lunes, 11 de mayo de 2020

Gran Hermano

- Señorita Alicia, por favor deje todo lo que esté haciendo, necesito hablar con usted- anunció el altavoz.
 - Sí, señor Martínez… ¿en su despacho?- preguntó con dudas.
- No es necesario, enseguida estoy con usted- se escuchó antes de que un sonido metálico cortara la comunicación.

 Apenas un minuto después se abrió la puerta situada a la derecha de su escritorio, y el jefe apareció junto a ella, terminando de abrocharse los botones de la chaqueta de su traje negro impecable. Su presencia le imponía mucho respeto. Alto, grande, con esos ojos oscuros penetrantes, y el hoyuelo en la barbilla, que le daba un aspecto de malo de película. Llevaba el señor Martínez, don Miguel, la cabeza afeitada para disimular la calvicie, pero ni eso, ni su edad, rondando los cincuenta, eran impedimentos para que Alicia lo considerase atractivo. Lo veía caminar de un lado a otro de la estancia, alterado, casi como un animal enjaulado, y el nerviosismo hacía que Alicia clavara la punta de sus tacones en la alfombra sobre la que se erigía su escritorio. ¿Qué error he podido cometer esta vez que merezca esa actitud del señor Martínez?, ¿habré vuelto a meter la pata con los balances?, se preguntaba Alicia. En el tiempo que llevaba tras esa mesa, había cumplido siempre con todos los deberes, había cometido algún pequeño desliz, sobre todo al principio, cuando entró en la empresa y todo le era nuevo, pero en líneas generales había que decir que nadie tenía queja de su trabajo. Porque aparte de ser una chica joven, guapa, y decidida, Alicia era también una secretaria eficiente. Don Miguel se había parado por fin, junto al ángulo izquierdo de su escritorio, a un metro escaso de ella, y la miraba. Cuando sintió aquellos ojos negros clavándose en los suyos, bajó la cabeza, y aguardando el rapapolvo se perdió la pícara sonrisa que se dibujó en la cara de su jefe cuando éste advirtió que el botón abierto de su blusa azul celeste enseñaba, en esa perspectiva, las puntillas de su sujetador. Tal vez para no perderse en esas visiones, el señor Martínez, tras carraspear, comenzó a hablar:

 - Verá…- y después de una sola palabra se dio cuenta de que la frase que iba a decir no era la más indicada, así que empezó de nuevo. – Usted sabe, señorita Alicia, que en el tiempo que lleva con nosotros no he tenido ninguna queja de su trabajo, más allá de aquel pequeño problema con los expedientes de Gifersa. Sin embargo, en estos últimos tiempos, han circulado por la empresa unos rumores que, de ser ciertos, claro está, la dejarían, a usted, y consecuentemente a todos nosotros, en un muy mal lugar.- Alicia asistía al soliloquio con la mirada baja, centrada en sus uñas pintadas de azul, sin comprender a dónde quería llegar su jefe con esa conversación. – Tiene que saber que yo, pese a su juventud, la he considerado siempre una mujer muy madura, responsable, una visión que no concuerda en absoluto con los comentarios que han llegado hasta mis oídos…-.

- No entiendo a qué se refiere- osó interrumpir Alicia con apenas un hilo de voz.
- Como espero que usted me asegure que son falsos esos rumores, voy a ser franco- dijo el jefe, impulsado quizás por la transparencia de la blusa de Alicia en la que acababa de reparar. – Se comenta que usted utiliza este despacho y medios de la empresa, como el ordenador, para intereses particulares suyos relacionados con negocios que, mejor, no deseo conocer-.

 El rostro de Alicia se puso colorado denotando culpabilidad. - ¿Así que es verdad? Nunca lo hubiese dicho de alguien como usted- decía el jefe negando con la cabeza para darle más contundencia a sus palabras.
- ¿Quién se lo ha dicho?- quiso saber Alicia.
- Entonces ¿es cierto?-
- ¿Quién se lo ha dicho?- preguntó Alicia subiendo la voz.
- Eso no importa-
 - ¿Quién ha sido?- volvió a preguntar ella elevando un tono más la voz.
- García, de contabilidad- terminó por confesar el jefe ante su insistencia.

 Cabrón de García. Pajillero. Pajillero y chivato. Alicia trató de calmarse y respirar profundo. Aún estaba a tiempo de negarlo todo. Lo primero que tenía que hacer era cerrar esa pestaña minimizada en la bandeja del ordenador. Casi lo consigue. Ya tenía el dedo sobre el botón derecho del ratón cuando la mano del jefe le agarró con fuerza la muñeca, reteniéndola, impidiéndole cerrar el navegador. En lugar de eso el señor Martínez maximizó la ventana, y apareció, a plena pantalla, lo que estaba haciendo antes de aquella inoportuna llamada. La imagen no era nítida, pero era esclarecedora: un brazo trajeado cruzándose frente a la blusa azul de Alicia. Hasta el jefe comprendió enseguida que aquella imagen viva en un recuadro junto a los mensajes del chat era lo que enfocaba la cámara del portátil.
 - ¿Cuánta gente ha escuchado esto?- preguntó el jefe.
 A Alicia no le quedó más remedio que mirar el número de espectadores que estaban en ese momento en su videochat y contestar: 321-.
 - ¿Y qué se supone que tengo que hacer yo ahora que trescientas y pico personas saben que la secretaria se ríe de su empresa?- volvió a decir don Miguel mirándola. Y muy serio añadió: está usted despedida-.
 - No, por favor…- Alicia sólo supo suplicar.
 Sin embargo el señor Martínez se mostraba impertérrito. Había tomado una decisión, precipitada y desproporcionada tal vez, pero era su decisión, y no volvería atrás. Tenía que hacer algo si no quería ver sus ingresos desaparecer.
- ¿Y si…?- insinuó Alicia al tiempo que agarraba la mano del jefe que había quedado muerta al expandir la pantalla del ordenador y descubrir la escena, y se la llevaba a la boca. Serio, sin pronunciar palabra, el director observaba cómo los labios de Alicia besaban su mano antes de abrirse ligerísimamente y dejar pasar su índice. La lengua juguetona de Alicia lo bañó de saliva al instante. En este su segundo trabajo también es muy competente, pensaba el señor Martínez.

 Ya no tenía que guiarla con las suyas, la mano de su jefe ya no abandonaría su boca. Alicia aprovechó entonces para apretar sus generosos pechos por encima de la blusa mirando a don Miguel como nunca antes había hecho. Una sonrisa se dibujó en los labios del señor Martínez. Él, de pie junto a la silla de su secretaria, que entre miradas seductoras se tocaba por encima de la ropa, y ambos ajenos a ese ojo virtual que todo veía y transmitía a todos los rincones del mundo lo que sucedía entre esas cuatro paredes. Salieron los dedos del jefe de su boca, Alicia los mordisqueó antes de dejar que siguieran su camino, acariciaran su barbilla y bajaran junto a sus manos hasta detenerse a la altura del busto. Soltó don Miguel un botón en su blusa, y Alicia sintió que el aire en su piel alimentaba el fuego que le crecía dentro. Cerró los ojos al sentir otros dedos rondando sus pezones, aupando y apretando sus pechos. Cuando él dejó caer el sujetador, Alicia gimió no sólo para el señor Martínez. Antes de girar mínimamente su silla, echó un vistazo con el rabillo del ojo al ordenador, su show alcanzaba ya los setecientos espectadores.
 - Mmmm, jefe, qué duro está…- dijo después de trepar con su mano por el muslo del director. Él no dijo nada y continuó soltando botones en la blusa de Alicia.

 La excitación y sus caricias habían hecho crecer aquel sexo al máximo. Le costó manipularlo bajo el calzoncillo y conseguir sacarlo por la abertura de la cremallera. Pero ya estaba fuera. Grande, venosa y terriblemente dura, la polla formaba un ángulo de cuarenta y cinco grados que apuntaba directamente a su cara. Alicia no lo dudó. Agachó la cabeza, apoyó los labios en el glande, y fue tragando poco a poco. Él gimió y miró a la pantalla del ordenador para comprobar que no sufría alucinaciones. Sus dedos en los desnudos hombros de Alicia tuvieron que pararle los pies. Ella buscó su mirada y tras una pausa continuó más suavemente. Esa lengua y sus aleteos… A don Miguel le costaba aguantar la maestría de su boca.

 Las pausas para besarle el vientre o succionarle los huevos ya no eran suficientes. La levantó y ocupó su lugar de secretaria. Ella se sentó en su regazo, de espaldas a él, de frente a la pantalla. Los dedos del señor Martínez eran garras que arañaban su pecho, ella salivaba y los espectadores no paraban de crecer. Su blusa celeste yacía ya en el suelo, y pronto le acompañarían el resto de sus ropas. Él la incorporó. Sus manos esculpieron una vez más su alargada silueta. Dobló sus caderas, miró sus tacones y las medias. Primero el botón, luego la cremallera de su falda beis. A cámara lenta fue cayendo frente al objetivo, premiando a los anónimos videntes con la visión de un precioso culo adornado con unas braguitas de satén granate. A don Miguel le cuesta retenerse, no desnudarse él también. Vuelve a sentarse en la silla de su secretaria y vuelve a sentar a Alicia sobre sus piernas. Esta vez de frente, la quiere para él solo. Se besan, se lamen, se muerden. Primero en los labios, luego el resto de la cara, hasta que su boca se desparrama y cae por el cuello blanco y pecoso de Alicia. Mira sus pechos y la mira a ella. Lo está deseando. Baja la cara y cuando siente los dientes de su jefe mordisqueándole las tetas, Alicia echa la cabeza hacia atrás mordiéndose el labio. Mece la polla del señor Martínez, la acaricia, la mantiene erguida entre sus manos. Se golpea con ella el pubis, provocando un sonido hueco apenas inaudible entre sus respiraciones agitadas.

 Las manos de don Miguel levantándola por las axilas la cogen de improviso. Alicia ríe hasta que su espalda reposa en el escritorio. Luego apenas le da tiempo de pensar nada. Siente las manos de su jefe separando sus piernas, tirar de sus bragas, y el roce de una piel sobre su piel. Ya no le preocupa cuánta gente pueda estar viéndola. Lo hace muy bien el señor Martínez. Sus dedos decididos, y su lengua traviesa. Ya la han llevado al primer orgasmo y no quieren parar. Alicia estira los brazos, trata de abrir el primer cajón de su mesa. Él la ayuda. Por el tacto reconoce su juguete de goma roja. Lo agarra y se lo lleva a la boca, aunque es incapaz siquiera de lamerlo cuando el de carne y hueso da un nuevo y definitivo impulso a su lengua.

 Los estertores de la descarga eléctrica que acaba de experimentar todavía recorren su cuerpo cuando nota las manos de su jefe tirar de ella, atrayéndola. Luego el roce en sus labios, y por fin la dureza de una polla penetrándola. Gime, se le seca la garganta, y lleva su juguete a frotarse en el clítoris. Luego lo devuelve a la boca mientras él empieza a adquirir un ritmo constante. Cierra los ojos y se sorprende con el estruendo de uno de sus zapatos cayendo al suelo. Después siente las cosquillas de una lengua en su pie descalzo, y hunde la polla de goma en su garganta. Las manos fuertes y masculinas del señor Martínez la retienen por las caderas. Siente que en cada una de sus embestidas va a salir disparada, pero las únicas que se mueven en un bailoteo loco son sus tetas. Don Miguel también se ha dado cuenta de ello. Se dobla sobre ella hasta que las alcanza con la boca. Le folla y le come las tetas a un tiempo. Ay, don Miguel…

Su cuerpo desnudo atravesado sobre el escritorio; encima suya el jefe, perfectamente trajeado, sólo su polla dura emerge de la negrura del pantalón. Alicia vuelve a buscar con la mirada en el cajón de la mesa. Un tubo de lubricante. Él le pregunta con la mirada, ella también con la mirada, responde. Su cara es lo único que no aparece en pantalla, sus cuerpos ocupan un primer plano. Don Miguel coge el gel, mancha con él unos dedos que enseguida desaparecen ocultos tras el cuerpo de Alicia. Al tiempo que extiende el lubricante por su ano, inicia una nueva tanda que hace poner los ojos en blanco a su secretaria. Aguarda su señal. Ella le mira, resopla y afirma. Él trata de dominar sus ansias, de entrar con tiento. Si ella tuerce el gesto, él se detiene, si no se queja, avanza triunfante. La silicona roja ocupa su coño. Prefiere la carne, para que engañarse. Se siente llena con dos pollas en su interior. Es su forma de decirle a los mil espectadores que se agolpan al otro lado de la pantalla que los quiere a todos allí, con sus pollas grandes o pequeñas, gordas y flácidas, rápidas e inexpertas.

 Las quiere todas pese a que pocas como la de don Miguel le destrocen el cuerpo. Le pide que pare, le pregunta con la mirada si va a acabar ya. La respuesta es un empujón seco que la hace gritar. Luego las manos de su jefe manejan su cuerpo, hasta que su pecho generoso queda aplastado contra la madera. Lo siente a su espalda, dudando. Ya ha elegido, y ha entrado de golpe. Alicia grita como nunca, sus piernas patalean hasta derribar la silla de una patada. Pero no es la pierna lo que le duele, sino el ano ocupado por la gruesa anatomía de su jefe. Cuando la retira y la mete en su coño, el alivio hace que se corra casi en el acto. Él coge sus manos, tira de sus brazos, y Alicia se siente salvaje como una fiera herida. Aprieta el coño, trata de exprimirlo. Él no se deja. Vuelve a mover su cuerpo, hasta quedar frente a frente. Alicia enseña los dientes, él le responde con un pollazo. La vena que cruza la despejada frente del señor Martínez está hinchada, su traje descompuesto.

 - Córrete, sí… dame tu leche…- las palabras de Alicia tienen otros destinatario. Con don Miguel no hacen falta. Ha salido de su cuerpo y se masturba con todas sus fuerzas. Ella busca con la mirada el momento en el que la polla reviente contra su cuerpo y comience a regar su fatigado y desacompasado respirar.

 - Gracias- susurra Alicia en su oído cuando él baja la cabeza para besarla. Y las dos mil personas que acaban de ver a su jefe follándosela no saben que en realidad Alicia no le agradece el magnífico polvo que han echado, ni la implicación o las ideas para decorar esa habitación como si de verdad fuese un despacho, sino que le haya ayudado a batir su propio récord de visitantes en el videochat.

domingo, 3 de mayo de 2020

Labios en fase creciente


Cuando el virus pase
y el oscuro silencio vuelva en los balcones sus garras a colgar
dejándonos sólo nombres en el mármol
un rictus de miedo
y excedente de papel higiénico.

Cuando el olvido se instale
y la nube de la desmemoria alcance las residencias,
los héroes vuelvan a ser parias,
cuando los datos callen
y hable la incertidumbre

Cuando todo acabe,
tú seguirás estando donde estabas,
a un click, a una conexión inalámbrica,
a un metro sur de distancia con sus siete paradas,
y en cada rincón de mi cabeza,
en el vello que se eriza cuando te sueño cerca.

Cuando las ganas se me vuelvan emergencia,
y el deseo se torne pandemia,
tu boca como un hospital de IFEMA,
recibirá el primer impacto, mitigará la urgencia.
Besos, confieso, te daré muchos besos,
contagiosos besos, besos sin tela
besos que son imprudencia.

Besos en la cara, en los ojos, besos en las orejas
besos con lengua, besos con dientes
besos que muerdan
besos que vuelan, besos de mariposa,
besos que apenas rozan.

Besos en tu cuello, besos en tu vientre,
besos en tus muslos, los besos más ardientes.
En tus labios, mi lengua se vuelve valiente.
Muchos besos, y aún más besos,
contagiosos besos, tú, mi fase creciente.

martes, 28 de abril de 2020

Un error de los grandes

A mí la que me gustó desde el principio fue Martina. Cómo, en lugar de mi pareja llegó a ser mi cuñada es otra historia y lo que acaba de suceder entre nosotros otra, mucho más interesante sin duda, pero comencemos por el principio.

Decir que en cuanto la vi caí irremediablemente preso en el pozo sin fondo de sus ojos negros resulta tan tópico como cierto. Porque no eran solo unos ojos, eran sus labios carnosos, su nariz respingona, hasta la tez morena o su manera de arreglarse el flequillo con la mano cuando bajaba de la moto y se quitaba el casco. El resto del cuerpo acompañaba, y la personalidad, claro, tan arrolladora como ella cuando entraba en la oficina y se acercaba a dar los buenos días. La razón de que no pasara nada entre nosotros entonces habría que achacármela a mí. Pese a que creí leer sus señales, las miradas, algún gesto, alguna frase dicha como sin querer, su risa ante mis chistes sin demasiada gracia… Pero nunca terminaba de estar seguro de cuales eran sus intenciones. Seguramente era yo el que me autolimitaba, el que no se terminaba de convencer de que una chica como Martina pudiera estar con un chico como yo, el que inventaba excusas tan ridículas como que su nombre no me terminaba de gustar, el que decía que le iría mucho mejor llamarse Carmen o Rocío, o quizás algo más exótico, algo que fuera mas acorde a su belleza racial, el que quizás por miedo a que saliera de mi vida definitivamente prefería conservarla como amiga a intentar con ella lo que pedían mi corazón y mi cuerpo. Por eso puse un límite de amistad, por eso aquella historia quedó en el apartado de lo que nunca fue. Y es ahí donde entra en juego Lucía, su hermana. 

Sin saberlo hubiera jurado que Martina era la mayor, pues parecía más mujer, más hecha, pero no, era Lucía la que sacaba un año a su hermana. Tenían un aire, puede ser, pero eran tan distintas… Los ojos de Lucía no eran cautivantes, aunque con el tiempo acabé sacándoles alguna metáfora que ella agradeció. Su belleza, porque era y sigue siendo bella, era más pausada, menos indómita, no sé, la encontraba mucho más accesible a mis posibilidades. Cuando pasaba a buscar a Martina a la salida del trabajo para ir de rebajas o a pasear y las veía alejarse juntas, yo era algo más que un mar de dudas, era una marejada, casi como la que formaban sus traseros caminando al compás. Si al final acabé decidiéndome por Lucía fue porque la encontraba más centrada, más similar a mí, quizás fuera simplemente que su pelo iba siempre perfectamente peinado, no se alborotaba como el de su hermana, como si aquello fuera a ser una prolongación válida para todos los aspectos de la vida. 

Ahora sé que el oráculo capilar no sirve, o no completamente. Durante un tiempo funcionó, porque Martina se marchó del trabajo, yo continué, por supuesto, pero no desapareció de mi vida. En mi cerebro seguía, pero de una manera más limitada, más racional, constreñida por mi historia con Lucía y las suyas propias. Así pasaron los años, hasta aquella sonrisa. Fue el día de nuestra boda, fue una apertura mínima de sus labios, apenas un destello de sus dientes, fue su manera de mandarnos los mejores deseos, fue mi principio del fin. Porque volvió a colarse en mi mente, entre las felicidades y las crisis, entre los embarazos y las reuniones familiares, entre las fantasías y las obligaciones. Comenzaba a estar de nuevo hecho un lío, como cuando las veía juntas haciendo algo por casa y siempre era Martina la primera que levantaba la vista y reparaba en mí, como ahora que estoy aquí, apoyado en el cabecero de la cama y ella duerme, la espalda desnuda y la sábana tapando sabiamente el resto de su cuerpo. 

Me gustaría poder decir que es la continuación lógica de lo que no fue en el pasado, o la explosión incontrolada de algo que los dos deseábamos haber hecho hace mucho tiempo, pero es sólo un error. Un error sí, pero qué se le va a hacer, la vida es así y no lo hemos inventado ninguno de los dos. Ha sido un error hacerlo aquí en nuestra cama, es un error quedarnos adormilados, esperando la llegada de Lucía como si no pasara nada, es un error buscar con la mirada sus párpados apaciblemente cerrados y recordar el fuego que los quemaba hace apenas un rato, un error repleto de gemidos y jadeos, un error que hace que manche la sábana con el semen que aun moja mi pene. El detonante, no importa, fue su visita, la ausencia de su hermana, mis dudas pretéritas y la certeza presente de que aún me gusta. Ella estaba soltera, yo casado con su hermana, ¿qué importa cuando lees un beso en sus labios y ella no te rechaza? 

Podría decir que después de devorarnos la boca e intercambiar saliva todavía estaba a tiempo de parar, pero mentiría. Porque después del primer mordisco, en la pausa que inevitablemente llega, se sopesan mil cosas, pero tu mente es un incendio avivado por Martina y no tienes la frialdad de ver que estas tirando todo por la borda. Y vuelves a sus labios, sumas las manos para agarrar su cara, para prodigarle caricias cubistas, para seguir moviéndote por su cuerpo y cuando ella saca los bajos de tu camisa ya no hay marcha atrás. Mis músculos, acomodados a la vida estable, se tensan cuando el torso queda desnudo, y a tientas, por más que quieras no ves más que la negrura de los ojos de Martina, buscas la manera de caer en el sofá abrazado a su cuerpo. El deseo choca con las prisas mientras Martina se desviste de cintura para arriba, ni siquiera te detienes a contemplar lo que tantas veces has imaginado y solo dejas actuar a tus manos y a tus labios. Mentalmente te repites una y mil veces que aquello es un error, pero vas cuesta abajo y sin frenos, y aunque verbalices tus dudas no sirve de nada. 
- Un error de los grandes- la oigo decir, y yo, estúpido de mi pienso en una canción y no en que la mujer de mis sueños está dedicándole un piropo a mi miembro viril. 

Y volvemos a abrazarnos, a recorrer nuestros cuerpos con hambre atrasada, a buscar la forma de desvestirnos lo más rápido posible. Llega un momento en el que, por más que sepas que estás cagándola, aunque fueras capaz de rechazar el cuerpo desnudo de Martina, ya no puedes dar marcha atrás; ya lo has hecho, no podrás seguir viviendo igual, así que sigues adelante y dejas que tu cuñada, en un estado en el que nunca has sido capaz siquiera de imaginarla juegue con su lengua en tu oreja. Cuando arquea su cuerpo y te ofrece su torso no te queda más remedio que sumergirte en él, meter tu cara entre esos pechos que todavía se mantienen tersos y duros aunque hayan pasado los años. Precisamente porque han pasado los años y ya no sois dos jovenzuelos alocados, sabéis lo qué hacéis, o al menos parte. En concreto esa parte de usar los dientes y la lengua para estirar sus pezones hasta que adquieren toda la dureza y Martina empieza a gemir y al sacudir la cabeza el vuelo de su pelo te hipnotiza tanto que cuando se levanta la sigues hasta el dormitorio como si no fuera en esa cama donde engendraste a tus hijos. Con su hermana. 

Martina ya está tumbada sobre la cama perfectamente hecha cuando llegas, y al acomodarte a su lado va girando su cuerpo, y el tuyo que se adapta a sus movimientos, hasta formar un 69. Con Lucía nunca has llegado a cifras tan altas, pero intuyes lo que tienes que hacer: separas sus labios y metes los tuyos. Luego sacas los ojos de las órbitas para ver su parte del trabajo, como si no sintieras ya la saliva de su garganta bañando tu polla. Después es todo mucho más intuitivo, te limitas a soportar su peso, a separar sus muslos para tener acceso perpetuo a su coño y a dejar que siga deshaciéndose en ti mientras tú creces en ella. Dejas de preguntarte si esa sería la vida sexual que hubieras llevado con Martina de haberte decidido por ella justo en el momento en el que suelta tu pene y comienza a emitir una especie de maullidos que acaban licuándose en tu boca. 

Si Lucía no regresa a tiempo de encontrarnos en la cama nunca se enterará de lo que acaba de pasar. Espero. Para que eso no suceda podría despertar a mi cuñada, pero tiene un dormir tan sereno que yo prefiero repasar mentalmente los tiempos de esta historia. Mi mujer no la aceptaría, pero podría usar como excusa en mi descargo que me costó encontrar los preservativos que nosotros ya no usamos. Eso significa que nunca los había pretendido usar, con nadie. Hasta hoy, claro. Martina me mete prisas con la mirada mientras rebusco en los cajones de la cómoda, apartando ropas y papeles hasta dar con ellos. Me coloco uno y me tiendo sobre el cuerpo cálido de mi cuñada. Me entretengo unos instantes buscando en el roce de su piel sensaciones que vayan más allá del sexo, luego la postura que adopta me ofrece pocas posibilidades; mi mano guía el pene que se pierde en su sexo. Gemimos al unísono. Me yergo y me dejo caer lentamente, sintiendo abrirse las paredes de su coño. Mis movimientos adquieren un ritmo constante, la follo como el hombre casado y formal que soy, pero lo que sirve con su hermana no funciona con Martina. Bajo la mirada, en parte para huir del reproche de sus ojos, en parte para comprobar que mi polla sigue entrando y saliendo de su coño. 

Al poco Martina me insta a cambiar de postura, quiere llevar las riendas. Ahora es ella la que me monta. Sube la sábana hasta taparnos por completo; su risa resuena en esa especie de tienda de campaña improvisada. Cabalga sobre mí, acelera o pausa sus movimientos, me tortura a su antojo. Tan pronto exige unas embestidas rápidas como se detiene a describir círculos con su cintura tomando como eje mi polla. Suelta la sábana, que como un telón, corre por su espalda hasta apoyarse en mis muslos, justo detrás del lugar donde se asienta el trasero de Martina. Su cuerpo se arquea, toma mis manos y las aprieta con fuerza. Exige un poco más y yo trato de dárselo. Parece que surte efecto, sus dedos vuelven a posarse en mi pecho al tiempo que inicia un traqueteo frenético que termina en una descarga de flujos y un gemido agudo que en boca de Martina suena menos ridículo. 

- ¿De qué te ríes?- pregunta cuando su cuerpo vuelve en sí. Toda mi respuesta es un golpe de riñón que lleva a mi polla a volver a clavarse profundo en su coño. A esas alturas ya no puedo sentir remordimientos, sólo el orgullo de haber llevado a Martina al orgasmo, aunque fuera una vez en la vida, aunque todo haya sido un error. Vuelvo a repetir el golpe certero y ella da un respingo. Sonrío todavía cuando ella baja la cabeza y sus labios carnosos me regalan varios chupetones en el cuello que todavía no se me antojan inexplicables. Rodamos por la cama, cambiamos de postura. Miro el reloj en la mesilla, enemigo en los madrugones, cómplice aquella tarde: todavía tenemos un rato antes de que vuelva Lucía. 

Con las piernas levantadas Martina me espera tras una breve pausa. Caigo sobre ella, que me rodea con ambas extremidades. La follo intenso, todo lo que puedo, hasta terminar con la cara enrojecida y la vena del cuello hinchada. Al menos es efectivo. Martina a viva voz anticipa un nuevo orgasmo. Aguanto sus sacudidas reposando en ella y en cuanto las contracciones de su coño me lo permiten vuelvo a moverme con furia, de una manera que no me reconozco. Inicio una nueva tanda sabedor que será la última, necesito correrme. Martina grita nuevamente, concentrado en controlar mis impulsos no sé si es un nuevo clímax o son los estertores del reciente, pero cuando ella vuelve a contraer las paredes de su sexo, yo no tengo más remedio que dejarme ir gruñendo como nunca antes había hecho. 

Caigo rendido a su lado, resoplando y sin rastro de preocupaciones en mi cerebro. Martina ronronea durante unos minutos con la cara apoyada en mi hombro, hasta que el cansancio la vence y dando media vuelta entra en un duermevela. Yo aguardo unos minutos más, hasta que el semen retenido en el condón se vuelve molesto y me tengo que levantar buscando el mejor método para esconder la infidelidad. Vuelvo a la cama indeciso de si sería conveniente despertar a Martina o dadas las circunstancias es peligroso volver a sentir su mirada ardiente. Como no me decido, descorro la sábana, me siento desnudo a su lado, sintiendo el roce cálido de su cuerpo y espero a que mi mente se tranquilice y piense algo antes de que regrese Lucía y esto se convierta en un error aún más grande.

viernes, 17 de abril de 2020

Palabras entre las piernas (Pornesía)

En silencio, sin decir una palabra, su cuerpo me grita, su piel me llama, reclama mis atenciones. Y entonces, cautivo, preso de mil encantamientos, mi cuerpo se pone en marcha. Sus manos reciben a las mías, mi nariz trepa por su cuello, reconociendo restos de un perfume perdido en la mañana. Su piel se eriza y con los ojos cerrados mis dedos leen entre sus líneas. Interpretan un beso y luego mil más, en los morros y en la comisura de los sueños. Una pausa, frente contra frente, intercambiando miradas enciclopédicas. Y siempre las señales, las alarmas, sirenas que habitan en su cuerpo. Caemos, no importa si en el sofá en la cama o en el suelo. Insultos, promesas, camelos y algún te quiero, siempre los gritos en silencio y el sonido de más besos.

Las manos que se entrelazan, nuestros cuerpos que se reconocen. Leo cien poemas en su piel, algún chiste, un drama griego; una declaración de guerra, un incendio, cuando mis labios descienden por su vientre son más intensos los ecos. Oigo los murmullos, escucho los cuchicheos, nacen en su sexo y enloquecen mi cerebro. Los acallo, mi dedo en sus labios, chisto, reclamo silencio. Apenas audibles, risas entre juegos. Boca contra labios, un diálogo sincero. Insolente, se rebela, sus gritos en silencio, palabras, gemidos, jadeos. Piel con piel en un diálogo de ciegos. Su cuerpo declama, cuartetas, algún soneto, a mi manera yo los interpreto. Nuestros sexos chocando en alegre tartamudeo. El tono se eleva, suenan más alto los versos. Comentarios inconexos, aullidos, alaridos de cuerdos. Un grito, y después ya nada, el silencio.

Palabras entre las piernas

Este resumen no está disponible. Haz clic en este enlace para ver la entrada.