miércoles, 29 de junio de 2022

Por turnos

- ¿De qué estás mañana?- pregunto.

- De tardes, ¿tú?-.

Resoplo antes de responder: de noches. Mi mente empieza a calcular horarios, itinerarios, posibles coincidencias. –Si quieres te paso a buscar, tengo muchas ganas de estar un rato contigo-.

- No te va dar tiempo- dice con un gesto a medio camino entre la lástima y la compasión.

Tiene razón, ella sale del hospital a la hora que yo debo entrar al hotel. Quizás escapándose antes, tal vez llegando un poco más tarde y aguantando la bronca… Nos despedimos aguardando la hora de volver a vernos, aunque fuera por sólo unos minutos.


Al final nos pudieron las ganas. La espero fuera, apoyado en el coche, junto a la puerta del conductor. Cuando me ve se despide de su compañera y echa una ligera carrera. Sin maquillar, el pelo recogido en un moño no demasiado firme, el rostro cansado después de horas de trabajo, sin embargo se ve preciosa, siempre la veo preciosa. Cuando está lo suficientemente cerca, me atrapa una de sus sonrisas:

- ¿Qué tal el día?- le digo, y en su respuesta espero encontrar un motivo por el que mejorarlo. No le ha debido ir tan mal cuando me besa en los labios. Yo acepto el reto y retengo su cuerpo contra el mío. Las manos también se animan y poco a poco bajan hasta abrazar los respectivos traseros. Estaríamos toda la noche comiéndonos la boca despacio bajo la luz anaranjada de las farolas del parking del hospital, pero los dos sabemos que los segundos mandan. Se sienta en el asiento del copiloto, deja el bolso a los pies, nos ponemos el cinturón y arranco. Desoigo todas las recomendaciones de tráfico y aparto constantemente la vista de la carretera para mirar a mi derecha, ella es mi camino. No apuro los semáforos en ámbar, prefiero que se ponga en rojo y poder intercambiar con mi chica algunas palabras y unos cuantos besos. Cuando se pone en verde mi mano se entretiene en su cuerpo antes de volver al volante. A estas horas no hay tráfico y llegamos enseguida a las inmediaciones de mi trabajo. El reloj en el salpicadero marca dos minutos más allá de mi hora de entrada; me digo que eso no es retraso, así que remoloneo un poco más. Hablamos de todo y de nada hasta que mi mano se posa, deliberadamente, en la parte más alta de su muslo. Ella la mira y comprende, yo la subo todavía un poco más, hasta dejarle bien claro qué tipo de ganas de estar con ella tengo. Separa ligeramente las piernas, deja que pase unas cuantas veces mi mano, aunque sea por encima del pantalón. Le pido que se siente sobre mí, nos mentimos, decimos que es para cambiar de posición y que se vaya a casa conduciendo. Los dos sabemos que no es verdad, que sólo queremos estar en contacto un poco más. El volante golpea su cuerpo, estamos incómodos, pero con su frente apoyada en la mía, ella se da cuenta de que cierta parte de mi cuerpo la desea especialmente. Finalmente la dejo sentada a los mandos, ajustando el asiento a su tamaño, y yo me bajo del coche maldiciendo el trabajo por turnos y recolocándome con disimulo el paquete.


Salí a la hora, afortunadamente el grueso de los check-out no había empezado todavía. En el transporte público las caras somnolientas ayudaban a distinguir a quienes volvíamos de quienes iban a trabajar. Yo estaba completamente activo después de una noche no demasiado ajetreada, sin embargo al llegar a casa me pongo automáticamente en modo silencio, no quiero despertarla. Pico algo en la cocina, ya no sé si desayuno o almuerzo, me entretengo un rato con el móvil antes de ir a la habitación. No me queda más remedio que encender la luz y eso la despierta:

- Mmmm, ¿qué hora es?- pregunta cubriéndose los ojos con el antebrazo.

- Es temprano, todavía puedes dormir un rato más- le digo. Ha descorrido un tanto la sábana, lo justo para ver su hombro, la camiseta blanca de tirantes con la que duerme y un trozo de su pecho sin sujetador. Cuando me siento en la cama ella hace amago de levantarse. Le digo que se quede un rato a mi lado, quiero dormir un rato abrazado a mi chica como cualquier pareja, se excusa, dice que tiene muchas cosas que hacer… Debo encontrar un argumento más convincente. Aprovecho que ha terminado de levantar la sábana para regresar mi mano donde la había dejado la noche anterior; lleva unas braguitas negras, sencillas, nada sexys, pero que en su cuerpo me encantan. La toco con esa mezcla de suavidad y firmeza que llevo años aprendiendo y ella se relaja. Su cuerpo se deja caer de nuevo sobre la cama y mi boca busca sus labios. Cuando sus brazos rodean mi espalda sé que le he quitado las prisas.


Nos hemos quedado sin saliva que intercambiar cuando mis labios abandonan los suyos. Busco su nariz, sus ojos, toda su cara, prodigo besos de colibrí, apenas la rozo. Después tomo camino de su cuello, ella ladea la cara para facilitarme la tarea. Me entretengo un poco antes de seguir bajando. Los pezones se le comienzan a marcar en la camiseta y así los beso, por encima de la ropa. Me asomo a sus pechos a través de las aberturas laterales, podría sacarle la camiseta entera, pero quiero algo más definitivo. Dejo sus senos a la invasión de sus manos y prosigo el viaje por su cuerpo. Cuando levanto la tela y beso su ombligo la posee una risa nerviosa, de un sin querer queriendo. Le gusta pero estamos de acuerdo en que ese no es el destino; su mano empuja mi cabeza y yo obedezco al instinto. Tiro de sus bragas, se atascan con el roce de la cama, ella levanta las caderas y yo vuelvo a tirar. Cuando por fin escapan de su pie, mi chica flexiona las piernas ligeramente abiertas. Mi mirada se centra en su sexo imberbe, en sus labios cerrados, en el capuchón que protege la joya de la corona. Cierro los ojos y me dejo llevar por el tacto, el olor de su piel, por el sabor ligeramente ácido que me recibe, también por el sonido de sus gemidos que comienza cuando yo doy rienda suelta a mi lengua. Cambio de zona, de ángulo, de contundencia, pero no abandono el placer de degustarla. Ella quiere sumar su mano, pero se la retiro, quiero que sea así: su coño y mi boca. El clítoris ha crecido y yo lo refuerzo con un par de lengüetazos. Ella suspira, apenas gime, pero sé que es su manera de disfrutar, sin estridencias. Cuando sus manos aprietan los pechos o agarran con fuerza la bajera hasta retorcerla, sé que le gusta especialmente. Sus labios se han entreabierto, el calor y la humedad de mi boca les han dotado de un brillo especial. Seguramente con algo más contundente conseguiríamos un resultado más eficaz, pero quiero que sea únicamente mi lengua la que se asome al pozo de los deseos. Cegado en su pubis, con la nariz posada en su piel hasta aprenderse todos los matices de su aroma, dejo que sea mi lengua la que, una y otra vez, abra su sexo.


Concilié el sueño acurrucado entre sus piernas después del orgasmo. Ahora despierto sin saber muy bien porqué antes de la hora habitual. Sé que han pasado algunas horas pero no sabría decir cuántas. Mi mirada recorre la habitación iluminada hasta que me doy cuenta de la razón de mi repentino despertar: el edredón caído, mi torso desnudo y al final de mi mirada desenfocada, mi chica aleteando con su lengua en mi glande. Sé que no es algo que le guste hacer, que lo reserva para momentos especiales, así que no pregunto cuando hace desaparecer mi polla en su garganta. Cruzo los brazos por detrás de la cabeza a modo de almohada suplementaria, exijo a mi cerebro que termine de espabilarse y asisto a su manera de compensarme. Mi chica no se ha vestido, vuelve a trabajar de tardes, y mi mirada busca entonces el despertador en la mesilla. Marca las doce y media del mediodía, apenas he dormido tres horas. Sé que todavía falta un rato hasta que tenga que marcharse, intuyo que es demasiado tiempo para aguantar los juegos de su lengua, el roce de sus dientes, la determinación de su mano cuando recorre mi verga.

- ¿Te has duchado?- le pregunto.

- No, ¿por qué?... ah- ella misma se responde. Ríe, le gusta la idea. Trato de incorporarme, el viejo pantalón elástico de pijama está recogido a la altura de los tobillos, y la polla está totalmente crecida y terriblemente dura.

- ¿Cuánto tiempo llevas…?- le pregunto, y nuevamente sus risas son la respuesta. Mis manos la ayudan a desvestirse, cuando nos vemos desnudos una palmada en su trasero es la señal para ponernos en marcha. Pasamos al baño, la mampara de la ducha está abierta y nos colamos hasta sentir el frío de la baldosa en nuestro abrazo.


Su mano me masturba, hace resaltar los cojones y emerger el glande. Me gustaría que siguiera regalándome la falsa candidez de su boca, pero tampoco me quejo. Abro el grifo y el primer chorro frío contra su espalda le provoca un grito estridente. La giro, ahora son mis hombros los que reciben una lluvia cada vez más templada. Mi mano dibuja la forma de su espalda, el abultamiento de su trasero, comienza a bajar por su muslo hasta que lo eleva. Me acerco hasta que mi pene se dobla entre nuestros cuerpos, ella lo guía. Espero a que sus dientes terminen de mordisquear mi labio y entonces empujo; su cuerpo contra el cristal y mi polla por su coño. Gime, el pelo húmedo se le pega a la cara y sus brazos rodean mi cuerpo. Vuelvo a empujar, hasta adentrarme entero en su cuerpo. Cuando comienzo a penetrarla rítmicamente ella abandona su postura de grulla sobre una pierna y se enrosca a mis caderas. Arrinconados contra la pared, el agua sigue cayendo hasta que decido acabar con el derroche; después será necesaria para llevarse los restos, pero por ahora ya ha cumplido su tarea de empañar con vaho nuestro reflejo en el espejo. Nosotros estamos en ebullición. Mi chica resiste sin inmutarse mis embestidas aplastándose la espalda contra la pared. La follo sin descanso, el abrazo se hace más intenso, sus tetas se deforman contra mi pecho, sus gemidos se aceleran, mi respiración se hace más densa. Sé que se corre, es inminente, conozco las reacciones de su cuerpo aunque cada vez nuestros encuentros sean menos frecuentes, más programados. Siento las contracciones de su cuerpo, las venzo y sigo empujando. Mi piel agradece que las uñas que me clava no sean demasiado largas. Cuando deshago el abrazo y la poso en el suelo sus piernas tienen un divertido temblequeo.


Mi espalda se apoya ahora en la pared, ella dobla su cuerpo hasta acercarlo a mí. Estoy ya dentro de su coño pero su trasero es una tentación demasiado grande. Sé que no me deja, pero no me resisto a apoyar el pulgar y empujar, sin ni siquiera hacer desaparecer la primera falange, para que se haga una idea si alguna vez se lo piensa. Mi chica busca dónde apoyar las manos, está incómoda, nuestra pequeña ducha no da para más, así que abandono mis fantasías y agarro con fuerza sus caderas. No quiero forzar sus músculos mucho más con posturas imposibles, además el tiempo pasa deprisa cuando se disfruta y ella deberá marcharse enseguida. Sus pies se apoyan en los míos, sus piernas estiradas, mi polla siempre empujando en su coño, el tronco ligeramente inclinado y mis manos sujetando sus brazos. A ella la respiración se le vuelve a descompensar y yo inicio la que quiero que sea la última tanda. Eleva la cabeza, la ducha de nuevo cae sobre su cara, de la boca abierta escapan al tiempo agua y gemidos, yo la atraigo con más fuerza y la follo con todas mis ganas. Al poco su vagina convulsiona de nuevo y yo me dejo ir en varias sacudidas que agitan mi cuerpo.


La mezcla de semen y flujos que ella ha dejado caer se empieza a perder pesadamente por el sumidero cuando, a regañadientes, me hace salir de la ducha. Cierro la mampara y la miro del otro lado del cristal moteado de gotas. Ella se ducha, ahora sí, de verdad. Le tiendo una toalla, se seca a medio metro de mí, pero sé que no debo estirar la mano, rozar su piel, tiene prisa, ya va tarde. Desde el cuarto de baño miro a través de la puerta entreabierta cómo se viste. Luego vuelve a mi lado, el espejo todavía no se ha desempañado y soy yo quien le dice si se ha pintado los labios correctamente. Me premia con el sobrevuelo de un beso sobre mi boca.

- ¡Qué desastre, mira cómo hemos dejado esto!- dice señalando el agua, las ropas caídas, las toallas abandonadas. - No te preocupes, yo lo recojo. Tengo toda la tarde- le digo, y mientras ella termina de prepararse y la puerta anuncia su ausencia, yo me quedo allí plantado, lamentando no coincidir más a menudo y echándola ya de menos.

martes, 14 de junio de 2022

La iglesia de los últimos besos

Las campanas doblan por nosotros,

anuncian la despedida

con lágrimas de bronce

y en lo alto un reloj

va descontando los minutos

para disolver el abrazo.



Con su tañido quejoso,

ronco, solidario,

informan del tiempo

que me queda entre tus brazos:

tras la media, vuelan

presurosos los cuartos.



La escena pide estación,

reclama aeropuerto,

por eso la gente nos mira

confusa, entre el horizonte

y el pueblo, hundidos

en un mar de besos.



No entienden el frenesí

la urgencia, el deseo.

No saben que debemos

luchar contra el tiempo.

Ignoran que los besos se eclipsan 

cuando dan las diez en San Pedro.

miércoles, 1 de junio de 2022

La mano de Courtois

En el minuto 82, una contra mal llevada del Real Madrid acaba con un despeje desde la zona de lateral izquierdo del Liverpool, el balón cruza el cielo de París, Mendy mide mal y la pelota llega a Salah, que orienta, entra en el área, mira a puerta y chuta en diagonal, de abajo a arriba, con violencia. Cuando ya se canta el empate, Courtois mueve el brazo, casi por instinto y salva lo que parecía inevitable.

¿Y esto a qué viene? A que yo me mordí las uñas en ese instante, y hoy, cuando me he rozado la uña con otro de los dedos, he visto que las tenía desigualadas; y eso me ha recordado a los arañazos que te hice, y al lugar dónde fueron, a aquel día, a ti y...

martes, 24 de mayo de 2022

Una de vampiros

Sepa, Miss Drácula,

que sus besos en la yugular

no me desangran; 

al contrario, 

refuerzan mi voluntad

de clavarle una estaca. 

jueves, 28 de abril de 2022

La erótica de los macarrones

Añada, cuando el agua borbotee,

a la cazuela dos raciones generosas

-considere el hambre atrasada-

de pasta seca; controle la cocción

procurando que quede al dente.

Escurra los macarrones

reservando una parte de líquido

que después añadir a la salsa.

Vierta a continuación y remueva;

Sin miedo, la mezcla nunca falla.

Ralle después el queso

y espolvoree.

Introduzca la fuente en el horno,

gratinador alto y espere.


Mientras aguardamos

que termine la receta

podemos seguir jugando

-ahora que encajan las piezas-

a ese tetris del armario,

mi cuerpo en tu espalda,

tu mano en mi mano,

y kilos de previsora pasta seca,

sabiendo que, para recuperar las fuerzas,

-370 kilocalorías los cien gramos-

nada mejor que los hidratos

en una orgía crujiente

de queso, carne picada y salsa boloñesa.

martes, 12 de abril de 2022

No soy lo que aparento



No es lo que parece

cuando el verbo se hace dedo

y en dos segundos tecleo

un halago, un piropo, un requiebro.

No hagas excesivo caso,

no soy lo que aparento.

Suena raro, es cierto,

pero no me gusta el sexo por el sexo.

Aunque, una cosa es una cosa

y otra, que esté uno ciego;

por ello, -frágil equilibrio

entre mente, instinto y deseo-

si entre unas curvas me acelero

y me imagino a tu espalda,

muy cerca, sin aliento,

el cuerpo oscilando

y mis manos en tu pecho,

no lo tomes por cierto.


No es para mí

si el chocar de nuestros cuerpos

no se descodifica

y se graba en mi cerebro.

domingo, 27 de marzo de 2022

Manta y Tere

Soy un tipo sociable, uno de esos que podrían cantar con razón aquello de "los amigos de mis amigos son mis amigos". Con el lenguaje inclusivo empieza el lío. Y no porque uno no quiera ser amigo de las amigas de mis amigas, sino por la presencia constante de Marta, mi novia, estricta censora de cualquier sonrisa que pudiera desembocar en algo tan hermoso como es la amistad. De otras cosas ya ni hablamos, claro. Marta es celosa, incluso ligeramente posesiva diría, pero extrañamente tiene don de gentes. No le cuesta hacer amigas, llevarse bien con las vecinas, con las compañeras de trabajo, mantener el contacto con antiguas compañeras de colegio. Y yo, ¿dónde quedo yo en todo esto? Pues digamos que tengo que mantener un difícil equilibrio: no puedo resultar borde a sus amigas, porque Marta se enfada, y no puedo resultar encantador porque Marta se enfada.

El caso es que un día me vino diciendo que iba a venir a pasar el fin de semana a casa Tere. Tere es una vieja amiga de mi chica, a la que conoció en un periodo de estudio en el extranjero, un Erasmus de estos. Yo, que sólo conocía a la tal Teresa porque Marta la tiene de amiga en una red social, estaría encantado de salir a tomar algo con ella, enseñarle la ciudad, ir a cenar los tres juntos u organizar una comida en casa, pero no entendía muy bien por qué tenía que venir a pasar tooodo el fin de semana precisamente a nuestra casa, habiendo como hay hoteles, hostales, pensiones, habitaciones y pisos turísticos, campings. ¿Pero tú no eras sociable? os preguntaréis, y os digo sí, pero también me gusta estar tranquilamente en casa, pasearme en gayumbos si me da la gana, tirarme en el sofá un sábado por la tarde hasta quedarme dormido con la boca abierta y un hilillo de baba escapando mientras Marta hace cualquier cosa de las que la entretienen. Resumiendo, empate entre sociabilidad y celos de la intimidad, una x en la quiniela.

Bastaron unos pocos minutos para comprobar que Teresa era encantadora: divertida, culta sin resultar pedante, dispuesta a caer bien y demás aderezos. Que estaba buena ya lo había comprobado previamente empapándome de su vida a través de las imágenes de sus redes sociales. Y aunque cuando se presentó en nuestra casa no llevaba los shorts vaqueros con los que la había visto en sus últimas vacaciones y que le hacían unas piernas kilométricas y doradas como la arena de las playas por las que se paseaba, aquella combinación de belleza e inteligencia era una razón de más para no querer alojarla en casa. Sin embargo mi egoísmo poco tenía que hacer ante las decisiones de Marta, así que Tere ocupó la habitación libre que teníamos, a la que pomposamente comenzamos a llamar habitación de invitados, pese a que ninguno de mis amigos que ocasionalmente había pernoctado allí había alcanzado tal grado para mi chica, que, como mucho, los invitaba a marcharse cuanto antes.

Al final las cosas salieron bastante bien; cuando estábamos en casa no se mostraba invasiva, se ofrecía a ayudar y cuando salíamos podía desplegar mis dotes naturales de maestro de la socialización. En realidad fue bien hasta el sábado a la noche. Entre pitos y flautas se nos había hecho tarde para salir a pasear por ahí y todavía era demasiado pronto para salir a cenar o de marcha, así que mi novia propuso un hogareño plan consistente en cena de picoteo y una peli en la tele. Tere se sumó entusiasmada a la propuesta, y dos contra uno, a mí no me quedó otra opción que marchar a la cocina a empezar a preparar todo mientras ellas elegían qué ver.

Después de cenar, si a eso que hicimos se le puede llamar cena, nos encaminamos al sofá dispuestos a llenar la noche con una película. Sin darnos cuenta Marta y yo ocupamos nuestras plazas habituales en el sillón, sin tener en cuenta la presencia de una tercera persona. El espacio no era mucho, culpad a los muebles y a los modernos apartamentos minúsculos, y Marta no se pegaba mucho al margen izquierdo, culpadla a ella, así que yo me tuve que apretar a mi chica, con medio culo sobre la raja que separa los dos asientos, para que Tere se sentara a mi derecha. En otro gesto natural Marta había sacado la manta con la que tantas veces nos tapamos cuando hace frío, como aquel día, y sobre la que, de vez en cuando, terminamos enrollados. Así que con el salón en silencio y las sombras que proyectaban las luces del televisor, nos dispusimos, con nuestra mantita, a ver la peli.

No sabría decir si todo fue bien durante los primeros veinte minutos de película o si comenzó a ir bien precisamente a partir de ese instante. Mientras los guionistas habían estado inspirados, que a mi juicio era sólo en la presentación de los personajes y la trama, presté atención, pero llegué un momento que, cual soldado cobarde, deserté de la acción pero manteniendo mi puesto en la trinchera; desertor sí, pero no tan gilipollas como para marcharme delante de los bigotes de la generala, que, ella sí, permanecía atenta a la pantalla. No puedo decir en qué momento desconectó también Tere, porque trataba de no mirarla demasiado, pero hubo un instante en el que también su mente debió hacer off, justo el mismo instante que eligió para, como si no estuviera causando un incidente diplomático de insospechables consecuencias, apoyar su cabecita en mi hombro derecho. La miré dudando de la presión que sentía mi piel y ella me devolvió la mirada esbozando una sonrisa en apenas dos trazos. Traté de mantener la calma, pero aquello duró lo que tardó Teresa en rozar con sus dedos mi pierna. Yo mantenía los brazos fuera de la manta, pero ella los había metido dentro y había elegido para ponerse traviesa ese momento, precisamente ese momento, en el que estábamos ella, mi novia y yo, sentados en el sofá.

Mientras permanecía como ajena con su cabeza apoyada en mí, sus dedos correteaban por mi costado, mi brazo, incluso llegaban a saltar a la pierna sin que, nervioso lo vigilaba yo, su movimiento se viera reflejado en la mantita. Hubo un momento en el que llegué a temer quedarme bizco, pues mis ojos iban de un lado para otro, buscando una explicación en Tere y tratando de adivinar la reacción de mi chica, quien, sin embargo, permanecía centrada en la pantalla sin saber que los dedos de su amiga habían alcanzado ya mi cuello, allá en la parte que le quedaba oculta. Cuando creí que los dedos de Teresa se adentraban demasiado en mi intimidad, casi doy un respingo:

- Marta, cielo, dale al pause anda, que tengo que ir al baño-.

- ¿En serio? Estás prostático eh- respondió mi novia con cara de pocos amigos. Hui, pero tal vez el baño no fuese el mejor refugio y orinar seguramente no fue la mejor acción, porque mi pollita, a la que los juegos de la amiga de mi chica habían despertado del letargo, al sentirse sujeta por mi mano pensó en otros menesteres, y se alegró todavía más. Cuando regresé al salón fue mi chica la que aprovechó para ir a su vez al servicio, dejándome sólo, entregándome en bandeja de plata, a las mañas de su amiga.

- ¿Qué haces, estás loca?- pregunté susurrando cuando lo que me pedía el cuerpo era gritar mi inocencia e indefensión. Teresa rio. Rio y llevó sus manos a soltar mi cinturón mientras yo me debatía. En esas estábamos cuando volvió mi chica dispuesta volverse a sumergir en una película muy distinta a la que tenía lugar en nuestro salón. Yo casi salté de cabeza para hundir mi culo en el salón y cubrirme con la bata como si hubiera visto al coco en persona.

- Marta, si no te importa voy a apagar la luz, se verá mejor-. Si faltaba algo Teresa añadía ese giro narrativo imprescindible. Dicho y hecho. La pantalla proyectaba la luz que recortaba la silueta de nuestras cabezas en la pared del fondo. En realidad sólo proyectaba mi sombra; Tere volvía a recostar su cabeza sobre mi hombro, Marta no llegaba a sobrepasar la altura del respaldo y yo estaba completamente erguido, tieso como una vela, como la herramienta de trabajo de un divo del cine x, o como mi polla mismamente, que sin ser de tal tamaño, había respondido muy dispuesta a las insinuaciones de Teresa.

La película proseguía y también Tere con su juego; en cuanto Marta volvió a centrarse en la pantalla sus dedos volvieron a posarse en mi cuerpo. Yo me quité las zapatillas, subí los pies al sofá y me cubrí mejor con la manta. Quizás mi psicólogo sepa explicar mejor que yo si pretendía hacerme pequeñito y desaparecer porque no deseaba estar ahí o tan sólo quería evitar que los manoseos de Teresa se reflejaran en un movimiento extraño de la manta. El caso es que la amiga de mi chica, viendo mi pasividad forzosa, se animó más y más, y ya rondaba, con disimulo pero sin escándalo, el cierre de mi bragueta. De perdidos al río, me dije. Giré mi cuerpo ligerísimamente, lo justo para que a Marta le pareciese que me estaba quedando dormido y a Teresa le facilitase el acceso a mi pantalón. Tardó poco en, tosiendo para camuflar cualquier posible sonido, bajar la cremallera y comenzar a hurgar en el calzoncillo. Sentí primero su mano apretándome por encima de la ropa, y después el roce de su piel en mi pene. Cuando una de sus uñas me arañó al retirar la piel de mi glande, tuve que camuflar en sonoro bostezo el gemido que me provocó. Acomodé mi cuerpo en la falsa somnolencia girando aún más hacia ella, y mi cabeza fue a reposar sobre la suya. Antes de cerrar definitivamente los ojos pude ver su mirada sicalíptica y una sonrisa traviesa asomando a sus labios. Si Marta nos descubría que quedase ella como una guarra, yo no me iba a mover ni un pelo.

Claro que yo no me movía, pero ya se encargaba Tere de moverme por los dos. Su mano zurda, en mala postura y torpemente, estiraba mi rabo, lo hacía crecer, endurecerse. En cierta forma lo acariciaba como si estuviese pasando su mano por el lomo de un perrito dócil, y en realidad eso era yo, una mascota agradecida ante sus caricias una noche en el sofá, a la que irremediablemente se le van cerrando los ojos. Quería dormirme, mecerme en un sueño en el que Teresa levantase la manta ante la pasividad de mi novia y añadiese a su mano el saber hacer de su boca. O tal vez me esforzase por soñar a lo grande y que fuesen las dos, mi chica y su amiga, las que, coordinadas y por turnos, abusaran de mi cuerpo hundido en el sillón.

A decir verdad no recuerdo qué soñé, si en realidad soñé algo, pero me dormí sintiendo las idas y venidas de la mano de Teresa por mi polla. Sólo puedo decir que al despertar ambas estaban de pie, con la luz encendida y yo permanecía en el sofá, cubierto con la manta. Al abrir los ojos tímidamente, Marta me miró y con voz firme sentenció: - Ay que ver, ni una peli se puede ver contigo. Si es que…-. Yo agaché la cabeza, levanté la manta y allí seguía, mi polla erecta y fuera del pantalón. Al menos no me había corrido sobre la tapicería del sillón. ¿O quizás Tere había hecho realidad mi sueño? Cuando la miré reía y repasaba con su pulgar la carnosa silueta de su labio inferior.