles el camino para llegar a su hotel. 

- Si estáis por el centro tenéis que coger el 28. No hagáis caso a la canción, nunca llega tarde. Si preferís venir directamente desde el hotel, el 24 os vendría bien- indiqué. Habíamos quedado a las diez de la noche. Quizás otro año los hubiera llevado a los locales atestados de lo viejo, a la discoteca en pleno paseo de la Concha, pero este año de pandemia, mi barrio otorgaba más tranquilidad y distanciamiento social. 

- Nati está escogiendo modelito, esperemos no llegar tarde- leí en la pantalla de mi móvil cuando ya casi era la hora. Habíamos intercambiado teléfonos, era el método más rápido y práctico para indicarles donde apearse del autobús. Yo les estaría esperando en la parada. 

- ¡Qué bonita sonrisa! Si hasta dan ganas de comerte la boca-. A tenor de sus palabras, mi rostro sin la mascarilla de protección debió iluminarse al verlos descender del autobús. El look de Pepe era similar al de la mañana, aunque se había cambiado de ropa; en cambio Natasha había optado por un aspecto completamente diferente, con una especie de mono sin mangas, que se le ceñía mucho a las piernas, pero con un escote plisado y generoso que subrayaba sus pechos. Lucía además unos zapatos negros, de un tacón ancho y de una altura de unos doce centímetros, un brazalete en su antebrazo diestro y el pelo suelto y ondulado. Era Natasha la clase de mujer que no se deja acomplejar por sus curvas, por sus caderas anchas, sus nalgas rotundas. Al contrario, sabía sacarse partido. Si mi mirada, que ya estaba más que ganada para la causa después de toda una jornada junto a ellos, perdiéndose en su figura cuando le abrí la puerta del bar al que los llevé no fuera suficiente prueba de ello, estaban las otras miradas, las del resto de clientes, del camarero incluso, que nada más verla ya la deseaban. 

- Mira Pepe, tienen mesa de billar- exclamó, para añadir a continuación: ¿tú sabes jugar? Nunca me había apasionado, pero tanto como acertar con un palo a una bola, supuse saber hacerlo. Cuando nos sacaron la botella de cava que habíamos pedido con sus respectivas copas y comenzó la partida, ya no estaba tan seguro. Cuando Natasha se agachaba para calibrar la jugada, mover el palo, golpear la bola era una tortura estar de frente y observar sus pechos curvos juntándose, moviéndose; si optaba por situarme a su espalda, entonces era su culo ceñido por el ropaje el que me provocaba sudores fríos y calores internos. Decir que perdí la primera partida es tan lógico como decir que perdí todas las demás. Observar sus poses, sus movimientos lentos, estudiados… ni el mejor de los profesionales hubiera podido concentrarse ante semejante derroche de sensualidad y mareantes curvas. 

No había estado muy despierto en cuanto a las partidas, pero hubo un detalle que no había pasado por alto: no llevaba bragas. Cuando el local se quedó lo suficientemente vacío se lo pregunté para que confirmase mi hipótesis. -No, nunca llevo tanga con esta ropa, se me marca demasiado- dijo, y apoyando el trasero en la mesa, con las piernas ligeramente separadas, sus dedos me dejaron bien claro que aquella ropa se ceñía a su piel como un guante. Agarró el palo de billar que sostenía yo entre mis manos y acercándolo a su entrepierna comenzó a restregarlo lento, maliciosamente lento, haciendo que yo viera la forma de su vulva dibujada en las mallas. 

- Ven, tócamelo tú- dijo tomando mi mano y posándola sobre su muslo. Mi mirada buscó la conformidad de su esposo, quien con un leve gesto afirmativo me dio permiso. Nervioso, fui trepando con mi mano por su pierna. Natasha se acomodó, separando más las piernas, asentándose mejor sobre el borde de la mesa. Cuando mis dedos llegaron a su sexo y notaron el calor que desprendía, ya no quisieron alejarse. Movía la mano, subía por su concha, sentía sus labios moviéndose ante el pasar de mi mano. Cuando mis movimientos se hicieron más repetitivos, Natasha inclinó hacia atrás la cabeza y un sonido gutural salió de su garganta en forma de gemido. 

- ¿Está mojada?- quiso saber Pepe, y acercando su mano encontró la respuesta de su cuerpo: empapada. Si no estuviéramos en un local público, si la mesa de billar fuera nuestra, sería el escenario ideal para tumbarla y seguir explorando su cuerpo, pero había más gente en el bar, rostros que nos miraban y nos obligaban a disimular los gestos, a hablar en cuchicheos. Sin alejarse de su esposo, Natasha se incorporó; sus tacones la elevaban, pero todavía su boca quedaba lejos del alcance de la mía. Aproximó su muslo hasta colarlo entre mis piernas, apretándonos, sintiendo el contacto creciente de mi paquete. La polla se había despertado y su crecimiento comenzaba a resultar complicado de disimular bajo el pantalón. Más aún cuando ella agarró mi cinturón y me pegó todavía más a su curvada anatomía. 

- Está empalmado, y la tiene durísima- dijo dirigiéndose a su esposo, el único que en ese momento necesitaba explicaciones, pues tanto Natasha como yo lo sentíamos en nuestras propias carnes. 

- Te la vas a follar, chaval. Está cachonda, y a estas alturas ya no tiene marcha atrás- me dijo Pepe golpeando con su mano mi hombro. Mi mirada buscó a Natasha, y encontró la suya pícara y su boca entreabierta esperando a la mía. Mientras nuestras lenguas chocaban, su mano se posaba sobre mi abultada entrepierna al tiempo que Pepe seguía comprobando la humedad que ganaba el chocho de su mujer. 

Me hubiera conformado con algo rápido en los aseos del bar, pero ya puestos, buscamos otros lugares donde seguir dando rienda suelta al calentón que llevábamos. Pepe introdujo con la mano las bolas sueltas que habían quedado abandonadas sobre la mesa de billar, mientras yo me acercaba a la barra a pagar con Natasha pegándose a mi espalda. 

Las calles del barrio, alejadas del centro y su bullicio, servían de eco a las risas de Natasha cada vez que nos deteníamos y nuestras manos la recorrían entera. 

- Ven- dijo de pronto Pepe arrastrándonos entre dos coches aparcados. Antes de que pudiera darme cuenta Natasha estaba en cuclillas, pugnando por soltar el cierre del pantalón de su esposo. Con un gesto me instó a acercarme; al verme Natasha sonrió y yo intuí su gesto como una invitación a liberar mi polla, algo más relajada que anteriormente en el bar. – Si llevara vestido nos la tirábamos aquí mismo, contra el capó de ese coche, ¿que no?- volvió a decir Pepe. Yo sonreí, y en aquel mismo instante, casi al momento en que mi mano la sacó al exterior, mi verga era acogida por la boca de Natasha. -Así, así, chúpasela, cariño, chúpasela que se lo ha ganado-. Pepe marcaba los pasos a dar, su mujer accedía y yo me dejaba hacer, cerrando los párpados y dejando caer mi espalda contra la carrocería de una furgoneta. 

Cuando dejé de sentir los cabeceos de Natasha sobre mi polla abrí los ojos para comprobar que estaba repitiendo la operación con su marido. Sujetaba el falo por la base con su mano diestra, movía su cabeza rápido, succionando constantemente, mientras que con su mano izquierda mantenía sujeta mi polla no dejando que bajara la erección. Alternó la mamada a uno y otro durante unos segundos. El calentón había sido rápido, más que incendiario, y aunque medianamente ocultos, no dejábamos de estar en una calle amplia y bien iluminada. Un automóvil que pasó más lento de lo habitual nos sorprendió en plena faena, invitándonos a continuar en otro lugar. 

- Allí, venid- mi labor de guía volvía a servir para llevarnos a una plaza interior, apenas algo más que un patio de manzana urbanizado. Allí, si no estaban los chavales de botellón, no habría más mirones que los que nos pudieran localizar desde las ventanas. Buscamos un banco en un rincón menos iluminado. Me senté y Natasha se colocó frente a mí sobre mis muslos. A ella le agradó comprobar que la erección no había cesado con el cambio de escenario, y pegándose a mi cuerpo comenzó a restregarse. Ya no necesitaba el permiso de Pepe, y enseguida mis manos comenzaron a tratar de mover su escote para liberar sus generosos senos. Natasha apoyaba su frente en la mía, nuestras caras nos cegaban y de vez en cuando el deseo nos concedía una tregua y acertábamos a comernos la boca. Cuando saqué a la tenue luz que ofrecía el lugar los grandes pechos de la mujer, mis manos buscaron otro objetivo; moviéndose por su cuerpo llegaron a sus nalgas. En aquella postura, con su cuerpo contra el mío y mis manos empujando, aquellas nalgas duras y recias se volvían aún más irrechazables. Las abracé, y después mi mano derecha dio un cachete que resonó en la noche. 

- Así, dale caña, joder- animó Pepe. Continuaba de pie, junto a nosotros. Aunque no por mucho tiempo: estoy seco, necesito beber algo, ¿hay algún bar por aquí?-. Cuando Natasha soltó mi cara hice una pausa en los magreos para decirle que en la calle paralela había algunos, y que si no tenía máquinas de bebidas a la vuelta de la esquina. Cuando Pepe nos dejó solos volvimos a lo nuestro, a chocar nuestros cuerpos, a sentir el calor de su vientre, a restregar sus mallas contra el bulto de mi pantalón, a aplastar sus curvas con mis manos, a regalarme cachetes en su culo, a comernos los labios, a mirarnos a la cara y prometernos el paraíso sin palabras… 

El regreso de Pepe de vacío coincidió con mi constatación de que el ropaje que había elegido Natasha era tan sugerente y elegante como poco práctico para algaradas callejeras como la que nosotros protagonizábamos. Ni siquiera sus pechos podían mantenerse fuera del escote, y a fuerza de rozarnos íbamos a desgastar la tela de nuestras respectivas entrepiernas. Tal vez desnudos, tal vez en una esquina, tal vez el morbo de que alguien al pasar o desde una de las cada vez menos ventanas que permanecían iluminadas nos pudiera observar. Demasiados tal vez ante la certeza de que, en mi casa, cercana y con un par de camas, estaríamos mejor instalados. Esta vez ni siquiera tuve que guardar a regañadientes la polla, que, cumpliendo su deber, se mantuvo relativamente tiesa mientras caminábamos los dos o tres minutos hasta el portal. 

Ver el contoneo del ceñido culo de Natasha al subir los siete escalones que nos conducían al ascensor fue una tentación demasiado grande como para aguantarla. Llegué a su altura y le sorprendió un cachete en sus nalgas. Se quejó entre risas, provocando también la reacción de Pepe. Ya dentro del elevador ella quedó presa entre nuestros cuerpos. El avance de su marido empujó su retaguardia contra mí, hasta sentir la dureza de su culo contra mi cuerpo. Cuando mis manos intentaron abrazar su pecho se encontraron con las de Pepe, y a cuatro manos le prodigamos un masaje de tetas nada relajante. Hacía ya unos momentos que el ascensor se había detenido en la planta correspondiente, pero nosotros seguíamos jugando, acelerando poco a poco. 

Nada más entrar, sin tiempo de hacerse con el lugar, apenas franqueado el breve pasillo, Natasha apoyó sus manos en la encimera de la cocina, separó las piernas, elevó el culo y bajando el tronco se ofreció irrechazable. – Toda tuya, disfrútala- dijo Pepe y mis dudas desaparecieron. Me agaché y metí la cara entre sus nalgas. Empujé, me restregué, mi lengua salía para intuir el calor y la humedad que la ganaban del otro lado de la tela. 

- Tienes cerveza fría en la nevera, y el abre-chapas está en ese cajón. Yo, con tu permiso, voy a seguir por aquí abajo- dije a Pepe cuando hice una pausa para tratar de averiguar cómo diablos podía quitarle la ropa a Natasha sin necesidad de rasgar sus mallas. Al final descubrimos que sacando las mangas el mono que vestía podía ir recogiéndose, y, a medida que lo hacía y me iba descubriendo parcelas de su piel, yo me iba apoderando de ellas: primero sus hombros, donde clavé mis manos para empujarla contra mí y hacerle sentir en su trasero la dureza que me había vuelto a transmitir. Después fue toda su espalda la que mi boca recorrió en una mezcla extraña de besos y lametones. Y siempre sus pechos, grandes, enormes, casi inabarcables hasta para mis manos grandes. Hasta que la tela venció la curva de sus caderas y fueron apareciendo poco a poco, como cuando se descorre el telón, el mejor escenario posible. Su coño, afeitado en los laterales y con una franja de pelo que después de tanto frote se encontraba tan alterado como nosotros, y su ano, contraído y oscuro. 

- Joder- exclamé mientras contemplaba a Natasha en aquella postura. Sumisa, desnuda salvo por la especie de mono que permanecía caído a la altura de sus tobillos, poco más arriba que el final de unos tacones que resaltaban su culazo. Cuando mis dedos quisieron sentirla, Natasha, apenas al sentirse rozada, empezó a gemir de manera exagerada. Mi mirada sorprendida buscó a Pepe; quería preguntarle si era siempre así, decirle que menuda joya tenía escondida, que gracias por hacerme partícipe, pero lo encontré ya desnudo de cintura para abajo, con un botellín de cerveza en la mano, tratándose de hacer hueco entre los brazos de Natasha y sentándose en la encimera. Palmeé dos o tres veces sin demasiada dureza sobre su sexo, y volvieron a resonar sus alocados gemidos. No por mucho tiempo, lo que tardó Pepe en hundirle la polla en la boca, o acaso lo que permanecí atento antes de sumergirme entre sus muslos. 

Mi lengua movía sus labios, se adentraba ligeramente en la vagina, se aventuraba buscando su pipa, se enredaba en su vello, y siempre, siempre, bebía de la constante fuente en que se había convertido el coño de Natasha. Hasta que sentí otro líquido cayendo: cerveza que Pepe había volcado en un pequeño chorro sobre la espalda de su esposa y que caía desparramándose hasta que mi boca la degustó en la piel de su trasero, moviendo la cara con impostada actuación hasta casi morder su nalga; después volví a su chocho, a degustar esa curiosa mezcla de amargores. Cegado por su cuerpo seguía aleteando con mi lengua, hurgando en su coño, reteniendo los pliegues de sus labios con los de mi boca, sumando dedos para frotar su clítoris y que Natasha se licuara en mí prácticamente en el acto. 

- Déjame, que no aguanto sus mamadas tanto tiempo-. La voz de Pepe instó a un cambio. Me incorporé y le cedí el lugar. -Ostia puta, cómo se lo has dejado, si está chorreando- volvía a decir el marido. Soltando por fin el cierre de mi pantalón ocupé su lugar, y mi verga lo agradeció mirando al techo antes de encontrarse con la cara de Natasha. Me miró antes de agarrarme el sexo con la mano; lo masturbó lento primero y luego más rápido unas cuantas veces, para después llevárselo a la boca. Corregí la postura para no chocar con su paladar mientras Pepe ya había dejado su cerveza sobre la mesa y, agarrándose a las caderas de su esposa, trataba de colarle la polla. Cuando lo consiguió y comenzó a follársela, ella no tenía que hacer ningún gesto, pues los empujones que Pepe prodigaba en su grupa se transformaban en el impulso necesario para cabecear sobre mi polla. 

Su marido era un altavoz de constantes onomatopeyas que delataban el placer que estaba sintiendo mientras los gemidos de Natasha se acallaban por la presencia de mi rabo en su garganta. Yo, por mi parte, resoplaba, apretaba los dientes y trataba de controlar mis ansias para hacer que aquello durara lo máximo posible. Mis manos recogieron sus cabellos, los apartaron de la cara. Tirando débilmente de ello le hice incorporara la cara; me miró antes de dirigir la vista a la punta de mi polla, cubierta de saliva y brillando, como implorando que la dejara continuar mamando. La devolví a su boca, acompasamos el chup chup de mi polla entrando y saliendo con el constante y cada vez más descontrolado chocar de Pepe con las nalgas de Natasha. 

Colgaban restos de babas de mi polla cuando caminé, moviendo el rabo de lado a lado, hasta la habitación en busca de preservativos. Allí tuve una ocurrencia. Deshice la cama, tirando las sábanas al suelo en un montón y saqué el colchón. Lo arrastraba hasta la cocina cuando al llegar vi a Pepe que se masturbaba con ganas de terminar contra la piel de la nalga derecha de su esposa. Asistí en silencio y desde cuatro o cinco metros de distancia al momento en el que Pepe, gruñendo y sudando aceleraba el ir y venir de su mano para expulsar tres chorros de semen que reventaron contra el próximo culo de su esposa. 

- Gracias- musitó Natasha cuando le cedí el rollo de papel higiénico para que se limpiara el rastro de la corrida. Después encontró la cerveza que Pepe había dejado sobre la mesa y terminó de un trago los restos ya calientes. Su fatiga contrastaba con el vigor de mi polla, ya protegida y todavía resplandeciente, que esperaba una acción inmediata. – Ponte a cuatro- le pedí tras acercarla al colchón desnudo que tirado en el piso de baldosas parecía desubicado. Lentamente Natasha accedió y yo me arrodillé a su espalda. Al calibrar la dureza de mi rabo contra sus labios pude notar una vez más su humedad y los efectos inmediatos que tenía el choque de una superficie dura contra su clítoris. 

- Aaaahhh- un prolongado gemido salió de su boca a medida que yo entraba, lento pero decidido, en su cuerpo. Se la saqué, igual de despacio, sintiendo y haciéndole sentir. Reposar el glande en sus labios y volver a empujar para instantes después retirarme e ir entrando en materia. El ritmo coincidió con el momento en que su esposo, completamente desnudo y con otro trago en la mano vino a sentarse en una silla junto a nosotros. Animaba, comentaba, intuía las reacciones del cuerpo de su esposa cuando yo aceleraba la intensidad de la follada y los orgasmos a Natasha se le venían en cascada. Mis manos se movían nerviosas por su cuerpo, sin decidirse si eran mejor asidero sus pechos colgantes y bailarines o sus caderas rotundas. Daba igual en realidad, cualquier lugar era bueno para sujetar su cuerpo y aumentar el ritmo del polvo. Entraba lento, dejando que sintiera toda mi verga, acoplando sus paredes a mi dureza, y cuando no lo esperaba empezaba un movimiento frenético que duraba veinte, treinta segundos en los que Pepe se aproximaba diciendo dale, dale duro, o fóllatela, elevando su voz por encima de los gritos de Natasha. Luego la fatiga imponía un movimiento más sosegado, hasta la siguiente tanda descontrolada, en la que eran su pelo o sus hombros el lugar en el que se agarraban mis manos para tirar de ella y provocar un impacto más intenso. 

La piel de su cuerpo brillaba y Natasha tenía el regusto salado del sudor cuando adoptando otra postura la besé. Tumbada de lado, conmigo a su espalda, el desacompasado botar de sus tetas en cuanto volví a follarla enseguida hipnotizó la mirada de Pepe, quien había cambiado el botellín por una paja mientras nos miraba de frente. Volví a la carga, a empujar mis caderas a un ritmo más cadencioso, a colar mis brazos sobre su costado para detener por un instante el ir y venir de sus pechos. A duras penas podía mantener Natasha su pierna elevada para facilitarme el acceso, pero yo no dejaba de moverme, de sacudir mis riñones consiguiendo recorrerla entera. En un momento dado Pepe se incorporó y vino a nosotros: 

- Vaya aguante que tienes, cabrón- dijo riendo. Acto seguido acercó sus dedos al lugar donde nuestros sexos se encontraban sin cesar, comenzando a estimular la pipa de su esposa. Ella reaccionó agitándose, aproximándose a un nuevo orgasmo, el enésimo de la noche. A medida que sentía llegar su final, Pepe abandonaba el sexo de su mujer y se centraba en el suyo. Mientras, yo no dejaba de follarla, de acomodar la postura para aguantar mi espalda sobrecargada, Pepe, masturbándose cada vez más fuerte, se colocó junto a la cara de Natasha. Ella ladeo el rostro, anticipando la continuación. Cerró los ojos y apretó la boca esperando el momento en que su marido se corriera sobre ella. Mis impulsos seguían haciendo moverse sus grandes pechos en el momento que Pepe se elevó un poco sobre las rodillas para dejar caer una ligera lluvia blanca sobre la mejilla acalorada de Natasha. 

Después de que Pepe exprimiera hasta la última gota, ella se dejó caer exhausta boca arriba sobre el colchón. Aguardé unos segundos antes de seguir. Igualé sus caderas, manejé sus piernas, las elevé hasta hacer reposar sus pies en mi pecho y volví a la carga. Mi polla seguía dura; Natasha dio testimonio cuando golpeé con ella su pipa y una descarga eléctrica la recorrió de punta a punta. 

- Ah, sí, joder, qué bueno…- murmuró antes de que volviera a hundirme en su coño. Luego, cuando comencé a moverme, a doblarme sobre ella y la acción de mi rabo entrando y saliendo constantemente volvió a provocar sus efectos, se instalaron de nuevo los gemidos, los suspiros, los gritos. También las palabras de Pepe dándonos ánimos, festejando lo bien que lo hacíamos a su juicio. Poco a poco la fuerza de mis brazos se acababa, haciéndome bajar hasta fundirme con su piel, hasta mecerme con sus pechos. En su rostro el semen que acababa de soltar Pepe se iba deslizando lentamente, como a dos velocidades, dependiendo de la espesura. No iba a aguantar mucho tiempo más, y verme entre semejantes tetazas me dio una idea. Salí de su coño, me quité el condón y fui moviéndome hasta arrodillarme, las piernas separadas abarcando su cuerpo, sobre su pecho. Guie la polla con la mano hasta rozar su piel; Natasha comprendió y con sus manos juntó los pechos enterrándome en ellos. Utilicé mis últimas fuerzas para follarle las tetas. Desde que nos habíamos encontrado casi quince horas antes, sus curvas me habían resultado mareantes y adictivas. Las había intuido bajo el vestido por la mañana, las había imaginado cuando vertió agua bajo la tela, me había seducido la visión del escote cuando nos habíamos vuelto a reencontrar por la noche, y entonces, que movía las caderas en impulsos aislados y mi polla apenas si se veía entre sus carnes, no podía creer mi suerte. 

Cuando sustituí sus mamas por mi mano, Natasha imaginó que había llegado a mi tope. Necesitaba incrementar el ritmo, llevar mi polla hasta sus límites. Mi mano se movía rápido ante la expectación del matrimonio. – Córrete, dáselo todo- decía Pepe, mientras Natasha aguardaba el momento mirándome, tratando de adivinar el momento preciso a través de las pistas que ofrecía mi cuerpo, el sudor que caía por mi cuello, la vena hinchada surcando la frente y el mover de mi mano. La respiración se acelera, la dureza de los cojones se vuelve casi dolorosa, mi cuerpo, casi de manera espontánea, se eleva y cae hasta casi aplastar su pecho. No dejo de masturbarme hasta que ya no hay vuelta atrás. Entonces, apunto a sus tetas, acelero aún más el ritmo, hasta sacarle brillo a la punta de mi cipote. Y ahí, en ese marco excepcional que forman sus pechos grandes, expulso varios chorros de semen espeso y caliente que parecen dejar escrito sobre su piel “Recuerdo de San Sebastián”.

domingo, 28 de junio de 2020

Selfie

Imagino sus labios, esos que acaba de dejar marcados en mi mejilla, descendiendo por mi cuello, encaramándose a mis pechos, atreviéndose más abajo del ombligo y siento un quemazón en mi cuerpo que me hace revolverme en el asiento. El móvil chirría y ahí está la foto, mi cara y a apenas tres centímetros, la de mi amiga Carla, y en mi moflete izquierdo la forma perfecta de sus perfectos labios. 

- ¡Qué guay ha quedado, tía!- le digo sin atreverme a confesarle nada. Esa noche, después de que la foto haya circulado por todos los teléfonos de la clase, de haber recopilado mil y un me gusta, de haber escuchado por parte de todas las chicas lo guapas que salimos y después de alguna que otra confidencia de chicos que también quisieran tener los labios de Carla tan cerca de los suyos, yo cogeré el móvil en la penumbra de mi cuarto y mis manos en silencio harán realidad la fantasía. 

Cerraré los ojos y rememoraré el momento, esas décimas de segundo que pasaron a cámara lenta en las que Carla se aproxima a mi cara, el temblor que me recorre por dentro sin exteriorizarse por fuera, sus labios calientes contra mi piel de porcelana apretando para dejar bien marcado el pintalabios. La foto salió perfecta al primer intento, aunque yo hubiera deseado muchas repeticiones, hubiera deseado que Carla no se retirara riendo, hubiera deseado que aquello no fuera simplemente un juego de adolescentes. O si, me hubiera gustado que aquello fuera, nuestro, otro tipo de juego. Por eso imagino el brazo de Carla, no sujetando el teléfono a la distancia idónea para un encuadre perfecto, sino apoyándose en mi hombro, rodeándome, atrayéndome hacia su cuerpo. Lo imagino después descendiendo por mi espalda, abrazando mi cintura, posándose en mi culo. Entonces cruzo las piernas y aprieto los muslos todo lo fuerte que puedo empezando a sentir algo parecido a lo que deseo. 

Me invade un calor como el que escapaba de los labios entreabiertos de Carla, como el que desprende todo su cuerpo, su tez cobriza, sus rasgos marcados. Un calor que imagino cobijándome desde que hace tres años irrumpió en clase. Ella no sabe nada, claro, nadie lo sabe, ni siquiera en mi casa. Me preguntan todos si tengo novio, si todavía no tengo novio, si ya tengo novio, y yo me pongo colorada, con un tono de rojo que contrasta con el blanco de las perlas esféricas de mis pendientes, un colorado que se difumina en los contornos de los rizos que forma mi pelo detrás de las orejas. Un colorado que desaparece cuando, de noche y en mi cama, imagino el cuerpo de Carla sobre el mío. Desearía que fueran sus manos y no las mías las que se cuelan bajo el pijama, las que se atreven a amasar los pechos, suspiraría por que fueran sus dedos los que pellizcaran los pezones. 

Mi cabeza se estira y mi espalda se arquea sobre el colchón imaginando mi torso desnudo y los labios granates de Carla descendiendo por él. Me cubro con el edredón para que los gemidos no resuenen más allá de mi fantasía. La mano va bajando, mis dedos están extrañamente fríos, contrastan con el calor que me invade. La cara de Carla aparece en mi sueño pronunciando mi nombre con ese seseo latino que tanto me gusta. Estoy desnuda frente a ella pero no siento vergüenza, únicamente deseo. Imagino otra vez sus labios, llenando de manchas rojizas cada rincón de mi cuerpo, rehidratándose en mi boca. Mi mano sigue reptando por la piel, deslizándose bajo la goma del pantalón, sintiendo el tacto sedoso de las braguitas. En mi mente estamos como en el reguetón que le gusta escuchar, sin pijama, y riendo y moviéndonos torpemente imitando pasos de baile, hasta que sus manos agarran mis caderas, y siento el roce de sus pechos pequeños en mi piel y sus labios en mis nalgas. Mis piernas se van relajando, destrabándose, abriéndose ligeramente, porque ya son los dedos los encargados de transformar en placer mi imaginación desbordante. Rozo mi clítoris y siento que es Carla quien lo hace; repito la operación y veo su cara sonriéndome desde mi cintura. Me figuro su boca sobre mi sexo y de la comisura de mis labios escapan su nombre y un gemido que se pierden en la oscuridad de mi cuarto. Siento que es su lengua y no mis dedos los que transportan la humedad a mi coño; mi mano se mueve autónoma, abriendo los labios, frotando el clítoris. Carla no lo sabe, cuando estamos juntas en clase, en el centro comercial, por la calle, lo escondo, pero siempre es ella quien se invita a mis mejores sueños. 

Como un impulso, casi una posesión, mi cuerpo se dobla, me siento en la cama haciendo caer el edredón. Necesito incorporar la mano izquierda. Bajo ligeramente el pijama para no dar de sí la tela y aparto la braga, poco más que las yemas de dos de mis dedos se adentran en la vagina, mientras que la otra mano estimula con destreza mi pipa. Después siento la necesidad de hundir los dedos, de acelerar los gestos. Me follo. Mi cuerpo se tensa, la respiración se agita, mi mente se va nublando poco a poco y mis manos cobran vida propia. Por un segundo soy sólo físico, temblores y descargas, justo después mi cerebro se va iluminando, veo el rostro de Carla cada vez más cercano, hasta que no es más que labios. Entonces extiendo yo también los míos y siento mil sabores en mi boca.

sábado, 20 de junio de 2020

El Infierno

Tal vez aún se preguntase qué diablos hacía allí, donde la oscuridad se recoge en una habitación, rodeado de criaturas extrañas, sombras iluminadas, cual fogonazos, por destellos rojizos. Seguramente fue incapaz de resistir la tentación de empujar las pesadas puertas de “El Infierno”. 

Vestidos cortos y tacones de vértigo, pelucas, mucho maquillaje, silicona que nunca falta y carne que en ocasiones sobra. Las habituales de “El Infierno” tenemos nuestras armas, suelen ser similares, lo que cambia es la manera de usarlas. Puede servir un simple coqueteo, o llegar a ser una mano que retiene tu nuca hasta descolocarte el peinado, a veces un cachete en la nalga, incluso un desagradable insulto. Una acaba aceptando casi todo por comportarse como realmente se siente. Que nadie entienda esto como un reproche a las tímidas que no abandonan la soledad de su cuarto, a las casadas que deben contentarse con vestir las ropas de sus señoras, simplemente algunas no tenemos más remedio que vivir de esta manera. 

Verdaderas damas, auténticas putas, jovencitos aniñados, maduros de vuelta de todo. Entre todo lo que podía encontrar, él me eligió a mí, discreto empleado público de día, travesti de noche. Su mirada me huye cuando la busco desde abajo. Antes no ha sido así, antes me ha invitado a una consumición, se ha mostrado educado, tímido, terriblemente tímido, cuando le he dicho que lo entendía, que no se preocupara, que yo sabía perfectamente lo que esperaba de mí. Por eso estamos ahora así, en este banco corrido, rodeado de otras sombras emparejadas, por eso su mirada me huye cuando lo busco, le cuesta aceptarlo, a todas nos lleva nuestro tiempo, pero también por eso su mano se hunde entre las fibras de mi peluca cobriza y trata de acompañar los movimientos de mi cabeza. Porque es algo que llevamos dentro, algo que no podemos mantener callado durante más tiempo, algo que en algún momento tiene que sobrepasar los muros, salir de los armarios, expandirse más allá de los mundos virtuales. Seguramente él también dudaba, también tenía miedos, también ha prolongado la espera mucho tiempo, hasta reunir el coraje necesario. Habrá captado el nombre al vuelo en una conversación ajena, en una de machitos, en una en la que se nos trataba de yo no sé qué al Infierno y a sus moradores. Quizás él también se ha reído, nos ha insultado, ha dicho “yo no…” No, claro, nadie viene nunca por aquí; si un día se encendieran las luces de repente iba a haber muchas explicaciones que dar. 

Pero ahora no puede negar que le gusta, que sentir unos labios sin género tragando su polla lo excitan. Vuelvo a levantar la cabeza para mirarlo y encuentro unos párpados que caen al compás de un gemido. Redoblo esfuerzos. Mi mano tira de su pantalón, quiero masajear sus huevos, pero sus dedos agarran mi muñeca y la vuelven a colocar en un sitio menos pudoroso. Mi cara apenas si se separa de su vientre. Siento múltiples calores, el del ambiente cargado, el del alcohol, pero mi preferido es el suyo corporal. Chupo sin prisas, mis dientes lo torturan, mi lengua lo calma, siento su glande chocando con las paredes internas de mis mejillas. Me acomodo, en cuclillas sobre mis tacones, vuelvo a sumergir mi cabeza hasta tragármelo entero. Quisiera que me agarrara la cara con ambas manos y me hiciera mamar rítmicamente, pero ante su indecisión yo no me detengo. Mi lengua recorre su pene de abajo a arriba, remato con un largo lengüetazo a su capullo, varias veces, hasta que él se revuelve en su asiento. Intuyo que el final está cerca. Trago una buena porción, el resto es recorrida por mi mano frenéticamente, hasta golpearme los labios. Lo masturbo, apenas unos segundos, está nervioso y es inexperto. Luego siento una descarga de semen pegándose a mi paladar, rebotando en mi garganta, formando hilos desde mis dientes hasta su pene que mi lengua se empeña luego en limpiar. 

- ¿Crees que en un rato podrás…? Tienes buena pija, me gustaría poder sentirla- digo sentada en sus rodillas. Si me ha permitido esta postura sé que el único impedimento es la naturaleza. No dice nada, pero yo ya conozco la respuesta. Mira hacia otros lados, quizás en la cercanía mis rasgos no están suficientemente escondidos por el maquillaje y la oscuridad y lo perturban. Mis dedos giran su cara, quiero que me mire a mí, no quiero que pueda encontrar a otra que juzgue mejor. No ahora que siento, bajo mi vestido, en su regazo desnudo, el calor de un pene retornando a su estado natural. Ruego a una conocida que se acerque a la barra y pida dos margaritas por nosotros, pues no quisiera nunca bajarme de mi trono. Quisiera muchas cosas, que me rodeara con sus brazos, que me prometiera más y mejor, pero lo que no estoy dispuesta es a dejar de sentir su sexo contra mi cuerpo. 

- ¿De verdad crees que tengo una buena polla? - dice después de apurar de un trago media copa. Yo saco mi lengua esperando el encuentro con la suya, allí, a medio camino de nuestras bocas; cuando se traban, se da por respondido. 

Han pasado unos minutos cuando llevo sus manos a mi trasero. Ya no hay rastro de turbación en su cara, el sexo oral le ha gustado demasiado como para pararse a pensar, aún así tengo que insistirle para que apriete, para que calibre por si mismo la dureza. A nuestro alrededor no faltarían voluntarias para hacer rebrotar el esplendor de su pene, pero prefiero ser yo quien lo haga. Lo hago aparecer entre nuestros cuerpos, uno sobre el otro, e inmediatamente desaparece preso en mi mano. Lo masturbo lento, no quiero que vuelva a terminar antes de tiempo, lo siento crecer, endurecerse. Algunas miradas se posan sobre nosotros, ya ni siquiera eso le inquieta. Sigo masturbándolo, deslizando mi mano a lo largo de un pene que crece y crece. Cuando su mano me coge el relevo, me giro. Levanto el vestido, bajo la ropa interior, no le doy tiempo de fijarse en mi pene, pequeño y arrugado, ni de comparar mi culo con otros más femeninos. Me agacho, siento que su pene se dobla, que él lo dirige casi a tientas, que por fin acierta y va entrando poco a poco en mí. Hundo mi cuerpo, lo dejo caer esperando que él me sostendrá. Me siento sobre él, con su pene duro alojado en mi ano y la espalda apoyada en su pecho. Comienzo a moverme lento, no por conocido un dolor inesperado me hace detenerme. Luego continúo; me yergo, me dejo caer despacio, sintiendo como su tronco me abre en dos. A nuestro alrededor un corrillo se ha formado, la música que resuena a todo volumen me ahorra las envidias, los comentarios insidiosos. Él es mío, yo soy suya, aunque no más sea por esta noche. Está concentrado en follarme, aunque no lo pueda ver imagino su vista dirigida a la parte más baja de mi espalda, allá donde su vientre se contrae en cada caída de mi cuerpo. En algún movimiento más brusco, escapo de él, le urjo a que vuelva a metérmela. Así lo hace y yo sonrío satisfecha. 

Se incorpora y me agarra de las muñecas para que no salga disparada. Trastabillo y se me sale un zapato. Le pido que pare, jamás sin mis tacones. La expectación a nuestro alrededor se ha disuelto, otras parejas en diferentes estadios del mismo juego llaman más la atención. Apoyo mis manos en el lugar donde él había estado sentado, la espalda recta, las piernas estiradas y ya sobre mis tacones, puede volver a follarme. Lo hace. Va incrementando el ritmo, haciendo que cada vez suene más alto el choque de nuestros cuerpos, aunque la música lo tape todo, también mis gemidos. Sus manos alternan mis caderas con mis hombros, él empuja, siempre a mi espalda y mi cuerpo se sacude por sus ímpetus. Ya no temo por un movimiento más brusco que haga caer mi peluca, simplemente dejo que se alborote, que caiga por mi frente y me nuble la vista. Me folla, ya sin rastro de la timidez inicial, ya sin miedo al qué dirán, me folla y con su polla enterrada en mi ano yo me siento en la gloria. He acostumbrado a mi pene a permanecer tranquilo, más adelante, en la tranquilidad de mi apartamento, me masturbaré recordando cada detalle de esta noche, pero ahora apenas si es un mínimo trozo de carne al que mi amante permanece ajeno. Maldigo las pausas con la misma intensidad que adoro sus idas y venidas; tan sólo deseo que me folle sin descanso, sentir el placer rayano con el dolor de una polla dura abriendo mi culo, recorriendo mis entrañas, esa sensación que consigue que me sienta en verdad tal como soy. 

Quisiera prolongar eternamente este momento, pero su respiración se agita, sus movimientos son más torpes. Intuyo el final. Le pido que acabe sobre mi nalga. Lo siento salir, trato de mirar, pero el giro forzado de mi cuello únicamente me permite adivinar el frenético gesto de su mano. Apoya el glande en mi piel, golpea mi trasero en cada viaje de su mano, y al fin siento varias gotas gruesas regando mi carne. Después, él se retira, como haría un pintor para contemplar su obra, hasta perderse en la oscuridad. Tal vez vuelva a encontrarlo, tal vez nunca vuelva por aquí. Mientras, yo mojo mis dedos en el semen y degusto una vez más ese intenso sabor que alimenta mi espíritu.

sábado, 13 de junio de 2020

Puesta en escena... para un marido cornudo

 Pedro no pierde detalle. Se acomoda en la silla de playa en la que está sentado frente a nosotros; más que nervioso se diría que está excitado. Cuando me he unido a ellos charlaba con Teresa y mi llegada pareciera haberles interrumpido en el peor momento. Para aligerar la tensión he comentado algo sobre lo buena que estaba el agua y les he preguntado si de verdad no querían darse un baño. Antes de incorporarme definitivamente a la conversación me he secado con una toalla. Después me he sentado con Teresa en el banco del porche. Ante nuestros ojos Pedro y más allá el jardín y la piscina. 


- Ay, me vas a mojar toda- ríe Teresa cuando después de levantarla hago que se siente en mi regazo. El calor es intenso, pero mi bañador todavía está mojado después del chapuzón y moja la parte trasera de sus muslos. La rodeo con mis brazos y ella enrosca el suyo a mi cuello. Me gusta abrazarla, que se recueste sobre mi pecho desnudo, que sus cabellos rubios dosifiquen en cada movimiento la dosis de fragancia con la que embriagarme. La conversación fluye, va de lo abstracto a lo concreto, tratamos de diseñar planes para lo que queda de tarde de verano. Siempre con Teresa sentada sobre mis piernas, con las flores amarillas estampadas en su vestido corto absorviendo la humedad de mi traje de baño, siento un calor para el que poco sirve la jarra de agua con hielos que tenemos a nuestra izquierda. Se lo hago saber hasta provocar de nuevo sus risas. 

- ¿Qué pasa, de qué os reís?- pregunta Pedro. Teresa vuelve la cabeza, me mira, luce una sonrisa pícara. 

- ¿Se lo digo?- me pregunta. Yo me encojo de hombros, dejo el devenir de los acontecimientos en la espontaneidad de Teresa. Me besa, apenas un roce de nuestros labios, luego vuelve a mirar a Pedro y lo suelta: dice que le estoy poniendo la polla dura. Busco su mirada, hace una mueca, quizás la réplica lo ha dejado confuso, pero no soy capaz de traducir la expresión de su rostro, aunque supongo que no le debe extrañar. El trasero de Teresa lleva apenas cinco minutos sentado en la parte más alta de mis muslos, traspasándome su calor, sintiendo su roce, y mi cuerpo reacciona de la manera más natural posible. 

Sabedora de los efectos que su presencia en mi regazo me provoca, Teresa se carga de malicia. Se incorpora ligerísimamente, hasta hacer que entre nuestros cuerpos haya únicamente un leve roce, mucho más sutil, mucho más excitante. Se mueve, dibuja círculos, me tortura con el roce de sus nalgas duras y cuando quiere acierta a sentarse justo en mi polla que no deja de crecer. En uno de sus movimientos la agarro y la levanto, quiero comprobar algo que llevo sospechando desde que la senté sobre mí. Teresa ríe cuando yo levanto el bajo de su vestido para comprobar que no lleva ropa interior. Cuando la siento de nuevo sobre mis piernas me ocupo de que lo haga con el vestido recogido, para que el bulto indisimulado que el rabo comienza a dibujarme bajo el bañador reconozca la forma de su vulva. Pedro ha seguido mis gestos con la mirada; desde su perspectiva ha tenido una visión nítida del pubis desnudo de Teresa, pero no se ha sorprendido, sigue llevando las riendas de la conversación como si tal cosa. A mí me cuesta más seguir hablando, Teresa ha conseguido que la sangre prefiera concentrarse en otra parte en lugar de irrigar mi cerebro. Estoy muy cachondo y Teresa no deja de restregárseme. Mis manos enseguida buscan sus pechos. Ella las guía y comienzo a sobarlos por encima del vestido. Quiero follarla y la presencia de Pedro a apenas un par de metros no me detiene, al contrario, me estimula aún más. Busco la manera de soltar su vestido playero y al final son las ansias de calibrar la dureza de sus pezones las que me llevan a colar los dedos entre los botones que lo cierran por su parte delantera. 

No puedo más. Hasta Pedro se ha dado cuenta y se ha hecho un silencio sólo roto por mi respiración pesada y el rumor de la tarde al otro lado de la vaya del jardín. Pido a Teresa que se levante, y mientras ella se desnuda, yo también a tirones consigo bajar mi bañador. Antes de dejarla caer de nuevo sobre mi regazo agarro su trasero, y ayudándome de las manos separo sus nalgas todo lo que puedo, entierro la cara y mi lengua comienza a deleitarse en su coño. 

- Joder, qué bueno- escucho. Ha debido ser Pedro, porque Teresa sólo es capaz de expresarse mediante gemidos. Sin embargo no levanto la cara para comprobarlo. El coño de Teresa está a punto de caramelo y sólo quiero lamerlo. Mi lengua se hunde en su vagina, siento los labios replegarse, abrirme paso cuando empujo. Mantengo la cara enterrada en su raja y sacudo su cuerpo. La risa a Teresa se le mezcla con gemidos imposibles de controlar. La saliva tiene un regusto a sus flujos cuando fuerzo la garganta para tragar un pelo de su coño. Sigo sentado en el banco, pegado a la espalda de Teresa, que, con las piernas ligeramente flexionadas, es incapaz de emitir más que prolongados gemidos de placer. Hace ya un buen tiempo que la humedad se ha adueñado de su cuerpo, Teresa se sacude sin saber muy bien qué hacer con sus manos pero yo no me detengo. Quiero que se corra en mi boca y muy pronto lo consigo. Prolongo el orgasmo todo lo que puedo, y al retirarme tiro debilmente de la carnosidad de su labio con mis dientes y mi lengua extiende un hilillo de flujo hasta su ojete. 

Teresa está rendida, se ha dejado caer de nuevo sobre mí. Muevo su cuerpo de manera que mi polla quede presa entre sus nalgas. Todavía no quiero penetrarla, quiero prolongar la excitación todo lo posible. Ella me da la espalda, sobre el hombro de Teresa observo la figura de Pedro. Permanece sentado frente a nosotros, serio, atento, distingo también en él un bulto bajo sus bermudas. Tengo la polla dura y crecida, pongo a prueba su aguante moviendo el cuerpo de Teresa sobre ella. Agarro sus nalgas, la atraigo hacia mí y luego la empujo hasta casi las rodillas; el roce con su cuerpo provoca que la piel de mi rabo se repliegue, hasta que emerge el capullo enrojecido. Sigo moviendo su trasero sobre mi polla hasta que a ella la respiración se le calma y a mí el pulso se me acelera. 

- Cómemela- le pido. Teresa se baja de su trono y pesadamente se pone en cuclillas entre mis piernas. Se le ve fatigada pero en cuanto su mano eleva mi polla, una de esas sonrisas suyas rebosantes de picardía le ilumina el rostro. Quiere devolverme el placer y pone todo su empeño. La mama rápido, hundiendo buena parte de mi polla en su garganta y moviendo la mano al unísono. Le pido que baje el ritmo si quiere que resista sus ansias y así lo hace. Antes de cerrar los ojos y dejar caer mi espalda contra el respaldo veo a Pedro que no pierde detalle, aunque el cuerpo de Teresa se lo eclipsa tiene que imaginar mi polla desapareciendo una y otra vez en la boca de Teresa. Siento la lengua subir por el tronco de mi verga, rematar con un lengüetazo en el glande, volver a los huevos y jugar con ellos en su boca. Luego mama despacio, de puta madre. Mis manos buscan su cabeza, recogen sus cabellos para que no le caigan sobre la cara y Teresa lo agradece tragándose toda mi polla. Retiene mi verga al calor de su garganta y cuando la deja escapar algo parecido a una telaraña de babas se extiende entre mi pene y su cara. Me mira a los ojos, escupe sobre mi glande y vuelve a comérsela entera. 

-Ven- digo simplemente, y ella comprende. Se monta de nuevo sobre mis piernas. Vuelve a darme la espalda, a mirar desnuda y de frente a Pedro. Yo mantengo mi polla levantada con una mano mientras con la otra ayudo a Teresa a guiar su cuerpo. Cuando mi glande roza ya la entrada a su vagina se detiene, levanta la cabeza, mira a Pedro que nos observa y finalmente se deja caer. Mientras se clava en mí deja escapar un gemido exagerado. Al principio Teresa no se movía, se limitaba a estar ahí, sentada sobre mis piernas como antes, aunque ahora toda mi polla estuviera alojada en su coño. Miraba a Pedro, que ya no era capaz de seguir con la conversación y se limitaba a esperar acontecimientos. Mis manos trataban de elevar el cuerpo de Teresa, de hacerlo subir y bajar, hasta que finalmente encontré la complicidad de mi compañera de juegos y empezamos a follar despacio. Subía lento, sin dejar escapar mi rabo, y se dejaba caer pesadamente, torturándome, provocando un eco hueco al chocar de nuestros cuerpos y el crujir del banco donde estábamos sentados. Mis besos se perdían en su espalda, mis manos solo abandonaban sus caderas para, abrazándola, alcanzar sus pechos redondeados. El sol empezaba a hacer brillar el sudor que caía por su piel bronceada cuando le pedí que cambiara de postura, ya estaba bien de follar para Pedro, ahora quería mirarla a la cara. Teresa se mueve lento, me desmonta por un instante y rápidamente busco ofrecerle de nuevo mi polla como guía para su cuerpo. Se vuelve a insertar en mí, cuando estoy completamente dentro busco sus labios y nos besamos hasta casi mordernos. Rápidamente empieza un traqueteo, sus brazos me rodean, sus pechos golpean el mío en cada movimiento, en cada impulso que mis manos acompañan a sus caderas. 

Teresa permanece enroscada a mí cuando la levanto como un trofeo. Deja de botar por unos instantes, no quiere dejar escapar mi polla. Busco un trozo de suelo que no arda por el sol y me dejo caer con Teresa de espaldas. Su cuerpo se arquea, sus piernas se recogen, yo me levanto sobre mis brazos y empiezo a caer sobre ella de nuevo. Rítmicamente, tratando de prolongar lo inevitable, follamos sobre las baldosas del patio bajo una mirada de Pedro que intuyo puesta sobre nosotros pero que ya no me preocupa. Teresa requiere toda mi atención, vuelve a gemir como antes, casi de manera estridente, ya empiezo a conocer las reacciones de su cuerpo. Cuando cierra los ojos y se muerde el labio sé que se va a correr. Aguanto las sacudidas de su coño, las contracciones de sus paredes, la beso en el cuello mientras hago una pausa en mis idas y venidas. Después mi polla la martillea con fuerza, tratando de alargar el orgasmo y la descarga que la recorre de punta a punta. Teresa me rodea con sus piernas, haciendo casi un nudo sobre la parte trasera de mis muslos, como si no quisiera dejarme escapar. Sé que no voy a ser capaz de resistir su furia mucho más. 

-¿Dónde quieres que me corra?- pregunto sin tener muy claro quien espero que responda. 

- Córrete dentro- la voz de Pedro vuelve a sonar después de un rato. Miro a Teresa buscando su conformidad, pero el placer le ha vuelto sus ojos blancos. Hago caso. Inicio una nueva tanda. Siento mis músculos tensos, los cojones duros y la polla a punto de reventar. Trato de dar todo el impulso que puedo a mis acometidas, quiero surcarla entera. De repente el coño de Teresa se aprieta, quiere exprimirme, intento volver a empujar y me corro. Me detengo, me dejo caer sobre su cuerpo y permanezco abrazado a ella hasta que mi polla no expulsa la última gota de semen. 

- Tu mujer es una maravilla, folla de puta madre- digo volviendo la cabeza hacia Pedro y todavía resoplando. Él sonríe orgulloso, Teresa transporta un beso en el dedo desde sus labios hasta mi boca y cuando retiro la polla, una espesa mezcla de fluidos comienza a escapar pesadamente del coño sudoroso de Teresa.

martes, 2 de junio de 2020

Ítaca, patria querida


Maullido de Bastet, divino animal en celo
que al primer ronroneo
sin separar los pies del suelo
consigue levantar mi vuelo.

Cautivante eco que me atrapa
en este laberinto eterno,
que no es mito sino Minos.
Dulce salmo que embelesa mis oídos.

Abandono mi escudo, mi espada
frente al toro que bufa, ¡escapa!,
me postro, envuelto en mi propia madeja,
te veo aullar al tirar de tu guedeja.


Murmullo, rumor que crece entre tus olas,
canto de sirena que me embauca,
ruge contra las rocas y al llegar a la orilla
no se acalla, grita: ven a mí, argonauta.

Un himno, mi canción favorita,
agudos que brotan en lo bajo
y en el cerebro se graben,
repitiendo la melodía, así, así, no pares.

Los gemidos, los jadeos,
primitiva canción de cuna,
cuando escapan de tu boca
y llegan hasta la luna.

“Ulises, esta es tu casa,
olvida la morriña, te aguarda
el calor del hogar
y esta lluvia tan fina…”

Suspiros con los que hablas
yo te siento y me encantas,
te sigo, te sigo hasta el fin
con mi flautita, cual Hamelin.

Ya llego, ya llego, al compás de tu dedo
y su suave sintonía,
Ítaca, patria querida
mi meta, mi destino,
Ítaca, si tú quisieras,
tal vez yo podría, Ítaca,… de mil amores.