No preguntes por qué sí
ni por qué no,
tan sólo toma su mano,
si te la da,
y ve
donde ella te quiera llevar
Fíjate en su caminar,
observa si corre
si da pequeños saltos
como si quisiera volar.
Vigila tu zancada
acompásala.
Si, en algún momento,
dice que aprietas
no la retengas,
suéltala.
Llegado el caso,
te la volverá a ofertar.
Ya no hay ciencias exactas,
todo es cuestión de probar
Sea como sea,
no preguntes.
Si ella te ofrece su mano, vosotros, echad a andar.
Palabras, palabras que nacen de lo más profundo y que quieren instalarse en tu cerebro... La mayoría serán historias al uso, algunas aspiran a parecer poemas y otras cuesta clasificarlas. Bienvenidxs a mis relatos eróticos, pasen y lean.
viernes, 5 de noviembre de 2021
miércoles, 27 de octubre de 2021
Amor deconstruído
Puestos a comenzar por algún lugar, lo haré por sus manos. Fuertes, grandes, decididas. No puedo evitar recordar el tacto de sus dedos en mi piel, cómo sus caricias tornaban en seda las rugosidades de unas yemas curtidas en mil batallas. Manos expertas, que sabían dónde y cuándo posarse para elevar irremediablemente mi temperatura; manos traidoras, que en el momento menos pensado me giraban y castigaban mis inocentes nalgas con unos cachetes que me sonrosaban de todo menos de vergüenza. Lo debía haber visto venir, sus manos eran capaces de traicionar incluso la alianza que luce y que ya no brilla como antaño; pero no lo hice, tal vez por eso ahora me toca deconstruir este amor. Pensé que sus dedos serían siempre para mí, que no conocerían ya más pieles que mi piel, que no buscarían más escondites recónditos que los que le ofrecía mi cuerpo, que todos los baños que arrugan su dermis serían conmigo, serían en mí.
Pensé, ilusa, que no habría más manos que treparan por sus antebrazos hasta enroscarse en sus hombros que las mías. Adoraba repetir ese gesto, ese suave ascenso que me permitía sentir los abultamientos de sus músculos contraídos mientras se esforzaba sobre mi cuerpo. Subía y bajaba mis manos una y otra vez, muy despacio, sintiendo los contornos de su brazo, hasta que terminaba irremediablemente dibujando caricias en sus hombros redondeados como las que dibujo ahora en el vacío, como un pintor o un jugador de golf que ensayan el gesto antes de que el trazo sea irreparable.
Irremediablemente llegaba después su cara, siempre su cara. Ahora sé que como un fantasma siempre me acompañará el rictus al verse sorprendido, tan diferente a cualquiera de los otros a los que me tenía acostumbrada. Porque he conocido cientos, miles de expresiones de su rostro. Las arrugas que se le formaban hasta las sienes cuando reía de verdad, su sonrisa que apretaba más la comisura izquierda, o esa manera suya de taparse el labio inferior con el superior cuando se le ocurría alguna maldad. Ese era de sus tics que más me gustaban, porque sabía que daría lugar a nuevas formas de observar su rostro. Sobre mí, concentrado cuando se tendía, o relajado cuando era yo la que ocupaba esa postura; cegado por el mío cuando, en cualquier momento y sin motivo, nos enroscábamos para comernos la cara como antropófagos bulímicos. Su rostro también cuando no me tocaba verlo, cuando me tomaba desde atrás, pero sus manos, siempre sus manos, tiraban del pelo para girarme y morderme los labios o ver simplemente el goce en mi cara.
Cierro los ojos como una niña asustada que piensa que así, alejará las visiones que la espantan. Lo hago aunque yo misma sé que no, que esta última visión me acompañará, que su presencia será más fuerte que el resto de impresiones de felicidad en su rostro y que se almacenan en mi memoría. Igual que guardo sus piernas, esos muslos longilíneos que tantas veces, y con motivos tan diferentes, me sirvieron de asiento, de la misma manera que en un parpadeo percibo su torso y me digo que será tan difícil de eliminar como su cara. Porque ahí está él, toda su vida. El corazón que me amaba, en sus pulmones el mismo aire, seco y cálido, que respirábamos en ésta nuestra casa. Todos sus humores, sus alegrías y sus llantos, el cólico que no nos dejó conocer más de Praga que un hall de hospital o los surcos que dejaron mis uñas en el viaje de novios y que él lucía por las playas de Punta Cana con el orgullo que un guerrero muestra las heridas de batalla.
Hay otras zonas de su cuerpo que, aunque afecte igual deshacerse de ellas, serán más fáciles de eliminar; su sexo por ejemplo. Los he conocido mejores, él era consciente. Nunca fue demasiado grueso ni demasiado fuerte, por eso quizás, se esforzaba tanto, por eso sumaba cada centímetro cuadrado de su cuerpo. O no sé, tal vez era yo la que quería ver su mente y su cuerpo acompañando al pene en cada embestida por mi cuerpo, la que prestaba culto a la reliquia por adorar al dios, la que... ¡Hombres, los que no lastiman con el tamaño acaban lastimando sin él!
Y aunque ahora sea tajante y decidida, y me diga que ya no existe, que nunca más, sé que, tarde o temprano volveré a caer en la tentación, como caemos todas. Les bastan unas palabras, una sonrisa, en ocasiones ni siquiera eso, para que todas terminemos cayendo en la trampa. Lo hacemos, aunque sepamos el destino, aunque, al final de cada historia vislumbremos la traición, el sufrimiento, las víctimas colaterales. Como esa rubia tonta con la que lo sorprendí cuando a última hora pude cambiar la guardia y volví a casa cuando no me esperaba. Pero esa..., esa que espere desangrándose en la bañera, antes tengo que terminar de despedazar este amor y bajar a la basura las bolsas con el cuerpo de Jorge- me digo mientras una gota de sudor me cae por la frente, circunda el ojo, prosigue por las mejillas hasta que, al llegar a la altura de mi boca la recojo con la lengua mezclada con un rastro de sangre y un gusto agridulce se adueña de mi boca.
martes, 28 de septiembre de 2021
¿Ya te vas?
- ¿Ya te vas?- dice y sus palabras detienen mi inercia. Quedo desnuda, sentada en el borde de la cama, ofreciéndole mi espalda salpicada de lunares. -Mujer, quédate un ratito más, hoy no tenemos prisa- añade al tiempo que sus manos comienzan a jugar usando los nudos de mi columna como una escalera por la que descender y volver a trepar. No sabe cuánto me duele ese añadido final, tanto que estoy tentada de devolverle la pregunta en forma de reproche: si no te hubieses ido ya, tendríamos más tiempo para todo. Pero me callo, y a cambio ladeo y bajo ligeramente la cabeza, ofreciendo mi mejilla al pasar de sus dedos, buscando algo que se asemeje a una caricia.
Antes de la pandemia hoy era jueves, día de visita. Ahora, todos los días se me parecen demasiado, con una videollamada programada a la semana como todo contacto. Quizás mi mente, anclada en el calendario, recuerde todavía las prisas de antaño, cuando debía abandonar esta cama y esta casa apresuradamente, dejando una estela de feromonas mal camufladas bajo el desodorante; quizás no, quizás ha sido simplemente observar sus manos ocupadas en el móvil, ausentes de mi cuerpo, lo que me ha impulsado a incorporarme de la cama. Da igual la razón, el caso es que ese brío para descorrer la sábana y escapar de su lado se ha esfumado, y ahora estoy pensativa y paralizada, sintiendo sus manos curtidas deslizándose por mi costado derecho, aventurándose más allá, hasta sentir el roce de sus dedos en mis senos. Ronroneo y abandonando toda resistencia a su abrazo me tiendo, muy despacio, hasta hacer reposar mi cabeza en su pecho. Su mano sigue el recorrido, hasta llegar a peinar unos cabellos demasiado descuidados, en los que las mechas rubias se pierden en el moreno natural clareado por las canas. En un gesto que no sé si interpretar como afecto o como cariño, me los aparta de la cara, los pasa por detrás de la oreja mientras repite mi nombre por triplicado, con una voz suave que acaba diluyéndose en un eco que sólo resuena en mi cerebro.
Recostada sobre su torso podría fijarme en las líneas rojizas, estelas que minutos atrás dejaba el vuelo de mis uñas en el cielo de su piel, podría aspirar el aroma a sexo, mucho más intenso allí donde las sábanas todavía guardan el secreto, hasta dejarme embriagar, pero no. Mi mirada se pierde en el armario empotrado que hay frente a la cama, al tiempo que la memoria se pone en marcha y él enrolla un dedo en mi pelo. Cuando lo conocí no buscaba estas muestras de ternura, tampoco el sexo furtivo con el que hemos llenado cualquier hueco de los últimos tres años. Fue en un grupo de apoyo, una pequeña reunión de personas con diversos problemas a la que me había derivado mi psicóloga. A él se le había matado un hermano en un accidente de moto y buscaba pasar el duelo; a mí una enfermedad que se nombra en siglas me iba dejando viuda a pequeñas dosis. No me atrevería a decir que al principio ni me fije en él. El grupo era pequeño y contemplar a un hombre como Rafael, de aspecto recio, duro, que ya sobrepasó la barrera de los cincuenta, llorar por una muerte inesperada y repentina era algo que llamaba mi atención. No sé, seguramente le dé demasiadas vueltas a las cosas, pero no me figuraba esa reacción desvalida en un hombre de su generación; los educan para ser fuertes, para no mostrar sus debilidades en público. Las débiles éramos nosotras, las que cargábamos con una casa, una familia, dos hijos adolescentes, mil cargas, un trabajo y un marido al que, por aquel entonces, la enfermedad estaba a punto de dejar en una silla de ruedas. Demasiado peso hasta para mi debilidad…
Las sesiones en el grupo debían transmitirme fortaleza para afrontar el desarrollo de la enfermedad de mi esposo, pero no estaba segura de que así fuese. Era un momento complicado; la pérdida de sensibilidad, el deterioro motor, los problemas se iban sumando a la vuelta de cada consulta médica y el grupo era testigo directo, escuchaba mis narraciones, apoyaba en silencio o comparaba experiencias. Fue un día, tras dos semanas sin acudir a la reunión de los martes; todos comenzaron a preguntarme por mi marido: ¿está bien?, ¿ha pasado algo? Entonces surgió su voz: y tú ¿cómo estás? Levanté la cabeza y lo miré. No respondí porque no tenía respuesta. Desde el diagnóstico yo no existía, y todavía tardaría un tiempo en darme cuenta de que yo seguía viva. Hasta entonces la enfermedad de mi esposo, de Carlos, su desarrollo, saber que un día dejaría de hablarme, que, pese a las esperanzas de los médicos, su situación continuaría empeorando progresivamente hasta un día dejarme sola, lo compensaba con el amor, con los recuerdos, con los cuidados para intentar mantener su calidad de vida; entonces no me daba cuenta que empleaba todas mis fuerzas tratando de mantener un precario equilibrio, aferrándome a una balanza en la que las cargas pesaban demasiado y acabarían arrastrándome. Hoy, ahora que el dedo índice de Rafael ha dejado de jugar en mi pelo y se ha unido al resto de la mano para viajar con lentitud por las curvas de mi costado izquierdo, sigo sin tener una respuesta muy clara a aquella pregunta que me hizo. Simplemente dejo que me acaricie con suavidad mientras trato de que en mi mente una niebla difumine los recuerdos dolorosos.
Hubo una primera vez, claro, siempre hay una primera vez. Una primera vez en la que dejé a mi marido en el centro de día al cuidado de los fisioterapeutas y acudí a otra casa, a otro hombre, a otras manos, a otro sexo. Aunque en realidad ese primer encuentro importa poco, basta con decir que fue lo bastante reconfortante como para repetir y lo suficientemente
contradictorio como para retrasar la nueva cita un par de semanas. Si me tuviera que quedar con algo de aquellos primeros tiempos, elegiría los silencios y las miradas. Un silencio cómplice, un silencio que me hablaba, que me decía estoy aquí para lo que necesites, también para eso. Y unas miradas que fueron las que hicieron que esto ocurriera; una mirada fuerte pero que no me intimidaba, una mirada cálida que abrigaba mi tragedia, una mirada que me hizo volver a ser. Sucedió una tarde, después de la sesión en el grupo. Me había quedado junto a un par de mujeres más y él a tomar algo en una cafetería cerca del gabinete; para hablar, dijimos, de temas distintos a los que nos habían hecho conocernos, aunque invariablemente acabáramos hablando de lo de siempre. Supongo que le aburríamos con nuestra cháchara, tanto que la mente se le perdió en cualquier pensamiento y fue a posar sus ojos en el primer botón desatado de mi blusa, en el inicio de un escote que ni siquiera era tal, un poco más abajo que donde mi mano jugueteaba con el colgante de la cadenita mientras escuchaba atenta a mis compañeras de mesa. Cuando reparé en su mirada mi primera reacción fue de una callada indignación. No quería montar un numerito, pero disimuladamente abroché el botón y entonces sus ojos salieron del ensimismamiento y encontraron los míos llenos de furia; fue entonces cuando su mirada me mató. Entre desvalida y cargada de argumentos, culpable pero no arrepentida, una mirada que despertó en mí algo que creía muerto y enterrado. Más aún cuando terminado el café, salimos del local y caminando hacia la parada del autobús nos quedamos a solas y se disculpó a su manera:
- Perdóname, he sido un grosero, no era mi intención molestar, pero no he podido evitar mirarte-.
Aquella frase se repetía en mi cerebro por la noche, mientras me desnudaba antes de irme a la cama. Los niños dormían, mi marido estaba en el dormitorio y yo, frente al espejo del baño, me preguntaba si su falsa disculpa era otra cosa que un halago a mis pechos. En mi mundo, la pasión sólo había existido con mi marido y hacía ya tiempo, antes incluso del maldito diagnóstico, que la vida había ido soterrándola bajo otras formas de amar. Reconocer el deseo ajeno en una mirada que se posa sobre mí, era algo para lo que no creía valer. No soy una mujer de bandera, con mis cuarenta años largos, mi físico desatendido, mi pasado monótono, mi alterado presente y un futuro con incierta pero segura fecha de caducidad. Sin embargo, eso a Rafael no le retraía; en cada reunión del grupo, en las sesiones que se alargaban en torno a un café, en los breves pasos que nos conducían al parquin o al autobús, sus miradas seguían estando presentes. Como todo él, como mis reparos, mis dudas, mis miedos, mis no puede ser. Pero estaban, y a pesar de que entonces no creyera necesitar más de su anatomía que el hombro que me ofrecía para enjugar mis lágrimas, el poder de su mirada me iba envolviendo con algo que no sé bien definir, como cuando nos acostamos y me folla como si quisiera hacerme el amor: intenso pero delicado, furtivo pero inevitable.
Tal vez la primera vez fuera producto de mi debilidad. O tal vez no, y simplemente mis necesidades se atrevieron donde mi cerebro no osaba. Una necesidad de piel y orgasmos que se hizo presente en el torbellino que era mi cuerpo esos días. Amaba a mi marido, le prestaba todas las atenciones de que era capaz, rezaba porque un milagro detuviera el avance de la enfermedad, pero todo lo que él ya no podía darme se me acumulaba en los sentidos. Quería tocar y que me tocaran, necesitaba sentir una piel sin masajes y crema hidratante de por medio, quería oler, morder, chupar; quería volver a experimentar todas esas pequeñas cosas que no te das cuenta que tienes hasta que las pierdes. Aquellas miradas, su presencia constante, habían hecho que mi cuerpo reclamase algo que la vida me negaba; mi única salida para saciar mis sentidos era él, Rafael. Después de aquella primera vez, se me desató un juego de fuerzas que tiraban de mí en direcciones contrarias y amenazaban con partirme por la mitad. De un lado, el cerebro, la moral, mi vida, y por otro ese deseo de volver a sentir aquellos dedos aferrándose como garras a mi carne, escuchar su respiración fatigada tan pegada a mi oído, observar el sudor que le brota y la vena hinchada surcando su frente y sentir el orgullo de ser yo quien le pone en ese estado. Aunque esta tarde, con mi cabeza usando su respirar cadencioso como almohada y sus manos encaramadas a la cima roma de mis caderas, no haga falta decir quién ganó ese pulso interno, tengo que reconocer que me costó encontrar ese sosiego interno, ese equilibrio entre lo necesario y lo permitido, entre mi vida y estas cuatro paredes.
Mi cuerpo, pequeño y cansado, ajado por los años que se acumulaban en forma de cartucheras o esbozos de arrugas, se ofrecía por primera vez a un extraño, a alguien por el que no sabría decir qué sentía. Y sí, resultaba extraño, torpe, incluso cómico, vivir reacciones diferentes a las acostumbradas, no adivinar los momentos, aprender de nuevo a mi edad. Y sí, también era doloroso tener en la mente y en la comisura de los labios, agazapado, dispuesto a escaparse al menor descuido, el nombre de mi marido y no el de aquel que se encaramaba a mi cuerpo y hundía su sexo en mi sexo. Pero era tan poderosamente adictivo… .
Todo. El corazón que se desboca y salta en el pecho al llegar a su casa, las sonrisas tímidas, las conversaciones de ascensor, ese comenzar a desnudarme casi a escondidas, retraída, como si no fuese a pasar lo que iba a pasar, como si el tiempo transcurrido desde la primera vez no existiese, como si estos encuentros para escapar de la realidad no se hubieran ya institucionalizado. Y sentir, claro, toda esa adrenalina acumulada desde el último encuentro desbordándose de nuevo. Tener su sexo endureciéndose en contacto con mis muslos, dejar que mis manos aprendan una nueva geografía. Olvidarme, de mí, de mi marido, anestesiar los recuerdos, negar mi presente, inventarme otro futuro y sentir. Sobre todo, sentir. Colgarme de aquel brazo resistente que se me ofrece, ser yo, por una vez, a quien sostengan y osar rasgarle el hombro con las uñas; ver su reacción, cómo se crece en el castigo y sus caderas adquieren nuevos bríos para martillearme con mayor insistencia. Gozar. Atreverme con su pene en mi boca, sorprenderle con modelitos que sin él no usaría jamás, forzar las posturas de mi cuello hasta la tortícolis para no dejar de comprobar que el deseo se le escapa por los ojos. Sentir también sus manos amasando mis senos, y el festín que se da de vez en cuando en mi cuerpo, el calor que me invade y que se alía con la humedad para precipitarse finalmente en un chaparrón de flujos. Todo. Cada mínima parte de estos encuentros míos con Rafael, de esta nueva rutina secreta, privada, la siento con una intensidad nueva, distinta. Follar con este hombre al que la vida me puso en el camino es un escape, una liberación. Es agarrarme a la vida con todas mis fuerzas. Aunque únicamente sea durante un rato, aunque al volver a pisar la calle mi mundo de siempre siga derrumbado, estos minutos son para mí.
Por eso impuse las conversaciones insustanciales del después, para no terminar hablando de mi marido; no así, no aquí, no quiero manchar su nombre y mi conciencia con el sudor y los restos de fluidos pegados en la piel. Es la única regla de estos encuentros: lo demás no importa, sólo yo, sólo nosotros, poder celebrar la vida juntos y olvidarme de todo lo demás. Rafael lo respeta; o lo respetaba. Hoy, el tiempo le ha llevado a conocer mis reacciones, presiente que hay novedades, que algo me roe por dentro. Aunque sigo con la cabeza apoyada en su cuerpo, aunque el único horizonte que alcanza a ver mi vista es la loma que forma la sábana recogida sobre sus muslos, yo también intuyo su curiosidad, esas ganas de saber, esas frases que otras veces en el último segundo detenían las dudas y que hoy parecen incontenibles. Lo va a hacer, lo sé, su vientre se ha hundido bajo mi cara al coger aire, va a romper con una pregunta para la que no existe respuesta el equilibrio que tanto me costó alcanzar:
- Miriam, ¿cómo sigue todo con…?-. Lo ha hecho, y he tenido que reaccionar rápido; mis labios capturan su pene, y comenzando a succionar hago que de su boca salga un prolongado gemido en lugar del nombre de mi esposo.
lunes, 13 de septiembre de 2021
El Culo
Ese culo a él le parecía simplemente el Culo. Podía haberlo llamado trasero, pompas, nalgas, pandero o incluso cola en honor a sus amigos argentinos, pero definitivamente la palabra que mejor lo definía era exactamente esa: culo. Tenía la sonoridad adecuada, y además recogía la rotunda sensualidad del cada vez mayor protagonista de sus sueños. No conocía ese culo. Ni en el sentido bíblico ni en el sentido terrenalmente más pasional. Podía decir que le resultaba conocido tan sólo de vista. En realidad podía decir que ese culo, y obviamente su dueña, formaban parte del rutinario paisaje urbano, junto a los mismos policías ordenando un tráfico nunca ordenado, los mismos perros haciendo sus necesidades en los mismos jardines, y las mismas figuras que cada día se cruzaba en su camino.
No sabía cuánto tiempo hacía que lo conocía. Tal vez hiciera ya un año, porque le era habitual verlo desde que comenzó a trabajar en ese despacho como becado. Sí, hacía ya más de un año, porque él ya no servía más el café a sus compañeros. Ahora era encargado, de sacar las fotocopias, pero encargado al fin y al cabo. Aunque su jornada vespertina empezaba a las cuatro, casi todos los días ya estaba en su puesto de trabajo a las tres y media. Sólo así podía verlo. No recordaba si la primera vez que lo vio fue antes al trabajo para adelantar un informe, o fue para evitar que la modorra se apoderara de él con el comienzo de los documentales en televisión. Ahora poco importaba eso, sólo salía antes de casa con la esperanza de verlo.
De hecho casi siempre lo veía. Él iba andando hasta la oficina y caminando unos metros delante iba ella. La mayor parte de los días eran tan sólo unos segundos, a lo sumo un par de minutos, los que podía caminar detrás de él, del culo, observando esas magníficas posaderas. Hasta el semáforo, día sí y día también siempre en rojo, que los igualaba. Después del semáforo su mayor zancada hacía que dejara atrás a la dueña del objeto de su devoción. Por supuesto que podía aminorar la marcha y seguir caminando detrás de ella un centenar de metros más, pero eso significaría hacer trampas. No sería justo. Alguien, el destino, el azar o la jornada partida les había puesto en el mismo camino a la misma hora. Una cosa era aprovechar la oportunidad y otra querer imponerse al destino.
¿Si hacía ya un año que lo conocía-pensó-debía acordarse cuando y como le gustaba más? Tras darle alguna que otra vuelta al asunto, finalmente encontró la solución. Sí, definitivamente, cuando más le gustaba era en primavera y en otoño. Incluso había concluido que como mejor lo veía era con unos pantalones vaqueros que se ajustaban como un guante. En otoño y primavera, cuando el fresco aun se puede soportar con una cazadorita a veces prescindible, ese culo quedaba libre a su vista. En invierno los abrigos largos y los pantalones gruesos hacían que la monotonía de su trayecto fuese aun más monótona. No recordaba haberlo visto en los días más calurosos del verano. Quizás, le gustaba imaginar, vistiera minifaldas que dejaban ver más de lo que él estaba acostumbrado a imaginar, pero las vacaciones y la jornada intensiva no le dejaban controlarlo. En cuanto a las prendas que mejor le sentaban no había ninguna duda. Tenía que ser un pantalón vaquero gastado, incluso diría viejo, que lo realzaba de una manera increíble. Las nalgas más juntas y más altas, si cabe, que nunca parecían dibujar una sonrisa de cadera a cadera, aunque la única mueca era la que se dibujaba en su cara al verlo.
En reposo aquel culo es hermoso, pero en movimiento adquiere dimensiones colosales. No es que sea grande, ya que podría abarcar cada nalga con una de sus manos según él creía. (Nunca había hecho esto último porque además de trampas podía constituir delito de acoso o incluso de agresión sexual) Por cierto, pensó, debería releer el código penal por si existiera algún artículo que permitiera acariciar ese culo como si se tratara de un bien de interés cultural. En movimiento, volvió sobre su pensamiento anterior, es casi hipnótico. Sube, baja va de un lado a otro balanceándose de una manera que debe estar prohibida por la ley y sancionada con el paraíso del infierno en las Escrituras. Y tus ojos, claro, no pueden dejar de mirarlo. También otros ojos lo miran. Ojos intrusos. De esos que aparecen un día, giran la cabeza al verla pasar para admirarlo, y desaparecen. Y a él le da un gran coraje, pensando que son unos obsesos y unos usurpadores, porque ese culo hace mucho que lo eligió él como centro de tus fantasías. Pero que nadie se equivoque. Para él ese culo no es un objeto de deseo sexual. Si fuera así lo pensaría desnudo, carnoso, en el baño y con las manos agitadas. Pero no. A él nunca se le ha presentado así. Él lo ve algo así como una obra de arte. Sí, para él, es más bello que la pintura de Malevich. En una escala de belleza lo colocaría entre las Meninas y el juego de Zinedine Zidane. Sí, si alguien lo presentara como monumento nacional él no dudaría en firmar y en presentarse candidato voluntario para su mantenimiento.
Alguna vez ha pensado en hablarle, a la dueña obviamente, porque al culo ya le ha dedicado piropos entre dientes y le ha escrito dos canciones y un soneto en su cuaderno de apuntes. Algún que otro día le ha mirado de reojo cuando están los dos detenidos ante el semáforo. Su figura es armoniosa pero no tan bella como su cola, pero tiene dos primas de aquel en su parte delantera que merecen, al menos, una cuarteta. Cada una. Pero al final no abre la boca. El semáforo se pone en verde antes de que reúna el valor suficiente para soltar algo más que un suspiro de admiración, y avanza hasta dejarlo atrás. Quizás sea mejor así. Claro que le gustaría tocarlo, acariciarlo, besarlo… pero tiene más posibilidades de que la respuesta sea un bofetón. Además, prefiere ser el anónimo chico que está a mi lado en el semáforo a ser el obseso sexual que me sigue babeando con mi culo.
Mira el reloj, son ya las tres y veinticinco, y todavía se tiene que lavar los dientes y poner los zapatos; además el ascensor parece tardar más que nunca, todos los semáforos están en rojo salvo el que tenía que estarlo, y efectivamente, de tanto pensarlo hoy se va a quedar sin verlo.
sábado, 28 de agosto de 2021
Regadío
Otra cosa no sé, pero comer, hay que reconocer que aquí se come de maravilla- dijo, y echándose hacia atrás en su asiento amagó con soltar el botón de su pantalón y dejar libre su madura barriga. Su Antonia, Paco y Luisa, la pareja con la que comparten mesa, mantel y viaje ríen su guasa. Minutos después la broma dejó de ser tal, y la pesadez de su estómago se alió con el calor y el sopor vespertino e hizo aconsejable pasar esas primeras horas de la tarde en el hotel. Las dos parejas se volverían a juntar cuando el sol apretase menos para poder seguir descubriendo los encantos de la ciudad.
Se había quedado dormido tan pronto como se tendió en la cama. Cuando entreabrió los ojos su mujer ya caminaba por la habitación, rebuscando en las maletas el ropaje adecuado para un paseo junto al mar. Pepe siguió sus vaivenes con la mirada sin que ella se percatara, y en la comodidad de la cama de un hotel de cuatro estrellas, se dijo a sí mismo que en el fondo habían sido afortunados. Aunque los viajes como ese hubiesen llegado demasiado tarde, después de toda una vida de trabajo duro y mal pagado, después de tantos sacrificios para que sus hijos pudieran llevar una vida mejor; aunque su Antonia dejase pronto de ser la chiquilla de la que se enamoró perdidamente para ganar enseguida kilos y arrugas, aunque los achaques les recordasen que ya no eran ni siquiera adultos… Pese a todos los esfuerzos realizados a lo largo de sus vidas, había valido la pena vivirla juntos. Qué otra cosa podía pensar: bien comido, reposando entre las sábanas satinadas de un buen hotel, con su mujer a su lado y por si faltara algo habiendo despertado con la polla endurecida, algo que, a decir verdad, ocurría cada vez más de tarde en tarde.
Un brazo cruzado por detrás de la cabeza, la otra mano cerciorándose bajo la sábana de que era cierto lo que sentía en su cuerpo, preguntó: ¿has descansado bien, amor?
Ella se limitó a sonreír para afirmar. Después siguió observándola vagar en ropa interior por la habitación. Cuando ella se acercó a la mesilla, él descorrió la ropa de cama que lo cubría queriéndola sorprender con esa inopinada erección. Ella lo miró y volvió a sonreír negando con la cabeza como queriendo decir no cambiarás nunca. Pepe comprendía a su mujer sin necesidad de oírla, pero aquel día, en aquella habitación de hotel, no acababa de entender qué significaba la sonrisa que se dibujaba en la comisura de los labios de su Antonia. Podía querer decir a la vejez viruelas o ay si hubiéramos podido hacer estos viajes de jóvenes, la de ciudades que habríamos visitado sin llegar nunca a conocer. Precisamente porque no entendía al pie de la letra lo que quería decir su mujer con ese meneo de cabeza, Pepe exigió un poco más a su anquilosado cuerpo y se dobló hasta acercar sus labios a los muslos de su mujer, que de pie junto a la mesilla, se ponía de nuevo los pendientes. Después de recorrer con sus besos toda la superficie posible, Pepe seguía sin tener muy clara la reacción de Antonia, así que verbalizó sus deseos:
- ¿Y si…?- por si su mirada no bastaba, agarró tiernamente la mano de su mujer y la llevó a comprobar por sí misma que no era sólo el aspecto, sino también el tacto de otrora lo que se adivinaba en su entrepierna.
Antonia buscó con la mirada su reloj. No recordaba haberlo hecho, pero debía haberlo guardado en el cajón, y afortunadamente para Pepe, sus ganas de travesura eran esa tarde mayores que su virtud de puntualidad. Como entre ellos, siempre que no se explicitase un no, era un sí, Pepe se apresuró a levantarse de la cama y abrazar a su mujer.
Si se lo hubiesen preguntado hacía cuarenta y cinco años, hubiese respondido sin dudar que los pechos, grandes, tersos, firmes, pero con el tiempo se había dado cuenta de que la parte del cuerpo de su mujer que más le gustaba era su nuca. De tanto observarla al acostarse había terminado por aprendérsela de memoria, y hoy en día era capaz a ciegas de trazar con la yema de su índice la línea imaginaria que une, en forma de triángulo, las tres minúsculas pecas que tiene Antonia detrás de su oreja derecha. Por eso el primer beso de Pepe aquella tarde fue a parar a ese rincón. Luego, en parte porque nunca había podido resistir la femineidad de Antonia, en parte porque a estas alturas de su vida nunca se sabe cuánto va a aguantar la dureza, el resto de sus besos se revolucionaron y fueron precipitándose por sus hombros, su cuello, sus brazos… Como Antonia vestía sólo sujetador y bragas, y él había despertado como Dios lo trajo al mundo, pensó Pepe que rápidamente estarían desnudos y yaciendo juntos. Pero no pensó Pepe en las prisas, que como repetía siempre su abuelo eran malas consejeras, ni en los nervios, ni en los cierres de los sujetadores modernos, así que cansado de no poder quitarlo se decidió a tirar de las, más marmitas que cazoletas, y poder así acariciar los caídos senos de su mujer.
- Quita, quita, que me lo vas a romper…- protestó ella, y tras apartarlo, en un gesto sabio que Pepe miró embobado, soltó el cierre y dejó caer el sostén al suelo. Él acogió en su abrazo a las recién liberadas. Para sentirse un poco menos inútil Pepe se aventuró por la espalda de su esposa, y recorriendo con sus labios la curvada columna de Antonia descendió hasta darse de bruces con unas bragas negras y translúcidas. En el escaso medio segundo que se detuvo a contemplarlas, un pensamiento fugaz como un cometa cruzó su mente: jamás comprenderá a esos que prefieren una incómoda y reveladora tanga, dónde estén unas bragas como aquellas, grandes como la lona de un circo y que en verdad ocultan el mayor espectáculo del mundo…
En cuclillas a los pies de su señora, después de haber bajado a tirones las bragas de su mujer, se dio cuenta Pepe de que su corazón latía desbocado, y los pulmones agitados le recordaban la edad que tenía. Por eso se tomó un ligerísimo respiro antes de hacer lo que el cuerpo le pedía hacer; de lo contrario habría fallecido, de una manera tan ridícula como heroica, asfixiado entre las rotundas posaderas de su esposa. Cuando sus pulsaciones se acompasaron y su respiración se apaciguó, hizo lo que tantas veces, lanzarse a devorar el trasero de Antonia. Ahora ella lo ayuda, separando con esfuerzo ambas nalgas, pero antes no era así. Con la mirada eclipsada por las flácidas carnes de su señora, Pepe cierra los ojos, y sintiendo en su lengua el sabor conocido de aquel cuerpo, recuerda las primeras veces, al poco de casarse, y la mirada que le lanzaba ella al acabar, entre sorprendida y avergonzada, como si hubiese ido a desposarse con el de gustos más raros de todo el pueblo. Con la humedad de una lengua tratando de abrirse camino hasta su ojete, ella también recuerda las primeras veces, su extrañeza y la ausencia de quejas por su parte, pues la habían educado para ser una buena esposa y obedecer siempre a su marido, sobre todo en la cama, y el placer que con el tiempo fue aprendiendo a sentir al tener ahí a su Pepe.
Intuía Antonia que no iba a durar mucho la dureza en el cuerpo cansado de Pepe, y todavía tenía mucho cuerpo que ofrecerle. Con pasos pequeños y torpes fue girándose, presa en el abrazo de su esposo que le rodeaba las piernas. Sintió el cálido aliento de su marido en el vello débil y grisáceo que cubría su pubis, el roce de la nariz, y finalmente los labios de Pepe posándose en su sexo. Lamentó no tener ya la edad y la agilidad necesarias para pasar su pierna por el hombro de su compañero para ofrecérsele entera, pero todavía pudo arrancarle a su vivido cuerpo alguna descarga de placer.
Fue incorporándose Pepe muy despacio, tragándose el dolor que le provocaba su crujiente espalda. Cuando su cabeza topó literalmente con los pechos grandes y caídos de Antonia, Pepe se sonrió. Todavía hoy, en una de esas escasas veces en las que su instinto latente se alía con bríos recuperados, le encanta sumergirse entre las grandes tetas de su esposa. Reunirlas, auparlas con las manos, y hundir su cara en ellas. Frotarse, restregarse, sentir los gruesos pezones de su esposa recorriendo su rostro. Le encanta. En ello estaba cuando sintió la mano rechoncha de su esposa agarrar suavemente su sexo. Lo empezó a masturbar muy despacio, como temerosa de terminar entre sus dedos algo que los dos querían que durase más. Pepe levantó la mirada, y aguardó que ella hiciera lo mismo para poder expresarle con esa mirada y esa sonrisa lo que su pequeña polla no acertaba a decir: le encantaban sus mimos.
No tenían tiempo que perder. Buscaron la mejor postura para acercarse el uno al otro. Sus cuerpos se encontraban ya demasiado torpes como para hacerlo echados. Pepe agarró con cuidado las caderas de su Antonia.
- Ven, cuidado, no te caigas- le dijo, y la llevó hasta el borde de la cama. Ella hizo ademán de doblar su espalda, pero entre sus manos y un lugar donde asirse todavía quedaba un buen espacio. Pepe lo solucionó subiendo las dos maletas, una sobre otra, encima de la cama. Así tendría Antonia un lugar más elevado donde apoyarse sin que su cansada espalda se quejara demasiado. Luego él ocupó su lugar. Acarició ese trasero que con el transcurso de los años había ido creciendo entre sus manos. Mientras trataba de embocar lamentó Pepe que las fuerzas de su rabo le fueran abandonando precisamente ahora que tenía más carnes que nunca que abrir. Sintió una bocanada de calor trepando por su cuerpo, como si el sexo de Antonia hubiera recuperado ardores lejanos, y una gota de sudor rodó por su cuello hasta perderse en el vello cano que cubría su pecho. Estaba dentro. Cerró los ojos. En su mente sus cuerpos uniéndose tenían bastantes años menos. Sus riñones comenzaron a moverse torpemente. El cuerpo de Antonia no lo retenía como antaño, como si un tren levitara en medio de un túnel. En silencio, nunca les había gustado hablar. Sólo los suspiros, gemidos y sonidos guturales imposibles de callar. Ya ni siquiera sus cuerpos provocan música al chocar, tan sólo unos débiles ecos espaciados y arrítmicos. Cada viaje era una proeza, cada minuto una eternidad. Demasiado mayor para empeñarse en arrancarle un orgasmo a su esposa, Pepe sentía que el final llegaba acelerado. Salió de su esposa y comenzó a masturbarse. Como antes, cuando terminaban así para no tentar al destino en forma de embarazo, pero con los ímpetus atemperados. Ella aguardaba, la cabeza gacha, la espalda doblada, a que su macho acabara; él seguía batiendo con toda la fuerza que le permitían sus caídos brazos. El pulgar por encima, el pene en la palma y el roce metálico del anillo de casados que nunca, jamás, se había quitado bajo el prepucio. Entre su mano y el roce del cuerpo de Antonia terminó Pepe con la imprevista siesta.
Gracias a Dios ella no se había dado cuenta. Tarde o temprano lo hará, y durante un rato le tocará soportar su enfado, antes de que, con el tiempo, puedan reírse también de esto. Al principio él tampoco se había apercibido, embobado como estaba mirando esa especie de agua sucia que había expulsado su pene y que comenzaba a discurrir con el caudal de un arroyuelo y la despaciosidad de un gran río, por las nalgas de su Antonia. Fue cuando ella se metió en el baño para limpiarse cuando Pepe se dio cuenta. Un chorretón de esa mezcla extraña a la que costaba llamar semen pero que había nacido de sus entrañas, había ido a parar más allá de la amplia diana que significaba el trasero de Antonia, con la mala pata de ir a caer sobre la ropa que ella había dispuesto para el paseo vespertino junto al mar. La blusa se había salvado, el pantalón negro no había tenido tanta suerte: un minúsculo lago en la parte trasera. Pepe se apresuró, enérgico, sacó su pañuelo, y con cuidado de no extender la mancha, trató de limpiarla. Le pareció haber hecho un buen trabajo. Ahora, mientras camina junto a Paco unos pasos por detrás de Antonia y Luisa, se da cuenta que su rastro blanquecino sigue allí, y el temor a la reprimenda de su esposa se mezcla con el recuerdo del buen rato pasado y el orgullo de decir alto y claro a todos, él el primero, que esa mancha y ese culo, son suyos.
lunes, 16 de agosto de 2021
Amor a primera vista (y otros sentidos)
- Bueno, parejita, y a todo esto, ¿vosotros cómo os conocisteis?- pregunta su amiga con la fingida espontaneidad de quien desea saber hasta el más mínimo detalle.
Eva y Adán se miran un instante, buscando mentalmente las palabras para contar una historia que resulte mínimamente creíble. Tras algún titubeo, él comienza a hablar:
- Coincidimos en un lugar, con más gente, Eva tenía pareja entonces, y…
Cuando ella coge las riendas, la conversación fluye con más ritmo. Sí, yo estaba allí con mi pareja de entonces, pero en cuanto me fijé en Adán lo quise para mí- dice mientras rodea el hombro de su chico y lo atrae hacia sí.
- Uy, chica, qué situación, con el novio delante- ríe alguien en el otro extremo de la mesa.
- Ni te la imaginas, me iba el corazón a mil, yo que sé, amor a primera vista llámalo si quieres, el caso es que me daba igual mi novio y todo lo demás, quería conocer a Adán y el resto no me importaba. En cuanto pude me escapé del resto de la gente y me acerqué a él. No sabía por dónde empezar, pero estaba totalmente como hechizada…
- Es que se nota que Adán tiene magnetismo…- interrumpe su amiga.
- Enorme- asiente Eva.
-Vaya, vais a hacer que me ponga colorado- dice Adán, y ya que ha empezado a hablar, lo sigue haciendo: yo no había reparado en ella, lo siento cariño.- Eva lo mira con impostada fiereza antes de reír y apoyar su cabeza en el hombro derecho de su chico. -Desde mi posición no podía verla,- se justifica- pero, en cuanto empezamos a tratar todo fue maravilloso. Lo siento chicas- Adán hace una pausa y mira al resto de comensales- pero no es que Eva sea distinta, es que es mucho mejor que el resto, única, especial. Desde que la conoces no quieres buscar más, da igual a cuantas te quieran presentar, sabes que como Eva no hay más. Te engancha, te atrapa, te absorbe…
- ¡No digas eso!- protesta Eva golpeando con su mano el hombro del que acaba de despegar su cabeza.
- Pero si es verdad- se justifica Adán. Te absorbe para bien, en el sentido de que deseas quedarte con ella para siempre, quieres fusionarte con ella, ¿entendéis lo que quiero decir? No sé, es su manera de tratarte desde el principio, su delicadeza, su generosidad, siempre dando lo mejor de sí misma para hacerte sentir único, no sé, te abandonas, te dejas ir, sabes que en sus manos siempre estarás bien…
- Y es recíproco, ya lo he dicho, fue verlo y quererlo para mí para siempre- le interrumpe Eva.
- Pero, ¿dónde fue, en una fiesta?- vuelve a preguntar su amiga ahora ya sin ocultar sus dotes inquisitoriales.
- Sí, en algo parecido a una fiesta- dice Adán mientras Eva afirma con la cabeza y ambos recuerdan aquella noche en aquel Glory Hole.
domingo, 1 de agosto de 2021
Apertura española
"Karpov, Karpov, que hueles a Caldofrán", la réplica de la parodia viene a mi mente en ese preciso momento, haciéndome añadir un ja a la onomatopeya. Luego mi dedo pulsa el enter y la respuesta se pierde en el ciberespacio hasta llegar a su destinatario. Supongo que para él será un orgullo haberme hecho reír a carcajadas, aunque éstas sean escritas, mientras que para mí es sólo un movimiento más en esta partida múltiple que juego desde mi ordenador.
Ahora son seis los chats que tengo abiertos, dentro de un rato podrán llegar a ser diez, once tal vez. Detrás de cada uno de ellos un hombre, de distinta edad, distinto físico, distinta inteligencia. Todos contra mí solita; no importa, sé que puedo con todos ellos, a la vez, que los iré venciendo uno por uno, hasta que firmen su rendición. Me entretiene, diría más, me divierte mantener este tipo de conversaciones desde la tranquilidad de mi habitación. No me cuesta ningún esfuerzo encontrar la frase para responder a cada uno, de hecho me sobra el tiempo para volver a ver la parodia de Karpov en youtube o jugar a las cartas con mi ordenador. A ellos les cuesta más; buscan la réplica, tratan de excitarme, alguno incluso hasta de seducirme, y eso me deja tiempo para mantener todas estas conversaciones a la vez.
Ya hay tres que me piden que conecte la cámara. Yo decido siempre qué hago y con quién; cuando la partida se pone pesada deja de tener gracia, así que con una serie de movimientos rápidos destrozo sus estrategias, los voy arrinconando, haciendo caer sus torres hasta dejarlos por mate; se despiden diciendo que la próxima vez sí, que la próxima vez me enseñarán la gloria de sus penes. No me importa demasiado ahora que ha aparecido un galán entre el bosque de alfredolandas. Ya he hablado con él otras veces, lo conozco lo suficiente como para saber que vencerlo requerirá toda mi atención, así que me entretengo en cerrar todas las conversaciones, antes de centrarme en él.
- Me pongo como ausente pero sigo aquí, no quiero que me molesten- le digo. Él es lo suficientemente inteligente como para no hacerse el pretencioso y responde con un lacónico OK. Siguen unos movimientos de tanteo, para saber como respira el contrario, para ponernos al día y comprobar que no nos hemos olvidado. Me gusta, sabe cómo hablarme, cuándo hacerme reír y cuándo calentarme sin hacerme entrar en ebullición. Desgraciadamente está demasiado lejos como para pensar en hacer reales estas conversaciones y lo que surja. Lo que sigue soy yo cerrando el resto de pantallas. Ni vídeos, ni música, necesito concentrarme para jugar esta partida. Únicamente abro una carpeta para elegir la foto de perfil adecuada: mi mano abrazando mi propia teta, lo suficientemente explicita para saber en qué modo estoy, lo suficientemente casta para que no me bloqueen el perfil. Podría decirme a mí misma que es un movimiento trampa, uno de esos en los que haces creer al oponente que te has equivocado y le has cedido la iniciativa, pero en el que realmente sigues teniendo el control, pero ya he decidido que éste, al otro lado de la pantalla, merece firmar tablas.
- Te apetece cam??- le digo. Para entonces ya he visto su cuerpo en distintas fotos, las ha ido dosificando, aumentando la carga erótica a medida que la conversación adquiría esos derroteros. Algún otro día me pidió una foto de esas, pero le dije que no tenía. Es mentira, claro que las tengo, cuando menos se lo espere le sorprenderé con una imagen exclusiva para él, pero será en otro momento, otro movimiento en una partida que no me importaría que se eternizara.
La primera imagen lo sorprende; he orientado la cámara para que apunte directamente a mis braguitas. Sin embargo está lo suficientemente despierto (no está, lo es) como para no soltar un exabrupto:
- ¿Son corazones?- pregunta así, usando los dos signos de interrogación, por el estampado de mi ropa interior.
- No, son fresitas- le digo. Él dice que mejor, que tiene hambre, yo le digo que si se come primero el postre luego no va a querer comerme más, él dice que quien ha dicho que estuviera hablando de las fresas, yo me muerdo el labio, sonrío y apartando por un segundo la tela le enseño el plato principal. La conversación va ganando poco a poco temperatura, en paralelo al crecimiento del bulto bajo su calzoncillo. Dejo la cámara quieta, de manera que encuadre el final de mis pechos, mi vientre no demasiado perfecto y el ir y venir nervioso de mi mano entre el teclado y mi piel.
- Puedo verte la...?- pregunto con falsa timidez. A estas alturas sé de sobra que no hay hombre que no quiera mostrar su pene y cantar sus glorias; él, pese a que me pese, tampoco es una excepción. Va bajando poco a poco su boxer, hasta que la polla salta de la tela reclamando su espacio. Llevo el suficiente tiempo en internet para saber que las hay mejores, pero no está del todo mal. Le digo que me gustaría tenerla y por un instante él se queda sin palabras. Su manera de reaccionar es masturbarse para hacerla crecer un poco más. Luego se instala el silencio por unos instantes, hasta que él golpea con su rabo la mesa de su ordenador y yo le respondo gimiendo imaginando que son mis labios los que acaba de golpear con su rabo. Estoy cachonda de verdad. Mi mano desaparece bajo la tela de mi braga, los labios se pliegan al paso de mis dedos. Me toco, dibujo círculos con mi mano tratando de estimular el clítoris. Él asiste en silencio, sin reclamar la desaparición de mi ropa interior. Me deja mi tiempo y eso me gusta, no es de los que pide y pide, ni de los que suelta una burrada tipo te iba a reventar a pollazos, o que follada tienes, no. Él se toma su tiempo, luego su mano abandona su polla y escribe. Yo leo, sin pelos y con señales, la descripción detallada, y casi puedo sentir los aleteos que, dice, su lengua va a prodigar en mis labios. Quizás en otras ocasiones tenerlo ahí, arrodillado y entre mis piernas supusiese mi victoria, pero esta partida es distinta.
- Dámela- le digo, y él acerca la polla tanto a la cámara que casi estiro la mano para alcanzarla. Después observo, sus manos desapareciendo de plano para escribir, y mientras yo leo y me caliento con su respuesta, sus manos vuelven a asirse al mástil. Mientras él vuelve a teclear, yo me recreo en la descripción, en cómo dice que me va a tirar de los tobillos hasta acercarme a su cuerpo, va a acercar su polla, la va a pasear por mis labios y en el momento en el que menos me lo espere me la va a colar entera de un sólo golpe; luego, sigue apareciendo en mi pantalla a medida que él escribe, me va la va a sacar despacio, casi entera, sólo dejando el capullo preso en la entrada de mi vagina y va a volver a empujar. Yo, más que excitada, me contorsiono para, sin tener que levantarme, conseguir quitarme las bragas. Las levanto, las muestro ante la cámara, él entre emoticonos haciéndoseles la boca agua dice que le gustaría olerlas, yo río, él dice que habla en serio, y muy en serio yo me quedo pensando que tal vez, si esto sigue repitiéndose en el tiempo, quizás debiera pedirle la dirección y mandárselas para descargar en ellas sus finales.
- ¿Dónde estábamos?- dice él.
- Estabas follándome- le recuerdo.
- Siempre estaría follándote ;-)- escribe él y me siento sonreír como una idiota. Para devolver la conversación al punto de no retorno bajo la cámara, la centro en mi sexo, y ayudándome de un par de dedos separo los labios y le muestro mi coño abierto. Se queda embobado por unos instantes, sé que ha caído por él y le cuesta remontar desde las profundidades; luego vuelve a teclear: fóllate para mí, dice. Acerco mi dedo índice, lo paso por el clítoris y finalmente presiono lo justo para colar la primera falange. Él espera, me muestra como se masturba pero mi vista ya no está fija en la pantalla. Ahora que con la cámara orientada hacia abajo sé que no corro el riesgo de enseñarle la cara, miro la acción de mis dedos. Sólo cuando el sonido me advierte de un mensaje nuevo levanto la vista para leerle pidiéndome más. Yo obedezco, sumo otro dedo y una nueva falange.
Cada vez más rápido, imagino la consistencia de una polla dura en lugar de mis dedos entrando y saliendo. El calor me va ganando, recompongo la postura en mi silla para seguir masturbándome. Con los párpados a medio caer levanto la vista; se sigue pajeando para mí, mostrándome orgulloso su pene enrojecido por la fricción. En mi coño también estoy a punto de conseguir hacer saltar chispas.
- Chúpate los dedos- veo en un momento dado. Tengo que volver a leer. Sabe que no tolero que me den órdenes, pero por esta vez se lo perdono, imagino que está tan excitado como yo y que ha buscado el modo más breve de decir que él lamería mis deditos empapados en flujos hasta emborracharse de mí. Hago caso omiso, mis dedos no abandonan mi coño pero sí incremento el ritmo. No es para él, es por mí, la humedad ha ido aflorando y ya casi chapoteo. Sumo la otra mano, restriego la pipa sin parar de meterme, ya enteros, dos dedos en un frenético ir y venir por mi coño. Me voy descontrolando, ya no necesito leer sus frases. El momento de la excitación ha quedado atrás y ahora me basta a mí solita para continuar ante su mirada. Separo las piernas todo lo que la silla me permite, sigo colando los dedos de la mano diestra mientras que la otra mano alterna viajes entre mi clítoris y mis pechos.
Gimo, me muerdo el labio y ya no sé si es parte del juego o es que simplemente deseo correrme. Desearía algo más contundente que mis dedos, miro a mi alrededor pero no tengo ningún juguete a mano y no puedo parar. Froto mi pipa todo lo rápido que puedo, hasta que el antebrazo se me empieza a cargar. Mis dedos han abandonado el ritmo, ahora penetran y se quedan enterrados por minutos. Quiero correrme, se lo digo sin recordar siquiera si había encendido el micrófono. Da igual, él entiende que ha llegado el momento. Muevo mis manos todo lo intenso que puedo, en un gesto natural, nada forzado. Sé que tengo su mirada fija en la pantalla, que lo he llevado donde he querido y que espera impaciente el momento en que mi cuerpo deje de convulsionarse para incrementar el ritmo de su paja y eyacular para mí. Lo hace, mientras mi cuerpo todavía se agita al ritmo que marca el palpitar de mi coño, él recoge en una toalla vieja el fruto de su corrida.
- No ha estado mal, verdad? Besitos, chau- escribo antes de que la conversación se alargue y yo corra el riesgo de olvidar que esto es sólo un juego.
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