sábado, 28 de agosto de 2021

Regadío

Otra cosa no sé, pero comer, hay que reconocer que aquí se come de maravilla- dijo, y echándose hacia atrás en su asiento amagó con soltar el botón de su pantalón y dejar libre su madura barriga. Su Antonia, Paco y Luisa, la pareja con la que comparten mesa, mantel y viaje ríen su guasa. Minutos después la broma dejó de ser tal, y la pesadez de su estómago se alió con el calor y el sopor vespertino e hizo aconsejable pasar esas primeras horas de la tarde en el hotel. Las dos parejas se volverían a juntar cuando el sol apretase menos para poder seguir descubriendo los encantos de la ciudad.


Se había quedado dormido tan pronto como se tendió en la cama. Cuando entreabrió los ojos su mujer ya caminaba por la habitación, rebuscando en las maletas el ropaje adecuado para un paseo junto al mar. Pepe siguió sus vaivenes con la mirada sin que ella se percatara, y en la comodidad de la cama de un hotel de cuatro estrellas, se dijo a sí mismo que en el fondo habían sido afortunados. Aunque los viajes como ese hubiesen llegado demasiado tarde, después de toda una vida de trabajo duro y mal pagado, después de tantos sacrificios para que sus hijos pudieran llevar una vida mejor; aunque su Antonia dejase pronto de ser la chiquilla de la que se enamoró perdidamente para ganar enseguida kilos y arrugas, aunque los achaques les recordasen que ya no eran ni siquiera adultos… Pese a todos los esfuerzos realizados a lo largo de sus vidas, había valido la pena vivirla juntos. Qué otra cosa podía pensar: bien comido, reposando entre las sábanas satinadas de un buen hotel, con su mujer a su lado y por si faltara algo habiendo despertado con la polla endurecida, algo que, a decir verdad, ocurría cada vez más de tarde en tarde.


Un brazo cruzado por detrás de la cabeza, la otra mano cerciorándose bajo la sábana de que era cierto lo que sentía en su cuerpo, preguntó: ¿has descansado bien, amor?

Ella se limitó a sonreír para afirmar. Después siguió observándola vagar en ropa interior por la habitación. Cuando ella se acercó a la mesilla, él descorrió la ropa de cama que lo cubría queriéndola sorprender con esa inopinada erección. Ella lo miró y volvió a sonreír negando con la cabeza como queriendo decir no cambiarás nunca. Pepe comprendía a su mujer sin necesidad de oírla, pero aquel día, en aquella habitación de hotel, no acababa de entender qué significaba la sonrisa que se dibujaba en la comisura de los labios de su Antonia. Podía querer decir a la vejez viruelas o ay si hubiéramos podido hacer estos viajes de jóvenes, la de ciudades que habríamos visitado sin llegar nunca a conocer. Precisamente porque no entendía al pie de la letra lo que quería decir su mujer con ese meneo de cabeza, Pepe exigió un poco más a su anquilosado cuerpo y se dobló hasta acercar sus labios a los muslos de su mujer, que de pie junto a la mesilla, se ponía de nuevo los pendientes. Después de recorrer con sus besos toda la superficie posible, Pepe seguía sin tener muy clara la reacción de Antonia, así que verbalizó sus deseos:

- ¿Y si…?- por si su mirada no bastaba, agarró tiernamente la mano de su mujer y la llevó a comprobar por sí misma que no era sólo el aspecto, sino también el tacto de otrora lo que se adivinaba en su entrepierna.

Antonia buscó con la mirada su reloj. No recordaba haberlo hecho, pero debía haberlo guardado en el cajón, y afortunadamente para Pepe, sus ganas de travesura eran esa tarde mayores que su virtud de puntualidad. Como entre ellos, siempre que no se explicitase un no, era un sí, Pepe se apresuró a levantarse de la cama y abrazar a su mujer.


Si se lo hubiesen preguntado hacía cuarenta y cinco años, hubiese respondido sin dudar que los pechos, grandes, tersos, firmes, pero con el tiempo se había dado cuenta de que la parte del cuerpo de su mujer que más le gustaba era su nuca. De tanto observarla al acostarse había terminado por aprendérsela de memoria, y hoy en día era capaz a ciegas de trazar con la yema de su índice la línea imaginaria que une, en forma de triángulo, las tres minúsculas pecas que tiene Antonia detrás de su oreja derecha. Por eso el primer beso de Pepe aquella tarde fue a parar a ese rincón. Luego, en parte porque nunca había podido resistir la femineidad de Antonia, en parte porque a estas alturas de su vida nunca se sabe cuánto va a aguantar la dureza, el resto de sus besos se revolucionaron y fueron precipitándose por sus hombros, su cuello, sus brazos… Como Antonia vestía sólo sujetador y bragas, y él había despertado como Dios lo trajo al mundo, pensó Pepe que rápidamente estarían desnudos y yaciendo juntos. Pero no pensó Pepe en las prisas, que como repetía siempre su abuelo eran malas consejeras, ni en los nervios, ni en los cierres de los sujetadores modernos, así que cansado de no poder quitarlo se decidió a tirar de las, más marmitas que cazoletas, y poder así acariciar los caídos senos de su mujer.

- Quita, quita, que me lo vas a romper…- protestó ella, y tras apartarlo, en un gesto sabio que Pepe miró embobado, soltó el cierre y dejó caer el sostén al suelo. Él acogió en su abrazo a las recién liberadas. Para sentirse un poco menos inútil Pepe se aventuró por la espalda de su esposa, y recorriendo con sus labios la curvada columna de Antonia descendió hasta darse de bruces con unas bragas negras y translúcidas. En el escaso medio segundo que se detuvo a contemplarlas, un pensamiento fugaz como un cometa cruzó su mente: jamás comprenderá a esos que prefieren una incómoda y reveladora tanga, dónde estén unas bragas como aquellas, grandes como la lona de un circo y que en verdad ocultan el mayor espectáculo del mundo…


En cuclillas a los pies de su señora, después de haber bajado a tirones las bragas de su mujer, se dio cuenta Pepe de que su corazón latía desbocado, y los pulmones agitados le recordaban la edad que tenía. Por eso se tomó un ligerísimo respiro antes de hacer lo que el cuerpo le pedía hacer; de lo contrario habría fallecido, de una manera tan ridícula como heroica, asfixiado entre las rotundas posaderas de su esposa. Cuando sus pulsaciones se acompasaron y su respiración se apaciguó, hizo lo que tantas veces, lanzarse a devorar el trasero de Antonia. Ahora ella lo ayuda, separando con esfuerzo ambas nalgas, pero antes no era así. Con la mirada eclipsada por las flácidas carnes de su señora, Pepe cierra los ojos, y sintiendo en su lengua el sabor conocido de aquel cuerpo, recuerda las primeras veces, al poco de casarse, y la mirada que le lanzaba ella al acabar, entre sorprendida y avergonzada, como si hubiese ido a desposarse con el de gustos más raros de todo el pueblo. Con la humedad de una lengua tratando de abrirse camino hasta su ojete, ella también recuerda las primeras veces, su extrañeza y la ausencia de quejas por su parte, pues la habían educado para ser una buena esposa y obedecer siempre a su marido, sobre todo en la cama, y el placer que con el tiempo fue aprendiendo a sentir al tener ahí a su Pepe.


Intuía Antonia que no iba a durar mucho la dureza en el cuerpo cansado de Pepe, y todavía tenía mucho cuerpo que ofrecerle. Con pasos pequeños y torpes fue girándose, presa en el abrazo de su esposo que le rodeaba las piernas. Sintió el cálido aliento de su marido en el vello débil y grisáceo que cubría su pubis, el roce de la nariz, y finalmente los labios de Pepe posándose en su sexo. Lamentó no tener ya la edad y la agilidad necesarias para pasar su pierna por el hombro de su compañero para ofrecérsele entera, pero todavía pudo arrancarle a su vivido cuerpo alguna descarga de placer.


Fue incorporándose Pepe muy despacio, tragándose el dolor que le provocaba su crujiente espalda. Cuando su cabeza topó literalmente con los pechos grandes y caídos de Antonia, Pepe se sonrió. Todavía hoy, en una de esas escasas veces en las que su instinto latente se alía con bríos recuperados, le encanta sumergirse entre las grandes tetas de su esposa. Reunirlas, auparlas con las manos, y hundir su cara en ellas. Frotarse, restregarse, sentir los gruesos pezones de su esposa recorriendo su rostro. Le encanta. En ello estaba cuando sintió la mano rechoncha de su esposa agarrar suavemente su sexo. Lo empezó a masturbar muy despacio, como temerosa de terminar entre sus dedos algo que los dos querían que durase más. Pepe levantó la mirada, y aguardó que ella hiciera lo mismo para poder expresarle con esa mirada y esa sonrisa lo que su pequeña polla no acertaba a decir: le encantaban sus mimos.


No tenían tiempo que perder. Buscaron la mejor postura para acercarse el uno al otro. Sus cuerpos se encontraban ya demasiado torpes como para hacerlo echados. Pepe agarró con cuidado las caderas de su Antonia.

- Ven, cuidado, no te caigas- le dijo, y la llevó hasta el borde de la cama. Ella hizo ademán de doblar su espalda, pero entre sus manos y un lugar donde asirse todavía quedaba un buen espacio. Pepe lo solucionó subiendo las dos maletas, una sobre otra, encima de la cama. Así tendría Antonia un lugar más elevado donde apoyarse sin que su cansada espalda se quejara demasiado. Luego él ocupó su lugar. Acarició ese trasero que con el transcurso de los años había ido creciendo entre sus manos. Mientras trataba de embocar lamentó Pepe que las fuerzas de su rabo le fueran abandonando precisamente ahora que tenía más carnes que nunca que abrir. Sintió una bocanada de calor trepando por su cuerpo, como si el sexo de Antonia hubiera recuperado ardores lejanos, y una gota de sudor rodó por su cuello hasta perderse en el vello cano que cubría su pecho. Estaba dentro. Cerró los ojos. En su mente sus cuerpos uniéndose tenían bastantes años menos. Sus riñones comenzaron a moverse torpemente. El cuerpo de Antonia no lo retenía como antaño, como si un tren levitara en medio de un túnel. En silencio, nunca les había gustado hablar. Sólo los suspiros, gemidos y sonidos guturales imposibles de callar. Ya ni siquiera sus cuerpos provocan música al chocar, tan sólo unos débiles ecos espaciados y arrítmicos. Cada viaje era una proeza, cada minuto una eternidad. Demasiado mayor para empeñarse en arrancarle un orgasmo a su esposa, Pepe sentía que el final llegaba acelerado. Salió de su esposa y comenzó a masturbarse. Como antes, cuando terminaban así para no tentar al destino en forma de embarazo, pero con los ímpetus atemperados. Ella aguardaba, la cabeza gacha, la espalda doblada, a que su macho acabara; él seguía batiendo con toda la fuerza que le permitían sus caídos brazos. El pulgar por encima, el pene en la palma y el roce metálico del anillo de casados que nunca, jamás, se había quitado bajo el prepucio. Entre su mano y el roce del cuerpo de Antonia terminó Pepe con la imprevista siesta.



Gracias a Dios ella no se había dado cuenta. Tarde o temprano lo hará, y durante un rato le tocará soportar su enfado, antes de que, con el tiempo, puedan reírse también de esto. Al principio él tampoco se había apercibido, embobado como estaba mirando esa especie de agua sucia que había expulsado su pene y que comenzaba a discurrir con el caudal de un arroyuelo y la despaciosidad de un gran río, por las nalgas de su Antonia. Fue cuando ella se metió en el baño para limpiarse cuando Pepe se dio cuenta. Un chorretón de esa mezcla extraña a la que costaba llamar semen pero que había nacido de sus entrañas, había ido a parar más allá de la amplia diana que significaba el trasero de Antonia, con la mala pata de ir a caer sobre la ropa que ella había dispuesto para el paseo vespertino junto al mar. La blusa se había salvado, el pantalón negro no había tenido tanta suerte: un minúsculo lago en la parte trasera. Pepe se apresuró, enérgico, sacó su pañuelo, y con cuidado de no extender la mancha, trató de limpiarla. Le pareció haber hecho un buen trabajo. Ahora, mientras camina junto a Paco unos pasos por detrás de Antonia y Luisa, se da cuenta que su rastro blanquecino sigue allí, y el temor a la reprimenda de su esposa se mezcla con el recuerdo del buen rato pasado y el orgullo de decir alto y claro a todos, él el primero, que esa mancha y ese culo, son suyos.

lunes, 16 de agosto de 2021

Amor a primera vista (y otros sentidos)

- Bueno, parejita, y a todo esto, ¿vosotros cómo os conocisteis?- pregunta su amiga con la fingida espontaneidad de quien desea saber hasta el más mínimo detalle.

Eva y Adán se miran un instante, buscando mentalmente las palabras para contar una historia que resulte mínimamente creíble. Tras algún titubeo, él comienza a hablar:

- Coincidimos en un lugar, con más gente, Eva tenía pareja entonces, y…

Cuando ella coge las riendas, la conversación fluye con más ritmo. Sí, yo estaba allí con mi pareja de entonces, pero en cuanto me fijé en Adán lo quise para mí- dice mientras rodea el hombro de su chico y lo atrae hacia sí.

- Uy, chica, qué situación, con el novio delante- ríe alguien en el otro extremo de la mesa.

- Ni te la imaginas, me iba el corazón a mil, yo que sé, amor a primera vista llámalo si quieres, el caso es que me daba igual mi novio y todo lo demás, quería conocer a Adán y el resto no me importaba. En cuanto pude me escapé del resto de la gente y me acerqué a él. No sabía por dónde empezar, pero estaba totalmente como hechizada…

- Es que se nota que Adán tiene magnetismo…- interrumpe su amiga.

- Enorme- asiente Eva.

-Vaya, vais a hacer que me ponga colorado- dice Adán, y ya que ha empezado a hablar, lo sigue haciendo: yo no había reparado en ella, lo siento cariño.- Eva lo mira con impostada fiereza antes de reír y apoyar su cabeza en el hombro derecho de su chico. -Desde mi posición no podía verla,- se justifica- pero, en cuanto empezamos a tratar todo fue maravilloso. Lo siento chicas- Adán hace una pausa y mira al resto de comensales- pero no es que Eva sea distinta, es que es mucho mejor que el resto, única, especial. Desde que la conoces no quieres buscar más, da igual a cuantas te quieran presentar, sabes que como Eva no hay más. Te engancha, te atrapa, te absorbe…

- ¡No digas eso!- protesta Eva golpeando con su mano el hombro del que acaba de despegar su cabeza.

- Pero si es verdad- se justifica Adán. Te absorbe para bien, en el sentido de que deseas quedarte con ella para siempre, quieres fusionarte con ella, ¿entendéis lo que quiero decir? No sé, es su manera de tratarte desde el principio, su delicadeza, su generosidad, siempre dando lo mejor de sí misma para hacerte sentir único, no sé, te abandonas, te dejas ir, sabes que en sus manos siempre estarás bien…

- Y es recíproco, ya lo he dicho, fue verlo y quererlo para mí para siempre- le interrumpe Eva.

- Pero, ¿dónde fue, en una fiesta?- vuelve a preguntar su amiga ahora ya sin ocultar sus dotes inquisitoriales.

- Sí, en algo parecido a una fiesta- dice Adán mientras Eva afirma con la cabeza y ambos recuerdan aquella noche en aquel Glory Hole.

domingo, 1 de agosto de 2021

Apertura española

"Karpov, Karpov, que hueles a Caldofrán", la réplica de la parodia viene a mi mente en ese preciso momento, haciéndome añadir un ja a la onomatopeya. Luego mi dedo pulsa el enter y la respuesta se pierde en el ciberespacio hasta llegar a su destinatario. Supongo que para él será un orgullo haberme hecho reír a carcajadas, aunque éstas sean escritas, mientras que para mí es sólo un movimiento más en esta partida múltiple que juego desde mi ordenador.


Ahora son seis los chats que tengo abiertos, dentro de un rato podrán llegar a ser diez, once tal vez. Detrás de cada uno de ellos un hombre, de distinta edad, distinto físico, distinta inteligencia. Todos contra mí solita; no importa, sé que puedo con todos ellos, a la vez, que los iré venciendo uno por uno, hasta que firmen su rendición. Me entretiene, diría más, me divierte mantener este tipo de conversaciones desde la tranquilidad de mi habitación. No me cuesta ningún esfuerzo encontrar la frase para responder a cada uno, de hecho me sobra el tiempo para volver a ver la parodia de Karpov en youtube o jugar a las cartas con mi ordenador. A ellos les cuesta más; buscan la réplica, tratan de excitarme, alguno incluso hasta de seducirme, y eso me deja tiempo para mantener todas estas conversaciones a la vez.


Ya hay tres que me piden que conecte la cámara. Yo decido siempre qué hago y con quién; cuando la partida se pone pesada deja de tener gracia, así que con una serie de movimientos rápidos destrozo sus estrategias, los voy arrinconando, haciendo caer sus torres hasta dejarlos por mate; se despiden diciendo que la próxima vez sí, que la próxima vez me enseñarán la gloria de sus penes. No me importa demasiado ahora que ha aparecido un galán entre el bosque de alfredolandas. Ya he hablado con él otras veces, lo conozco lo suficiente como para saber que vencerlo requerirá toda mi atención, así que me entretengo en cerrar todas las conversaciones, antes de centrarme en él.


- Me pongo como ausente pero sigo aquí, no quiero que me molesten- le digo. Él es lo suficientemente inteligente como para no hacerse el pretencioso y responde con un lacónico OK. Siguen unos movimientos de tanteo, para saber como respira el contrario, para ponernos al día y comprobar que no nos hemos olvidado. Me gusta, sabe cómo hablarme, cuándo hacerme reír y cuándo calentarme sin hacerme entrar en ebullición. Desgraciadamente está demasiado lejos como para pensar en hacer reales estas conversaciones y lo que surja. Lo que sigue soy yo cerrando el resto de pantallas. Ni vídeos, ni música, necesito concentrarme para jugar esta partida. Únicamente abro una carpeta para elegir la foto de perfil adecuada: mi mano abrazando mi propia teta, lo suficientemente explicita para saber en qué modo estoy, lo suficientemente casta para que no me bloqueen el perfil. Podría decirme a mí misma que es un movimiento trampa, uno de esos en los que haces creer al oponente que te has equivocado y le has cedido la iniciativa, pero en el que realmente sigues teniendo el control, pero ya he decidido que éste, al otro lado de la pantalla, merece firmar tablas.


- Te apetece cam??- le digo. Para entonces ya he visto su cuerpo en distintas fotos, las ha ido dosificando, aumentando la carga erótica a medida que la conversación adquiría esos derroteros. Algún otro día me pidió una foto de esas, pero le dije que no tenía. Es mentira, claro que las tengo, cuando menos se lo espere le sorprenderé con una imagen exclusiva para él, pero será en otro momento, otro movimiento en una partida que no me importaría que se eternizara.


La primera imagen lo sorprende; he orientado la cámara para que apunte directamente a mis braguitas. Sin embargo está lo suficientemente despierto (no está, lo es) como para no soltar un exabrupto:

- ¿Son corazones?- pregunta así, usando los dos signos de interrogación, por el estampado de mi ropa interior.

- No, son fresitas- le digo. Él dice que mejor, que tiene hambre, yo le digo que si se come primero el postre luego no va a querer comerme más, él dice que quien ha dicho que estuviera hablando de las fresas, yo me muerdo el labio, sonrío y apartando por un segundo la tela le enseño el plato principal. La conversación va ganando poco a poco temperatura, en paralelo al crecimiento del bulto bajo su calzoncillo. Dejo la cámara quieta, de manera que encuadre el final de mis pechos, mi vientre no demasiado perfecto y el ir y venir nervioso de mi mano entre el teclado y mi piel.


- Puedo verte la...?- pregunto con falsa timidez. A estas alturas sé de sobra que no hay hombre que no quiera mostrar su pene y cantar sus glorias; él, pese a que me pese, tampoco es una excepción. Va bajando poco a poco su boxer, hasta que la polla salta de la tela reclamando su espacio. Llevo el suficiente tiempo en internet para saber que las hay mejores, pero no está del todo mal. Le digo que me gustaría tenerla y por un instante él se queda sin palabras. Su manera de reaccionar es masturbarse para hacerla crecer un poco más. Luego se instala el silencio por unos instantes, hasta que él golpea con su rabo la mesa de su ordenador y yo le respondo gimiendo imaginando que son mis labios los que acaba de golpear con su rabo. Estoy cachonda de verdad. Mi mano desaparece bajo la tela de mi braga, los labios se pliegan al paso de mis dedos. Me toco, dibujo círculos con mi mano tratando de estimular el clítoris. Él asiste en silencio, sin reclamar la desaparición de mi ropa interior. Me deja mi tiempo y eso me gusta, no es de los que pide y pide, ni de los que suelta una burrada tipo te iba a reventar a pollazos, o que follada tienes, no. Él se toma su tiempo, luego su mano abandona su polla y escribe. Yo leo, sin pelos y con señales, la descripción detallada, y casi puedo sentir los aleteos que, dice, su lengua va a prodigar en mis labios. Quizás en otras ocasiones tenerlo ahí, arrodillado y entre mis piernas supusiese mi victoria, pero esta partida es distinta.

- Dámela- le digo, y él acerca la polla tanto a la cámara que casi estiro la mano para alcanzarla. Después observo, sus manos desapareciendo de plano para escribir, y mientras yo leo y me caliento con su respuesta, sus manos vuelven a asirse al mástil. Mientras él vuelve a teclear, yo me recreo en la descripción, en cómo dice que me va a tirar de los tobillos hasta acercarme a su cuerpo, va a acercar su polla, la va a pasear por mis labios y en el momento en el que menos me lo espere me la va a colar entera de un sólo golpe; luego, sigue apareciendo en mi pantalla a medida que él escribe, me va la va a sacar despacio, casi entera, sólo dejando el capullo preso en la entrada de mi vagina y va a volver a empujar. Yo, más que excitada, me contorsiono para, sin tener que levantarme, conseguir quitarme las bragas. Las levanto, las muestro ante la cámara, él entre emoticonos haciéndoseles la boca agua dice que le gustaría olerlas, yo río, él dice que habla en serio, y muy en serio yo me quedo pensando que tal vez, si esto sigue repitiéndose en el tiempo, quizás debiera pedirle la dirección y mandárselas para descargar en ellas sus finales.


- ¿Dónde estábamos?- dice él.

- Estabas follándome- le recuerdo.

- Siempre estaría follándote ;-)- escribe él y me siento sonreír como una idiota. Para devolver la conversación al punto de no retorno bajo la cámara, la centro en mi sexo, y ayudándome de un par de dedos separo los labios y le muestro mi coño abierto. Se queda embobado por unos instantes, sé que ha caído por él y le cuesta remontar desde las profundidades; luego vuelve a teclear: fóllate para mí, dice. Acerco mi dedo índice, lo paso por el clítoris y finalmente presiono lo justo para colar la primera falange. Él espera, me muestra como se masturba pero mi vista ya no está fija en la pantalla. Ahora que con la cámara orientada hacia abajo sé que no corro el riesgo de enseñarle la cara, miro la acción de mis dedos. Sólo cuando el sonido me advierte de un mensaje nuevo levanto la vista para leerle pidiéndome más. Yo obedezco, sumo otro dedo y una nueva falange.



Cada vez más rápido, imagino la consistencia de una polla dura en lugar de mis dedos entrando y saliendo. El calor me va ganando, recompongo la postura en mi silla para seguir masturbándome. Con los párpados a medio caer levanto la vista; se sigue pajeando para mí, mostrándome orgulloso su pene enrojecido por la fricción. En mi coño también estoy a punto de conseguir hacer saltar chispas.

- Chúpate los dedos- veo en un momento dado. Tengo que volver a leer. Sabe que no tolero que me den órdenes, pero por esta vez se lo perdono, imagino que está tan excitado como yo y que ha buscado el modo más breve de decir que él lamería mis deditos empapados en flujos hasta emborracharse de mí. Hago caso omiso, mis dedos no abandonan mi coño pero sí incremento el ritmo. No es para él, es por mí, la humedad ha ido aflorando y ya casi chapoteo. Sumo la otra mano, restriego la pipa sin parar de meterme, ya enteros, dos dedos en un frenético ir y venir por mi coño. Me voy descontrolando, ya no necesito leer sus frases. El momento de la excitación ha quedado atrás y ahora me basta a mí solita para continuar ante su mirada. Separo las piernas todo lo que la silla me permite, sigo colando los dedos de la mano diestra mientras que la otra mano alterna viajes entre mi clítoris y mis pechos.


Gimo, me muerdo el labio y ya no sé si es parte del juego o es que simplemente deseo correrme. Desearía algo más contundente que mis dedos, miro a mi alrededor pero no tengo ningún juguete a mano y no puedo parar. Froto mi pipa todo lo rápido que puedo, hasta que el antebrazo se me empieza a cargar. Mis dedos han abandonado el ritmo, ahora penetran y se quedan enterrados por minutos. Quiero correrme, se lo digo sin recordar siquiera si había encendido el micrófono. Da igual, él entiende que ha llegado el momento. Muevo mis manos todo lo intenso que puedo, en un gesto natural, nada forzado. Sé que tengo su mirada fija en la pantalla, que lo he llevado donde he querido y que espera impaciente el momento en que mi cuerpo deje de convulsionarse para incrementar el ritmo de su paja y eyacular para mí. Lo hace, mientras mi cuerpo todavía se agita al ritmo que marca el palpitar de mi coño, él recoge en una toalla vieja el fruto de su corrida.


- No ha estado mal, verdad? Besitos, chau- escribo antes de que la conversación se alargue y yo corra el riesgo de olvidar que esto es sólo un juego.

miércoles, 21 de julio de 2021

En el amor y en la guerra



Desnudos y entre palabras

hablar del pasado

se convierte en un campo minado

en el que los silencios

silban como balas

cuando pasan entre cuerpos

heridos de metralla.


Sé que hay heridas

que no se muestran en la cara

pero desangran en el alma.

Sé que a todo buen soldado

le acompañan los fantasmas

de guerras que terminan

con largos domingos de noviazgo


Pero también sé que, en toda guerra,

llega el momento de izar bandera blanca

cicatrizar el pasado,

detener las batallas

liberar cautivos de ambos bandos

llamar a la paz con un tratado

que diga, si tú quieres, yo siempre estaré a tu lado.

miércoles, 7 de julio de 2021

Lunares

Dudo un instante. Está ya a mi merced, lo veo rendido, entregado, siguiendo con la mirada el balanceo de mis pechos al moverme; pero no, lo necesito aún más sumiso. Se deja hacer cuando agarro su brazo y lo levanto. Un fular espera ya atado al cabecero de la cama, luego basta rodear su muñeca y ceñir el lazo. Ríe y trata de besarme estirando el cuello. Insolente. No necesito de espejos para saberme con el rictus serio cuando repito la operación con la mano izquierda. Puede que no sea una experta, pero soy una mujer de recursos; a falta de material específico para la dominación, una larga bufanda de invierno hará las veces de muñequera. Rodeo con un par de vueltas los hierros de la vieja cama, vestigio de tiempos en los que los muebles se diseñaban para varias vidas, y que, de mudanza en mudanza, había llegado hasta mí; nunca me terminó de gustar, hasta que aprendí a sacarle valor.

Desciendo de la cama y como un artista haría con su obra, lo observo desde la distancia. No se debate, pero sus manos se mueven ligeramente tratando de aflojar los nudos; quizás he apretado demasiado, pero no tengo intención de liberarlo. Apago la lámpara y la estancia queda iluminada solamente por una luz tenue, anaranjada, que se filtra a través de los postigos a medio cerrar. Dejo que siga con la vista mis movimientos, hasta que, deteniéndome, comienzo a quitarme las braguitas. Una sonrisa resplandece en su cara. Más aún cuando alargando el brazo le muestro la ropa interior; cuando la dejo caer a mis pies, su mueca de decepción es inversamente proporcional a mi excitación. Camino, compruebo que sus movimientos no han aflojado demasiado los nudos. Ahora que me tiene desnuda y a su lado es cuando verdaderamente lamenta no poder usar las manos. Vuelvo a subirme al colchón. Mi cuerpo busca acomodo y al final lo encuentra. Arrodillada, enmarcando entre mis piernas flexionadas las suyas, lo miro; me pregunto qué será capaz de advertir en mis ojos.

Cuando he captado toda su atención mi cara desciende hasta posar los labios en su vientre, ligeramente por encima del ombligo. Suave, como en un vuelo de mariposa, beso cada uno de sus lunares, moviéndome de izquierda a derecha, saltando por su piel. Cuando llego a la altura del pecho saco la lengua y sigo recorriendo su anatomía, lamiendo sus pecas como si fueran de chocolate; al llegar a su cuello un lametazo largo trepa por él. Apenas tres centímetros me separan de su boca; dejo que sienta el aliento cálido que escapa de la mía. Un movimiento rápido e imprevisto le permite arrancarme un beso. Me separo, vuelvo a bajar. Mi boca se apodera de sus tetillas; las pellizco entre mis dientes, tiro débilmente de sus pezones, los hago endurecerse jugando en ellos con la lengua. Me divierte torturarlo, mirarlo desde esa perspectiva, sentir el deseo en sus ojos y los espasmos de su pene, crecido y abandonado, contra mi piel.

Vuelvo a posicionar mi cara frente a la suya. Tomo precauciones y esta vez dejo más espacio entre nuestras bocas. Aún así lo intenta, dos veces. Trata de volver a besarme, pero estoy rápida y lo evito. Río y él me imita. Suplica sin palabras, yo chisto y muevo el dedo de lado a lado en señal de negación. Cuando lo intenta de nuevo mi respuesta es más contundente, mi mano derecha empuja con fuerza su cabeza hasta que el choque de su nuca con los barrotes de la cama provoca un sonido metálico y mi susto. Al comprobar que no se queja demasiado soy yo la que lo beso, con fuerza, casi con rabia, estirando entre mis dientes su labio inferior al separarnos. Debe entenderlo: mi cama, mis reglas, mis besos.

Vuelvo a su piel; la yema de mi dedo índice dibuja todas las constelaciones posibles uniendo sus lunares: me pasaría la vida recorriéndolos. Caricias y besos, no necesito más para llevarlo a la máxima excitación. Cuando mis labios ascienden por su cuello y se pierden en juegos en el lóbulo de su oreja, se deja hacer, ha comprendido que soy yo quien manda.

- Ahora tú- susurro a su oído. Mi cuerpo se yergue ligeramente, me acerco a él. Le toma por sorpresa al principio, luego poco a poco va mostrando más iniciativa. Le ofrezco mi vientre, mi dedo señala cada punto donde deseo recibir sus besos, e inmediatamente él posa sus labios. Sin prisas, aunque su cara intente dirigirse a mi pubis, aunque a mí también me gustaría recibirlo en mis senos, sigo marcando cada rincón de mi piel donde se dibuja un lunar para que él corresponda a mi juego.

Me incorporo. Sin poder valerse de sus manos para manejar mi cuerpo, debo ser yo la que administre los tiempos, las distancias, y he creído llegado el momento de ofrecerle un poco más de mí. Lo miro y permanezco inmóvil hasta que hago que me corresponda; observo su cara, el deseo propagándose por cada rincón de su cuerpo. Luego comienzo a moverme, a caminar torpemente sobre un colchón demasiado blando, hasta que me aproximo tanto a él que mi bajo vientre va empujando su cabeza, hasta que ésta vuelve a topar con los hierros de la cama, inmovilizándolo. Ahora que lo sé sin escapatoria restriego mi pubis contra su cara y tras aumentar el deseo, elijo el momento de invitarlo a descubrir mi sexo. Mi cuerpo adopta la mejor postura; siento el roce de su nariz en mis labios, el calor y humedad de su boca que tan bien combinan con mi propio calor y mi propia humedad. Siento su lengua tímida asomar buscando los labios, el clítoris. Quizás en otra postura, quizás usando sus manos; no está cómodo pero trata de disimularlo y eso me gusta casi tanto con los aleteos de su lengua en mi sexo. Soy yo la que me muevo, centímetros apenas, un ligero ondular casi imperceptible para cualquiera, pero no para mí, que padezco la carnosa suavidad de su lengua moviéndose por cada rincón de mi coñito. Mis dedos le facilitan la tarea; separo los labios y le ofrezco toda la profundidad de la vagina. Él fuerza la garganta y de inmediato un baño de saliva es proyectado por su lengua, mezclando sus fluidos con los míos, sumándole grados a mi estado de ebullición. Cada viaje de su boca, el roce de mi clítoris con sus labios, me calienta más y más. Mi mano diestra inicia un recorrido por mi cuerpo, vagabundea en mi vientre, sintiendo ese calor que me consume, asciende a mis pechos, acariciándolos, estrujándolos. Como tantas otras veces en el silencio y oscuridad de mi cuarto, quisiera sumar mis dedos al hacer de su boca, pero en el camino encuentro su cabeza y tan sólo los deslizo hasta su coronilla para empujar su cara contra mi piel.

Apenas si respira; yo soy su oxígeno, yo soy su alimento. Sin pausa, sólo su lengua en un ir y venir sin descanso se dedica a no dejar de avivar el fuego. Siento próximo el orgasmo pero no lo prevengo, dejo que siga entregado a su tarea. Así es como lo quiero, entregado y dócil, mezclando pasión y dulzura. No puedo contener mucho más las ganas y empujando su cara contra mi piel me dejo ir entre las convulsiones de mi cuerpo.

Al apartarme me mira. Yo todavía respiro pesadamente, sintiendo los últimos estertores del orgasmo que ha recorrido de punta a punta mi cuerpo. Leo en sus ojos una súplica, desátame, pero resisto su mirada lastimera y mis ganas. La próxima vez quizás; me muero por sentir sus manos agarrándome con fuerza, guiando mis movimientos, el juego de sus dedos en las partes más sensibles de mi cuerpo. Pero no ahora, no esta vez. Muevo la cabeza de lado a lado, haciéndole ver que no, no voy a atender su petición, todavía no terminó el castigo. A cambio lo recompenso con un beso en el que me impregno de mi propio sabor. Me sorprendo lamiendo la comisura de sus labios, queriendo degustar en su cara hasta el último rastro de mi corrida. A medida que mi cuerpo se va encogiendo vuelvo a besar los lunares que, cual frutos, cuelgan en su cuello, sus hombros, su pecho. Lo quiero montar. Estiro la mano para tentar su sexo; duro y crecido. Lo guio sin dejar de mirarlo a la cara, quiero captar todas sus reacciones. Cuando siente el roce de mis dedos una sonrisa asoma en sus labios; cuando restriego su pene para dejarle sentir el calor de mi concha, una mueca se le dibuja en el rostro, y cuando por fin hago desaparecer su polla en mi interior, su expresión es de profunda satisfacción. Yo sonrío. Adapto mi cuerpo y sonrío antes de empezar un ligero balanceo con el que mecer su miembro.

Trato de contenerme, el cuerpo y la situación me piden sus manos acompañando los subibajas. Él tampoco está cómodo; cansado y en una postura forzada, con los brazos en cruz atados a ambos lados de la cama, a la altura de sus hombros. Para evitar mostrar síntomas de debilidad, acelero un poco el traqueteo y mi sexo de inmediato se alivia en un baño de flujos. Trato de elevarme, de ofrecerle mis pechos, pero si para acercarlos a su boca tengo que dejar escapar su polla de mis entrañas, no merece la pena. Así que vuelvo a dejarme caer, a botar rítmicamente, a clavarme su dureza todo lo que nuestros cuerpos dan de sí. Mi sexo es ya un manantial en el que la humedad constante se precipita como en una cascada. Doblo el cuerpo, bien hacia delante, bien hacia atrás, estirándome hasta que su polla dura amenaza con quebrarse como una rama incapaz de soportar el peso de mi florida primavera.

Apoyo las manos en su pecho. La luz de la noche ha ido cambiando, ahora apenas si en su piel se distinguen unas cuantas pecas que, por el movimiento de mi cuerpo, parecen titilar en el firmamento. Contraigo los músculos, mi vagina se aprieta buscando que el placer vuelva a licuarse. Ya no cuento los orgasmos, prefiero sentirlos extendiéndose por toda mi piel, desde los dedos de los pies agarrotados hasta los pezones erizados. Cabalgo con más ganas, paso del trote al galope tendido; los párpados van cayendo, ciego la vista buscando que el resto de sentidos se agudicen. Parece que funciona, escucho el salpicar de fluidos en el chocar de nuestros cuerpos al tiempo que un aroma dulzón compuesto de múltiples matices penetra por mis fosas nasales. Las uñas se me tornan en garras para dejar mi rastro en su costado. Aprieto el paso, llevo mi cuerpo a la extenuación, me muevo sobre su rabo con todas mis ganas. Sé que una nueva descarga es inminente, adivino mi rostro, los ojos caídos y mordisqueándome el labio. Gimo sin demasiada estridencia, llevo la mano rápidamente a acelerar el efecto frotando el clítoris. Me voy, una vez más me voy. Todo se acelera hasta explotar y dejarme ir lento; mi cabeza ha ido venciéndose hasta terminar con la frente apoyada en la suya. Poco a poco vuelvo en mí. Escucho su respirar pesado, casi jadeante; ese es el primer signo. Luego, cuando abro los ojos y encuentro esa expresión extraña, entre satisfacción y petición de disculpa en su mirada, voy comprendiendo. Se ha corrido; incapaz de soportar las contracciones de mi orgasmo, su sexo ha reventado. Ahora lo siento, noto su semen espeso resbalando en mi interior. No sé cómo sentirme, si orgullosa de haberlo llevado al orgasmo o contrariada por tener que contentarme de momento con lo vivido. Reprimo las ganas de agradecerle el rato con un beso y a cambio me esfuerzo por que la mezcla de nuestras respectivas corridas no manche demasiado las sábanas.

- Por favor, princesa- escucho mientras salgo de la habitación para lavarme. No lo he desatado, ya veré si lo hago o continúo castigándolo. Haber terminado sin que yo le diera permiso es un buen motivo como otro cualquiera. Aunque quizás le dé una oportunidad, quizás me premie a mí misma con el hacer de sus manos si es capaz de decirme cuántos lunares adornan mi torso.

viernes, 25 de junio de 2021

Ulises y el doctor


El doctor Peralta apenas si separó la cabeza del papel para mirarlo de manera inquisitorial por el escaso hueco que quedaba entre la montura de la gafa y la ceja. Cuando Ulises le habló estaba a punto de terminar de rellenar las recetas de los medicamentos para la mamá del muchacho, y con la pluma suspendida medio centímetro sobre el papel se había quedado petrificado al escuchar a aquel joven, que más que un enfermo más, era el último de una saga de pacientes a los que el doctor Jacinto Peralta había atendido desde que se hiciera cargo del dispensario médico de Villa Torre. Por eso, porque conocía al chiquillo desde antes incluso de nacer, la petición de Ulises le había dejado tan descolocado. Como si la quietud del doctor se fuese a romper al oír su voz, el joven Ulises repitió:

- Necesito hacerme la prueba del sida-. Con lo que le había costado romper su timidez para decirlo la primera vez, repetir la frase era casi un castigo. El doctor Peralta terminó de firmar las recetas que a medio completar aguardaban su pluma, las ojeó para comprobar que todo era correcto, aparentemente ajeno a lo que Ulises le había pedido, y finalmente se dignó a levantar la cabeza y mirar el rostro nervioso que se dibujaba al otro lado del escritorio.

- ¿Quién es la muchacha?- quiso saber el médico. Ulises, sentado en el extremo delantero de la silla se balanceó un poco, movió la cabeza ligeramente, se atusó el cabello, moreno, largo, siempre tan bien peinado y hoy un tanto revuelto y sucio, bajó la cabeza y no respondió. -¿No me quiere decir?, no se apure, yo le firmo el volante y listo. Usted venga mañana para hacerle la extracción y ya le dirán-. El doctor Peralta habló con un tono bonachón, luciendo una sonrisa amplia que tal vez pretendía tranquilizar a Ulises, aunque éste apenas si levantó la mirada del piso ya cuando el doctor ponía el capuchón a la pluma y la guardaba en el bolsillo del pecho de su chaqueta.


La angustia de tres días de espera se reflejaba en el andar pesado de Ulises cuando entró en el consultorio para recoger sus análisis. La enfermera que lo atendió cuando fue a sacarse la sangre lo notó nervioso. Le preguntó si le asustaba aquello y Ulises negó con la cabeza; lo que realmente le aterraba era saber que al cabo de un par de días volvería a estar allí, esperando el veredicto en forma de papel. Cuando se acercó al mostrador y vio que era la misma enfermera que la otra vez, sintió un cierto alivio por no tener que contar a nadie más el motivo de sus visitas. Sin embargo cuando llegó su turno, la enfermera le indicó que el doctor Peralta había pedido sus análisis y se los entregaría en persona. Instintivamente Ulises giró la cabeza, y al ver cerrada la puerta del despacho del doctor, se dijo que todavía podía huir. Para su desdicha, la enfermera había actuado por él, llamando por línea interna a su jefe y amablemente le decía: puede pasar, el doctor lo está esperando.

Como un fantasma colgado del perchero, lo primero que vio Ulises fue la bata blanca del médico. Luego su mirada siguió un camino ya conocido por los títulos y diplomas que poblaban las paredes y entre los que se colaban un par de acuarelas de paisajes de campo que bien podrían ser los que se extendían por kilómetros más allá de las últimas casas de Villa Torre. Finalmente la mirada de Ulises dio con el doctor Peralta. Vestido impecablemente con camisa blanca, corbata azul marino y con la chaqueta negra colocada en el respaldo del asiento, lo miraba atentamente mientras el joven Ulises caminaba los pocos pasos que le restaban hasta ocupar su plaza al otro lado de la mesa.

- Siéntese, ¿cómo siguen sus padres?- preguntó para romper el hielo.

- Bi…bien- titubeó Ulises.

- Me alegro- dijo el doctor antes de que el silencio se instalase en la estancia. Cuando por fin el doctor hizo ademán de abrir el primero de los cajones de su escritorio, Ulises no pudo evitar seguir ansioso el recorrido de la mano. Ahí estaban, en ese sobre blanco que el doctor sostenía, con su nombre y apellido garabateados en la parte frontal, concentrados todos sus miedos y angustias. -Salió negativo- dijo el médico en un tono que no correspondía con la buena noticia. Ulises respiró y estiró el brazo para alcanzar el sobre, pero en ese momento el doctor Peralta retiró la mano en la que sujetaba los resultados del análisis. ¿Ahora sí me va a contar?- preguntó. Ulises apartó otra vez la mirada, como tantas veces. Siempre había sido un chico tímido, educado, cortés, buen estudiante, pero terriblemente tímido. No hablaba si no era estrictamente necesario, y mucho menos era proclive a contar sus intimidades, ni siquiera al doctor, ni siquiera ahora que tenía una buena noticia.

- ¿Usted sabe quién fue Hipócrates, Ulises?-

El joven niega con la cabeza todavía gacha.

- Hipócrates fue un médico de la antigua Grecia, ya ve. Uno de los primeros doctores famosos. ¿Y tampoco sabrá entonces en que consiste el juramento hipocrático, claro? Consiste en que el doctor no puede revelar información sobre sus pacientes, así que conmigo Ulises puedes estar tranquilo, tu secreto estará a salvo. Siempre lo había sospechado, no sabría decirle por qué, pero siempre lo había intuido, tal vez por sus maneras delicadas, por su apego a su mamá, siempre junto a ella. O tal vez por esos pelos que me lleva, siempre tan largos,- el doctor se había puesto en pie y caminando por el despacho había llegado al lado de Ulises- aunque dicen que ahora es la moda así, qué sé yo si soy un viejo cincuentón- dijo riendo. El joven Ulises Regueiro, al sentir la presencia del doctor junto a él y sus palabras desvelando sin preocupaciones su secreto, se había armado de valor para levantar la vista y seguir el recorrido aleatorio del doctor. – Lo ve, siempre lo he sabido y nunca me ha preocupado, ni siquiera cuando hace años su mamá vino a verme asustada, queriéndome decir pero sin atreverse a hacerlo, pero el otro día, cuando vino a pedirme lo que me pidió, me extrañó de usted. Por eso le pregunté lo de la muchacha, por si se animaba a contarme algo, aunque bien sabía yo que no era ninguna muchacha, al menos ninguna de Villa Torre. Ya ve… todos tenemos secretos, pero el suyo no lo es para mí, así que conmigo no tiene que falsear su ser. En primer lugar porque no es asunto mío, ni de nadie,- añadió- y en segundo lugar porque no pasa nada, mi hijo. Si acaso, y si me acepta un consejo- el doctor buscó la complicidad en la mirada del muchacho- búsquese uno que no sea tan salvaje- concluyó señalando con la mano los arañazos que Ulises tenía en la parte lateral izquierda del cuello y que había intentado disimular subiendo su camisa. Avergonzado e instintivamente el joven se llevó la mano para cubrir los restos de su último encuentro sexual.

No sabría determinar si habían pasado segundos o minutos, pero en un momento dado Ulises sintió la necesidad de levantarse. Lo hizo ligero y extrañamente hablador: mi mamá dice que debería ir al psiquiatra-. El doctor lucía una sonrisa limpia cuando acompañándolo a la puerta le dijo: si necesita hablar con alguien, venga a verme, acá o mejor en mi casa. Y ya me ocuparé yo de hablar con su mamá cuando se mejore.


Cuando un par de semanas después Ulises lo llamó, Jacinto Peralta lo citó directamente en su casa. Todo el mundo en Villa Torre conocía cuál era la casa del médico, de hecho era tan frecuente que las urgencias llegasen allí como al consultorio. Cuando el joven llegó, el doctor lo recibió elegantemente vestido, con un pantalón oscuro, una camisa celeste y un pañuelo de seda asomando del bolsillo de la chaqueta. Lo hizo pasar, preguntó si quería tomar algo, e insistiendo tras la primera negativa de Ulises, finalmente se dirigió a la sirvienta pidiendo que le llevaran al despacho dos aguas de limón. Por teléfono no habían hablado del motivo de la visita, ni uno se animó a confesarlo ni el otro quiso saberlo, aunque los dos sabían de qué se trataba.

- Veo que su amante se ha amansado- bromeó el doctor sobre la ausencia de arañazos en el cuello del muchacho en cuanto la puerta del despacho se cerró.

- Aquello terminó- aclaró Ulises.

- Vaya, lo siento- dijo el señor Peralta, y para aliviar algo la tensión, añadió: de todas maneras esas no eran formas de tratar a alguien tan delicado como usted-. Ambos sonrieron brevemente. Cuando se sentaron en las sillas, cada uno a su lado de la mesa, la seriedad había regresado a sus rostros. -¿De qué querías hablarme?- preguntó el doctor en el momento que llamaron a la puerta y Rosita, la criada, les llevó en una bandeja sendos vasos de agua de limón con hielos. Ulises esperó a que la puerta se volviera a cerrar de nuevo para contestar: es por lo del otro día.

- Cuénteme- dijo el doctor reclinándose en su asiento.

- Es eso, pero… no es eso- empezó a decir dubitativo el joven.

- Uy, nunca se me dieron bien las adivinanzas- relajó la situación Peralta. Ulises volvió a esbozar una sonrisa en sus labios carnosos antes de soltarse a hablar: no sé cómo lo ha sabido, con lo que me he esforzado yo todos estos años en que nadie pudiera sospechar nada, pero usted ya lo sabe, me gustan los hombres. Sólo usted y mi mamá lo saben… bueno, y él- dice Ulises y su mirada ascendente delata un viaje de la mente hacia otra parte. -El caso es que no es únicamente eso…- el joven trata de encontrar las palabras- o sí, no sé, estoy confundido. Antes de que fuera a visitarlo al consultorio yo ya… no era la primera vez, no se crea.-

- Mirá vos- le interrumpe el doctor. Ulises se toma las palabras del médico como una broma, vuelve a dejar asomar el brillo de sus dientes entre los labios y continúa: el caso es que cuando aquel hombre me hacía suyo, me sentía bien, pese al dolor y esas cosas, pero no terminaba de ser yo. Necesitaba algo más. Sólo me siento completamente yo cuando me visto de mujer, cuando me quedo solo en casa y me encierro en el cuarto de mi mamá y me pruebo sus ropas, cuando me pongo sus faldas, sus vestidos. ¿Eso ya sí es muy raro, verdad doctor? Un día que quedé con él acudí vestido de mujer y se enojó muchísimo, me insultó y me hizo las heridas que usted vio y otras que no le quise enseñar-.

El doctor Jacinto Peralta se sonríe por las confidencias de aquel muchacho que apenas está empezando a descubrir su sexualidad. Por unos instantes duda cómo abordar la situación hasta que finalmente se decide por tranquilizar al joven no dándole mayor importancia: usted pruebe, juegue, descúbrase, vístase de mujer si eso es lo que siente, pero no deje que nadie le amargue la existencia- le dice acompañándolo hacia la puerta.


- ¿Fernanda?- pregunta sorprendido el doctor.

- Fernanda- asiente el joven. Ese es el nombre con el que se refiere a la imagen vestido de mujer que le devuelve el espejo.

- Pero si es un horror, un nombre de mucama- dice alzando la voz Peralta, -eso sí que se lo voy a tener que cambiar- concluye riendo. El motivo de la nueva visita de Ulises a la casa del doctor ya no importa. Esas presencias se han hecho tan recurrentes que no es raro que el muchacho se quede a cenar con Doris y Beatriz, la esposa y la última hija del doctor, la única que permanece soltera. - ¿En serio Fernanda?- vuelve a preguntar Peralta. Ulises afirma con la cabeza, incapaz de aguantar la risa ante la cara de perplejidad del doctor. Finalmente ambos dejan explotar su complicidad en una sonora carcajada.

Aquella misma noche, tras un rato de sobremesa entre Ulises, el doctor, su esposa y la hija de estos, el joven y el señor Peralta se encierran en el despacho. A Doris le dice que esas visitas tan recurrentes, esas cenas que se alargan, y las horas muertas encerrados en el despacho son porque quiere hacer de aquel joven un hombre de provecho, que le da una mano porque el joven sirve, es inteligente y trabajador, y que con su ayuda podría ser alguien en la vida. Sin embargo en la bolsa que celosamente ha guardado el muchacho toda la velada junto a sus pies no hay libros, ni papeles con fórmulas o cálculos, sino ropas de mujer que ahora, en la soledad de aquel cuarto extrae con un gesto de felicidad y sumo cuidado, como si fueran preciadas reliquias. Es la primera vez que va a enseñar a alguien su yo más femenino. Ulises ha escogido voluntariamente situarse en un rincón, desvestirse tras el biombo del que dispone la consulta del doctor, quien, aparentemente distraído deja hacer al muchacho, no en vano lo ha visto desnudarse unas cuantas veces de igual manera en el trabajo, cuando se trataba de una enfermedad y había que auscultarlo o palparlo.

- ¿Una mujer con calzones?- el profesor Peralta no estaba tan despistado como parecía, y ha observado que entre las ropas que Ulises se iba quitando y colocaba sobre la parte alta de la pantalla no estaba la prenda interior. – Termine, que voy a ver si le puedo ayudar-.
El doctor abandonó la estancia y se dirigió hacia el cuarto de la lavandería, junto al fregadero, donde Rosita la criada se afanaba con la vajilla de la cena. El doctor se excusó, dijo que creía haber olvidado un papel importante en el bolsillo de la camisa que había dejado para lavar, eso le sirvió para rebuscar entre las ropas sucias buscando lo que necesitaba. Cuando regresó echó la llave a la puerta del despacho y al girarse encontró ya a Ulises transformado en Fernanda, con un vestido largo color verde oscuro y unos motivos marrones, tal vez flores, que parecía tener ya unos cuantos años pero no aparentaba mucho uso.

- Yo le traía esto- dijo sacando algo del bolsillo. El consultorio particular del doctor estaba tan sólo iluminado por una lámpara de mesa que dejaba en penumbra casi toda la habitación, y como lo que le enseñaba el doctor era poco más que una pelota de tela, a Ulises le costó entender que le estaba ofreciendo unas bragas. El joven estiró la mano con ilusión, nunca había tenido unas; coger prestadas las de su mamá para vestir a Fernanda le parecía demasiado. Quiso volver a esconderse detrás del biombo, pero la mano del doctor lo agarró del brazo:

- Recuerde, conmigo no hace falta que se esconda- le dijo. Ulises trató de levantar la amplia falda del vestido para quitarse los calzoncillos, pero una vez más el doctor Peralta le interrumpió: así no hombre, como las señoras. Venga que yo le ayudo. El médico caminó hasta situarse a la espalda de Ulises, este intentó seguir el recorrido, pero el ángulo y la sombra pronto le ocultaron. Sintió los dedos del doctor en la parte baja de su melena negra, junto a su nuca, y el sonido de la cremallera del cierre del vestido comenzando a bajar muy despacio. Siguió el recorrido guiándose por el roce del dorso de la mano del doctor bajando por su espalda. Cuando quiso darse cuenta, el vestido de su mamá estaba caído a sus pies. Volvió a escuchar los pasos del doctor, orbitó en torno a él y volvió a verlo aparecer hasta que se plantó frente a él. Con un gesto, sin decir nada, le hizo ver que debía terminar de desvestirse. Ulises comenzó a quitarse los calzoncillos con miedo. Volvía a quedarse desnudo ante un hombre, frente a un hombre se iba a vestir de Fernanda y el recuerdo de la dolorosa última vez que lo había hecho volvió a su mente. Su desnudez lo molestaba, enseguida se tapó sus partes con las manos, sin embargo el doctor Peralta no parecía darle importancia.

- Tiene una pija chiquita, no creo que le molesten demasiado. Son de Beatriz- le dijo tendiéndole en su mano abierta la prenda que le faltaba para que Fernanda fuera toda una mujer. Ulises actuó rápido, en apenas un par de movimientos las bragas estaban en su sitio y el vestido comenzando a subir. El doctor volvió a caminar, a situarse a su espalda; esta vez la mano del médico subió la cremallera desde la cintura hasta el cuello. En un silencio en el que Ulises casi podía oír el acelerado compás del corazón de Fernanda aguardó mientras Peralta lo miraba.

- Se ve linda- dijo por fin. Ulises/Fernanda sonrió, ni siquiera el roce en sus ingles de unas braguitas demasiado pequeñas podía molestarlo en aquel instante. – Creo que otras ropas le vendrían mejor, pero se ve linda. Algún día llevaré a Fernanda a comprar ropitas, si me permite, claro-. Ulises lucía un brillo mágico en sus ojos marrones. Hubiese abrazado al doctor, lo hubiera besado, a saber qué más le habría hecho si al doctor, claro, le hubiera gustado.


Cuando dejan atrás San Martín, Ulises gira la cabeza para ver alejarse el pueblo. Cuando después de días preguntándole cuando cumpliría lo prometido de llevarle de tiendas, se montaron en el auto, el joven supuso que no se quedarían en Villa Torre, donde los rumores vuelan y los secretos son tan difíciles de guardar, pero no imaginaba que el viaje sería tan largo. Hacía ya más de una hora que el doctor Peralta conducía su viejo Mercedes, los campos y las fincas desfilaban por las ventanillas y la marcha sólo se detuvo un instante en Casasnuevas para repostar y tomar un refresco en un puesto callejero. Para aquella salida Jacinto Peralta había pensado a lo grande, aunque no le había dicho nada a Ulises. Los ojos del joven se maravillaron cuando vieron aparecer los primeros carteles que indicaban la proximidad de la Capital Provincial. En aquellas tierras las distancias eran grandes y si no había necesidad de desplazarse, y casi nunca la había dada la tranquilidad de la vida que llevaban sus habitantes, viajar a la capital era algo que muchas gentes no hacían más que unas pocas veces a lo largo de su existencia y siempre por motivos importantes. El suyo lo era, al menos para Ulises. Acostumbrado a las casas bajas de su localidad, el muchacho miraba más tiempo hacia el cielo siguiendo la línea de los altos edificios que hacia el suelo. El doctor Peralta, más acostumbrado, tenía que apremiar a Ulises para que caminara. Delante de una enorme cristalera se detuvo; cuando Ulises llegó a su altura, sus ojos brillaron al ver los tres maniquíes que vestían aquellas ropas que le hacían fantasear. Las mujeres en Villa Torre, su madre incluida, acostumbraban a vestir vestidos largos, amplios, si acaso alguna blusa colorida y Ulises siempre había imaginado a su otro yo vestido como las mujeres que conocía. Sólo cuando veía alguna película extranjera, con aquellas mujeres sofisticadas y elegantes, se permitía soñar con otras vestimentas, aunque en su fuero interno supiera que nunca accedería a ellas. Por eso aquel día, cuando entraron en el almacén miró al doctor Peralta entre nervioso y emocionado.

Acostumbrado al trato personal de la tienda unisex de su pueblo, Ulises disfrutó paseándose por los colgadores, tocando las telas, observando colores y formas. Cuando una vendedora se les acercó, los nervios regresaron.

- ¿En qué puedo ayudarlos?- dijo la joven. Afortunadamente para Ulises, el doctor Peralta tomó las riendas de la conversación.

- Estábamos buscando algo de ropa para su hermana, que la semana que viene comienza a trabajar en un bufete de abogados- respondió el doctor con una seriedad que hizo reír a Ulises. Cuando la dependienta les hizo seguirla, el médico y el muchacho se miraron cómplices. Ya casi le daban igual las ropas, dejaba su vestimenta al antojo del profesor y de la vendedora.

- ¿Cómo secretaria?- preguntó la joven.

- Sí, sí, un despacho muy prestigioso- se apresuró a decir Peralta.

- Entonces le recomiendo una blusa blanca, satinada quizás, y una falda negra, ceñida. Aquí tienen algunas-.

- ¿Tú crees que le gustarán a Fernandita?- preguntó el doctor volviéndose hacia Ulises.

- Le encantarán- dijo él. La vendedora les indicó las distintas tallas, ellos dijeron que la hermanita tenía un tipo muy parecido al muchacho, que se apañarían, la joven les dejó solos tras decirles que si tenían cualquier problema la buscasen de nuevo. El doctor eligió el uniforme que la joven dependienta les había sugerido, superados quizás por las múltiples posibilidades de elección. Cuando a su lado pasó otra dependienta vestida con el mismo uniforme, el señor Peralta la detuvo: - discúlpeme, ¿tienen zapatos?-.

- Pa, Fernandita tiene unos pies muy grandes, capaz que aquí no tengan de su talla- interrumpió Ulises.

- Cierto- aceptó el doctor y dirigiéndose de nuevo a la vendedora, quiso saber: ¿y cosmética?-.

- Tercera planta- dijo brevemente ella.


Aquella noche era el estreno oficial de la nueva Fernanda. Habían pasado tres días desde el viaje a la Capital Provincial, tres días en los que Ulises no había dejado de aprovechar cada mínimo rato a solas para sacar del fondo de su armario las ropas nuevas y probárselas delante del espejo.

- Lástima de los zapatos- dice el doctor. Ulises/Fernanda se mira los pies. En verdad le hubiera gustado tener unos zapatitos negros, con un tacón muy fino y de entre siete y diez centímetros de altura, pero tiene unos pies particulares y no todo el calzado le sirve; probarse distintos pares en el gran almacén de la Capital hubiese significado desvelar el secreto, y además sus pies ya están hechos a los viejos zapatos que rescató de la basura de una vecina. – Por lo demás se ve divina- añade el profesor Peralta. Fernanda sonríe como sólo Ulises sabe hacerlo. Hace tan solo unos minutos que se encerraron en el despacho tras la enésima cena en casa del doctor. Se desnudó Ulises ya sin ocultarse, esperando ver por fin en el rostro de su pigmalion una pizca de deseo que le lleve a agradecerle todo lo que le está ayudando, pero Peralta parece tener prisa por ver a la nueva Fernanda. Le entrega las ropas, Ulises comienza a vestirse, primero las braguitas prestadas sin saberlo por la hija del doctor, que ya han cedido algo en holgura, después la falda; podría hacerlo él perfectamente, pero pide que sea Peralta quien suba la cremallera lateral, le gusta sentir las manos de un hombre tan cerca de sus caderas. Ulises se acerca a uno de los armarios con puerta de cristal repletos de frascos vacíos para colocarse la blusa. De repente le golpea la ausencia de pechos. Su rostro en el espejo improvisado se entristece. El doctor reacciona recogiendo los calcetines que se acaba de quitar el joven. Después abre un tirador del escritorio, rebusca, sabe que por ahí tiene que estar lo que busca.

- Ajá- su sonrisa se contagia a la de Fernanda cuando ve las vendas en la mano de Peralta. No es un sujetador de encaje pero servirá. Ulises sostiene los calcetines mientras el doctor, como si se tratara de un vulgar esguince, gira sobre su cuerpo rodeándolo con la gasa. Un corte, un esparadrapo y Fernanda tiene unos preciosos y pequeños pechos de tela. Luego se termina de abotonar la blusa blanca de satín.

Con eso sí que no puede ayudarla. El doctor, sentado cómodamente en su sillón, observa los dedos de Fernanda manejar el cepillito para las pestañas. Coloretes, pintalabios, sombra de ojos, todo estaba en el estuche que compraron en su excursión a la Capital, Ulises trajo el resto, unos pasadores para fijar el flequillo. El muchacho había adelantado parte del trabajo con una visita a la peluquería que amansara su encrespada melena. Fernanda se mira en un espejo pequeño que han colocado sobre la mesa del despacho, cerca de la única fuente de luz.

- ¿Qué tal?- pregunta Fernanda cuando termina. La respuesta del doctor es una mirada de orgullo ante su creación.


Le gustaría que el doctor la poseyera, aunque fuera como mujer, pero no se atreve a pedírselo. A cambio se sitúa a sus pies, o por mejor decir a los pies del sillón de la consulta que han sacado de detrás de la mesa y han colocado en mitad de la estancia sobre una alfombra. Permanecen en silencio, una vez completado el tránsito de Ulises a Fernanda pareciera que ya no tienen nada que decirse.

- ¿Cuál es su secreto?- pregunta inesperadamente Fernanda.

-¿Cómo?-.

- Sí, usted dijo un día que todos tenemos un secreto. Ya conoce el mío, me gustaría saber cual es el suyo- dice el muchacho levantando la vista hacia el doctor. Peralta duda, no porque no tenga secretos, sino que valora en un instante si es conveniente contarlo. Finalmente se decide.

- Beatriz-.

- ¿Cuál Beatriz, su hija?- Fernanda no comprende a que se refiere el doctor.

- Bien dices mi hija- comienza a contar Jacinto Peralta tras respirar profundamente. -Tú ya sabes que yo tengo tres hijas, Margarita, Amalia y Beatriz, pero sólo la menor es hija biológica mía-. Fernanda sigue en las ropas, pero es Ulises el que se gira, el que mira directamente al doctor tratando de adivinar de qué va aquella historia que le está contando y que no puede creer. -Margarita es hija de un compañero de trabajo, de cuando estuve destinado en La Ribera, Amalia de un viajante, creo. Podría ser de cualquier otro, aquellos tiempos no fueron buenos para mí. Ay Ulises- habla al muchacho pero la mirada la tiene perdida en algún punto de la oscuridad que envuelve el consultorio- era otra época. Cuando yo conocí a Doris, mi esposa, éramos unos niños. Nuestros respectivos padres eran amigos y siempre bromeaban diciendo que algún día nos casaríamos para unir las dos familias. Y así fue, ya ves, un poco por designación paterna. Yo creía estar enamorado, pero al llegar a la noche de bodas, entonces esas cosas se respetaban, descubrí que era incapaz de hacerle el amor. Mi cuerpo no respondía, pensé a llegar a pensar que era- hace una pausa, baja la mirada buscando la comprensión del muchacho, quien lo mira sin cerrar sus largas y maquilladas pestañas- que era, afeminado, un poco como vos, pero aunque lo probé tampoco me satisfacían los hombres. Estaba completamente perdido- dice, y su voz parece reflejar esa confusión-. Además estaba la presión, ¿para cuando los nenes? preguntaban cada dos por tres, y Doris… mi Doris. No podía hacerle eso, no podía abandonarla, desatenderla de aquella manera, por eso busqué quien lo hiciera por mí. Estanislao era un compañero del hospital, de mi misma promoción. Un joven serio, moreno, fuerte, pensé que le gustaría… A mí me encantaba verlo, cuando poseía a Dorita y ella gritaba de placer, y aquel miembro grueso, surcado por una vena tan marcada, era el hombre que yo no sabía ser. Cuando quedó embarazada interrumpimos los encuentros y al poco de nacer Margarita nos desplazamos aquí. Villa Torre es pequeño, tú lo conoces,- vuelve a mirar al joven buscando su confirmación- sabes lo difícil que es guardar un secreto, imagínate uno de este tamaño. Por eso nos desplazábamos, yo seguía sin poder y no faltaban voluntarios. Por eso te digo que no sé de quién es Amalia, mi Amalia del alma. Es mi preferida y las otras lo saben, pero no me importa…- dice divagando un poco. -No importaba quién, ni cuánto, mi única manera de disfrutar era viendo a Doris con otro hombre…-.

- ¿Le sigue gustando mirar?- pregunta interrumpiendo el relato Fernanda. El doctor Peralta se encoge de hombros.


Fernanda gira la cabeza y sonríe. En el asiento trasero Jacinto Peralta se extraña, de encontrar a Ulises travestido de buena mañana y por la calle, de verse en aquella camioneta de un azul tan gastado que parece blanca, de la presencia como conductor de un hombre, rondará los cuarenta y pico años, callado, tan callado que Peralta no recuerda si siquiera saludó al montar él, y que mira al frente como si en aquella recta interminable que se adentra en los campos fuera a encontrar de sopetón una curva. La camioneta gira a la izquierda poco después de que la señal de la radio se perdiera y se adentra en un camino de tierra compactada por la humedad de las últimas noches. Se dirigen a una granja, de eso a Peralta no le caben dudas, por aquellas tierras no hay otra cosa que granjas, pero todo lo demás son incógnitas: ¿para qué?, ¿qué hace él allí?, ¿Quién es ese hombre y porque Ulises/Fernanda se ha empeñado de aquel modo en que les acompañara?

Cuando la camioneta se detiene el motor sigue tosiendo unos segundos más, luego, cuando tiene que empujar con el hombro para que la puerta se abra, es la nada. Vacas, el ladrido de un perro y campos sin fin. Aquel hombre encabeza la marcha, Fernanda le sigue con la confianza de quien conoce el camino y Peralta cierra la marcha apresurándose para no quedar atrás. Cuando penetran en el cobertizo el doctor Peralta se extraña aún más de los dos candados que ha debido abrir el hombre en las cadenas que cerraban la puerta, allí sólo hay polvo, mierda de gallina y fotos recortadas de una revista deportiva de cuando Kempes y el piso cubierto de papelitos. Mirando a su alrededor el doctor casi se pierde cómo Fernanda se adelanta decidida y besa en los labios a aquel hombre. Después cuchichean, él no alcanza a oírlo. Ríen como enamorados trasteando. Se fija en las manos del hombre, grandes, en el momento que giran a Fernanda. Imagina que es hijo de unos granjeros, no hace falta mucho imaginar para pensar que él tiene sus secretos y que éste es el lugar donde los encierra. Sigue el movimiento de las manos levantando la falda negra de Fernanda que compraron en la Capital. Observa que lleva medias, después comprobará que las vendas de urgencia también han dado paso a un sostén real y se dice que el nuevo amante de Fernanda es generoso con su conquista. Se acerca tanto a su espalda que Fernanda da un respingo cuando siente a su hombre en su retaguardia. La manosea, Ulises gime en la voz de Fernanda y busca siempre el contacto con el bulto creciente en la entrepierna del hombre. Le hace girar la cabeza, besa su cuello, sus labios, las manos grandes del hombre se cuelan entre los botones de la blusa. Después la coge en aúpas, como si fuera un saco de pienso, juzga Peralta, pero Fernanda ríe.

Las manos de Fernanda se separan del pecho del hombre, palpan el colchón antes de que se apoye su espalda. Peralta se preocupa por la blancura de la blusa y el hombre solo piensa en dónde agarrar para desgarrar las medias. Cuando el sonido de la lycra rasgada llega a los tres, dobla las piernas de Fernanda y se deja caer sobre ella. Peralta apenas lo ve, es un escaso segundo en el que el hombre abre su bragueta y aparta las viejas braguitas de Beatriz que Ulises siempre usa, pero cree distinguir un pene que le recuerda a alguien, de cuando él también miraba.

Fernanda mira a su hombre en el momento en que la penetra, suspira y después gira su cabeza para descubrir atento a Peralta. Sabía que le seguiría gustando mirar. En cierta forma ella también es su hembra, pues ha sido el doctor quien ha hecho aflorar su lado más femenino, quien le ha animado a ser la mujer que aguardaba callada en su interior. Apenas siente crecer su polla pequeña, le gusta que sea así y que no le quiten la braguita, así no tiene siquiera que verla. Su mirada vuelve al hombre. Se acomodan recostándose en el colchón, Fernanda gira ligeramente las piernas para facilitar la tarea. El hombre vuelve a empujar, despacio, no quiere acometer con demasiada fuerza al ano de Fernanda. Peralta permanece de pie, observando. No se pregunta si le gusta o no, sólo sabe que Ulises es feliz de esa manera y eso a él le basta. Viendo caer el cuerpo de aquel hombre sobre su protegido una y otra vez, escuchando los gemidos que escapan de la boca de Fernanda, Peralta se distrae, su mente marcha por otros derroteros, quizás a otros tiempos. La respiración del hombre se hace densa, pesada, ni puede ni quiere aguantarse. Fernanda no dice nada, no lo anima a continuar ni a acabar, sólo gime con una voz aflautada y en su rostro se dibuja una ligera mueca de dolor de vez en cuando. Los movimientos del amante son un poco más intenso, Peralta aprecia que las manos sujetan con más fuerza el cuerpo de Fernanda, le observa un ligero temblequeo en las piernas que asciende hasta apoderarse de las caderas. No puede ver lo que pasa dentro del cuerpo de Ulises, pero intuye el momento. Un grito corto, grave, el cuerpo de aquel hombre se balancea dos, tres veces, luego cae sobre Fernanda, quien lo acoge gozosa. Peralta comienza a caminar hacia la salida en el momento en que el pene se vuelve flácido y un flujo de semen comienza a escapar del ano de Ulises.

- No se apure, disfruten, yo les espero en la camioneta- dijo Peralta sabiendo que su nueva hembrita, la que él ha contribuido a crear, ha conseguido encontrar lo que su falta de deseo no ha podido darle.

domingo, 13 de junio de 2021

Basado en sueños reales

Dicen que quien sueña con sexo es porque está falto de él; otros opinan que los sueños son en realidad una complicada mezcla de los acontecimientos de la jornada pasada por el tamiz del inconsciente. Yo, que no tengo ni idea de cómo se forman, me limito a “padecer” estos sueños que últimamente pueblan mis noches.

Todo comenzó de la manera menos erótica posible: con un accidente de coche. Nada grave, tan solo un choque por alcance mientras estaba parado en el semáforo, un esguince cervical y mi rodilla derecha empotrada entre el volante y el salpicadero. Con un collarín y algo de tiempo pensé que se solucionaría, sin embargo tenía unas molestias recurrentes, así que la mutua me mandó al fisioterapeuta para ver si podía solucionar aquel dolor que me ascendía por la pierna y girando por el glúteo iba a concentrarse en la zona lumbar. Después de concretar una primera cita con lo que yo pensaba era la enfermera, me presenté en el lugar para descubrir que no había tal enfermera, sino que la persona con la que había hablado era la fisioterapeuta. Rondaría los treinta y cinco, estatura media, complexión delgada. Una de las primeras cosas que llamaron mi atención fueron sus brazos poderosos emergiendo bajo la manga corta de su uniforme. Este es el único detalle que mi mente ha cambiado en los sueños, haciéndolos más finos, mucho más femeninos; el resto no hacía falta cambiarlo, ni su pelo negro azabache, ni su tez bronceada, sus labios gruesos pintados de granate ni esos ojos negros a los que basta asomarse un segundo para caer irremediablemente en ellos. Tampoco el tatuaje que asoma por el cuello de la bata que viste y que en mis sueños es una hiedra que trepa por su espalda, naturalmente desnuda.

Quien haya tenido que recurrir a un fisio, a uno de verdad, sabrá que, por más que sea una mujer atractiva como la mía, no hay mucho de erótico en sus quehaceres. Para empezar, uno suele tener dolores, además sus gestos fuertes, decididos, no se parecen en nada a caricias. Por eso en nuestros encuentros no ocurre nada, ni siquiera experimento el cosquilleo previo a una erección, pero en mis sueños… ay en mis sueños. Cuando la imagino masajeando mi pierna, trepando con sus pulgares por mi muslo, desde la rodilla hasta la toalla enrollada que cubre mi sexo, no puedo evitar poner en su cara una mirada llena de deseo. Basta que lo pida mi imaginación para que su uniforme desaparezca y los movimientos de sus brazos se extiendan por su torso haciendo bailar unos pechos perfectos, bronceados como todo su cuerpo y coronados por unos pezones siempre alerta. Entonces, en mi cama, me veo tendido en su camilla, con una erección innegable, que no tengo más remedio que mostrarle. Ella, al verla, no puede por menos que desatender las piernas y prodigar sus mimos a una polla que identifico como mía pero que no reconozco, pues mis sueños la desean más grande, más gorda, surcada de venas… Mi masajista embadurna sus manos con aceites y comienza a masturbarme despacio, deliciosamente lento, haciendo emerger el capullo, bajando sus manos hasta aplastar los cojones contra las piernas. Entonces no puedo evitar echar la cabeza hacia atrás, cerrar los ojos y sumergirme en el sueño del sueño.

Sin embargo su paja no es suficiente, y al sentir su aliento ahumando mi polla levanto la cabeza y cruzo la mirada con la suya y descubro una fiera dispuesta a devorarme. Antes de hacerlo golpea mi polla contra sus labios. Una, dos, tres veces, hasta traspasarle el tono granate de sus labios. Luego su cara se hunde y mi polla desaparece en su boca. Me incorporo, mis manos buscan su nuca. Quiero marcarle el ritmo, la profundidad. Suelto la goma que sujeta su pelo y una cortina de seda negra vela la escena.

Me veo sentado en la camilla, sujetando su pelo entre mis dedos para hacerle más cómoda la tarea. Ella dobla el tronco para seguir cabeceando sobre mi polla. Un espejo que en su gabinete sólo existe en mis sueños, me devuelve la imagen de su culo cubierto por el pantalón blanco y elástico de su uniforme. Entonces salto de la camilla, y en mi cuerpo no hay ni rastro de dolores, únicamente una polla tiesa apuntando al infinito. Y me agacho a su espalda, tiro de sus ropas, hasta que emergen las nalgas y la tira del tanga escapa de mis dedos pegándose a su sexo. También él caerá, mis sueños son egoístas. Encuentro unos labios plegados, que me conducen a un coñito rosáceo y estrecho que se intuye empapado. Así es, lo comprueba mi lengua en cuanto comienza a abrirse paso en su sexo. Aleteo, juego en él. Estaba deseándolo, por eso bastan unos pocos gestos de mi boca para que su cuerpo se convulsione con el primer orgasmo.

Empujo su espalda hasta que su pecho se pega a la camilla, agarró mi polla y empujo. El sueño se nutre de sensaciones reales; su vagina se asemeja a otra, no recuerdo cuál, una generosa y placentera en cualquier caso. Empujo, me agarro a sus caderas, a sus hombros y mis dedos se queman en su piel ardiente. El roce de su coño me tiene extasiado, el placer se le licua por segundos. La giro, me tiendo sobre la camilla y su cuerpo busca el mío. Me monta con fuerza. Su mirada se centra en la mía. Siento que caigo por sus ojos, una sima sin fondo. Mi mente se pierde, sólo funciona mi cuerpo sometido a sus movimientos. Salta de la camilla. Sus manos agarran mi polla sin miramientos. Me masturba con todas sus fuerzas. Me resisto a terminar, ella exprime con más fuerza. El sudor que recorre su piel bronceada parece regar la hiedra tatuada en su espalda, y en cada uno de mis parpadeos la veo extenderse por su cuerpo, sus brazos, sus manos, sus uñas cuidadas, hasta saltar a mi polla y adueñarse también de ella, aprisionándola, ayudando a sus manos. Entonces no puedo más y exploto en mil chorros que vuelan sin dirección. Ella no se detiene, continúa manejando mi polla entre sus dedos más allá de la última gota, prolongando la erección más allá de los sueños.